domingo, 13 de octubre de 2019

COMUNITAS MATUTINA 13 DE OCTUBRE 2019 DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C

Uno de ellos, viéndose curado, volvió glorificando a Dios en voz alta, y cayó de bruces a sus pies, dándole gracias. Era samaritano”
(Lucas 17: 15 – 16)
Lecturas:
  1. 2 Reyes 5: 14 – 17
  2. Salmo 97: 1 – 4
  3. 2 Timoteo 2: 8 – 13
  4. Lucas 17: 11 – 19
Con frecuencia hemos señalado en estos comentarios semanales la preocupación que nos suscita el inaceptable modo de proceder que consiste en instrumentalizar a los seres humanos, tratándolos como objetos, desconociendo su dignidad, manipulando mentes y conciencias, domesticándolos, humillando y maltratando, descartándolos de la mesa de la vida y de sus beneficios, violentando sistemáticamente a las personas. Es una constante situación de pecado y de injusticia, indignante en el grado máximo en que algo puede serlo. Es - penosamente – el modo habitual con el que se trata a millones de seres humanos en el mundo.1
Una vez más, las lecturas de este domingo, nos ponen a pensar en las cosas esenciales de la fe cristiana, en la originalidad de Jesús, en la desbordante gratuidad del Padre Dios, en esa extraordinaria capacidad para quebrar los esquemas surgidos del egoísmo de muchos, y en esa provocación de esperanza y felicidad cuando el caído se experimenta amado y redimido. El evangelio marca siempre un contraste radical – a contracorriente! – con las mentalidades dominantes de injusticia, descarte y exclusión.
A esto nos llevan las lecturas de hoy con el relato de Naamán, el sirio, y con la curación de diez leprosos, de los que solo uno – el menos indicado – regresó a Jesús para darle gracias, matizado con las vigorosas palabras de Pablo a Timoteo: “Siguiendo mi buena noticia, acuérdate de Jesucristo, resucitado de la muerte, del linaje de David. Por ella padezco hasta ser encarcelado como malhechor. Pero todo lo sufro por los elegidos de Dios, para que, por medio de Jesucristo, también ellos alcancen la salvación y la gloria eterna” . 2
Todos recordamos a Pablo, fariseo radical y fundamentalista, riguroso observante de la ley judía y encarnizado perseguidor de los primeros discípulos de Jesús, cuando este llega a su vida a través de una experiencia profunda en la que le hace ver su insensatez; así, este hombre se deja avasallar por esa gratuidad amorosa y entiende que la vida con sentido pasa por dejarse amar por el buen Dios, recibiendo sin méritos todos los dones en los que el Padre es de absoluta generosidad, y apropiando en la totalidad de su ser y de su quehacer que esa gracia se torna realidad humana y salvadora en la persona de Jesucristo. A partir de esta experiencia fundante Pablo se torna un ser siempre agradecido y leal.3 El ministerio paulino, consignado en sus cartas, es referente esencial para comprender y asumir la gratuidad amorosa de Dios en la persona del Señor Jesucristo.4
Luego, la historia de Naamán, el sirio, corrobora esta perspectiva. Todo el capítulo 5 del segundo libro de Reyes contiene el relato que nos invita a abrirnos a la apasionante intervención del Dios gracioso, gratuito y gratificante.
Era un hombre importante y bien reconocido por todos en su medio, y se descubre enfermo de lepra, mal que entre los judíos era tenido como maldición , haciendo que el paciente fuera excluído por el miedo a la contaminación física y ritual, pues se pensaba que el portador de la misma era castigado por Dios por su mala conducta. Aconsejado por una humilde servidora israelita va en busca del profeta Eliseo para ser curado.
Recordamos la penosa exclamación que entre nosotros hacen personas que se sienten “importantes” cuando son requeridos por la autoridad por estar cometiendo faltas: Usted no sabe quien soy yo? Esto mismo le pasó al notable general sirio: ”Naamán llegó con sus caballos y carros y se detuvo ante la puerta de Eliseo. Eliseo mandó a decirle: Ve a bañarte siete veces en el Jordán, y tu carne quedará limpia. Naamán se enfadó y decidió irse, comentando: Yo me imaginaba que saldría a verme en persona y que, puesto en pie, invocaría al Señor, su Dios, pasará la mano sobre la parte enferma y me libraría de mi enfermedad”. 5
Son sus servidores quienes le “bajan los humos” y le hacen caer en cuenta de la disposición de humildad y apertura para recibir el don de Dios, que es la propia de los pequeños, de los que viven en este universo del don gratuito y del amor, los pobres de Yahvé, los que no presumen y están siempre en plan de agradecimiento y de fidelidad.6
Son los mínimos los que advierten a Naamán que negarse a los privilegios propios de la importancia social para acceder al mundo de la gracia, del dejar a Dios ser Dios con su inusitado modo de proceder dador de vida, lleva a las mejores razones para vivir con sentido, en bienaventurada pequeñez. Esta conciencia es la que hace que el antes presuntuoso general exclame: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel”. 7
El relato de Lucas pone a Jesús en camino a Jerusalén, donde se enfrentará a su destino definitivo con el poder religioso de los judíos y el político de los romanos. El siempre sale al encuentro de los oprimidos, de los castigados, de los humillados: “Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, que se pararon a cierta distancia y, alzando la voz, le dijeron: Jesús, Señor, ten piedad de nosotros” 8. Atender la llamada de los últimos del mundo es la señal distintiva de la misericordia de Dios, normativa en la conducta de Jesús, ofrecida también con esa misma normatividad a todos aquellos que nos interesamos en seguir su camino y en ser como él.9
Jesús es la salida misericordiosa y compasiva del Padre Dios hacia toda la humanidad, con clara preferencia por las víctimas. El no mira hojas de vida ni títulos ni ancestros de nobleza, ni siquiera rectitud moral, su misión es la de restaurar a todos los condenados de la tierra, poniendo en tela de juicio el estilo conocido de manipulación y deshonesta utilización del hombre por el hombre.
