domingo, 22 de abril de 2018

COMUNITAS MATUTINA 22 DE ABRIL DOMINGO IV DE PASCUA


“Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí; del mismo modo, el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre, y doy mi vida por las ovejas”
(Juan 10: 14-15)
Lecturas:
1.   Hechos 4: 8-12
2.   Salmo 117
3.   1 Juan 3: 1-2
4.   Juan 10: 11-18
El texto del evangelio de este domingo tiene su contexto en la polémica sostenida entre Jesús y los fariseos, luego de la curación del ciego de nacimiento, contenida en el capítulo 9 de Juan, cuando esos hombres religiosos se escandalizaron, como solían hacerlo, cuando les llevaron al hombre con su vista recuperada: “Algunos fariseos comentaban: Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros decían: pero cómo puede un pecador realizar semejantes signos? Y había disensión entre ellos” (Juan 9: 16-17), luego cuando se dirigen a los padres del invidente para comprobar si lo era de nacimiento, estos  se atemorizan y no dan el testimonio pedido porque: “Sus padres decían esto por miedo a los judíos, pues estos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno lo reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga” (Juan 9: 22).
Los maestros de la ley y  los fariseos, bien conocidos porque continuamente nos referimos a su postura religiosa de rigorismo legalista y de soberbia por sentirse los perfectos observantes de la ley judía, siempre están a la caza de pecadores, muy lejanos de la misericordia y de la compasión, sin comprometerse en una sincera conversión del corazón a Dios y al prójimo, y con el deseo de perseguir y excluír a quien no procede como ellos. Ese mismo modelo se repite en los fundamentalistas religiosos de nuestro tiempo.
 Por eso, en el ambiente  de sospecha de ellos hacia Jesús, este hace su reflexión – puesta en boca suya por el evangelista Juan y por la comunidad en la que se origina este evangelio – para salir al paso de su escándalo;  con máxima severidad les responde al final del capítulo: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos. Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: Es que también nosotros somos ciegos? Jesús les respondió: Si fueran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, su pecado sigue en ustedes” (Juan 9: 39-41). Les recomendamos leer completo el capítulo 9 de Juan para enterarse bien del contexto y poder así apropiar mejor la reflexión que tradicionalmente llamamos del buen pastor.
Jesús alude fuertemente a los fariseos: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, que no es propietario de las ovejas, las abandona y huye, cuando ve venir al lobo; y el lobo hace presa en ellas y las dispersa. Como es asalariado no le importan nada las ovejas” (Juan 10: 11-13),  confrontación extremadamente rigurosa!
Lo que dice Jesús a estos fariseos es una denuncia en toda regla, más allá de la anécdota puntual , es una nueva manifestación de su parte para poner en tela de juicio la lógica religiosa del judaísmo, que se pretende superior por su fijación obsesiva en el aspecto de los ritos y de las minuciosas observancias jurídicas, en las que se cifra el mérito del ser humano ante Dios, sin mirar en lo más mínimo la dimensión de su espiritualidad y sus implicaciones en la conducta cotidiana, especialmente en lo referente al prójimo y, más exactamente, al prójimo humillado y escarnecido por la injusticia de sus semejantes. No traen la buena noticia de Dios, son mercenarios que imponen cargas desbordantes de injusticia!
Queda claro también que todo poder – en este caso el religioso – que no se pone al servicio del pueblo , es contrario a Dios. Es el asunto clave que plantea la reflexión del buen pastor, que piadosamente en los medios católicos se asigna solamente a los obispos y a los sacerdotes. No es estrictamente así, lo que está proponiendo Jesús es una manera de ser y de vivir que se extiende, sin excepción, a todo el que aspire a seguir su camino, para marcar un contraste con aquellos que sólo se interesan por sí mismos, por sus tinglados legales, por sus ambiciones de poder y de dinero,  por sus egos y sus privilegios, por sus deseos desordenados de dominar y oprimir a quienes no tienen sus posibilidades. A estos es a quienes Jesús llama con fuerza profética “asalariados y mercenarios”, palabras fortísimas que contienen un juicio a tales  maneras de ser y de proceder.
