domingo, 9 de junio de 2019

COMUNITAS MATUTINA 9 DE JUNIO 2019 SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES CICLO C


“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”
 (1 Corintios 12: 11-13)

Lecturas:
1.   Hechos 2: 1-11
2.   Salmo 103
3.   1 Corintios 12: 3-13
4.   Juan 20: 19-23

El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, ha sido infundido en el mundo y en nuestros corazones. Espíritu creador, comunicador de santidad, de sabiduría, de sentido de la vida, configurador de la buena humanidad. Gracias a su dinamismo se transforma la realidad,   esta se hace más justa, libre y  digna. El Espíritu Santo es el fruto por excelencia de la resurrección del Señor Jesús. Recibido como primicia de la nueva creación, él nos garantiza la transformación definitiva de la existencia [1]. Este es el gran contenido de esta solemnidad de Pentecostés.
Para apropiarlo con mayor densidad se impone reconocer la contrapartida que desarmoniza el mundo y la creación. Es la soberbia humana que   tiende a desintegrar nuestros encuentros, introduce la incomprensión, la ruptura de la unidad, crea categorías excluyentes, privilegiando a unos y atropellando a muchos,   se apodera con  violencia  de la naturaleza, exalta el poder y el dinero, envenena los corazones y lleva a que unos seres humanos se ensañen en contra de otros. Es la ausencia del Espíritu, la vanidosa afirmación de que los hombres pretendemos ser la medida de todo, dando la espalda a la alteridad, a Dios, al prójimo, a la creación como hábitat y espacio de comunión[2]
Recordamos el relato simbólico  de la torre de Babel[3], el autor del Génesis nos lleva a captar los problemas inmensos de incomprensión y de intolerancia entre los diversos ámbitos de la humanidad. Esa alusión trasciende todos los tiempos de la historia. La vanagloria de los humanos, la prescindencia de la relacionalidad fraterna y comunicativa con Dios y con los prójimos va en contra de la realización libre de la humanidad, es pecaminosa, destructiva, desvinculante.
Cómo convivir y suscitar un entendimiento fundamental entre quienes tienen tantas diferencias?  Es lo diferente, lo plural, un imposible que impide el diálogo y la fraternidad? Será viable crear  una práctica civilizada que reconozca en el pluralismo una fortaleza fundamental para propiciar bien común, paz, trabajo mancomunado, riqueza en la diversidad? Podremos los cristianos, en diálogo con todas las tradiciones religiosas, propiciar una cultura del encuentro, fomentar el diálogo, trabajar en común por la articulación coherente de la rica diversidad del mundo?[4].
 Una vista panorámica del mundo global nos permite descubrir tantos y tan graves desencuentros: las abominables guerras que  destruyen  sistemáticamente la convivencia en muchos lugares del planeta. La geografía de la violencia y de la intolerancia es penosamente frecuente en nuestro tiempo
Este mundo nuestro sigue siendo  en muchos de sus ámbitos una dolorosa concreción  de aquella simbólica torre de Babel, que afirma  como sea y a cualquier costo – pretensión maquiavélica – que el ser humano todo lo puede, que él mismo define la medida de todo, y que esto lo “legitima” (?) para apoderarse de la vida y bienes de sus semejantes, de la tierra, de los recursos naturales, introduciendo el desequilibrio y la injusticia, la incomprensión como estilo habitual de la existencia.
Las palabras míticas del Génesis, en su género literario deseoso de interpretar el orgullo de los hombres, siguen siendo sentenciosas y ayudan a comprender el por qué de tanta exclusión e intolerancia: “Así el Señor los dispersó de aquel lugar , diseminándolos por toda la tierra. Por eso se llamó Babel; allí, en efecto, el Señor confundió la lengua de los hombres y los dispersó por toda la tierra” [5]. Es el pecado, la libre y arrogante decisión de ir en contra de su propia realización, la ruptura de la armonía original con Dios y con el prójimo, la negativa a la seducción del Espíritu, lo que introduce este apetito desordenado  de arrasar y de dominar.
Después del castigo divino, las diferentes lenguas – alusión simbólica a todos los factores de ruptura – fueron el mayor obstáculo para la convivencia, principio de dispersión y de fractura entre los humanos. El autor de esta narración no pensó en la riqueza de la pluralidad e interpretó aquel gesto como castigo proveniente de Dios. Pero hizo constar, ya desde el principio, que este mismo Dios estaba de parte del pluralismo y de la riqueza contenida en la diversidad, diferenciando a los diversos grupos según sus culturas, tradiciones, lenguas, costumbres, cosmovisiones, y dispersándolos por el planeta.
Seis siglos después de escribirse las narraciones del Génesis nos encontramos en los tiempos del Nuevo Testamento,  el acontecimiento de Jesús, su Buena Noticia de acogida y misericordia para todos, su llamado a la fraternidad y a la inclusión, una nueva manera de vida a partir de un Dios que se obsequia sin medida para formar  un mundo de projimidad.
 Hechos de los Apóstoles es un texto-testimonio de esta novedosa realidad. Celebrando Pentecostés[6] los primeros discípulos de Jesús – fiesta en la que los judíos recordaban el pacto de Dios con el pueblo en el monte Sinaí – se juntan para aguardar al Espíritu: “Al llegar el día de Pentecostés, se encontraban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse[7]  El Espíritu Santo  es garantía de encuentro, de diálogo, de comprensión, la pluralidad se hace dinamismo de riqueza y – gracias a El mismo  – desde esa misma diversidad se hace raíz  de la  comunión!
La venida del Espíritu se describe con fenómenos como si fueran hechos sensibles: ruido de viento huracanado, lenguas de fuego que acrisola, Espíritu (“ruah” aliento dador de vida),  es el modo que escoge Lucas para expresar lo inenarrable, la irrupción de un Espíritu que los llevaría a salir del temor y de la inseguridad que sobrevinieron después de la muerte de Jesús, y que les daría la libertad y el entusiasmo para convertirse en testigos de su Buena Noticia.
