domingo, 13 de julio de 2014

COMUNITAS MATUTINA 13 DE JULIO DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Isaías 55: 10 – 11
2.      Salmo 64: 10 – 14
3.      Romanos 8: 18 – 23
4.      Mateo 13: 1 – 23
La Palabra de Dios es viva, ella no es un simple vocablo dicho al azar, es capaz de fecundar, de engendrar y generar vitalidad de Dios en el ser humano, en la historia, en la dinámica social, en la creación, en toda la realidad. Y la fidelidad del creyente, atento a esta Palabra, se mide desde el criterio de “dejarse” llevar por la misma, ser recipiente fecundo, con la certeza de que allí no se le sembrarán cosas contrarias a su dignidad, a sus deseos de felicidad y de sentido. Es una Palabra esperanzadora, re-creadora, portadora del mismo ser creador de Dios.
Palabra , en el contexto bíblico, es Dios haciendo lo que El sabe hacer – lo único – crear, dar de su vida a la creatura, re – crear, salvar, redimir, liberar. La historia del pueblo hebreo está marcada por este Yahvé apalabrado, decidor y hacedor de vida, todo en un proceso que está en constante maduración y evolución, hasta que El se dice de modo pleno, definitivo, en la Palabra por excelencia que es el Verbo, el que se hace humanidad, historia, realidad existencial, el que se implica en todo lo nuestro, con amor total, también con dolor para ser re-significado: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1 : 14).
En hebreo se dice “dabar”, término que significa todo esto que acabamos de decir y mucho más, es la Palabra eficaz, en la que Dios se dice a sí mismo para infundirse vitalmente en las creaturas. Cuánto significado tiene esto en un mundo que intenta asfixiar y esterilizar, que no escucha, sólo atiende a lo productivo, a lo que da resultados palpables , financieros, laborales, tecnológicos, poniendo en un rincón la esencialidad del ser y de su posibilidad trascendente.
Cuál es nuestra tarea creyente? Cuál nuestro aporte a un mundo más fecundo, más capaz de vivir la explosión de la vida, más abierto a lo que definitivamente permanece superando la transitoriedad propia de tantas realidades humanas? Más dispuesto a la escucha fecunda?  Cómo aportar semillas que se traduzcan luego en cosechas de humanismo, de bienaventuranza, de salud emocional y espiritual, de compromiso solidario, de sentido decisivo de Dios y de la humanidad?
Cómo hacer vigentes en nuestros estilos de vida y realizaciones estas palabras?: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, así será mi Palabra, que sale de mi boca; no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y hará mi encargo” (Isaías 55: 10 -11).
Es frecuente constatar el escepticismo que producen en muchos de nosotros las palabras de los gobernantes, de los políticos, de los candidatos a ser elegidos a lo que sea, de los empresarios, incluso de algunos líderes religiosos. Ante esto, cómo decirnos responsablemente, fielmente, comprometidamente, cómo dotar a nuestras palabras de contenido serio, cómo ser nosotros mismos palabra creíble?
 En nuestro medio latinoamericano nos referimos a esto como “carreta”, “rollo”, “cháchara”. Tantas promesas vanas, tantos compromisos hechos aprovechando el frenesí electoral, luego desechados cuando ya se está en el poder. Palabras vacías, estériles….. es como decir “te amo, eres mi vida” y luego vivir de modo contrario a lo proclamado!!!! Pero….. Dios no se anda con rodeos, el decirse de El siempre tiene implicaciones transformadoras, liberadoras, su Palabra es por sí misma dadora de vida y de razones para la esperanza, provocadora de cambios cualitativos en nosotros y en nuestro mundo.
En este mismo sentido viene el texto de Mateo, ampliamente conocido, la parábola del sembrador, una historieta cargada de la sabia pedagogía de Jesús para comunicar la nueva lógica vital, creativa, estimulante, del reino de Dios y su justicia. Es justamente la dramatización de las diferentes actitudes – fecundas, estériles, indiferentes, entusiastas al principio y luego nada de nada – que tenemos los humanos ante esta apasionante propuesta del Señor,  imágenes provenientes  de nuestra cotidianidad, nos pasan cada día, incluso sin que tengamos advertencia crítica sobre ellas.
