domingo, 2 de octubre de 2016

COMUNITAS MATUTINA 2 DE OCTUBRE DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO



“Asì también ustedes, cuando ya hayan cumplido todo lo que Dios les manda, deberán decir: Somos servidores inútiles, porque no hemos hecho màs que cumplir con nuestra obligación”
(Lucas 17: 10)
Lecturas:
1.   Habacuc 1: 2 – 3 y 2: 2 – 4
2.   Salmo 94: 1 – 9
3.   2 Timoteo 1: 6 – 8 y 13 – 14
4.   Lucas 17: 5 – 10

Como es habitual en El, Jesùs nos manda a revisar en profundidad mentalidades y actitudes relativas a asuntos esenciales de la vida, y lo hace con lenguaje desafiante, para indicar la densidad de lo que està planteando. Asì,en las lecturas de hoy, la de Lucas, precedida por la de Habacuc, se nos remite a la realidad de la fe, cuestionando las comprensiones deficientes que tenemos de ella.
En la revelación bíblica la fe no consiste en el asentimiento a una serie de definiciones doctrinales, esta es  algo mucho màs radical y decisivo, se trata de la confianza en alguien, de depositar la garantía de la propia vida en una o en varias personas, comprometiendo la totalidad del ser y del quehacer en este acto, que también exige la fidelidad como actitud de permanente recreación de esa confianza.
Vamos por partes y entremos a comprender lo que se expresa en el texto del profeta Habacuc: “Hasta cuando, Yahvè, pedirè auxilio, sin que tù escuches, clamarè a tì: violencia! , sin que tù salves? Por què me haces ver la iniquidad, mientras tù miras la opresión?” (Habacuc 1: 2 – 3), angustioso clamor que nos pone frente a la gran pregunta que surge cuando en el mundo se dan tantos males e injusticias, principalmente en contra de inocentes, inquietud que està en la raíz de muchos desarrollos del pensamiento, algunos de ellos tomados por el sentimiento trágico de la vida.
De inmediato nuestra sensibilidad recorre los escenarios trágicos de la humanidad, como estos que hemos vivido en Colombia durante tantos años, propiciados por grupos de personas que recurren a la violencia para eliminar a quien piensa o cree distinto, para ejercer retaliación por otros crímenes, para presionar a las autoridades a tomar un determinado tipo de decisiones, para afianzar poder y demostrar superioridad, unas y otras autènticas encarnaciones del mal, hechas penosa realidad en comunidades donde la mayoría de sus integrantes son creyentes y buenas personas.
Vuelve a nosotros el drama existencial de Job, que simboliza el sufrimiento del inocente, la tentación de capitular y renunciar a la fe y a la esperanza, culpar a Dios de lo que es responsabilidad humana y caer en un permanente estado de desencanto y sin sentido. Este es uno de los grandes núcleos de realidad que nos presenta la revelación bíblica, haciendo eco a lo que es vivenciado por casi todos en la humanidad.
No es  la resignación de víctimas que sucumben ante estas tragedias , lo que propone la lógica de la fe genuina , sino la confianza en ese Dios único y personal, en quien se encuentra la capacidad para afrontar de modo transformador la adversidad, el fracaso, la enfermedad, la injusticia, el mal en sus múltiples concreciones, la muerte.
Esto último  es lo que hace decir al profeta: “Sucumbirà quien no tiene el alma recta, mas el justo por su fidelidad vivirà” (Habacuc 2: 4). Vamos aquí a hacer memoria de nuestras penurias, de los momentos de crisis y oscuridad, de las carencias que parecen no tener respuesta, de la conciencia y experiencia de la muerte, pero principalmente  de la forma como hemos encarado estas situaciones lìmite de la existencia.
La última palabra sobre la vida de los humanos no la tienen los señores de la muerte, ni los provocadores de injusticias y destrucciones, aunque en determinado momento su poder parezca avasallador y ganancioso. Lo decisivo para nosotros proviene de Dios, señor de la historia, quien gratuitamente nos dota de la capacidad creyente, del estilo fuerte para cambiar el significado de lo trágico y mortal en señales de vida y de esperanza, a partir de la confianza radical en El.
