domingo, 11 de marzo de 2012

Encuentros con la Palabra, por Hermann Rodríguez Osorio, S.J., Domingo III de Cuaresma – Ciclo B (Juan 2, 13-25) – 11 de marzo de 2012

“¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre!”

Jesús de Montreal es una película canadiense, dirigida por Denys Arcand, que ofrece una lectura de la vida de Jesús desde nuestra realidad actual. Fue rodada en 1989 y estrenada un año después. En mi concepto, es la mejor realización cinematográfica de la vida de Jesús. No es una recreación del Jesús de Galilea en su contexto socio-cultural e histórico, sino una actualización, en el mejor sentido de la palabra, de la vida del Señor en el mundo de hoy. El protagonista es un actor de teatro al cual contratan para que renueve una dramatización que se ofrece a los feligreses desde hace 40 años en los alrededores de la famosa Basílica de Montreal. El párroco contacta a un actor joven y le manifiesta su deseo de transformar la anticuada puesta en escena que solía congregar a grandes multitudes durante la Cuaresma y que se representa al aire libre, en los parques que rodean la Basílica.

Este joven actor, que en la película tiene el nombre de Daniel Coloumbe, se dedica durante muchos días a estudiar los últimos avances de la teología para fundamentar muy bien su nueva propuesta. Al mismo tiempo, se dedica a buscar a otros actores y actrices que lo acompañen en el nuevo proyecto. Daniel va haciendo suyas las actitudes de Jesús al que va conociendo a través de sus lecturas. De alguna manera, comienza a encarnarlo, no ya sólo para la obra teatral, sino en su vida cotidiana.

Una de las actrices que contacta, es una joven que se dedica, por falta de mejores ofertas, a posar como modelo para comerciales publicitarios. Una actividad que no la llena en lo absoluto, pero a la que se ve obligada por la grave situación económica que vive. Durante el proceso de preparación de la obra teatral, Daniel acompaña a su amiga a un casting para la publicidad de una cerveza, en el que tiene que bailar ante un grupo de jueces que califican la actuación y las condiciones de todas las actrices. Como no lleva traje de baño, le piden que se quite el saco porque así no podrán apreciar su cuerpo con plena libertad; ella se excusa diciendo que no lleva nada debajo; sin embargo, los organizadores insisten que tienen apreciar su cuerpo para poder participar en el concurso; de modo que ella toma la decisión de bailar con el torso desnudo. Pero antes de que se quite el saco, Daniel se levanta de su puesto y le dice que no tiene por qué hacerlo; que es mejor que se vayan; los miembros del jurado comienzan a presionar y se quejan de esa escena de amor que les hace perder su valioso tiempo. De modo que Daniel se enfurece y, lleno de indignación, comienza a tirar todo por el piso; voltea la mesa en las que tienen los equipos de filmación y hace un látigo con los cables de los aparatos y comienza a azotar a todos los presentes y a expulsarlos del teatro donde se realizaba el casting.

Desde luego, el director de la película pretende revivir la ira santa de Jesús ante el atropello del que es objeto el templo de Jerusalén que nos describe el Evangelio de san Juan este domingo. Pero ya no se trata de un templo de ladrillos que han convertido en mercado... sino del templo vivo de la persona humillada y maltratada por una sociedad de consumo que no se detiene ante ningún valor para alcanzar el lucro y la ganancia. Hoy también Jesús volvería a hacer un látigo para expulsar a todos los que hacen de su templo una cueva de bandidos.

Hermann Rodríguez Osorio es sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
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El Mensaje del Domingo , por Gabriel Jaime Pérez, S.J., III Domingo de Cuaresma, Ciclo B – Marzo 11 de 2012


