domingo, 1 de junio de 2014

DOMINGO 1 DE JUNIO SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR



Lecturas
1.      Hechos 1: 1 – 11
2.      Salmo 46: 2 – 9
3.      Efesios 1: 17 – 23
4.      Mateo 28: 16 – 20
En el relato de Hechos , primera lectura de hoy, se refiere que “lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hechos 1: 9). Esta breve expresión pone de manifiesto la dimensión de exaltación y glorificación de la naturaleza humana de Jesús como contrapunto y reivindicación  a la humillación padecida en la pasión y en la muerte.
 En esta solemnidad se pone de relieve el señorío de Jesús, en el sentido en que entendemos bíblicamente SEÑOR, el que en nombre de Dios está en el centro de la historia, constituído como salvador y mesías. Es el KYRIOS, vocablo griego para designar al Señor Jesús.
Con esta exaltación viene como complemento decisivo el don del Espíritu, la vitalidad de Dios que anima con la presencia del Señor Resucitado, cuya solemnidad celebraremos dentro de una semana, en Pentecostés: “Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo” (Hechos 1: 8).
 El Espíritu es el que nos hace conscientes del esta presencia del VIVIENTE haciéndonos participar del don pleno de Dios con su gracia e inspirando nuestra vida con el modo de ser y de proceder de las Bienaventuranzas; así mismo, el Espíritu hace que la Iglesia sea una comunidad sacramental en torno a Jesús, evidenciando con su vida de comunión y participación esa centralidad del Señor, y posibilitando su envío apostólico a comunicar la Buena Noticia, su carácter decididamente misionero y apostólico, su responsabilidad misional de comunicar – trascendiendo límites religiosos y culturales – la Buena Noticia de Jesús, en el más apasionante estilo de universalidad y ecumenismo.
Para poder captar con mayor nitidez el señorío de Jesús conviene pedagógicamente que demos una mirada crítica a otros señoríos, aquellos que no propician la libertad y la dignidad de los humanos:
-          El poder y el dinero
-          Las ideologías
-          El ego
-          La absolutización de personas e instituciones
-          El sexo sin comunión y complementariedad
-          La vida fácil, sin trascendencia, la cultura “light”
-          Los criterios materialistas, el consumismo
-          Todos los ídolos que cada persona erige para perder su dignidad y su libertad.
La pregunta clave es : estos “señoríos” salvan? Dan sentido pleno de vida al ser humano? Liberan? Qué sucede cuando absolutizamos estas realidades? Respondiendo podemos constatar cuántas dictaduras y tiranías, cuántas tragedias para la humanidad, cuántos desenfoques, cuántas alienaciones, cuántas esclavitudes y escandalosas negaciones de lo humano.
El siglo XX, del que todos somos hijos, así como proclamó con vigor la autonomía de hombres y mujeres, , la primacía de la razón, , también generó unas catástrofes de consecuencias gravísimas para todos en el mundo, como las dos guerras mundiales,  las guerras de Vietnam, Corea, Irak, Afganistán,Yugoeslavia,Kosovo, constantes regímenes dictatoriales, el exterminio étnico entre hutus y tutsis en el centro de Africa, Hitler, Pinochet,Videla, Somoza,Stalin,Tito; el golpe severo al medio ambiente, la exclusión social, la soledad y el anonimato, el capitalismo salvaje, desalmado y excluyente, la tragedia ambiental, el desprecio permanente por la dignidad de la vida.
Cómo hacer para que  estos “señoríos” dejen de de ser absolutos,  para que se libere la mente de tantas personas sumisas a estos  fetiches? Qué pensamos y sentimos ante los desafíos que esto nos plantea a nosotros, seguidores de Aquel a quien consideramos y adoramos como nuestro único Señor y Salvador?
