sábado, 11 de junio de 2011

La fuerza espiritual de la Palabra de Mons. Romero. Parte 1.


Introducción


No queremos escribir un libro más sobre Monseñor Romero. Hay muchos y muy buenos. Queremos más bien que sea el mismo Mons. Romero el que nos hable directamente. Aquí presentamos mas de 50 párrafos cortos, con aquellas palabras más representativas de Monseñor, aquellas que nos introducen directamente en su mente y corazón de pastor y profeta. Lo que hice fue simplemente buscar esas frases y ponerles un título indicativo sobre su contenido. Aquí presento en un orden cronológico sus palabras desde el  año 1977 hasta 1980. La fecha entre paréntesis permite encontrar el texto completo en la edición de sus homilías.


Hay dos párrafos de sus homilías que expresan con fidelidad el espíritu de  esta colección:

“La palabra queda.
Y éste es el gran consuelo del que predica.
Mi voz desaparecerá, pero mi palabra que es Cristo
quedará en los corazones que lo hayan querido acoger” (17.12.78)

“Hermanos, guarden este tesoro. No es mi pobre palabra la que siembra esperanza y fe; es que yo no soy más que el humilde resonar de Dios en este pueblo” (2.10.77).

            Hemos puesto al comienzo una biografía mínima de Mons. Romero, pensando en aquellos que apenas lo empiezan a conocer o como ayuda memoria para nosotros. Al final, después de leer y “oír” el disparo que atravesó el corazón de Mons. Romero, puse aquella poesía impactante de Mons. Pedro Casaldáliga, titulada “San Romero de América, Pastor y Mártir nuestro”. Es la poesía que mejor expresa lo que uno siente y piensa después de haber conocido el pensamiento de Mons. Romero, después de escuchar su última homilía y escuchar el disparo que puso fin a sus días. Pero un momento. Ahí no termina esta presentación. Puse al final aquel texto profético que nos permite seguir escuchando a Mons. Romero y encontrado en su resurrección. Aquí adelanto dos frases de este texto profético:



“Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.
Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás” (marzo 1980).

            Por último, quiero decir que este trabajo lo he realizado con una profunda gratitud hacia Monseñor Romero. En dos ocasiones en 1979 y en otra en enero de1980, tuve un encuentro largo y personal con Monseñor que marcó definitivamente mi vida.

Biografía mínima de Mons. Romero

(Recortes y adaptación  de la biografía presentada en Internet
por la Biblioteca Virtual Cervantes)

   Óscar Arnulfo Romero nació en Ciudad Barrios (San Miguel) el 15 de agosto de 1917. Fue el segundo de 8 hermanos de una modesta familia. Su padre, Santos, era empleado de correo y telegrafista y su madre, Guadalupe de Jesús, se ocupaba de las tareas domésticas. El Salvador era por entonces un país de relativa prosperidad económica (gracias al cultivo y exportación de café), pero dominado por un poder oligárquico que mantenía oprimida a la población campesina.

   A muy corta edad tuvo que interrumpir sus estudios debido a una grave enfermedad, de manera que a los 12 años trabajaba ya como aprendiz en una carpintería. Su ingreso en el seminario menor de San Miguel tiene lugar en 1931. Allí permaneció durante 6 años hasta que tuvo que interrumpir de nuevo sus estudios, esta vez para ayudar a su familia en unos momentos de dificultad económica. Durante tres meses trabajó con sus hermanos en las minas de oro de Potosí por 50 centavos al día.

   En 1937 Óscar ingresa al Seminario Mayor de San José de la Montaña en San Salvador. Siete meses más tarde es enviado a Roma para proseguir sus estudios de Teología. Es ordenado sacerdote el 4 de abril de 1942 y continúa en Roma un tiempo con el fin de iniciar una tesis doctoral, pero la guerra europea le impide terminar los estudios y se ve obligado a regresar a El Salvador.

   Su labor como sacerdote comienza en la parroquia de Anamorós, trasladándose poco después a San Miguel, donde durante 20 años realiza labor pastoral. En esos años, su trabajo es el de un sacerdote dedicado a la oración y la actividad pastoral, pero todavía sin un compromiso social evidente. El país vive sumido en un caos político, donde se suceden  golpes de estado en los que el poder queda casi siempre en manos de los militares.

   En 1966 Monseñor fue elegido Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador. Comienza así una actividad pública más intensa que viene a coincidir con un periodo de amplio desarrollo de los movimientos populares.

