domingo, 14 de abril de 2019

COMUNITAS MATUTINA 14 DE ABRIL 2019 DOMINGO DE RAMOS CICLO C


“Cuando llegaron al lugar llamado del cráneo, lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”
(Lucas 23: 33-34)

Lecturas:
1.   Isaías 50: 4-7
2.   Salmo 21
3.   Filipenses 2: 6-11
4.   Lucas 22: 14 a 23: 56

El tema central de las lecturas del Domingo de Ramos es el del mesianismo. La palabra “Mesías” es de origen hebreo y significa “ungido”, que en griego se dice “Xristós”. En la tradición del Antiguo Testamento ungir a alguien equivalía a confiarle una misión en nombre de Dios, para beneficio de todo el pueblo creyente, una misión de libertad y de salvación. Las dos palabras – Mesías y Xristós – aluden a aquel personaje que Israel aguardaba, líder que instauraría definitivamente el derecho y la justicia, el nuevo orden de vida donde quedarían superadas las condiciones de ignominia que afligían a ese pueblo.
Nos encontramos aquí con  un liberador de entraña netamente teologal, cuyo perfil encontramos en la primera lectura de hoy: “El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo,  para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás[1] . La misión profética es problemática y problematizadora, su palabra no tiene compromisos con los poderes establecidos, en su quehacer residen la libertad de Dios, el anuncio de la dignidad, de la vida plena y la denuncia de lo que es incompatible con ellas, esto último es causa de conflicto y persecución para el profeta. Tal condición es inherente al mesianismo auténtico, en el caso de Jesús se vive en plenitud.
La historia suya  es la gran narrativa de Dios para hacer libre al ser humano del sometimiento a la muerte, a la injusticia, a la indignidad, al pecado. El participa de la tradición profética de Israel,  “dice” a Dios de modo salvífico y liberador, él es el lenguaje de Dios, Palabra dinámica (“dabar” en hebreo) que se manifiesta como emancipadora de toda esclavitud, social e individual, estructural y personal.
Tradicionalmente en la predicación cristiana se ha hecho un énfasis desmedido en el sufrimiento de Jesús, en el aspecto trágico de su pasión, en el dramatismo de su crucifixión. La imaginería religiosa es especialista en  Cristos sangrantes y flagelados , excesivamente dolorosos,  que incitan a la gente a una piedad angustiosa y angustiante, como proyectando en esa iconografía su propia tragedia, casi sin esperanza de redención.
Los modelos doctrinales de la teología tradicional presentan la muerte de Jesús como la de una víctima querida por Dios (un padre cruel que se complace en el sufrimiento de su hijo?). El  se ofrece para rescatar al ser humano de la pecaminosidad  con la que se ha ofendido la dignidad de ese Dios. Como consecuencia, el hombre (varón-mujer) quedó privado del beneficio de la relación con Dios y no tenía capacidad por sí mismo para superar esta situación. San Anselmo de Canterbury[2] es el padre de esta interpretación, que se llama de la satisfacción penal sustitutoria, que quiere decir: Jesús muere en sustitución de la humanidad pecadora culpable, para satisfacer con su pasión y muerte la dignidad ofendida de Dios, restableciendo así las relaciones de El con la humanidad. El, muriendo en cruz, paga un rescate para redimir al género humano de su pecado y de sus correspondientes consecuencias.
Explicar esto puede parecer un poco complicado y abstracto, pero conviene hacerlo para ayudar a revisar nuestra espiritualidad y, en general, nuestra práctica cristiana y, muy especialmente, la dimensión esperanzadora y transformadora de la misma. Que sea esta Semana Santa un excelente tiempo para un magnífico ejercicio de confrontación, en el que no se sacrifica lo esencial de la fe, sino que se recupera la originalidad liberadora de todo el ser y quehacer de Jesús, que encuentra en la pasión el punto culminante de su misión. El lenguaje con el que se transmite la fe debe tener una fidelidad sustancial  a esas realidades originales, también al ser humano, destinatario de esa gracia salvífica, y una capacidad significativa para hacerse relevante, comprensible, y capaz de ser asumida en la vida como sentido pleno de la misma.
Vale decir que muchas personas se apartan del cristianismo porque esta figura de un Dios sádico que victimiza a su hijo, que lo remite a la mayor tragedia posible, es inaceptable para una mentalidad sensibilizada con la dignidad humana, con la protección de la vida, con el carácter liberador del amor. La misma fórmula jurídica de esa satisfacción sustitutoria resulta inviable desde los mínimos éticos de nuestra época, muchos de ellos  inspirados por el humanismo cristiano.
Lo que Dios ha querido realizar en Jesús es una narrativa fundante de amor, de misericordia, de solidaridad liberadora con toda la humanidad, para inspirar un modelo de vida referido trascendentalmente al Padre y, en feliz simultaneidad, al ser humano, particularmente al que es afectado destructivamente en su dignidad, en sus derechos, no quedando esto solamente en una reivindicación sociológica sino en una afirmación de la trascendencia de Dios hacia la humanidad y de esta hacia El, con la obvia implicación de eso que hemos venido llamando en estas reflexiones la “radical projimidad”. Dar la vida por amor es acción salvadora y liberadora, en la historia, y remite al   futuro definitivo que llamamos bienaventuranza.
En este contexto veamos lo que nos dice el teólogo Jon Sobrino: “Imagen de Cristo y sufrimiento infligido han estado, pues, relacionados desde el principio en América Latina, y lo siguen estando. Y, sin embargo, algo nuevo y sorprendente ocurrió hace algunos años. El tradicional Cristo sufriente ha sido visto no ya sólo como símbolo de sufrimiento con el cual poder identificarse, sino también y específicamente como símbolo de protesta contra su sufrimiento y, sobre todo, como símbolo de liberación…….Como justificación general de esta opción, digamos que esta imagen ofrece mejor la relevancia de Cristo para un continente de opresión, por ser liberadora y recupera mejor la identidad de Cristo – sin perder su totalidad – al remitir a “Jesús de Nazaret” [3]