El psicoanalista y humanista Erich Fromm  ( 1900 – 1980) , dedicó todo su trabajo científico a desvelar estas máscaras que alienan al ser humano, los títulos de sus obras bastante sugestivos: “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea”, “El miedo a la libertad”, “Del tener al ser”, “La revolución de la esperanza”,  con esto hizo una contribución esclarecedora para afirmar la autonomía de la gente y para poner en evidencia este universo falso de idolatrías y  alienaciones.
Tenemos presente la clave de los profetas de Israel cuando afirmaban con todo vigor y severidad la tentación de hipotecar la dignidad y la libertad a los cultos idolátricos, abandonando la alianza con el Dios único y verdadero, liberador y protector por excelencia de la autonomía de la humanidad.
Así mismo, evocamos la fuerza con la que Jesús confrontó la absolutización de las instituciones políticas y religiosas de su tiempo, dejando en evidencia una mirada crítica sobre esos medios que se convierten en fines, excluyendo injustamente a quienes no acceden a ellos, y dejando de lado la esencia liberadora del Padre y el derecho que a esto último  tiene toda persona.
En esta solemnidad de la Ascensión justamente se trata de explicitar con toda  nitidez el señorío salvífico-liberador de Jesús: “Que el Dios de Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, les dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de su corazón para que comprendan cuál es la esperanza a la que los llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la  extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo” (Efesios 1:18-20)
El que Jesús sea el Señor definitivo de nuestra vida, de quienes libremente hemos optado por asumirlo como sustancia de nuestro proyecto de vida , significa que El es el que nos lleva plenamente a Dios y a toda la humanidad, que en El nuestra vida está legitimada y constituída en sentido pleno. 
Por esta razón  la muerte no tiene la última palabra sobre nosotros,  porque en El,  Dios se nos ha revelado como un Padre pleno de amor y de total cercanía con la humanidad, y que los valores de Jesús, las Bienaventuranzas, son imperativos para adoptar como estilo de vida: “Todo lo ha puesto Dios bajo los pies de Cristo, constituyéndolo cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, y , por lo mismo, plenitud del que llena totalmente el universo  (Efesios 1: 22 – 23).
Esto también quiere decir que quien toma en serio el señorío de Jesús no se casa con ningún poder,  y desarrolla,  -  gracias  al Espíritu -  un sentido de libertad ante todas las realidades humanas, a las que sabe establecer como medios y no como fines, manteniendo vigente aquel elemento de la espiritualidad  ignaciana, con la que este santo y místico – Ignacio de Loyola – empieza sus Ejercicios Espirituales:  “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado” (San Ignacio de Loyola. Ejercicios Espirituales, No.  23).
Qué contradictorio es cuando grupos de cristianos fundamentalistas, que nunca faltan, toman la bandera de Dios y de Jesús , para difundir mensajes esclavizantes, para generar autoritarismo y dogmatismo, para imponer determinaciones contrarias a la libertad, constituyéndose en ideología e institución, abandonando la libertad del Espíritu y desconociendo por completo este señorío liberador!
Esto demanda una actitud vigilante de interpretación evangélica de los signos de los tiempos, de discernimiento, de toma de decisiones sustentadas en Jesús, justamente para que ellas sean para nosotros ejercicios  permanentes y crecientes de libertad inscritos en El .
 El ser humano, empeñado en ser libre, se desenfrena y construye mundos de abominables tiranías emocionales, políticas, sociales, religiosas, ideológicas, económicas. Y el buen Dios, a través del Hijo, no ceja en su empeño de promover en nosotros la relación fundante con el único Señor, en quien somos libres, vivimos y existimos.
El genuino cristianismo es vivir en seguimiento del señorío liberador de Jesús. Por eso,  muchas de  las figuras que hemos propuesto en estas pistas como referentes de identidad cristiana son testimonios y narrativas de libertad,  seguidores del Señor por excelencia,  como la Madre Laura que no se intimidó ante las cortapisas que le ponían algunos clérigos, como el papa Francisco que quiere llenar de Evangelio el tinglado institucional de la curia romana, despojándolo de su carácter principesco para unirlo al espíritu de misión, como Pedro y Pablo que no se echaban para atrás antes las persecuciones e ignominias a que fueron sometidos por judíos y romano.
