domingo, 11 de marzo de 2018

COMUNITAS MATUTINA 11 DE MARZO DOMINGO IV DE CUARESMA



“Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”
(Juan 3: 16)
1.   2 Crónicas 36: 14-23
2.   Salmo 136
3.   Efesios 2: 4-10
4.   Juan 3: 14-21
En nuestra manera corriente de hablar sobre Dios solemos referirnos a su amor, a su misericordia, a su compasión, un contenido así hace parte integral de la tradición con la que nos ha sido inculcado el sentido de la trascendencia divina. Sin embargo, al detenernos en el significado de tal expresión,  contrastándola con muchas realidades personales y sociales encontramos notables, escandalosas incoherencias y fracturas. Predicamos comprensión y condenamos con violencia a quienes – según cierta soberbia moral y religiosa – no cumplen con los cánones de la buena conducta que se ajusta a los designios de Dios.
 Ejemplo de esto son las interminables homofobias surgidas en el mundo cristiano, la anatematización de los no creyentes, la condena hacia quienes disienten del pensamiento cristiano oficial, el estilo “anti” de muchos predicadores que ven en lo mundano un enemigo de la fe. Son comportamientos que no tienen nada que ver con el amor de Dios que muchos dicen profesar y vivir.
Al respecto recordamos aquella parábola de Jesús en Mateo 18: 23-35, llamada por la traducción bíblica “La Biblia: libro del Pueblo de Dios” la parábola del servidor despiadado, el que fue perdonado por su rey de una deuda de diez mil talentos, pero después fue a tratar inmisericordemente a uno de sus compañeros que le debía dinero: “Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: Miserable!, me suplicaste y te perdoné la deuda. No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti? E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía” (Mateo 18: 31-34).
El texto es fuerte y suficientemente claro en lo que quiere transmitir , una lógica novedosa , sustancialmente distinta de la habitual justicia de la humanidad, es la de la misericordia y el perdón, tan apremiante en Colombia y en muchos lugares del mundo actual.
El sentido de venganza, la agresividad manifiesta contra los que piensan y proceden distinto, las múltiples condenas de origen religioso, las exclusiones, la violencia cruda de las izquierdas y las derechas, los crímenes de lesa humanidad, los atentados permanentes contra la dignidad humana, las determinaciones de gobiernos y organismos de poder que destruyen la convivencia pacífica, muchas de ellas surgen de ambientes que se dicen creyentes y “comprometidos” (¿???) con el amor de Dios.
Donde está el punto de quiebre que lleva a estas inconsistencias? La Palabra que se nos comunica en este domingo nos lleva a hondas consideraciones de conversión para aplicarnos  con seriedad a superar el lugar común “Dios es amor” pasádolo  a nuestras motivaciones, actitudes, conductas, dejando de lado la consideración piadosa y tornándolo en esencia de nuestra manera de proceder.
Una lectura panorámica de los tres textos – 2 Crónicas, Efesios, Juan – nos permite apreciar la constante: el amor de Dios.
En la primera,  provoca la liberación de los judíos ignominiosamente desterrados en Babilonia, suscitando al rey Ciro como el caudillo generoso y justo que va a guiarlos hacia la libertad; en la segunda dice Pablo: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó….” (Efesios 2: 4); en el evangelio Juan refiere la famosa frase, que ha hecho carrera en el mundo cristiano: “Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Juan 3: 16).
Esto, qué tiene que ver con nuestra vida? Nos hemos detenido a considerar los alcances del amor de Dios para nosotros mismos y para nuestros contextos  sociales y eclesiales? Nos decimos creyentes firmes y participamos de las incoherencias ya  señaladas? Nos encanta participar en condenas y grupos “anti” porque nos sentimos guardianes de la fe y de la moral? Ayudamos a manipular las mentes incautas para que se involucren en estas fobias de tipo farisaico? Vamos a misa y  después condenamos implacablemente las debilidades del prójimo?
La primera lectura – de 2 Crónicas – nos conduce  al remoto contexto de la cautividad de los judíos en Babilonia,  sucede en el año 539 antes de Cristo, es lo mismo que los modernos campos de refugiados, los desplazamientos forzados de la población humilde, las “hazañas” de los paramilitares colombianos despojando a la buena gente de sus tierras y pertenencias, las atrocidades del gobierno sirio y de Estado Islámico con la sociedad civil de tan  atribulado país, los crímenes del gobierno de la etnia Hutu, en la Ruanda de los años noventa, contra los tutsis, hasta exterminar el 75 % de estas comunidades. Qué dicen estos acontecimientos trágicos a nuestra sensibilidad que cree en el Dios del amor y de la misericordia?