Todos comenzaron a hablar lenguas diferentes y, sin embargo, se entendían, constatar esto era para ellos causa de gozo y esperanza. Sobre esta constatación cabe preguntar:  convivimos multitud de creencias religiosas, de visiones de la vida, de modos de organizar la sociedad, de culturas, de posturas filosóficas. Es esto  el impedimento que hace infranqueable el diálogo y el encuentro?  La inagotable benevolencia de Dios, manifestada en tantos hombres y mujeres, trabajadores de la unidad, hace de tal diversidad el mayor acicate para la comunión.
 El movimiento de Jesús nace abierto a todo y a todos, es pluralista en su origen, no hace acepción de personas,  sale de las estrechas fronteras del judaísmo, supera la mentalidad rigorista del Templo y de sus sacerdotes, evoluciona de la fijación en la Ley al dinamismo liberador del amor, no establece diferencias y categorías, hace de tal diversidad el mayor motivo de riqueza, unidad en la diferencia, Dios no es Señor de la uniformidad sino de la pluralidad, lo suyo no es la confrontación violenta sino el diálogo: “Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y el Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” [8].
El Espíritu es políglota, polifónico, propicia la concertación, permite los encuentros, el respeto a las diferencias, asumiéndolas como posibilidad de mayor riqueza para hacer frente a los desafíos de la vida, no nos sumerge en una homogeneidad empobrecedora, es definitivamente universal, ecuménico, nos aleja de uniformidades malsanas.
Qué decir y sentir en estos tiempos en los que un sistema económico somete a la humanidad a sus inexorables leyes de mercado, de consumo, de producción, economía sin alma, deshumanizante, que concentra unilateralmente la riqueza en los primeros mundos y arroja a su suerte a miles de millones de hombres y mujeres en Africa, en América Latina, en Asia? Qué pensar de la “aldea global”[9] – anunciada por aquel teórico de la comunicación Marshall McLuhan – que nos somete a sus consumos culturales alienantes,  en la internet y en la televisión por cable, consumos anodinos, promotores de un aplanamiento mental en   quienes se dejan esclavizar por ellos, sofocando la creatividad, la pasión por la vida y por la justicia?
La venida del Espiritu significó para aquellos discípulos originales el fin del miedo y del sentimiento de fracaso, nació una comunidad humana, creyente, dotada de las mejores razones para la esperanza, experimentaron a Jesús viviente en medio de ellos animándolos a una vida novedosa en Dios y en el prójimo, libres como el viento, resueltos a incendiar el mundo con el anuncio del Reino: “Llegó Jesús y, poniéndose en medio de ellos, les dijo: la paz esté con ustedes! Mientras decía esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: la paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo”[10] .
Donde hay libertad hay autonomía, el ser humano y su bien se hacen ley, y donde hay autonomía se fomentan y  respetan la pluralidad y la individualidad, en cuanto originalidad y evidencia de dignidad, camino de unidad, expresión de la verdad que nos hace libres.
 De Dios, de su Espíritu,, no procede nada que destruya estos anhelos legítimos de libertad, de felicidad, de ilusiones de mayor humanismo y comunión.  El  es la diferencia sustancial que nos hace dignos, que respeta nuestras diferencias y trabaja con ellas para hacernos mesa y pan compartido, comunidad y justicia, servicio y solidaridad,  asamblea de discípulos del Resucitado.
A menudo nos dejamos llevar excesivamente por la tendencia al anquilosamiento, nos sucede individualmente y también a la Iglesia y a la sociedad. Por esto, renunciamos a la innovación y  al cambio,  algunos temerosos y nostálgicos de la Ley nos hacen creer que detenernos en el tiempo y exaltar rituales y normativas en desuso son voluntad de Dios. Esto nos aleja del Evangelio, del mismo Jesús, sofocamos el Espíritu, y nos convertimos en una entidad fúnebre, miedosa, llena de reglamentos, de temores, de sentimientos de culpa. Por esto, tenemos necesidad permanente de la asistencia del Espíritu, el único capaz de causar una conmoción que nos remita a la originalidad de Jesús y de su Buena Noticia.
En Pentecostés no podemos permitir que el ánimo del Señor Jesús  muera, si lo suyo es la vida inagotable de Dios, la permanencia en el ser, la posibilidad definitiva de una vida con sentido histórico y trascendente, entonces es felizmente inevitable que vivamos en un Pentecostés sin fin: “Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común[11] .
La presencia de Dios  nos mueve a parecernos a El. Ya sabemos que, gracias a Jesús, Dios se nos revela  como Padre de amor que acoge y promueve a cada uno en su diferencia original, el lenguaje que nos unifica en el amor. A  ese Dios  es al que debemos asimilarnos, recibir su vitalidad mediante la acción del Espíritu Santo.
 Nada de uniformar, nada de prohibir, porque Pentecostés es la manifestación de un Dios que inspira la pluralidad, la comprensión de las lenguas y de los modos de ser, la riqueza de las culturas, la apasionante fuerza renovadora del Evangelio: “Pero en todo esto es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como El quiere[12].
En Pentecostés nace la Iglesia, la comunidad de los seguidores de Jesús, invitada por El a vivir siempre según el Evangelio, enviada por El a testimoniar y anunciar esa Buena Noticia a la diversidad de grupos y de culturas, constituída como sacramento universal de salvación, asistida por el Espíritu para su permanente renovación,    siempre en plan de servicio y  de acogida a todas las personas.
La espiritualidad es el modo de experimentar a Dios Padre, participándonos de su propio ser, haciendo de nosotros excelentes seres humanos según el modelo de Jesús. El Espíritu Santo es el arquitecto de esta nueva manera de ser, nos encarna en la realidad, nos hace transformadores de la misma, hace de nosotros hijos y hermanos, nos mueve siempre a trabajar por la vida y la dignidad de todos, provoca la creatividad, la vida honesta, el talante de servicio y de solidaridad[13]









