lunes, 15 de octubre de 2018

COMUNITAS MATUTINA 14 DE OCTUBRE DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO


“Hay una cosa que todavía no has hecho – le dijo -. Anda, y vende todas tus posesiones y entrega el dinero a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”
(Marcos 10: 21)

Lecturas:
1.   Sabiduría 7: 7-11
2.   Salmo 89
3.   Hebreos 4: 12-13
4.   Marcos 10: 17-30

En la tradición bíblica la sabiduría ocupa un lugar esencial, se la entiende y vive como el gran don de Dios que permite vivir en libertad, en pleno sentido de la vida y en captación de lo esencial , con la disposición para relativizar todo lo demás, el más sano ejercicio de los espíritus libres: “Supliqué y me fue dada la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos y a su lado tuve en nada la riqueza. No la equiparé a la piedra más preciosa, porque todo el oro es ante ella un poco de arena y junto a ella la plata es como el barro. La quise más que a la salud y la belleza y la preferí a la misma luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, tiene en sus manos riquezas incontables” [1]
El elocuente texto atestigua un acto de soberanía, la más profunda que puede darse en la vida de un ser humano, es al mismo tiempo un lenguaje de felicidad, el de quien ha encontrado la esencia y se dispone a darle prioridad absoluta en su existencia.
Es de siempre en la historia dar importancia a lo poderoso, a lo brillante, a lo rico y famoso. Abundamos en la humanidad en relatos de este tipo: el “hall” de la fama, como el célebre de Hollywood, las élites, los centros del prestigio  social y económico, los ámbitos del poder político y de la riqueza material. Pasan en rápido repaso Alejandro Magno, Aníbal el de las guerras púnicas, los papas del Renacimiento, el cardenal Richelieu, Luis XIV, Napoleón Bonaparte, Hitler, Mussolini, la dinastía Rockefeller, Trump,  Gadafi, Calígula, Nerón, los tristemente célebres dictadores latinoamericanos – Trujillo, Duvalier, los Somoza, Pinochet, Videla, Banzer, Stroessner, ahora Maduro y sus funambulescos personajes de la fallida revolución bolivariana - , es el vano honor del mundo, que brilla, triunfa, es exaltado, adulado, sonríe ante los halagos del poder, y luego pasa, inevitablemente cae, demuestra lo deleznable de sus fundamentos: “sic transit gloria mundi”, así pasa la gloria del mundo!! También la corte de aduladores se decepciona y pasa al culto del siguiente ídolo sin tener la malicia suficiente para entender que unos y otros son fetiches con pies de barro, “tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen”, como dice el salmo….
El sabio bíblico  no se inscribe ni en la lógica del poder ni en la de la riqueza. Su rica experiencia de Dios y de lo humano lo lleva a estar siempre “más allá”, no es un erudito del conocimiento , lo suyo es la densidad de la vida, la sobriedad total, el dominio del ser sobre el tener, la fuerza liberadora de una felicidad que se asienta sobre la renuncia a toda vanidad, a todo indicador de prestigio, sin más certeza que la del Dios que lo hace profundamente humano para servir al prójimo y para construír un mundo de hombres y mujeres libres.
De esta raza son Pablo VI, Papa Giovanni Battista Montini[2], y Oscar Arnulfo Romero, San Romero de América[3], dos hombres a quienes la Iglesia a través de Francisco, Obispo de Roma, Pastor de la Iglesia Universal, ha reconocido hoy su sabiduría evangélica y su santidad de vida, proponiéndolos a todos como santos, destacados en vivir según el espíritu de las bienaventuranzas, libres de las galas mundanas, profetas del reino de Dios y su justicia, testigos de los cielos nuevos y la nueva tierra, entregados por entero al servicio de sus hermanos, haciendo énfasis con su palabra y con su vida de la prioridad de lo esencial: más y más humanidad, más y más dignidad, más y más trascendencia y espiritualidad.
Vivieron ellos acogiendo la fuerza transformadora de la Palabra de Dios. En el santuario de su intimidad orante y discerniente descubrieron los caminos de liberación que se originan en el Padre-Madre Dios y en la revelación que de sí mismo hizo con carácter definitivo en la persona de Jesús, haciendo vida lo que la segunda lectura de este domingo afirma con vigor: “Pues la palabra de Dios es viva y poderosa. Es más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra entre el alma y el espíritu, entre la articulación y la médula del hueso. Deja al descubierto nuestros pensamientos y deseos más íntimos[4]