Dios mueve la conciencia de Ciro, rey de Persia, para que incline su voluntad hacia la liberación de los judíos; el texto recuerda los pecados del pueblo y de sus dirigentes: “De la misma manera, todos los jefes de Judá , los sacerdotes y el pueblo multiplicaron las infidelidades, imitando todas las abominaciones de los paganos y contaminaron el Templo que el Señor se había consagrado en Jerusalén” ( 2 Crónicas 36: 14), sigue enumerando sus graves faltas, evidenciando la ira divina propia de algunos contextos del Antiguo Testamento, pero al final suscita el liderazgo esperanzador del rey Ciro, que cambia la venganza por la indulgencia – lenguaje claro de Dios – para favorecer al pueblo judío: “Así habla Ciro, rey de Persia: el Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, de Judá. Si alguno de ustedes pertenece a este pueblo, que el Señor, su Dios, lo acompañe y que suba” (2 Crónicas 36: 23).
Dios se vale de la mediación de Ciro para cumplir fielmente su palabra de misericordia y de compasión, la tradicional imagen del Dios vengativo-iracundo del Antiguo Testamento cede el paso al Dios solidario y amoroso con su pueblo.
 El único motivo por el que perdona y mueve a Ciro a liberar a los judíos es por ser fiel a su palabra. Nos ha sucedido esto en la vida? Nos ha pasado que, a pesar de haber sido infieles y deshonestos con alguien, hemos experimentado su delicadeza, sin odio alguno, y hemos recibido el beneficio del perdón? Es el gran indicador de la sensibilidad cristiana, de la finura de conciencia, de la genuina conducta coherente con tan desbordante ejercicio de amor y de cercanía misericordiosa.
El evangelio enfoca el amor y el perdón de Dios de forma universal,  amor de altísima exigencia porque le cuesta la condenación y la muerte de su propio Hijo: “Porque Dios amó tanto al mundo , que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él” (Juan 3: 16-17). En la mediación humana y divina de Jesús el Padre está significando con eficacia su intención misericordiosa-amorosa para que nada del ser humano se pierda y fracase.
Qué consecuencias podemos deducir de esta intención salvadora de Dios?
-      Asumir, aunque no sea agradable, que somos responsables de egoísmos, de discriminaciones, de injusticias, de complicidad con la deshumanización del mundo, con violencias. A esto hay que ponerle nombre claro: se llama pecado, ruptura con el amor de Dios y con el que debemos al  prójimo.
-      Que no somos nosotros los salvadores de nosotros mismos, que no nos damos el sentido de la vida por nuestros propios medios, que hay un Misterio desbordante de amor en el cual se consuma plenamente el significado del ser humano y de su historia.
-      Que es otro, distinto de nosotros, llamado Jesús el Cristo, él, su vida, su humanidad, su encarnación en las realidades del mundo, la humillación y condena a la que  fue sometido por el egoísmo de los hombres religiosos y morales de su país, la realidad decisiva que nos salva y libera de toda ambigüedad pecaminosa.
Usando la metáfora del evangelio, es como si un potente foco de luz cayese sobre nosotros poniendo al descubierto nuestra debilidad: “Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios” (Juan 3: 20-21).
No todos estamos dispuestos al máximo ejercicio de humildad que es reconocernos pecadores, deficientes en el amor, responsables de males para Dios y para el ser humano, nos buscamos argumentos para justificar tales procederes, los arropamos con razonamientos aparentemente “sensatos”, seguimos insistiendo en que lo hemos hecho para salvar las “verdades” de Dios y de la moral, no somos capaces de afrontar el grave pecado del desamor.
Esta iniciativa de salvación universal es concretada por Pablo en su carta a los Efesios, comunidad de nuevos cristianos de la ciudad de Efeso ( en la actual Turquía), a estos hombres y mujeres, llamados paganos por los judíos, que no hacen parte de este “pueblo elegido”, también les llega el favor ilimitado de Dios, porque también son hijos suyos: “Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús. Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios; y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2: 7-9).
El amor de Dios no se anda con medidas restrictivas, con escatimar sus dones, El no sabe de poquedades, lo suyo es el amor desbordante, siempre deseoso de la plenitud y salvación de todos los humanos, sin excepción, sin favoritismos. Hemos apropiado esta convicción y ella es patente  en nuestro estilo de vida? Estamos dispuestos a hacer de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad ámbitos de convivencia amorosa, de respeto y de inclusión, de apertura a la diversidad, de sano pluralismo humano y evangélico? Tenemos el coraje de vivir sin reservas el acontecimiento liberador del amor de Dios en todo lo que somos y hacemos, al estilo de Jesús?