Como ya se acercaba la fiesta de la Pascua de los judíos, Jesús fue a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de novillos, ovejas y palomas, y a los que estaban sentados en los puestos donde se le cambiaba el dinero a la gente. Al verlo, Jesús tomó unas cuerdas, se hizo un látigo y los echó a todos del templo, junto con sus ovejas y sus novillos. A los que cambiaban dinero les arrojó las monedas al suelo y les volcó las mesas. A los vendedores de palomas les dijo: -¡Saquen esto de aquí! ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre! Entonces sus discípulos se acordaron de aquella Escritura que dice: “Me consume el celo por tu casa”.
Los judíos le preguntaron: -¿Qué prueba nos das de tu autoridad para hacer esto? Jesús les contestó: - Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo. Los judíos le dijeron: - Cuarenta y seis años se ha trabajado en la construcción de este templo, ¿y tú en tres días lo vas a levantar? Pero el templo al que Jesús se refería era su propio cuerpo. Por eso, cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de esto que había dicho, y creyeron en las Escrituras y en las palabras de Jesús. Mientras Jesús estaba en Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en Él al ver las señales milagrosas que hacía. Pero Jesús no confiaba en ellos, porque los conocía a todos. No necesitaba que nadie le dijera nada acerca de la gente, pues Él mismo conocía el corazón del hombre (Juan 2, 13-25).

1.- ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre!
El templo de Jerusalén era para los judíos el lugar de la presencia de Dios significada en el “arca de la alianza”, una urna donde se guardaban los libros sagrados de la “Torá” (la Ley) que contenían los diez mandamientos a los que se hace referencia en la primera lectura (Éxodo 20, 1-17) y en el salmo responsorial [Salmo 19 (18)]. Estos mandamientos, como lo diría Jesús doce siglos después de haber sido proclamados en el monte Sinaí a través de Moisés, pueden sintetizarse en la ley del amor a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos como a nosotros mismos.
Pero los vendedores de animales para los sacrificios que se oficiaban en el templo, al convertirlo en un mercado hacían de él algo totalmente opuesto a lo que debía ser: en vez de reconocerlo y respetarlo como el lugar de la presencia de Dios, lo empleaban para explotar a la gente buscando el propio provecho personal, sin importarles para nada el espíritu de aquella Ley que habían distorsionado reduciéndola a unos ritos desconectados de las exigencias sociales. Lo mismo ocurre siempre que se utiliza la religión para hacer de ella un negocio lucrativo.

2.- Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo
El Evangelio explica el sentido de esta frase de Jesús, a la que iban a hacer una alusión tergiversada sus acusadores ante el Sanedrín la víspera de su pasión y muerte: “el templo al que Jesús se refería era su propio cuerpo. Por eso, cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de esto que había dicho”. De esta forma Jesús estaba diciendo no sólo que Él se manifiesta a sí mismo como el nuevo templo o lugar viviente de la presencia de Dios que remplaza al antiguo, sino también que toda persona que se identifica con Él y quiere ser su discípulo está llamada asimismo a ser templo de su Espíritu. En otras palabras, Dios nos invita a ser portadores de su presencia, que es la presencia activa del Amor, porque Él mismo es Amor. Los primeros cristianos se llamaron a sí mismos en griego cristóforos: portadores de Cristo. Esto mismo estamos llamados a ser también nosotros, con mayor razón aún si recibimos en la sagrada comunión la vida de Cristo resucitado.
La misma metáfora es empleada también por san Pablo, en sus cartas a los primeros cristianos de la ciudad griega de Corinto, para referirse a los bautizados como templos del Espíritu Santo: El cuerpo es templo del Espíritu Santo (I Co 6, 19); ustedes son templo de Dios y el Espíritu de Dios mora en ustedes (I Co 3, 16); ustedes son el templo de Dios viviente, como Dios dijo: habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo (2 Co 6, 16). En la segunda lectura de hoy (1ª Corintios 1, 22-25) Pablo dice que el Cristo del que debemos ser portadores con nuestro testimonio de vida es precisamente el que con su muerte en la cruz nos mostró cómo es el amor de Dios, un amor que va hasta el extremo de entregar la propia vida. Todo el que se encuentre con cada uno de nosotros, los bautizados, debería experimentar la presencia de ese mismo Dios Amor como la experimentaban en el propio Jesús las personas necesitadas, los pobres, los rechazados, los marginados, los excluidos. ¿Somos de verdad “cristóforos”, portadores de Cristo?