   Su nombramiento como obispo auxiliar de Monseñor Luis Chávez y González, en 1970, no fue bien visto por los sectores más renovadores: Monseñor Chávez y González y Monseñor Rivera (también obispo auxiliar) estaban impulsando los cambios pastorales que el Vaticano II y la Conferencia de Medellín de 1968 exigían para el desarrollo de una nueva forma de entender el papel de la Iglesia Católica en América Latina y los planteamientos de Monseñor Romero, nombrado además director del periódico Orientación, eran todavía muy conservadores.
   
  Nombrado Obispo de la Diócesis de Santiago de María, se traslada a la misma en diciembre de 1974. El contexto político se caracteriza sobre todo por una especial represión contra los campesinos organizados. En junio de 1975 se producen los hechos de Tres Calles: la Guardia Nacional asesina a 5 campesinos. Monseñor Romero llega a consolar a los familiares de las víctimas y a celebrar la misa. No hace una denuncia pública de lo ocurrido, como le habían pedido algunos sectores, pero sí envía una dura carta al presidente Molina.

   El nombramiento de Monseñor Romero como arzobispo de San Salvador, el 23 de febrero de 1977, es una sorpresa negativa para el sector renovador, que esperaba el nombramiento de Monseñor Rivera, y una alegría para el gobierno y los grupos de poder, que ven en este religioso de 59 años un posible freno a la actividad de compromiso con los más pobres que estaba desarrollando la Arquidiócesis.

   Sin embargo, un hecho ocurrido apenas unas semanas más tarde, que se revelará decisivo en la escalada de violencia sufrida en El Salvador, va a dejar clara la futura línea de actuación de Romero: el 12 de marzo de 1977 es asesinado el padre jesuita Rutilio Grande, que colaboraba en la creación de grupos campesinos de autoayuda y buen amigo de Monseñor. El recién electo arzobispo insta al presidente Molina para que investigue las circunstancias de la muerte y, ante la pasividad del gobierno y el silencio de la prensa a causa de la censura, amenaza incluso con el cierre de las escuelas y la ausencia de la Iglesia católica en actos oficiales.

   La postura de Óscar Romero, comienza a ser conocida y valorada por el contexto internacional: el 14 de febrero de 1978 es nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Georgetown (EE.UU); en 1979 es nominado al Premio Nóbel de la Paz y en febrero de 1980 es investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Lovaina (Bélgica). En ese viaje a Europa visita a Juan Pablo II en el Vaticano y le transmite su inquietud ante la terrible situación que está viviendo su país.

   En 1980 El Salvador vivía una etapa especialmente violenta en la que sin duda el gobierno era uno de los máximos responsables. La Iglesia calcula que, entre enero y marzo de ese año, más de 900 civiles fueron asesinados por fuerzas de seguridad, unidades armadas o grupos paramilitares bajo control militar. De todos era sabido que el gobierno actuaba en estrecha relación con el grupo terrorista ORDEN y los escuadrones de la muerte.

   Apenas llegado de su viaje a Europa, el 17 de febrero, el arzobispo Romero envía una carta al presidente Carter en la que se opone a la ayuda que EEUU está prestando al gobierno salvadoreño, una ayuda que hasta el momento sólo ha favorecido el estado de represión en el que vive el pueblo. La respuesta del presidente estadounidense se traduce en una petición al Vaticano para que llame al orden al arzobispo. Sin embargo, en otros países continúa el reconocimiento a la labor de Romero: por esas mismas fechas, recibe el premio de la Paz de Acción Ecuménica Sueca.

   El cerco se cierra: a fines de febrero, Monseñor tiene conocimiento de amenazas de muerte contra su propia persona; Romero recibe también un aviso de amenazas de similar seriedad por parte del Nuncio Apostólico en Costa Rica, Monseñor Lajos Kada y a comienzos de marzo es volada una cabina de locución de la emisora YSAX, La Voz Panamericana, que transmitía sus homilías dominicales. Los días 22 y 23 de marzo, las religiosas que atienden el Hospital de la Divina Providencia, donde vive el Arzobispo, reciben llamadas telefónicas anónimas que lo amenazan de muerte. Finalmente, el 24 de ese mismo mes, Óscar A. Romero es asesinado por un francotirador mientras oficia misa en la Capilla de dicho Hospital.


viernes, 10 de junio de 2011

Viernes 10 de Junio

"Era claro y alto, como el monte Fuji", comentaba hace algunos años en Tokio desde su enigmática sonrisa japonesa uno de los ex novicios de Pedro Arrupe de los trágicos tiempos de Hiroshima. Evocar el Fujiyama o monte sagrado, que recorta su cima nevada en el horizonte nipón, es tanto como señalar el símbolo más sublime para un japonés.
Después de su muerte, ocurrida el 5 de febrero de 1991, tras casi diez años de postración a causa de la trombosis que le sobreviniera en 1981, en su desnudo cuarto de enfermería a dos pasos del Vaticano, su figura ha crecido aún más. Es obligado situarla entre las más destacadas de la historia contemporánea de la Iglesia y, sin duda, como la de un auténtico profeta y testigo cualificado del siglo XX.