Este evangelio fue escrito setenta años después de la muerte de Jesús y nos cuenta lo que ese grupo de primeros cristianos pensaban de él. Ellos se sentían dirigidos por él, a su proyecto ofrecían sus vidas, y por eso estaban comprometidos en seguir sus directrices. En el Antiguo Testamento el título de pastor se asignaba a Dios o a los dirigentes; en el tiempo de Jesús, el pastor era el dueño de un pequeño rebaño, a las que cuidaba como si fueran miembros de su familia, cobijándolas bajo el mismo techo, dando a cada una un nombre propio. De ellas dependía el sustento familiar. El lenguaje alegórico es de una sabiduría extraordinaria, el maestro les habla en el lenguaje de su cotidianidad y lo lleva a los asuntos cruciales del reino de Dios y su justicia.
El pastor modelo está en contraposición con el mercenario. Estos últimos abundan en todos los tiempos de la historia, los poderosos que se dedican a gobernar con injusticia, a perseguir y a violentar, a imponer cargas superiores a las posibilidades de la gente, a absolutizarse y sentirse indispensables para tal país o entidad o grupo humano (“cizaña” les llamó el pasado viernes santo el Arzobispo de Bogotá, Cardenal Rubén Salazar), hay tantos Hitler y Stalin, tantos Trump y Bush, tantos Pinochet y Somozas, Maduros y pretendidos mesías, desafortunadamente seguidos por masas alucinadas y alienadas. También caben aquí  los líderes religiosos que, fanatizados por su absolutismo y deseo de manipular conciencias, inculcan convicciones que son incompatibles con la Buena Noticia de Jesús.
El ser humano nuevo, pascual, resucitado, que surge del proyecto de Jesús, es diametralmente opuesto a esto: “Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí; del mismo modo, el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre, y doy mi vida por las ovejas” (Juan 10: 14-15), es una afirmación evangélica esencial que nos invita a romper con las ambiciones desmedidas de poder y de bienestar material, a deshacernos del ego ensimismado, a renunciar a todo afán de oprimir y explotar para acceder al nuevo modo de ser,  porque toda la vida, todo cuidado, toda responsabilidad,  debe ser orientado a  las ovejas que se nos confían. Así  es la pastoralidad que surge del evangelio, implicándonos a todos los que nos dejamos seducir por la  oferta  de Jesús.
En este orden de cosas, es bueno referirnos al excesivo culto a la personalidad de obispos y sacerdotes que, en muchos medios católicos se tiene por estas figuras. Tienen demasiado poder, se sienten el centro de la Iglesia, subestiman a los laicos, las decisiones se concentran sólo en ellos, es un modelo clerical y centralista que no se compadece ni con el evangelio ni con los lineamientos de renovación determinados por el Concilio Vaticano II y por la legítima sensibilidad de autonomía y de madurez que nos ofrece la cultura contemporánea, con el respaldo de muchos desarrollos de las ciencias humanas y sociales.
 La Iglesia es  comunidad, una en la fe en el mismo Dios, centrada en la persona del Señor Jesucristo, asumidos por un solo bautismo, diversa en carismas y ministerios, y referida toda a la comunión y a la participación del cuerpo eclesial, en el proyecto original evangélico no caben clases superiores e inferiores, el modelo clerical no tiene su origen en las intenciones de Jesús sino en las deformaciones surgidas del poder. Todo cristiano está llamado a ser un buen pastor para  la humanidad entera!
Cuando el papa Francisco dice que la Iglesia debe dejar de ser autorreferencial, que los pastores deben tener olor a oveja, cuando alude críticamente  a posturas de condenación y excomunión, cuando con dolor habla de seres humanos descartados por un sistema económico – el capitalismo neoliberal – claramente perverso y excluyente, cuando propone aperturas pastorales con los divorciados vueltos a casar, cuando nos alerta por posturas homofóbicas, está tomando en serio el pastoreo de Jesús y recupera esa originalidad evangélica: “También tengo otras ovejas , que no son de este redil; también a esas debo conducir: escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, bajo un solo pastor” (Juan 10: 16).
La idea original de este texto evangélico es la de dar la vida por las ovejas. Es una interpretación de la vida de Jesús como servicio a toda la humanidad. Así lo comprendieron y vivieron esos primeros discípulos cristianos. También es conveniente recordar que no se trata de pastores con dulzura ingenua, sino con el vigor suficiente para dar lo mejor de sí mismos a favor de las ovejas, hasta la donación cruenta de la vida, si es el caso. Les sugerimos pensar con seriedad en ese número, grande también en calidad, de los líderes sociales que, empeñados en llevar adelante este proceso de paz, no ahorran esfuerzos para trabajar por la reivindicación de las víctimas, por la restitución de tierras, por la recuperación de los derechos arrebatados por los violentos, por los políticos, por los terratenientes, estos sí asalariados y mercenarios. Estos siniestros señores de la muerte los persiguen y los asesinan, porque no soportan la insobornable limpieza y justicia de sus vidas!
