domingo, 23 de marzo de 2014

COMUNITAS MATUTINA 23 DE MARZO III DOMINGO DE CUARESMA



Lecturas
1.      Exodo 17: 3-7
2.      Salmo 94: 1-9
3.      Romanos 5: 1-8
4.      Juan 4: 5-42
La clave de comprensión de la Palabra de este domingo nos la ofrece el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, según el relato de Juan: “Llegó a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José  - allí se encuentra el pozo de Jacob - . Jesús, cansado del camino se sentó tranquilamente junto al pozo. Era mediodía. Una mujer de Samaría llegó a sacar agua. Jesús le dice: dame de beber – los discípulos habían ido al pueblo a comprar comida -. Le responde la samaritana: Cómo! Tú, que eres judío, me pide de beber a mí, que soy samaritana? – los judíos no se tratan con los samaritanos” (Juan 4: 5-9).
Estamos ante unos de los relatos de mayor fuerza expresiva con respecto al ministerio de Jesús. Veamos por qué:
-          En la Biblia, una mujer es símbolo y encarnación de su pueblo y de su cultura. Ella es la representación de la comunidad samaritana ante Jesús, comunidad que era segregada de la comunión con el centro de la fe de Israel, Judea y su capital Jerusalem.
-          Los samaritanos se habían separado, hacía varios siglos, de la comunión con el templo de Jerusalem, creando su propio lugar de culto en el monte Garizim. Esto les vale maldición y excomunión por  parte del judaísmo tradicional, de ahí el sentido de la expresión “los judíos no se tratan con los samaritanos” (Juan 4: 9)
-          Viene entonces la pugna que consiste en la afirmación de la primacía de Jerusalem, que se siente el lugar del verdadero y único culto, y la rebelión samaritana, que contradice a los anteriores, afirmando que el monte Garizim es su propio lugar y que a ellos no les importa el centralismo judío.
-          Por otra parte, Jesús en su coloquio se refiere a los cinco maridos de la samaritana, porque el pueblo samaritano se había formado con cinco tribus que repoblaron Samaría después de ser conquistada por Asiria. Cada tribu trajo sus propios dioses, aunque después dieron culto a Yahvé el Dios de Israel: “Tienes razón al decir que no tienes marido; porque has tenido cinco hombres, y el que tienes ahora tampoco es tu marido. En eso has dicho la verdad” (Juan 4: 17-18)
-          Y el maravilloso e inagotable simbolismo del agua, su contenido de vitalidad, de salud, de limpieza, su carácter indispensable en la cotidianidad de los humanos: ”El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, porque el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna” (Juan 4: 13-14).
Podemos apreciar en este diálogo el carácter universal y definitivamente incluyente del plan de Dios evidenciado decisivamente en Jesús, El se encuentra con esta samaritana, siendo él un judío, para afirmar que la intención del Padre es abarcar a toda la humanidad, superando toda exclusión, toda cerrazón a los beneficios de la salvación, asumiendo por completo en esa perspectiva al pueblo samaritano, como símbolo de la nueva humanidad de Dios.
A través de la capacidad sacramental contenida en el agua se pone de manifiesto la fuerza salvadora de Dios: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua viva” (Juan 4: 10).
 A esto mismo se refiere el texto del libro del Exodo – primera lectura de hoy – cuando el pueblo peregrino por el desierto se rebela contra Moisés: “por qué nos has sacado de Egipto, para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y al ganado” (Exodo 17: 3), una verdadera crisis como las muchas que vivieron los israelitas en su larga y tortuosa trayectoria por el desierto, como las situaciones similares que se nos presentan a todos en la exigente travesía de la vida. Son las grandes preguntas de la existencia en las situaciones límite.
Al clamor de Moisés, transmitiendo a Yahvé el requerimiento de su pueblo, el Señor le responde: “Pasa delante del pueblo, acompañado de las autoridades de Israel, empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y camina; yo te espero allí, junto a la roca del Horeb. Golpea la roca y saldrá agua para que beba el pueblo” (Exodo 17: 5-6). De qué manera se nos manifiesta Dios en las grandes crisis de sentido de nuestra existencia? Superando el milagrerismo, las supersticiones y todas las desviaciones de lo religioso, cómo es Dios el agua viva que sacia nuestra sed de trascendencia y significado? “Está o no está contra nosotros el Señor?” (Exodo 17: 7)
La sacramentalidad del agua es el elemento pedagógico que remite a reconocer a Jesús como el Mesías de Dios, El mismo es el relato de salvación universal, la acogida incluyente a todos los seres humanos, El es la vida plena que procede del Padre, la novedad sustancial de un nuevo orden de salvación que no está ni en el templo de Jerusalem ni en el monte Garizim: “Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalem se dará culto al Padre. …. Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:  21 y 23)