Diez leprosos son curados y sólo uno regresa para agradecer el beneficio de la curación: “Uno de ellos, viéndose curado, volvió glorificando a Dios en voz alta, y cayó de bruces a sus pies, dándole gracias. Era samaritano” 10. La fe no es sólo confianza sino también fidelidad, la primera cura, la segunda salva: “Alzate, ve, tu fe te ha salvado” .11
Los leprosos, lo recordamos, eran marginados, tal como le referimos en el caso de Naamán y, aún más, los samaritanos eran profundamente despreciados por los judíos. Este texto marca una diferencia cualitativa entre el judaísmo del tiempo de Jesús y la primera comunidad cristiana, en la que surge el texto de Lucas. Es la constante oposición entre el peso de la ley y el don gratuito de Dios: el leproso agradecido es el excomulgado samaritano, los otros nueve – judíos – se van felices a reportar su curación a los sacerdotes del templo, tal como lo prescribía la ley. En ese contexto, ser samaritano era visto por los judíos como una maldición, los despreciaban y tenían por herejes y blasfemos. Ese excluído es el único que vuelve para hacer profesión de gratitud.
La religiosidad , en la mentalidad de este judaísmo y en la de muchos ambientes religiosos de hoy, se concibe como la adaptación cómoda a unas normas externas, a un ordenamiento institucional, en la que no hay cabida para la espiritualidad, esta última espacio legítimo donde Dios acontece dándose y dando vida, constituyendo al destinatario-beneficiario como un nuevo ser humano asumido por la gratuidad y por la gratitud. La religiosidad formal se siente merecedora de Dios, una meritocracia espiritual, y presume de superioridad moral, desconociendo el sentido profundo que para Dios tiene la vivencia creyente y gratuita de los condenados de la tierra.12
De nuevo, Jesús nos lleva a considerar en discernimiento si nuestra búsqueda de Dios y del sentido de la vida es mediante esta sumisión a un cúmulo de prescripciones y de ritos, o a vivir la fe como aventura liberadora, tal como él la vive y propone. Criterio fundamental de discernimiento para establecer si nuestra relación con Dios va en lo cierto es este de optar por lo gratuito, de dejarnos seducir por ese amoroso misterio que da todo de sí mismo, afirmando la dignidad de todo ser humano y de toda la realidad creada y natural, sacramentos de la capacidad gratuita y graciosa de ese Dios , cuyo ser es darse permanentemente para que haya vida en abundancia.13
Hay muchos cuestionamientos a la institucionalidad religiosa cuando se queda en las formalidades y se aleja de las realidades humanas, de los gozos y esperanzas, de los sufrimientos y vacíos de tantos en el mundo. Muchos ateos lo son porque no se sienten persuadidos de Dios con esta mediación estéril de las religiones sin vitalidad, sin capacidad de entusiasmo y de motivación.
Valga esta reflexión para que los creyentes practiquemos una honda autocrítica, revisando si nos quedamos en un simple cumplimiento religioso o si decidimos dar el salto con Jesús para vivir la auténtica misión de la libertad en el amor de Dios.
Por eso, el leproso agradecido es un símbolo de la nueva actitud, la del que se siente necesitado del don y lo acoge feliz con la misma lógica de gracia con la que ha sido sanado de su enfermedad. La religión, para ser genuina mediación de salvación, debe estar saturada de espiritualidad, de confianza y fidelidad simultáneamente, como le sucede a este samaritano que recuperó su humanidad en el encuentro con Jesús.
El fanatismo y la ceguera de muchos contenidos religiosos que llenan de miedos infundados a los creyentes, inventando fantasmas enemigos de la fe, son una típica evidencia de la utilización indebida de Dios, producto de una deficiente formación bíblica y teológica, y de serias carencias en términos de madurez y de sentido crítico.
