domingo, 11 de mayo de 2014

COMUNITAS MATUTINA 11 DE MAYO IV DOMINGO DE PASCUA



Lecturas
1.      Hechos 2: 14 y 36 – 41
2.      Salmo 22: 1 – 6
3.      1 Pedro 2: 20 – 25
4.      Juan 10: 1- 10

En la iglesia universal, en sus comunidades particulares, en las muchas denominaciones que profesan a Jesús como señor y salvador, lo clave es que El sea el determinante del modo de vivir el Evangelio y de seguir su camino. Esta afirmación parece una verdad de Perogrullo, pero se impone explicitarla porque encontramos con frecuencia que en algunos ámbitos que se dicen cristianos lo que predomina suele ser ajeno al Señor.
Motivaciones de poder religioso, cristianismo ideologizado, predominio de determinaciones jurídicas sobre la fe y vida de las comunidades, ritualismo, exceso de protagonismo de sacerdotes y pastores, búsqueda de poder y politización, presencia de mercenarios del ministerio, excesivo aparato institucional, son realidades pecaminosas que desdibujan lo que es central en la vida eclesial.
Por eso, la parábola del buen pastor, referida por el evangelio de este IV domingo de Pascua, nos pone en alerta ante esta centralidad: “Les aseguro que yo soy la puerta del rebaño” (Juan 10: 7), es un tipo de expresión propio del evangelio de Juan, similar a otras, en las que queda claro que lo que  Dios Padre – Madre hace a través de Jesús es lo decisivo para quienes quieran tomarlo en serio y configurar su vida según su proyecto.
Esto nos da para un buen discernimiento personal y comunitario sobre qué es lo que decide nuestra vida en la Iglesia y nuestro estilo cristiano. Si estamos aquí como usuarios de una gran empresa prestadora de servicios religiosos, o llevados por una inercia social, o apegados a unos ritos por razones de identidad cultural, o buscando un refugio porque no somos capaces de afrontar la crudeza de la historia y de la realidad, también porque nos dejamos llevar por un sentimiento de superioridad moral , entonces nos convertimos en un club de perfectos “incontaminados”, despreciando al común de personas, o – finalmente – porque nos gustan las modas religiosas (apariciones, milagrerismos, sectarismo, fundamentalismo,etc.).
Nada de eso tiene que ver con el Buen Pastor que es El y con nuestra pertenencia al rebaño, siguiendo la bella y sencilla imagen que nos hoy nos propone Juan. El relato habla de los mercenarios : “Les aseguro, el que no entra por la puerta en el redil, sino saltando por otra parte, es ladrón y bandido” (Juan 10: 1), de los que se valen de subterfugios para engañar a los ovejas, de los que no hacen posible captar y vivir qué es lo esencial para congregar a ese rebaño.
Una sana reflexión a propósito  de esto es esclarecer el sentido del ministerio ordenado en la Iglesia. Como sabemos esta palabra viene del latín “minister”, que quiere decir criado, servidor, el que realiza los menesteres más humildes. Fijémonos que ministerio y menester son palabras de igual naturaleza. En lenguaje de Iglesia el ministerio es el servicio que se ordena a toda la comunidad de los creyentes para garantizar que toda ella viva en la centralidad de Jesucristo, el Buen Pastor: “Yo soy la puerta, quien entra por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrar pastos” (Juan 10: 9).
Y lo remata con esto más contundente: “Yo vine para que tengan vida, una gran vitalidad” (Juan 10: 10). El rebaño vive unido, animado, con un mismo sentido, porque participa de la vitalidad de Dios, y el que la hace posible, efectiva, real, es el Señor Jesús, con el ejercicio de su pastoreo.
En coherencia con esto, la ministerialidad eclesial debe estar siempre asentada sobre este aspecto original y originante, un servicio para facilitar el anuncio y vivencia de la Buena Noticia,  un permanente ejercicio de remisión a la realidad misma del Señor, un configurar seres humanos y comunidades para que vivan identificados con este proyecto fundacional de la fe,  hacer de la propia vida un relato de esta dedicación amorosa e incondicional a todos los hermanos, animados por la presencia del Viviente, que es el garante del ministerio y de la comunidad.

