domingo, 12 de enero de 2020

COMUNITAS MATUTINA DOMINGO 12 DE ENERO 2020 EL BAUTISMO DEL SEÑOR CICLO A


“Después del bautismo, mientras Jesús salía del agua, los cielos se abrieron y vió al Espíritu de Dios que descendía sobre él como una paloma. Y una voz dijo desde el cielo: este es mi Hijo muy amado en quien tengo puestas todas mis complacencias”
(Mateo 3: 16-17)

Lecturas
1.   Isaías 42: 1-7
2.   Salmo  28
3.   Hechos 10 : 34-38
4.   Mateo 3: 13-17
El cristianismo original, el propio de Jesús, el del Evangelio, el de las comunidades primitivas, es una fe arraigada en la realidad concreta de los seres humanos, en su historia cotidiana, en sus experiencias de vida y de muerte, en sus dolores y en sus alegrías,   consecuencia directa y primera de la encarnación, del Dios que se inserta en este mundo asumiendo lo propio del ser humano.
Esta lógica es la que se quiere hacer evidente en el contenido de este domingo. El Bautismo de Jesús significa que El – en nombre de Dios y de la misma humanidad – asume la historia nuestra, haciéndose partícipe de la misma, verdaderamente humano en la felicidad y en el sufrimiento, Dios uno de los nuestros! Y la asume de modo salvífico y liberador, vale decir, para redimirnos de todo lo que disminuye nuestra humanidad, el pecado que es la ruptura con el proyecto del Padre , ir en contra de nuestra realización, frustrar su obra creadora, dejar que la injusticia en contra del prójimo, y la violencia que la acompaña, se tornen en el modo habitual de proceder. No hay nada más humanizante que el proceder de Dios revelado en Jesús.
  El, que viene a re – significar con salvación y liberación el absurdo de la muerte y del mal, y para eso se encarna en la totalidad del ser humano y de su existencia, sin reservas, semejante a nosotros en todo menos en el pecado, como nos lo comunican  la tradición del Nuevo Testamento y de la Iglesia.
Vale la pena recordar el contexto del relato de Mateo, que hoy se nos ofrece como lectura del evangelio : Juan  el Bautista, hombre profundamente sincero en su religiosidad y de gran sensibilidad espiritual, está muy inquieto porque ve que la institución judía, el templo, sus sacerdotes, el modo como viven y transmiten la relación con Dios y su práctica correspondiente, no están impregnados de la radical honestidad propia del profetismo bíblico, constata la preocupante inautenticidad vigente y por esto promueve un movimiento de conversión y de rescate de la originalidad religiosa de Israel.
Juan Bautista es radical, considera que la religión judía está totalmente prostituída, y sus dirigentes convertidos en mercenarios de la fe, obsecuentes con el poder romano, desconocedores de la compasión y de la misericordia.
Jesús, Hijo de Dios, encarnado en la realidad de su pueblo, comprometido con su destino, se interesa en la iniciativa del Bautista, y por eso va a escucharle, y a dejarse tocar por lo que este profeta propone, consciente de que hay que evolucionar hacia un modo de vivir fundamentado en el reino de Dios y su justicia, en el que la radical honestidad de la vida y el acatamiento pleno de la voluntad del Padre son constitutivos del nuevo talante que viene con El, opuesto a la formalidad religiosa exterior de los líderes religiosos judíos de ese tiempo: “Por entonces se presentó Jesús, que venía de Galilea al Jordán, a donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo y le decía: soy yo el que necesita ser bautizado por ti, y vienes tú donde mí? Jesús le respondió: deja ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia”. [1]
Es el tiempo mesiánico, el tiempo del nuevo ser humano que se empieza a realizar con Jesús; en ese orden de cosas el signo de este bautismo cobra mayor fuerza expresiva y decisivo peso simbólico. El bautismo que realizaba Juan Bautista es el gesto indicativo de quien se hunde en las aguas de la muerte, del pecado, del egoísmo, de la injusticia , y emerge de ellas para llevar una vida nueva, inspirada en Dios y en los valores esenciales que Jesús propone como contenidos de la Buena Noticia.[2]
En el movimiento de conversión suscitado por el Bautista y en la propuesta de Jesús, se marca un contraste radical con lo anterior, pues lo uno y lo otro llevan a la vida en el Espíritu, a la libertad de los hijos de Dios, a una existencia honesta y comprometida, a una relación fundamental con el Padre y con los hermanos, y a un estilo profético, fraterno, solidario, como lenguaje de coherencia con  esa conversión vivida y asumida.[3]
Cuáles eran las pecaminosidades de ese tiempo y de ese contexto? La presencia dominante política y militar del imperio romano, el autoritarismo de este y el desprecio por el pueblo humilde, la imposición arbitraria de leyes, el desconocimiento de su identidad y de su cultura, las abismales diferencias sociales, escandalosas y contrarias al proyecto de Dios.