Cada cristiano, cada comunidad de discípulos de Jesús, tiene la vocación de narrar con la coherencia de su vida que Dios es gratuito ciento por ciento, que la buena existencia es apasionante cuando es determinada por ese don, y que todo ser humano, toda manifestación de vida, es lenguaje de lo mismo. Por eso , vamos en contra de la manipulación del hombre por el hombre.

1 En la novela de Constantin Virgil Gheorgiou (escritor rumano, 1916 – 1992) titulada LA HORA 25, el autor cristiano ortodoxo y sacerdote de esta tradición, narra hechos sucedidos en la segunda guerra mundial, a partir del sufrimiento de un inocente, víctima de las depredaciones propias de este penoso tiempo de la historia del siglo XX en la que más de cincuenta millones de hombres y mujeres fueron sacrificados. Es una reflexión narrativa sobre el problema del mal que hace padecer a los justos, en ese abominable contexto de la guerra. Tiene versión cinematográfica (1967), dirigida por Carlo Ponti, con la actuación protagónica de Virna Lisi y Anthony Quinn.
2 2 Timoteo 2: 8-10
3 BORNKAMM, Günther. Pablo de Tarso. Sígueme. Salamanca, 1987.
4 En www.vaticannews.va/es/papa-francisco/misa-santa-marta/2019-06/papa-francisco-homilia-misa-santa-marta.html el Santo Padre se refiere a la relación de gratuidad con Dios que nos lleva a dar gratuitamente.
5 2 Reyes 5: 9-11
6 LECLERC, Eloi. La sabiduría de un pobre. Ediciones Encuentro. Madrid, 2018. Profunda reflexión de este franciscano francés sobre la experiencia espiritual de San Francisco de Asís. Es un clásico de la literatura espiritual del siglo XX.
7 2 Reyes 5: 15
8 Lucas 17: 11-13
9 SOBRINO, Jon. Fuera de los pobres no hay salvación. Trotta. Madrid, 2007.
10 Lucas 17: 15-16
11 Lucas 15: 19.
12 GUTIERREZ MERINO, Gustavo. Beber en su propio pozo: en el itinerario espiritual de un pueblo. Sígueme. Salamanca, 1984.
13 BOFF, Leonardo. Gracia y liberación del hombre. Cristiandad. Madrid, 1980-

domingo, 6 de octubre de 2019

COMUNITAS MATUTINA 6 DE OCTUBRE 2019 DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C

“Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que tú escuches, clamaré hacia ti: violencia, sin que tú salves?” (Habacuc 1: 2)


Lecturas:
1.   Habacuc 1: 2 – 3 y 2: 2 – 4
2.   Salmo 94: 1 – 9
3.   2 Timoteo 1: 6 – 8 y 13 – 14
4.   Lucas 17: 5 – 10

Jesùs nos pide  revisar en profundidad mentalidades y actitudes relativas a asuntos esenciales de la vida, y lo hace con lenguaje desafiante, para indicar la densidad de lo que està planteando. Asì, en las lecturas de hoy, la de Lucas, precedida por la de Habacuc, se nos remite a la realidad de la fe, cuestionando las comprensiones deficientes que tenemos de ella. Creer en Dios no es asentir a “cosas” externas al creyente o plegarse simplemente a un determinado sistema religioso.[1]
En la revelación bíblica la fe no consiste en el asentimiento a una serie de definiciones doctrinales. Esta es  algo mucho màs radical y decisivo, se trata de la confianza en alguien, de depositar la garantía de la propia vida en una realidad distinta de nosotros, que nos invita y propone cosas maravillosas, comprometiendo la totalidad del ser y del quehacer en este acto, que también exige la fidelidad como actitud de permanente recreación de esa confianza. La fe no se puede reducir a “creencias”, esa no es la propuesta de Jesús, es una manera de vivir fundamentada en el Evangelio, capaz de hacernos nuevos, emancipados, transformadores.
Tampoco nos podemos quedar en  un sistema de seguridades doctrinales que nos proteja de las dinámicas del cambio, de las preguntas inquietantes y definitivas, de las inevitables crisis existenciales. La fe genuina es exigente, retadora, provoca renuncias y rupturas, remite a la libertad, se inserta en la realidad, siempre abierta a la trascendencia, confronta esto último con aquellas situaciones en las que el ser humano se juega el sentido de su vida.
