domingo, 16 de junio de 2019

COMUNITAS MATUTINA 16 DE JUNIO 2019 SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD CICLO C


“El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes”
(Juan 16: 14-15)


Lecturas:
1.   Proverbios 8: 22-31
2.   Salmo 8
3.   Romanos 5: 1-5
4.   Juan 16: 12-15
La revelación de Dios como misterio y realidad trinitarios es el núcleo que estructura el testimonio de fe de las comunidades que dieron origen a los textos del Nuevo Testamento. La Trinidad es un acontecimiento salvador, no podemos quedarnos en la formulación doctrinal, un poco complicada por las categorías de interpretación filosófico-teológica de los primeros concilios de la historia cristiana, aunque son válidas,   porque la clave es dar el paso a la experiencia creyente, a la vivencia salvadora de la que somos beneficiarios, a la implicación trinitaria en la condición humana.
Sin faltar a la expresión de la doctrina oficial de la Iglesia sobre el misterio de la Trinidad, en su contenido y en su traducción conceptual, sí es muy importante, demasiado importante, hacer un esfuerzo por parte del magisterio de la Iglesia, de la teología y de la catequesis, para dar fuerza significativa al lenguaje sobre   Dios. Los tradicionales conceptos metafísicos con los que se transmite resultan bastante inadecuados para la mentalidad contemporánea. Dios no es el motor inmóvil, como lo formulaba la escolástica tradicional, sino el Dios que es comunión de amor, cuya intimidad no puede reservarse para sí mismo porque lo suyo es trascender, dar vida, salvar, dar sentido, liberar, redimir, mantenerse siempre dando todo de sí para que el ser humano, la creación, permanezcan  en ese dinamismo de vitalidad[1].
El quehacer del Dios al que tradicionalmente llamamos Uno y Trino consiste en comunicar vida y amor para mantenernos en la plenitud, tal  es la auténtica sabiduría divina[2]: “Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de Nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios[3].
 El gran propósito de Dios es alcanzar al ser humano con su gracia para hacerlo pleno, íntegro, feliz, realizado, con una existencia llena de sentido trascendente. Este objetivo teologal es el que nos permite entender que Dios sea un Padre, un Hijo, un Espíritu Santo, todo simultáneamente, como dice la formulación tradicional: tres personas distintas y un solo Dios verdadero.
Cómo se hace eso compatible con nuestra vida real? Con nuestras preguntas, búsquedas y sensibilidades? Con lo que nos llena de felicidad y con lo que nos hace fracasar, provocando un replanteamiento radical de nuestro ser y de nuestro quehacer? Qué tiene que ver el que Dios sea Trinidad con nuestra existencia cotidiana?
Para obtener una respuesta aproximada en la mayor medida posible  tenemos que volver a la simplicidad del lenguaje evangélico y a utilizar la parábola, la alegoría, la comparación, el ejemplo sencillo, como hacía Jesús, conectando esa pedagogía con las realidades de la vida cotidiana, en las que los humanos nos jugamos el sentido de la vida y donde nos hacemos las grandes preguntas del sentido: el enamoramiento, la amistad, los afectos, el trabajo, la construcción de la felicidad, también el sufrimiento, los vacíos, el mal, la soledad, la enfermedad, la muerte.
El pueblo bíblico tuvo una sensibilidad existencial muy marcada, y en ella experimentó a Dios creando, dando vida, liberando, salvando, tal es el modo más adecuado y relevante para “decir” a Dios en relación salvífica con nosotros: “Decir  que el mundo está en las manos de un Dios concebido como Sujeto consiste, en cambio, en aportar al ser humano el soplo, fuente él mismo de esperanza y de salvación, de saber que este mundo y él mismo no está “sin norte”, en “ninguna parte”. Un mundo producido por un Sujeto es un mundo que se sostiene siempre y en todas partes en la posibilidad de una salvación, de un rescate[4].
 Vale decir que Dios es un Yo amoroso, un Tú amoroso, un nosotros amoroso, de cuya esencia es establecer un vínculo fundante con el yo-tú-nosotros que somos los seres humanos. Dicho simplemente: con Dios las cosas son de tú a tú para formar permanentemente un vínculo de sentido y de salvación. No estamos hablando de tres en uno sino de una única realidad que es relación.
El Nuevo Testamento nos muestra con claridad una estructura trinitaria de esta relación salvadora. La iniciativa corresponde al Padre, que envía, entrega y resucita a su Hijo Jesús; la realización histórica se identifica con la obediencia de Jesús al Padre, obediencia que no es la del Dios sádico que entrega a su Hijo para victimizarlo sino la de aquel que en su intimidad asume la conciencia y experiencia radical de la vida que se ofrece para dar sentido y plenitud a todos, y la actualización constante y creciente de esta realidad es la tarea propia del Espíritu, que después de la Pascua es enviado por Jesús de parte del Padre y que habita en el creyente como principio de vida nueva configurándolo con Jesús en su cuerpo sacramental que es la Iglesia: “Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado[5].
Lo que experimentaron los primeros cristianos es que Dios podía ser a la vez:
