domingo, 11 de enero de 2015

COMUNITAS MATUTINA DOMINGO 11 DE ENERO EL BAUTISMO DEL SEÑOR



Lecturas
1.      Isaías 42: 1 – 4  y  6 – 7
2.      Salmo  28: 1 – 4 y 9 – 10
3.      Hechos 10 : 34 – 38
4.      Marcos 1 : 6 – 11
El cristianismo original, el propio de Jesús, el del Evangelio, el de las comunidades primitivas, es una fe arraigada en la realidad concreta de los seres humanos, en su historia cotidiana, en sus experiencias de vida y de muerte, en sus dolores y en sus alegrías, esto es una consecuencia directa y primera de la encarnación, del Dios que se inserta en este mundo asumiendo lo propio del ser humano con la totalidad de sus implicaciones.
Esta lógica es la que se quiere hacer evidente en el contenido de este domingo. El Bautismo de Jesús significa que El – en nombre de Dios y de la misma humanidad – asume la historia nuestra, haciéndose partícipe de la misma, verdaderamente humano en la felicidad y en el sufrimiento, Dios uno de los nuestros!
  El, que viene a re – significar con salvación y liberación el absurdo de la muerte y del mal, y para eso se encarna en la totalidad del ser humano y de su existencia, sin reservas, semejante a nosotros en todo menos en el pecado, como nos lo comunican  la tradición del Nuevo Testamento y de la Iglesia.
Vale la pena recordar el contexto del relato de Marcos, que hoy se nos ofrece como lectura del evangelio : Juan  el Bautista, hombre profundamente sincero en su religiosidad y de gran sensibilidad espiritual, está muy inquieto porque ve que la institución judía, el templo, sus sacerdotes, el modo como viven y transmiten la relación con Dios y su práctica correspondiente, no están impregnados de la radical honestidad propia del profetismo bíblico, constata la preocupante inautenticidad vigente y por esto promueve un movimiento de conversión y de rescate de la originalidad religiosa de Israel.
Así se presentó Juan en el desierto, bautizando y predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados” (Marcos 1: 4): Recordamos el simbolismo bíblico del desierto – lugar de despojo y soledad – como el espacio del encuentro con Dios, propicio para el replanteamiento total de la vida, habida cuenta de su total austeridad y carencia de condiciones de bienestar.
Jesús, Hijo de Dios, encarnado en la realidad de su pueblo, comprometido con su destino, se interesa en la iniciativa del Bautista, y por eso va a escucharle, y a dejarse tocar por lo que este profeta propone, consciente de que hay que evolucionar hacia un modo de vivir fundamentado en el reino de Dios y su justicia, en el que la radical honestidad de la vida y el acatamiento pleno de la voluntad del Padre son constitutivos del nuevo talante que viene con El, opuesto a la formalidad religiosa exterior de los líderes religiosos judíos de ese tiempo: “En aquel tiempo vino Jesús desde Nazaret de Galilea y se hizo bautizar por Juan en el Jordán” (Marcos 1: 9).
Es el tiempo mesiánico, el tiempo del nuevo ser humano que se empieza a realizar con Jesús; en ese orden de cosas el signo de este bautismo cobra mayor fuerza expresiva y decisivo peso simbólico. El bautismo que realizaba Juan Bautista es el gesto indicativo de quien se hunde en las aguas de la muerte, del pecado, del egoísmo, de la injusticia , y emerge de ellas para llevar una vida nueva, inspirada en Dios y en los valores esenciales que Jesús propone como contenidos de la Buena Noticia.
Como se ha expresado con bastante frecuencia e intensidad en COMUNITAS MATUTINA, es preciso recordar que la verdadera religiosidad no es la que frecuenta ritos y cumplimientos exteriores, manejando un lenguaje de piedad estereotipada, imponiendo normas y obligaciones onerosas, respaldando esto con la imagen de un Dios justiciero y vengativo, como era el estilo de los sacerdotes del templo y de los maestros de la ley.