El profeta Habacuc – primera lectura de este domingo – nos pone en el contexto de un diálogo entre el profeta y Dios, con la cuestión por excelencia, la pregunta por la raíz del mal y el sufrimiento que lo rodea : Hasta cuándo , Señor, pediré auxilio sin que tú escuches, clamaré hacia ti: violencia!, sin que tú salves? Por qué me haces ver la iniquidad y te quedas mirando la opresión? No veo más que saqueo y violencia, hay contiendas y aumenta la discordia”. [2]
Angustioso clamor que nos pone frente al  gran interrogante  que surge cuando en el mundo se dan tantos males e injusticias, principalmente en contra de inocentes, inquietud que està en la raíz de muchos desarrollos del pensamiento, algunos de ellos tomados por el sentimiento trágico de la vida. Es la desgarrada protesta  que mueve a muchos seres humanos cuando se constatan los efectos arrasadores del mal y no se vislumbra de inmediato la respuesta de Dios. [3]
De inmediato nuestra sensibilidad recorre los escenarios trágicos de la humanidad, como estos que hemos vivido en Colombia durante tantos años, propiciados por grupos de personas que recurren a la violencia para eliminar a quien piensa o cree distinto, para ejercer retaliación por otros crímenes, para presionar a las autoridades a tomar un determinado tipo de decisiones, para afianzar poder y demostrar superioridad, para emprender la devastación de comunidades inocentes,  unas y otras autènticas encarnaciones del mal, hechas penosa realidad en colectividades donde la mayoría de sus integrantes son esforzados ciudadanos que configuran sus familias, organizan su vida laboral y productiva, constituyen sus ámbitos de vida comunitaria, justa y organizada.
El siniestro campo de concentración de Auschwitz, en la Polonia de la segunda guerra mundial, es un trágico monumento al sin sentido, propiciado por un régimen diabólico y enloquecido. Ante los cadáveres de varios millones de cadáveres judíos, el mundo se sigue preguntando por la justicia de Dios y por los alcances de la barbarie decidida por seres humanos, como lo que hoy acontece en Siria y en las barcazas de africanos que se lanzan al mar porque no resisten las penurias que viven en sus países de origen.
Vuelve a nosotros el drama existencial de Job, que simboliza el sufrimiento del inocente, la tentación de capitular  renunciando a la fe y a la esperanza, culpar a Dios de lo que es responsabilidad humana y caer en un permanente estado de desencanto y sin sentido.[4] Es uno de los grandes núcleos de realidad que nos presenta la revelación bíblica, haciendo eco a lo que es vivenciado por muchos en la humanidad.
No es  la resignación de víctimas que sucumben ante estas tragedias  lo que propone la lógica de la fe genuina , sino la confianza en ese Dios único y personal, en quien se encuentra la capacidad para afrontar de modo transformador la adversidad, el fracaso, la enfermedad, la injusticia, el mal en sus múltiples concreciones, la cuestión decisiva y definitiva de la muerte. En suma, el gran por qué de la existencia.
La queja de Habacuc es clara: no hay justicia, se vive en una violación sistemática de los derechos básicos provocada por confusiones de su tiempo, que nos trasladan a nuestro tiempo con los grandes desafueros que poderosos y sistemas políticos y económicos cometen contra los débiles del mundo. Ante esto, cuál es el papel de la fe? Se contiene allí un sentido que abra a la acción de la justicia y resignifique la esperanza?
La última palabra sobre la vida de los humanos no la tienen los señores de la muerte, ni los provocadores de injusticias y destrucciones, aunque en determinado momento su poder parezca avasallador y ganancioso. Lo decisivo para nosotros proviene de Dios, señor de la historia, quien gratuitamente nos dota de la capacidad creyente, del estilo fuerte para cambiar el significado de lo trágico y mortal en señales de vida y de esperanza, a partir de la confianza radical en El: “El Señor me respondió y dijo: escribe la visión, grábala sobre unas tablas para que se la pueda leer de corrido. Porque la visión aguarda el momento fijado, ansía llegar a término y no fallará; si parece que se demora, espérala, porque vendrá seguramente y no tardará. El que no tiene el alma recta, sucumbirá, pero el justo vivirá por su fidelidad”. [5]
La respuesta de la fe no actúa no automática ni mágicamente, es un proceso denso, en el que se viven desolaciones y experiencias de profundas crisis, protestas y rebeliones, pero también vivencias de purificación, de dramático realismo, en las que el creyente poco a poco se va liberando de la religiosidad tradicional para experimentar ser encontrado por el Dios que se involucra, que se encarna, que se hace principio y fundamento existencial, recuperando la esperanza y la pasión de vivir.[6]
Tales  consideraciones llevan directamente a lo que suscita el texto de Lucas que se propone para este domingo:  “Dijeron los apóstoles al Señor: auméntanos la fe. El Señor respondió: si tuvieran una fe como un grano de mostaza, habrìan dicho a este sicomoro: arràncate y plántate en el mar, y les habrìa obedecido. [7]  La solicitud de los discípulos da pie a una amonestación que cuestiona el poner la seguridad en las buenas obras y en las pràcticas religiosas, en cuanto acumulación de mèritos y autojustificaciòn, para abrir la puerta a la confianza en Dios, tema reiterado en los exigentes retos que Jesùs pone a  fariseos y demás persoajes religiosos de su tiempo.