Montini y Romero son dos testigos cualificados de la fe en el siglo XX. El primero, en su servicio a la iglesia universal, hombre profundamente espiritual y cultivado en el humanismo del siglo XX, consciente de la necesidad de una honda renovación eclesial, protagonizada por él mismo en la conducción del Concilio Vaticano II, en ejercicio de su ministerio de Obispo de Roma y pastor universal,  iniciada por el también santo Juan XXIII[5], pastor de colosales dimensiones evangélicas.
 Romero es el sacerdote y obispo, primero de talante tradicional, algo timorato e indeciso que, al experimentar el sufrimiento y la represión que hacían a su pueblo víctima de las mayores vejaciones por parte del gobierno y de los poderosos de su pequeño país salvadoreño, se hace un gigante profeta de la dignidad humana y de la defensa de los pobres, misión que le vale ser asesinado – inmenso mártir del siglo XX! – en el atardecer del 24 de marzo de 1980.
Sus intereses, sus afectos, sus deseos, su libertad, fueron alcanzados por la Palabra cuestionante, incisiva, liberadora, transformante, hasta el punto de tomarlos por completo. Ella se hizo  en ellos “intimior intimo meo”, “más íntimo que yo mismo”, según la clásica expresión de San Agustín.
Marcos aborda hoy el asunto clave del seguimiento de Jesús, con la respuesta que da Jesús al hombre interesado en captar y vivir la esencia de la vida: “Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: Maestro bueno, qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le contestó: Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre. El replicó: Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud. Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: Una cosa te falta, anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego, ven y sígueme[6]
Jesús plantea a este creyente las condiciones mínimas para el seguimiento con un “pero” indicativo y exigente, que le demanda reparar la justicia en sus actitudes personales e ir a la raíz del mal, al fundamento de la injusticia que reside en el ansia de acumular riqueza. El hombre se estremece: “A estas palabras él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico[7]. El hombre diría para sus adentros: tan bueno lo que Jesús plantea, pero con esa exageración de dejarlo todo, imposible! Creer sí, pero sin excesos, como nos sucede a tantos de nosotros. Es como profesar la fe en Dios pero negándose a cumplir su voluntad.
Entonces Jesús aprovecha la ocasión para poner las cosas en claro: “Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas![8].El apego al dinero y al poder es dificultad mayor para entrar en el reino. La comparación que sigue es severa; algunos han querido suavizarla, pretendiendo que había en la ciudad unas puertas mínimas llamadas “agujas”, y que bastaba al camello agacharse para poder entrar por allí: “Qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios[9]. Aquí no hay lugar para ambigüedades, así lo entendieron los discípulos, aunque quedaron atónitos: “Ellos se espantaron y comentaban: entonces, quien puede salvarse?[10]. El asunto se les presenta poco menos que imposible, pasar por el ojo de una aguja significa poner toda su confianza en Dios y no en las riquezas, como Montini, como Romero.
Es ideal y deber ser de cada seguidor de Jesús, y de la Iglesia toda, de cada comunidad de creyentes, renunciar a las seguridades del dinero y del poder. No podemos tapar el sol con las manos, sabemos que en muchísimos casos esto no ha sido así, la “espada de doble filo” que es la Palabra confronta siempre, sin bajar la guardia, y nos pregunta constantemente por nuestra capacidad de tomar en serio este deber ser, radical, de altísima exigencia. Se trata de significar que la jugada maestra de la vida no tiene su fundamento en el poder del mundo, sino en este Dios liberador, humanizador, salvador, redentor. Vivimos oscilando entre las medianías y flojeras, algunas definitivamente escandalosas, y el desafío teologal para ser libres en este seguimiento que no admite rebajas.
El magisterio y el ministerio de Pablo VI tuvieron un fuerte énfasis social, de solidaridad con los pobres del mundo. En su vida personal y en su misión de pastoreo universal hizo huella con esta profecía. San Romero de América dio todo de sí mismo, hasta la muerte y muerte en cruz – mártir, legítimo testigo de la fe – para significar que la radicalidad teologal de una vida en seguimiento de Jesús es soberanía divina y profundísima humanidad. A ambos santos nos confiamos para que su intercesión disipe en nosotros toda ambigüedad en el seguimiento del Camino.