En esta lógica cabemos todos, los esposos, las mujeres luchadoras que llevan adelante familias y proyectos comunitarios, los ancianos sabios y experimentados, la juventud con sus ideales a flor de piel, los maestros y los académicos, los líderes sociales, los obispos y los presbíteros, el papa, las religiosas, los que se dedican al servicio de los pobres, los que transmiten la formación en la fe, los artistas, los emprendedores. todos somos una comunidad pastoral, en la que no hay ni primeros  ni últimos, todos en igualdad de condiciones alineándonos con el proyecto original de Jesús, el paradigma de pastor que va a la cruz por las ovejas de todos los tiempos de la historia.
Desvivirse significa mostrar incesante y vivo interés, solicitud y amor por las personas, según lo define el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Es exactamente lo que queremos decir de Jesús. La entrega de la vida física es la manifestación total de su continua entrega durante su vida. Quien no ama hasta dar la vida no es auténtico pastor. El máximo don de sí es la comunicación plena de lo que se es. Se trata de que su vida, plena de Dios, puesta al servicio de todos, prenda y se desarrolle en los demás. Seguir este dinamismo del buen pastor significa que todos mantengamos vigente esta originalidad del desvivirse por el prójimo. Este dar la vida empalma con el espíritu de Pascua porque esta es el don que Jesús hace de la vida de Dios para todos. El, el modelo de pastor, demuestra que es el verdadero porque ofrece toda su vida por sus ovejas. Ante su auditorio de líderes judíos, que lo odian e intentan matarlo, Jesús afirma que es precisamente su prontitud para desafiar la muerte lo que hace manifestarse en él el amor del Padre.
Jesús afirma su absoluta libertad en su entrega. Nadie puede quitarle la vida, él la da por propia iniciativa. Indica así que, aunque las circunstancias históricas sean las que van a llevarlo a la muerte cruenta, eso puede suceder porque él ha hecho su opción de guiar ese amor hasta las últimas consecuencias. Un seguidor suyo, excepcional y bien conocido, el Beato Romero de América, dijo, en esta perspectiva: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Jesús es libre para dar la vida por amor a las ovejas, Romero y los muchos testigos de la  fe en la historia cristiana, lo son en igual medida. Y este testimonio es también invitación para que hagamos exactamente lo mismo, libertad y amor hasta lo definitivo.
Las palabras testimoniales de Pedro, en la segunda lectura de hoy, resuenan con especial actualidad, retándonos para que todos  nos involucremos en el proyecto de ser testigos pascuales: “El es la piedra que ustedes, los constructores, han despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hechos 4: 11-12).
Ser testigos de estos acontecimientos decisivos es vivir como el pastor que se desvive por sus ovejas!

domingo, 15 de abril de 2018

COMUNITAS MATUTINA 15 DE ABRIL DOMINGO III DE PASCUA


“Ustedes son testigos de estas cosas”
(Lucas 24:48)

Lecturas:
1.   Hechos 3: 13-19
2.   Salmo 4
3.   1 Juan 2: 1-5
4.   Lucas 24: 35-48
Común denominador de las lecturas bíblicas que la Iglesia nos propone durante el tiempo pascual, es el testimonio de muchas personas que experimentaron a Jesús como El Viviente, con el consiguiente cambio sustancial de sus vidas, en términos de entusiasmo, de compromiso con el Reino de Dios y su justicia, de temple para enfrentar las contradicciones religiosas y políticas causadas por las autoridades judías y romanas. Esa condición de testigos les permitió animar a muchos para que siguieran el mismo camino, es cuando surgen las primeras comunidades de cristianos y, más tarde, los evangelios y los demás textos del Nuevo Testamento, que vienen a ser la concreción de lo vivido por esos testigos originales de la experiencia pascual, escritos como material de catequesis para quienes se interesaban en seguir el Camino.
Justamente, el evangelio de este domingo es una ruta para que nos comprometamos en esa condición testimonial, de tal manera que mantengamos ininterrumpida la  apasionante vivencia del Resucitado, con su capacidad extraordinaria de reencantar la vida y de garantizar el sentido definitivo de la misma.