Finalmente, esta experiencia de la ascensión del Señor, según lo refiere el texto de Mateo, también implica la misión que El mismo da a los discípulos, y, en ellos, a la Iglesia toda: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos bautizándolos en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado” (Mateo 28: 19-20).
Quien ha vivido con gozo la novedad de Jesús y ha experimentado su señorío, descubriendo en ello la plenitud del sentido de la vida y la auténtica libertad, se siente movido a comunicarlo y a procurar que muchos capten ese mensaje y se adhieran a él, constituyéndose en nuevos seguidores del Señor, este es el impulso apostólico de la comunidad eclesial: la comunicación testimonial y comprometida de la Buena Noticia.
 No debemos dedicarnos a otros menesteres distintos de este -  esencial y definitivo para el ser de la Iglesia! -  de relatar con nuestro modo de vivir servicial, solidario, trascendente, enamorado de la humanidad y de su plenitud, que el Señor Jesús es garantía de sentido pleno y de vida digna y realizada.
El garantiza: “Y sepan que yo estoy con Ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Así lo experimentó hasta lo más profundo de su ser el cristianismo primitivo, y así estamos llamados nosotros a vivirlo con ilusión, con los pies bien puestos en este mundo, encarnados en todas sus realidades, pero con la mirada de esperanza hacia el más allá de la historia que sólo en El tiene su razón de ser.
En este domingo de Ascensión hagamos un coloquio y contemplación y -  en  honda experiencia creyente  -  dejémonos llenar de la certeza de  que el mismo humillado en la cruz es ahora el Señor, el exaltado y glorificado, el Kyrios, no para vano triunfalismo mundano, sino para legitimar , desde Dios Padre, todas nuestras aspiraciones de plenitud y de salvación.
Y con El, ascenderemos a la plenitud del Padre en la que se juega radicalmente todo el sentido de nuestra humanidad.

Alejandro Romero Sarmiento  -  Antonio  José  Sarmiento Nova,S.J.

domingo, 25 de mayo de 2014

COMUNITAS MATUTINA 25 DE MAYO DOMINGO VI DE PASCUA



Lecturas
1.      Hechos 8: 5 – 17
2.      Salmo 66: 1 – 20
3.      1 Pedro  3: 15 – 18
4.      Juan 14: 15 – 21

Es inherente al cristianismo y a  su ministerio evangelizador el ser testigo de una esperanza de vida definitiva a partir de lo que Dios ha realizado en Jesucristo, sin considerar si las condiciones de acogida del mensaje son favorables o desfavorables: “ Den gloria a Cristo, el Señor, y estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que les pida explicaciones” (1 Pedro 3: 15).
La condición testimonial es, entonces, un requisito “sine qua non” para la existencia de los seguidores de Jesús, es la propia vida hecha relato de Dios, coherente, fiel, transparente, configurada con el Evangelio, la que transmite con mayor eficacia esto que llamamos la Buena Noticia.
Como en los tiempos del cristianismo primitivo, o en otros dentro de este desarrollo histórico de nuestra fe, encontramos situaciones adversas, contradictorias, francamente difíciles, y otras abiertas, dispuestas, acogedoras de este don.
A los apóstoles y a los primeros discípulos les llegaron experiencias de los dos tipos. Hechos de los Apóstoles, texto que nos acompaña durante todo este tiempo de Pascua, es el mejor testimonio de sus logros  o de sus fracasos.
