domingo, 14 de julio de 2013

COMUNITAS MATUTINA 14 DE JULIO DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Deuteronomio 30: 10-14
2.      Salmo 68: 14.17 y 30-37
3.      Colosenses 1: 15-20
4.      Lucas 10: 25 – 37
Un cierto modelo de cristianismo pretende que el amor a Dios  tiene como consecuencia lograr   en quien lo vive un despojo progresivo de su condición humana, malentendiendo que en la medida en que la persona se aproxima a El se va alejando de su humanidad. De ahí se deriva un modelo de creyentes “nerd”, desentendidos de lo histórico-existencial, con unos estilos de “perfección” que rayan en lo bobalicón, marcados por una notable torpeza para vivir la cotidianidad normal de hombres y mujeres. Que nos sirva esta reflexión para desarrollar advertencia crítica frente a algunos movimientos y grupos católicos que promueven este estilo de creyente desencarnado, sin talante crítico, y dedicado a una práctica religiosa que va en contravía de la plenitud que Dios quiere para todos nosotros.
 Digamos de entrada que este no es el proyecto del Padre, el proyecto de Jesús. Todo lo contrario: cuanto más está Dios en nosotros más conscientes nos hace de todas las implicaciones de nuestra humanidad. El es especialista en construír seres humanos estupendos, dignos, libres, dispuestos a dar lo mejor de sí mismos, y en el Señor Jesús nos revela en qué consiste esa autenticidad. Por eso decimos que Jesús es el modelo de la nueva humanidad.
A esto nos lleva el texto de Deuteronomio: “Porque este mandamiento que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance” (Deuteronomio 30: 11). Lo humano es la sacramentalidad de Dios, ahí es donde El revela su proyecto de plenitud, de amor, de libertad, de dignidad para cada persona. Los hombres y las mujeres que se dejan alcanzar por el Espíritu se constituyen en relatos suyos, y así los podemos entender como narrativas liberadoras.
 En un bello y profundo libro del franciscano español  Javier Garrido titulado “Proceso humano y gracia de Dios” (Editorial Sal Terrae 1996) el autor se dedica a estudiar este asunto que es clave en la existencia cristiana, un ser humano que opta fundamentalmente por dejarse configurar por Dios como principio y fundamento de su vida se sitúa en la dinámica de la más genuina y normal humanidad. Texto altamente recomendable y estimulante!
El Deuteronomio  contiene una propuesta que resultó profundamente renovadora y revolucionaria en la comunidad israelita, cuando su religión se estancó en formas rituales y externas sin impactar en la conversión del corazón. Los profetas de esta tendencia  fueron muy claros en destacar la relación directamente proporcional entre la ley de Dios y la constitución de una mejor humanidad, particularmente dispuesta al compromiso solidario con el prójimo y al ejercicio de la justicia, haciendo descansar la solidez de la actitud religiosa en una simultánea relación con Dios y con los hermanos, como en su momento será definitivamente explicitado por Jesús de Nazareth, el verdaderamente divino, el verdaderamente humano.
Esa humanidad  de Jesús es el referente esencial de la nuestra : “El es imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, porque en El fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles” (Colosenses 1: 15-16) .
 Esto quiere decir que un verdadero proceso de crecimiento espiritual nos asemeja cada vez más a El, y es su gracia la que posibilita en nosotros la progresiva identificación  - “conocimiento interno” según San Ignacio de Loyola – con su ser, con su misión, con su manera de relacionarse con el Padre, con todos los seres humanos, con una dedicación que privilegia a aquellos que están deshumanizados por causa del egoísmo de otros, de las injusticias, de las humillaciones, del desconocimiento de su dignidad.
El Señor Jesucristo es la estrategia decisiva del Padre Dios para modelar este nuevo hombre-mujer que surge del espíritu de las Bienaventuranzas: “El es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en El toda la plenitud, y reconciliar con El y para El todas las cosas” Colosenses 1: 18-20).  El es , por excelencia, nuestro modelo de identidad.
Las ciencias humanas hacen esfuerzos loables por estudiarnos desde diversas perspectivas: la antropología, el psicoanálisis, la psicología en sus variadas ópticas. Esto con la intención de lograr que seamos libres en la mayor medida posible de todas aquellas realidades que frustran en nosotros el amor y la libertad. Una mirada saludable a estas disciplinas, y desde ellas, nos abren un abanico estupendo de posibilidades, donde encontramos el equilibrio emocional, la salud afectiva, la capacidad de tomar decisiones responsables, la ruptura con apegos y tutelas traumatizantes, la apertura de nuevos horizontes en comunión y trascendencia con cada ser humano con quien establecemos vínculos duraderos.
En este orden de cosas, el binomio espiritualidad – humanidad es un consorcio del que resulta un hombre-mujer  definitivamente cualificados para trascender en el amor incondicional al Padre a Dios y a su hijos que son todos los seres humanos, según el estilo que El mismo nos revela en Jesucristo.
Un matiz específico de este nuevo ser humano es el de su actitud solidaria, comprometida, misericordiosa, cercana con los otros seres humanos que están “caídos” y lesionados en su dignidad, como lo reconocemos en la tradicional parábola del buen samaritano, que nos refiere el evangelio de este domingo, relato bien conocido, y siempre provocador de nuevas potencialidades evangélicas y dignificantes.
 Recordemos el impactante gesto del papa Francisco, el pasado domingo 7 de julio, cuando visitó la localidad italiana de Lampedusa, a donde llegan por centenares migrantes africanos indocumentados, empobrecidos, expulsados de sus países por la hambruna y la miseria. El gesto no es cuestión ocasional, la “samaritanidad” es un imperativo para toda la vida!
De modo capcioso un maestro de la ley pregunta a Jesús: “Y quien es mi prójimo?” (Lucas 10: 29); Jesús, en lugar de una docta disertación le responde de modo contundente con la referida parábola, teniendo en cuenta que no fueron los hombres consagrados a Dios – el levita y el sacerdote – quienes atendieron al hombre caído a la orilla del camino,  sino un samaritano, integrante de un grupo social-religioso excluído por los judíos y considerado maldito: “Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él y, al verlo, tuvo compasión. Se acercó, vendó sus heridas y echó en ellas aceite y vino; lo montó luego sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él” (Lucas 10: 33-34).
El mundo está lleno de prójimos que reclaman reconocimiento, cercanía, dignidad, cuya deshumanización es consecuencia de la perversidad del egoísmo individual y estructural. La pobreza no es una triste casualidad, para que esto se dé convergen factores que se contienen en el modelo económico neoliberal, cuya dinámica de buscar desmedidamente la riqueza y el consumo trae como correlato lamentable el despojo y la exclusión de miles de millones de seres humanos.
Ahí está el imperativo de Dios, en esos prójimos humillados y ofendidos. De la respuesta a esta exigencia dependen la calidad y la autenticidad de nuestra humanidad y de nuestro seguimiento de Jesús.