Que esta Palabra nos induzca a hacernos un “test” para valorar nuestras disposiciones para la escucha, para ser tierra fértil.  Podemos incluír en esa autovaloración algunos de estos elementos:
-          Vivimos afanados por lo inmediato, por lo que está en la agenda y es impostergable, porque además nos produce buenos dividendos?
-          Cargamos ladrillos a esta cultura de la velocidad, del funcionamiento sin parar, intenso, extenuante, con eso que los norteamericanos llaman el “workholic”, trabajadores compulsivos que se olvidan de su propio ser, de los suyos, de sus responsabilidades esenciales?
-          Estamos inmersos en la cultura digital: siempre conectados a la red, i-pads, tablets, celulares de última generación, nos desesperamos si no tenemos esto a la mano, pero somos incapaces de la mirada frente a frente, del arriesgarnos a la comunicación profunda, al silencio, a la contemplación del Misterio?
-          Somos importantes y reconocidos, con agendas muy “serias”, nuestra pared llena de diplomas, nuestros curriculums saturados de logros, y el corazón, la escuela del afecto, Dios, los otros, la gracia de vivir: qué?
-          Dejamos de lado la gratuidad, los bellos amores inmerecidos, la libertad, la alegría, la fiesta, el juego?
Es muy conveniente dejar claro que esto de escuchar la Palabra no se queda en el   clásico estereotipo de los “convertidos” que se vuelven beatos , rezanderos, olorosos a sacristía. Tal  es una de las actitudes más reticentes a los estupendos resultados que puede causar en nosotros la semilla del reino de Dios y su justicia.
 Recordemos cuánto repugnaron al Señor Jesús los fariseos y los escribas, los sacerdotes del templo y los que presumían de ser muy santos y religiosos: “Ay de ustedes, letrados y fariseos hipócritas, que parecen sepulcros blanqueados : por fuera son hermosos, por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda clase de inmundicia!” (Mateo 23: 27). Qué tal la severidad de estas palabras?
La apuesta es para que seamos unos maravillosos seres humanos, conscientes de nuestros límites y también de nuestras posibilidades, siempre abiertos a Dios, a las personas en sus muchas realidades y contextos, a los retos que nos invitan a salir de cerrazones y temores, a  las parálisis, a los golpes de la baja autoestima, al pesimismo, dejando de lado el obrar siempre guiados por reglamentos para acceder a una existencia llevada por el Espíritu.
 En definitiva para ser a carta cabal eso que decimos – tan sencillo en su formulación pero tan exigente en vivencia – buenas personas, buena gente, limpios, sin agendas ocultas, solidarios, comprometidos, transformadores, libres y liberadores, amorosos, con vigor y ternura simultáneos, serviciales, participativos, siempre creadores de nuevas posibilidades para todos. Este es el terreno apto para la semilla del Reino!
Tomemos literalmente el texto, sigamos atentamente cada una de sus partes, y hagamos una práctica de identificación con cada uno de los terrenos que allí se señalan. En cuál estamos? En la orilla del camino? En el pedregal?  En los espinos? O en la tierra fértil? Qué aspectos de nuestra vida nos tienen en uno o en otro? Qué nos impide la escucha fiel, la fecundidad? Qué la hace posible? La recomendación es tomar el cuaderno de reflexiones personales e ir escribiendo en columnas lo que esté en cada categoría, para al final tener una visualización objetiva de lo que somos y hacemos en este orden de cosas.
 Tengan la seguridad de que será un ejercicio muy práctico, esclarecedor, de insospechable crecimiento y luminosidad.
Los invitamos también a identificar personas conocidas por ustedes mismo-as,  como buenos referentes de identidad, de esos que viven libres, que se apasionan por la felicidad de los demás, que no son “fans” de ideologías, de fundamentalismos, que no andan lanza en ristre viendo a los otros como potenciales adversarios, que gozan con las cosas sencillas de la vida, que no andan matrículados en posturas furiosas e irascibles, que no son adictos a tecnologías, que viven en una saludable relatividad, sabiendo que el “principio y fundamento” está en OTRA PARTE, y que esta última sí es la decisiva.