El texto de la pasión que se proclama este año el Domingo de Ramos es el de Lucas, conocido como el evangelista de la misericordia, del amor infinito e incondicional de Dios manifestado en Jesucristo. Ninguno de los evangelistas como él ha percibido la sensibilidad del amor del Padre, que se deja sentir de manera especial entre los pobres y  humillados del mundo. A lo largo del relato lucano captamos las diversas escenas de exquisita cercanía de Jesús con débiles, viudas, huérfanos, mujeres, cobradores de impuestos, pecadores.
Nos deja ver la relación de intimidad con su Abba-Padre misericordioso, en los momentos de oración: “Padre, si quieres aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya[4], o cuando su Padre le da valor en medio del sufrimiento: “Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba[5]. Ese vínculo es el que determina su condición de servidor de la misericordia.
La cruz aparece en este relato de la pasión como un verdadero sacramento del amor de Dios: la revelación de la misericordia en medio del sufrimiento, la dimensión de esperanza en la que se vislumbra la superación del absurdo por el mismo Dios que se hace plenamente solidario de quien   sufre. Lucas no hace mucho énfasis en los aspectos dramáticos, en su narración no se detiene a referir detalles dolorosos, porque nos quiere hacer descubrir el amor del Padre hacia Jesús y hacia todos los seres humanos. Es una cruz de solidaridad amorosa y salvífica, no de complacencia en el dolor.
No presenta a Jesús abandonado en el Calvario sino rodeado de amigos y conocidos: “Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido[6], y reemplaza el grito trágico que pone Mateo en boca de Jesús[7] con la invocación de ilimitada confianza propia del salmo 30: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu[8], conmovedora serenidad en el momento supremo de su vida.
A la luz de todo esto es comprensible el papel que desempeña en este relato la actitud del perdón incondicional, sólo explicable desde el misterio de la misericordia que Dios nos revela en Jesucristo. Recordemos los relatos evangélicos de los dos domingos anteriores, van claramente enfocados en este sentido: la parábola del Padre compasivo y de sus dos hijos, la escena de Jesús con la mujer sorprendida en adulterio. Otros detalles corroboran lo que venimos afirmando.
 Todos los que se encuentran con Jesús quedan limpios, en el drama de Jesús sólo tienen cabida el perdón y la reconciliación, en esto reside la esencia liberadora de su misión, que nos propone la misericordia y la compasión como estilo de vida. Algunos ejemplos del mismo texto:
-      “Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: No encuentro en este hombre ningún motivo de condena”[9], “Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan….”[10]
-      “Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron: Señor, usamos   la espada? Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. Pero Jesús dijo: dejen, ya está. Y tocándole la oreja, lo curó[11]
-      “Jesús decía: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen[12]
-      “Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino. El le respondió: Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso[13]
-      “Cuando el centurión vió lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: Realmente este hombre era un justo[14]
En todas estas referencias, y en muchas otras, Jesús aparece claramente como el inocente, el justo perseguido. Qué tipo de lógica hay en esto? Es una insensatez esto de hacer de la misericordia, de la compasión, de la reivindicación de los condenados de la tierra, parte esencial del proyecto de vida? Relacionamos esto con relatos de seres humanos  como los de nuestros líderes sociales asesinados por su entrega al servicio de sus comunidades, en el reclamo de sus derechos, de sus tierras, en la denuncia de la injusticia, en la práctica constante y creciente de la solidaridad, siempre empeñados en hacer que la felicidad y la dignidad tengan expresiones concretas que les den garantía y fundamento? No les parece que esto tiene en el relato fundante de Jesucristo una inspiración decisiva? Cómo lo traducimos a nuestra vida? Esta Semana Santa de 2019 va a ser mucho más que unas cómodas vacaciones, o que la participación en ceremonias? Tendremos implicaciones de cambio cualitativo en nuestras actitudes y conductas?
La misericordia que determina la misión pública de Jesús es provocadora y subversiva, porque se pone de parte de los condenados morales y sociales, apostando por ellos para configurarlos en su dignidad de hijos de Dios.
 Con esto nos ponemos  en frente de Jesús de Nazareth, el “Xristós”, el  gran inconforme con todos los poderes que oprimen al ser humano, el profeta contracultural, el que no se sometió ni a la autoridad religiosa de Israel ni a los dictados del imperio romano. Desde la cruz, obedece al Dios de la vida y de la libertad, no como la víctima de un padre cruel sino como el Hijo de un Dios enamorado de los que no tienen a nadie que les quiera y les respete.
El judío marginal que fue crucificado es el  mismo Señor Resucitado. Su mesianismo es en misericordia, abajándose, haciéndose mínimo y humillado, sin asomo de  masoquismo ,  solamente legítimo y absoluto amor, el único que es digno de fe: “El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente. Al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra, en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: Jesucristo es el Señor[15].




