domingo, 9 de marzo de 2014

COMUNITAS MATUTINA 9 DE MARZO DOMINGO I DE CUARESMA



Lecturas
1.      Génesis 2: 7-9 y 3: 1-7
2.      Salmo 50: 3-6 y 12-17
3.      Romanos 5: 12-19
4.      Mateo 4: 1-11
Una saludable expectativa  con la que podemos iniciar la cuaresma de este año es la de superar el estilo sombrío que suele rodear este tiempo, reduciendo sus manifestaciones al color morado de los ornamentos litúrgicos y a la abstinencia de carne el día viernes.  El asunto cuaresmal es mucho más que unas formalidades externas, lo que está en juego es un replanteamiento radical de la vida en la perspectiva de Dios, una revisión sustancial de nuestro sujeto interior,  y un desprendimiento de todas aquellas motivaciones que nos hacen esclavos y nos apartan del dinamismo liberador del Evangelio.
El proyecto de Dios para la humanidad no parte del establecimiento de una institución religiosa con todo su tinglado de preceptos, doctrinas, autoridades, rituales, sino de una relación constitutiva de sentido y de dignidad, producto de la opción preferencial que El tiene por cada ser humano, conocida en el lenguaje más tradicional como la alianza.  Y esa relación nos remite a la conciencia del Dios sabe dar vida, crear, y mantener a sus creaturas en el dinamismo viviente: “Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre fue un ser  viviente” (Génesis 2: 7).
Este es el testimonio original de la fe de Israel, su conciencia de que de un Dios personal, único, fluye el dinamismo sustancial de la vida, que a su vez establece un vínculo fundante para que esa vitalidad permanezca y evolucione hasta la plenitud y la trascendencia.
 Captar este elemento es clave para re- significar nuestra percepción y vivencia de la relación con Dios, de la confianza en El, de los contenidos de la mediación religiosa, de la espiritualidad y de la vida coherente que evidencia nuestra fidelidad a ese plan.
 De no ser así , seguiremos en la trampa del ritualismo, de la religiosidad estereotipada sin incidencia en la transformación de la vida y en la esperanza como garantía de sentido pleno y definitivo. Una religiosidad anodina como la que desafortunadamente se vive en muchos medios y personas no es persuasiva para otros y está totalmente alejada de la vitalidad fundante de nuestro creador.
Es importantísimo también asumir que una  de las dotaciones esenciales con las que nos ha obsequiado el buen Dios es la de la libertad, la capacidad de aceptarlo o de rechazarlo, sin imponerse, siempre proponiéndose y sometiéndose a nuestro libre albedrío, y suministrándonos todo lo requerido para un discernimiento sensato: “El Señor Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver, y buenos para comer, así como el árbol de la vida en medio del huerto y el árbol del conocimiento del bien y del mal” (Génesis 2: 8-9).
Consideremos el radical alcance de esta decisión creadora, tan extrema que se arriesga a la posibilidad de ser rechazado, como en efecto sucede tan a menudo en la condición humana. Esto es definitivo para comprender la concepción bíblica del ser humano, la genuina antropología teológica, y nos brinda la mejor capacidad para entender  nuestro propio misterio, los motivos y resortes profundos del ser que inspiran nuestras opciones y decisiones, nuestras actitudes y conductas.
De otra parte, entramos también  a constatar el contraste entre la justicia de Dios y el proceder de los humanos: “Pero no hay comparación entre el delito y el don. Porque si por el delito de uno solo todos murieron, mucho más la gracia de Dios, hecha don gratuito en otro hombre, Jesucristo, se ha derramado abundantemente sobre todos…..Y si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado universal, mucho más por obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que reciben en abundancia la gracia y el don de la salvación” (Romanos 5: 15.17).
Una tendencia de esta libertad humana rompe el vínculo esencial con Dios y afirma con arrogancia su propio proyecto, con las consecuencias bien conocidas. Y la libertad del Padre se empeña en seguir optando por el ser humano, desbordándose gratuitamente en el mantenimiento de esa vitalidad original que ahora se hace relato definitivo en el acontecimiento meritorio del Señor Jesucristo.