Antonio José Sarmiento Nova,S.J. – Alejandro Romero Sarmiento

domingo, 7 de julio de 2013

COMUNITAS MATUTINA 7 DE JULIO DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Isaías 66: 10-14
2.      Salmo 65:1-7; 16 y 20
3.      Gálatas 6: 14-18
4.      Lucas 10: 1-12 y 17-20
Con reiterada frecuencia escuchamos hablar del carácter misionero de la Iglesia, incluso con el peligro de que se convierta en lugar común, sin advertir la novedad cualitativa contenida en esta afirmación.
 Resulta que esta condición es esencial en el ser y en el quehacer eclesiales :  la Iglesia es enviada – esto es lo que significa misión, misionera – a comunicar a la humanidad la Buena Noticia que el Padre Dios nos ofrece a través del ministerio de Jesús, y a hacer todo lo posible para que muchos seres humanos encuentren en este mensaje el sentido pleno de su vida.
El mensaje es para ser creído y vivido. Lo primero nos remite a la credibilidad de los mensajeros, a la manera como la propia vida expresa la identidad y la coherencia con lo que se proclama: “No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias” (Lucas 10: 4),  son palabras de Jesús a sus discípulos y a nosotros – también discípulos! – que  ponen en evidencia la seguridad fundamental en la que descansa esta comunicación :  no es en la astucia de los mensajeros, ni en otras condiciones personales de inteligencia o superioridad, o en garantías de tipo material. Es en Dios mismo, en su amor, y en el corazón dispuesto para El, donde se habilita la real posibilidad de que esto sea creído y asumido como  plenitud de sentido.
La historia cristiana es reiterada en referirnos hechos y situaciones que afectan negativamente esta coherencia, debemos mirar esto no como una colección de relatos truculentos sobre escándalos y pecaminosidades, sino páginas en las que Dios escribe al revés para sensibilizarnos sobre los alcances egoístas, desordenados, de aquellos seres humanos que, diciéndose creyentes en Jesucristo, obran en contravía de su opción fundamental.
Valga esta referencia para que, en un sincero examen de conciencia ,revisemos a fondo nuestras motivaciones, prioridades, intenciones, conductas, dejando que el Señor nos interpele con exigencia provocando rupturas, aunque resulten dolorosas, y que de allí surjamos configurados por la gracia como seres humanos nuevos que lo apostamos todo por esta misión y por esta nueva manera de vivir que se llama Jesucristo y su Evangelio. Porque siempre debemos tener presente que la elocuencia evangelizadora no reside en la elegancia de las palabras sino en la limpieza de una vida plena y felizmente identificada con Jesucristo: “En cuanto a mí, Dios me libre de presumir si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo” (Gálatas 6: 14).
Qué se nos ofrece este domingo para nuestra oración y consideración?  Que, como aquellos 72 discípulos enviados por el mismo Señor, también a nosotros se nos propone esta invitación. De El recibimos las instrucciones que deben inspirar la vida y la palabra del  anunciador del mensaje, que es justamente buena noticia de sentido, de esperanza, de razones para vivir con ilusión, en la lógica novedosa del reino de Dios y su justicia.
En el mundo siempre hay necesidad de este anuncio, aunque en muchos casos no se explicite conscientemente: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rueguen al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Lucas 10: 2). En los tiempos de Jesús la necesidad estaba en tantos hombres y mujeres que no se sentían acogidos en la tradición religiosa judía porque se veían envueltos en la maraña del fundamentalismo legalista, en la actitud soberbia y displicente de los sacerdotes y de los maestros de la ley y, en general, en todo ese tinglado que hablaba de un Dios vengativo, justiciero, intransigente, poco estimulante y nada esperanzador.