[1] Isaías 50: 4-5
[2] 1033-1109. Fue un monje benedictino de la edad media, nacido en Aosta (Italia), notable teólogo, uno de los más destacados de ese período, que luego fue a Inglaterra, designado por el papa como Arzobispo de Canterbury, donde falleció.
[3] SOBRINO, Jon. Jesucristo Liberador: Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret. Trotta, Madrid 1993, páginas 26-27. La reflexión cristológica que se hace a partir del Concilio Vaticano II rescata al Jesús histórico, al hombre concreto que existió en Palestina en el llamado siglo I de la era cristiana, recoge el testimonio de los relatos evangélicos y de las primeras comunidades de cristianos que dan origen al Nuevo Testamento, descubriendo en ese mismo ser humano al Cristo de la fe, una vez vivida  la experiencia pascual. En ese Jesús histórico se explicitan los aspectos de su relación misericordiosa y compasiva con los pecadores, con los excluídos, con los pobres, con los marginados sociales. Su práctica pone en evidencia la opción preferencial de Dios por los últimos del mundo, indicando el efecto de liberación esencial en la revelación cristiana. Liberación que es histórica pero que se consuma en la plenitud de Dios, al pasar la frontera de la muerte hacia la Vida.
[4] Lucas 22: 42
[5] Lucas 22: 43
[6] Lucas 23: 49
[7] “Dios  mío, Dios mío, por qué me has abandonado? Mateo 27: 46
[8] Lucas 23: 46
[9] Lucas 23:4
[10] Lucas 23: 14
[11] Lucas 22: 49-51
[12] Lucas 23: 34
[13] Lucas 23: 42-43
[14] Lucas 23: 47
[15] Filipenses 2: 6-11

