domingo, 15 de junio de 2014

COMUNITAS MATUTINA 15 DE JUNIO SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD



Lecturas
1.      Exodo 34: 4 – 9
2.      Salmo Daniel 3: 5 y  53 – 56
3.      2 Corintios 13: 11 – 13
4.      Juan 3: 16 – 18
Una notable preocupación que nos asiste cuando formulamos estas reflexiones desde COMUNITAS MATUTINA es la de garantizar que la proposición del mensaje cristiano en sus múltiples facetas y contenidos sea fiel en la mayor medida posible a su realidad original y originante, puesto que, por la presencia de tantas interpretaciones con sus correspondientes prácticas, se dan distorsiones preocupantes, presentaciones incompletas de la Buena Noticia, y con esto se permite que prosperen modos que podemos llamar seudocristianos , reduciendo así la fuerza liberadora del Evangelio.
Por esto, una pregunta que debe estar siempre presente es: cuál es la fuerza significativo – transformadora de estos lenguajes religiosos y espirituales para conectar el mensaje con la vida real de las personas que están dispuestas a acogerlo y a vivirlo? Un enfoque de respuesta se puede dar por el lado de afirmar que predomina mucho más una interpretación religiosa que profética, lugares comunes que se han implantado con el paso de los siglos, sin tener en cuenta el estudio juicioso de los textos bíblicos y el desarrollo de la teología, realidades estas últimas que no son tenidas en cuenta por muchos pastores, sacerdotes, ministros, catequistas, y demás personas con la misión de transmitir los contenidos de la fe.
Un excelente contexto para intentar respuestas más precisas a la gran cuestión planteada es esta de celebrar y destacar hoy el misterio del Dios trinitario, del Dios que es al mismo tiempo Padre, Hijo y Espíritu Santo, la felicísima realidad comunitaria de Dios.
Lo que se nos propone es nada menos que la intimidad de Dios y su dinamismo esencial de comunión y de relación. Dios es y vive y en compañía, y su potencia vinculante es tal que se no se reserva para sí mismo sino que se vuelca a toda la humanidad con lo que le es propio: crear, dar vida, redimir, salvar, perdonar, liberar, amar, hacernos más humanos.
Los creyentes israelitas del Antiguo Testamento experimentaron esto en toda su historia, descubrieron a Dios en su existencia cotidiana, en sus biografías individuales y colectivas, en las contradicciones y en la plenitud, en el fracaso y en la felicidad, en todo esto sintieron a un Dios caminando con ellos, implicado, comprometido, siempre posibilitando mayor libertad y humanidad, Dios cercano, Dios en el diario vivir: “Moisés al momento se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: Si gozo de tu favor, venga mi Señor con nosotros, aunque seamos un pueblo de cabeza dura, perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como tu pueblo” (Exodo 34: 8- 9).
Este Dios descubierto por ellos está siempre presente, se convierte en garantía – principio y fundamento – de todo el devenir histórico-experiencial de Israel. Es un Dios cuya tarea es la comunicación permanente de su propia vida para que sus creaturas se mantengan en el dinamismo original de su ser, El es “el Señor, el Dios compasivo y clemente, paciente, rico en bondad y lealtad “ (Exodo 34: 6).
Cómo se da en nosotros la experiencia de Dios? Lo vemos lejano, asentado en un espacio sacral, ante quien se siente más temor que amor? El territorio de Dios es para nosotros algo desvinculado  de la realidad, de nuestros gozos y esperanzas, de nuestras tristezas y sufrimientos? Se nos queda la relación con El en el escenario de lo religioso y sagrado?
O, más bien, lo descubrimos dándonos ser y sentido en todas las concreciones de nuestra humanidad, en nuestros amores y en nuestra sexualidad, en nuestro proceso de razón e inteligencia, en la lucha por la justicia y por la dignidad, en la creación artística y en los desarrollos de la cultura, en la construcción del conocimiento, en nuestro crecimiento personal y social, en la manera como encaramos la adversidad, en nuestra actitud ante la muerte y el sufrimiento, en la denuncia de la injusticia, en el esfuerzo siempre constante por hacer de nuestro mundo el mejor ámbito de plenitud y bienaventuranza?