Estas consideraciones nos llevan directamente a lo que suscita el texto que nos trae hoy el relato de Lucas: “Dijeron los apóstoles al Señor: auméntanos la fe. El Señor respondió: si tuvieran una fe como un grano de mostaza, habrìan dicho a este sicomoro: arràncate y plántate en el mar, y les habrìa obedecido” (Lucas 17: 5 – 6). Con esto da pie a una amonestación que cuestiona el poner la seguridad en las buenas obras y en las pràcticas religiosas, en cuanto acumulación de mèritos y autojustificaciòn, para abrir la puerta a la confianza en Dios, tema reiterado en los exigentes retos que Jesùs pone a los fariseos y similares.
Los que se pasan la vida acumulando mèritos no confían en Dios sino en sì mismos, mentalidad que también està presente en sus discípulos directos, a quienes se dirige en primer tèrmino este desafío. Igualmente, la parábola del servidor cuya única obligación es cumplir con lo mandado sin mèrito alguno, también es una crìtica a este tipo de personas que sòlo confían en la observancia de la ley como única alternativa de salvación. Es el eterno dilema entre la fe y las obras, asunto clave que ocupò las reflexiones y la espiritualidad de aquel fraile alemán Martìn Lutero (1483 – 1546), cuyas inquietudes finalmente derivaron en lo que conocemos como la Reforma Protestante, en cuya base està el esfuerzo por recuperar el sentido legìtimo de la fe como  confianza en Dios, de donde proviene la justicia  gratuita y nunca recompensadora de cumplimientos y observancias.
De esta manera, somos conducidos   a descubrir lo que realmente somos, ir al fondo de nuestro ser como gran ejercicio de confianza, despojarnos de màscaras y apariencias para entrar confiados en el misterio de nuestra humanidad, experiencia que a su vez nos permite entrar en el espacio de Dios en cuanto principio y fundamento de todo lo que somos y hacemos.
En la respuesta que da Jesùs quiere dar a entender que la petición que le hacen los discípulos està mal planteada. No se trata de cantidad sino de autenticidad. El no les podía aumentar la fe porque no la tenìan ni en su màs mínima expresión, esta tiene que crecer desde dentro, y para ello pone el ejemplo sencillísimo del grano de mostaza, comparación que nos pone en contacto con las realidades germinales de la vida, que son asì de simples y por lo mismo contenedoras potenciales de una nueva manera ser en Dios.
Lo que Jesùs les dice no està referido a una promesa de poderes mágicos para realizar portentos, que es lo que ordinariamente se entiende y lo que moviliza a muchos en materia religiosa, demandando milagros, sanaciones, sin comprometer la propia vida en un nuevo proceso de mejor humanidad según el Evangelio. Para El,  la fuerza de Dios ya està en cada uno de nosotros, para quien tiene confianza esa energía se podrá desplegar en servicio, en solidaridad, en fraternidad, en vida recta y justa.
Lo opuesto a la fe es la idolatrìa, el poner las seguridades en realidades humanas absolutizadas, y darles a estas un pretendido poder salvador y liberador, sacando del escenario al verdadero Dios que se nos revela amorosamente para que seamos auténticamente humanos. La fe es una actitud personal fundamental que imprime un rumbo definitivo a la existencia.
Los testimonios de los grandes creyentes son relatos de Dios que nos ayudan a comprender la respuesta de Jesùs, que suena dura por escueta y contundente pero estimulante para encontrar el sentido real de la fe. Esta constatación es una llamada a ejercer con nosotros mismos una autocrìtica profunda en perspectiva de superación de los miedos que nos paralizan, de las evasiones con las que queremos justificar el no compromiso y el ejercicio de la responsabilidad de transformar esta historia sin el recurso a la consabida y decadente mentalidad milagrera.
Tambièn en la vida social se viven las consecuencias de esta pobre disposición, no se confía en las personas, se cultiva  con exceso el ser lobos los unos para los otros, todo se reglamenta  y  se cobra, se cosifica a la gente y se la instrumentaliza, las relaciones humanas están mediadas por normas y coacciones y no por credibilidad,  y se cuantifican los resultados  como si el asunto fuera una demostración de cantidad y acumulación. Un verdadero escàndalo: la humanidad sometida a las leyes del mercado y de la ganancia egoísta!!