Quienes  pasan la vida acumulando mèritos no confían en Dios sino en sì mismos, mentalidad que también està presente en sus discípulos , a quienes se dirige este reto. Igualmente, la parábola del servidor cuya única obligación es cumplir con lo mandado sin mèrito alguno, también es una crìtica a las  personas y grupos religiosos que sòlo confían en la observancia de la ley como única alternativa de salvación. Es el eterno dilema entre la fe y las obras, asunto clave que ocupò las reflexiones y la espiritualidad de aquel fraile alemán Martìn Lutero , cuyas inquietudes finalmente derivaron en lo que conocemos como la Reforma Protestante, en cuya base està el esfuerzo por recuperar el sentido legìtimo de la fe como  confianza en Dios, de donde proviene la justicia  gratuita y nunca recompensadora de cumplimientos y observancias.[8]
De esta manera, somos conducidos   a descubrir lo que realmente somos, ir al fondo de nuestro ser como gran ejercicio de confianza, despojarnos de màscaras y apariencias para entrar confiados en el misterio de nuestra humanidad, experiencia que a su vez nos permite entrar en el espacio de Dios en cuanto principio y fundamento de todo lo que somos y hacemos.
En la respuesta que da Jesùs da a entender que la petición que le hacen los discípulos està mal planteada. No se trata de cantidad sino de autenticidad. El no les podía aumentar la fe porque no la tenìan ni en su màs mínima expresión, esta tiene que crecer desde dentro, y para ello pone el ejemplo sencillísimo del grano de mostaza, comparación que nos pone en contacto con las realidades germinales de la vida, que son asì de simples y por lo mismo contenedoras potenciales de una nueva manera ser en Dios.
Lo que Jesùs dice no està referido a una promesa de poderes mágicos para realizar portentos, que es lo que ordinariamente se entiende y lo que moviliza a muchos en materia religiosa, demandando milagros, sanaciones, sin comprometer la propia vida en un nuevo proceso de mejor humanidad según el Evangelio. Para El,  la fuerza de Dios ya està en cada uno de nosotros, para quien tiene confianza esa energía se podrá desplegar en servicio, en solidaridad, en fraternidad, en vida recta y justa.
Lo opuesto a la fe es la idolatrìa, el poner las seguridades en realidades humanas absolutizadas, y darles a estas un pretendido poder salvador y liberador, sacando del escenario al verdadero Dios que se nos revela amorosamente para que seamos auténticamente humanos. La fe es una actitud personal fundamental que imprime un rumbo definitivo a la existencia.
Los testimonios de los grandes creyentes son relatos de Dios que nos ayudan a comprender la respuesta de Jesùs, que suena dura por escueta y contundente pero estimulante para encontrar el sentido real de la fe, así mismo las palabras de Jesús: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”. [9]  El creyente se sumerge en la gran dinámica de la gratuidad de Dios y su justicia, e inscribe su libertad en este apasionante misterio de vida, asume la decisión de romper con el universo de las seguridades religiosas que paralizan su ejercicio creyente y se lanza a la gran aventura de la fe. Es una llamada a ejercer en  nosotros una autocrìtica profunda en perspectiva de superación de los miedos que nos paralizan, de las evasiones con las que queremos justificar el no compromiso y el ejercicio de la responsabilidad de transformar esta historia sin el recurso a la consabida y decadente mentalidad milagrera.[10]
Tambièn en la vida social se viven las consecuencias de esta pobre disposición, no se confía en las personas, se cultiva  con exceso el ser lobos  unos para  otros, todo se reglamenta  y  se cobra, se cosifica a la gente y se la instrumentaliza, las relaciones humanas están mediadas por normas y coacciones y no por credibilidad,  y se cuantifican los resultados  como si el asunto fuera una demostración de cantidad y acumulación. Un verdadero escàndalo: la humanidad sometida a las leyes del mercado y de la ganancia egoísta!!
La fe – confianza bíblica supone también la esperanza y el amor, las tres adquieren su pleno significado cuando se entrelazan. Es lo que sucede en los creyentes  raizales cuando corren el riesgo de confiar ,feliz aventura en la que se juega el sentido de la vida, tal como Abrahàn, Moisès, los profetas, Marìa, Pablo, los discípulos después de la experiencia pascual.