Qué semilla siembran en nosotros estas bellas gentes? Qué germinalidad, qué fecundidad florece en nosotros? Somos buena cosecha? : “Otras cayeron en tierra fértil y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. El que tenga oídos que escuche” (Mateo 23: 8). Dónde están y cuáles son nuestros espinos, pedregales, arideces, las inútiles preocupaciones que no  nos dejan entrar en el gozo del Reino, en  la nueva manera de vivir que viene con Jesús? Qué favorece en nosotros la fertilidad humana y espiritual?
Todo esto viene a entenderse desde la perspectiva de eso que en los escritos paulinos se llama la VIDA EN EL ESPIRITU, asunto clave al que está especialmente dedicado el capítulo 8 de la Carta a los Romanos, del que proviene la segunda lectura de este domingo, ya iniciada el anterior.
Esta vitalidad consiste en que Dios habita en la persona agraciada por el don, que para nosotros tiene particular concreción en las BIENAVENTURANZAS (Mateo capítulos 5,6,7), podemos hablar así del perfil ideal de un ser humano según el proyecto de Jesús, realidad que es lograda gracias a la acción del Espíritu: “Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que se ha de revelar en nosotros. La humanidad aguarda ansiosamente que se revelen los hijos de Dios. Ella fue sometida al fracaso, no voluntariamente sino por imposición de otro; pero esta humanidad tiene la esperanza de que será liberada de la esclavitud de la corrupción para obtener la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8: 18 – 21).
Cuántos egoísmos vueltos fraternidad! Cuántos endurecimientos transformados en sensibilidad! Cuántos aislamientos hechos solidaridad! Cuántos consumismos convertidos en comunión! Cuántas cegueras vueltas luminosidad! Cuántas enfermedades trocadas en salud! Cuántos pesimismos re-significados en esperanza! Cuántas  vidas fracturadas, ahora articuladas y coherentes! Esta es la humanidad en la que es felizmente viable aquello de  poseer las primicias del Espíritu” (Romanos 8: 23)

domingo, 6 de julio de 2014

COMUNITAS MATUTINA 6 DE JULIO DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Zacarías 9: 9 – 10
2.      Salmo 144: 1 – 14
3.      Romanos 8: 9 – 13
4.      Mateo 11: 25 – 30
A tres realidades fundamentales de la fe cristiana nos remiten los textos de este domingo:
-          A hacernos conscientes de que el mesianismo de Jesús es humilde, desposeído de poder y de espectacularidad.
-          A asumir la vida en el Espíritu  como la nueva manera de ser y proceder en cuanto seguidores de Jesús, a superar la condición de una vida instintiva evolucionando hacia una vida de serena y madura libertad en el Señor.
-          A valorar lo humilde, lo oculto, lo que no hace alarde, a una existencia así,   como respuesta contracultural a las arrogancias y prepotencias de muchos en el mundo, incluso en los ambientes religiosos.
Con respecto a lo primero, bien sabemos que el poder llama poderosamente la atención, y  con esto todos los estilos, procedimientos y realizaciones que lo acompañan. Es una eterna tentación de la humanidad, recordando que los humanos somos muy dados a dejarnos seducir por esta alternativa, bien porque directamente nos implicamos en ella, bien porque nos convertimos en aduladores de los poderosos, o porque nos parece que si en nuestra vida no hay poder seremos unos fracasados.
Justamente en el contexto israelita había numerosos creyentes y grupos que aguardaban un mesías prodigioso, triunfante, como respuesta a sus muchas frustraciones históricas, religiosas. Este mesías poderoso sería el llamado a reivindicar ante las naciones la dignidad de este pueblo. Sin embargo, veamos cómo lo sugiere Zacarías, en el brevísimo texto de la primera lectura de hoy: “Alégrate, ciudad de Sión: grita de júbilo, Jerusalén; mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso, humilde, cabalgando un burro, una cría de burra” (Zacarías 9: 9).
