domingo, 18 de marzo de 2018

COMUNITAS MATUTINA 18 DE MARZO DOMINGO V DE CUARESMA


“Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”
(Juan 12: 24)

Lecturas:
1.   Jeremías 31: 31-34
2.   Salmo 50
3.   Hebreos 5: 5-9
4.   Juan 12: 20-33
En días recientes tuvimos la emocionante noticia de la próxima canonización del Beato Oscar Romero, el arzobispo mártir de San Salvador en Centro América, asesinado por orden de altos dirigentes de su país el 24 de marzo de 1980, en el contexto de la brutal represión que ese gobierno, sus latifundistas, empresarios y políticos , ejercían contra la población civil, principalmente campesinos, estudiantes, sacerdotes, religiosas, líderes sociales, personas vinculadas a la acción pastoral de la Iglesia. El Arzobispo Romero levantó su voz de profeta para denunciar con la máxima severidad todos esos desafueros, convirtiéndose en el gran defensor de los pobres y de sus derechos humanos.
Por lo anterior, los poderosos de El Salvador, dieron la orden de asesinarlo para luego festejar el crimen. En el Beato Romero se cumple a la perfección aquello que dice Jesús: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna” (Juan 12: 23-25).
Entregar la propia vida para que haya vida en abundancia, dar todo de sí mismo sin reservarse nada, ofrecer todo el ser para que reinen la dignidad y la justicia, desgastarse por amor, comprometerse hasta las últimas consecuencias en nombre del máximo ideal de Dios que es la plenitud del ser humano, histórica y trascendente, es la apuesta radical de Jesús, y, en consecuencia, es el referente decisivo de la existencia cristiana. Este es el planteamiento de la Palabra en el último domingo de cuaresma: estamos dispuestos a seguir a Jesús en este camino, en el cumplimiento de su hora, como lo vivió el Beato Romero?
Hoy el evangelio empieza con la petición a los discípulos  de unos griegos y extranjeros que desean conocer a Jesús, recordemos  que ya la ciudad de Jerusalén está llena de visitantes, judíos que llegan ante la inminente celebración de las fiestas pascuales, y muchos forasteros atraídos por la natural curiosidad que suscitan los acontecimientos de multitudes, también porque han escuchado hablar de un inusual personaje, Jesús de Nazareth.
En el relato de Juan llegar a Jerusalén tiene una densidad simbólica superior, está asociado con aquello de “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado” (Juan 12:23), es el tiempo en el que Jesús va a experimentar las consecuencias de sus opciones y de sus actuaciones, confrontando el establecimiento religioso judío.
Si bien se trata de una festividad exclusivamente judía, la presencia de los griegos-gentiles denota la perspectiva universalista de la misión de Jesús. El evangelista pone allí la expresión para indicar que su ministerio desborda los límites estrechos del ámbito religioso-social del judaísmo, la propuesta de Jesús abarca la humanidad entera.
Una constatación así nos remite a tantas prácticas y grupos religiosos que se sienten destinatarios exclusivos de los beneficios de Dios, elegidos con revelaciones particulares, cultivadores de sentimientos de superioridad con respecto a los que no son como ellos, mentalidad excluyente, moralista, farisaica, que se siente con derecho a excomulgar a quienes –según ellos – no han merecido el favor divino. Son interminables los grupos cerrados, las sectas, los nuevos gnósticos, los iluminados, que afectan gravemente la comunión de la Iglesia y de la humanidad, con todas sus implicaciones de fanatismo y de fundamentalismo.
De forma diametralmente opuesta, la lección fundamental que quiere dar Jesús es la del amor oblativo, el amor que da todo lo máximo de sí mismo y que, por ese perderse a sí mismo, es generador de vida en abundancia. La carta a los Hebreos contiene una excelente reflexión teológica sobre este asunto que es esencial para comprender el proyecto de Jesús y lo que esto exige para quienes deseamos seguir su camino, habla ella de un sacerdocio no entendido como función cultual, como burocracia religiosa, sino como ofrenda total de la vida: “El dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hebreos 5: 7-9).
El sacerdocio del templo de Jerusalén era una élite religiosa, dotada de poderes rituales y legales, con un claro sentido de superioridad sobre el resto del pueblo, y con una constante actitud despectiva hacia este por considerarlo incapaz de llegar a las cumbres de la religiosidad , como ellos la entendían, desbordada de minucias rituales y de formalidades externa, y siempre ajena a la humilde conversión del corazón a Dios y al prójimo.