 Predicación vigorosa de la fe, proclamación valiente de la realidad de Jesucristo muerto y resucitado, entusiasmo y bautismo de muchos al escuchar el anuncio, fundación de nuevas comunidades, señales de vida y esperanza realizadas por los apóstoles, el indudable coraje pascual de estos, su heroísmo para afrontar la adversidad, la vida fraterna y solidaria de estos creyentes, el ánimo apostólico y misionero,  disposición de recibirlos a todos , de practicar un talante de inclusión que desconocía las crudas clasificaciones sociales y religiosas, todo esto como consecuencia cierta y contundente del Espíritu del Resucitado actuando centralmente en todos ellos.
Pero también enfrentamiento con el fundamentalismo judío que no se resignaba a ver cómo muchos de los suyos migraban hacia la nueva fe, desprovista del rigorismo ritual y legal y afincada en el Crucificado ahora convicto y confeso de VIDA plena en Dios, debate sobre si se trataba de una reforma del judaísmo o de una novedad sustancial que rompía con el antiguo orden, persecución por parte de las autoridades políticas y religiosas, cárcel, vituperio de poblaciones enteras, incomprensión de las “sabidurías” vigentes en la época: la religiosa de los judíos con su arraigo en la ley mosaica, la racional de los griegos que descansaba sobre el primado de la razón, la política de los romanos basada en el poderío militar y colonial: cómo chocaba esto con la esperanza que un grupo de hombres y mujeres habían depositado en un crucificado, un derrotado a los ojos de estas mentalidades?
Toda la 1 carta de Pedro, que nos acompaña como segunda lectura en estos domingos pascuales, es una invitación al ánimo, a la plena confianza en el Señor, al cambio cualitativo de vida que esto implica, a la certeza de que El es el fundamento de este proyecto, a la conciencia de que  la suya no ha sido una muerte inútil: “También Cristo murió una sola vez por los pecados, el inocente por los culpables, para conducirlos a Dios. En cuanto hombre sufrió la muerte, pero fue devuelto a la vida por el Espíritu…..” (1 Pedro 3: 18).
Cómo dar vigencia a esta convicción en los contextos y situaciones en los que tenemos éxito como evangelizadores, cuando la Iglesia es acogida y tenida en cuenta, socialmente reconocida, o también en aquellos en los que se desprecia el mensaje, se ignora, no se considera válido y relevante, o se le persigue y maltrata?
En determinado momento el cristianismo se expandió vigorosa y rápidamente, especialmente cuando el emperador Constantino se convirtió a la fe, y en el Edicto de Milán (año 313  d.c.) declaró públicamente el fin de toda persecución contra los cristianos , y decidió privilegios que “canonizaban” a la iglesia para que ingresara con legitimidad en todos los escenarios del imperio romano, todo esto después de los dramáticos tres primeros  siglos de humillaciones y escarnios, de persecuciones y mártires, de sociedades enteras que nos los entendían ni los admitían.
Cómo establecer la coherencia entre el doloroso misterio del Señor crucificado, condenado como hereje, blasfemo, contrario a la religión de Israel, la fidelidad post pascual de sus discípulos, su aguerrido estilo apostólico, el martirio de muchos de ellos, con este triunfo de entrar por la puerta grande del imperio?
Qué pensamos y sentimos cuando hay contextos – como muchos aún en América Latina – donde la labor de la Iglesia es de buen recibo y tiene el respaldo de muchos, incluso desde el punto de vista legal e institucional, en abierto contraste con otros en los que se  la acusa y condena  - con casos en los que dolorosamente hay razones comprobadas para hacerlo -  se la desprecia, se le cierran las puertas, o simplemente se la ignora como en muchos de los nuevos mundos poscristianos y neopaganos? Cómo ser fieles testigos de Jesucristo en cualquiera  de estas circunstancias?
El cristianismo de los primeros siglos – impopular y perseguido – no fue inferior a los retos de su Señor, ellos y ellas  vivieron fielmente, fueron animosos , tuvieron creatividad apostólica,  no bajaron la guardia, ni  tuvieron miedo de los poderes que los enfrentaban, el drama de la cruz y la vitalidad pascual fueron en ellos presencias y referentes constantes que los lanzaron a vivir entusiastas en medio de la contradicción y a dar razón de su esperanza.