-      Dios que es origen, principio y fundamento, fuente de la vida, el Padre.
-      Dios que se hace uno de nosotros, el Hijo.
-      Dios que se identifica con cada uno de nosotros, el Espíritu.
Con esto, nos están dando testimonio de un Dios que no está encerrado en sí mismo, sino que se relaciona dándose totalmente a todos y a la vez permaneciendo El mismo. Jesús nos enseñó que, para experimentar a Dios, el ser humano tiene que mirar dentro de sí mismo (Espíritu), mirar amorosamente a los demás (Hijo), y mirar a lo definitivamente trascendente (Padre).
 Vale decir, que el dinamismo trinitario se expresa en el ser humano, cuando este, desde su libertad, acoge a Dios, y es configurado por El: “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes[6].
Que sea esta celebración de la Trinidad,  y la correspondiente reflexión-oración sobre la Palabra propuesta,  una estupenda  oportunidad para purificar nuestra idea y experiencia de Dios.  El  es mucho más simple que lo que nosotros imaginamos y aprehendemos en nuestras definiciones “teológicas”. Con frecuencia proyectamos  insuficiencias y frustraciones en esa realidad a la que llamamos Dios. Así nacen las falsas imágenes: el justiciero, el implacable vengador, el castigador, el juez intransigente, el vigilante, el prohibidor, moralista, manipulador,  correspondientes a falsas imágenes de nosotros mismos[7].
Un Dios que humilla al ser humano, que interviene en su vida de modo moralizante para prohibir y también amargar su existencia, un Dios que minimiza las posibilidades de la libertad, enemigo del placer y del gozo de vivir, que demanda un culto absorbente propio de seres entristecidos, un Dios que legisla obsesivamente todos los detalles de la conducta diaria, un Dios al que se atribuyen tragedias y grandes frustraciones, no es el Dios que se nos ha manifestado en Jesús. Es el Dios, cuya traducción en las diferentes versiones de la religión, es el causante de la rebeldía de muchos y de las grandes manifestaciones del ateísmo[8].
Los modelos fundamentalistas e integristas de la religión, muy de vuelta hoy en diversos contextos del planeta, son soporte de sistemas sociopolíticos de corte autoritario y dictatorial. Es poner a Dios como el gran legitimador de la autoridad intransigente, validando ideologías que sofocan la libertad y justifican las dictaduras. Es la tentación fascista de muchos movimientos religiosos en la actualidad[9].
 Todo esto impone el rescate de la experiencia original de Jesús y de las comunidades del Nuevo Testamento, para acceder al Dios Padre amoroso, incondicional con la humanidad y revelado en el Hijo que dió todo de sí mismo, afirmando la preferencia por los últimos del mundo, denunciando la religión estereotipada en formalismos exteriores, ejerciendo la misericordia y la compasión, estableciendo el servicio y la solidaridad como notas distintivas de su proyecto, haciendo comunidad de discípulos en la misma dinámica y garantizando la presencia-asistencia del Espíritu como comunicación de vida teologal y de nueva humanidad.
El Dios revelado en Jesús está plenamente identificado con nosotros. Es el Dios que, siendo Espíritu, tiene como único objetivo llevarnos a la plenitud de la verdad. Y aquí “verdad” no se reduce a conocimiento téorico sino a comunicación de vida, es el Espíritu que nos impulsa a ser genuinamente humanos.
 Lo que proclamamos en el texto de Juan – evangelio de este domingo – es la experiencia de esos primeros cristianos de la comunidad joanea que llevaban setenta años más o menos viviendo esa realidad del Espíritu en cada uno de ellos. Ellos nos testimonian que,  gracias al Espíritu , tienen la misma vida de Jesús,  es la vitalidad que desenmascara todos los poderes de la muerte y del pecado. La experiencia pascual consistió y consiste en llegar a la misma vivencia de Dios Padre que tuvo Jesús. Esta es la gran esperanza que llena de sentido la vida de todo aquel que tome en serio esta oferta,  proyecto de vitalidad inagotable, cuyo principio y fundamento es la comunión de la Trinidad.
Es la Sabiduría de Dios, que equivale a su voluntad, sus designios, su Palabra, su Espíritu, siempre trascendente pero también encarnada en la historia, en la que esta misma se convierte en sacramento-relato de esa realidad de sentido y plenitud, sin oscurecer su condición de Sujeto mayor, origen de la vida y del amor, afirmación que nos dispensa del panteísmo difuso y nos pone de frente a la gozosa certeza de su condición personal y relacional: “Yo estaba a su lado como un hijo querido y lo deleitaba día tras día, recreándome delante de él todo el tiempo, recreándome sobre la faz de la tierra, y mi delicia era estar con los hijos de los hombres[10].
Así las cosas, los seres humanos tenemos la vocación de relatar , con eficacia   liberadora, a ese Dios cuyo amor es tan desbordante que no se agota en una sola manera de divinidad. Esa potencia de la Trinidad se vierte al ser humano, nos hace padres y madres, nos hace hijos y hermanos, nos hace creadores e innovadores, instrumentos suyos para transformar la historia, comunidad de hombres y mujeres modelados por su misma comunión.