Estas palabras de Jesús nos llevan a una honda reflexión sobre el sentido de mediación que tienen las religiones. Sin pretender minimizar la identidad del cristianismo en este ámbito, sí se impone una mirada más plural, incluyente respetuosa, frente a los diversos caminos religiosos de la humanidad: el animismo africano, nuestras religiones indígenas en América, las grandes tradiciones orientales de sabiduría provenientes de India, China, Japón, el judaísmo – nuestros padres en la fe, hijos de Abraham -, el camino islámico, el cristianismo en sus variadas denominaciones doctrinales e históricas.
Cómo crear en nosotros una saludable actitud y actuación de ecumenismo y diálogo interreligioso? Cómo superar aquella violenta mentalidad católica de desconocimiento del valor de las otras mediaciones de la fe? Cómo ingresar a este amplio y maravilloso mundo de las religiones con la sabiduría simultánea de una vigorosa identidad cristiana con apertura y fascinación ante la pluralidad, indudable riqueza del Espíritu?
El diálogo de Jesús con la samaritana es altamente pro-vocador, porque desafía el exclusivismo religioso de los judíos y porque incluye con la vitalidad del Padre a la comunidad samaritana, sin reparar en su pasado, para aquellos hereje y heterodoxo.
El culto verdaderamente agradable a Dios es el que  se hace desde la propia vida, esto es  adorar al Padre en espíritu y en verdad, porque “Dios es Espíritu y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad” (Juan 4: 24), sigue diciendo Jesús a esta mujer. El ritual religioso tiene sentido si está pleno de este contenido de autenticidad, la rectitud de la existencia, la limpieza del corazón, la transparencia del ser, la honestidad a prueba de fuego, vivido todo ello en humildad, sin pretender superioridades morales o religiosas.
En la última etapa de este bello coloquio se van al asunto clave de la voluntad del Padre. Esta no es una objetivación de caprichos humanos ni un designio divino de corte fatalista sobre nuestro destino, ni la imposición de un Dios autoritario que quiere someter a toda costa a la humanidad. Voluntad del Padre es un designio de plenitud , de bienaventuranza, de amor inagotable, de pasión incontenible por cada ser humano, y es Jesús quien en su relato vital formula definitivamente, sacramentalmente, este designio divino: “Mi alimento es hacer la voluntad del  que me envió y  concluír su obra” (Juan 4: 34).
Qué proceso de identificación genera en nosotros esta samaritana? En qué nos sentimos interrogados? Nuestro estilo espiritual y religioso está convencido de que somos los únicos poseedores de la verdad despreciando las búsquedas de otros? Como ella, tenemos “cinco maridos” que nos impiden el encuentro con el único y verdadero Dios, otras fidelidades que nos disipan de nuestra opción fundamental?
Hemos creído que voluntad de Dios tiene como correlato una resignación malsana, una sumisión indigna ante este ser superior, una rebaja de nuestra autoestima? Justificamos como voluntad del Padre las injusticias, el desorden social, los desastres, la violencia, todo esto entendido como castigo divino por las infidelidades humanas?
O, más bien, maravillados con este Señor Jesús, relato pleno del amor del Padre, dejamos atrás nuestro “judaísmo” y nuestra “samaritanidad” para ingresar a esa comunidad universal de hombres y mujeres que se sienten felizmente desbordados por esta intención ecuménica, por esta pasión de sentido, por esta paternidad ciento por ciento acogedora, gratuita, salvíficamente beneficiosa para todos?
Este es el testimonio de Pablo en el texto de romanos: “Pues bien, ahora que hemos sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 5: 1). El es la justicia universal del Padre, la iniciativa novedosa de llevar a la plenitud de sentido la existencia de todos los humanos, haciendo de esta historia un escenario de dignidad, de fraternidad, de reconocimiento de la projimidad, como un anticipo eficaz, concreto, de lo que viviremos sin límites una vez crucemos la frontera de la muerte hacia la vida inagotable.
Simplemente proponemos una reflexión. Paul Knitter, teólogo católico norteamericano, en todo su trabajo teológico, se pregunta por el valor salvador de las muchas expresiones religiosas de la humanidad, de los otros “nombres” salvíficos (Buda, Abraham, Confucio, Mahoma……).  Dejamos el asunto a la consideración y oración de todos nuestros lectores, con la intención de que se cree un espacio limpio, espiritual en el mejor significado de este término, a partir de esta cuestión del ecumenismo y de la pluralidad de búsquedas religiosas.
Somos cristianos refugiados en un grupo elitista de perfectos, tipo fariseo? O somos seguidores de Jesús, abiertos, dialogantes, plurales?