Después del siglo III vino el tiempo de la legitimación y de la expansión, realidad a la que historiadores y estudiosos han dedicado extensas páginas. Se llama “constantinismo” al estilo de poder eclesiástico y religioso que se desarrolló a partir de esto , al establecimiento de privilegios para la Iglesia y al desarrollo desmedido de lo institucional por encima de lo profético y carismático, lo que no quiere decir que en ese amplio proceso de tantos siglos no se hayan dado apasionantes realidades de testimonio y veracidad evangélicos.
Lo que queremos proponer para considerar, orar, discernir y vivir es el asunto fundamental de “dar razón de nuestra esperanza” sin incurrir en la tentación de acomodarnos en un universo sociocultural favorable al cristianismo y perder así el dinamismo del Espíritu, o sin dejarnos intimidar por el desprecio, la persecución, la humillación, el ataque o el no ser tenidos en cuenta por la mentalidad facilista propia de la sociedad de consumo y de su seudoantropología “light”.
Como varios de los relatos que nos ha traído el libro de Hechos de los Apóstoles, el que se plantea hoy es igualmente motivador y capaz de suscitar grandes entusiasmos misionales: “Felipe bajó a la ciudad de Samaría y estuvo allí predicando a Cristo. La gente escuchaba con aprobación las palabras de Felipe y contemplaba los signos que realizaba. Pues de muchos endemoniados salían los espíritus inmundos, gritando con fuerza, y muchos paralíticos y cojos sanaron. Y hubo gran alegría en aquella ciudad” (Hechos 8: 5 – 8).
Pues esto es lo que hay que hacer en cualquier contexto en el que nos encontremos nosotros los que hacemos el esfuerzo de seguir a Jesús, este es el imperativo evangelizador: dar y realizar señales de vida y de sentido, inclinarnos con la misericordia del Padre y de Jesús ante la debilidad del ser humano, sanar los corazones heridos por el desamor y la violencia, ser trabajadores de la reconciliación, superar sectas y partidismos, vivir pascualmente, hacer de la comunidad cristiana un sacramento de inclusión y encuentro, de fraternidad y comunión, no dejar que entren el mal espíritu del individualismo y de la competencia indeseables, animar a los que están abatidos, y en todo significar que somos hombres y mujeres que hemos descubiertos que la plenitud de la humanidad está en Jesucristo.
No nos instalemos en la zona de confort del régimen de cristiandad, ni nos volvamos nostálgicos de esos tiempos en los que todo lo cristiano era aplaudido y fomentado, ni nos dejemos contaminar por una ideología de visos religiosos pero sin contenido evangélico, ni invoquemos privilegios y prebendas, ni utilicemos nuestra condición creyente para reclamar leyes a favor nuestro, dejemos que sea el Señor Jesús el que – a tiempo  y a destiempo – esté siempre en el centro de nuestras convicciones, de nuestros ideales, de nuestra esperanza.
Miremos que Felipe con su coherencia y buen estilo persuadió a tantos , incluso  a  Simón, el mago, que andaba embaucando a los incautos: “Pero cuando creyeron a Felipe, que les anunciaba la buena noticia del reino de Dios y de Jesucristo, comenzaron a bautizarse hombres y mujeres. El mismo Simón creyó, recibió el bautismo de Felipe, mirando impresionado los signos y los grandes milagros que realizaba” (Hechos 8: 12 – 13).
Porque no podemos olvidar que en el fundamento de todo este ser y quehacer está presente y actuante el mismo Jesús: “No los dejaré huérfanos; regresaré con ustedes. El mundo dejará de verme dentro de poco; ustedes, en cambio, seguirán viéndome, porque yo vivo y ustedes también vivirán. Cuando llegue aquel día reconocerán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes” (Juan 14: 18 – 20).