[1] GESCHE, Adolphe. Dios para pensar. Sígueme. Salamanca 1994. El autor ha sido profesor en la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Lovaina. Su obra tiene cinco volúmenes: El mal y el hombre (I), Dios y el cosmos (II y III), el destino (IV), el sentido (V), Jesucristo (VI). El autor hace un esfuerzo notable de traducción del lenguaje sobre Dios apropiado para nuestro tiempo, vivencial, próximo a la sensibilidad sobre la libertad y la autonomía, sobre la afirmación de la dignidad humana, sobre el significado de la historia en clave de trascendencia. Es una obra altamente recomendable en términos de una cultura teológica madura y de una formación realista de la fe.
[2] MARTIN VELASCO, Juan. La experiencia cristiana de Dios. Trotta, Madrid 1995.
[3] Romanos 5: 1-2
[4] GESCHE, Adolphe. Dios para pensar. Volumen II “Dios-el cosmos”, página 84.
[5] Romanos 5: 3-5
[6] Juan 16: 13-15
[7] MARDONES, José María. Matar a nuestros dioses: un Dios para un creyente adulto. PPC. Madrid, 2007.
[8] ARIAS, Juan. El Dios en quien no creo. Sígueme. Salamanca, 1971. GARRIDO, Javier. El conflicto con Dios hoy: reflexiones pastorales. Sal Terrae. Santander (España), 2000.
[9] TAMAYO-ACOSTA. Juan José. Fundamentalismo y diálogo interreligioso. Publicado en www.servicioskoinonia.org/relat/327.htm CARO, Isaac y FEDIAKOVA, Evguenia. Los fundamentalismos religiosos: etapas y contextos de surgimiento. Publicado en Fermentum. Revista Venezolana de Sociología y Antropología. Universidad de Los Andes; Mérida (Venezuela), Número 29 septiembre 2000. www.redalyc.org/html/705/70511228808/index.html
[10] Proverbios 8: 30-31

domingo, 9 de junio de 2019

COMUNITAS MATUTINA 9 DE JUNIO 2019 SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES CICLO C


“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”
 (1 Corintios 12: 11-13)

Lecturas:
1.   Hechos 2: 1-11
2.   Salmo 103
3.   1 Corintios 12: 3-13
4.   Juan 20: 19-23