La fe – confianza bíblica supone también la esperanza y el amor, las tres adquieren su pleno significado cuando se entrelazan. Esto es lo que sucede en los buenos creyentes cuando corren el riesgo de confiar ,feliz aventura en la que se juega el sentido de la vida, tal como Abrahàn, Moisès, los profetas, Marìa, Pablo, los discípulos después de la experiencia pascual.
Lo que dice Pablo a Timoteo en la segunda lectura de hoy es una concreción de la fe ideal, la que lo apuesta todo por Dios, por el ser humano, por la creación: “Por tal motivo, te recomiendo que reavives el carisma de Dios que està en tì por la imposición de mis manos. Piensa que el Señor no nos diò un espíritu de timidez sino de fortaleza, de caridad y de templanza. No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de Nuestro Señor, ni de mì, su prisionero. Al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios” ( 2 Timoteo 1: 6 – 8).
Superada la idea de la fe como creencia en conceptos o como dotación de poderes extraordinarios, y aceptado que se trata de confianza radical en este Dios incondicional, estamos llamados a transitar por senderos de una humanidad que se configura teologalmente, sin providencialismos, con entera responsabilidad para gestar un mundo de gratuidad humanizante, de trabajo hombro a hombro con el prójimo para construir relaciones de confianza en la relación fundante con el Tù constitutivo que es Dios y con el tù referido a los demás  que se torna en nosotros – comunidad, al estilo del Señor Jesùs.

domingo, 25 de septiembre de 2016

COMUNITAS MATUTINA 25 DE SEPTIEMBRE DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO

“Si no hacen caso a Moisès y a los profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite”
(Lucas 16: 31)
Lecturas:
1.   Amòs 6: 1 y 4 – 7
2.   Salmo 145: 7 – 10
3.   1 Timoteo 6: 11 – 16
4.   Lucas 16: 19 – 31
El mensaje de Jesùs que, en uno de sus elementos màs determinantes, lleva a optar preferencialmente por los pobres y a denunciar con crudeza la indiferencia de los ricos, con seguridad resulta antipático y reiterativo para muchos. Què hacer ante esto? Callar o limar la aspereza de estos contenidos para no perder adeptos? O mantenerse firme en el vigor original del Evangelio,  aùn a costa de resultar ingratos a los ojos de quienes viven sumergidos en el mundo de las riquezas?
Siguiendo al mismo Jesùs, todo indica que la actitud cristiana seria es la segunda. Este es – una vez màs – el énfasis que nos ofrece el texto de Lucas escogido para este domingo, evangelio que destaca la conciencia misericordiosa  del Señor con respecto a los excluìdos y oprimidos,  cuyas carencias son resultado de la insensibilidad de los que disfrutan con exageración egoísta de los bienes materiales, tipificados en el rico Epulòn de la parábola .
La primera lectura, del profeta Amòs,  como el domingo anterior, conecta con esta intención de Jesùs: “Ay de los que se sienten seguros en Siòn y de los que confían en la montaña de Samarìa, la gente màs notable de la capital de las naciones, a quienes acude la casa de Israel!” (Amòs 6: 1), este texto – del siglo VIII antes de Cristo – inspira la parábola que trae a cuento Lucas para contrastar la desmedida abundancia del rico Epulòn y la dramática pobreza de Làzaro, cuya necesidad no conmueve a aquel.
Amòs vivió en un contexto muy parecido, con gente millonaria que se podía dar toda clase de lujos y derroches, y multitud de pobres que a duras penas sobrevivìan, tal como sucede en nuestro tiempo. Este profeta se dirige a la clase alta de las dos capitales – Jerusalèn y Samarìa – y denuncia con rigor su forma de vida: “Los que beben vino en anchas copas y se ungen con los mejores perfumes, pero no lamentan el desastre de Josè” (Amòs 6: 6), refirièndose con tal alusión a lo que sucede en todo el país.
Como castigo, Amòs les anuncia: “Por eso, ahora iràn al destierro a la cabeza de los cautivos y cesarà la orgìa de los sibaritas” (Amòs 6: 7), texto que participa de la doctrina de la retribución, propia del Antiguo Testamento, asì también lo que padece Epulòn, consecuencia  de su nulo interés por la persona de Làzaro.