Creer no es cuestión de facilismo y de  la  inercia de una religión sociocultural. Es imperativo tener el coraje de preguntarse, de practicar rupturas, de superar el letargo de una religiosidad que adormece y somete conciencias, hay que mirar todos los aspectos de la condición humana, sus búsquedas de sentido, sus protestas ante el carácter implacable del mal y de la injusticia, explorar, cuestionar, dejar que la realidad desafíe y estimule modos más auténticos de vivir y de creer. Y…..dejarnos sorprender por Dios, El justifica, redime, transforma, exige, nos invita a ser profundamente libres, a optar, pero no permite que nos acomodemos, de El viene el éxodo permanente de las seguridades hacia las libertades
 Jesús no instaura un modelo religioso repetitivo, lo suyo es Dios que revelándose en él nos revela también lo más íntimo de nosotros. A esto alude Pablo cuando dice a Timoteo:  “Por tal motivo, te recomiendo que reavives el carisma de Dios que està en tì por la imposición de mis manos. Piensa que el Señor no nos diò un espíritu de timidez sino de fortaleza, de caridad y de templanza. No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de Nuestro Señor, ni de mì, su prisionero. Al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios” [11]
Superada la idea de la fe como creencia en conceptos o como dotación de poderes extraordinarios, y aceptado que se trata de confianza radical en este Dios incondicional, estamos llamados a transitar por senderos de una humanidad que se configura teologalmente, sin providencialismos, con entera responsabilidad para gestar un mundo de gratuidad humanizante, de trabajo hombro a hombro con el prójimo para construir relaciones de confianza en la relación fundante con el Tù constitutivo que es Dios y con el tù referido a los demás  que se torna en nosotros – comunidad, al estilo del Señor Jesùs.
La fe no nos da recetas, desinstala, libera, es permanente dinamismo de liberación. Si no es así, es opio del pueblo.


[1] TORNOS, Andrés. Cuando hoy vivimos la fe : teología para tiempos difíciles. San Pablo. Madrid, 1997.
[2] Habacuc 1: 2-3
[3] BRAVO LAZCANO, Carlos. El problema del mal. Pontificia Universidad Javeriana – Facultad de Teología. Bogotá, 2006.
[4] UNAMUNO, Miguel. Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Gredos. Madrid, 1987.
[5] Habacuc 2: 2 - 4
[6] MARTIN VELASCO, Juan. El encuentro con Dios. Caparrós editores. Madrid, 1995.
[7] Lucas 17: 5-6
[8] ROPER, Lyndal. Martín Lutero, renegado y profeta. Taurus. Barcelona, 2016.
[9] Lucas 17: 10
[10] MARTIN VELASCO, Juan. El malestar religioso de nuestra cultura. Ediciones Paulinas. Madrid, 1993. GARRIDO, Javier. El conflicto con Dios hoy. Sal Terrae. Santander (España), 2003.
[11] 2 Timoteo 1: 6-8

domingo, 29 de septiembre de 2019

COMUNITAS MATUTINA 29 DE SEPTIEMBRE 2019 DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C


“Si no hacen caso a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite”
(Lucas 16: 31)
Lecturas:
1.   Amòs 6: 1 y 4 – 7
2.   Salmo 145: 7 – 10
3.   1 Timoteo 6: 11 – 16
4.   Lucas 16: 19 – 31
El mensaje de Jesús que, en uno de sus elementos màs determinantes, lleva a optar preferencialmente por los pobres y a denunciar con crudeza la indiferencia de los ricos, con seguridad resulta antipático y reiterativo para muchos. Què hacer ante esto? Callar o limar la aspereza de estos contenidos para no perder adeptos? O mantenerse firme en el vigor original del Evangelio,  aùn a costa de resultar ingratos a los ojos de quienes viven sumergidos en el mundo de las riquezas?
Siguiendo al mismo Jesùs, todo indica que la actitud cristiana seria es la segunda. Este es – una vez màs – el énfasis que nos ofrece el texto de Lucas escogido para este domingo, evangelio que destaca la conciencia misericordiosa  del Señor con respecto a los excluídos y oprimidos,  cuyas carencias son resultado de la insensibilidad de los que disfrutan con exageración egoísta de los bienes materiales, tipificados en el rico Epulòn de la parábola .
La primera lectura, del profeta Amòs,  como el domingo anterior, conecta con esta intención de Jesùs: “Ay de los que se sienten seguros en Siòn y de los que confían en la montaña de Samarìa, la gente màs notable de la capital de las naciones, a quienes acude la casa de Israel!” [1], este texto – del siglo VIII antes de Cristo – inspira la parábola que trae a cuento Lucas para contrastar la desmedida abundancia del rico Epulòn y la dramática pobreza de Làzaro, cuya necesidad no conmueve a aquel.
Amòs vivió en un contexto muy parecido, con gente millonaria que se podía dar toda clase de lujos y derroches, y multitud de pobres que a duras penas sobrevivìan, tal como sucede en nuestro tiempo. Este profeta se dirige a la clase alta de las dos capitales – Jerusalèn y Samarìa – y denuncia con rigor su forma de vida: “Los que beben vino en anchas copas y se ungen con los mejores perfumes, pero no lamentan el desastre de Josè”[2] , refirièndose con tal alusión a lo que sucede en todo el país.
Como castigo, Amòs les anuncia: “Por eso, ahora iràn al destierro a la cabeza de los cautivos y cesarà la orgìa de los sibaritas” [3], texto que participa de la doctrina de la retribución, propia del Antiguo Testamento, asì también lo que padece Epulòn, consecuencia  de su nulo interés por la persona de Làzaro.