Justamente, en el movimiento de conversión suscitado por el Bautista y en la propuesta de Jesús, se marca un contraste radical con lo anterior, pues lo uno y lo otro llevan a la vida en el Espíritu, a la libertad de los hijos de Dios, a una existencia honesta y comprometida, a una relación fundamental con el Padre y con los hermanos, y a un estilo profético, fraterno, solidario, como lenguaje de coherencia con  esa conversión vivida y asumida.
Cuáles eran las pecaminosidades de ese tiempo y de ese contexto?La presencia dominante política y militar del imperio romano, el autoritarismo de este y el desprecio por el pueblo humilde, la imposición arbitraria de leyes, el desconocimiento de su identidad y de su cultura, las abismales diferencias sociales, escandalosas y contrarias al proyecto de Dios.
También la actitud de no conversión propia del judaísmo fundamentalista, que afirmaba que la única mediación posible de salvación era el cumplimiento milimétrico de todas las prescripciones de la ley, tanto en las determinaciones rituales como en las mil normas de la vida cotidiana, estableciendo un abominable dominio de ese ordenamiento sobre el ser humano y sobre sus legítimas aspiraciones de libertad.
Igualmente, buena parte del pueblo estaba seducido por sus líderes, dándoles la razón y legitimando su despotismo. Evocar estas condiciones nos da una mejor idea del significado del movimiento de Juan el Bautista y de su pasión por la genuina religiosidad.
Efecto saludable de esta celebración del Bautismo del Señor y de esta Palabra, ha de ser la de mirar críticamente las pecaminosidades de este tiempo, las nuestras propias y las de la sociedad. Seguimos conmovidos por el asesinato de los periodistas de la publicación francesa  Charlie Hebdo”, hecho que nos remite a todas las violencias presentes en este mundo, siempre inaceptables y penosamente frecuentes: Iraq, Afganistán, norte de la India, Boko Haram, las Bacrim, el narcotráfico con su estela criminal, paramilitares y guerrilleros, falsos positivos, constituyen las evidencias más dolorosamente elocuentes de este estado de desorden, requerido urgentemente de conversión.
También el modelo económico neoliberal, con su dictadura del mercado y del enriquecimiento de los grupos de poder, con sus siempre crecientes secuelas de pobreza y exclusión, la pérdida de la esperanza para miles de millones de seres humanos, las absurdas decisiones políticas y económicas de no pocos gobernantes, la insensibilidad social de muchos ricos y poderosos, la trivialidad de los medios de comunicación, el descuido del planeta y la destrucción de sus recursos naturales, el modo individualista y competitivo de tantos seres humanos que se olvidan por completo de la ética de la solidaridad, el irresponsable despilfarro de la sociedad de consumo, y el hedonismo dominante, la cultura de lo fácil y la ligereza y vaciedad de tanta gente en el mundo.
Sea  esta una  oportunidad para poner de presente que la fe cristiana, cuyo centro es el Señor Jesús, en su esencia no es ajena a las realidades de la historia, y por eso se enfrenta proféticamente con El mismo a la cabeza, para denunciar estas inconsistencias que tanto lesionan la dignidad de los humanos.
Los efectos malignos del pecado no se contraarrestan con simples actos de buena voluntad o con legislaciones y reformas. Se impone la presencia novedosa de  una realidad trascendente que entre a lo más hondo del corazón de las gentes de buena voluntad. Esto es la que se personaliza e historiza en la persona de Jesús, quien se une al movimiento del Bautista, significando con ello su misión de erradicar de los individuos y de la sociedad las consecuencias de este desorden.
A esto aluden las palabras de Marcos e Isaías: “En cuanto salió del agua, vió el cielo abierto y al Espíritu bajando sobre él como una paloma. Se escuchó una voz del cielo que dijo: Tú eres me Hijo querido, mi predilecto” (Marcos 1: 10 – 11); y “Miren a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi Espíritu, para que promueva el derecho en las naciones” (Isaías 42: 1).