Es Dios para nosotros el acontecimiento fundante de toda nuestra condición humana, histórica, real, existencial? Y es la certeza que tenemos de El el gran aval de que todo lo nuestro no concluye con la muerte física?
El cántico de los tres jóvenes, que hoy se nos propone como salmo y aclamación interleccional, tomado del libro de Daniel, es un elocuente testimonio de la intervención liberadora que ellos viven como manifestación del mismísimo Dios, Dios que bendice y sana, Dios que redime y salva, Dios de la vida: “Bendito seas en el templo de tu santa gloria, a ti gloria y alabanza eternamente” (Daniel 3: 53).
Se bendice cuando hay gratitud y reconocimiento, cuando se experimentan beneficios de amor y vitalidad, cuando se descubre en la propia vida la intervención de alguien interesado por nosotros, comprometido con nosotros!
El ministerio de Pablo viviendo en sí mismo la certeza salvadora del Señor Jesucristo, viéndose como un hombre nuevo gracias a El, anunciando la Buena Noticia a tiempo y a destiempo, fundando comunidades cristianas en diversos lugares del mundo entonces conocido, cultivándolas y haciéndoles seguimiento cuidadoso, es el gran testimonio trinitario, que él expresa en sus deseos mejores al concluír la II carta a los Corintios: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes” (2 Corintios 13: 13), que es hoy una de los bellas fórmulas litúrgicas de saludo por parte del sacerdote al comenzar la celebración de le eucaristía.
Esto es como decir: les deseo que todo el ser tripersonal de Dios, toda la vitalidad en El contenida, esté siempre en sus vidas dándoles sentido y bendición, sin concluír nunca, en el inagotable ejercicio teologal de comunicación de sí mismo al ser humano.
La intención paulina al saludar a sus cristianos de Corinto es desearles que Dios sea el configurador de la totalidad de todo lo que son y hacen. Y esto vale también para nosotros y para los humanos de todos los tiempos de la historia.
Un recuerdo de un movimiento de reflexión teológica y pastoral que se dió en los años sesenta en algunos países del mundo anglosajón, el nombre es estremecedor: la “teología de la muerte de Dios”, contradictorio en sus términos, verdad? Fueron pensadores que quisieron expresar con dramática honestidad la gran inquietud de una sociedad a la que le resultaba insuficiente y pobre el modo tradicional de hablar de Dios y de propiciar la relación con El, porque no iba con la conciencia social creciente de autonomía y adultez.
El más célebre de esos escritos fue “Sincero para con Dios” (Honest to God), del obispo anglicano John A.T. Robinson, de la diócesis de Woolwich en Inglaterra, que dice así en un aparte del prefacio en el que presenta su libro: “ En verdad, aunque evidentemente no estemos en situación de hacerlo, puedo comprender al menos lo que quieren decir quienes insisten en abandonar el uso de la palabra “Dios” durante una generación: tan impregnada ha llegado a estar esta palabra de una cierta manera de pensar, que quizás habremos de descartar para que el Evangelio continúe teniendo alguna significación. Pues estoy convencido de que un abismo, cada vez más profundo, ha ido fraguándose entre el sobrenaturalismo tradicional y ortodoxo que hasta ahora ha encuadrado nuestra fe, y las categorías a las que habitualmente confiere alguna significación el mundo “laico” (ROBINSON,John A.T. Sincero para con Dios. Ediciones Ariel. Barcelona, 1969;pag. 24).
Cómo dejar atrás el Dios inaccesible, vigilante, judicial, generador de miedos y culpas, sacral y autoritario, con su expresión en un tinglado religioso meramente ritual, formal, jurídico, normativo, moralista, jerárquico, para poder encontrarnos con el Padre de Jesús, solidario, cercano, misericordioso, con el Hijo que es este Dios inserto en la historia, humano, real , palpable, encarnado, compañero de camino, portador de lo esencial de la divinidad y de la humanidad, con el Espíritu que es la vida de Dios en nosotros haciendo humanidad y comunidad?  A esta inquietud responden las reflexiones del obispo Robinson en su revolucionario escrito, y también las de muchos otros teólogos y teólogas preocupados de dar al lenguaje sobre Dios un significado como el que está formulado en la revelación bíblica: Dios es la profundidad de sentido y trascendencia en el centro de la vida!
