domingo, 4 de marzo de 2018

COMUNITAS MATUTINA 4 DE MARZO DOMINGO III DE CUARESMA



“Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas , derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi padre una casa de comercio”
(Juan 2: 15-16)

Lecturas:
1.   Exodo 20: 1-17
2.   Salmo 18
3.   1 Corintios 1: 22-25
4.   Juan 2: 13-25
El Señor Jesucristo es, en el  nombre de Dios Padre-Madre y en el de la dignidad del ser humano, Señor de la libertad. Nada en él es argumento para dar soporte a esclavitudes, sometimientos serviles, normativas opresoras, rituales alienantes, todo lo suyo es Buena Noticia de salvación y de liberación. Un énfasis notable del tiempo cuaresmal es el de caminar hacia la libertad pascual, histórica y trascendente, siguiendo nuestro énfasis de no reducir esta temporada a  prácticas piadosas, individuales, desconectadas de este desafío fundante de la plenitud de todo lo humano en Jesucristo. Las lecturas de este domingo nos ofrecen juiciosos elementos para discernir nuestra vida en este sentido.
El texto central viene con el evangelio, narrando la conocida escena en la que Jesús, con ira santa, expulsa a los vendedores y cambistas del Templo de Jerusalén. Vamos a desentrañar la fuerza simbólica del relato. Conocemos bien su postura ante la religión judía de su tiempo, sus frecuentes encuentros con los sacerdotes , fariseos, maestros de la ley, no precisamente para conciliar sino para denunciar proféticamente la inconsistencia de su modelo religioso, basado no en la conversión del corazón sino en la interminable minuciosidad de cumplimientos y observancias, con la correspondiente actitud de autojustificación, desconocedora de la gratuidad de los dones del Señor.
José María Castillo, conocido teólogo español, tiene en este asunto uno de los núcleos de su reflexión, que aporta valiosos elementos para una mejor comprensión y vivencia del camino cristiano: “Ahora bien, cuando la religión se entiende y se interpreta como poder y, sobre todo, cuando la religión se practica como poder, inevitablemente la religión entra en conflicto con la vida. Porque, en este caso, la religión se antepone a la vida, hasta exigir el sacrificio de la vida misma con tal de salvar y asegurar la integridad de la religión. Lo cual, en el fondo, es salvar y asegurar la integridad del poder camuflado en la religión. Todos sabemos de sobra hasta qué punto la historia de tantas religiones está manchada de sangre humana, por causa del planteamiento que acabo de indicar sumariamente” (CASTILLO,José María. El Reino de Dios: por la vida y la dignidad de los seres humanos. Desclée De Brower, Bilbao 1999, páginas 106-107).
Es una afirmación fuerte, indudablemente, que llama la atención sobre los excesos alienantes de ciertas mentalidades y prácticas religiosas. Esto es lo que hace Jesús en el relato evangélico, su gesto se inscribe en el de aquellos profetas bíblicos tan severos con sus instituciones religiosas: “Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio” (Juan 2: 13-16).
Juan sitúa la expulsión de los vendedores y cambistas al comienzo del ministerio público de Jesús, este dato es significativo para enmarcar la orientación de su misión,  su postura crítica ante la religión y su conocido énfasis del Reino de Dios y su justicia como nuevo orden de vida en la libertad y en el amor para promover la dignidad del ser humano en clave teologal, liberándolo de los poderes opresores, como en este caso lo son la religión así planteada y el dinero, con sus correspondientes conductas que frustran la libertad.
La actitud de Jesús expresa la abolición de todo el sistema sacrificial del culto antiguo, dando paso a una novedosa manera de relación entre Dios y la humanidad, caracterizada por el amor que libera, por la solidaridad entre los hombres, por la práctica de la justicia, superando el esquema “mercantil” de querer comprar el favor de Dios aplacándolo con sacrificios rituales, a esto se refiere cuando dice: “No hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio” (Juan 2: 16).
Esta actuación de Jesús está fortalecida por lo que los evangelistas llaman “proceder con autoridad”. Lo entendemos mejor si hacemos el contraste. Los sacerdotes del Templo, los maestros de la ley y los escribas, detentaban el poder religioso, eran los jefes del culto, los intérpretes autorizados de la ley, los directores de la conciencia y conducta del pueblo. Jesús no tiene este tipo de poder, lo suyo es “autoridad” procedente de Dios, que no es para dominar y establecer un nuevo sistema de leyes de religión, sino para inaugurar con su Buena Noticia el tiempo de esperanza que redime de toda esclavitud, empezando por esta de la ley y haciendo posible una lógica misericordiosa y solidaria que rescata-redime  al ser humano de tan ignominiosas opresiones.