Las palabras de Pedro se inscriben en ese carácter de testimonio: ”Mataron al jefe que conduce a la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos; nosotros somos testigos de ello. Y por la fe en su nombre, el propio Jesús ha restablecido a este hombre que ustedes ven y conocen. Es, pues, la fe, dada por su medio, la que lo ha restablecido totalmente ante todos ustedes” (Hechos 3: 15-16). No está haciendo esta afirmación “de memoria”, por vanidad retórica, él, junto con sus compañeros, ha vivido intensamente ese salto de la derrota y la frustración a la certeza de que el mismo hombre histórico que caminó con ellos y que fue condenado injustamente al suplicio de la cruz es ahora el Cristo Resucitado, el que ha transformado su vida de raíz, involucrándolos a todos  en la novedad que surge de la Pascua.
La vocación fundamental de la Iglesia y de cada cristiano en particular, de cada comunidad de creyentes, es a ser testigos llevando una existencia ciento por ciento pascual, vale decir, de servicio, de solidaridad, de justicia, de fraternidad, de compromiso con la felicidad de los seres humanos en nombre de Dios, de transformación de la realidad injusta, de afirmación contundente de la dignidad de cada ser humano, de hacer que esa Iglesia  motive a muchos para hacer parte de ese proyecto de nueva humanidad que resucita con Jesús. Esos testigos originales demostraron que ni la cruz ni el fracaso tuvieron la última palabra porque  esta viene de Dios y es de vida definitiva e inagotable.
Tal es la tarea cristiana, hacer el mundo totalmente nuevo, saturado de ilusiones, de razones para vivir, de inclusiones y equidades, también de valiente renuncia a pretensiones de poder, a incoherencias, a participación en religiosidades paralizantes, a miedos al compromiso, a disfrazar de prudencia nuestras cobardías, a los silencios cómplices y a las posturas anquilosadas: “Estaremos seguros de conocerle si cumplimos sus mandamientos. Quien dice: yo le conozco, y no cumple sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, tenga por cierto que el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos con él” (1 Juan 2: 3-5).
Es el desafío de la coherencia entre la vida y las convicciones creyentes, reto que se hace particularmente exigente después de tantos escándalos de pederastia y de poder, de manejos económicos indebidos, y de tantas cosas deficientes de nosotros, de nuestra religiosidad formal, de nuestra indiferencia con los pobres, de nuestro miedo a ser profetas, de callarnos ante tantos desafueros que a diario se cometen contra la humanidad, de llevar un cristianismo acomodado sin impacto en la transformación de la historia.
Cómo estamos en esta materia? Como los discípulos, también nos dejamos dominar por el miedo? No terminamos de creer que sí está vivo y resuelto a inspirar nuestra vida? Seguimos manejando las mismas inseguridades y temores de Pedro y sus amigos? Confundimos a Jesús con un fantasma?: “Sobresaltados y asustados creyeron ver un espíritu, pero él les dijo: por qué se turban? Por qué albergan dudas en su mente? Miren mis manos y mis pies: soy yo mismo” (Lucas 24: 37-39).
Con qué o con quien confundimos a  Jesús? Nos hacemos ideas desfiguradas de él, probablemente interesadas según  conveniencias, oscurecemos su potencia de profeta liberador, eludimos el dramatismo de su cruz, o lo convertimos en un personaje dulzarrón, promotor de piedades intimistas, dejando de lado su absoluta inconformidad con las injusticias surgidas de la política y de la religión manipulada y del “orden” social injusto y excluyente?
 Las conocidas limitaciones de los discípulos en materia de captar a fondo el proyecto de Jesús tienen en estos temores una nueva evidencia, que sólo desaparecerá cuando tengan la osadía de seguir al Resucitado sin ambages, dispuestos a hacer vigente en totalidad su programa de bienaventuranzas, de nueva humanidad, de preferencia por los últimos del mundo, de conversión del corazón al Padre y al prójimo, de encarnación crucificada y redentora en la realidad del ser humano y de la historia.
 Con qué disfraces hemos envuelto  a Jesús en lugar de dejarnos transformar por el Viviente?
Para superar esas inseguridades Jesús se les presenta, entendiendo por esto último como una dimensión distinta de la realidad experimental, sensorial, es la fe, la certeza de que Dios ha intervenido definitivamente la historia de la humanidad para reorientarla en clave de trascendencia, en esta realidad que hay que resucitar de tanta injusticia y pecaminosidad, y proyectada hacia ese futuro pleno en el que Dios será todo en todos: “Cuando todo le haya sido sometido , entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (1 Corintios 15: 28).