En la ruptura captamos el misterio de la iniquidad, los alcances del ejercicio de esa libertad desvinculada de su referente teologal, y así asistimos a aquello del hombre que  es lobo para el hombre, a la barbarie del nazismo y de todos los totalitarismos de la historia, a la demencia del poder, a la negación del prójimo, a la justificación de los crímenes de lesa humanidad con argumentos como la seguridad nacional o la lucha de clases, también al sentimiento trágico de la vida y al vacío existencial, y a todos los desórdenes en los que incurrimos los humanos.
 Recordamos , por ejemplo,  el magisterio de los obispos de América Latina, cuando en su segunda asamblea general, en Medellín agosto de 1968, denunciaban el pecado estructural y la violencia institucional.  Es la conciencia del pecado individual que  tiene unas penosas consecuencias, también pecaminosas, en el tejido de la sociedad.
Por oposición, en la libre acogida del ofrecimiento de Dios para mantener nuestra creaturalidad hallamos el ejercicio de una libertad referida a El, que no sacrifica ni la dignidad ni la autonomía que nos son inherentes, y que nos orienta a lo comunitario, a lo solidario, a lo fraternal, a lo justo e incluyente, como transparencias de nuestra fidelidad a su proyecto. La gracia de Dios que habita a quien la recibe en libertad tiene también una traducción social y estructural!
Estas reflexiones que ilustran la Palabra de este primer domingo de cuaresma nos ayudan a una valoración sincera de nosotros mismos y de nuestra realidad circundante? Cómo vivir con limpieza evangélica en este mundo de injusticia y de violencia, de corrupciones y de dineros mal habidos, de intereses mezquinos y de consumos escandalosos? Cómo ser conscientes del pecado , pero también de su contrapartida liberadora, la gracia sobreabundante?
 Y en ese universo de contradicciones,  descubrimos la contundencia del Dios que se hace humano, histórico, real, en la persona de Jesús, para emprender la ruta de retorno a la armonía del paraíso? Percibimos el mérito gratuito de su vida, del dramatismo de su pasión, de la humillación de su muerte condenado como reo, de su amanecer pascual , donde el Padre ratifica su decisión a favor de todos los humanos, incluyendo a quienes se niegan sistemáticamente a aceptarlo?
“Y como por la desobediencia de uno solo, todos fueron hechos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo, todos recibirán la salvación” (Romanos 5: 19). La salvación, que es la adquisición de la vida plena en Dios, no es el resultado de un mérito personal o colectivo de la humanidad, sino una iniciativa gratuita de su amor y, por lo mismo, es desmedida e incondicional. Y así marca  con radicalidad la postura opuesta al desorden que introducen el pecado y la pecaminosidad! En Jesús Dios se pronuncia con decisión para rescatar lo que el pecado pierde.
A la luz de esto, cómo vemos nuestras vidas y  este mundo en  el que estamos ? Es la existencia humana una competencia para escalar posiciones, para acceder al poder, para ser importantes, para clasificar de modo excluyente a las personas, para decidir arbitrariamente sobre la vida de la gente, para imponer visiones unilaterales de la realidad, de lo social, de lo político, de lo religioso, de lo cultural ?
O más bien, desde la óptica de esa gratuidad que nos trasciende, estamos abiertos a un  modo de vida en la que el cuidado de los demás, la ética de la projimidad, la capacidad de darnos para que otros vivan, la mesa servida en igualdad de condiciones para todos, sean los rasgos que definan eso que Juan Pablo II llamó la civilización del amor, la globalización de la solidaridad ?
Cuenta un relato africano que un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu, y como estímulo les puso una canasta llena de frutas, diciéndoles que quien llegase primero ganaría para sí todas las frutas.
Sucedió que al dar la largada para la competencia, todos los chiquillos se tomaron de las manos, corrieron juntos, y luego se sentaron a disfrutar del premio. Cuando él les preguntó por qué habían procedido de esa manera, si uno solo podía lograr la recompensa, ellos le contestaron UBUNTU ¿Cómo uno de nosotros podrían estar feliz si todos los demás están tristes?.... UBUNTU, en la tribu Xosha significa: Yo soy porque nosotros somos……..