Esta parábola es clave para entender mucho de lo que en el evangelio se dice constantemente sobre la actitud ante el dinero y los bienes que con èl se pueden adquirir,  mensaje que nos lleva con gran realismo a mirar el escàndalo del abismo entre ricos y pobres, la sociedad de consumo con su infinidad de objetos innecesarios, el consumismo y el despilfarro que caracterizan a los países del primer mundo y a las clases pudientes en el mundo entero, en contravía del hambre, del desempleo, de la miseria, en la que viven miles de millones de personas, los Làzaros de todos los tiempos de la historia, cuya carencia no es producto de la casualidad sino efecto incuestionable   de un modelo socioeconómico que necesita producir pobres a gran escala para mantenerse “en equilibrio”.
Hay que hacer una advertencia esencial para no errar en la interpretación de este texto de Lucas: el premio del pobre y el castigo del rico no se quedan en la “otra vida”. Recordamos la durísima crìtica del marxismo clásico cuando desvela la religión como opio del pueblo, al invitar a todos los últimos del mundo a resignarse con su miseria prometiéndoles que en el màs allà serán premiados con la bienaventuranza y la salvación eternas.
 Tal promesa es definitivamente inmoral y antievangélica porque uno de los elementos sustanciales de la Buena Noticia de Jesùs es la reivindicación real, histórica, del ser humano en su integridad, abierto a la trascendencia pero trabajando con ahinco para que en justicia se le reconozcan sus derechos y su dignidad. Este es el motivo  que anima la conciencia humana y cristiana cuando propende con machacona insistencia por la solidaridad con todos los condenados de la tierra.
Para comprender por què el rico, que comìa y vestìa de lo suyo, es lanzado al infierno, debemos referirnos brevemente al concepto de rico y de pobre en la Biblia. Para nosotros el uno y el otro son conceptos que aluden a una situación social y económica. Rico es el que posee mucho màs de lo necesario para vivir y puede acumular bienes en demasìa, y pobre es el diametralmente opuesto, el que carece de todo, el que vive en constante necesidad, con el agravante de que , en general, su condición apenas mueve a compasiones ocasionales, a limosnas fruto de piedades del momento, sin tocar en su raíz la estructuras de la sociedad que promueven este estado de cosas.
Pobres, en el Antiguo Testamento, sobre  todo a partir del destierro en Babilonia, eran aquellos que no tenìan otro valedor que Dios. Se trataba de los desheredados de este mundo, que no tenìan nada en què apoyar su existencia, no tenìan a nadie en quien confiar, pero seguían confiando en Dios. Tal confianza era la que los hacìa gratos a Yavè , que no les podía fallar. Por eso en este contexto, lo sociológico no se puede desligar de lo religioso.
Hagamos el esfuerzo de revisar con detenimiento informes socioeconómicos de países ricos y de países pobres, de sociedades ricas en países pobres y veamos los indicadores de posibilidades de acceso a los bienes básicos, al mínimo vital, en contraste con el consumo, el gasto irresponsable, los excesos de quienes tienen mucho màs allà de lo necesario para una vida digna. Es claramente escandaloso, contradictorio, y habla pèsimamente del mundo en el que vivimos y del modelo social y económico que favorece estas distancias de riquezas desbordantes y pobrezas que paralizan a tantos seres humanos.
Continuamente los medios de comunicación nos traen imágenes dolorosas: los migrantes de países africanos, de Siria, de Pakistàn, de Amèrica Latina, de Afganistàn, buscando afanosamente ingresar a los países de Europa Occidental o a Estados Unidos y Canadà, soñando encontrar allì la solución a sus inmensas necesidades. Y, de otra parte, las políticas de los gobiernos de estos países opulentos, que restringen estas poblaciones y las devuelven a su drama, cuando no mueren en el mar sin lograr su intento.
Tengamos en cuenta el clamor intenso del Papa Francisco quien, desde el comienzo de su ministerio como Obispo de Roma y antes, en su pastoreo de la Iglesia de Buenos Aires, llama la atención sobre esta seudocultura opulenta que trata a muchos seres humanos como desechables y los “descarta” porque no son funcionales para el sistema de producción y de consumo: “Mientras tanto, los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente. Asì se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas” (Encìclica Laudato Si: sobre el cuidado de la casa común, número 56).