domingo, 4 de marzo de 2018

COMUNITAS MATUTINA 4 DE MARZO DOMINGO III DE CUARESMA



“Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas , derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi padre una casa de comercio”
(Juan 2: 15-16)

Lecturas:
1.   Exodo 20: 1-17
2.   Salmo 18
3.   1 Corintios 1: 22-25
4.   Juan 2: 13-25
El Señor Jesucristo es, en el  nombre de Dios Padre-Madre y en el de la dignidad del ser humano, Señor de la libertad. Nada en él es argumento para dar soporte a esclavitudes, sometimientos serviles, normativas opresoras, rituales alienantes, todo lo suyo es Buena Noticia de salvación y de liberación. Un énfasis notable del tiempo cuaresmal es el de caminar hacia la libertad pascual, histórica y trascendente, siguiendo nuestro énfasis de no reducir esta temporada a  prácticas piadosas, individuales, desconectadas de este desafío fundante de la plenitud de todo lo humano en Jesucristo. Las lecturas de este domingo nos ofrecen juiciosos elementos para discernir nuestra vida en este sentido.
El texto central viene con el evangelio, narrando la conocida escena en la que Jesús, con ira santa, expulsa a los vendedores y cambistas del Templo de Jerusalén. Vamos a desentrañar la fuerza simbólica del relato. Conocemos bien su postura ante la religión judía de su tiempo, sus frecuentes encuentros con los sacerdotes , fariseos, maestros de la ley, no precisamente para conciliar sino para denunciar proféticamente la inconsistencia de su modelo religioso, basado no en la conversión del corazón sino en la interminable minuciosidad de cumplimientos y observancias, con la correspondiente actitud de autojustificación, desconocedora de la gratuidad de los dones del Señor.
José María Castillo, conocido teólogo español, tiene en este asunto uno de los núcleos de su reflexión, que aporta valiosos elementos para una mejor comprensión y vivencia del camino cristiano: “Ahora bien, cuando la religión se entiende y se interpreta como poder y, sobre todo, cuando la religión se practica como poder, inevitablemente la religión entra en conflicto con la vida. Porque, en este caso, la religión se antepone a la vida, hasta exigir el sacrificio de la vida misma con tal de salvar y asegurar la integridad de la religión. Lo cual, en el fondo, es salvar y asegurar la integridad del poder camuflado en la religión. Todos sabemos de sobra hasta qué punto la historia de tantas religiones está manchada de sangre humana, por causa del planteamiento que acabo de indicar sumariamente” (CASTILLO,José María. El Reino de Dios: por la vida y la dignidad de los seres humanos. Desclée De Brower, Bilbao 1999, páginas 106-107).
Es una afirmación fuerte, indudablemente, que llama la atención sobre los excesos alienantes de ciertas mentalidades y prácticas religiosas. Esto es lo que hace Jesús en el relato evangélico, su gesto se inscribe en el de aquellos profetas bíblicos tan severos con sus instituciones religiosas: “Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio” (Juan 2: 13-16).
Juan sitúa la expulsión de los vendedores y cambistas al comienzo del ministerio público de Jesús, este dato es significativo para enmarcar la orientación de su misión,  su postura crítica ante la religión y su conocido énfasis del Reino de Dios y su justicia como nuevo orden de vida en la libertad y en el amor para promover la dignidad del ser humano en clave teologal, liberándolo de los poderes opresores, como en este caso lo son la religión así planteada y el dinero, con sus correspondientes conductas que frustran la libertad.
La actitud de Jesús expresa la abolición de todo el sistema sacrificial del culto antiguo, dando paso a una novedosa manera de relación entre Dios y la humanidad, caracterizada por el amor que libera, por la solidaridad entre los hombres, por la práctica de la justicia, superando el esquema “mercantil” de querer comprar el favor de Dios aplacándolo con sacrificios rituales, a esto se refiere cuando dice: “No hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio” (Juan 2: 16).
Esta actuación de Jesús está fortalecida por lo que los evangelistas llaman “proceder con autoridad”. Lo entendemos mejor si hacemos el contraste. Los sacerdotes del Templo, los maestros de la ley y los escribas, detentaban el poder religioso, eran los jefes del culto, los intérpretes autorizados de la ley, los directores de la conciencia y conducta del pueblo. Jesús no tiene este tipo de poder, lo suyo es “autoridad” procedente de Dios, que no es para dominar y establecer un nuevo sistema de leyes de religión, sino para inaugurar con su Buena Noticia el tiempo de esperanza que redime de toda esclavitud, empezando por esta de la ley y haciendo posible una lógica misericordiosa y solidaria que rescata-redime  al ser humano de tan ignominiosas opresiones.