Esta parábola es clave para entender mucho de lo que en el evangelio se dice constantemente sobre la actitud ante el dinero y los bienes que con èl se pueden adquirir,  mensaje que nos lleva con gran realismo a mirar el escàndalo del abismo entre ricos y pobres, la sociedad de consumo con su infinidad de objetos innecesarios, el consumismo y el despilfarro que caracterizan a los países del primer mundo y a las clases pudientes en el mundo entero, en contravía del hambre, del desempleo, de la miseria, en la que viven miles de millones de personas, los Làzaros de todos los tiempos de la historia, cuya carencia no es producto de la casualidad sino efecto incuestionable   de un modelo socioeconómico que necesita producir pobres a gran escala para mantenerse “en equilibrio”.
Hay que hacer una advertencia esencial para no errar en la interpretación de este texto de Lucas: el premio del pobre y el castigo del rico no se quedan en la “otra vida”. Recordamos la durísima crìtica del marxismo clásico cuando desvela la religión como opio del pueblo, al invitar a todos los últimos del mundo a resignarse con su miseria prometiéndoles que en el màs allà serán premiados con la bienaventuranza y la salvación eternas.
 Tal promesa es definitivamente inmoral y antievangélica porque uno de los elementos sustanciales de la Buena Noticia de Jesùs es la reivindicación real, histórica, del ser humano en su integridad, abierto a la trascendencia pero trabajando con ahinco para que en justicia se le reconozcan sus derechos y su dignidad. Este es el motivo  que anima la conciencia humana y cristiana cuando propende con machacona insistencia por la solidaridad con todos los condenados de la tierra.[4]
Para comprender por què el rico, que comìa y vestìa de lo suyo, es lanzado al infierno, debemos referirnos brevemente al concepto de rico y de pobre en la Biblia. Para nosotros el uno y el otro son conceptos que aluden a una situación social y económica. Rico es el que posee mucho màs de lo necesario para vivir y puede acumular bienes en demasìa, y pobre es el diametralmente opuesto, el que carece de todo, el que vive en constante necesidad, con el agravante de que , en general, su condición apenas mueve a compasiones ocasionales, a limosnas fruto de piedades del momento, sin tocar en su raíz la estructuras de la sociedad que promueven este estado de cosas.
Pobres, en el Antiguo Testamento, sobre  todo a partir del destierro en Babilonia, eran aquellos que no tenìan otro valedor que Dios. Se trataba de los desheredados de este mundo, que no tenìan nada en què apoyar su existencia, no tenìan a nadie en quien confiar, pero seguían confiando en Dios. Tal confianza era la que los hacìa gratos a Yavè , que no les podía fallar. Por eso en este contexto, lo sociológico no se puede desligar de lo religioso.
Hagamos el esfuerzo de revisar con detenimiento informes socioeconómicos de países ricos y de países pobres, de sociedades ricas en países pobres y veamos los indicadores de posibilidades de acceso a los bienes básicos, al mínimo vital, en contraste con el consumo, el gasto irresponsable, los excesos de quienes tienen mucho màs allà de lo necesario para una vida digna. Es claramente escandaloso, contradictorio, y habla pèsimamente del mundo en el que vivimos y del modelo social y económico que favorece estas distancias de riquezas desbordantes y pobrezas que paralizan a tantos seres humanos.
Las estadísticas tienen el valor de situar objetivamente los indicadores de la pobreza y de la riqueza. En Colombia se estima la población pobre en 12.800.000 personas con un ingreso mensual inferior a $ 257.433; y la población en condición de pobreza extrema – por debajo del mínimo vital – está en 3.508.000, con ingreso mensual inferior a $ 117.605. Esto quiere decir que 16.308.000 habitantes de nuestro país tienen serias dificultades para satisfacer sus necesidades básicas. [5]
Por otra parte, la clase media – concepto que es más sociológico que económico – integra un 70 % de nuestra población, con ingresos mensuales entre $ 600.000 y $ 3.000.000. El sistema de endeudamiento crediticio con el que este grupo poblacional atiende muchas de sus necesidades incrementa la precariedad y fragilidad de esta inmensa comunidad de ciudadanos. El sistema económico que tiene en los centros comerciales sus santuarios deslumbrantes de artículos superfluos y costosos hipnotiza a los consumidores, les crea necesidades artificiales y los hipoteca, dejando con frecuencia en segundo plano la satisfacción de las necesidades básicas de salud, vivienda, educación, seguridad social. Es, sin duda, un sistema intrínsecamente  perverso y pecaminoso.[6]
Mientras tanto, para completar el panorama, veamos algunos datos sobre los grandes capitales colombianos. Luis Carlos Sarmiento Angulo, banquero y constructor, posee una fortuna de 10.8 billones de dólares; la de Jaime Gilinski es de US 3.6 billones, y la de Carlos Ardila Lulle de 2.7 billones de dólares.[7] Es claro que estos grandes conglomerados económicos generan empleo, productividad, desarrollo, pero si examinamos sus políticas de salarios y seguridad social podremos verificar que sus montos son notablemente inferiores a sus ganancias. Es la lógica maligna del capital! Los desequilibrios son evidentes.