En el contexto de la aceptación del bautismo por parte de Jesús, se explicita la elección que hace de él el Padre – Madre Dios para confiarle la misión de replantear de raíz la historia de la humanidad, desafiando las fuerzas del mal y la pecaminosidad ya señalada, configurándolo como el salvador y liberador, el que es capaz – teologalmente, humanamente – de abrir un horizonte de sentido y trascendencia, promoviendo esa nueva manera de vida, libre y redimida, que se manifiesta en las bienaventuranzas.
Así lo expresa el testimonio de Pedro, en la segunda lectura de este domingo: “ Ustedes  ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan. Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder; él pasó haciendo el bien y sanando a los poseídos del diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10: 37 – 38).
Estas palabras son la ratificación que hace la Iglesia Apostólica -  personificada en su líder y pastor primero, Pedro,  - de la misión y compromiso de Jesús, que la Iglesia nos destaca en estos comienzos del año litúrgico, como disposición para seguir juiciosamente su itinerario a lo largo de 2015, principalmente en los textos bíblicos que se nos ofrecen cada domingo.
Con Jesús, estamos llamados a escuchar las invitaciones a la conversión que nos hacen los signos de los tiempos, las personas y grupos sinceramente evangélicos y humanos, que señalan las incoherencias nuestras y las sociales, para comprometernos en esta tarea permanente, infatigable, exigente, de sacar de raíz el mal en las múltiples manifestaciones bien conocidas e inquietantes.
Esta misión es perfectamente descrita por Isaías: “Yo, el Señor, te he llamado para la justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la cárcel a los que habitan en tinieblas” (Isaías 42: 6 – 7).
Esta no es la tarea simplemente individual de Jesús. Con El , encabezándonos, estamos llamados como comunidad y pueblo creyente, a trabajar en esta faena de hacer del mundo un escenario de gracia y de dignidad. Este compromiso no admite evasivas ni descanso, es constante y creciente!

domingo, 4 de enero de 2015

COMUNITAS MATUTINA DOMINGO 4 DE ENERO SOLEMNIDAD DE LA EPIFANIA DEL SEÑOR



Lecturas
1.      Isaías 60: 1 – 6
2.      Salmo 71: 1 – 13
3.      Efesios 3: 2 – 6
4.      Mateo 2: 1 – 12
Siguiendo la  mejor y más saludable intencionalidad  de los relatos evangélicos, y en general de todos los escritos del Nuevo Testamento, debemos hacer el esfuerzo de salirnos de la mentalidad anecdótica con respecto a los mismos para entrar de lleno en la significación teologal, salvadora y liberadora, que nos brindan estos testimonios originales y originantes de nuestra fe.
Lo que hoy celebramos es la realidad universal del acontecimiento de este pequeño Jesús, nacido para nuestra salvación. En El , el Padre Dios se sale de los límites de Israel, desborda las fronteras del exclusivismo religioso de los judíos,  reconoce a los seres humanos de todos  los tiempos de la historia como potenciales beneficiarios y destinatarios  de este hecho definitivo, contenidos que se especifican  en las profundas y muy esperanzadoras lecturas que se nos proponen para este domingo de Epifanía.
La primera – de Isaías – se refiere a Jerusalén  como la ciudad símbolo del encuentro y de la convergencia : “Echa una mirada  a  tu alrededor y observa: todos esos se han reunido, vienen a ti; tus  hijos vienen de lejos, a tus hijas las traen en brazos” (Isaías 60: 4).
  Este reconocimiento viene  acompañado con el sentido de lo luminoso, de la luz que trae la salvación de Dios: “Mira, las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos; pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y acudirán los pueblos a tu luz ,los reyes al resplandor de tu aurora” (Isaías 60: 2 – 3).