[1] CODINA, Víctor. Creo en el Espíritu Santo: pneumatología narrativa. Sal Terrae, Santander (España), 1994.
[2] LEDERACH, John Paul. La imaginación moral. Semana Libros. Bogotá, 2016; The journey toward reconciliation. Herald Press. Pennsylvania, 1999; The little book of conflict transformation. Good Books. New York, 2014. El profesor Lederach (n. 1955) es un cristiano menonita, sus creencias religiosas han determinado notablemente su trabajo de reconciliación y negociación de conflictos.
[3] Génesis 11: 1-9
[4] BASSET, Jean Claude. El diálogo interreligioso. Desclé de Brower. Bilbao, 1999.
[5] Génesis 11: 8-9
[6] Originalmente era una fiesta judía que conmemoraba los cincuenta días de la presencia de Dios en el monte Sinaí, en los tiempos de la larga peregrinación de las tribus hebreas por el desierto, camino hacia la tierra prometida. Era también una celebración de las cosechas, motivo de gratitud a Dios por la fecundidad de la tierra.
[7] Hechos 2: 1-4
[8] Hechos 2: 8-11
[9] McLUHAN, Marshall. La aldea global. Gedisa. Barcelona, 2002.
[10] Juan 20: 19-22
[11] 1 Corintios 12: 4-7
[12] 1 Corintios 12: 11
[13] CASTILLO, José María. Espiritualidad para insatisfechos. Trotta. Madrid, 2007.