Con Jesús se inaugura una mediación cualitativamente distinta, es la ofrenda de la propia vida, perder esta por amor es la forma de ganarla para la vida plena de Dios, morir a los propios intereses es la genuina manera de vivir, como la del Beato Romero y las de tantos otros que no han vacilado en implicar su existencia “hasta la muerte y muerte de cruz” para que sus hermanos sean reconocidos en justicia y dignidad, según el querer del Padre.
Así, estamos ante un punto alto de la revelación cristiana. En Jesús, se expresa el acceso de la humanidad a la captación de esta paradoja. El ser humano, asumido por esta mediación redentora y liberadora, se hace capaz de amar, de salir completamente de su intimidad y de  darse todo por amor. La auténtica humanidad tiene su fundamento en este des-centramiento. Es la ratificación del mandato de Jesús: “Amense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por aquellos a quienes se ama” (Juan 15: 12-13).
En COMUNITAS MATUTINA tenemos una gran sensibilidad ante aquellas narrativas elocuentes del amor de Dios hecho humanidad. Los mártires del cristianismo primitivo, el heroísmo de tantos creyentes que no han vacilado en la denuncia de las arbitrariedades de los poderosos, la solidez testimonial de quienes han comparecido ante tribunales sedientos de venganza, los protectores de la dignidad humana, los servidores de la fe y de la justicia, las vidas inmoladas para afirmar los derechos de sus prójimos.
Aquí en Colombia y en el mundo son innumerables los relatos de activistas sociales, dirigentes campesinos y obreros, amas de casa, gentes de a pie, todas ellas empeñadas en un mundo más humano, muchos de ellos en nombre del Evangelio de Jesús. Ayer apenas sabíamos, con inmensa tristeza, del asesinato de la líder social y política Mariella Franco, de Brasil, su vida sacrificada por  siniestros señores de la muerte. En todos ellos se cumple con creces la advertencia del Señor, el que no cae en tierra y no muere, es infecundo; el que sí, se inscribe en su historia de Señor de la vida.
A qué debemos morir? En esta hora neoliberal que vive el mundo, aunque se hayan dado tantos adelantos tecnológicos y científicos, se impone reconocer un escandaloso atraso en materia de humanización, la realización de la solidaridad y de la justicia está muy distante de un cumplimiento ideal, los intereses del gran capital siguen despojando de sus bienes a la mayoría de la población mundial, la pobreza y el desplazamiento cada vez se hacen más grandes y trágicas, las grandes potencias del mundo y los grupos financieros y productivos sólo velan por sus intereses, mientras su depredación arrolla a muchos y acaba con los recursos naturales, la sociedad de consumo crea paraísos ficticios, la privatización de los servicios sociales para achicar el tamaño del estado maltrata las mayorías empobrecidas.
Es una ideología totalmente contraria al Evangelio y a los humanismos saludables, es la nueva y vergonzosa religión del egoísmo y de la insolidaridad. Totalmente inaceptable que esto sea el culmen de la historia, como lo anunciara en mala hora el escritor Francis Fukuyama en su libro “El fin de la historia y el último hombre”, a propósito de la caída del muro de Berlín y de la crisis económico-política del modelo soviético.
La inconformidad surge por doquier, muchos movimientos sociales se alzan contra el desorden establecido, se imponen nuevos dinamismos que impacten de raíz tanta injusticia y malignidad.
 La voz del Papa Francisco, la del Beato Romero, se alzan para confrontar los abominables ídolos del poder y del dinero, la invitación de Jesús  a ser granos de trigo fecundos cobra exigente actualidad. No es posible desperdiciar la vida en el confortable individualismo de esta sociedad ahogada en tecnología y en bienestar, requerimos con urgencia  de hombres y mujeres solidarios y compasivos.
Es Jesús un icono de arqueología religiosa, cuya memoria se celebra por simple inercia de los siglos? O su vida, su palabra, su cruz, su amor desmedido, siguen interpelando nuestra indiferencia?  Qué quieren decir hoy sus palabras: “Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Juan 12: 31-32).
Aliarse con Dios para hacer una nueva humanidad es el reto mayor y determinante, abiertos a todas las iniciativas que el ser humano emprende para construír sentido, para cultivar la esperanza, para hacer viable la dignidad, para impedir que los profetas de desgracias y los dueños del poder sigan destruyendo ideales e ilusiones.
Como dice Jeremías: “Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días – oráculo del Señor – pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jeremías 31: 33). Este compromiso, cuya aspiración es la de ser indisoluble, tiene su punto cimero en aquellos que se disponen a dar la vida, a ser grano de trigo semilla de justicia, a no quedarse en sus indiferentes refugios, a dejarse crucificar como Jesús, como Romero.