Por eso los judíos le solicitan la justificación de su proceder: “Qué signos nos das para obrar así?” (Juan 2: 18), con su respuesta: “Destruyan este Templo y en tres días lo volveré a levantar” (Juan 2: 19), es claro que no está aludiendo a un tiempo cronológico sino el significado redentor del templo de su cuerpo. Sólo después de la resurrección los discípulos y las primeras comunidades cristianas comprendieron el significado de las palabras “en tres días lo volveré a levantar” (Juan 2: 19), para llegar a esta captación fue necesario el trabajo del Espíritu que les resignificó el testimonio de las Escrituras y las enseñanzas de Jesús. Recordemos que todos los relatos evangélicos son formulados en clave postpascual, en esa medida son interpretaciones de toda la historia del ser humano llamado Jesús de Nazareth para descubrir en él al Cristo de la de la fe.
El simbolismo de la revelación mesiánica de Jesús es sumamente resaltado en la confrontación con el Templo, así se está enfatizando  una nueva identidad. El templo de Jerusalén es el símbolo central del poder de la gloria de la nación judía. El evangelio se vale de otro  símbolo conocido para indicar esta presentación mesiánica de Jesús: el látigo para significar la fuerza con la que irrumpe la era mesiánica, con su actitud él arroja de este nuevo espacio profético a los comerciantes religiosos y a quienes encarnan este poder ominoso. Así, declara la invalidez del culto de los potentados, y la infamia de utilizar a Dios como justificación de su conducta explotadora.
Estamos ante un nuevo estilo de sabiduría, que no procede ni con la lógica religiosa de los judíos, ni con la política de los romanos, ni con la excesivamente racional de los griegos: “Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos” (1 Corintios 1: 22-24).
Jesús escandaliza porque su modo de proceder no se inspira en el poder religioso, tampoco en el político, sino en lo que con Pablo conocemos como la locura de la cruz, desafiante de todos los poderes humanos: “Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres” (1 Corintios 1: 25).
Bien sabemos que todos los grupos judíos esperaban la llegada de un reino y de un poderoso Mesías, unos con triunfalismo político-militar, otros como severo reformador moral y otros como legislador religioso, con el fin de hacer más radicales los distintos estilos de poder que se implican en esas visiones mesiánicas. Jesús desconcierta porque no responde a esas expectativas, con su tajante oposición al templo y al dinero involucrado en el comercio religioso, con un sistema económico que estaba peligrosamente instaurado, como diciendo “el que paga tiene el favor de Dios, el que más paga   tiene derecho a más favores divinos”, esto es , para Jesús, una empresa que explota económicamente al pueblo, puro fraude de lo sagrado!
Este templo es casa del mercado y allí el Dios es el dinero. Al llamar a Dios mi Padre lo saca del ámbito excluyente del templo y lo pone en una relación familiar, de cercanía misericordiosa. La relación se desacraliza y se familiariza. En la casa del Padre no caben ni el comercio ni la explotación, siendo casa-familia-hogar acoge a todos los que necesitan reconocimiento, amor, dignidad, afecto.
Jesús da un paso más en esta confrontación radical al proponerse él mismo como santuario de Dios. En su reino no se requieren templos sino cuerpos vivos, estos son los nuevos templos, existenciales, experienciales, plenos de la vitalidad del Padre, porque El vino a proponer una humanidad restaurada a partir del principio de la ultimidad de la vida en cuerpos que viven con dignidad. Sobre esta base radica la esperanza de que es posible otra manera de vivir, otra manera de creer, con plenitud de sentido en Dios y en el prójimo.
Cuando Yavé, en el libro del Exodo dice: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud. No tendrás otros dioses delante de mí” (Exodo 20: 2-3), está haciendo la más definitiva afirmación del carácter esencialmente liberador de su plan para el ser humano, tipificado en el pueblo israelita que se sacude del dominio del faraón para retornar a su tierra prometida, espacio de la libertad y de la dignidad. El Dios único, es el aval de la liberación humana.
 Los ídolos del poder y del dinero, de la arrogancia autosuficiente y de la vanidad, del individualismo que no sabe de solidaridad, son exorcizados por este Dios que promueve al ser humano para que vive libre y se abra así a su definitiva trascendencia en El y en el prójimo, en el que se puede sentar libremente a disponer de la mesa de la vida en igualdad de condiciones con todos sus semejantes. Esta es la ruta cuaresmal: ser libres en Jesucristo!

Archivo del blog