3.- Él mismo conocía el corazón del hombre
La última parte del Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre el sentido de nuestra relación con Jesús. Cuando el evangelista dice que “Jesús no confiaba en ellos, porque los conocía a todos, se está refiriendo precisamente a los mercachifles de la religión que lo cuestionaban porque no querían perder su poder para seguir explotando a la gente, especialmente a los pobres. Pero, como también nos lo muestran constantemente los Evangelios, Jesús sabe reconocer la sinceridad de quienes se acercan a Él con humildad, con una actitud completamente contraria a la de quienes le exigían pruebas de su autoridad.
¿Cuál es nuestra actitud ante Dios, ante Jesús? ¿La de quienes exigen pruebas o la de quienes reconocen sus debilidades, su fragilidad humana y su necesidad de salvación? En este tiempo de la Cuaresma, renovemos nuestra fe en el Dios Amor que se nos ha manifestado en Jesucristo, sabiendo que Él, que conoce lo que hay dentro de cada uno de nosotros, no quiere condenarnos como un juez castigador, sino redimirnos y hacer posible, si dejamos que su Espíritu actúe en nuestras vidas, nuestra reconciliación con Él, con nuestros prójimos y con nosotros mismos.-

Pistas para la Homilía, por Jorge Humberto Peláez S.J., CUARESMA – DOMINGO III B (11-marzo-2012)

1. Lecturas:
a. Libro del Éxodo 20, 1-17
b. I Carta de san Pablo a los Corintios 1, 22-25
c. Juan 2, 13-25

2. En este III Domingo de Cuaresma, nuestra atención estará fijada en la primera lectura, que se refiere a la promulgación de los diez Mandamientos, en el monte Sinaí. La escena nos resulta familiar porque ha inspirado a literatos y artistas de todos los tiempos. Ahora bien, démosle a nuestra meditación un sabor particular: no nos acerquemos a los diez Mandamientos como una propuesta vivida por el pueblo de Israel hace tres mil años, sino como una herramienta imprescindible para la construcción de tejido social hoy.

3. La cultura occidental es heredera de la tradición judeo – cristiana. Esto significa que nuestros valores, nuestras creencias, el arte, etc., hunden sus raíces en una experiencia que tuvo como protagonista al pueblo de Israel. Para un ciudadano de hoy, los diez Mandamientos expresan, en su sabiduría, las condiciones de la convivencia humana; proponen, en fórmulas muy concretas, el marco básico para la construcción de comunidad en relación con Dios, con los demás y con el entorno.

4. Expresan, unas veces en fórmulas positivas – “Amar a Dios sobre todas las cosas” – y otras veces en forma de prohibición – “No matar” -, los puntos de referencia frente a la trascendencia, la familia, la vida, la propiedad, la sexualidad y la afectividad, la honestidad y la justicia.

5. Los diez Mandamientos son esenciales para regular la conducta humana; la experiencia muestra su validez; y la historia constata el alto precio que se paga cuando se prescinde de ellos:
a. Si la sociedad no reconoce la existencia de un Ser Supremo y se promueve el ateísmo o el laicismo, otros protagonistas sociales querrán ocupar su lugar: el mercado, el Estado, el partido, la revolución. Y esto conduce a la instrumentalización del ser humano. La afirmación de la trascendencia es un muro de contención frente a los abusos de los derechos humanos fundamentales.
b. ¿Qué pasa cuando el mandamiento que nos exige respetar a nuestros padres se convierte en algo insignificante? Esto conduce a que la sociedad considere a los padres y a los abuelos como una carga despreciable; este corte brutal entre los jóvenes y las generaciones anteriores afectará los procesos educativos pues los seres humanos quedan sin raíces, perdidos en un presente que carece de sentido y de valores.
c. El 5° mandamiento, “No matarás”, leído de manera positiva, abre un abanico infinito de acciones en favor de la vida; nos pide proteger a los seres más vulnerables, erradicar todas las formas de violencia, esforzarnos por garantizar la satisfacción básicas para llevar una vida digna, promover la calidad de los servicios de salud, organizar campañas educativas que promuevan un estilo de vida sano y que concienticen sobre el efecto devastador de las adicciones. En nuestra cultura, la protección del medio ambiente entra a formar parte del mandamiento “No matarás” pues está en juego la supervivencia del planeta Tierra.
d. El 6° y el 9° mandamientos se refieren a la sexualidad pues su ejercicio desborda el ámbito de lo privado y tiene profundas implicaciones sociales. Así como la responsabilidad en su ejercicio genera armonía y ayuda a construir familias sólidas, la irresponsabilidad se traduce en niños abandonados, abortos, enfermedades de trasmisión sexual, SIDA, etc.
e. La corrupción es uno de los mayores males de la sociedad y está presente en los sectores público y privado. Por eso debemos volver a esas formulaciones simples de los diez Mandamientos que nos enseñan el respeto de los bienes ajenos: 7° mandamiento “No hurtar”, y 10° “No codiciar los bienes ajenos”; la codicia y la ambición arrasan con las instituciones y se afecta gravemente el desarrollo de las comunidades; los ejemplos abundan. La ambición desbordada pone en movimiento dinámicas perversas; y por obtener la riqueza se sacrifican los valores más sagrados: la familia, los amigos, la conciencia…
f. ¿Qué pasa cuando el 8° mandamiento, “No levantar falsos testimonios ni mentir”, pierde su vigencia? Los resultados son puestos en evidencia por los medios de comunicación, que nos relatan cómo los testigos son manipulados, modifican sus declaraciones para obtener una rebaja en sus condenas, y se genera una enorme confusión en la aplicación de la justicia.