Por eso los judíos le solicitan la justificación de su proceder: “Qué signos nos das para obrar así?” (Juan 2: 18), con su respuesta: “Destruyan este Templo y en tres días lo volveré a levantar” (Juan 2: 19), es claro que no está aludiendo a un tiempo cronológico sino el significado redentor del templo de su cuerpo. Sólo después de la resurrección los discípulos y las primeras comunidades cristianas comprendieron el significado de las palabras “en tres días lo volveré a levantar” (Juan 2: 19), para llegar a esta captación fue necesario el trabajo del Espíritu que les resignificó el testimonio de las Escrituras y las enseñanzas de Jesús. Recordemos que todos los relatos evangélicos son formulados en clave postpascual, en esa medida son interpretaciones de toda la historia del ser humano llamado Jesús de Nazareth para descubrir en él al Cristo de la de la fe.
El simbolismo de la revelación mesiánica de Jesús es sumamente resaltado en la confrontación con el Templo, así se está enfatizando  una nueva identidad. El templo de Jerusalén es el símbolo central del poder de la gloria de la nación judía. El evangelio se vale de otro  símbolo conocido para indicar esta presentación mesiánica de Jesús: el látigo para significar la fuerza con la que irrumpe la era mesiánica, con su actitud él arroja de este nuevo espacio profético a los comerciantes religiosos y a quienes encarnan este poder ominoso. Así, declara la invalidez del culto de los potentados, y la infamia de utilizar a Dios como justificación de su conducta explotadora.
Estamos ante un nuevo estilo de sabiduría, que no procede ni con la lógica religiosa de los judíos, ni con la política de los romanos, ni con la excesivamente racional de los griegos: “Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos” (1 Corintios 1: 22-24).
Jesús escandaliza porque su modo de proceder no se inspira en el poder religioso, tampoco en el político, sino en lo que con Pablo conocemos como la locura de la cruz, desafiante de todos los poderes humanos: “Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres” (1 Corintios 1: 25).
Bien sabemos que todos los grupos judíos esperaban la llegada de un reino y de un poderoso Mesías, unos con triunfalismo político-militar, otros como severo reformador moral y otros como legislador religioso, con el fin de hacer más radicales los distintos estilos de poder que se implican en esas visiones mesiánicas. Jesús desconcierta porque no responde a esas expectativas, con su tajante oposición al templo y al dinero involucrado en el comercio religioso, con un sistema económico que estaba peligrosamente instaurado, como diciendo “el que paga tiene el favor de Dios, el que más paga   tiene derecho a más favores divinos”, esto es , para Jesús, una empresa que explota económicamente al pueblo, puro fraude de lo sagrado!
Este templo es casa del mercado y allí el Dios es el dinero. Al llamar a Dios mi Padre lo saca del ámbito excluyente del templo y lo pone en una relación familiar, de cercanía misericordiosa. La relación se desacraliza y se familiariza. En la casa del Padre no caben ni el comercio ni la explotación, siendo casa-familia-hogar acoge a todos los que necesitan reconocimiento, amor, dignidad, afecto.
Jesús da un paso más en esta confrontación radical al proponerse él mismo como santuario de Dios. En su reino no se requieren templos sino cuerpos vivos, estos son los nuevos templos, existenciales, experienciales, plenos de la vitalidad del Padre, porque El vino a proponer una humanidad restaurada a partir del principio de la ultimidad de la vida en cuerpos que viven con dignidad. Sobre esta base radica la esperanza de que es posible otra manera de vivir, otra manera de creer, con plenitud de sentido en Dios y en el prójimo.
Cuando Yavé, en el libro del Exodo dice: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud. No tendrás otros dioses delante de mí” (Exodo 20: 2-3), está haciendo la más definitiva afirmación del carácter esencialmente liberador de su plan para el ser humano, tipificado en el pueblo israelita que se sacude del dominio del faraón para retornar a su tierra prometida, espacio de la libertad y de la dignidad. El Dios único, es el aval de la liberación humana.
 Los ídolos del poder y del dinero, de la arrogancia autosuficiente y de la vanidad, del individualismo que no sabe de solidaridad, son exorcizados por este Dios que promueve al ser humano para que vive libre y se abra así a su definitiva trascendencia en El y en el prójimo, en el que se puede sentar libremente a disponer de la mesa de la vida en igualdad de condiciones con todos sus semejantes. Esta es la ruta cuaresmal: ser libres en Jesucristo!