El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, ha sido infundido en el mundo y en nuestros corazones. Espíritu creador, comunicador de santidad, de sabiduría, de sentido de la vida, configurador de la buena humanidad. Gracias a su dinamismo se transforma la realidad,   esta se hace más justa, libre y  digna. El Espíritu Santo es el fruto por excelencia de la resurrección del Señor Jesús. Recibido como primicia de la nueva creación, él nos garantiza la transformación definitiva de la existencia [1]. Este es el gran contenido de esta solemnidad de Pentecostés.
Para apropiarlo con mayor densidad se impone reconocer la contrapartida que desarmoniza el mundo y la creación. Es la soberbia humana que   tiende a desintegrar nuestros encuentros, introduce la incomprensión, la ruptura de la unidad, crea categorías excluyentes, privilegiando a unos y atropellando a muchos,   se apodera con  violencia  de la naturaleza, exalta el poder y el dinero, envenena los corazones y lleva a que unos seres humanos se ensañen en contra de otros. Es la ausencia del Espíritu, la vanidosa afirmación de que los hombres pretendemos ser la medida de todo, dando la espalda a la alteridad, a Dios, al prójimo, a la creación como hábitat y espacio de comunión[2]
Recordamos el relato simbólico  de la torre de Babel[3], el autor del Génesis nos lleva a captar los problemas inmensos de incomprensión y de intolerancia entre los diversos ámbitos de la humanidad. Esa alusión trasciende todos los tiempos de la historia. La vanagloria de los humanos, la prescindencia de la relacionalidad fraterna y comunicativa con Dios y con los prójimos va en contra de la realización libre de la humanidad, es pecaminosa, destructiva, desvinculante.
Cómo convivir y suscitar un entendimiento fundamental entre quienes tienen tantas diferencias?  Es lo diferente, lo plural, un imposible que impide el diálogo y la fraternidad? Será viable crear  una práctica civilizada que reconozca en el pluralismo una fortaleza fundamental para propiciar bien común, paz, trabajo mancomunado, riqueza en la diversidad? Podremos los cristianos, en diálogo con todas las tradiciones religiosas, propiciar una cultura del encuentro, fomentar el diálogo, trabajar en común por la articulación coherente de la rica diversidad del mundo?[4].
 Una vista panorámica del mundo global nos permite descubrir tantos y tan graves desencuentros: las abominables guerras que  destruyen  sistemáticamente la convivencia en muchos lugares del planeta. La geografía de la violencia y de la intolerancia es penosamente frecuente en nuestro tiempo
Este mundo nuestro sigue siendo  en muchos de sus ámbitos una dolorosa concreción  de aquella simbólica torre de Babel, que afirma  como sea y a cualquier costo – pretensión maquiavélica – que el ser humano todo lo puede, que él mismo define la medida de todo, y que esto lo “legitima” (?) para apoderarse de la vida y bienes de sus semejantes, de la tierra, de los recursos naturales, introduciendo el desequilibrio y la injusticia, la incomprensión como estilo habitual de la existencia.
Las palabras míticas del Génesis, en su género literario deseoso de interpretar el orgullo de los hombres, siguen siendo sentenciosas y ayudan a comprender el por qué de tanta exclusión e intolerancia: “Así el Señor los dispersó de aquel lugar , diseminándolos por toda la tierra. Por eso se llamó Babel; allí, en efecto, el Señor confundió la lengua de los hombres y los dispersó por toda la tierra” [5]. Es el pecado, la libre y arrogante decisión de ir en contra de su propia realización, la ruptura de la armonía original con Dios y con el prójimo, la negativa a la seducción del Espíritu, lo que introduce este apetito desordenado  de arrasar y de dominar.
Después del castigo divino, las diferentes lenguas – alusión simbólica a todos los factores de ruptura – fueron el mayor obstáculo para la convivencia, principio de dispersión y de fractura entre los humanos. El autor de esta narración no pensó en la riqueza de la pluralidad e interpretó aquel gesto como castigo proveniente de Dios. Pero hizo constar, ya desde el principio, que este mismo Dios estaba de parte del pluralismo y de la riqueza contenida en la diversidad, diferenciando a los diversos grupos según sus culturas, tradiciones, lenguas, costumbres, cosmovisiones, y dispersándolos por el planeta.
Seis siglos después de escribirse las narraciones del Génesis nos encontramos en los tiempos del Nuevo Testamento,  el acontecimiento de Jesús, su Buena Noticia de acogida y misericordia para todos, su llamado a la fraternidad y a la inclusión, una nueva manera de vida a partir de un Dios que se obsequia sin medida para formar  un mundo de projimidad.
 Hechos de los Apóstoles es un texto-testimonio de esta novedosa realidad. Celebrando Pentecostés[6] los primeros discípulos de Jesús – fiesta en la que los judíos recordaban el pacto de Dios con el pueblo en el monte Sinaí – se juntan para aguardar al Espíritu: “Al llegar el día de Pentecostés, se encontraban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse[7]  El Espíritu Santo  es garantía de encuentro, de diálogo, de comprensión, la pluralidad se hace dinamismo de riqueza y – gracias a El mismo  – desde esa misma diversidad se hace raíz  de la  comunión!
La venida del Espíritu se describe con fenómenos como si fueran hechos sensibles: ruido de viento huracanado, lenguas de fuego que acrisola, Espíritu (“ruah” aliento dador de vida),  es el modo que escoge Lucas para expresar lo inenarrable, la irrupción de un Espíritu que los llevaría a salir del temor y de la inseguridad que sobrevinieron después de la muerte de Jesús, y que les daría la libertad y el entusiasmo para convertirse en testigos de su Buena Noticia.