La vida de Arrupe, que se extinguió suavemente como una pavesa en la curia de la Compañía de Jesús en Roma, ha sido un puente de creatividad y evangélica osadía entre Oriente y Occidente, entre la Iglesia del Concilio y el posconcilio. Este singular jesuita nació a la experiencia de una energía transformadora mientras deambulaba entre las cenizas y los cascotes de la fatídica primera bomba atómica, cuando convirtió su noviciado en repentizado hospital para cientos de fantasmas ambulantes, supervivientes que llevaban en sus rostros el horror de un infierno creado por el hombre.
Arrupe moría en silencio mientras el mundo contemplaba con ojos desorbitados el estallido y la insania de otra guerra, que afortunadamente no llegó a conflagración mundial, la Guerra del Golfo, pero que puso de manifiesto una vez más el pervertido uso del progreso, el desarrollo y la energía para matar.

En un mundo de odio y destrucción la figura sonriente, optimista y constructiva de este vasco universal contribuyó a poner los cimientos de la actual inquietud por la justicia, la paz y la fraternidad.

INFANCIA Y FORMACIÓN DE UN CIUDADANO DEL MUNDO

Aquel muchacho nacido en el Bilbao siderúrgico de 1907, hijo de un arquitecto fundador de "La Gaceta del Norte", alumno de Medicina en Madrid del profesor Negrín, que se enfadó de que su brillante alumno se hiciera jesuita, viviría todas la convulsiones de su tiempo. Desde el destierro de España, por la expulsión de la orden ignaciana, hasta el apocalipsis de Hiroshima, pasando por la cárcel en Japón cuando fue acusado de "espía", la experiencia de la injusticia y la vanguardia de la inculturación.
Una profunda impresión de experiencia de niño se le quedaría grabada para siempre: el día de la muerte de su padre, que repetía una vez más la vivencia de abandono que le asoló el alma, cuando a los diez años perdió a su madre. Por la ventana del cuarto entraba la vida desde las calles del Bilbao de 1900 en las que se preparaban las tribunas para la procesión del Sagrado Corazón. Con una vela en la mano, Peru (Pedrito, en vascuence) había seguido a su corpulento padre en el desfile procesional todos los años.
El golpe afectivo de estas carencias familiares fue sublimado por el muchacho, transformándolo en amor apasionado a las figuras de Jesucristo y María.
Esta situación anímica cristaliza en su vocación sentida especialmente en contacto con dos milagros, que presencia e investiga desde sus conocimientos de medicina en Lourdes, y en contacto con la injusticia en los suburbios de Madrid. Tal sensibilidad hacia la marginación será también una constante de su vida a partir de estas primeras experiencias juveniles.
La vocación a la Compañía de Jesús del excelente alumno del profesor Negrín -se enfadó el socialista de que su brillante pupilo se metiera a jesuita- se encarnaba en un soporte humano completísimo: inteligente, optimista, sensible y sobrio al mismo tiempo, abierto y profundo.


Ya de jesuita y, después de dejar en el noviciado de Loyola una imagen imborrable de sí mismo, en Oña (Burgos), mientras estudiaba filosofía tuvo una experiencia mística, según me confió ya enfermo en Roma: "Escuché una voz que me decía: Tú serás el primero; y sentí una luz interior por la que lo vi todo claro". Desterrado de España, con la expulsión de los jesuitas en la Segunda República, Pedro daría otro paso que preparaba ya al futuro general de la Compañía: dejaba sus raíces para pasar a ser un hombre universal. Su formación filosófica, teológica y en bioética en Marneffe, Valkengurg y Cleveland (EE.UU.) catapulta a este bilbaíno de origen burgués al universalismo sin fronteras de ciudadano del mundo que caracterizará toda su vida. Cuantos lo conocieron sabían que, sin renegar de sus raíces y con amor a su tierra, era contrario al patrioterismo o a privilegiar a los españoles, lo que le costó críticas en Japón y le movió a postergar sus visitas a España, una vez elegido prepósito general.
Tras su Tercera Probación (último año dedicado por los jesuitas a la espiritualidad después de los estudios) en Estados Unidos y su importante experiencia pastoral con el dolor humano en cárceles de máxima seguridad de aquél país, realiza el sueño de su vida. "Lloré como un niño -me contaba- cuando desde la cubierta del barco que me conducía al Japón divisé el puerto de Yokohama".