domingo, 7 de abril de 2019

COMUNITAS MATUTINA 7 DE ABRIL 2019 V DOMINGO DE CUARESMA CICLO C


“Jesús se incorporó y le preguntó: Mujer, dónde están? Nadie te ha condenado? Ella respondió: nadie, Señor. Jesús replicó: tampoco yo te condeno. Vete, y no vuelvas a pecar”
(Juan 8: 10-11)

Lecturas:
1.   Isaías 43: 16-21
2.   Salmo 125
3.   Filipenses 3: 8-14
4.   Juan 8: 1-11

El rasgo que define las tres lecturas de este último domingo de cuaresma está en la proyección de Dios como futuro restaurador del ser humano, abatido por la injusticia, por el egoísmo, por la pecaminosidad, la propia y la de los demás que lo hacen padecerla. Ese futuro tiene su cimiento en la misericordia del Padre-Madre Dios , como lo viene proponiendo la Palabra de estos domingos de cuaresma.
-      El profeta Isaías, desde la opresión del destierro de Israel, promete algo novedoso para su pueblo: “Pues bien, voy a hacer algo nuevo: ya está en marcha. No lo reconocen? Sí, abriré en el desierto un camino, alumbraré ríos en el páramo; me honrarán los animales campestres, los chacales y las crías de avestruz; pues llenaré de aguas el desierto, alumbraré ríos en el yermo, para abrevar a mi pueblo , mi elegido, ese pueblo que yo me he formado[1]. El profeta alude a la experiencia del Exodo, el tránsito de Israel por el desierto en pos de la tierra prometida, pero ahora – concluyendo el destierro del pueblo en Babilonia, desplazamiento forzado e ignominioso  – habla de una novedosa realidad que ha de superar con creces la legendaria travesía por el desierto y las circunstancias dramáticas que viven en ese cautiverio. Con las figuras referidas en el texto el profeta anuncia que  es Dios, futuro del ser humano, la esencia de ese nuevo éxodo, camino de liberación y  de nueva humanidad.
-      Pablo – en el texto de Filipenses – se siente impulsado a la novedad de Jesús, en quien encuentra la alternativa para superar su antigua condición de riguroso fariseo y hombre fanático de   la ley judaica. En estos términos  define su  nuevo ser y su misión: “Por mi parte, hermanos, no creo haberlo conseguido todavía. Sin embargo, olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, al premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús[2].
-      En el relato de Juan, Jesús abre a la mujer sorprendida en adulterio un horizonte de futuro liberado y dignificado que los fariseos y los maestros de la ley estaban dispuestos a frustrar. Ella encuentra en el camino de Jesús la alternativa de la dignidad: “Pero, al insistir ellos en su pregunta[3], se incorporó y les dijo: Aquel de ustedes que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra. E inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en la tierra. Ellos, al oír estas palabras se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos, Jesús se quedó solo con la mujer, que seguía en medio[4]. Desarma la argumentación de aquellos hombres que se sentían modelos de moralidad y de religiosidad, y los remite a su propia conciencia, abriendo al mismo tiempo a ella la posibilidad de resignificar su vida, en clave de misericordia.
En nombre de Dios nunca podemos mirar hacia atrás, estancarnos en el pasado, cargar con complejos de culpa y con las angustias que causan las propias equivocaciones. Lo que nos dice Jesús con su conducta es que él, desde el Padre y   desde   su misericordia-compasión, es solidario con el pecador, no con el pecado. La gran novedad que aquí se propone es la de un futuro reconfigurado por Dios, concreto, aquí y ahora. En esta característica del reino de Dios y su justicia   siempre hay oportunidades para un  replanteamiento radical de la vida.
En el relato, se destaca claramente la hipocresía de fariseos y letrados, acusando a la mujer con total intransigencia y sintiéndose ellos puros, libres de pecado. No aceptan el mensaje de Jesús, pero irónicamente le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. Tú qué dices? (Eso lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle)[5].  Le estaban tendiendo una trampa, disfrazados con la sutileza de ser ellos guardianes de la moralidad.