Justamente esta es la lógica que el Padre Dios nos revela en Jesús, quien en ejercicio de su libertad, se ve sometido a las presiones propias de la cultura competitiva del pecado, como la espectacularidad, el liderazgo arrogante y exitoso, el desconocimiento de la unicidad liberadora de Dios, tal como lo refiere el texto de Mateo , cuando el tentador le promete : “Todo esto te daré, si te postras y me adoras” (Mateo 4: 9), presentándole todo el espectro del vano honor del mundo y queriendo imponerle la negativa a la voluntad del Padre, así lo propone el comienzo del capítulo 4 de Mateo, en el relato de las tentaciones en el desierto.
Bien lo sabemos: ni el poderío económico, ni el político, ni los grandes logros de la humanidad que se desentienden de Dios y del prójimo, tienen capacidad de salvación, ni tampoco las religiones cuando se desenfocan de su esencia y se convierten en autorreferenciales, según la inteligente expresión del Papa Francisco.
 Sólo el  acoger el misterio amoroso de Dios , gratuito, solidario, negándose a toda idolatría, como lo hace Jesús en el desierto, nos sumerge en la esperanzadora dimensión del UBUNTU que es simultáneamente divino y humano, de ese Dios que es apasionadamente Padre y Madre para que hombres y mujeres nos reconozcamos como prójimos y hermanos, dejando atrás las mediaciones de todos los poderes que nos alienan y matan nuestra identidad original: “Retírate Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él le darás culto” (Mateo 4: 10).

Alejandro Romero Sarmiento – Antonio José Sarmiento Nova,S.J.

domingo, 2 de marzo de 2014

COMUNITAS MATUTINA 2 DE MARZO VIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas:
1.      Isaías 49: 14 -15
2.      Salmo 61: 2-9
3.      1 Corintios 4: 1 – 5
4.      Mateo 6: 24 -34
Qué significa vivir teologalmente?  Qué es tener la vida referida a Dios como principio estructurante de nuestra existencia?  Cómo ser sinceros y comprometidos creyentes haciendo de esto la inspiración decisiva de nuestra condición humana? Cómo superar con inteligencia evangélica ese modelo de cristianos beatos, olorosos a sacristía, timoratos, deshumanizados, llenos de miedos y de sentimientos de culpa? Cómo tener al mismo tiempo estatura humana y teologal, tal como la vemos en Jesús?
Ayer, al atardecer, tuvimos en la Universidad Javeriana la posesión del nuevo rector.  En su discurso – académicamente riguroso – lo mismo que en el del saliente, escuchamos todos los asistentes, después de doctas disertaciones universitarias,  su profesión de fe, su gratitud al Padre, su referencia a ese principio y fundamento constitutivo de todo su ser y de su quehacer. Y esto impacta profundamente,  aunque estemos en una universidad católica, en la que se supone que esto hace parte de su normalidad existencial e institucional.
 Claro, ambos son jesuitas, hombres de vida religiosa, consagrados.  Lo que se quiere  destacar es su convicción creyente y la significación espiritual de su servicio universitario, la clarísima definición trascendente de su actitud vital.  Nos referimos a esto, porque en muchos ambientes académicos no   se estila profesar la fe, más bien se tiende a lo contrario, en unos casos porque hay posturas honestas  , personas que en ejercicio de una respetable sinceridad se declaran no creyentes, y  en otros, por pose intelectual, por estar “in”. O porque también hay creyentes vergonzantes.
Sean estas consideraciones iniciales un modo de introducirnos en la rica propuesta que nos trae hoy la Palabra, a partir del texto de Mateo: “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se dedicará a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir a Dios y al dinero” (Mateo 6: 24), y más adelante, refiriéndose a todas las preocupaciones humanas, cuando ellas desdibujan el fin de nuestra vida y dejan de ser saludables: “Su Padre celestial ya sabe que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura” (Mateo 6: 32 – 33).