La privatización de los servicios públicos, el ataque sistemático a las pensiones de jubilación, el venenoso modelo crediticio, el arribismo que genera la sociedad del consumo, son dinámicas que van en contravía de un proyecto de solidaridad, de justicia, de equidad. La opción preferencial por los pobres no es “pobrerismo”, victimizando siempre a los vulnerables, es una opción por la dignidad plena de todo ser humano, promoviendo una dinámica y estructuración de la sociedad tales que en ella todo se ha de articular para tender a este objetivo común. [8]
Tengamos en cuenta el clamor intenso del Papa Francisco quien, desde el comienzo de su ministerio como Obispo de Roma y antes, en su pastoreo de la Iglesia de Buenos Aires, llama la atención sobre esta seudocultura opulenta que trata a muchos seres humanos como desechables y los “descarta” porque no son funcionales para el sistema de producción y de consumo: “Mientras tanto, los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente. Asì se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas”[9] .
Jesùs quiere hacernos caer en cuenta de una falsa actitud religioso – moral, que es la de confundir rectitud a los ojos de Dios con el cumplimiento de las minuciosidades rituales y legales que se absolutizan con detrimento de la justicia y solidaridad debidas a quienes carecen de todo. La verdadera religiosidad – para El – reside en la construcción de una comunidad de hermanos, donde la dignidad humana sea el principio decisivo de la misma.
Siguiendo aquello de “caridad es hacer hombres, no mendigos”, estamos llamados a superar el asistencialismo y paternalismo de las caridades de momento para dar paso a un paradigma en el que la solidaridad sea estructurante de todo el tejido social, disminuyendo al mismo tiempo la abundancia de los ricos y la carencia de los pobres en la perspectiva de bienes compartidos en igualdad de condiciones, trascendiendo también los intereses políticos y económicos de los grupos de poder, de una y otra tendencia ideològica.
Proponer esto  resulta de alto idealismo, quijotesco si se quiere, pero este debe ser el horizonte ètico que inspire una nueva humanidad. De lo contrario, seguiremos sometidos al designio funesto de seres humanos que utilizan a sus semejantes como mercancías y los descartan cuando nos les resultan ùtiles, mientras aquellos siguen anestesiados en su mundo de excesos.
No podemos desarrollar nuestra religiosidad sin contar con el pobre. Un cierto tipo de predicación incompleta del cristianismo, olvidando lo sustancial del Evangelio, ha desarrollado un individualismo casi absoluto, haciendo de la relación con Dios un tratamiento vertical que desconoce al prójimo. En el mensaje original de Jesùs el camino para llegar a Dios es el compromiso solidario con el prójimo, afirmación que  no admite medianìas . El verdadero grado de acercamiento a Dios es el acercamiento al otro, todo lo demás es idolátrico.[10]
Pablo,  exhorta a Timoteo  a vivir en la nueva humanidad, que es definitiva para este proyecto de fraternidad : “Tù, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas; corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura” [11]
El rico Epulòn es la vieja humanidad, la que ignora el sufrimiento del hermano, la que desperdicia y gasta sin sentido ètico, la que es incapaz de la justicia y de la projimidad. Si bien, nuestra esperanza està cifrada en una plenitud total màs allà de la muerte, que llamamos salvación, nuestra historia actual, y en ella nosotros como actores comprometidos, debemos hacer de la misma un sacramento anticipado de esa trascendencia total, dedicándonos sin reservas a la restauración de los caìdos por causa de la inequidad y de la riqueza irresponsable.



[1] Amós 6: 1
[2] Amós 6: 6
[3] Amós 6: 7
[4] GUTIERREZ MERINO, Gustavo. Teología de la Liberación: perspectivas. Lima, CEP, 1972.
[5] Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE.  Pobreza Multidimensional en Colombia. Boletín técnico mayo de 2019.
[6] Revista DINERO (edición internet), septiembre 27 de 2019. Dónde está la clase media de Colombia?
[7] BROSETA, Andrea. Los hombres más ricos de Colombia 2019. Publicado en RANKIA, marzo 2019.
[8] Concilio Vaticano II. Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno: Gaudium et Spes. Nos. 12 a 18. BAC. Madrid, 2009.
[9] Papa FRANCISCO. Encíclica Laudato si: sobre el cuidado de la casa común, # 56. Tipografía Políglota Vaticana, julio 2013.
[10] GONZALEZ FAUS, José Ignacio. Otro mundo es posible desde Jesús. Sal Terrae. Santander (España), 2010.
[11] 1 Timoteo 6: 11

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