Si Jesús daba su asentimiento a la lapidación, perdería su fama de compasivo y bondadoso; si la rechazaba, iba en contra de la Ley, y esto sería argumento contundente para acusarlo y condenarlo.
La pretendida rectitud  de estos hombres no se fijaba en el pecado de los varones adúlteros ni adoptaba postura  condenatoria hacia ellos, conducta tolerada por la moral sesgada del mundo masculino (algún parecido con la realidad actual?). Pero a la mujer, a quien se tenía como propiedad privada del marido, sí se le aplicaba con toda severidad la sentencia judicial. Hoy seguimos midiendo con distinto rasero la infidelidad del hombre y la de la mujer, vestigios lamentables de un machismo ancestral. Con su actitud de confrontación a estos varones defensores de la ley, Jesús está planteando un tratamiento distinto, desde la misericordia de Dios, de la que él es portador y ejecutor, y desde la igualdad y dignidad de las personas. Claramente es un comportamiento subversivo y, en cuanto tal, liberador.
Tirar la primera piedra era un gesto que equivalía a hacerse responsable de la muerte de la persona lapidada. Jesús reta  a los acusadores ,  que la condenaban sin posibilidad de perdón pero, al mismo tiempo, no querían  asumir la responsabilidad de su posible muerte. Otra muestra elocuente de la inconsistencia de estas y de tantas personas que, presumiendo de ser impecables en su conducta, dejan ver una interioridad pervertida y manipuladora.
Jesús perdona a la mujer antes de que ella así se lo demande, la misericordia de Dios siempre se anticipa, es gratuita e incondicional. El perdón que viene de Dios es lo primero. Cambiar de perspectiva, como en el caso de esta mujer, es la consecuencia de tomar conciencia de que Dios es genuino amor, genuino don liberador, El no espera a nuestros ejercicios penitenciales ni pide golpes de pecho y purificaciones enfermizas. Su gratuidad, que es consecuencia de su opción preferencial por el ser humano, lo lleva a estar permanentemente en disposición de misericordia  y de reconciliación.
Es inaceptable que, después de veinte siglos, se sigan dando mentalidades de   cristianos concretos (?) que se identifican con la postura de aquellos fariseos, que ponían el cumplimiento de la ley por encima de las personas. El fundamento del mensaje de Jesús es precisamente que, desde su experiencia profunda del amor del Padre, lo primero es el ser humano y su dignidad, no la institución ni la ley.  Estas son mediaciones y adquieren su sentido en la medida en que estén orientadas a esa plenitud de la humanidad en el don liberador y salvador que Dios hace de sí mismo en la persona del Señor Jesús: “Y añadió: El sábado ha sido instituído para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado[6].
La cercanía que manifestó Jesús hacia los pecadores – en actitud de exquisito respeto – no podía ser comprendida por aquellos jefes religiosos,  se habían fabricado un Dios a la medida de sus neurosis y de sus redomados egoísmo y arrogancia. Para ellos el cumplimiento de la ley era el valor supremo, la persona estaba sometida a ese imperio. No había contemplaciones. Por eso no tienen el más mínimo reparo en sacrificar a  la mujer en nombre de ese Dios inmisericorde. En cambio – en felicísimo y bienaventurado contraste – Jesús nos dice que la persona es el valor primero, aún en medio de sus errores y pecados. Con él nos hacemos conscientes de que Dios es el nuevo éxodo, la salida hacia la libertad, el futuro esperanzador que replantea la vida de todos aquellos que acojan este beneficio decisivo para la afirmación de su dignidad: “Mujer, dónde están? Nadie te ha condenado? Ella respondió: Nadie, Señor. Jesús replicó: tampoco yo te condeno. Vete, y no vuelvas a pecar[7].