 Esta es la misma convicción que inspiró a los mártires de los primeros siglos de la historia cristiana, lo que los llevó a no arrodillarse ante el emperador y a  rechazar los antivalores de ese universo de poder y privilegios; lo que hizo que el joven Aurelio Agustín dejara atrás su biografía de vanidades y dualismos para ser el gran pastor y pensador de la fe; lo que – en el camino de Damasco – derribó a Saulo del caballo del fariseísmo y lo transformó en el gran apóstol del mundo pagano; lo que quebró a Pedro, el negador , para tornarlo en la piedra sobre la que se estructuró la iglesia naciente.
Este Jesús fue el que hizo a Francisco de Asís dejar su cuna llena de facilidades y riquezas, y su espíritu enfermizo de “niño bien” para casarse con la hermana pobreza, rescatar la vida fraterna y el amor a la naturaleza, poniendo una pica en Flandes en la iglesia poderosa y señorial de aquellos tiempos de esplendor medieval, mas no evangélico. El mismo que bajó los humos al vanidoso Ignacio en esa batalla de Pamplona de mayo de 1521, cuando una grave herida en una de sus piernas lo puso en el límite de la muerte, luego de este rotundo fracaso  de allí surgió un hombre grande para la vida del Espíritu.
Cómo replantearnos en términos de esperanza lo original cristiano? Cómo no sucumbir a los privilegios de la cristiandad, a la inmensa tristeza que nos causan nuestras pecaminosidades y las de muchos en la iglesia, a la permanencia inaceptable de estilos que no van con el de Jesús?
Cómo ser profetas y creadores en esta cultura neoliberal tan displicente, consumista, ligera, oportunista, con su grave ausencia de interioridad? Cómo recordarle al mundo el drama de la humanidad que se consume en la pobreza y en la falta de oportunidades, o en el vacío de sus riquezas y de sus egoístas comodidades? Cómo decirle a los poderosos que el bien común, la felicidad de todos los humanos, la profundidad del ser, son más importantes y decisivos que los intereses del poder y del capital? Cómo ser testigos de esa dimensión de trascendencia que supera y derriba las fragilidades del ser humano?

Alejandro Romero Sarmiento   -  Antonio José Sarmiento Nova,SJ

domingo, 18 de mayo de 2014

COMUNITAS MATUTINA 18 DE MAYO V DOMINGO DE PASCUA

Lecturas
1.      Hechos 6: 1 – 7
2.      Salmo 32: 1 – 5  y  18 – 19
3.      1 Pedro 2: 4 – 9
4.      Juan  14: 1 – 12

Siguiendo el lenguaje de la segunda lectura (1 Pedro), podemos afirmar que los cristianos son  piedras vivas en la construcción de la Iglesia. Qué hacer para que estas palabras no sean lugares comunes, expresiones retóricas, sino la feliz realidad de cada día en la configuración de la comunidad de los seguidores de Jesús? Esto lo proponemos a consideración de todos porque vemos que todavía permanece un excesivo protagonismo clerical en la vida eclesial (obispos y sacerdotes), así como una notable inferioridad del inmenso y muy importante universo de los laicos.
Pasó el Concilio Vaticano II (1962 – 1965) con su Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium” con sus capítulos 2 El pueblo de Dios y 4 Los laicos, en los que destaca la igualdad fundamental – por el bautismo – de todos los integrantes de la comunidad cristiana y recupera la categoría de sacerdocio común de los fieles, pero la densidad teológica y la definición magisterial de los Padres Conciliares no permea como era de esperarse el dinamismo eclesial. En muchos ámbitos los laicos siguen siendo cristianos de segunda: este es un asunto de permanente referencia en la agenda de la Iglesia!