Jesùs quiere hacernos caer en cuenta de una falsa actitud religioso – moral, que es la de confundir rectitud a los ojos de Dios con el cumplimiento de las minuciosidades rituales y legales que se absolutizan con detrimento de la justicia y solidaridad debidas a quienes carecen de todo. La verdadera religiosidad – para El – reside en la construcción de una comunidad de hermanos, donde la dignidad humana sea el principio decisivo de la misma.
Siguiendo aquello de “caridad es hacer hombres, no mendigos”, estamos llamados a superar el asistencialismo y paternalismo de las caridades de momento para dar paso a un paradigma en el que la solidaridad sea estructurante de todo el tejido social, disminuyendo al mismo tiempo la abundancia de los ricos y la carencia de los pobres en la perspectiva de bienes compartidos en igualdad de condiciones, trascendiendo también los intereses políticos y económicos de los grupos de poder, de una y otra tendencia ideològica.
Proponer esto asì resulta de alto idealismo, quijotesco si se quiere, pero este debe ser el horizonte ètico que inspire una nueva humanidad. De lo contrario, seguiremos sometidos al designio funesto de seres humanos que utilizan a sus semejantes como mercancías y los descartan cuando nos les resultan ùtiles, mientras aquellos siguen anestesiados en su mundo de excesos.
No podemos desarrollar nuestra religiosidad sin contar con el pobre. Un cierto tipo de predicación incompleta del cristianismo, olvidando lo sustancial del Evangelio, ha desarrollado un individualismo casi absoluto, haciendo de la relación con Dios un tratamiento vertical que desconoce al prójimo. En el mensaje original de Jesùs el camino para llegar a Dios es el compromiso solidario con el prójimo, afirmación que  no admite medianìas ni discursos que la oscurezcan. El verdadero grado de acercamiento a Dios es el acercamiento al otro, todo lo demás es idolátrico.
Pablo, en la parte final de su primera carta a Timoteo, exhorta a este a vivir en la nueva humanidad, que es definitiva para este proyecto de fraternidad entre los seres humanos: “Tù, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas; corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura” (1 Timoteo 6: 11).

El rico Epulòn es la vieja humanidad, la que ignora el sufrimiento del hermano, la que desperdicia y gasta sin sentido ètico, la que es incapaz de la justicia y de la projimidad. Si bien, nuestra esperanza està cifrada en una plenitud total màs allà de la muerte, que llamamos salvación, nuestra historia actual, y en ella nosotros como actores comprometidos, debemos hacer de la misma un sacramento anticipado de esa trascendencia total, dedicándonos sin reservas a la restauración de los caìdos por causa de la inequidad y de la riqueza irresponsable.

domingo, 18 de septiembre de 2016

COMUNITAS MATUTINA 18 DE SEPTIEMBRE DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO



“Ningùn criado puede servir a dos señores, porque aborrecerà a uno y amarà al otro; o bien se dedicarà a uno y despreciarà al otro. No pueden servir a Dios y al dinero”
                                               (Lucas 16: 13)
Lecturas:
1.   Amòs 8: 4 – 7
2.   Salmo 112: 1 – 8
3.   1 Timoteo 2: 1 – 8
4.   Lucas 16: 1 – 13

Como es tendencia dominante en los evangelios, en esta parábola del administrador sagaz que nos presenta hoy el relato de Lucas, Dios se nos evidencia como el único Señor al que vale la pena dedicarse por entero, porque en El se encuentran la genuina libertad y la genuina humanidad. Es, una vez màs, la afirmación contundente del principio constitutivo del reino de Dios y su justicia, como categoría determinante de un proyecto de vida trascendente, liberado y liberador.
Podemos entender el texto en su contexto: la confrontación de Jesùs con los fariseos, a quienes Lucas caracteriza como avaros y siempre dispuestos a ridiculizar sus enseñanzas, haciéndole preguntas y comentarios capciosos para descubrirlo como infractor de la ley judía y contrario a sus principios y tradiciones jurídico – religiosas.