6. Concluyamos nuestra meditación dominical que ha estado centrada en la primera lectura. No veamos los diez Mandamientos como el recuerdo de algo lejano que tuvo lugar en un desértico rincón del mundo. Son los principios básicos que regulan la vida de la comunidad. Cuando la sociedad prescinde de alguno de estos valores esenciales, se produce caos. Por eso debemos educar de manera que se perciba su actualidad y las nuevas lecturas que hay que hacer de ellos en una sociedad cada vez más compleja y plural.

domingo, 4 de marzo de 2012

Algo para pensar y orar en esta semana

Mi hijo tiene casi cuarenta años de edad. A los catorce años comenzó a cuestionar su fe. Leyó y viajó mucho, buscando las respuestas a sus dudas; ha estado en Japón y se entrenó en medicina tradicional china. Él es cariñoso y gentil, por lo que le cuesta mucho aceptar la existencia de Dios en un mundo tan difícil y doloroso como éste. Ama a todo el mundo, y agradezco a Dios que me acepta tal como soy. También ama a los animales: su favorito ha sido siempre el lobo. Hace poco me pidió que le enviara una medalla de San Francisco; probablemente recordó cuando era niño, y yo le leía la vida de San Francisco. No hice preguntas; pero supuse que habría encontrado un animal en problemas. Cuando fui a comprar la medalla, y en la tienda me dirigieron a la colección de San Francisco, solo había unas con la imagen del santo levantando un crucifijo sobre su cabeza, junto a un hombre joven arrodillado a su lado. Era una medalla de San Francisco Javier! Finalmente encontramos la que buscaba, pues curiosamente mostraba a San Francisco con su amigo lobo!
Al venderme la medalla, el empleado me sugirió que la llevara a la iglesia cercana, donde el párroco estaba confesando; el sacerdote podría bendecir la medalla. Pero yo no me había acercado a un confesionario hacía mucho tiempo, y tuve que pensarlo: esta medalla justificaría mi visita? Seguramente nuestro Padre en el cielo conocería mis intenciones y me acogería; pero que pasaría con el sacerdote? Finalmente entré al confesionario y relaté mi historia al sacerdote: muy educado y paciente, escuchó con atención y respeto; no me recibió como un extraño. Siendo yo una persona mayor, él era mayor que yo; como un cariñoso y levemente sorprendido padre, me bendijo a mí, a mi hijo, y a la medalla.

DIÁLOGOS sobre el Evangelio del Domingo, por José Martínez de Toda, S.J., Domingo 2C Cuaresma: Transfiguración, 4 marzo 2012

Especialmente para radio
Este es mi hijo amado, escúchenle (Mc 9, 2-10)
martodaj@gmail.com

Moderador/a: Buenos días. Estamos aquí en el Estudio… (Se presentan los participantes).
Las Lecturas del domingo de hoy nos traen dos historias maravillosas: la Transfiguración del Señor, lleno de brillo y resplandor, y la fe de Abrahán, que casi llega a sacrificar a su propio hijo Isaac. Detengámonos a escuchar el evangelio.