Jesús sorprende gratamente con su anuncio del Dios Padre-Madre, amoroso, cercano, solidario, misericordioso, exquisito con los últimos del mundo, provocador de su reconocimiento, encarnado en todos los dramas y también gozoso con todas las plenitudes que llenan el corazón de cada hombre de  cada mujer. Este es el contenido fundamental de la misión!
En nuestro tiempo también estamos llamados a encontrarnos con la humanidad siempre incansable en su búsqueda del sentido y del aval definitivo para vivir con dignidad.
 La multitud inmensa de los desposeídos, de los condenados de la tierra, pero también de que los están ahogados por su egoísmo y por su comodidad económica, los idólatras del poder, los arrogantes que creen no necesitar de salvación. A todos estos somos enviados para anunciar que hay una manera distinta de vivir, y que es en la paternidad-maternidad de Dios , tal como nos la revela Jesús, donde podremos encontrar esa novedad definitivamente posibilitadora de la bienaventuranza, de la vida bella, de las mejores razones para existir.
La Iglesia en misión  y -  en ella -  cada cristiano, es testigo de la esperanza, y realiza señales que avalan esta cercanía de Dios: “Si entran en un pueblo y los acogen, coman lo que les pongan; curen los enfermos que haya en él, y díganles: el Reino de Dios está cerca de ustedes” (Lucas 10: 8-9). Nuestra vida tiene que ser toda ella provocadora de esperanza, de felicidad, relato de la misericordia y del amor del Padre, asumiendo como estilo el mismo del Señor Jesús.
En consecuencia con esto, es imperativo para la Iglesia, para cada cristiano, despojarse de galas, presunciones,lenguajes de poder y de triunfo, y tornarnos todos hombres y mujeres de servicio, de encarnación profunda en todas las realidades humanas, sintiendo dolores, pobrezas, vacíos, abandonos, y dejando que Dios y la humanidad se encarguen de hacernos sensibles y - por lo mismo -  aptos para descubrir donde están aquellas realidades llamadas a llenarse de este Padre resuelto a llevarnos por los caminos de la realización, del reconocimiento de la dignidad de todos los humanos.
Esto no es asunto sólo para sacerdotes, obispos, religiosas. Es tarea de todo el que se empeñe en tomar en serio a Jesús de Nazareth. Cada uno en su lugar existencial, familia, trabajo, profesión, estudios, sociedad, grupo de pertenencia, está llamado a asumir la tarea de ser enviado, no sin antes apropiársela haciendo de ella su estilo de vida, su mentalidad, su esencia, su manera de relacionarse con cada persona, con la realidad, con la historia, con la dinámica social.
Este mundo con sus múltiples y contradictorias realidades, unas estupendas por su humanismo y espiritualidad, con los nobles avances de la ciencia y de la cultura, de la promoción de la dignidad humana, expresados en la inclusión social, en el trabajo, en el acceso a todos los beneficios que permiten vivir con entusiasmo, pero también marcado por la eterna pobreza, cuya superación nunca termina de ser tenida en cuenta en los centros de decisión, o por la violencia irracional, también por los excesos de la sociedad de consuma, es el campo al que somos enviados como aquellos 72 de hace veinte siglos.
La tarea es apasionante en el máximo sentido en que algo puede serlo, pero es exigente, demanda la totalidad del ser, no admite medianías, es encarnada, implicada amorosamente en todo lo humano, en lo bello y digno, pero también en lo injusto y pecaminoso, y siempre llamada a generar entusiasmo, deseos de vivir, ilusión, ideales, en definitiva,  esperanza como la que el Padre Dios nos ofrece en Jesucristo: “Que nadie me cause molestias de ahora en adelante, pues llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús “ (Gálatas 6: 17).