domingo, 11 de marzo de 2018

COMUNITAS MATUTINA 11 DE MARZO DOMINGO IV DE CUARESMA



“Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”
(Juan 3: 16)
1.   2 Crónicas 36: 14-23
2.   Salmo 136
3.   Efesios 2: 4-10
4.   Juan 3: 14-21
En nuestra manera corriente de hablar sobre Dios solemos referirnos a su amor, a su misericordia, a su compasión, un contenido así hace parte integral de la tradición con la que nos ha sido inculcado el sentido de la trascendencia divina. Sin embargo, al detenernos en el significado de tal expresión,  contrastándola con muchas realidades personales y sociales encontramos notables, escandalosas incoherencias y fracturas. Predicamos comprensión y condenamos con violencia a quienes – según cierta soberbia moral y religiosa – no cumplen con los cánones de la buena conducta que se ajusta a los designios de Dios.
 Ejemplo de esto son las interminables homofobias surgidas en el mundo cristiano, la anatematización de los no creyentes, la condena hacia quienes disienten del pensamiento cristiano oficial, el estilo “anti” de muchos predicadores que ven en lo mundano un enemigo de la fe. Son comportamientos que no tienen nada que ver con el amor de Dios que muchos dicen profesar y vivir.
Al respecto recordamos aquella parábola de Jesús en Mateo 18: 23-35, llamada por la traducción bíblica “La Biblia: libro del Pueblo de Dios” la parábola del servidor despiadado, el que fue perdonado por su rey de una deuda de diez mil talentos, pero después fue a tratar inmisericordemente a uno de sus compañeros que le debía dinero: “Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: Miserable!, me suplicaste y te perdoné la deuda. No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti? E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía” (Mateo 18: 31-34).
El texto es fuerte y suficientemente claro en lo que quiere transmitir , una lógica novedosa , sustancialmente distinta de la habitual justicia de la humanidad, es la de la misericordia y el perdón, tan apremiante en Colombia y en muchos lugares del mundo actual.
El sentido de venganza, la agresividad manifiesta contra los que piensan y proceden distinto, las múltiples condenas de origen religioso, las exclusiones, la violencia cruda de las izquierdas y las derechas, los crímenes de lesa humanidad, los atentados permanentes contra la dignidad humana, las determinaciones de gobiernos y organismos de poder que destruyen la convivencia pacífica, muchas de ellas surgen de ambientes que se dicen creyentes y “comprometidos” (¿???) con el amor de Dios.
Donde está el punto de quiebre que lleva a estas inconsistencias? La Palabra que se nos comunica en este domingo nos lleva a hondas consideraciones de conversión para aplicarnos  con seriedad a superar el lugar común “Dios es amor” pasádolo  a nuestras motivaciones, actitudes, conductas, dejando de lado la consideración piadosa y tornándolo en esencia de nuestra manera de proceder.
Una lectura panorámica de los tres textos – 2 Crónicas, Efesios, Juan – nos permite apreciar la constante: el amor de Dios.
En la primera,  provoca la liberación de los judíos ignominiosamente desterrados en Babilonia, suscitando al rey Ciro como el caudillo generoso y justo que va a guiarlos hacia la libertad; en la segunda dice Pablo: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó….” (Efesios 2: 4); en el evangelio Juan refiere la famosa frase, que ha hecho carrera en el mundo cristiano: “Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Juan 3: 16).
Esto, qué tiene que ver con nuestra vida? Nos hemos detenido a considerar los alcances del amor de Dios para nosotros mismos y para nuestros contextos  sociales y eclesiales? Nos decimos creyentes firmes y participamos de las incoherencias ya  señaladas? Nos encanta participar en condenas y grupos “anti” porque nos sentimos guardianes de la fe y de la moral? Ayudamos a manipular las mentes incautas para que se involucren en estas fobias de tipo farisaico? Vamos a misa y  después condenamos implacablemente las debilidades del prójimo?
La primera lectura – de 2 Crónicas – nos conduce  al remoto contexto de la cautividad de los judíos en Babilonia,  sucede en el año 539 antes de Cristo, es lo mismo que los modernos campos de refugiados, los desplazamientos forzados de la población humilde, las “hazañas” de los paramilitares colombianos despojando a la buena gente de sus tierras y pertenencias, las atrocidades del gobierno sirio y de Estado Islámico con la sociedad civil de tan  atribulado país, los crímenes del gobierno de la etnia Hutu, en la Ruanda de los años noventa, contra los tutsis, hasta exterminar el 75 % de estas comunidades. Qué dicen estos acontecimientos trágicos a nuestra sensibilidad que cree en el Dios del amor y de la misericordia?