domingo, 2 de junio de 2019

COMUNITAS MATUTINA 2 DE JUNIO 2019 SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR


“Dios desplegó esta fuerza en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su diestra en los cielos, por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación, y de todo cuanto tiene nombre, no sólo en este mundo sino también en el venidero”
(Efesios 1: 20-21)
Lecturas:
1.   Hechos 1: 1-11
2.   Salmo 46
3.   Efesios 1: 17-23
4.   Lucas 24: 46-53

Lo que celebramos en esta solemnidad de la Ascensión del Señor es que el Padre Dios ha exaltado a Jesucristo. Esta  acción   no es la del reconocimiento de un soberano poderoso según el estilo mundano, propio de los ámbitos de dominación y autoritarismo, sino la legitimación de la totalidad de la vida y misión de Jesús, primogénito de todos los seres creados, primero de los seres humanos y cabeza de la comunidad de discípulos que se llama Iglesia.
Junto con esto, es imperativo decir que esta exaltación abre la posibilidad para que el ser humano – nosotros, los hombres y mujeres de siempre -  seamos implicados en esa plenitud. La gran aventura de Jesús no es una faena ensimismada en él, porque es de su esencia lo comunitario, lo solidario, lo fraternal: “Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes”.[1]
Se está exaltando su Buena Noticia de vida, de libertad, de solidaridad, de amor, de trascendencia hacia Dios y hacia el prójimo, se relativizan así todos los ídolos del poder, cualquiera que sea la naturaleza de este y de aquellos, y se está definiendo que Jesús de Nazareth – proclamado y vivido como Jesús el Cristo – es el Señor, el único ante quien nos inclinamos porque nos libera del vano honor del mundo, del poder y de los poderosos, del desamor, de la injusticia, del fracaso irreversible, del pecado en sus múltiples y penosas dimensiones, del sentimiento trágico de la vida, de la injusticia, del absurdo y del sin sentido.[2]
Cercanos ya a concluír el tiempo pascual,   la Iglesia nos propone en este domingo celebrar y considerar al Señor Jesucristo en la solemnidad de la Ascensión, como aquel en quien “sometió todo bajo sus pies y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo[3]
La Ascensión nos lleva a reconocer que en Cristo se hace definitiva realidad el contacto del ser humano con Dios; eso que llamamos “cielo” es un futuro pleno y decisivo que sólo nos viene gracias a la mediación salvadora-liberadora del Señor, no nos la podemos dar por nosotros mismos. En El y por El nos es dado superar la radical precariedad de nuestra contingencia ,  de los límites que nos imponen la muerte y el pecado,  quedando abiertos para siempre a la trascendencia, asumidos por El y ascendidos con El a la plenitud del Padre. Esta ascensión empieza ya en la historia.
La oferta de sentido que se nos manifiesta en Jesucristo nos permite explorar todas nuestras búsquedas de felicidad, esfuerzo tan legítimo y tan propio de la humanidad, en el que estamos demostrando que  no nos resignamos a ser apenas un fenómeno biológico programado de antemano ni  una mortalidad que da al traste con todas las cosas maravillosas con las que nos ingeniamos la apasionante tarea de ser felices y de llenar nuestra existencia de significado[4].
Sea este el momento para recoger -  en síntesis pascual -  toda nuestra faena existencial, la propia de las biografías y relatos vitales en los que se enmarcan todos estos deseos de permanecer para siempre en el ser, apuntando a una bienaventuranza que es don de Dios, tal como lo entendemos los creyentes; tarea en la que se articulan la gratuidad del Padre y la respuesta de nuestra libertad, binomio de evangélica complicidad para lograr que  lo humano no  se pierda ni fracase.
 En una formulación antropológica integral debemos inscribir aquí la gran tarea de dar un sentido a la vida, de  amar,  de construír vínculos afectivos con otros seres humanos, genuino territorio de comunión, arraigo y pertenencia con quienes  son distintos de nosotros y en quienes hallamos las mejores razones para la esperanza.
Explorar el mundo, conocerlo y estructurarlo en la comprensión de las diversas disciplinas científicas, con el fin de transformar la naturaleza en aras de mejor calidad de vida para todos; esforzarnos por captar los entresijos de la mente, estudiarla en profundidad, reconocer los más hondos dinamismos que la configuran, promover la libertad a través de la explicitación de aquellos dinamismos inconscientes, formular posturas críticas que nos permitan emanciparnos de opresiones y dominios alienantes, desarrollar tecnología para agilizar los procesos de transformación del mundo, proponer un pensamiento que dé raíz y  fundamento a toda la humanidad, analizar los comportamientos y sus condiciones, hacernos libres en la expresión artística y en la lúdica para hacer de la existencia una experiencia placentera, enamorarnos apasionadamente, empeñarnos en la justicia y en la equidad para que sean viables sociedades donde todos podamos participar de los beneficios en igualdad de condiciones, son , entre muchas otras, expresiones elocuentes de esa pasión por “ascender”, por ganarle la partida a la inevitable precariedad, por no terminar en un simple proceso de descomposición orgánica[5].
Muchas veces lo logramos y así podemos sentirnos realizados, gozosos por vivir con eficacia esta tarea de vivir con sentido,  nos permitimos celebrar la gran fiesta de la felicidad. Pero también nos salen al paso los tropiezos, inherentes a nuestra contingencia, donde las interminables limitaciones que nos acompañan se tornan lenguaje desafiante que nos invitan a ir “más allá” para encontrar la genuina razón del existir. Los seres humanos somos infatigables, por eso no nos cruzamos de brazos ante cual o tal logro, siempre aspiramos a algo “más y más” que nos proyecta a lo máximo, al culmen de la felicidad. Es una continua rebelión contra la muerte y contra la extinción del ser.[6]