Todos comenzaron a hablar lenguas diferentes y, sin embargo, se entendían, constatar esto era para ellos causa de gozo y esperanza. Sobre esta constatación cabe preguntar:  convivimos multitud de creencias religiosas, de visiones de la vida, de modos de organizar la sociedad, de culturas, de posturas filosóficas. Es esto  el impedimento que hace infranqueable el diálogo y el encuentro?  La inagotable benevolencia de Dios, manifestada en tantos hombres y mujeres, trabajadores de la unidad, hace de tal diversidad el mayor acicate para la comunión.
 El movimiento de Jesús nace abierto a todo y a todos, es pluralista en su origen, no hace acepción de personas,  sale de las estrechas fronteras del judaísmo, supera la mentalidad rigorista del Templo y de sus sacerdotes, evoluciona de la fijación en la Ley al dinamismo liberador del amor, no establece diferencias y categorías, hace de tal diversidad el mayor motivo de riqueza, unidad en la diferencia, Dios no es Señor de la uniformidad sino de la pluralidad, lo suyo no es la confrontación violenta sino el diálogo: “Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y el Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” [8].
El Espíritu es políglota, polifónico, propicia la concertación, permite los encuentros, el respeto a las diferencias, asumiéndolas como posibilidad de mayor riqueza para hacer frente a los desafíos de la vida, no nos sumerge en una homogeneidad empobrecedora, es definitivamente universal, ecuménico, nos aleja de uniformidades malsanas.
Qué decir y sentir en estos tiempos en los que un sistema económico somete a la humanidad a sus inexorables leyes de mercado, de consumo, de producción, economía sin alma, deshumanizante, que concentra unilateralmente la riqueza en los primeros mundos y arroja a su suerte a miles de millones de hombres y mujeres en Africa, en América Latina, en Asia? Qué pensar de la “aldea global”[9] – anunciada por aquel teórico de la comunicación Marshall McLuhan – que nos somete a sus consumos culturales alienantes,  en la internet y en la televisión por cable, consumos anodinos, promotores de un aplanamiento mental en   quienes se dejan esclavizar por ellos, sofocando la creatividad, la pasión por la vida y por la justicia?
La venida del Espiritu significó para aquellos discípulos originales el fin del miedo y del sentimiento de fracaso, nació una comunidad humana, creyente, dotada de las mejores razones para la esperanza, experimentaron a Jesús viviente en medio de ellos animándolos a una vida novedosa en Dios y en el prójimo, libres como el viento, resueltos a incendiar el mundo con el anuncio del Reino: “Llegó Jesús y, poniéndose en medio de ellos, les dijo: la paz esté con ustedes! Mientras decía esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: la paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo”[10] .
Donde hay libertad hay autonomía, el ser humano y su bien se hacen ley, y donde hay autonomía se fomentan y  respetan la pluralidad y la individualidad, en cuanto originalidad y evidencia de dignidad, camino de unidad, expresión de la verdad que nos hace libres.
 De Dios, de su Espíritu,, no procede nada que destruya estos anhelos legítimos de libertad, de felicidad, de ilusiones de mayor humanismo y comunión.  El  es la diferencia sustancial que nos hace dignos, que respeta nuestras diferencias y trabaja con ellas para hacernos mesa y pan compartido, comunidad y justicia, servicio y solidaridad,  asamblea de discípulos del Resucitado.
A menudo nos dejamos llevar excesivamente por la tendencia al anquilosamiento, nos sucede individualmente y también a la Iglesia y a la sociedad. Por esto, renunciamos a la innovación y  al cambio,  algunos temerosos y nostálgicos de la Ley nos hacen creer que detenernos en el tiempo y exaltar rituales y normativas en desuso son voluntad de Dios. Esto nos aleja del Evangelio, del mismo Jesús, sofocamos el Espíritu, y nos convertimos en una entidad fúnebre, miedosa, llena de reglamentos, de temores, de sentimientos de culpa. Por esto, tenemos necesidad permanente de la asistencia del Espíritu, el único capaz de causar una conmoción que nos remita a la originalidad de Jesús y de su Buena Noticia.
En Pentecostés no podemos permitir que el ánimo del Señor Jesús  muera, si lo suyo es la vida inagotable de Dios, la permanencia en el ser, la posibilidad definitiva de una vida con sentido histórico y trascendente, entonces es felizmente inevitable que vivamos en un Pentecostés sin fin: “Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común[11] .
La presencia de Dios  nos mueve a parecernos a El. Ya sabemos que, gracias a Jesús, Dios se nos revela  como Padre de amor que acoge y promueve a cada uno en su diferencia original, el lenguaje que nos unifica en el amor. A  ese Dios  es al que debemos asimilarnos, recibir su vitalidad mediante la acción del Espíritu Santo.
 Nada de uniformar, nada de prohibir, porque Pentecostés es la manifestación de un Dios que inspira la pluralidad, la comprensión de las lenguas y de los modos de ser, la riqueza de las culturas, la apasionante fuerza renovadora del Evangelio: “Pero en todo esto es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como El quiere[12].
En Pentecostés nace la Iglesia, la comunidad de los seguidores de Jesús, invitada por El a vivir siempre según el Evangelio, enviada por El a testimoniar y anunciar esa Buena Noticia a la diversidad de grupos y de culturas, constituída como sacramento universal de salvación, asistida por el Espíritu para su permanente renovación,    siempre en plan de servicio y  de acogida a todas las personas.
La espiritualidad es el modo de experimentar a Dios Padre, participándonos de su propio ser, haciendo de nosotros excelentes seres humanos según el modelo de Jesús. El Espíritu Santo es el arquitecto de esta nueva manera de ser, nos encarna en la realidad, nos hace transformadores de la misma, hace de nosotros hijos y hermanos, nos mueve siempre a trabajar por la vida y la dignidad de todos, provoca la creatividad, la vida honesta, el talante de servicio y de solidaridad[13]