Antonio José Sarmiento Nova,S.J. – Alejandro Romero Sarmiento

domingo, 30 de junio de 2013

COMUNITAS MATUTINA 30 DE JUNIO DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      1 Reyes 19:  19-21
2.      Salmo 15: 2-11
3.      Gálatas 5: 1 y 13-18
4.      Lucas 9: 51-62
El asunto del seguimiento es una constante en el proyecto de Jesús, vislumbrado también en la vocación de los profetas de Israel. Es lo que proponen hoy los textos de 1 Reyes y de Lucas. El seguimiento supone rupturas y un gran ejercicio de libertad para acoger todas las exigencias del  camino por el que se opta.
La cristología y la espiritualidad posteriores al Concilio Vaticano II recuperaron esta categoría central : seguir a Jesús es identificarse con El, asumir como propio su proyecto, afrontar la cruz y todas las contradicciones que se derivan de este “escándalo evangélico”, renunciar a privilegios y comodidades, tener claro que no se trata de una carrera para ascender en un escalafón jerárquico, optar por el espíritu de las bienaventuranzas, salir de la zona de  confort, tener efectiva y afectivamente  un afecto por la austeridad, ponerse del lado de los humildes, hacerse libre de las seducciones del poder, hacer que la solidaridad y el servicio sean determinantes en el modo de vida de quien lo sigue.
En definitiva, vivir según el estilo de Jesús ,o – en el lenguaje de San Ignacio de Loyola – es “tener conocimiento interno de Jesús”.En sus ejercicios espirituales, cuando se entra de lleno en la segunda etapa de los mismos, una vez allanados los afectos desordenados  y en plan de disponer al ejercitante para configurarse con Jesús, San Ignacio señala esta petición constante antes de cada secuencia de oración: “El tercero,demandar lo que quiero; será aquí demandar conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” (Ejercicios Espirituales # 104).
De aquí en adelante, esta petición aparecerá siempre en los preámbulos de las propuestas ignacianas para la oración, justamente porque el gran propósito de los ejercicios es apasionarse por Jesús, comprometerse con su causa, dejar que El se constituya en la norma definitiva de nuestra existencia. Esto es lo que hizo Ignacio, también Francisco Javier, Pedro Claver,  y muchos-as más que han vivido inspirados por esta escuela de espiritualidad.
Seguir a Jesús demanda una nueva manera ser, siendo el Evangelio la sustancia que define este cambio: nuevas motivaciones, nuevas prioridades, renuncias amorosas, libertad para decidir, capacidad de riesgo, donación de la vida sin reservas, disposición para la cruz y la contradicción, vida según el Espíritu. No se trata de ser un “cristiano tranquilo y adaptado al sistema”  sino – con el Señor – decidirse a trabajar por el reino de Dios y su justicia, con la idea de crear un nuevo orden de vida y sentido, fundamentado en el Padre.
La escena que refiere 1 Reyes es elocuente cuando al joven Eliseo se le plantea seguir el camino de su maestro, el profeta Elías. Eliseo vacila entre ir a despedirse de sus padres o acatar la invitación de su maestro, al final  entiende que debe dejar su vida anterior y finalmente da el paso, emprende el modo propio del profeta: “siguió a Elías y se puso a su servicio” (1 Reyes 19: 21).
Sabemos bien que en el Antiguo Testamento el ministerio de los profetas está fuera del sistema religioso oficial, es un compromiso directo con Dios y con la comunidad, dedicado a anunciar que quien siga los designios divinos se encontrará en el camino de la verdadera justicia , y a denunciar con severidad lo que es contrario a esta intención. Por esto último los profetas siempre resultaron incómodos para la dirigencia religiosa y por lo mismo fueron perseguidos y  a menudo excluídos de la comunidad . Un requerimiento como este exige una libertad de espíritu por encima de lo común, y una actitud como la que designamos cuando decimos “jugarse el todo por el todo”. Así también es la invitación de Jesús.
En el relato de Lucas 9:51-62, Jesús interpela la mentalidad y estilo de sus discípulos, cuando ellos intentan venganza contra quienes no los recibieron: “Así que envió mensajeros por delante, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada ……. (recordamos la radical rivalidad entre judíos y samaritanos)…..Pero no lo recibieron, porque tenía intención de ir a Jerusalén. Ante la negativa, sus discípulos Santiago y Juan dijeron : Señor, quieres que mandemos bajar fuego del cielo y los consuma? Pero Jesús se volvió y les reprendió; y se fueron a otro pueblo” (Lucas 9: 52-56).