[1] Sabiduría 7: 7-11
[2] 1897-1978, Papa de 1963 a 1978.
[3] 1917-1980, Arzobispo de Salvador en Centro América de 1977 a 1980.
[4] Hebreos 4: 12
[5] 1881-1963, Papa de 1958 a 1963
[6] Marcos 10: 17-21
[7] Marcos 10: 22
[8] Marcos 10: 23
[9] Marcos 10: 24-25
[10] Marcos 10: 26

domingo, 7 de octubre de 2018

COMUNITAS MATUTINA 7 DE OCTUBRE DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO


“Pero desde el principio de la creación Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne”
(Marcos 10: 2-16)

Lecturas:
1.   Génesis 2: 18-24
2.   Salmo 127
3.   Hebreos 2: 9-11
4.   Marcos 10: 12-16

Todo en la revelación de Dios a la humanidad, todo en la misión de Jesús, está orientado a reivindicar al ser humano, a levantarlo, a configurarlo en una creciente y constante dignidad. De Dios no procede nada aplastante ni humillante. Esta revelación no es el surgimiento de una divinidad lejana de la realidad, enaltecida en una corte imperial, que reclama sumisiones degradantes. Es claro y contundente el hecho de un Dios que se implica histórica, existencial, encarnatoriamente, en la humanidad y en su historia, para integrarlas en su plan de plenitud.
Las lecturas de este domingo – en coherencia con esta afirmación inicial – toman esta bandera para afirmar tal dignidad en la perspectiva del amor y de la complementariedad del varón y de la mujer: “Después dijo el Señor Dios: no conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada. Y el Señor Dios modeló con arcilla del suelo a todos los animales del campo y a todos los pájaros del cielo, y los presentó al hombre para ver qué nombre les pondría. Porque cada ser viviente debía tener el nombre que le pusiera el hombre” [1]. Con el ejercicio de “nombrar” a las creaturas vivientes Dios asocia al ser humano a la tarea de la creación, de dar un sentido a la vida que se origina en El, de constituírlo señor de la realidad creada. Es un acto de la más profunda dignidad.
Y consuma ese acto de creación y nombramiento creando a la mujer: “El Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y cuando este se durmió, tomó una de sus costillas y cerró con carne el lugar vacío. Luego, con la costilla que había sacado del hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se llamará Mujer porque ha sido sacada del hombre[2] La importancia de este detalle consiste en establecer que la mujer ha sido hecha de la misma carne que el varón, de la misma dignidad.
La palabra hebrea para designar Mujer es la forma femenina de varón (varona), hecho que confirma la identidad y el valor humanos de ambos. Desafortunadamente, en la antigüedad y en muchos tiempos de la historia, la inferioridad femenina era aceptada. El relato bíblico, en cambio, muestra que tal hecho no corresponde a la intención original del Creador, sino que es una imperfección introducida por el pecado y por el egoísmo. El varón y la mujer participan de un mismo destino, de un mismo valor, de una misma condición y explican la íntima relación que los une, fundada en el amor, en la complementariedad, en el atractivo mutuos.
Adán acoge con un clamor eufórico a la compañera que corona el resto de creaturas a las que ha pasado revista y dado nombre: “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”[3]. Ese grito es la expresión saludable de la tendencia a unirse en una sola carne los seres que son semejantes, hechos para amarse, para crecer, para ser felices, para emprender juntos el maravilloso proyecto del amor en pareja. Tiene la connotación de salir del hogar de origen para formar uno nuevo, un novedoso escenario de felicidad y de ayuda recíproca: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne” [4]. Se impone la libre renuncia a amores laterales para vivir plenamente el don de ser el uno para el otro y de significar con esa entrega la plenitud relacional del varón y de la mujer.