Lo mismo que en el caso del domingo anterior , la parábola del Padre compasivo y de los dos hijos, el mayor envidioso y el menor libertino, podemos preguntarnos si entonces Dios es un  permisivo que no exige al ser humano un modo de vida moralmente responsable, que todo pecado puede ser  absuelto , que “no pasa nada”, que en nombre de eso no es viable hacer una exigencia rigurosa para resarcir los actos pecaminosos y entrar en penitencia y  purificación.
 Entramos en un punto nodal del asunto. Qué es más demandante: una permanente disposición religiosa para el castigo y la condenación, ejercida implacablemente? O, más bien,  la mano tendida de Dios , mediada en el ministerio de la Iglesia y en la conducta de los cristianos, que invita a un nuevo modo de vida según el Evangelio, que no aprueba el pecado, pero sí al pecador en cuanto destinatario de ese amor liberador? Tema esencial para orar y discernir en este éxodo cuaresmal, invitándonos a  recibir  con esperanza el futuro de Dios que es transformación plena de la vida, gozosa novedad existencial.
Porque, sin lugar a dudas, es mucho más exigente el ser beneficiado por la misericordia y el perdón que sometido al régimen del castigo y de la ley que castiga sin redimir. Este  lleva a una vida que actúa por miedo al castigo, aquel se siente amado, reconocido, configurado como ser humano digno y responde con la altura de quien capta el sentido del perdón.
Pablo, fariseo radical y fundamentalista, es el mejor testigo de este dinamismo de salvación: “Más aún, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de  Cristo Jesús, mi Señor. Por él perdí todas las cosas; incluso las tengo por basura para ganar a Cristo y encontrarme arraigado en él, no mediante mi justicia, la que viene de la Ley, sino mediante la que viene por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe[8].
En la relación con el Dios revelado en Jesús no caben el miedo y las falsas seguridades de las instituciones religiosas absolutizadas, es lo que  vive Pablo en plenitud. Tales  seudocertezas  paralizan la vida en el Espíritu y la libertad para llevar una vida evangélicamente creativa e innovadora.  Pero ahora , el antiguo judío descubre al verdadero Dios, en su encuentro con Jesús, y con él, la auténtica liberación.
Conectemos con el evangelio del domingo anterior: Pablo y los observantes que vienen a lapidar a la mujer son el hermano mayor, envidiosos y egocéntricos, presumidos con su máscara de perfección moral; la mujer es el hermano menor que vuelve al Padre creyendo que no merece perdón y Jesús revela al  Padre misericordioso que no permite que sus hijos naufraguen en la soberbia religioso-moral o en el despilfarro de sus posibilidades espirituales y morales.
Dónde  estás  tú? Dónde  estamos  nosotros? Dónde está Colombia con su urgente requerimiento de perdón   y de reconciliación?  Dónde estamos los seguidores de Jesús para significar con nuestro proceder una superación del esquema pecado-castigo-condenación  dando paso al de pecado-misericordia-perdón-vida nueva en el Espíritu?



[1] Isaías 43: 19-21
[2] Filipenses 3: 13-14
[3] La de castigar a la mujer con la lapidación, porque así lo determinaba la ley de Moisés, como “justicia” por su pecado de adulterio.
[4] Juan 8: 7-9
[5] Juan 8: 4-6
[6] Marcos 2: 27-28. Es la expresión de Jesús a propósito del comentario escandalizado de unos fariseos que se quejaban porque los discípulos de aquel, en el sagrado día sábado de los judíos, en el que no se podía realizar ningún trabajo, se abrían camino arrancando las espigas para poder seguir su marcha. El gesto simbólico es muy sencillo, pero expresa una realidad de fondo: la libertad de Jesús ante la rigidez del ordenamiento ritual y jurídico del judaísmo de su tiempo, libertad  que es para salvar al ser humano de una juridicidad religiosa agobiante.
[7] Juan 8: 10-11
[8] Filipenses 3: 8-9

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