Esta ciudad, centro del judaísmo, marcada por la cerrazón y el elitismo reflejados en la vanidad y sentimiento de superioridad de los sacerdotes del templo y demás líderes religiosos, ahora pretende ser re-significada por el mismo Dios que no se resiste a los mezquinos deseos de quienes  - equivocadamente! -  se constituyen en sus concesionarios exclusivos.
Desafortunadamente también  hoy – en pleno siglo XXI –  la ciudad santa, con su fuerte carga simbólica para judíos, cristianos y musulmanes, es el escenario de una de las mayores desavenencias del mundo contemporáneo, ciudad fraccionada, con la presencia en su seno de un conflicto permanente entre judíos y  palestinos, en permanente pie de guerra, desafiando pecaminosamente la iniciativa ecuménica e incluyente de Dios, realidad favorecida por la intransigencia  de sus dirigentes, siempre inspirados por el apetito  desordenado del poder y por la malsana afirmación de su dominio.
Y, a pesar de esto, peregrinos del  mundo entero, de las tres religiones monoteístas, vienen a ella con fe y esperanza, para honrar confiadamente al Dios de Abraham, el mismo que se ha manifestado con plenitud en Jesús, Alá, el compasivo , el misericordioso, haciendo caso omiso de la beligerancia político – militar de las facciones enfrentadas, y rescatando ese seductor mensaje de inclusión , de reconocimiento a las expectativas de sentido de todos los humanos, de reiteración  del Dios que se ofrece  a la totalidad del género humano .
Así, el  Muro de las Lamentaciones, los  sitios  bíblicos , especialmente los que fueron escenario del ministerio del Señor Jesús, la Gran Mezquita, se empeñan en mantenerse vigentes como escenarios de plegaria al único Dios,  y como expresiones de la vocación primera de la nueva Jerusalén: “ Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro,  y proclamando las alabanzas del Señor” (Isaías 60: 6).
Comenzando el año, cuando hacemos los énfasis  propios de nuestros respectivos proyectos de vida, individuales y comunitarios, conviene afirmar el denso significado  humano y espiritual  del diálogo interreligioso y ecuménico, el reconocimiento respetuoso de la diversidad de tradiciones religiosas,  el aprecio por sus aportes al desarrollo de una más noble condición humana, con  sus dimensiones de sabiduría y espiritualidad, asumiendo que en este diálogo está contenida una de las mejores posibilidades para lograr los propósitos  ideales de convivencia, de ejercicio de la dignidad humana,  de feliz coexistencia en el pluralismo,  de paz y de reconciliación.
En la amorosa fragilidad de este apasionante Dios expresado en el Niño Jesús se nos convoca a esta conciencia de universalidad e inserción en las tareas comunes a todos los hombres y mujeres de  buena voluntad, donde nos encontramos todas las tradiciones religiosas y humanistas, superando el fundamentalismo y la intolerancia, aceptando felizmente  que el Espíritu es multiforme “ y sopla  hacia donde quiere” (Juan 3:8) ,  sin sacrificar en lo más mínimo la identidad y las convicciones propias de cada credo,  y detectando que en su esencia estas son de diálogo y apertura.
Desde ya, COMUNITAS MATUTINA invita a un encuentro ecuménico e interreligioso  para  el domingo 24 de mayo, en  la Solemnidad de Pentecostés, con el fin de afianzar estas  opciones, que consideramos sustanciales para nuestra manera de vivir las relaciones con Dios y con todas las personas.
Aquí cabremos todos y todas, los judíos, los musulmanes, los cristianos de las diversas denominaciones, anglicanos, ortodoxos, luteranos, reformados, bautistas, presbiterianos, católicos, pentecostales, metodistas, los creyentes de las grandes tradiciones del  oriente, también los de nuestros ancestros indígenas y afroamericanos. Oportunamente les comunicaremos los detalles. Reserven esta fecha en  su agenda!