Partiendo del ejemplo del administrador astuto, de la habilidad con la que maneja su crisis con el amo,  ganándose el favor de los acreedores de este último, Jesùs nos lleva a descubrir valores que son claves para el nuevo proyecto de vida que èl propone: nosotros no somos dueños de los bienes materiales sino administradores, a  partir de una ética del compartir y de la projimidad, con la prioridad bien conocida de los pobres y excluìdos, reiteración que seguramente resulta molesta a muchos, pero que es imperativo explicitarla porque hace parte sustancial de esta propuesta.
Vayamos a la primera lectura – del profeta Amòs – para ambientar con mayor precisión las reflexiones de este domingo: “Escuchen esto los que pisotean a los pobres, los que quieren suprimir a los humildes de la tierra. Dicen: cuàndo pasarà el novilunio para poder vender el grano y el sábado para dar salida al trigo, achicar la medida y aumentar el peso, cambiando las balanzas para robar, para comprar por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias, y vender hasta el salvado del grano?” (Amòs 8: 4 – 6).
Palabras fuertes y de altísima severidad en contra de los ricos y explotadores - con total vigencia en el desequilibrado e injusto mundo de hoy! – con las que el profeta denuncia esos corazones pervertidos por la ambición de riquezas y pertenencias sin compadecerse de las necesidades y carencias de los màs pobres, idòlatras del dios dinero al que se someten indignamente.
En el profetismo de Israel el acatamiento del verdadero Dios va de la mano del compromiso ètico y humanitario con los humillados y ofendidos del mundo, tal como lo hemos planteado  continuamente en estas reflexiones dominicales.
El desarrollo emancipatorio del siglo XX con su afirmación del primado de la razón crìtica e ilustrada, proyectada en el conocimiento científico, se olvidò del asunto fundamental de la solidaridad y de la sensibilidad con esos otros èticos que son los prójimos abatidos por la pobreza, por la negación de sus derechos, y se obnubilò con el progreso de la tecnología, con la lógica desmedida del mercado, y cambiò los ideales humanistas por los de un desarrollo desalmado, en cuya raíz hay una perversidad intrínseca, que es la de concentrar la riqueza en pocas manos, creando miseria y hambre en las mayorìas.
 A este tipo de concepción hay que señalar crìticamente como alienación de la condición humana. Aquì se inscribe la praxis de Jesùs que denuncia la idolatrìa del dinero y  advierte sobre la pecaminosidad que allì se contiene. De ahì que èl nos diga con tanta claridad:”Ningùn criado puede servir a dos señores, porque aborrecerà a uno y amarà al otro; o bien se dedicarà a uno y despreciarà al otro. No se puede servir a Dios y al dinero” (Lucas 16: 13).
Los ídolos que quitan al ser humano su dignidad y su libertad son el dinero, el afán enfermizo de riquezas, la absolutización del poder, con lo que se pasa por encima de los seres humanos y se los instrumentaliza como medios para lograr estos fines de modo despiadado.
En este sentido es el mensaje de Amòs, profeta del siglo VIII antes de Cristo, que cuestionò fuertemente la impiedad de sus contemporáneos, manifestada en el recurso a trampas para obtener màs ganancias, como dice la cita referida, y en el comercio humano reflejado en el tràfico y compra de seres humanos como esclavos.
No caigamos en la tentación de mirar atrás en la historia para justificarnos y decir que son cosas de tiempos pasados. Para superar esa tendencia irresponsable dejemos que estas cifras nos ilustren al respecto: el 20 % de los màs ricos del planeta controlan el 83 % de la producción mundial; el 20 % de los màs ricos del planeta controlan el 81 % del gasto de energía; ese mismo 20 % , controla el 80.5 % del ahorro, ellos mismos controlan el 80.6 % de la inversión del mundo. Y también: las 350 personas màs ricas del mundo reciben en la actualidad rentas equivalentes al ingreso de 2.400 millones de seres humanos, el 45 % de la población del planeta, con el escàndalo de que estos últimos se debaten dìa a dìa entre la vida y la muerte, a causa de la miseria que genera el maligno sistema económico que domina en nuestro tiempo.