Alejandro Romero Sarmiento – Antonio José Sarmiento Nova,S.J.

domingo, 16 de marzo de 2014

COMUNITAS MATUTINA 16 DE MARZO II DOMINGO DE CUARESMA



Lecturas
1.      Génesis 12: 1-4
2.      Salmo 32: 4-5 y 18-22
3.      2 Timoteo 1: 8-10
4.      Mateo 17: 1-9
Recuerdan Ustedes que el domingo anterior hablamos de las consecuencias sociales del pecado individual?  De la traducción estructural del egoísmo de las personas?
Así, hacemos memoria de algo que los obispos católicos de América Latina constataron en su II asamblea general, realizada en agosto de 1968 en Medellín: “Existen muchos estudios sobre la situación del hombre latinoamericano. En todos ellos se describe la miseria que margina a grandes grupos humanos. Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo” (Conclusiones de la II Asamblea General del Episcopado Latinoamericano. Documento de Justicia, No. 1)  y: “A todo ello debe agregarse la falta de solidaridad, que lleva, en el plano individual y social, a cometer verdaderos pecados, cuya cristalización aparece evidente en las estructuras injustas que caracterizan la situación de América Latina” (Ibidem, No. 2, al final).
El pecado, en cuanto ruptura de la opción fundamental por Dios y su proyecto, des-figura la realidad social y colectiva del ser humano. Viene entonces la afirmación desmedida de hombres y mujeres que se ven a sí mismos como la medida de todo, prescindiendo de la relacionalidad con Dios, con los demás, con la naturaleza, despojando todo esto de su intención original que es la de los vínculos fraternos y solidarios, del hábitat como espacio de la dignidad, de la mesa compartida, del compromiso con la projimidad que es inherente a cada persona. A tal punto, que este egoísmo es el que estructura la dinámica de la sociedad…….!!!!
La bella figura del paraíso, del hombre y la mujer , a quienes se refiere así el Génesis: “Entonces dijo Dios: hagamos a los seres humanos a nuestra imagen y semejanza….” (Génesis 1: 26) se torna, por efecto del pecado, en rivalidad, destrucción, competencia malsana, acaparamiento egoísta, exclusión, egolatría, inequidad, y la imagen de Dios desaparece.
Esto golpea en su misma raíz el proyecto amoroso del Padre, su opción preferencial por cada una de sus creaturas, pero, al mismo tiempo, lo indigna y lo lleva a suscitar constantemente el retorno a ese fundamento. Por eso, la historia bíblica es un testimonio dialéctico del esfuerzo divino por dar vida y mantenernos vivos, por acariciar con eficacia liberadora todo lo que El ha creado, por desarrollar una pedagogía permanente de rescate de la sustancia original de los humanos y de la creación.
Y en contraste, en el mismo texto bíblico, se propone la narrativa dolorosa de quienes se niegan a esta vitalidad, sometiendo su libertad a la idolatría, hipotecando todo lo digno que hay en la humanidad, negándose violentamente a la acción de Dios y del hermano, prostituyendo la religión, volteando  y des-configurando la belleza inicial de los propósitos teologales.
Esta es la biografía de la humanidad. La Biblia no es un texto para ser leído y asumido en clave de pasado,  es para verlo desde el presente con perspectiva de futuro, sin olvidar la historia paradigmática que lo originó.
 En este cont-texto podemos acceder cabalmente al pre-texto decisivo de Dios cuando, en el Señor Jesús, decide que todos los humanos, sin excepción, respetando siempre autonomías y decisiones, se habiliten para ser trans-figurados, regresados felizmente a la hermosura con la que surgieron de la intención divina.
 El pecado es una des-gracia, el amor de Dios presente en la creatura, es la gracia, como dice acertadamente Leonardo Boff en su libro “Gracia y experiencia humana” (Editorial Trotta. Madrid, 2001): “La gracia es encuentro, apertura, salida, libertad en acto; pero va siempre acompañada de una amenaza, que significa des-gracia. Puede darse el des-encuentro, la clausura, el rechazo del diálogo, el en-si-mismamiento. Gracia y des-gracia son posibilidades para la libertad humana. Ese es el misterio de la creación. Misterio absoluto e indescifrable para la razón. La gracia da  a todo su sentido pleno. Es la luz que ilumina y aclara todo. La des-gracia es el absurdo absoluto. Es la carencia de toda luz….” (Obra citada, pags. 18-19).
Pero….. nos lo afirman los profetas y testigos de la fe, Dios aunque se indigna y nos confronta, no pierde su confianza en la condición humana y por eso lo apuesta todo por nosotros, direccionando siempre nuestra historia a su figura original. Este es el sentido de la misión del Señor Jesucristo, y es el significado del hermoso relato que nos trae este domingo el Evangelio de Mateo: “ Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y  a su hermano Juan, los llevó a una montaña muy alta a solas y se transfiguró en su presencia. Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (Mateo 17: 1-2).