El texto de la carta a  los Efesios reafirma esta conciencia de universalidad , realidad que tiene el  más decisivo significado, manifestada ahora por el antiguo y radical fariseo Pablo, ahora convertido en   comprometido testigo y apóstol del cristianismo primitivo: “ Lean mi carta y comprenderán cómo entiendo el misterio de Cristo: este misterio no se dió a conocer a los hombres  en  las generaciones pasadas; sin embargo, ahora se ha revelado a sus santos apóstoles y profetas inspirados. Y consiste en esto: que por medio de la Buena Noticia los paganos comparten la herencia y las promesas de Cristo Jesús, y  son miembros del mismo cuerpo” (Efesios 3: 4 – 6).
En los tiempos recientes esta afirmación paulina está avalada por el  magisterio del Concilio Vaticano II (1962 – 1965), respaldado con  la autoridad  de los papas Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, lo mismo que por el movimiento ecuménico, el Consejo Mundial de Iglesias, la reflexión de la teología y las prácticas  solidarias y fraternales de tantos creyentes,   sólida  garantía que da crédito a esta irrupción del Espíritu en la historia de los últimos sesenta años.
Verdadero signo de los tiempos que se traduce en la reflexión y apropiación de lo multicultural y multirreligioso, en la transgresión profética de los círculos cerrados, en la conciencia de la total gratuidad del don de Dios, en una globalización sanamente contestataria que aspira a contrarrestar los efectos disolventes, unilaterales, nocivos, de una globalización de mercados y  medios de comunicación, abiertamente adversa a los intereses de la fraternidad entre los humanos.
Un modo de ser que ha de caracterizar a los creyentes de las múltiples creencias  religiosas  y espirituales es el de la apertura , la disposición para advertir en lo que es distinto de cada uno las semillas del Verbo, la acción pro – vocadora  de la Palabra que no se constriñe a espacios cerrados, la certeza de que en  la llamada salvadora de Dios hay una invitación de El mismo que es intencionalmente universal y global para establecer la diferencia cualitativa con la estrechez de miras propia de los exclusivismos religiosos, políticos, étnicos, socioculturales, ideológicos, que tanto mal y tanta violencia han traído al mundo.
Que el nacimiento de Jesús es de alcance universal lo deja claro el relato de Mateo, que tipifica en los tres magos de oriente , símbolos ellos de este ecumenismo salvífico y de la esperanza de todos los hombres y mujeres del mundo en una trascendencia salvadora, liberadora, redentora, transformadora, dotadora  de sentido en cuanto significación de esa realidad misteriosa que nos desborda , a la que llamamos Dios, que en Jesús se inclina misericordiosamente para hacerse parte de la humanidad, llevando esta a la plenitud de su divinidad: “Por entonces sucedió que unos magos de oriente se presentaron  en  Jerusalén preguntando: dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Vimos su estrella en el  oriente y vinimos a adorarle” (Mateo 2: 1 – 2).
El texto marca también el contraste entre Jesús y Herodes. El primero es el heredero de las promesas de Israel, esperanza de todos los pueblos de la tierra, y el segundo manifiesta la fuerza destructiva del mal y de muchos de los judíos de ese tiempo, que abiertamente rechazaron al maestro condenándolo y llevándolo a la muerte en la cruz.
Asi hoy, por gracia de Dios y respuesta generosa de tantos y de tantas, hay muchos que son lenguaje de  pascua y de vitalidad, relatando con sus vidas a este Dios total, Padre de todos y de todas, compasivo y  misericordioso, siempre comprometido con sus creaturas, y conscientes de que el poder del mal no termina de empeñarse en ofender sus intenciones creadoras y liberadoras, razón que nos invita a todos a estar en permanente vigilancia.
Con Baltasar, Melchor y Gaspar, nos  identificamos con todas las gentes, con todas las culturas, con todas las sociedades, y con ellos nos inclinamos para adorar este misterio maravilloso y seductor, genuina Epifanía : “Al ver la estrella se llenaron de una inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron el   niño con su madre, María, y postrándose le adoraron; abrieron sus tesoros y le ofrecieron como regalos, oro, incienso y mirra” (Mateo 2: 10 – 11).

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