En esa diversidad de lo femenino y de lo masculino se manifiesta la riqueza de la condición humana, siempre llamada al vínculo, a la comunión, al encuentro del amor, tarea que se conquista desde el ejercicio de una libertad responsable y comprometida con la felicidad de quienes optan por ese camino de realización. El matrimonio es el ámbito propio de este vínculo, aunque ahora, desde la sensibilidad propia de esa libertad, no se habla de una sola forma de relación varón-mujer, los avances de las ciencias sociales y humanas, las búsquedas de sentido también permiten abrirse a otras posibilidades. Esto es materia de grandes debates, de movimientos libertarios y de reivindicaciones.
En esta relación matrimonial se despliegan los dinamismos más potentes de los seres humanos, que son-somos sexuados por nuestra misma naturaleza. Bien entendido que la sexualidad es mucho más que unos atributos biológicos externos, es una condición de identidad, una manera de ser, una sensibilidad femenina o masculina, una visión de la vida y de la comunión humana.
Así las cosas, la capacidad de varón y de mujer reside en la posibilidad de darse al otro y de ayudarle a ser él-ella , sintiendo que en ese darse se realiza la plenitud de ambos. Este es un camino de humanización ilimitado. El ejercicio de la sexualidad persigue el bien del otro, no es una relación de usar al otro para satisfacer el gusto y el interés personales, hacerlo así degrada la dignidad femenino-masculina y convierte a la pareja en un desencuentro utilitario. Si una relación de pareja no está fundamentada en el genuino amor no tiene nada de humana. Por eso se imponen una exquisita humanidad, una exquisita espiritualidad, que desarme las tendencias destructivas del ego absolutizado, hedonista, cosificante, para dar el paso al ejercicio de la alteridad enamorada, el misterio apasionante de la comunión amorosa y plena de dignidad en el uno y en el otro.
Sabemos bien acerca de los múltiples factores de crisis en las relaciones conyugales: la mentalidad sociocultural que no favorece la permanencia feliz en los compromisos de totalidad, el machismo que promueve varones “triunfadores” coleccionando mujeres para exhibirlas como trofeos de su virilidad, la inmadurez emocional y la baja en calorías espirituales, el prescindir del sentido de la trascendencia, la hipererotización de la sexualidad dejando al descubierto una vulgar instintividad desbordante de egoísmo,  la mujer que se cree el cuento de que su belleza es un icono de atractivo físico y se convierte en muñeca de exposición, los elementos de carencia de oportunidades de crecimiento en lo económico, en lo laboral. Nada de esto puede eludirse a la hora de estudiar la relación varón-mujer para explorar seriamente alternativas de felicidad y sentido en la perspectiva de la felicidad conyugal.
En octubre de 2014 se reunió en Roma el Sínodo de la Familia, convocado por el Papa Francisco, bajo el lema “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la familia”. De ese contexto resulta el conocido documento llamado “Amoris Laetitia: sobre el amor en la familia”, publicado el 19 de marzo de 2016, que es ahora la carta de navegación de matrimonio y familia en la Iglesia Católica. La familia es el ámbito original del ser humano, esto es clave en el desarrollo de cada persona, en su referencia  constructiva a la sociedad y, en el caso cristiano, en su responsabilidad eclesial.
El evangelio de hoy – tomado de Marcos – también transita por este mismo camino. Los fariseos, siguiendo su estilo habitual, ponen a prueba a Jesús, malintencionadamente: “Es lícito al hombre divorciarse de su mujer? El les respondió: qué es lo que Moisés les ha ordenado? Ellos dijeron: Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella. Entonces Jesús les respondió: Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido[5]