Dios mueve la conciencia de Ciro, rey de Persia, para que incline su voluntad hacia la liberación de los judíos; el texto recuerda los pecados del pueblo y de sus dirigentes: “De la misma manera, todos los jefes de Judá , los sacerdotes y el pueblo multiplicaron las infidelidades, imitando todas las abominaciones de los paganos y contaminaron el Templo que el Señor se había consagrado en Jerusalén” ( 2 Crónicas 36: 14), sigue enumerando sus graves faltas, evidenciando la ira divina propia de algunos contextos del Antiguo Testamento, pero al final suscita el liderazgo esperanzador del rey Ciro, que cambia la venganza por la indulgencia – lenguaje claro de Dios – para favorecer al pueblo judío: “Así habla Ciro, rey de Persia: el Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, de Judá. Si alguno de ustedes pertenece a este pueblo, que el Señor, su Dios, lo acompañe y que suba” (2 Crónicas 36: 23).
Dios se vale de la mediación de Ciro para cumplir fielmente su palabra de misericordia y de compasión, la tradicional imagen del Dios vengativo-iracundo del Antiguo Testamento cede el paso al Dios solidario y amoroso con su pueblo.
 El único motivo por el que perdona y mueve a Ciro a liberar a los judíos es por ser fiel a su palabra. Nos ha sucedido esto en la vida? Nos ha pasado que, a pesar de haber sido infieles y deshonestos con alguien, hemos experimentado su delicadeza, sin odio alguno, y hemos recibido el beneficio del perdón? Es el gran indicador de la sensibilidad cristiana, de la finura de conciencia, de la genuina conducta coherente con tan desbordante ejercicio de amor y de cercanía misericordiosa.
El evangelio enfoca el amor y el perdón de Dios de forma universal,  amor de altísima exigencia porque le cuesta la condenación y la muerte de su propio Hijo: “Porque Dios amó tanto al mundo , que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él” (Juan 3: 16-17). En la mediación humana y divina de Jesús el Padre está significando con eficacia su intención misericordiosa-amorosa para que nada del ser humano se pierda y fracase.
Qué consecuencias podemos deducir de esta intención salvadora de Dios?
-      Asumir, aunque no sea agradable, que somos responsables de egoísmos, de discriminaciones, de injusticias, de complicidad con la deshumanización del mundo, con violencias. A esto hay que ponerle nombre claro: se llama pecado, ruptura con el amor de Dios y con el que debemos al  prójimo.
-      Que no somos nosotros los salvadores de nosotros mismos, que no nos damos el sentido de la vida por nuestros propios medios, que hay un Misterio desbordante de amor en el cual se consuma plenamente el significado del ser humano y de su historia.
-      Que es otro, distinto de nosotros, llamado Jesús el Cristo, él, su vida, su humanidad, su encarnación en las realidades del mundo, la humillación y condena a la que  fue sometido por el egoísmo de los hombres religiosos y morales de su país, la realidad decisiva que nos salva y libera de toda ambigüedad pecaminosa.
Usando la metáfora del evangelio, es como si un potente foco de luz cayese sobre nosotros poniendo al descubierto nuestra debilidad: “Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios” (Juan 3: 20-21).
No todos estamos dispuestos al máximo ejercicio de humildad que es reconocernos pecadores, deficientes en el amor, responsables de males para Dios y para el ser humano, nos buscamos argumentos para justificar tales procederes, los arropamos con razonamientos aparentemente “sensatos”, seguimos insistiendo en que lo hemos hecho para salvar las “verdades” de Dios y de la moral, no somos capaces de afrontar el grave pecado del desamor.
Esta iniciativa de salvación universal es concretada por Pablo en su carta a los Efesios, comunidad de nuevos cristianos de la ciudad de Efeso ( en la actual Turquía), a estos hombres y mujeres, llamados paganos por los judíos, que no hacen parte de este “pueblo elegido”, también les llega el favor ilimitado de Dios, porque también son hijos suyos: “Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús. Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios; y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2: 7-9).
El amor de Dios no se anda con medidas restrictivas, con escatimar sus dones, El no sabe de poquedades, lo suyo es el amor desbordante, siempre deseoso de la plenitud y salvación de todos los humanos, sin excepción, sin favoritismos. Hemos apropiado esta convicción y ella es patente  en nuestro estilo de vida? Estamos dispuestos a hacer de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad ámbitos de convivencia amorosa, de respeto y de inclusión, de apertura a la diversidad, de sano pluralismo humano y evangélico? Tenemos el coraje de vivir sin reservas el acontecimiento liberador del amor de Dios en todo lo que somos y hacemos, al estilo de Jesús?

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