A este Buen Pastor:
-          Le escuchamos, porque las ovejas “reconocen su voz” (Juan 10: 4)
-          Le acogemos , porque “las ovejas oyen su voz, él llama a las  suyas por su nombre y las saca” (Juan 10: 3).
-          Le seguimos, porque “ cuando ha sacado a todas las suyas, camina delante de ellas, y ellas detrás de él” (Juan 10: 4).
-          Es vital caminar detrás de Jesús  porque “ a un extraño no lo siguen, sino que escapan de él, porque no reconocen la voz de los extraños” (Juan 10: 5).
Pensemos, así, en personas y realidades que esconden la autenticidad del ministerio y el buen pastoreo: los pederastas y pedófilos – indignante e inaceptable pecado - , los que adoptan modelos clericales y anticomunitarios, los que se hacen burócratas de la religión, los que se vuelven jueces intransigentes, los que se consideran superiores a los bautizados, los que creen que el ministerio es un escalafón de mayor santidad, los que subestiman a los laicos, en definitiva, aquellos en los que  penosamente se cumplen las palabras del Maestro: “El ladrón no viene más que a robar, matar y destrozar” (Juan 10: 10).
Por contraste – felicísimo por cierto !- se impone en este camino cristiano tener siempre presente aquello de que “Nadie tiene amor más grande que aquel que es capaz de dar la vida por las personas que ama” ( Juan 15: 13), partiendo de la cruz del Señor como referente esencial de todo ministerio.
 Y con El , Pedro y Pablo, y los cristianos primeros, el vigoroso Ambrosio , obispo de Milán; Agustín, pastor de Hipona; Carlos Borromeo, el aristocrático cardenal que dejó las alturas de su carrera eclesiástica para servir como pastor abnegado también en Milán; o San Damián de Veuster, que se intercambió y crucificó con los leprosos en la isla de Molokai; el gigante Francisco Javier, que finalmente cedió al “acoso evangélico” de su amigo Ignacio de Loyola para ser el gran caminante de la fe en el Lejano Oriente; Jerzy Popielusko, asesinado por sicarios al servicio del  régimen polaco a comienzos de los 80’s; el humilde y evangélico cardenal argentino Eduardo Pironio, figura clave en la renovación de la iglesia latinoamericana en los años del post-concilio; o los heroicos jesuitas de la Universidad Centroamericana de San Salvador, mártires como su entrañable arzobispo Romero, defensores con su vida de la dignidad de los humillados de ese país.
Ellos, y muchos otros, son los pastores dignos de crédito, ellos reivindican la santidad y la dedicación del ministerio, en ellos se cumple cabalmente aquello de que “yo soy la puerta del rebaño” (Juan 10: 7).  Y su pastoreo es una prolongación maravillosa del pastoreo de Jesús.
Pero esto no es un aspecto exclusivo de quienes dedican su vida a este servicio, esto debe cualificar y distinguir a la totalidad de los creyentes, porque todos somos beneficiarios de los méritos salvadores y liberadores de Jesús, todo bautizado ha de estar permeado de esta sacramentalidad fundante de dar la vida para hacer rebaño – comunidad: “Nuestros pecados él los llevó en su cuerpo al madero, para que , muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus cicatrices nos curaron. Ustedes eran como ovejas extraviadas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus almas” (1 Pedro 2: 24 – 25).
La consideración atenta de esta Palabra debe llevarnos a un proceso permanente de rescate de lo esencial en la Iglesia, el Espíritu de Jesús, su estilo descalzo, su pedagogía de la cercanía, su preferencia por pecadores, marginales, abandonados, enfermos, su despojo de galas y vanaglorias, su pasión por el Padre Dios, la sinceridad que lo llevó a confrontar la institución religiosa, su lejanía del poder. Menesteres – ministerios como estos son los que han de caracterizar el servicio en la Iglesia.
Esto es para que la ella sea siempre cristocéntrica, abandonando modelos  y prácticas que no tienen nada que ver con el Evangelio, estilos mundanos, estructuras de burocracia,desconexión con las realidades de la humanidad, talante modoso y amanerado, para dar el paso a un pastoreo limpio, servicial, comunitario, de “ a pie”, como lo inspira ahora Francisco, obispo de Roma.
Un pastoreo pascual, como el que inspiró a Pedro para decir: “Pedro se puso en pie con los once y alzando la voz les dirigió la palabra: por tanto, que toda la casa de Israel reconozca que a este Jesús que han crucificado, Dios lo ha nombrado Señor y Mesías” (Hechos  2: 14.36).
La vida de este hombre y la de sus compañeros, después del acontecimiento pascual, se hizo sustancialmente nueva y fue dotada por Dios de una capacidad testimonial que llegó hasta el mismo martirio, a dar crédito con la propia vida de que Jesús es el  pastor por excelencia, en quien se congregan las ovejas que aspiran a responder la gran pregunta del sentido de la vida.
Cuando hay hombres y mujeres que lo apuestan todo por este pastoreo, cuando les duele el dolor de la humanidad, y los apasiona todo lo que hace felices a sus hermanos, aquí hay Pascua, es una VIDA que no se acaba , como la que hace decir al poeta Pedro Miguel Lamet:
Luego, pequeño, hecho niño otra vez
Se perdió entre las sombras sin ruido
En pos del huerto oscuro de la muerte.
Jerusalem moría con el hombre.
El hombre desde entonces, hecho un Dios,
Brilló con luz perdida al sol del universo.
Se supo una sonrisa

domingo, 4 de mayo de 2014

COMUNITAS MATUTINA 3 DE MAYO III DOMINGO DE PASCUA



Lecturas
1.      Hechos de los Apóstoles 2: 14 y 22-33
2.      Salmo 15: 1-2 y 5 – 11
3.      1 Pedro 1: 17 – 21
4.      Lucas 24: 13 – 35