También este es el esfuerzo de Roger Lenaers en su texto “Aunque no haya un Dios ahí arriba”, de Adolphe Gesché con “Dios para pensar”, de Andrés Tornos en “Cuando hoy vivimos la fe”, de Hans Küng en “Ser cristiano”,  de Elizabeth A. Johnson en “La búsqueda del Dios vivo”, de Karl Rahner en “Curso fundamental sobre la fe”, de Luis González – Carvajal en “Esta es nuestra fe: teología para universitarios”, de Xabier Pikaza en “Descubrir el camino del Padre”, de Francisco con su documento programático “La alegría del Evangelio”,  y así tantos buenos  maestros y autores contemporáneos que se interesan en la capacidad significativa  y transformadora de lo que se dice acerca de Dios para provocar vidas más libres, más cargadas de sentido y apertura a la trascendencia, más humanas y divinas, más autónomas y adultas, más creativas y esperanzadas.
Dios se entra en el ser humano a través de lo único inteligible y real para el hombre mismo: su propia humanidad: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna” (Juan : 16).
 Lo humano es el sacramento de Dios, y esto cobra decisiva y plena vigencia en Jesús, es el Padre totalmente manifestado en el Hijo. Y esto llega a nosotros, y se torna comprensión cabal y nueva manera de vivir, gracias al Espíritu. Este es el dinamismo trinitario funcionando en el ser humano!
Y en todo esto lo que se pretende es que el acepta este don se haga trinitario: que toda nuestra vida sea un resultado del amor del Padre – Madre, es decir que seamos y hagamos como el Señor Jesús, y que sea el Espíritu el que anime y conserve esta vitalidad dándonos el sentido de la nueva creación.

Alejandro Romero Sarmiento – Antonio José Sarmiento Nova,SJ

domingo, 8 de junio de 2014

COMUNITAS MATUTINA 8 DE JUNIO SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES



Lecturas
1.      Hechos 2: 1-11
2.      Salmo 103 : 1 y 24;29-34
3.      1 Corintios 12: 3-7 y 12-13
4.      Juan 20: 19-23
El texto de Juan que se nos propone en esta solemnidad de Pentecostés es definitivamente provocador y apasionante, porque lo que se evidencia en él es la realidad maravillosa, vital, plena de Dios, que es el Espíritu, el que nos hace sabios y libres, el que posibilita en nosotros la nueva creación, el que nos dota de talante profético y de imaginación creadora.
Hagamos simplemente el seguimiento del mismo, detectemos su pre-texto y su con-texto y hagamos el ejercicio de cotejarlo con nuestro relato de vida: ”Al atardecer de aquel día” (Juan 20:19), cuando la oscuridad invade todo, cuando las tinieblas hacen que perdamos el aliento, cuando recuerdos problemáticos, heridas no curadas, miedos ancestrales, egoísmos no resueltos , idolatrías que nos someten, nos llevan a un estado de opacidad y ceguera.
Pero, por oposición, es “el primer día de la semana” (Juan 20:19), es el tiempo en el que todo se hace nuevo, la irrupción de la nueva creación, es la novedad radical del ser y de la historia que rescata de la muerte, de la injusticia, del pecado, del sin sentido, y transforma todas esas señales de desencanto en la nueva manera de vivir que es propia del Señor Resucitado.
También hay que tener en cuenta  que “estaban los discípulos con las puertas bien cerradas” (Juan 20:19), miedos, durezas aparentes, intransigencias, egos inflados, posturas de autosuficiencia, engreimiento, absolutización de realidades que no salvan, máscaras, son  - entre muchas – señales indicativas de esa cerrazón, trasunto – por supuesto – de una inmensa vulnerabilidad y de un notable miedo a la libertad.