Es elocuentísimo el significado del burro, un animal que es sinónimo de discreción, de pobreza, de austeridad, de negativa a las vanidades (los ricos no cabalgan en ellos, es el animal favorito de los pobres!!). El anuncio profético de Zacarías propone un tipo de Mesías de “bajo perfil”, cuyo gran bien es la paz: “proclamará la paz a las naciones” (Zacarías 9:10), esta es su gran oferta de sentido para Israel.
Todos somos conscientes de que también en la Iglesia se nos han filtrado los criterios del poder y de la autosuficiencia, llegando a oscurecer en no pocos casos la humilde originalidad del Señor Jesús y de los primeros discípulos. Son las consecuencias de una inculturación no discernida, de ausencia del Espíritu, de carencia de oración y de genuina apertura a la acción de Dios en los últimos del mundo.
Los papas de la alta edad media y del renacimiento se convencieron a sí mismos – también hay que ver que todo el entorno lo favorecía! – de ser ellos unos soberanos de superioridad incomparable, con más dedicación a la política eclesiástica y mundana que al anuncio del Evangelio, las cosas de la Iglesia dieron prelación a lo institucional con detrimento del carisma y de la profecía, negando de modo flagrante los orígenes mismos de la fe cristiana, surgida en un contexto de marginalidad y de pobreza.
Estas discretas palabras de Zacarías vienen a tener mayor fuerza expresiva cuando leemos su complemento en Mateo: “Te alabo, Padre , Señor del cielo y de la tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla” (Mateo 11: 25).
 Potentísima expresión que pone de presente un requerimiento clave para captar la lógica de Jesús, la lógica del reino de Dios y su justicia: no es en los “egos” cargados de importancia social, en los títulos y ancestros, en los indicadores de poder, en las influencias, en los aplausos sociales, sino en el corazón desposeído, abierto, dispuesto a trascender, donde se cultivan los gérmenes de esta nueva humanidad de la que es portador el Señor Jesucristo.
A este respecto vale la pena recordar a algunos hombres hondamente evangélicos que en el siglo XX fueron testigos de esta sencillez evangélica:
-          Carlos de Foucauld, francés (1856 – 1916), fue primero – como San Ignacio de Loyola – un “soldado desgarrado y vano” , sirvió como  oficial de la Legión Extranjera en Argelia, luego de una vida mundana y egoísta tiene una profunda experiencia religiosa que lo lleva a dejar todo ese universo, para convertirse en místico y sacerdote, viviendo en el desierto argelino, donde es asesinado el 1 de diciembre de 1916 por los mismos “tuaregs”, a quienes dedicó su existencia. Es el padre contemporáneo de la espiritualidad del desierto, beatificado por Benedicto XVI el 13 de noviembre de 2005.
-          René Voillaume (1905 – 2003), también francés, es el fundador de la Congregación de los Pequeños Hermanitos del Evangelio, masculina y femenina, que explicita la espiritualidad del Beato de  Foucauld. Muchos escritos, grandes aportes al dinamismo eclesial posterior al Concilio Vaticano II, y una vida pobre y servidora caracterizan a este santo hombre de Dios.
-          Carlo Carretto (1910 – 1988), pertenece a esta misma tendencia evangélica, italiano, también seguidor de Jesús a través del carisma de Foucauld y Voillaume, y responsable de numerosos y muy cualificados textos de espiritualidad, en esta perspectiva de la “pequeñez” evangélica.
-          Arturo Paoli, italiano, nacido en 1912 y felizmente vivo, hace parte de esta congregación, vivió un buen número de años en Buenos Aires, donde trabajaba como recogedor de basuras, al tiempo con su ministerio de sacerdote, sus retiros espirituales, y sus escritos como “La persona , el mundo y Dios”, “Diálogos de la Liberación”, “La perspectiva política de San Lucas”.
Con estas cuatro referencias simplemente queremos dejar el mensaje de esta mentalidad de clarísima raigambre evangélica, la de lo oculto, lo no clamoroso, lo referido a la pureza de corazón y de mente, la limpieza del ser, verdadero ámbito en el que se cultiva un ser humano libre de los condicionamientos del poder, dispuesto en la mayor medida posible para el amor a Dios y a la humanidad, sin las ambiciones que rompen el interior de las personas, esfuerzos vanos a los que tantos se dedican deshaciendo en sí mismos la posibilidad de trascendencia.