domingo, 25 de febrero de 2018

COMUNITAS MATUTINA 25 DE FEBRERO DOMINGO II DE CUARESMA



“Entonces se formó una nube que los cubrió con su sombra, y llegó una voz desde la nube: Este es mi Hijo amado, escúchenlo”
(Marcos 9: 7)

Lecturas:
1.   Génesis 22: 1-18
2.   Salmo 115
3.   Romanos 8: 31-34
4.   Marcos 9: 2-10
El relato de la Transfiguración de Jesús, que nos propone el evangelio de este domingo, ayuda a desvelar una de las constantes de la vida humana: no hay vida sin muerte, ni gozo sin dolor, ni regeneración sin destrucción. Los grandes amaneceres de la humanidad, que llamamos pascuas, resurrecciones, en castizo lenguaje de la fe, no resultan sin desprendimientos, sin rupturas, sin crisis y dramatismos. Todo ocurre simultáneamente.
Conforme vamos entrando en la luz desaparece la oscuridad; en la medida en que vivimos con intensidad vamos ganando terreno a la muerte. En los momentos de mayor dificultad pareciera que perdemos la perspectiva de la vida, la angustia nos abate y nos hace sentir en derrota, pero en el horizonte siempre Dios como presencia incuestionable de la vida que no se agota, del sentido que reorienta toda nuestra historia en un dinamismo de esperanza que deshace el absurdo y nos lleva a la presencia, que es El mismo.
 Vale decir que en el acontecimiento del pecado y de la muerte nuestra existencia se desfigura, pero en la intervención definitiva que Dios hace en Jesús nos transfiguramos y adquirimos la certeza de que ahora la vida nunca se termina: “Ante esto, qué podemos decir? Si Dios está por nosotros, quién estará contra nosotros? Si El no perdonó a su propio Hijo (antes bien, lo entregó por todos nosotros) , cómo no va a darnos gratuitamente con él todas las cosas?” (Romanos 8: 31-32).
Después de anunciar la pasión y de invitar al seguimiento, Marcos introduce este relato de la transfiguración, simbolismo de una pascua anticipada, junto a una crucifixión, igualmente anticipada. También los acompañan las narraciones del debate sobre la resurrección y el regreso de Elías (Marcos 9: 9-13) y la sanación del niño mudo (Marcos 9:14-29). Un  dato así  no es de simple erudición bíblica, llamamos la atención porque constituye un marco pascual, es un tríptico que enlaza la oración, la fe sanadora y el anuncio de la muerte y de la vida, de la pasión y de la resurrección, como es la vida de los seres humanos. La experiencia pascual (transfiguración) está vinculada íntimamente a la acción liberadora.
 Con estos criterios podemos captar con mayor sentido el mensaje de este domingo: con Jesús caminamos de la muerte hacia la vida. La lógica cuaresmal de conversión es una evolución en clave pascual, no se trata de penitencias individuales, de sombría austeridad, sino de una experiencia espiritual profunda que nos lleva a replantear radicalmente todo nuestro ser y quehacer para resignificarlo en la persona de Jesús, gracias a él, a su pasión y muerte, accedemos a la vitalidad inagotable de Dios: “Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. Quien condenará? Acaso Cristo Jesús, que murió, más aún, que resucitó, que está a la diestra de Dios y que intercede por nosotros?” (Romanos 8: 33-34).
Revisemos la fuerza simbólica del relato para luego establecer la coherencia de todo su mensaje: “Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo” (Marcos 9: 2-3).
Con la referencia a los seis días alude a los seis de la creación, según el Génesis, a los seis años previos al sabático. Es tiempo productivo, de siembra, de fecunda actividad, de disposición para la plenitud. La transfiguración altera esa cotidianidad laboriosa para expresar la irrupción definitiva de Dios en la historia humana, para configurarla pascualmente.
Los tres discípulos escogidos representan la comunidad discipular que Jesús conduce. La humanidad comunitaria  en camino al encuentro transformador con la divinidad.
Vestidos resplandecientes para resaltar la novedad decisiva que acontece en Jesús, no es un prodigio espectacular que lo exalta a él individualmente, es la incorporación bautismal de todos los humanos en Jesús, portador de la vida nueva y eterna que se evidencia en las vestiduras blancas y brillantes de limpieza. Jesús nos hace totalmente nuevos.
Luego: “Se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Tomó Pedro la palabra y dijo a Jesús: Rabbí, está bien que nos quedemos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, otra para Elías” (Marcos 9: 4.5).
Tres seres también con resplandor deslumbrante, en representación de la comunidad en la que acontecen la salvación y la liberación que Dios gratuitamente ofrece a la humanidad; igualmente destaca aquí un simbolismo trinitario, el tres significa comunión, perfección, plenitud. Es la propuesta de Dios para todos nosotros a partir de su mismo ser trinitario. La Trinidad no es un malabarismo conceptual creado por los teólogos, es la evidencia de Dios que es comunidad invitándonos a insertarnos en ese definitivo misterio de comunión.