Nos dejamos llenar de miedos y desconfianzas, de inseguridades e imaginarios limitantes, todo esto hasta el punto de constituirse en impedimentos de nuestra felicidad y de nuestro legítimo derecho a una existencia con sentido.
Qué hacer? Se impone correr el riesgo de la libertad,  de romper con ese tinglado que nos paraliza , la “osadía de dejarse llevar” – en  palabras del inolvidable Padre Arrupe – , aquí es donde cabe escuchar esa voz que dice: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió , así yo los envío a ustedes” (Juan 20: 21).  Advirtiendo con meridiana claridad que esa paz no es conformismo ni ausencia de tensión y de confrontación.
La paz que proviene de Jesús – el legítimo don del Espíritu – remueve la conciencia, desarma las seguridades, inclusive las religiosas y morales, nos saca de la zona de confort, pone en tela de juicio nuestros valores y prioridades, y nos remite a una vida de autonomía, de opciones y actuaciones consistentes con el ímpetu renovador que se origina en el mismísimo Dios. Esto  es Pentecostés!!
Ese Jesús a quien escuchamos es nuestra verdadera identidad. En el descubrimos la dimensión más profunda y esclarecedora de todo lo real y de nuestra biografía, porque El, gracias al dinamismo del Espíritu – nos revela en simultaneidad salvadora el verdadero ser de Dios, en cuanto padre y madre, y también lo específico de nuestra condición humana.
Este es el contenido de eso que los orientales han llamado la iluminación de la conciencia, donde se llega al nivel de la sabiduría, del despojo del falso yo, para dejar que Dios establezca en nosotros la coincidencia con El a través de su hijo Jesús.  Así, basta escuchar esa voz que nace de nuestro fondo común y compartido para que notemos cómo esta vida nuestra se empieza a transformar.
Es el “aliento” que vuelve a nosotros, el soplo vital del Espíritu que irrumpe con intensidad, como en aquella mañana de Pentecostés: “De repente vino del cielo un ruido, como de viento huracanado, que llenó toda la casa donde se alojaban” (Hechos 2: 2).
 A la luz de esto vamos a revisar críticamente todo letargo y adormecimiento, ese mundo de ritualismos y formalidades, también el excesivo cuidado de la imagen, lo que ha dado en llamarse “políticamente correcto”, no siempre plausible desde la perspectiva ético – moral,  y el pacato  temor a anunciar la Buena Noticia como es ella en verdad.
Cuáles son aquellos aspectos de nuestra vida, también de la Iglesia, que demandan este estremecimiento del Espíritu? Qué es lo que frena el impacto liberador del Evangelio, lo que hace que el proyecto de Jesús no sea atractivo porque es presentado m de modo más religioso que profético?  Cómo sacudirnos de esa pesadez institucional y hacer que todo lo normativo y reglamentario se sature del Espíritu para que cumpla con su verdadera función?
Cómo dejar atrás el anquilosamiento, el predominio en nosotros del personaje sobre la verdad del ser?  Estas y muchas otras cuestiones cobran definitiva prioridad en esta lógica del Espíritu, porque es la apuesta del Señor Jesús, la de configurar hombres y mujeres libres para Dios, para la humanidad, para una existencia creadora y generadora de sentido y de esperanza.
Miremos este mundo de fundamentalismos políticos y religiosos, de mapas mentales que determinan con egoísmo la vida de las personas, de modelos sociales que legitiman la injusticia, de silencios miedosos que socavan la intrepidez de la profecía de Jesús, de utilizaciones y manipulaciones de Dios para justificar ideologías excluyentes, dogmatismos sin base liberadora,  afán de erigirse unos como dominadores de los otros, y contrastémoslo todo con la intervención del Espíritu: es el tiempo de hacer explícita la intención divina de acoger a todos los humanos, en el más puro ecumenismo; es el tiempo de llamar a las cosas por su nombre; es el tiempo de no empobrecer la condición humana  con estereotipos que no favorecen la dignidad; es el tiempo de ser verdaderamente hijos de Dios y prójimos dispuestos a dar lo mejor de sí mismos para que en cada ser humano brille la dignidad del creador.