JAPON: LA INCULTURACION Y EL ESTALLIDO DE LA LIBERTAD
Japón. Los brazos dolorosamente levantados al cielo para alzar la eucaristía en el monte Fuji, la pobreza de un país que no había despertado aún a su milagro económico, la inculturación -término que acuñó Arrupe para definir la asunción misionera de las culturas- en los caminos del Zen, su inmersión en la lengua japonesa para traduce a san Ignacio, san Francisco Javier y san Juan de la Cruz, son sólo algunos de los rasgos de aquel misionero, que lo mismo organizaba un concierto que una exposición o una exótica procesión occidental por las calles de Yamaguchi.
Fue en esta ciudad, de la que fuera párroco, donde vivió el tercer gran momento místico de su vida. Acusado de "espía internacional", juzgado y absuelto, sus 33 días de cárcel entre cuatro paredes desnudas, sin un mueble, e interminables interrogatorios, le identificaron con el Cristo conducido a los tribunales. "Fue precioso", repetía con los ojos llenos de lágrimas, recordando aquella nochebuena vacía en que, en medio de la oscuridad, escuchó un lejano villancico en japonés. Eran sus cristianos que le cantaban suavemente desde la calle para mostrarle su solidaridad.

Pero sin duda el día que puede calificarse de histórico durante su estancia en Japón y en toda su vida fue el 6 de agosto de 1945, en Hiroshima, donde era maestro de novicios. La bomba atómica marca el ecuador del itinerario espiritual de Pedro Arrupe. Aquel instante eterno en la capilla, frente al reloj parado por la explosión, desata en su interior otro estallido de amor.
Desde su radical optimismo de hombre enamorado, Pedro transforma la fuerza destructora, que acabó con 200.000 japoneses, en energía para la creatividad.
El primer paso sería convertir su noviciado en improvisado hospital, donde, menos uno, todos su enfermos se salvaron gracias a su iniciativa de autocurarlos mediante la sobrealimentación. Arrupe quedaría marcado, para bien, por la bomba, que estallaría en su increíble libertad espiritual y en su osadía evangélica a través de toda su vida.
A mi entender, y después de haber trabajado más de cinco años en su biografía, creo que Arrupe experimentó en Japón lo que lenguaje oriental se denomina la "iluminación". Una y mil veces repetía: "Lo vi todo claro. Lo veo todo claro. Siempre fui feliz". No en vano, desde muy joven, se levantaba antes del alba para hacer prolongadas horas de meditación en postura oriental. Aquella intensa vida espiritual comenzaba a dar sus frutos.
El maestro se volcó en sus novicios. Se alojaba en el peor cuarto de la casa en lúgubre torreón; limpiaba los zapatos a los jóvenes jesuitas, y luchaba denodadamente para entrar en la compleja psicología de los japoneses.
Uno de los últimos testimonios recibidos de aquel tiempo, es el de Manuel García Casado, SJ , que lo define "siempre con la sonrisa a flor de labios y el corazón dispuesto a agradar y ayudar a los demás". De su mirada penetrarte habla este jesuita que fue Ayudante del Maestro de novicios Arrupe, cuando lo reencuentra en Roma.
"Pronto noté que seguía mirando las cosas con los ojos suaves de siempre. Unos ojos como de quien, habiéndolos tenido largo tiempo fijos en algo absorbente, los retira unos momentos con gozo para saludar a un amigo. Unos ojos, imagino yo, como lo que tendría Jesús, si algún día, abriendo de pronto la puerta del sagrario, asomara su sagrada faz en forma humana, para mirar sonriente a un corazón amigo..."

Ya de primer provincial de la viceprovincia de Japón, con la internacionalización de esta misión jesuítica, tuvo ocasión de vivir como en un tubo de ensayo, lo que el futuro le depararía de una forma más exigente como superior general. El contacto con los jesuitas de variadas procedencias y tres vueltas al mundo como conferenciante, para recabar fondos con destino a la depauperada misión, le abrirán aún más a los grandes problemas de su momento histórico. No faltó en esta época tampoco el tiempo de la prueba, con el visitador que le envió Roma para revisar sus procedimientos, sobre todo económicos. Nadie le notó este sufrimiento, que luego exorcizó con humor, cuando el visitador tuvo que presentar el informe al nuevo general: el propio padre Arrupe.