Lectura del santo evangelio según San Marcos (Mc 9, 2-10)

NARRADOR/A – En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:

PEDRO – "Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".

NARRADOR/A – Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:

DIOS – "Este es mi hijo amado, escúchenle".

NARRADOR/A – De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

JESÚS – "No cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos".

NARRADOR/A – Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de "resucitar de entre los muertos".



Pregunta 1 – Dice el evangelio que Jesús apareció de una forma deslumbrante. ¿Por qué aparece Jesús de esta forma tan llamativa?
Entre la gente que seguía a Jesús, corrían dos interpretaciones de lo que debía ser el Mesías:
- Una era la política y militar. La mayoría pensaba que el Mesías devolvería el poder y la gloria al pueblo judío.
- Otra era la de la entrega hasta la muerte, a pesar del sufrimiento. Esta era la interpretación de Jesús. Precisamente seis días antes de la Transfiguración, Jesús había dicho a los discípulos: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y letrados; sufrir la muerte y resucitar luego de tres días” (Mc 9, 2-10).
Estas palabras de Jesús sembraron la alarma entre los discípulos.
El mismo Pedro trató de disuadirle (Marcos 8:31-33), porque esto no cuadraba con sus expectativas gloriosas de mando y poder.
Los hermanos Santiago y Juan le andaban pidiendo los primeros puestos en el reino del Mesías.
Estos tres discípulos son los que, al parecer, ofrecen mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de crucifixión.
Y Jesús quiso dar una lección a esos tres discípulos

Pregunta 2 – ¿Qué hace Jesús para probar que su interpretación del Mesías es la verdadera?
-En primer lugar, aparece en una forma gloriosa. Se transformó: su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco.
El evangelio utiliza la palabra griega ‘metamorfosis’, que usamos para describir el proceso por el que una oruga se convierte en una mariposa, una dramática transformación. En este pasaje de Jesús sólo hay una transformación de su apariencia externa.
Jesús se presenta a los tres discípulos «revestido» de la gloria del mismo Dios. Como lo anunció a sus discípulos, va a ser crucificado por sus adversarios, pero va a ser, también, resucitado por Dios.
En segundo lugar, aparece conversando amigablemente con Moisés y Elías.

Pregunta 3 – ¿Por qué aparecen Moisés y Elías junto a Jesús?
Porque eran los dos máximos exponentes de la tradición bíblica:
- Moisés, que fue el gran dador de la Ley y de los 10 Mandamientos 1.200 años antes. Pero además es el gran Liberador. Dios envió a Moisés a liberar al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto y a conducirlo a una tierra de libertad que mana leche y miel.
- Elías era el gran profeta, que inició una gran renovación espiritual en Israel 900 años antes de Cristo. Elías era muy cercano a Dios. Y Dios se le hacía presente de forma muy íntima.
Elías en el monte Horeb, vio que el Señor no se dejó sentir ni en el viento fuerte, ni en el terremoto, ni en el fuego que pasó por delante de la cueva donde estaba, sino en un “sonido suave y delicado”, ante el cual Elías se cubrió la cara con su capa.
Ante aquella manifestación gloriosa de Jesús y la presencia de aquellos dos hombres, que encarnan la Ley y los Profetas, <Pedro reacciona con toda espontaneidad: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No ha entendido nada. Por una parte, pone a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte, se sigue resistiendo a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario.> (Pagola)
Pero Dios mismo le va a corregir de manera solemne.
Como respuesta de Dios Padre a la confusión de Pedro, “apareció una nube, que se posó sobre ellos. Y de la nube salió una voz, que dijo: “Este es mi Hijo amado: escúchenle a Él”.
Sólo Jesús irradia luz propia. Todos los demás (incluyendo Moisés y Elías) somos testigos de la luz, irradiamos la Luz de Él, somos un reflejo de su Luz, de su Palabra.
Y hemos de escuchar su Palabra, también cuando nos habla de «cargar la cruz» en todos los tiempos.