Hacia dónde caminamos nosotros, nuestras comunidades, cómo estamos viviendo la experiencia pascual? Tenemos la osadía de dejarnos llevar por El? Jesús invita a sus discípulos a tocarlo, como tuvo que hacerlo con Tomás, el incrédulo. Es una invitación a tener un encuentro cuerpo a cuerpo con él, superando las falsas imágenes que nos hacemos de él, las distorsiones contenidas en muchas devociones de cristologías deficientes, en las que lo divinizamos tanto que sustraemos su humanidad,  o lo dejamos en un simple liderazgo que convoca amigos para protegerse de los asedios del mundo: “Pálpenme y piensen que un espíritu no tiene carne y huesos como ustedes ven que yo tengo. Dicho esto, les mostró las manos y los pies” (Lucas 24: 39-40).
El lenguaje de Lucas, de profunda densidad teológica y antropológica, afirma que el Jesús histórico, el Crucificado, es ahora el Viviente, el Señor Resucitado. El evangelista se vale de este recurso, aparentemente sensorial, para afirmar simultáneamente la humanidad y la divinidad de Jesús, y para mover a sus discípulos – y, por supuesto, a nosotros – a establecer una relación personal con él, concreta y existencial,  eso que llamamos configuración, dejarnos tomar por El , dejarnos asumir por El, hacer que El suceda en nosotros, que acontezca en nosotros lo que Pablo llama el hombre nuevo.
Hablando de estas cosas, esta semana se hizo pública la Exhortación Apostólica del Papa Francisco sobre el llamado a la santidad en el mundo actual (Gaudete et Exsultate es el nombre latino del documento). Es una gratísima sorpresa que nos da el Pastor, con su habitual pedagogía de lo real, de lo muy humano y evangélico, invitación clara a insertarnos en este mundo para transformarlo, no con un nuevo régimen de cristiandad ni con una reforzada estructura de privilegios eclesiásticos , sino con decidida voluntad de animar a la humanidad a que sea consistente, justa, transparente, solidaria, respetuosa de la dignidad de todos, protectora de la vida, emancipada y emancipadora, contraarrestando así los efectos nocivos de tantas políticas y decisiones injustas que estremecen de dolor con sus trágicas consecuencias, aportando para esto lo específico de la Buena Noticia de Jesús.
Sea esta una invitación pascual a leerla, a orarla, a hacerla vida en todo nuestro ser y en nuestro quehacer. En el texto, entre tantos asuntos de honda raigambre evangélica y existencial que plantea Francisco, llama la atención sobre dos sutiles enemigos de la santidad: el gnosticismo y el pelagianismo. No nos asustemos porque no se trata de sofisticaciones académicas. El Papa se refiere a un tipo de cristianismo excesivamente subjetivo, muy en boga  en grupos que se sienten “elegidos”, con visiones e iluminaciones particulares, desconectados de la realidad histórica, presumidos por sentirse ellos poseedores de la auténtica doctrina. Abundan este tipo de tendencias, se han convertido muchos en instituciones religiosas con fuerza e influjo en sectores fundamentalistas, temerosos de la gran innovación pascual. Esos son los fantasmas sobre los que el mismo Jesús llama la atención a sus discípulos, y a la Iglesia de hoy.
Escuchemos al Papa: “El gnosticismo supone una fe encerrada en el subjetivismo, donde solo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos” (Gaudete et Exsultate, No. 36), y: “Los que responden a esta mentalidad pelagiana o semipelagiana, aunque hablen de la gracia de Dios con discursos edulcorados en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico” (Idem. No. 49).
Totalmente estratégico hacer público esta enseñanza en tiempo de Pascua, con el fin de animarnos a llevar un estilo de vida pascual, con sentido crítico para detectar esos perfeccionismos farisaicos, esas religiosidades plagadas de soberbia, tan frecuente en lo que algunos teólogos han llamado el “invierno eclesial”, con su consabido miedo a la innovación fundamentada en el Evangelio y al diálogo comprometido con las realidades del ser humano, siempre en expectativa de luz y de esperanza.
Dejarnos tomar por el Resucitado conlleva una  tarea misional, siempre humilde, siempre portadora de sentido, sin pretensiones de superioridad sobre nadie, con la discreta conciencia de sabernos inscritos en la aventura salvadora de Dios: “Está escrito que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas” (Lucas 24: 46-48).
Nos entusiasma ser testigos del Resucitado, el que nos hace libres de fantasmas y nos lanza a hacer creíble tan apasionante novedad? El testigo genuino es aquel que implica todo lo que es – sin reservas! – en aquella realidad a la que lo están invitando a atestiguar.

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