Con esto queda claro que el “triunfo” del proyecto de Jesús no tiene nada que ver con la mentalidad humana de retaliación, casi instintiva, ni con demostrar a los contradictores el poder, ni la afirmación violenta sobre ellos, así no estén en disposición de acoger el mensaje.
 La lógica de Jesús es radicalmente diferente, es humilde, desarmada : esto debe ser asumido por quien se empeñe en asumir esta manera de ser y de vivir. Por eso no tienen cabida aquí el estilo triunfalista, la afirmación de privilegios para la iglesia y para los cristianos, la expectativa de recibir aplausos y homenajes o reconocimiento social. Ser despojados, humildes y serviciales son  condiciones esenciales para la autonomía profética de quien sigue estos senderos de Dios. Esto es lo que da plena credibilidad a la Buena Noticia y a quienes son sus mensajeros.
En lo que sigue del relato, ante la intención de dar marcha atrás de algunos de los suyos, Jesús les dice tajantemente: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios” (Lucas 9: 62).  Con este se refiere a todo lo que nos ancla en un pasado egoísta, los apegos que impiden la libertad, los motivos que no permiten entrar al Señor en nuestra vida, el mundo de ídolos que frenan la generosidad y disponibilidad exigidas para este camino.
Una advertencia importante: las renuncias tal como se entienden aquí no son expresiones de desamor a los seres queridos, a la familia, ni desprecio por realidades que son bellas y legítimas, ni son para generar en el seguidor de Jesús una angustia permanente por todo lo que quedó atrás.
Todo esto se da en el clima del mayor amor, del Dios cuya voluntad es que haya más y más  humanismo, dignidad, respeto, libertad,  constantes exigencias del Evangelio!. De modo que estas invitaciones participan del  mismo talante del amor ilimitado, como el de Jesús, que se ofrenda totalmente al Padre y a los hermanos, asumiendo que aquí es donde reside la genuina felicidad, que en nosotros se entiende como la bienaventuranza, bella palabra que expresa todo el contenido de la vida misma de Jesús y de lo que El nos propone como auténtica realización de todo lo humano.
La carta a los Gálatas, en el pasaje leído este domingo, nos ofrece la lógica del seguimiento: “Para ser libres nos ha liberado Cristo” (Gálatas 5: 1) y  “Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad. Pero no tomen de esa libertad pretexto para la carne; antes, al contrario, sírvanse unos a otros por amor. Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gálatas 5: 13-14) .
El ser humano que resulta del seguimiento de Jesús es libre en el amor y para el amor. Esta libertad es don del Espíritu : la vida nueva de los creyentes alcanza su plenitud en el amor, que es una ley cualitativamente nueva y produce los frutos del Espíritu: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí. No hay ley que condene tales cosas. Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias” (Gálatas 5: 22-24). Esta es la verdadera libertad, la que vive Jesús, la que nos ofrece como alternativa de realización. El hombre-mujer nuevo que surge de aquí  es profundamente libre de todo el universo de afectos desordenados.
Para ayudar a una mejor comprensión de estas afirmaciones se impone tener alerta crítica con algunos modelos que pretenden ser el ideal de cristianismo, y que distorsionan la originalidad del proyecto:
-          Los que se quedan en el fanático cumplimiento de reglas y normativas, con una actitud más neurótica que amorosa.
-          Aquellos que defienden doctrinas con talante fundamentalista.
-          Los desencarnados que desconocen los gozos legítimos del bello mundo creado por el Padre.
-          Los virtuosos que, a fuerza de serlo tanto, se deshumanizan y pierden el encanto propio de la buena condición humana.
-          Los envanecidos por la propia superioridad moral y religiosa (¿???) que desprecian a los demás por considerarlos pecadores y equivocados.
El seguimiento de Jesús está comprometido con un ser humano normal, muy normal, profundamente humano, consciente de sus límites y fragilidades, respetuoso con toda la realidad, implicado encarnatoriamente en ella, humilde, sereno, sobrio, apto para generar felicidad en su medio, comprensivo con las debilidades de sus prójimos, siempre dispuesto al ejercicio de la misericordia, a la cercanía amorosa con todos.

Antonio José Sarmiento Nova S.J. – Alejandro Romero Sarmiento

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