Pregunta 4 – ¿Qué es lo más importante en este evangelio de la Transfiguración?
1.Es la frase de Dios Padre: “Este es mi Hijo amado. Escúchenlo” (Marcos, 9, 7). Estas son casi las mismas palabras que Dios Padre dijo en el bautismo de Jesús. Entonces las dijo a Jesús. Ahora la voz de Dios Padre se dirige a los discípulos.

Pregunta 5 – ¿Estas palabras nos tocan también a nosotros?
Las necesitamos. Hay tantas voces hoy día. Y todas las voces parecen sabias y atractivas. Son de eruditos, internautas, comentaristas, políticos, gurús religiosos, celebridades... Nos prometen salud, riqueza y felicidad, pero raramente cumplen sus promesas y frecuentemente nos llevan a la ruina. ¿Hay una voz confiable en medio de toda esta cacofonía?
Dios Padre nos responde: “Éste es mi Hijo muy amado. Escúchenlo”.

2.También está la nube. A través de todas las Escrituras, la nube simboliza la presencia de Dios. Así ocurrió durante la travesía del desierto de los israelitas:
- Dios caminaba delante de su pueblo en una columna de nube (Éxodo 13,21).
- Y en el Sinaí, mientras Dios hablaba con Moisés, se escondía detrás de una nube.
Así pues, la transfiguración significó la validación de Jesús, como el Señor ungido, y el máximo exponente de la voluntad de Dios Padre.
Todos los símbolos -monte sagrado, Moisés (la Ley), Elías (los profetas), la nube (que también aparece en el Éxodo), la luz resplandeciente-, van a indicar que en Jesús se cumplía todo lo anunciado por los antiguos escritos del pueblo de Israel.
Aquí se dio una “teofanía” (aparición de Dios), al estilo de muchas de las teofanías del Antiguo Testamento. Por ejemplo:
- Cuando Dios se aparece a Moisés y a los ancianos (Éxodo 24, 9-11);
- Cuando Dios se aparece a Elías en el viento (1 Reyes 19, 9-14);
- Cuando Dios se aparece al profeta Ezequiel en un carro (Ezequiel 1, 1-28).

Pregunta 6 – ¿Por qué les prohíbe decírselo a nadie, hasta después de la resurrección?
Los discípulos aún no están preparados para hablar correctamente de Jesús. Aún no han entendido bien el mensaje de Jesús, su interpretación de cómo debe ser el Mesías, y por lo tanto no serían capaces de proclamar su mensaje fielmente.

Despedida
Les invitamos a la Misa, a la Eucaristía, sacramento del amor. Ahí cumpliremos lo que dijo la voz del cielo en la Transfiguración: "Este es mi hijo amado, escúchenlo". Y también recordaremos en la 1ª Lectura la fe de Abrahán, Padre de los creyentes, y cómo fue premiado por Dios.

FIN

Encuentros con la Palabra, por Hermann Rodríguez Osorio, S.J., Domingo II de Cuaresma – Ciclo B (Marcos 9, 2-10) – 4 de marzo de 2012

“Este es mi Hijo amado: ¡escúchenlo!”

Hace algunos años, durante una novena de Navidad, estuve celebrando la eucaristía en CETI (Centro Terapéutico Infantil), una institución de Bogotá que acoge a niños y niñas con parálisis cerebral o con otras deficiencias más o menos profundas. Suelo ir a CETI y encontrarme con amigos y amigas muy queridos que, además de ser pobres, han tenido que vivir con unas limitaciones que los marginan aún más de su vida familiar y social: Diego, Gloria, Uriel, July y tantos otros.