“Se dijeron uno a otro: no estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lucas 24: 32). Con esta pregunta, los dos desencantados discípulos de Emaús constatan que el misterioso caminante que se unió a su ruta es el Viviente, el Señor Resucitado.
Cuántas desilusiones y sinsabores nuestros y de tantos humanos, similares al de estos dos hombres, vacíos de sentido, derrota de los ideales, frustraciones, desamores, pérdida de horizonte, enfermedades, injusticias, pobrezas, males a montón, soledades. Todo esto nos hace recordar aquello de Albert Camus: “El único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio. Juzgar si la vida es o no digna de vivir es la respuesta fundamental a la suma de preguntas filosóficas” (En El mito de Sísifo, Capítulo Un razonamiento absurdo. Editorial Losada. Buenos Aires, 1987).
Este autor, testigo como pocos del drama europeo después de la barbarie y devastación de la II guerra mundial, es un honestísimo profeta que confronta la autenticidad de la condición humana y su disposición para vivir genuinamente.
 Con títulos como “El Extranjero” y “La peste” aborda el aspecto trágico de la humanidad, vivido en condición extrema en esa confrontación de 1939 a 1945, cuando los países más “civilizados” del mundo emprendieron esa debacle, Alemania afirmando con demencia su superioridad étnica y empeñándose en destruír a la raza judía, y los otros disponiéndose a la tradicional partición del poder y de las tierras conquistadas, como suele suceder  después de la intensidad de esas beligerancias.
Cómo responde el ser humano a estas radicales fracturas? Es lo más honesto que nos podemos proponer, desarrollando como segundo capítulo – después de la gran cuestión –la búsqueda de las alternativas de sentido.
 La historia de la humanidad es elocuente en este aspecto: las ofertas afectivas y eróticas , las religiosas y espirituales, las económicas y sociales, las científicas y tecnológicas, las políticas, las filosóficas, las estéticas, son parte sustancial de la gran cadena de esfuerzos que hacemos los humanos para crear arraigos en la vida, sentido de pertinencia, seguridades, razones para la esperanza.
Ellas contienen respuestas válidas, satisfactorias, plenificantes, pero también explicitan fisuras y fragilidades. Pongámonos en el mayor nivel posible de honestidad – como el de nuestro amigo Camus – para no pasar por  alto el gran interrogante y para no dispensarnos de la sinceridad que nos lleva a experimentar que sí vale la pena vivir.
Son preocupantes los muchos engaños a que somos sometidos los humanos por parte de los falsos profetas y por  la poca seriedad de muchos de estos ofrecimientos. Cada uno en su relato personal, y también en la historia y tradición de su sociedad, puede verificar el alcance de esta afirmación. Desfilan aquí políticos, predicadores, ministros religiosos, empresarios, dirigentes públicos, escritores, seudocientíficos,  brujas y adivinos, inventores de falsedades, cuyo oficio es maltratar nuestras ilusiones con el ocultamiento de la verdad y con la manipulación de las conciencias.
En este orden de cosas interroguémonos: es la fe cristiana en el acontecimiento pascual una respuesta seria, comprometida, responsable, esperanzadora, a esta búsqueda infatigable de sentido? Porque hay que decir que esta es una pregunta válida, formulada con el mayor espíritu crítico, en la medida en que hay distorsiones de la Buena Noticia, interpretaciones y aplicaciones deficientes e incompletas, y también – desafortunadamente – hechos y contenidos que dan la razón a la afirmación de Marx , “la religión es el opio del pueblo”.
Volvemos así a nuestros discípulos de Emaús, fiel reflejo de todos nosotros. Cómo descubren ellos la seriedad del Resucitado? Cómo experimentan en sí mismos la certeza de la Vida y de la novedad que transforma su pérdida en un encanto inagotable, en el más contundente paso de la muerte a la vida?
Que sea la consideración de este III domingo de Pascua un cotejo entre nuestras biografías y las de aquellos dos peregrinos, y digamos con ellos: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado” (Lucas 24: 29). Ante esta insistencia “entró a quedarse con ellos” (Lucas 24: 29b) y…..” sucedió que cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su lado” (Lucas 24: 30 -31).
Los relatos de apariciones post pascuales de Jesús, como este, sabemos bien que no hacen parte de una historia en el sentido en que habitualmente lo entendemos, superan este límite y se sitúan en el  ámbito de lo teologal, de la dimensión del Espíritu, de la profunda fe de estos creyentes, que habían descubierto en Jesús la realidad paternal, solidaria, misericordiosa, dadora de vida, de este Dios a quien llamamos con el Viviente “Padre nuestro que estás en los cielos”.