Aparecieron lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, según el Espíritu les permitía expresarse” ( Hechos 2: 3-4).  Hacer una interpretación literal del texto es empobrecerlo  convirtiéndolo en la simple anécdota de un prodigio inexplicable, pero si corremos el riesgo de dar el salto cualitativo nos vamos a encontrar con la acción teologal que saca al ser humano de su estrechez:
-          Es el descubrimiento feliz de que Dios no es patrimonio de una élite, sino beneficio liberador para todos los seres humanos, es la universalidad de la salvación, iniciativa del Señor que traspasa toda frontera.
-          Es así mismo el reconocimiento de lo diverso y plural inherente al ser humano, sus múltiples culturas y lenguaje, la riqueza incontenible de estas realidades, la diversa fecundidad de Dios y de sus creaturas,
-          Pero es también la constatación de que en esa desbordante diversidad hay un principio unificante que viene a ser como la savia que da coherencia y armonía – lo uno en lo múltiple – a toda la realidad de los humanos, de la creación, de la historia: “Existen diversos dones espirituales, pero un mismo Espíritu; existen ministerios diversos, pero un mismo Señor; existen actividades diversas, pero un mismo Dios que ejecuta todo en todos” (1 Corintios 12: 4 – 6).
Una muy buena y densa reflexión para este Pentecostés puede partir de la pregunta: porqué sofocamos a Dios, al Espíritu, por qué lo limitamos con nuestros esquemas que constriñen, porque los revestimos de ideologías seudorreligiosas tan poco compatibles con la libertad de Jesús?
Miremos más bien – y que esto sea elemento fundante de nuestra esperanza – al Espíritu que anima la Iglesia y la hace creativa, la sana de sus inconsistencias y la remite siempre al Evangelio; al que suscita la profecía y el carisma siempre en clave de la Buena Noticia; al que lo hace todo nuevo; al que nos despierta de la pasividad y nos lanza a la misión, al que suscita al Señor Jesús tan profunda y radicalmente humano porque es radical y profundamente divino, y nos inserta salvíficamente para que participemos de esa misma misión e identidad, hecho en el que supera la precariedad humana en trance de muerte y se abre a la plenitud del Padre, para ser salvada – liberada y justificada.
Examinemos con la óptica del Espíritu las desuniones, discordias, rupturas, descalificaciones, excomuniones, entre unos cristianos y otros, y asumamos esta pluralidad de denominaciones desde una perspectiva de recuperación permanente de lo original cristiano.
El auténtico diálogo ecuménico es el que pasa por reconocer que “todo lo realiza el mismo y único Espíritu repartiendo a cada uno como quiere. Como el cuerpo, que siendo uno, tiene muchos miembros, y los miembros, siendo muchos, forman un solo cuerpo, así también Cristo” (1 Corintios 12: 11-12).
Sin incurrir en un pacifismo ingenuo podemos decir que cada interpretación cristiana – gracias al don del Espíritu – tiene una honesta intención de aproximarse de la mejor manera  a la genuina realidad de Jesús.
 Así católicos, ortodoxos, luteranos, anglicanos, metodistas, bautistas, reformados, presbiterianos,pentecostales, van  haciendo énfasis en elementos   que los otros desconocen o disminuyen. Y en todo ese inmenso tejido se va construyendo cabalmente el verdadero ser y quehacer del Señor: “Todos nosotros, judíos o griegos, esclavos o libres, nos hemos bautizado en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y hemos bebido un solo Espíritu” (1 Corintios 12: ).
Y – por supuesto – desde esta riquísima diversidad cristiana podemos estar abiertos por el Espíritu a sus inagotables evidencias en la multiplicidad humana, espiritual, religiosa, de todas las creaturas de Dios. Un seguidor de Jesucristo se legitima si es dueño de una vigorosa identidad evangélica, en la que destacan la más generosa apertura y respeto a todos los credos, a todas las sabidurías, a todos los humanismos.

Alejandro Romero Sarmiento – Antonio José Sarmiento Nova,S.J.

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