También la actitud de no conversión propia del judaísmo fundamentalista, que afirmaba que la única mediación posible de salvación era el cumplimiento milimétrico de todas las prescripciones de la ley, tanto en las determinaciones rituales como en las mil normas de la vida cotidiana, estableciendo un abominable dominio de ese ordenamiento sobre el ser humano y sobre sus legítimas aspiraciones de libertad.[4]
Igualmente, buena parte del pueblo estaba seducido por sus líderes, dándoles la razón y legitimando su despotismo. Evocar estas condiciones nos da una mejor idea del significado del movimiento de Juan el Bautista y de su pasión por la genuina religiosidad.
Efecto saludable de esta celebración del Bautismo del Señor y de esta Palabra, ha de ser la de mirar críticamente las pecaminosidades de nuestro tiempo,   las nuestras propias y las de la sociedad y de la Iglesia.  Asesinato sistemático de líderes sociales, decisiones que no favorecen la dignidad y la calidad de vida de muchos ciudadanos, violencia como recurso para eliminar a quien piensa y procede diferente, negación cínica de la injusticia, religiosidad formal y exterior, ritos sin contenido existencial, consumismo, predominio del tener sobre el ser, carrerismo eclesiástico, pederastia, olvido del prójimo, burocracia eclesiástica.
Los efectos malignos del pecado no se contraarrestan con simples actos de buena voluntad o con legislaciones y reformas. Se impone la presencia novedosa de  una realidad trascendente que entre a lo más hondo del corazón de las gentes de buena voluntad. Esto es la que se personaliza e historiza en la persona de Jesús, quien se une al movimiento del Bautista, significando con ello su misión de erradicar de los individuos y de la sociedad las consecuencias de este desorden.[5]
A esto aluden las palabras de Mateo  e Isaías: “Una vez bautizado Jesús, salió del agua. En esto se abrieron los cielos y vió al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco[6] y “Miren a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi Espíritu, para que promueva el derecho en las naciones[7] . Con estas palabras nos queda clara cuál es la misión de Jesús.[8]
En el contexto de la aceptación del bautismo por parte de Jesús, se explicita la elección que hace de él el Padre – Madre Dios para confiarle la misión de replantear de raíz la historia de la humanidad, desafiando las fuerzas del mal y de  la pecaminosidad ya señalada, configurándolo como el salvador y liberador, el que es capaz – teologalmente, humanamente – de abrir un horizonte de sentido y trascendencia, promoviendo esa nueva manera de vida, libre y redimida, que se manifiesta en las bienaventuranzas.
Así lo expresa el testimonio de Pedro, en la segunda lectura de este domingo: “ Ustedes  ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan. Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder; él pasó haciendo el bien y sanando a los poseídos del diablo, porque Dios estaba con él[9].
Estas palabras son la ratificación que hace la Iglesia Apostólica -  personificada en su líder y pastor primero, Pedro,  - de la misión y compromiso de Jesús, que la Iglesia nos destaca en estos comienzos del año litúrgico, como disposición para seguir juiciosamente su itinerario a lo largo de 2020,  principalmente en los textos bíblicos que se nos ofrecen cada domingo.
Con Jesús, estamos llamados a escuchar las invitaciones a la conversión que nos hacen los signos de los tiempos, las personas y grupos sinceramente evangélicos y humanos, que señalan las incoherencias nuestras y las sociales, para comprometernos en esta tarea permanente, infatigable, exigente, de sacar de raíz el mal en las múltiples manifestaciones bien conocidas e inquietantes. [10]
Esta misión es perfectamente descrita por Isaías: “Yo, el Señor, te he llamado para la justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la cárcel a los que habitan en tinieblas[11].
Suena muy convencional aquello de “año nuevo, vida nueva”, pero si queremos salirnos del estereotipo contenido en la frase, tomemos en serio la novedad misional de Jesús, su decisión de acatar en todo a Dios Padre, seguro de que allí está implicada la máxima posibilidad de sentido y de libertad para el ser humano, rompiendo los moldes de una religiosidad anquilosada y dando paso al reino de Dios y su justicia.
La misión de Jesús se actualiza hoy trabajando con ahinco para “desempoderar” la institucionalidad del cristianismo organizado haciendo del Evangelio el criterio determinante de la acción eclesial, adoptando un modo de vida sobrio, viviendo fraternalmente, asumiendo conductas constantes de solidaridad, en todo siendo testigos de esa esperanza definitiva: “Den culto al Señor, Cristo, en su interior, siempre dispuestos a dar respuesta a quien les pida razón de su esperanza”. [12]