LA NOCHE OSCURA DE UN GENERAL
Todos estos cimientos darían su gran fruto en la persona del general Pedro Arrupe. Arrupe no es solo la figura del posconcilio que lanza a los jesuitas a la aventura de comprometerse a luchar contra la injusticia en las fronteras del Tercer Mundo. "Don Pedro", como le llamaban cariñosamente sus súbditos, cambió el "ordeno y mando" de la férrea orden ignaciana por una sonrisa de amor evangélico, y la ascética cerrada en sí misma en un impulso positivo de servicio, definiendo a los jesuitas como "hombres para los demás". Efectivamente, cuando Arrupe llega a Roma, en 1965, en pleno Concilio, ya era un hombre del Concilio antes del Concilio. Impresiona leer hoy las primeras declaraciones de aquel general que defendía a Teilhard de Chardin, aseguraba que todo ser humano, "hasta un criminal" lleva dentro de sí el "elemento cristiano" y se metía en el bolsillo a súbditos, superiores de otras órdenes religiosas, periodistas y cámaras de televisión. El carácter simpático y el magnetismo de su personalidad perecían abrirle todas las puertas.
En aquellos años creativos de una Iglesia que se despertaba de un largo letargo, Arrupe parecía correr aún más deprisa que la Historia, con sus intuiciones de futuro sobre la iglesia de América Latina, contra el racismo en los Estados Unidos, y sus ideas sobre los "colegios de ricos". Se reunía con los curas obreros; les decía las cosas claras a Franco y Streosner; entraba en la cárcel a visitar a Daniel Berrigan, el jesuita que quemara los archivos del Vietnam, y participaba lúcidamente en los grandes acontecimientos eclesiales.

Sus viajes, para conocer la Compañía, acercaron su figura entrañable y sencilla a cada jesuita, que se sentía "personalmente atendido". Era el estallido de lo universal, de una iglesia inculturada, de su aire abierto y dialogante.
Lejos de huir y arredrarse en tiempos de crisis, apretaba el acelerador buscando nuevos horizontes en los convulsos años 60 y 70. Cuando los catastrofistas se asustaban por las deserciones y la crisis vocacional, Arrupe decía sonriendo: "El último que apague la luz"; y cuando un jesuita "colgaba los hábitos" exclamaba: "Ahora tenemos que quererle más". No era un loco, era, hasta por su parecido físico, un nuevo Ignacio de Loyola quien, en su tiempo, se atrevía a decir que "si la Compañía se disolviera como sal en el agua le bastaría un cuarto de hora de oración para reencontrar la paz".
Pero este talante, su nueva concepción de la obediencia, su estilo amistoso de gobernar, acabarían por costarle caros. Sufrió la incomprensión y hasta la traición dentro de sus filas. Se le acusó de que "un vasco fundó la Compañía de Jesús y otro se la estaba cargando".

Tuvo que enfrentarse con un riesgo de escisión por parte de los de la "estricta observancia". Y finalmente recibió una admonición de Pablo VI durante la Congregación General, que se replanteó la supresión de los "grados" o categorías de jesuitas y decidió optar por la justicia, el Papa que le quería "como un abuelo" y conservaba en su devocionario las oraciones compuestas por él, le reprendió severamente.
Finalmente su gran noche oscura sobrevendrá en tiempos de Juan Pablo II, que se resiste a recibir al general de los jesuitas. Solo dos veces, durante diez minutos, pudo Arrupe conversar con él. Y, cuando lo consigue y le presenta su dimisión por no sentirse con la confianza de la Santa Sede, el Papa se la niega. Tenía en mente otros planes de reforma sobre la Compañía.
Se diría que el Papa blanco y el vulgarmente llamado "papa negro" hablaban entonces dos lenguajes diferentes. Arrupe obedecía sonriendo y animando a sus compañeros. Pero algo se rompía dentro de él en una secreta y terrible noche oscura. Al regreso de un viaje a Extremo Oriente, el 7 de agosto de 1981, cae gravemente enfermo, víctima de una trombosis cerebral. En octubre otro golpe más duro de la Santa Sede cae sobre el ya debilitado padre Arrupe. El cardenal Casaroli le deja llorando en su cuarto de enfermería con una carta por la que el Papa interrumpía el proceso constitucional de la Compañía, destituía al vicario designado por Arrupe, padre Vicent T. O'Keefe, y nombraba a dedo, como delegado suyo en la Orden a un octogenario jesuita, confesor de dos papas considerado como la antítesis ideológica del general, Paolo Dezza, hoy premiado con el cardenalato; y como su coadjutor a Gisseppe Pittau.
Arrupe inclinó la cabeza, y anonadado, obedeció una vez más. Cuando le visité en Roma para tomar datos para mi biografía, Arrupe, rosario en mano, parecía un Cristo de Mantegna, pálido y transparente, perdido entre las sábanas blancas, sonriendo aún desde sus torpes labios hemipléjicos, besando la mano de los que intentaban besársela a él, sin abandonar nunca ese gesto con el que parecía pedir perdón casi por ser.