Tres tiendas, simbolismo del éxodo, del Dios que acompaña a su pueblo en la larga y problemática peregrinación por el desierto, rumbo a la tierra prometida. El relato bíblico nos presenta esta historia, interpretada teológicamente, como tiempo de alianza tribal, de solidaridad, de igualdad.
A continuación: “Entonces se formó una nube que los cubrió con su sombra, y llegó una voz desde la nube: Este es mi Hijo amado, escúchenlo. Al momento, miraron en derredor y ya no vieron a nadie más que a Jesús con ellos. Cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de resucitar de entre los muertos” (Marcos 9: 7-10).
Nube para los pueblos del desierto tiene el sentido de sombra, vida, lluvia, alegría, bendición. Por eso, en el simbolismo bíblico siempre está relacionada con Dios, señal visible de su presencia gratificante. Así lo fue durante la travesía por el desierto, Dios caminaba delante de ellos indicando el camino. En El estamos invitados a seguir la ruta de una existencia más humana, más justa y solidaria, realidades incuestionables de su presencia liberadora.
Subir al monte alto, evocando los lugares donde Moisés y Elías se vieron cara a cara con Yahvé. Epifanía que revela su proyecto salvador, y que confiere sabiduría y decisión para emprender ese camino en el que nos vamos realizando como humanos, demasiado humanos y, en esa misma medida, divinos, demasiado divinos. La Teologia de la Liberación tomó los potentes significados del Exodo bíblico para referirse a la gran caminada de la humanidad que busca su liberación, siempre con la certeza de que es Dios el fundamento de la misma.
Descender del monte a la llanura, para realizar una historia de transformación, de dignidad humana, de justicia, de fraternidad y comunión. El monte está relacionado con la resurrección y la llanura con la muerte. Evocación de los orígenes de Israel en las montañas tribales en contraste con las llanuras de la idolatría. Bajar al valle de la muerte no es sucumbir allí, es encarnarse en esa realidad para emprender teologalmente la faena, querida por Dios, de liberar de las ataduras de la injusticia, de lo pecaminoso, de lo perecedero.
En el camino a Jerusalén era necesaria la transfiguración. Galilea había mostrado el éxito del reino de Dios y su justicia. La comunidad de los discípulos identificó allí la realización de los nuevos tiempos mesiánicos relacionados con los milagros y con las multitudes necesitadas de reconocimiento y de sentido de la vida. Jesús realiza señales que responden a estas expectativas, Jesús fija su atención en los desconocidos por la religión de Israel y por el imperio romano, él  anuncia que ahora es posible una nueva manera de vivir en humanidad, gracias al querer del Padre.
Cuando Jesús anuncia su pasión, la posibilidad de ser sometido por las autoridades políticas y religiosas, causa desconcierto y alarma. Para ellos era imposible aceptar este horizonte de un Mesías crucificado, humillado y ofendido. Es frecuente esta preocupación en los discípulos. Por esta razón, en el relato de Marcos, el evangelista introduce este acontecimiento simbólico, anticipador pascual, para situar los acontecimientos de la pasión en la perspectiva definitiva de la resurrección. Nunca se nos olvide que las narraciones evangélicas no son historia literal sino anuncios para invitar a la fe!
En un momento privilegiado de gracia, los discípulos pudieron acceder a una visión más honda de lo que significaba aquel Jesús humilde que caminaba con ellos como uno de tantos. La fe es la que opera esa transfiguración; por ella, los desencantos y vacíos que frecuentemente nos acompañan, se re-significan en la fe, se transfiguran, mostrándonos su riqueza de sentido, su trasfondo de dimensiones trascendentes. El camino existencial que recorremos tiene muchos sinsabores y sufrimientos, pero ellos no agotan nuestras posibilidades, gracias al don de Dios ofrecido en Jesús toda esa muerte se torna en vida, y la existencia humana adquiere su sentido total.
La ruta de cuaresma es, así vistas las cosas, un itinerario de muerte a todo lo que nos envejece, a lo que nos deshumaniza, a los que nos sustrae del prójimo, de la realidad histórica, y nos convierte a ese modo de humanidad trascendente que Jesús porta para transfigurarnos, haciéndonos vislumbrar el cielo nuevo y la tierra nueva.
Cuando el Padre dice: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo” (Marcos 9: 7), el evangelista pone en estas palabras una afirmación cristológica esencial, él es el mediador que lleva la humanidad a la novedad definitiva de Dios, en él quedan atrás todas nuestras precariedades, las de la muerte y el pecado, y nos abrimos definitivamente a lo que San Pablo llama el hombre nuevo. Caminar hacia él es la conversión.

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