[1] Mateo 3: 13-15
[2] SAN OSCAR ROMERO, homilía del 13 de enero de 1980, solemnidad del Bautismo del Señor. En https://servicioskoinonia.org/romero/homilias/C/800113.htm


[3] DUQUOC, Cristian. Jesús, hombre libre: esbozo de una cristología.  Sígueme. Salamanca, 1977.
[4] Es conocida la postura muy severa de Jesús frente a los líderes religiosos del judaísmo de su tiempo – sacerdotes del templo de Jerusalén, maestros de la ley, fariseos. Estos estaban determinados por el rigorismo legal-ritual, al que daban la primacía por encima de la conversión a Dios y al prójimo, negándose a la compasión y a la misericordia, y generando un modelo religioso netamente ritual y jurídico. Jesús es extremadamente fuerte con ellos como se puede apreciar en Mateo 23: 1-32; Marcos 12: 38-40; Lucas 11: 39-52. Jesús rechaza de plano la religiosidad exterior que no se traduce en una nueva manera de vida referida al amor de Dios y al servicio del prójimo.
[5] VIDAL, Marciano. Cómo hablar del pecado hoy: hacia una moral crítica del pecado. PPC. Madrid, 1988.
[6] Mateo 3: 16-17
[7] Isaías 42: 1
[8] NOLAN, Albert. Jesús hoy: una espiritualidad de libertad radical. Sal Terrae. Santander (España), 2009.
[9] Hechos 10: 37-38
[10] CARRIER, Yves. Las exigencias históricas de la salvación-liberación: análisis temático de las homilías de Monseñor Oscar Arnulfo Romero en https://servicioskoinonia.org/relat/348.htm
[11] Isaías 42: 6-7
[12] 1 Pedro: 3-15

domingo, 5 de enero de 2020

COMUNITAS MATUTINA 5 DE ENERO 2020 SOLEMNIDAD DE LA EPIFANIA DEL SEÑOR CICLO A


“Y el plan de Dios consiste en lo siguiente: tantos los judíos como los gentiles que creen la Buena Noticia gozan por igual de las riquezas heredadas por los hijos de Dios”

(Efesios 3: 6)

Lecturas:

1.   Isaías 60: 1- 6
2.   Salmo 71
3.   Efesios 3: 1 – 6
4.   Mateo 2: 1 - 12

La época en la que se escribe esta parte del libro del profeta Isaías (parte llamada del «Tercer Isaías», primera lectura de este domingo ) corresponde a «la restauración», es decir, al regreso a Jerusalén de los israelitas que habían sido deportados a Babilonia. (Es el tiempo en el que ha sido escrita la mayor parte de la Biblia). Isaías anima la fe de su pueblo, los invita a poner nuevamente su fe y su corazón en la fuerza salvífica de Yahvé, quien traerá la paz y la justicia , con lo que Jerusalén volverá a ser una ciudad radiante, llena de luz, en donde la presencia de Dios como rey hará de ella una nación grande, ante cuya presencia se postrarán todos los pueblos de la tierra: “Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos y tus hijas son llevadas en brazos”.[1]

El profeta manifiesta con esta gran revelación que Dios es quien dará inicio a una nueva época para Israel, una época donde reinará la luz de Dios y serán destruidas todas las fuerzas del mal, pues Dios se hace presente en Israel y ya más nadie podrá hacerle daño.

Si bien este es un texto local para Israel, pues era propio de su contexto y circunstancias animar al pueblo después de la grave crisis del exilio en Babilonia, ahora lo leemos en clave ecuménica, universal, donde el criterio de esa universalidad es el mismo Jesús, cuyo mensaje y práctica anula el exclusivismo religioso de Israel  y abre la oferta de Dios a toda la humanidad. Este es el contenido central de esta solemnidad de la Epifanía, cuyo significado etimológico es manifestación de Dios, que acontece anunciando a todos los seres humanos la posibilidad de ser acogidos por el beneficio definitivo que El nos comunica en Jesucristo.[2]

A propósito de esto, siempre conviene insistir en la indispensable apertura de la interpretación de los textos bíblicos, dado que ellos fueron formulados en un contexto muy particular y circunscrito a los límites propios de Israel, de su religión, de su dinámica social y de su cultura. “Leer” la Biblia desde su contexto y en correlación con nuestros contextos nos permite – lo hemos afirmado muy a menudo en estas reflexiones semanales – detectar su pretexto y hacer también una lectura aplicada a nuestras propias realidades, con eso damos el paso de leer “algo sucedido hace muchos siglos” a un ejercicio contextualizado en nuestra realidad histórica y existencial. [3] Por ejemplo, leer este texto de Isaías sin enterarnos de su contexto y simplemente por cumplir una formalidad litúrgica resulta totalmente insípido, pero si hacemos el esfuerzo de adentrarnos en los hechos en los que surge el escrito nos habilita para enlazar “aquello sucedido en esos tiempos” con realidades similares de nuestro momento histórico.[4]