Por eso, la advertencia de Jesùs, aludiendo a la astucia de ese administrador, es una invitación a cambiar totalmente nuestra manera de pensar y de sentir, no sòlo por ir a contracorriente de ese desorden, sino porque muchas veces los principios que lo sostienen tienen su argumento en creencias religiosas que ponen a Dios de parte de los ricos y de los poderosos, justificando asì la injusticia con los màs desfavorecidos. Quien quiera vivir cumpliendo la voluntad de Dios no puede hacer parte de ese juego inmisericorde.
Cuando nos dice: “Y es que los hijos de este mundo son màs sagaces con los de su clase que los hijos de la luz!” (Lucas 16: 8) nos està invitando a tener una astucia según el Evangelio para comprometernos en un modo de vida que sea de servicio, de comunión, de solidaridad, de responsabilidad ètica con los prójimos caìdos,  que demandan de nosotros una transformación radical de esa lógica de ganancia egoísta por una de fraternidad y de gratuidad.
Cada uno, en ejercicio de un discernimiento responsable, debe encontrar la manera de actuar con sagacidad para conseguir el mayor beneficio, no para el yo falseado por el egoísmo y por el dinero, sino para el verdadero ser, cuyos rasgos descansan en la entrega sin reservas al bien del prójimo, con miras a generar una cultura de la solidaridad.
Cabe asì detectar la sinceridad de nuestras intenciones y de las conductas que resultan de allí. Y esto debe remitirnos a examinar esos estilos de excesiva confianza en las cosas externas: dinero, posesiones, prestigio social, títulos, relaciones, indicadores funestos del “ser bien” que nos alejan de Dios y del hermano. Jesùs propone que seamos sagaces para deducir de allì ventajas espirituales, esas sì profundamente humanas y solidarias.
Estos criterios egoístas han hecho carrera y se han “normalizado”, hasta el punto de convertirse en notas  de identificación de la gente sensata, seria  y respetable, todo esto canonizado por la aprobación de la buena sociedad. No hace falta dar muchas vueltas para comprobar que ponemos màs interés en lo material que en lo espiritual. Asì, resulta penoso verificar que personas que han tenido acceso a una buena formación humana y acadèmica, tengan en esta materia de ética esencial y de projimidad unas mentalidades deplorables por su cortedad de miras y por su egoísmo disfrazado de sensatez, apariencias deleznables que claman al cielo!
Definitivamente, servir a dos dioses, en los términos de disyuntiva que nos presenta Jesùs, es descubrir una esencial incompatibilidad. El Dios que se nos revela en Jesùs no es un tirano programador de conciencias, ni se satisface con el servilismo y con la miseria, El es un Padre que tiene en la dignidad humana su  màs profunda y comprometedora sacramentalidad, el rostro de Dios es el del prójimo que requiere ser reconocido como humano merecedor de todo bien.
El dinero, los bienes materiales, las cosas, las posesiones, no son asuntos de exclusividad individual y de goce solitario, en esta nueva ética que surge de la Buena Noticia ellos adquieren su verdadero significado cuando se ponen al servicio de los hermanos, cuando se inspiran en una lógica de comunión y de participación.
Esto también tiene relación directa con el actual proceso de paz que vivimos en Colombia, la violencia es – en muchísimas de sus expresiones – el recurso desesperado de los que quieren lograr el cumplimiento de sus derechos porque a través de las vìas legales e institucionales no han podido hacerlo. Esta constatación también implica una seria responsabilidad de quienes no hemos tomado las armas pero hemos pecado por omisiòn, con silencio cómplice y con  una vida hundida en comodidades que nos insensibilizan ante el dolor de los pobres.
Nuestra vida no puede tener dos fines últimos, sòlo podemos tener uno. Todos los demás objetivos tienen que ser penúltimos, es decir, orientados al último y definitivo , que es el que hemos venido planteando. El asunto de Jesùs reside en que pongamos todo lo que somos y tenemos al servicio de lo que vale de veras, que es – dicho escuetamente – el reconocimiento afectivo y afectivo de la dignidad humana, principalmente la de aquellos que son víctimas del sistema. Esto es normativo para quien quiera tomar en serio su condición de cristiano!

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