Justamente la 1 carta de Pedro, de la que proviene la segunda lectura de este domingo, nos remite a estos elementos que son esenciales para llevar una vida eclesial adulta y conforme con el proyecto original de Jesús: “ Ustedes, acérquense al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios; y así, como piedras vivas que son, formen parte de un edificio espiritual, de un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2: 4 – 5), reforzado con esto: “Pero Ustedes, son linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, destinado a anunciar las alabanzas de Aquel que los ha llamado de las tinieblas a su admirable luz” (1 Pedro 2: 9).
Con este sólido fundamento bíblico, proveniente de Pedro, el primer pastor de la iglesia universal, y de las comunidades servidas por él, queremos destacar el carácter de igualdad sacramental de todos los bautizados, y dar vigencia  y realidad a aquello de ser piedras vivas en la construcción de la Iglesia.
 La mentalidad y configuración institucional que dan el protagonismo a los clérigos y hace de los laicos simples receptores de beneficios religiosos o acatadores de las decisiones de los jerarcas,  no es compatible con el estilo del cristianismo primitivo y con el espíritu recuperado, explicitado y definido por el Concilio Vaticano II.
A la luz de esto digamos una palabra sobre el ser “sacerdotal” de todos los cristianos  y para ello valgámonos de las mismas palabras conciliares: “Cristo, el Señor, pontífice tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo un reino de sacerdotes para Dios, su Padre. Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales y anuncien las maravillas del que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática sobre la Iglesia  Lumen Gentium, # 10).
En este contexto, hablamos entonces de una sacerdotalidad propia de todos los miembros de la Iglesia, que constituye a cada bautizado como integrante activo de la mediación sacramental propia de la Iglesia y, en consecuencia, gestora y actora de esta salvación, y de un sacerdocio ministerial, el de obispos y presbíteros, que está ordenado para el servicio de toda la Iglesia, entendida toda ella como sacramento universal de salvación. Es preciso recordar que  esta condición proviene del mismo Señor Jesucristo.
Entonces, el imperativo que se deriva de aquí ha de traducirse en una iglesia toda de comunión y participación, de adultez y autonomía para la iniciativa de los laicos, de ampliación de las posibilidades ministeriales, de inclusión explícita de todos y todas en el ser y quehacer de la Iglesia, de genuina corresponsabilidad entre pastores y bautizados, de entender el ministerio ordenado como lo que es originalmente, servicio al estilo del Señor Jesús, y de conciencia común de ser todos el pueblo sacramental-sacerdotal que media esa salvación en la historia de la humanidad.
En este sentido estamos llamados todos a una gran creatividad eclesial, como la que se testimonia en Hechos de los Apóstoles, con el entusiasmo misionero de Pedro y Pablo y los primeros discípulos, su certeza pascual, su capacidad para la cruz y el martirio, su concreción en la creación de comunidades en Efeso, Jerusalem, Corinto, Roma, Colosas, Tesalónica, Galacia, y otros lugares del mundo entonces conocido, el ánimo con el que eran acogidos los apóstoles, la coherencia de sus vidas con el Señor Resucitado, el fecundo ministerio de Pedro y de Pablo, de Bernabé y de Timoteo, el surgimiento de los escritos del Nuevo Testamento como catequesis para iniciar a otros en este camino, y el carácter diaconal ( del griego diaconía   diakonia servicio), del que nos hace conscientes la segunda lectura de hoy.
Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: no está bien que abandonemos la palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, busquen de entre ustedes   a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y de saber, para ponerlos al frente de esta tarea; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra” (Hechos 6: 1-4).
El contenido de la diaconía no se remite sólo a quienes son ordenados por el obispo para este ministerio. La iglesia toda es ministerial – diaconal – servicial,  y esto se expresa en el anuncio de la Palabra – Buena Noticia, en  el dinamismo sacramental, y en la construcción de la comunidad. Esto es lo que debe inspirar y fundamentar todo ministerio en la Iglesia.