Hacer conciencia de todos estos elementos nos parece que es un excelente caldo de cultivo para comprender y vivir la plenitud que nos viene de Dios, el “todo en todos” del que habla la carta a los Efesios, que tiene su concreción en la persona del Señor a quien, en profesión de fe, designamos como Jesús, el Cristo: “Para que ustedes conozcan cuál es la esperanza a la que han sido llamados por El, cuál la gloriosa riqueza otorgada por El en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa” [7]
El cielo no es un lugar físico al que vamos sino una situación en la que seremos transformados si vivimos en el amor y la gracia de Dios, asumiendo el proyecto de vida de Jesús y refiriéndonos plenamente al prójimo  , a la comunidad, como el lugar decisivo del ejercicio de esta Buena Noticia. La subida de Cristo a los cielos, según el lenguaje más tradicional, no es un prodigio físico, es pasar del tiempo a la eternidad, de lo inmanente a lo trascendente, donde se articulan salvíficamente la humanidad y la divinidad, siendo esta última la que acredita que la existencia de todo ser humano, que libremente acceda a tal beneficio, quede para siempre abierta a Dios y asumida por El,  aval en el que felizmente se nos garantiza que vivir no es quedar expuestos al absurdo de la finitud y de la muerte.
Vale la pena decir una palabra sobre el lenguaje con el que los evangelios y Hechos de los Apóstoles refieren la realidad de la ascensión. Es una forma narrativa propia de esa época y cultura para realzar el fin glorioso de un gran hombre, por encima de lo común. Los términos utilizados, las figuras literarias, describen un acontecimiento de divinidad y trascendencia; tal manera de expresarse no se utilizó solamente en el lenguaje bíblico, también fue propia de diversos contextos religiosos y culturales de la antigüedad, con el propósito de exaltar personajes de alta significación para las comunidades.
La primera lectura de este domingo, comienzo del relato de Hechos de los Apóstoles,  es un claro ejemplo de esto, con ello se formula una convicción de la fe de los primeros cristianos, que se transmite a todas las generaciones de creyentes: Jesús no fue revivificado ni volvió al modelo de vida humana que tenía antes de morir. El fue entronizado y constituído Señor viviendo la vida divina en la plenitud de su humanidad: “Dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos”[8] , realidad que también afirma el evangelio de Lucas: “Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y , elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo”.[9]
Todos nuestros esfuerzos por afirmar la maravilla de la dignidad humana, nuestra lucha por la justicia y  por la equidad, la denuncia profética de las realidades pecaminosas que oprimen a millones de personas en el mundo, la negativa a estructurar proyectos de vida sobre ambiciones de poder y de riquezas, la fe en el servicio y en la solidaridad, también en la libertad, son realidades que, para nosotros creyentes en Jesús, tienen raíz en su señorío, en ese estar El a la diestra del Padre para que el ser humano sea, en nombre de Dios, señor de la vida, señor de sus decisiones, señor de su libertad, señor de la fraternidad y de la solidaridad[10]
Ya hemos aludido muchas veces al problema teológico y pastoral de reducir el mensaje de la fe a la anécdota literal que presenta el texto bíblico, restándole u oscureciendo su significado decisivo de fe, en lo que está totalmente involucrado ese deseo humano del “más y más”. La narrativa de la Ascensión de Jesús es un caso típico de esto, si la explicación se limita a un prodigio físico el asunto queda en el ámbito de la fábula maravillosa pero no propone el significado de la plenitud del Señor y la implicación que esto tiene para el ser humano. Si damos el salto cualitativo de la fe, si tenemos la osadía de dejarnos llevar por el Espíritu, entonces nuestras mentes salen de la opacidad y se dejan sorprender por el mismo Dios que en Jesús nos revela  totalmente su ser humano y su ser divino, que es a lo que estamos llamados nosotros, por gracia de esa iniciativa de salvación.
Consecuencia de todo lo anterior es la invitación misional de Jesús a sus discípulos y a nosotros, el asunto no puede permanecer encerrado en un rincón de la historia, se trata de propagarlo porque están en juego la esperanza y el sentido de vida de la humanidad: “Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”.[11]
Por toda esta bienaventurada realidad pascual el cristianismo no puede ser una nueva preceptiva religiosa, ni una nueva ritualidad,  ni una nueva institucionalidad, como las que Jesús confrontó con tanto rigor.  Es una nueva cualidad en la relación de Dios con el ser humano,  el Espíritu del Señor alienta para ir a todos los rincones de la humanidad a anunciar que Dios,  en la persona del Señor Jesucristo,  está totalmente de parte de todo varón y de toda mujer, para hacernos siempre demasiado humanos y demasiado divinos, realizando las señales de la vida, las que se constituyen en razones para la esperanza, haciendo viable la felicidad en este presente histórico como anticipo de la anunciada trascendencia.[12]. Es tarea de la Iglesia hacer efectivo esto en la historia de la humanidad, ella es sacramento de salvación, según la densa y esperanzadora definición del Concilio Vaticano II.
“Mientras ellos estaban mirando fijamente al cielo, viendo cómo se iba, se les presentaron de pronto dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, por qué permanecen mirando al cielo? Este Jesús, que de entre ustedes ha sido llevado al cielo, volverá tal como lo han visto marchar” [13]: Palabras así son reto para ir a las calles de la vida, a encarnarnos en las realidades de la historia, para involucrarnos de frente con el prójimo, para ser “sal de la tierra y luz del mundo”, para romper con la religiosidad evasiva y alienante, para anunciar que en Jesucristo, el Señor, el ser humano asciende a su mayor dignidad, donde la pasión del “más y más” es asumida  y respondida con la desbordante generosidad del Padre.