En El nuestra vida adquiere nuevamente la dignidad querida por el Padre, somos re-creados, a-graciados, embellecidos en nuestro ser. Este es el punto de llegada de eso que llamamos conversión, punto central que nos plantea la pedagogía cuaresmal, que no es el fruto de emociones momentáneas, de pronto surgidas de una experiencia muy emocional, tipo relámpago, que brilla con intensidad pero que luego desaparece en el olvido, sino una decisión de afianzarnos de modo constante y creciente en los caminos de Dios. 
Convertirse a Dios es aceptar, en el mayor ejercicio de madurez y libertad, vivir una humanidad estupenda, solidaria, centrada en el Padre y en los prójimos, teniendo como referencia fundante el ser y el quehacer del trans-figurado por excelencia, el Señor Jesús: “Este es mi hijo amado, en quien he puesto todas mis complacencias, escúchenlo” (Mateo 17: 5).
De ahí nuestra insistencia en romper con ese esquema de una cuaresma sombría, pesimista, basada en prácticas externas, a menudo desprovistas de contenido espiritual, para dar el paso cualitativo a la dimensión de la esperanza en Aquel que es todo para nosotros, el dador de gracia y de sentido, el hacedor de la figura original hermosa, armónica, integrada, trascendente, y el eterno recuperador de la misma cuando el pecado ha dado al traste con la gracia del comienzo.
Exactamente a eso se refiere Pablo, cuando alecciona a su discípulo entrañable, Timoteo: “Dios nos ha salvado y nos ha llamado a una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia voluntad y por la gracia que nos ha sido dada desde la eternidad en Jesucristo. Esta gracia se ha manifestado ahora en la aparición de nuestro Salvador, Jesucristo, que ha destruido la muerte y ha hecho irradiar la vida y la inmortalidad mediante el anuncio del Evangelio, de cual yo he sido constituído mensajero, apóstol y maestro” (2 Timoteo 1: 9-11).  Este es el contenido preciso de lo que estamos llamando trans-figuración! Tal es le genuina perspectiva cuaresmal!
Por eso, se impone estar atentos a los llamados de Dios, en la cotidianidad, en las experiencias felices o en las dolorosas, en las situaciones límite, en las personas, en el amor o en el des-amor, en el lenguaje contundente de la realidad, en los clamores de quienes nos llaman la atención porque su dignidad ha sido sustraída, en la banalidad de la sociedad de consumo, en los inaceptables hechos de corrupción, o en la coherencia y santidad de las gentes buenas y generosas.
Estas convocatorias invitan a una “salida”:  “El Señor dijo a Abraham : deja tu tierra, tus parientes, y la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te indicaré” (Génesis 12: 1), y la acompaña con una promesa, generadora de la mayor esperanza: “Yo haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y haré famoso tu nombre, que será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan , y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán benditas todas las naciones de la tierra” (Génesis 12: 2-3).
De dónde tenemos que salir? De qué zonas de comodidad debemos desinstalarnos? A qué debemos renunciar? Qué rupturas nos pide Dios? Cuáles son esos núcleos de nuestro ser y  quehacer que nos frenan la “salida” hacia Dios? Nos sentimos muy apegados a este universo confortable, egoísta, insensible y nos produce inmenso miedo pensar en que para ser libres debemos romper con todo  eso?
O, más bien, nos sentimos “pro-vocados” por Dios, su llamada nos confronta, nos pone en situación de autocrítica, nos remite a la mayor honestidad y sinceridad con nosotros mismos, aún frágiles y con algo de temor nos lanzamos, como Abraham, a esta aventura de la libertad, animados por la promesa y por  la bendición? La nuestra, es una intención resuelta de estar regresando siempre a la figura original, sabedores de que es el Dios Padre de Jesús el que, en este último nos trans-figura, haciendo concreta y factible la misma promesa hecha a nuestro padre en la fe?
Una hermosísima y profunda biografía de San Ignacio, titulada “Ignacio de Loyola, solo y a pie” , de José Ignacio Tellechea Idígoras, nos relata la vida  de este apasionante místico del siglo XVI, a quien la vida le quebró sus seguridades, le “movió el piso” decimos nosotros, quedándose sin ellas inquieto y desasosegado, poniéndole en tela de juicio lo que él mismo llamó después “el vano honor del mundo”.
Ese mismo Dios que movió a Abraham, el que se nos reveló en Jesús, también planteó a Ignacio la “salida” de su ego, de su mundanidad egoísta, de sus afanes de hacer carrera de poder, de su exagerada autoestima, e hizo de él un peregrino, un caminante , hombre “sólo y a pie”, que se marchó – gozoso y esperanzado -  detrás de la promesa y de la bendición, deseoso de ser trans-figurado con el Hijo.

Alejandro Romero Sarmiento  -  Antonio José Sarmiento Nova,S.J.

Archivo del blog