Porque – dejémoslo claro – el amor es lo que salva, lo que da sentido, lo que redime la existencia humana, lo que transforma esta soberbia a la que somos tan dados: “Vengan a mí los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy tolerante y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su vida. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mateo 11: 28 – 30).
Cómo estamos en este aspecto? Somos dueños de una poderosa y prestigiosa “egoteca”? Vamos por la vida afanados haciendo carrera, buscando posiciones, queriendo brillar en los más selectos círculos sociales, frecuentando a famosos y poderosos, luciendo todo lo que la sociedad pide para ser importantes? Nuestra energía personal se apuesta a estas mundanidades? Subestimamos a quienes no son así, pensamos que son de energía baja, que no tienen los alientos nuestros para sobresalir? Nos parece que ser humildes, prudentes, es necedad y tontería, porque nos niega posibilidades para los intereses del poder y de la fama?
Les proponemos el ejercicio de pensar y de sentir ponderando el camino de la prepotencia y el camino de la humildad , siguiendo la lógica ignaciana contenida en la meditación de dos banderas. Qué me pasa, cómo me veo, cómo me siento, cuando me doy al vano honor del mundo? Qué me pasa, cómo me veo, cómo me siento, cuando resuelvo que mi vida se enmarque en la humildad y la sencillez? Hagámoslo con valentía, tengamos la osadía de dejarnos llevar, lo que está en juego es nuestro verdadero ser, nuestra genuina humanidad. Qué me pasa si soy sencillo, humilde, manso? Lo dejamos a su consideración!
Esto es lo que nos puede suceder – felizmente! – si decidimos comprometernos en la vida según el Espíritu, no viviendo por los impulsos e instintos que se cultivan en nosotros cuando deponemos nuestra libertad e hipotecándonos al poder, al prestigio, sino dejándonos tomar por Dios, por su vitalidad liberadora: “Pero ustedes no están animados por los bajos instintos, sino por el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes” (Romanos 8: 9).
En los escritos paulinos se utiliza el término griego metanoia - metanoia, para referirse a la nueva mentalidad, la nueva vida, que se produce en la persona que se deja llevar por Jesús, que  es – en sentido estricto – una conversión, un giro radical de la vida en el que se modifican de raíz las motivaciones, los valores, las actitudes, las intencionalidades, las conductas.
 Pues bien,  esto nos ayuda a hacernos conscientes de que  nos movemos en un permanente proceso de sentirnos atraídos por estas vanidades, por estos afectos desordenados, por buscar con afán la importancia de ser aplaudidos, por tener poder, pero también al mismo tiempo  constatamos que hay “algo más”,  eso definitivo en términos de autenticidad, porque sí trasciende. Y esto procede de Dios: es la vida en el Espíritu! Es cuando se dan las condiciones para convertirnos a esta nueva vida, proceso que , si es asumido con seriedad, dura hasta el momento en que seamos llamados por el Señor al encuentro pleno.
San Pablo habla de “instintivo” atendiendo a todo aquello que no es discernido, que nos mueve primariamente sin sentido crítico, que nos hace plegarnos a estos criterios de orgullo, de poder, de afirmación vanidosa de nosotros, y  - por el contrario - nos insta a dejarnos llevar por la gratuidad del Espíritu, en la que se configura y modela una realidad sustancialmente novedosa y liberadora: “ Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en ustedes, el que resucitó a Cristo de la muerte dará vida a sus cuerpos mortales, por el Espíritu suyo que habita en ustedes” (Romanos 8: 11).
Nueva vida: libertad, coherencia interior, bienaventuranza, simplicidad, comunión, solidaridad, servicio, projimidad, donación de sí mismo, filiación fraternidad, rasgos fundamentales del nuevo ser humano según el proyecto de Jesús.

Alejandro Romero  Sarmiento  -  Antonio José Sarmiento Nova,SJ

Archivo del blog