[1] Juan 14: 19-20
[2] NOLAN, Albert. Jesús hoy: una espiritualidad de libertad radical. Sal Terrae. Santander, 2011. De este texto les recomendamos especialmente la lectura de la cuarta parte , titulada “Jesús y la experiencia de unicidad”: uno con Dios, uno consigo mismo, uno con los demás seres humanos, uno con el universo, radicalmente libre. Albert Nolan es un religioso dominico, nacido en Sudáfrica en 1934, destacado profesor de teología y comprometido servidor de los pobres.
[3] Efesios 1: 22-23
[4] CASTILLO, José María. Dios y nuestra felicidad. Desclée de Brower. Bilbao, 2001.
[5] LUCAS, Juan de Sahagún. Las dimensiones del hombre. Sígueme. Salamanca, 2003; BOFF, Leonardo. Gracia y experiencia humana. Trotta.Madrid, 2006. RUIZ DE LA PEÑA, Juan Luis. Imagen de Dios: antropología teológica fundamental. Sal Terrae. Santander, 1999.
[6] KUNG, Hans. Vida eterna? Trotta. Madrid, 2005.
[7] Efesios 1: 18-19
[8] Hechos 1: 9
[9] Lucas 24: 50-51
[10] SARDIÑAS, Loida Lucía. Dignidad humana: concepto y fundamentación en clave teológica latinoamericana. Universidad de Santo Tomás. Bogotá, 2019.
[11] Lucas 24: 46-49
[12] MOLTMANN, Jürgen. Teología de la esperanza. Sígueme. Salamanca, 1999.
[13] Hechos 1: 10-11

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