Ese día, la eucaristía transcurrió sin mayores sobresaltos; cantamos, aplaudimos, nos alegramos de recibir la visita de Jesús en nuestra casa. Pero, en el momento de la comunión, cuando comencé a repartir el cuerpo del Señor entre los niños y niñas que estaban sentados en sus respectivos puestos y a las colaboradoras del centro y a un grupo de amigas que habían ido conmigo, comenzamos a escuchar un lamento extraño, que no supe reconocer en el primer momento, porque expresaba un gran dolor pero, al mismo tiempo era suave y delicado. Era Andrés, un niño de cuatro años que estaba sentado en una silla para bebés sobre una de las mesas del salón. Andrés tiene el cuerpo de un bebé de mes y medio; pesa 8 libras y mide 65 centímetros. Cuando vio que todos los presentes estaban recibiendo una galleta, él comenzó a gritar, con la fuerza que le permitían sus pequeños pulmones, para que también le dieran una a él. La directora de CETI comenzó a decirle a Andrés que no gritara más. Que no podía recibir la comunión como todos los demás. Pero Andrés no se rendía. Seguía expresando su queja conmoviendo a todos los que estábamos presentes. Fui, tomé una hostia sin consagrar y se le entregué a Andrés, que la recibió con un movimiento perfecto de su mano diminuta y se la echó a la boca inmediatamente. Desde luego, no le supo a galleta, como él suponía, y pronto la dejó a un lado.

El lamento de Andrés me trajo a la memoria los gritos del pueblo de Israel que Dios escuchó, como nos cuenta el libro del Éxodo, cuando el Señor envió a Moisés a liberarlo de la esclavitud de Egipto y a conducirlo a una tierra de libertad que mana leche y miel. Pero también me trajo a la memoria aquella escena de Elías, en el Horeb, cuando el Señor no se dejó sentir en el viento fuerte, ni en el terremoto, ni el fuego que pasó por delante de la cueva donde estaba, sino en un “sonido suave y delicado”, ante el cual Elías se cubrió la cara con su capa”.

Estas dos evocaciones fueron las que se hicieron presentes en el Monte Tabor, cuando Jesús se transfiguró delante de sus discípulos. Cuenta san Marcos que Pedro, Santiago y Juan vieron cómo la ropa de Jesús “se volvió brillante y más blanca de lo que nadie podría dejarla por mucho que la lavara. Y vieron a Elías y a Moisés, que estaban conversando con Jesús”. Y en medio de esta escena, llena de consolación, “apareció una nube y se posó sobre ellos. Y de la nube salió una voz, que dijo: “Este es mi Hijo amado: escúchenlo”. Escuchar al Hijo amado es escuchar el grito del pueblo, que escuchó el Dios de Moisés y percibir el susurro de la presencia de Dios en voces como las de Andrés.

Hermann Rodríguez Osorio es sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
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El Mensaje del Domingo , por Gabriel Jaime Pérez, S.J., II Domingo de Cuaresma, Ciclo B – Marzo 4 de 2012

En aquel tiempo Jesús se fue a un cerro alto llevándose solamente a Pedro, a Santiago y a Juan. Allí, delante de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Su ropa se volvió brillante y más blanca de lo que nadie podría dejarla por mucho que la lavara. Y vieron a Elías y a Moisés, que estaban conversando con Jesús. Pedro le dijo a Jesús: - Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaban tan asustados que Pedro no sabía lo que decía.
En esto, apareció una nube y se posó sobre ellos. Y de la nube salió una voz que dijo: “Este es mi hijo amado: escúchenlo”. Al momento, cuando miraron alrededor, ya no vieron a nadie con ellos, sino a Jesús solo. Mientras bajaban del cerro, Jesús les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre hubiera resucitado. Por eso guardaron el secreto entre ellos, aunque se preguntaban qué sería eso de resucitar de entre los muertos (Marcos 9, 2-10).
Éste y los demás textos bíblicos de este domingo [Génesis 22, 1-18; Salmo 116 (115); Carta de Pablo a los Romanos 8, 31-34], nos invitan a meditar sobre la relación entre la fe entendida como adhesión a Dios y el “sacrificio”, cuyo sentido conviene comprender bien para superar la concepción de una divinidad sedienta de sangre, propia de los cultos paganos y que difiere diametralmente del Dios que nos presenta la Biblia.