Qué esperanzador es cuando las diócesis y las parroquias dejan de ser entidades prestadoras de servicios religiosos o centros de consumismo ritual, para convertirse en comunidades activas, centradas en el Señor Jesucristo, ricas en sus posibilidades de participación, acogedoras, fraternas , solidarias, generadoras de compromiso apostólico para todos los creyentes, sin reducirse a una élite clerical, de beatos y beatas, dejando que el Espíritu suscite la mayor riqueza ministerial.
Una gran figura de esta manera de pensar y realizar la iglesia fue el religioso dominico Yves Congar (1904 – 1995), francés, considerado el mayor eclesiólogo católico del siglo XX, cuyo pensamiento fue decisivo como aporte para las definiciones del Concilio Vaticano II. Sus obras “Jalones para una teología del laicado” , “Verdadera y falsa reforma en la Iglesia”, y “Por una Iglesia servidora y pobre”, son, entre muchos escritos suyos, reflexiones de gran densidad teológica y espiritual que en su momento ayudaron a repensar el ser y la misión de la Iglesia .
Así, adquieren el mayor significado los movimientos apostólicos de espiritualidad familiar y conyugal, de pastoral de juventud, de catequistas y pedagogos de la fe, de servicio solidario a pobres, migrantes, desplazados, de cuidado ecológico, de reconocimiento de la tercera edad, de apoyo a enfermos y minusválidos, de reflexión bíblica y formación teológica, de inclusión del arte y la cultura en la evangelización, de corresponsabilidad laicos – sacerdotes, de pastoral sacerdotal , de promoción de las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada,  de diálogo ecuménico e interreligioso, y tantas otras posibilidades con las que el Espíritu se manifiesta para hacer más fecunda e igual la vida de la Iglesia.
El Espíritu del Resucitado se expresa así en comunidades plenamente conscientes de su carácter apostólico y misionero, que no es otra cosa que la pasión por difundir la Buena Noticia y por generar nuevos grupos de creyentes activos, también en un ejercicio del ministerio – ministerios convicto y confeso de la Palabra, del Sacramento, de la Caridad, de un reconocimiento de la dignidad inherente a cada bautizado, de estilos de vida evangélicos y austeros, de apertura sincera a las comunidades cristianas no católicas – espiritualidad ecuménica! – y a los miembros  de las tradiciones religiosas no cristianas.
También entra aquí el encuentro con el amplio mundo de los no creyentes y, por supuesto, aquello de que  “ El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, puesto que no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón “ (Concilio Vaticano II. Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Moderno Gaudium et Spes,No. 1).
El evangelista Juan, en el capítulo 14, pone en boca de Jesús, las palabras esperanzadoras que son el contenido del relato evangélico de este V domingo de Pascua, con su concreción en : “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino por mí” (Juan 14: 6).
Jesús es el Camino porque El es quien nos indica la ruta que lleva a la plenitud del Padre, siguiéndolo generosamente estamos debidamente fundamentados y orientados.
Jesús es la Verdad  porque nos revela el ser paternal-maternal de Dios y porque nos esclarece el misterio de nuestra propia identidad en esta perspectiva de salvación y de sentido pleno.
Jesús es la Vida porque en El mismo somos beneficiados por la vitalidad del Padre que se manifiesta en el don del Espíritu.
He aquí la razón esencial de nuestra esperanza, es donde se constituye  la auténtica concepción cristiana del ser humano, para brindarnos a todos la garantía de una existencia significativa y trascendente.
Un desafío final: qué hacer para que los creyentes cristianos no parezcamos enemigos del mundo, de las realidades de la historia, “beatos” temerosos de los riesgos de la existencia? Qué hacer para ser como el Señor Jesús, encarnados e implicados en todo lo humano, comprometidos, viviendo la feliz simultaneidad de lo humano y de lo cristiano?


Alejandro Romero Sarmiento  -  Antonio José Sarmiento Nova,SJ

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