[1] CODINA, Víctor. Creo en el Espíritu Santo: pneumatología narrativa. Sal Terrae, Santander (España), 1994.
[2] LEDERACH, John Paul. La imaginación moral. Semana Libros. Bogotá, 2016; The journey toward reconciliation. Herald Press. Pennsylvania, 1999; The little book of conflict transformation. Good Books. New York, 2014. El profesor Lederach (n. 1955) es un cristiano menonita, sus creencias religiosas han determinado notablemente su trabajo de reconciliación y negociación de conflictos.
[3] Génesis 11: 1-9
[4] BASSET, Jean Claude. El diálogo interreligioso. Desclé de Brower. Bilbao, 1999.
[5] Génesis 11: 8-9
[6] Originalmente era una fiesta judía que conmemoraba los cincuenta días de la presencia de Dios en el monte Sinaí, en los tiempos de la larga peregrinación de las tribus hebreas por el desierto, camino hacia la tierra prometida. Era también una celebración de las cosechas, motivo de gratitud a Dios por la fecundidad de la tierra.
[7] Hechos 2: 1-4
[8] Hechos 2: 8-11
[9] McLUHAN, Marshall. La aldea global. Gedisa. Barcelona, 2002.
[10] Juan 20: 19-22
[11] 1 Corintios 12: 4-7
[12] 1 Corintios 12: 11
[13] CASTILLO, José María. Espiritualidad para insatisfechos. Trotta. Madrid, 2007.

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