Advertimos de entrada que no estamos propiciando un providencialismo desencarnado, un olvido  del compromiso por una vida proactiva, implicada en  la construcción de esta historia en los mejores términos de humanismo y de dignidad, de esfuerzo cotidiano por hacer de nuestra existencia un relato creativo y laborioso.
Ponemos en tela de juicio, y esto con criterios evangélicos, todas esas tendencias de pretendido fundamento cristiano que evaden sus responsabilidades relativas al trabajo, a la responsabilidad social, a la búsqueda del sustento digno, del refugiarse en una religiosidad sumisa y temerosa, como entregándole a Dios toda el aval de nuestra vida para deponer en El lo que nos compete como humanos.
Lo que contiene el texto de Mateo es una advertencia severa contra esas vidas que no tienen bases definidas , que se diluyen en difusas “fidelidades” (?), cargando ladrillos a unas y a otras, esclavizados de realidades que en sí mismas no tienen la posibilidad de liberar y de trascender a quien las sirve . Vemos tanta gente entregada a cultos alienantes en las religiones del poder y del dinero, del consumo y de los aplausos, con sus vidas totalmente divididas!        
Claro está que todos  tenemos el afán por arraigarnos en una materialidad cargada de sentido, legítima, porque somos “humanos, demasiado humanos”, porque ese talante laborioso nos lleva a dar sentido a la historia, porque nos sumerge en la transformación del mundo, porque nos brinda la satisfacción de sentirnos útiles, y porque nos permite construír grata y gratuitamente  nuestro territorio de humanidad y convivencia.
 Justamente aquí es donde entra la sabiduría de Dios a configurar bellamente todo este apasionante proyecto.
Cuáles son nuestros “dos señores”? Dónde están esas dualidades que nos fracturan y nos impiden vivir en libertad? Cuáles son los criterios con los que asumimos nuestras fidelidades?  Nos dejamos invadir por esta seudocultura que nos somete al consumo, al afán desaforado de comodidades, poder, dinero, figuración social, manteniendo a Dios arrinconado, como un recurso de urgencia para situaciones extremas, sin que ello determine todo lo que somos y hacemos? Cómo trabajar con raíces evangélicas en la superación de esta esquizofrenia?
Nos preocupan  inmensamente el retorno del fundamentalismo religioso, del pietismo sin historia y encarnación, de ese tipo de cristianismo que se niega al dramatismo de la realidad, de una pretendida ortodoxia en la que el Evangelio brilla por su ausencia, como también nos cuestiona esta cultura banal, facilista, indolente,  baja en calorías espirituales y humanas, efímera, definitivamente superficial.
Por aquí van las puntadas directas, certeras, que está dando el papa Francisco, cuando cada día nos ilustra con sencillez y en feliz simultaneidad de candidez y vigor, los alcances existenciales, transformadores, realistas, liberadores, del Evangelio. El asunto clave es cómo Dios es de verdad y en serio el principio y fundamento de una existencia auténticamente humana, auténticamente divina, unificada y libre.
A COMUNITAS MATUTINA le gustan mucho esos creyentes prototípicos, muy humanos y muy espirituales, sujetos juiciosos a la hora de sus opciones fundamentales, muy insertos en las realidades del mundo con el respaldo de una decidida vocación de eternidad, siempre fieles a Dios y a todo lo humano.
 Les proponemos que,  con estas facilidades que nos brinda la internet , exploremos vidas tan apasionantes como las de Dorothy Day, Robert Schumann, Joan Chittister, Albertina Sisulu,Dietrich Bonhoeffer, Karl Rahner, Enrique Angelelli, Gustavo Gutiérrez, Elba Julia y Celina Mariseth Ramos (madre e hija), Juan XXIII Papa Roncalli, o la inmensa Teresa de Jesús. En ellos y en ellas podemos hablar con propiedad “de la cuestión del hombre a la cuestión de Dios”, como se titula un denso libro del teólogo Juan Alfaro.