Entonces, con su media palabra de enfermo el hombre que había hablado siete lenguas y había sido recibido por los más importantes personajes de aquel tiempo, me abrió balbuciente su corazón, un corazón partido entre su obediencia y su noche oscura, entre la incomprensión y la claridad interior. "No lo entiendo, No lo comprendo - decía-, el Papa conmigo habló poquísmo. Yo nunca intenté forzar ninguna voluntad. Siempre dialogué con todos. Yo estaba interiormete convencido. Veía claro. Era maravilloso. Una experiencia de Dios. Ahora estoy roto. No sirvo para nada. Pobre hombre. En manos de Dios".
Después que la Compañía volvió a sus cauces habituales y una vez elegido el nuevo general, Peter Hans Kolvenbcah, Arrupe viviría sin vivir todavía ocho años más de silencio en su pequeño cuarto de enfermería, por el que pasarían a visitar le desde el propio Papa, que fue a verle tres veces, hasta gentes innominadas de todo el mundo que se honraba con su amistad, pasando por la Madre Teresa, el cardenal Pironio, Roger de Taizé, y un grupo de protestantes que encendían una vela y entonaban himnos en su presencia.

GLORIA
Arrupe no solo fue un hombre santo de nuestro tiempo. Fue el pionero de la inculturación en la Iglesia, el líder de la adaptación de la vida religiosa después del Concilio, un puente cultural entre Oriente y Occidente, el padre espiritual de los veinte mártires jesuitas en países del Tercer Mundo, un adelantado del diálogo con el mundo y las ideologías, un amigo de los refugiados y drogadictos y, sobre todo, un enamorado de la figura de Jesús de Nazaret, que conjugó en su vida fidelidad y profecía. Detrás de su ingente actividad, que no cabe en muchas páginas, aleteaba la vida interior del hombre de oración, y el hombre sencillo, que sabía regalar una tarta con velas a su secretaria el día de su cumpleaños y tratar a un súbdito como un amigo de toda la vida.
Si hubiera que sintetizar la vida de Arrupe en una anécdota elegiría esta: Cuando daba catequesis de adultos en Japón, un viejo japonés le miraba sin pestañear sin que durante seis meses dijera nunca nada. Arrupe entonces se atrevió un día a preguntarle: "¿Qué opina usted de mis explicaciones?". El japonés respondió: "No puedo opinar porque no he oído nada. Soy sordo. Pero basta con mirarle a los ojos. Usted no miente. Lo que usted cree, eso creo yo".
Giulio Andreotti habló del "triunfo del padre Arrupe", refiriéndose a su muerte. "Si, porque los cristianos de Roma celebran la muerte de sus santos como el triunfo o ascensión a la gloria y lo que he vivido estos días desde la muerte del padre Arrupe me ha recordado tantas páginas maravillosas de la historia de Roma, desde sus mártires a sus santos, como la muerte de Gregorio Magno o de San Felipe Neri y su amigo fraterno, San Ignacio: por su participación popular, por la conciencia vivísima de estar ante un santo que ha dejado una estela para el futuro de la humanidad".
Durante la homilía de su funeral, que concelebraban 350 sacerdotes, el padre Kolvenbach, emocionado y vibrante, tejió los méritos del Magnificat del padre Arrupe. "Ni las incomprensiones, ni las críticas le doblegaron en su afán por la justicia, por el servicio a los pobres, especialmente cuando falsas interpretaciones originaron abusos de sus directrices. Nadie ha podido criticar jamás el esfuerzo generoso que animaba su empeño ¿A donde va la Compañía? le preguntaban, y Arrupe respondía con sencillez desarmante: 'A donde Dios la lleva'. Confianza absoluta, gozosa en el Señor, esperanza ante el Crucificado cargado con su cruz terrible, que le rompió el cuerpo, pero nunca su ánimo".
Mariano Ballester,SJ, que le ayudó en la logoterapia, ha desvelado que durante su enfermedad, cuando ya apenas hablaba, después de leerle algunos discursos de los que había pronunciado momento antes de la hora de dormir, le oyó decir con su débil media lengua: "Para el presente, "Amén"...; para el futuro "¡Aleluya!". Era la síntesis mística de toda una personalidad y de toda una vida, de un hombre de su tiempo y un hombre de Dios que es un paradigma para la acción. entre sus últimos proyectos estaban la atención a los refugiados y los drogadictos. Murió convencido de que la fe no puede entenderse sin un compromiso por la liberación de los últimos y marginados de este mundo injusto. El mejor homenaje a su figura es continuar trabajando por la justicia, la paz y el desarrollo de los pueblos más olvidados y oprimidos.