La respuesta de Jesús es significativa cuando caemos en cuenta de que, tanto en el judaísmo como en el mundo grecorromano, el repudio de la mujer era algo corriente, incluso regulado por la ley. Si Jesús les respondía que no era lícito, lo iban a acusar de estar contra la ley. Por eso les devuelve la pregunta y les dice que la ley de Moisés es provisional, porque ahora se ha inaugurado un nuevo orden de vida en el que la dignidad del ser humano es fundamental, espacio en el que el varón y la mujer hacen parte sustancial de la armonía y el equilibrio de la creación. Todo conduce resueltamente a una afirmación profética de la dignidad de este vínculo, y de los seres humanos que se encuentran y se aman. Jesús protege al ser humano de sus propios caprichos egoístas.
Con su respuesta , Jesús desautoriza a los maestros de la ley, que pensaban que la mujer podía ser rechazada por cualquier pretexto surgido del pecado de los varones, nunca de ella. Junto con eso, relativiza las pretensiones de absolutez de la ley mosaica. Al defender a la mujer, Jesús se pone de parte de los “sin derechos”, tira por tierra la soberbia de los fariseos que despreciaban a la mujer y no veían en ella más que una utilidad doméstica y una realidad de sexo físico para engendrar hijos.
Cuando los discípulos, que tampoco terminaban de captar los alcances de las afirmaciones de Jesús, le preguntaron sobre lo que acababa de pasar, su respuesta es contundente: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio[6]. Esto es bien costoso de entender, incluso en la sociedad actual, con mayor razón. Una vez más debemos decir que Jesús, en su enseñanza, está protegiendo la dignidad humana, la del varón y de la mujer, para prevenirlos de no tomar en serio el vínculo conyugal.
Justamente uno de los puntos clave que aborda el Papa Francisco en la exhortación “Amoris Laetitia” es el de las parejas que han fracasado en su relación matrimonial y desean emprender un nuevo vínculo, como expresión de su derecho a la felicidad. Es una realidad social y eclesial que hay que afrontar con criterios muy delicados de misericordia y de comprensión de la fragilidad humana, con apertura clara a esta vocación de plenitud que anida en cada varón y en cada mujer.
Consideremos con atención este texto de la referida exhortación: “Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas. La Iglesia reconoce situaciones en que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios  - como, por ejemplo, la educación de los hijos – no pueden cumplir la obligación de la separación. También está el caso de los que han hecho grandes esfuerzos para salvar el primer matrimonio y sufrieron un abandono injusto, o el de los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia  de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido. Pero otra cosa es una nueva unión que viene de un reciente divorcio, con todas las consecuencias de sufrimiento y de confusión que afectan a los hijos y a familias enteras, o la situación de alguien que ha fallado reiteradamente a sus compromisos familiares. Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y para la familia. Los Padres sinodales han expresado que el discernimiento de los pastores siempre debe hacerse distinguiendo adecuadamente, con una mirada que discierna bien las situaciones. Sabemos que no existen recetas sencillas[7]
La extensa  cita es una invitación al discernimiento, al ejercicio responsable de la misericordia, de la lucidez evangélica, de adoptar como propios los criterios del Señor Jesús. El camino cristiano es por esencia incluyente, no de permisividad facilista, tampoco de intransigencia legalista. La relación del varón y de la mujer, que se consagra en el matrimonio, es merecedora siempre de la más cualificada atención pastoral. Matrimonios serios y felicidad en saludable binomio siempre.




[1] Génesis 2: 18-9
[2] Génesis 2: 21-23.
[3] Génesis 2: 23
[4] Génesis 2: 24
[5] Marcos 2: 2-9
[6] Marcos 2: 10.12
[7] Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia Número 298.

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