Algunos de estos y estas llevaron vidas más humildes y discretas, otros, si se quiere, fueron famosos, pero a unos-as y a otros-as siempre los animó la pasión de hacer de su humanidad una biografía de la eternidad.
“Por tanto, que la gente nos tenga por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se exige de los administradores es que sean fieles” (1 Corintios 4: 1 – 2), dice Pablo a los Corintios. Aquí lo que se nos está proponiendo es que seamos, al mismo tiempo y en perfecta sinergia, narradores de lo humano desde el más genuino arraigo teologal. Ser fieles a Dios y al ser humano se refiere a la misma esencia del Señor Jesús, para nosotros el referente esencial de esta manera de ser y de vivir.
 Los “misterios de Dios”, a los que alude el Apóstol, no son contrarios a la humanidad, ni desentendidos de la misma! Esos misterios están remitidos por definición  a cada hombre, a cada mujer, y a su historia. He aquí una alternativa de primera para dejar atrás esa fractura interior contra la que nos previene el texto de Mateo.
 El asunto más serio para Dios es la plenitud de cada ser humano, tan radical es esto que el modo como el Padre ha revelado esta seriedad se llama Jesús el Cristo, en quien descubrimos la divinidad  que se encarna, que se hace humana: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que Cristo, el cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo” (Filipenses 2: 5 – 7), y la humanidad que por El, con El y en El, se proyecta a la divinidad, como plenitud de sentido. En Jesús Dios se hace humano, para que todo lo humano  se haga divino.
Viene bien, entonces, afirmar que el afán de cada día, el esfuerzo que nos sugiere el texto de Mateo, tiene significado en la medida en que esté inscrito en esta perspectiva de trascendencia: “Por eso les digo: no anden preocupados por su vida, pensando qué comerán, ni por su cuerpo, discurriendo con qué se vestirán. No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, pero su Padre celestial las alimenta. No valen ustedes más que ellas?” (Mateo 6: 25 – 26).
Claro que hay que trabajar con dedicación y buscar el digno sustento, y favorecer que esto sea una posibilidad incluyente, disminuyendo cada día más esa ofensiva brecha que hay entre ricos y pobres – tan escandalosa e inhumana! -, claro que hay que dar un contenido a toda esta necesidad de vivir con arraigos, pero – y aquí está la diferencia cualitativa – a sabiendas de que hay un Dios raíz, un fundamento, que es la razón de ser de esta laboriosidad.
Y aquí entran por la puerta grande todo ese universo que llamamos las “realidades terrenas”, las legítimas inquietudes por el pan de cada día, las provisiones de la dignidad, la pasión por los derechos humanos y por la justicia social, la reivindicación de los condenados de la tierra, el diálogo entre la fe y la razón, las implicaciones del acto creyente con la ciencia y con la cultura, cómo la trascendencia de Dios se embarca en la gran aventura de nosotros, los caminantes del mundo.
Y tengamos por cierto, que nuestro maravilloso y estupendo Dios jamás se olvida de nosotros: “Que los montes lo celebren con alegría, pues Yahvé ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido. Decía Sión: Me ha dejado Yahvé, el Señor se ha olvidado de mí. Acaso olvida una mujer a su niño, sin dolerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque esas personas se olvidasen, yo jamás te olvidaría” (Isaías 49: 13 – 15).
Con dolorosa frecuencia notamos que un mundo que se olvida de Dios, se olvida también del prójimo. De ahí la locura del poder, de la guerra, de los capitales desmesurados, de las tiranías, de los pecaminosos egoísmos, del consumo desenfrenado,  de la indiferencia ante la suerte de los demás.
Que todas estas reflexiones sean un motivo para darnos cuenta que en la agenda de Dios el asunto prioritario es la felicidad de cada hombre, de cada mujer, su plena realización.  Y que una muy buena y contagiosa humanidad es la que toma en serio a Dios, con esa seductora oferta que Jesús plantea en las bienaventuranzas.

Alejandro Romero Sarmiento  -  Antonio José Sarmiento Nova,S.J.

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