Aquí es donde se juega la seriedad de la respuesta pascual, la del Padre de Jesús que legitima y acredita toda su vida, su misión y ministerio, su anuncio del Reino, su resuelta opción por los últimos de la tierra, su profética contestación  al poder religioso y político de ese pequeño país, su cruz, su mañana pascual.
Este es el caminante de Nazareth que es ahora el Cristo de Dios, como lo testimonia Pedro: “A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre ustedes con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre ustedes, como ustedes mismos saben, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, ustedes le mataron clavándole en la cruz por mano de los impíos; a este , pues, Dios lo resucitó librándolo de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio” (Hechos 2: 22 – 24).
Cuando vemos la sustancial transformación acontecida en Pedro, María Magdalena y los primeros discípulos, cuando constatamos la vida heroica y solidaria de Teresa de Calcuta y de la Madre Laura, cuando admiramos a hombres del talante de Maximiliano Kolbe y Francisco de Asís, cuando nos apasionan las cumbres místicas de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz, cuando nos conmueven la ternura y generosidad de Elba Julia López y de su hija adolescente Celina Mariset, asesinadas por miembros del ejército salvadoreño en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, entonces nos estamos dando cuenta de que Dios Nuestro Señor sí se toma muy en serio a los humanos y que nos da en Jesús Resucitado el argumento por excelencia de credibilidad.
Ellos-as y muchos-as en el mundo son auténticos relatos de esperanza!
Por esta razón esencial debemos empeñarnos también en un permanente y cuidadoso control de calidad a todas las expresiones de la fe para que estén poseídas de esta seriedad pascual: la liturgia y las celebraciones, la teología y la catequesis, la interpretación bíblica, la formación de la comunidad de los creyentes, todo el servicio pastoral, el ministerio de obispos, presbíteros y diáconos, la acción educativa y también la solidaria, la administración sacramental,el derecho canónico, la gestión  eclesial, los escritos y los medios de comunicación, la vida consagrada, los movimientos apostólicos, la formación de un laicado adulto y autónomo, la superación del clericalismo, el diálogo sensato e inteligente con las realidades del mundo y de la historia!
Que en todo ello quede claro ese hecho constitutivo de nuestra fe: la donación incondicional de Jesús al Padre y a la humanidad, su encarnación y arraigo en todo lo humano, su ser y su quehacer plenos de esperanza y de significado trascendente, su inclinarse misericordioso ante la fragilidad de cada Magdalena, de cada Bartimeo, de cada leproso, de cada Zaqueo, de cada uno de nosotros, su severa claridad ante los fariseos y sacerdotes del templo, su exigencia con los discípulos, su heroísmo – simultáneo con la fragilidad de su encarnación – para ir a la cruz y asumir la injusticia de esa condena, realizando la salvación desde el reverso de la historia, y….finalmente……. su felicísima Presencia, la que hace decir a Pedro: “Sepan que han sido rescatados de la conducta necia heredada de sus padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero, sin tacha y mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de ustedes” (1 Pedro 1: 18 – 20).
A Comunitas Matutina le parece legítima la perplejidad de los discípulos de Emaús, porque es un rasgo profundamente humano: qué quieren que pensemos y sintamos cuando se nos vienen abajo los ideales y se nos quiebran las razones para la esperanza? Eso es común denominador de cada hombre y de cada mujer.
También nos parecen exigentes y muy respetables la sinceridad y la crudeza de Camus, quien no fue creyente, probablemente decepcionado por la flojera de tantos cristianos que no son trasunto de la seriedad de Dios, y pensamos que esa radical cuestión que citamos al comienzo de esta reflexión es una alerta profética para que la vida no se vaya en superficialidades, en fruslerías, para que todo lo que hagamos sea responsable, creativo, honesto, en definitiva…………..pascual!
Pero, por supuesto, asumimos que encontrar el sentido, la trascendencia, la Vida  de Dios presente participándonos de sí misma, son posibles , perfectamente posible. Y esto es lo que constatamos, con los de Emaús, porque también a nosotros se nos han abierto los ojos y lo hemos reconocido.
Bajémonos del pedestal jerárquico en el que nos hemos subido muchos de nosotros y unámonos a los caminantes que van por la vida – como los de Emaús – haciéndose preguntas, persiguiendo con pasión razones para la esperanza, y al final, salir presurosos a anunciar que la Presencia está entre nosotros y es permanente: “Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: Es verdad! El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón! Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan” (Lucas 24: 33 – 35).

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