Pedro Miguel Lamet

jueves, 9 de junio de 2011

JUEVES 9 DE JUNIO


Lecturas de hoy
1.      Hechos 22: 30 a 23:6-11
2.      Salmo 15:1-11
3.      Juan 17:20-26
Otro asunto esencial en términos de crecimiento pascual, que es lo propio de los cristianos y de la iglesia, es justamente que esta también resucite, se reanime constantemente con el espíritu del Señor Resucitado. Durante todo este tiempo hemos tenido como primera lectura textos tomados de los Hechos de los Apóstoles, relatos que expresan la vitalidad pascual de los primeros cristianos, afrontando contradicciones, dando testimonio, predicando, anunciando la Buena Noticia de Jesús, viviendo en comunidad, celebrando la fracción del pan, enviados en misión, etc.
Oremos hoy a partir de la Iglesia y de su constante necesidad de conversión. Al hablar de Iglesia estamos hablando de nosotros mismos, los bautizados, los que hacemos parte de ella. En el lenguaje ordinario, el periodístico por ejemplo, cuando se hace referencia a la Iglesia se entienden el papa y los obispos, desconociendo su base fundamental que es la inmensa comunidad de los bautizados. El magisterio del Concilio Vaticano II rescató la condición de PUEBLO DE DIOS para toda la Iglesia, definición que hace en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, “Lumen Gentium”.
La Iglesia es sacramento universal de salvación, esto quiere decir que ella es la visibilidad histórica de Jesucristo y que ella es instrumento eficaz de gracia para dar a los bautizados la vida de Dios en Jesús y para llevarlos con El al Padre. La Iglesia es en primer lugar una realidad de salvación en la que se congregan los creyentes en torno a Jesucristo para vivir según su Evangelio, y ella está constituída por todas las comunidades que en el mundo profesan a Jesucristo como Señor y Salvador.
Ya sabemos que por diversas razones doctrinales, disciplinares, históricas, hay Iglesia Católica, Iglesia Ortodoxa, Iglesia Anglicana, Iglesias Protestantes, y con ellas muchos matices  que no es del caso presentar aquí. Como común denominador tienen que todas profesan a Jesucristo como su Señor y aceptan el Nuevo Testamento como el documento que contiene las verdades centrales de la fe, así mismo también convergen en la aceptación de los primeros concilios de la historia cristiana, especialmente en la definición del dogma central sobre Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Digamos que la Iglesia se funda en Jesucristo y que su deber ser es expresarlo a El con toda nitidez en la historia de la humanidad, hacerlo visible y actual. Sin embargo, como la Iglesia también tiene una dimensión humana, entonces también se implica con las fragilidades propias nuestras, y ahí aparecen el pecado y las incoherencias con respecto al seguimiento de Jesús.
Así hemos tenido divisiones y pugnas graves entre cristianos, papas aliados con los poderes temporales, cruzadas en muchos casos con más sabor político que evangélico, inquisición, imposición de la fe sin diálogo interreligioso ni ecuménico, pecados personales de hombres de Iglesia, como este tan penoso y trajinado hoy de la pederastia, ambición de poder, debilidad en el anuncio del Evangelio, y mucho más contrario al espíritu del Señor. Para quien desee profundizar le sugiero leer esta obra de divulgación, está muy bien escrita y es bastante objetiva: COMBY,Jean. Para leer la historia de la iglesia: desde los orígenes hasta el siglo XXI. Editorial Verbo Divino,2007.
Lo que les propongo que oremos es sobre esta coexistencia de gracia y santidad, de pecado y afectos desordenados, en la Iglesia, y siempre nosotros en ella, sujetos también de santidad y de pecado.
 A la luz del Espíritu constatemos el ser teologal de la Iglesia, la condición sacramental, el ser mediación para llegar a Jesús y por El al Padre, veamos su santidad, sus hombres y mujeres profundamente evangélicos, su coherencia con el proyecto e intenciones del Señor, su vida en común, su misión, su influjo en la sociedad y en la cultura, sus realizaciones fieles a Jesús, todo lo que en ella expresa su ser teologal y cristocéntrico.
Pero también oremos a partir de su pecado y sintámonos implicados en ello. Veamos nuestros pecados personales “aportando” (¡!) al pecado de toda la Iglesia, y veamos en oración estos escándalos que tanto nos apenan y disminuyen.
Y hagamos, siguiendo el mejor estilo ignaciano, un coloquio con el Señor Crucificado, y pongamos allí a la Iglesia en el centro de nuestras consideraciones orantes.