1.- El sacrificio de Abraham, modelo de la fe en Dios
En el lenguaje bíblico la palabra sacrificio significa ofrenda sagrada y designa originariamente el acto por el cual el ser humano le entrega a Dios las primicias de todo cuanto produce, ya que éstas se consideran propiedad divina. En las prescripciones rituales de las religiones primitivas existentes en la tierra de Canaán, por la que Abraham -nombre que significa padre de multitudes- trasegó como pastor con sus ganados después de haber salido de Ur de Caldea en el siglo 19 antes de Cristo, y donde unos 7 siglos más tarde se establecerían los israelitas, este concepto del sacrificio se aplicaba también a los primogénitos, a quienes en los ritos antiguos, cuando se quería agradar a Dios en determinadas circunstancias, se les daba muerte en holocausto, es decir, haciéndolos consumir totalmente por el fuego para ofrecerlos a los dioses.
La primera lectura de este domingo, tomada del libro del Génesis y que narra el sacrificio de Abraham, quien en vez de dar muerte a su hijo Isaac le ofrece a Dios un carnero, constituye un rechazo a los sacrificios rituales de seres humanos propios del paganismo. En el transcurso del relato se puede ver entre líneas cómo Abraham, quien al comienzo pensó que se le exigía dar muerte a Isaac, entiende finalmente que lo que Dios quiere es su disponibilidad para cumplir la voluntad divina, que no quiere la muerte de su hijo, sino la adhesión de la fe que implica reconocer a Dios como tal.

2.- ¿Un Dios que “no perdonó a su propio Hijo”?
Esta frase de san Pablo en la segunda lectura puede parecernos chocante e incomprensible. ¿Cómo así que el Dios infinitamente misericordioso, el Dios siempre dispuesto a perdonar, que nos presentan tanto los Profetas y los Salmos en el Antiguo Testamento como los Evangelios en el Nuevo, no perdonó a su propio Hijo, a su Hijo Jesucristo?
Para entender esta expresión hay que darle el sentido que Pablo mismo explica con la frase que sigue: lo entregó por todos nosotros. Pablo evoca simbólicamente el relato del sacrificio de Abraham que escuchamos hoy en la primera lectura, para aplicar el significado profundo de aquél pasaje bíblico al don que Dios nos ha hecho de su Hijo, quien asumiría, como “Cordero de Dios”, el pecado del mundo para redimirnos, liberarnos del mal y hacernos partícipes de su resurrección.

3.- Jesús transfigurado fortalece la fe de sus discípulos
Antes del relato evangélico de la Transfiguración, Jesús les había dicho a sus discípulos que lo iban a matar (Marcos 8, 31). De esta forma Jesús les había anunciado lo que iba a ser su propio sacrificio redentor, por el que Él, Dios hecho hombre, le daría un nuevo sentido a la ofrenda sagrada: el don de sí mismo hasta la entrega de la propia vida. Este nuevo sentido de la ofrenda a Dios es el que les había dicho poco antes que también ellos debían realizar si querían ser sus seguidores: Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame (Marcos 8, 34).
El anuncio de su pasión y muerte, así como la exhortación a tomar la cruz, causaron en aquellos primeros discípulos un efecto de desaliento. Pero también Jesús les había dicho que iba a resucitar. Por eso en la Transfiguración les manifiesta su gloria para fortalecerlos en la fe, haciéndoles ver en forma luminosa lo que sería el acontecimiento pascual de su resurrección e indicándoles que en Él se cumplirían las promesas contenidas en el Antiguo Testamento, específicamente en los textos bíblicos de la Ley y de los Profetas, simbolizados por las figuras de Moisés y Elías. Pero esto sólo lo entenderían en su verdadero sentido aquellos discípulos después de la muerte de Jesús, lo cual explica por qué Él les dijo que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre hubiera resucitado.
También nosotros necesitamos que, en medio de la oscuridad de las circunstancias problemáticas y difíciles de nuestra existencia, cuando nos sentimos abrumados por el peso de la cruz que a cada cual le corresponde cargar, el Señor se nos manifieste iluminándonos con su propia luz y dándonos la fuerza que necesitamos para no desfallecer en el camino de la vida. Pero para que esto suceda, es preciso que busquemos espacios y aprovechemos los que se nos ofrecen para disponernos a atender, en un clima de oración, la voz de Dios que nos dice interiormente, como a aquellos discípulos: Este es mi Hijo predilecto, escúchenlo. (Marcos 9, 7).-

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