 San Ignacio de Loyola, para poner un ejemplo destacado y totalmente entrañable para nuestros afectos, fue muy consciente del pecado de la Iglesia en su tiempo, de su afecto desordenado por el poder, y, desde su experiencia espiritual, decidió servir a la Iglesia para ayudar a su reforma, amó a la Iglesia, santa y pecadora, y dedicó, con sus primeros compañeros, la Compañía de Jesús para servir a la reforma, haciendo el esfuerzo de recuperar el espíritu original de Jesús para ella.  Tarea  nada fácil habida cuenta de la naciente Reforma Protestante, de las inconsistencias al interior de la Iglesia, y de los muchos adversarios que ella tenía. Ignacio es profundamente evangélico y eclesial al mismo tiempo, y su carisma espiritual es así.
Viniendo a tiempos más cercanos, hace cincuenta años, el Papa Juan XXIII vió la necesidad de reformar la Iglesia y para eso convocó el Concilio Vaticano II (Ver de ZIZOLA,Gian Carlo. La utopía del Papa Juan), de una iglesia muy volcada sobre sí misma y muy radical en sus convicciones institucionales, muy negada al diálogo con el mundo moderno, este pastor visionario la llevó a encontrarse con el ser humano, con sus gozos y esperanzas, la ayudóa bajarse del pedestal para ser más y más al estilo de Jesús, suscitó una vigorosa corriente de renovación empeñada en volver a sus orígenes evangélicos, provocó una nueva manera de hacer teología, propició un ministerio pastoral mucho más encarnado en la realidad de las comunidades, se expresó como un hombre en diálogo con el mundo, abierto, evangélicamente amable, cercano. Juan XXIII llamado Angelo Giuseppe Roncalli, nacido en un humilde hogar de campesinos en 1881 y fallecido en 1963, fue pastor de la iglesia universal desde octubre de 1958 hasta junio de 1963, apenas cinco años, suficientes para generar todo este movimiento de renovación. Es beato, así declarado por Juan Pablo II, y su memoria litúrgica es el 11 de octubre, día en el que él mismo inauguró el Concilio Vaticano II en 1962.
En la Iglesia conviven muchas tendencias, diversas maneras de interpretar la fe cristiana y el ser y quehacer de la Iglesia, las hay conservadoras, más inspiradas en el Concilio de Trento (1545-1563) que en el Evangelio, también espiritualistas, desentendidas de “las cosas de este mundo”, otras de línea muy social, muy en referencia a los más pobres, algunas muy mundanizadas, otras, como la teología de la liberación, empeñadas en el influjo del Evangelio para transformar las estructuras sociales. Pero todos nos decimos seguidores de Jesús, partícipes del único bautismo, y con la intención de hacer evidente en la historia la Buena Noticia.
Digamos que esta pluralidad es saludable en cuanto que refleja los diversos matices de la acción del Espíritu en la comunidad de los creyentes. Lo que hay que preservar en un sano discernimiento y en una dinámica orante muy juiciosa es que de allí se destierren elementos contrarios a Jesús, y que todos nos purifiquemos de tentaciones ideológicas para que en todo brille la iniciativa salvadora y liberadora del Padre a través de la misión que Jesús confía a la Iglesia.
Ella es “ Semper reformanda” (siempre necesitada de reforma), nos decían sentenciosamente nuestros maestros y formadores. Y esto es cierto: en la Iglesia siempre debemos estar atentos al Espíritu para que suceda lo que es suyo propio: el Espíritu de Jesucristo Resucitado que nos anima a la creciente y constante conversión, a renunciar a las adherencias antievangélicas, que nos guía por los caminos de la comunión y del servicio (koinonía y diakonía), que nos encarna en todas las situaciones humanas e históricas, que fortalece nuestra identidad y nos lanza a ser testigos gozosos de la misma, que nos coloca en trance generoso y abnegado de servicio y solidaridad, que nos pone de parte de las causas humanas de justicia y dignidad, que nos despoja de privilegios y nos hace, eclesialmente, caminar con todos siguiendo a Jesús construyendo el reino de Dios y su justicia.
Ayudemos todos a la Iglesia a ser la Iglesia de Jesús, la de la utopía del Papa Juan, la de Monseñor Romero y el Padre Arrupe, la Iglesia de todos y para todos.
Y en esta mañana volvamos con entusiasmo e ilusión a orar, en genuino ejercicio de Iglesia, por todas las personas muy queridas de LA LISTA, para que el Padre Dios se fije en ellas y las bendiga con el don de la salud, del trabajo, de la vida digna, con nuestros dos intercesores encabezando esta COMUNITAS MATUTINA.Por Jesucristo,Nuestro Señor.Amén.

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