Los exclusivismos religiosos, ideológicos, políticos, étnicos, son un atentado contra la riqueza que trae consigo el pluralismo de la humanidad y, al mismo tiempo, causantes de violencias, segregaciones, maltratos, opresiones, dominaciones, realizadas por mentalidades que se encarnan en entidades religiosas, en partidos políticos, en estructuras de poder, en racismos depredadores. La propuesta de Jesús es diametralmente opuesta a estos modos y se caracteriza por su carácter eminentemente inclusivo, acogedor, ecuménico. Lamentablemente un cierto tipo de cristianismo profundamente distorsionado se aleja del proyecto original de Jesús y se convierte en secta, similar a las que el Señor fustigó con tanta severidad en sus diatribas  contra  los dirigentes religiosos del judaísmo de su tiempo.

Notable sensibilidad contemporánea es el movimiento ecuménico y también el diálogo interreligioso, cuyos valores radican en el reconocimiento respetuoso de lo diferente, en la acogida de los valores de las diferencias doctrinales, en el trabajo conjunto de creyentes de diversas tradiciones en pro de la paz, de la justicia, de la superación de la pobreza, sin proselitismos, garantizando que cada uno permanezca sereno en su respectiva comunidad de fe. [5]

La segunda lectura nos ofrece la perspectiva de universalidad. Pablo, a través de la carta a los Efesios, ampliará esa comprensión, afirmando que la salvación venida por Dios, a través de Jesús, es para “todos”, judíos y paganos: “Cuando pienso en todo esto, yo, Pablo, prisionero de Cristo Jesús, por el bien de ustedes, los gentiles. A propósito, doy por sentado que ustedes saben que Dios me encargó de manera especial extenderles su gracia a ustedes, los gentiles”. [6]

 El plan de Dios, según Pablo, consiste en formar un solo pueblo, una sola comunidad creyente, un solo cuerpo, una sola Iglesia, un organismo vivo capaz de comunicar a toda la creación la vida y la salvación otorgada por Dios. La carta a los Efesios expresa que el misterio recibido por Pablo consiste en que la Buena Nueva de Cristo se hace efectiva también en los paganos, ellos son coherederos y miembros de ese mismo Cuerpo; esto significa que Dios se ha querido revelar a toda la humanidad, actúa en todos, salva a todos, reconcilia a todos sin excepción: “ Tal como antes les escribí brevemente, Dios mismo me reveló su misterioso plan. Cuando lean esto que les escribo, entenderán la percepción que tengo de este plan acerca de Cristo.”[7]

La preferencia de Dios es el ser humano, más allá de las fronteras que le imponen las divisiones creadas por los mismos hombres, la fuerza liberadora de Dios desconoce estos límites y se ofrece de modo sobreabundante a todos, sin excepción. En ese contexto, la disposición para el ecumenismo y para el diálogo interreligioso son notas distintivas de los cristianos maduros. Contraste profético ante un mundo que excluye y segrega!

Es muy preocupante el surgimiento masivo de las comunidades protestantes de corte neopentecostal, principalmente en América Latina y en los países del Africa subsahariana, con sus prédicas altamente emocionales, generadoras de conversiones “relámpago”, de corte ciento por ciento sobrenaturalista, moral individual enemiga de la autonomía y del discernimiento liberador, y ahora soporte electoral de los regímenes políticos más conservadores y contrarios a las reivindicaciones de justicia y de las víctimas de los conflictos armados, tipo Donald Trump en USA o Jair Bolsonaro en Estados Unidos. Esto es contrario al ecumenismo y al diálogo constructivo entre las diversas denominaciones cristianas, su modo de proceder niega la universalidad del don salvífico de Jesucristo. [8]

El evangelio que se proclama hoy  confirma este carácter universal de la salvación de Dios. Mateo expresa, por medio de este relato simbólico, el origen divino de Jesús y su tarea salvífica como Mesías, como rey de Israel, heredero del trono de David; para ello el evangelista no duda en ubicar con exactitud el lugar donde nació Jesús, Belén, para decirnos que con su presencia en la historia se estaría dando cumplimiento a las palabras de los profetas: “ Jesús nació en Belén de Judea, durante el reinado de Herodes. Por ese tiempo, algunos sabios de países del oriente llegaron a Jerusalén y preguntaron: dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Vimos su estrella mientras salía y hemos venido a adorarlo”. [9]

Por otro lado, el rechazo de este nacimiento por parte de las autoridades políticas (Herodes) y religiosas (sumos sacerdotes y escribas) del pueblo judío y el gozo infinito de los magos, venidos de Oriente, anuncian desde ya ese carácter universal de la misión de Jesús, la apertura del Evangelio a los paganos y su llamado a formar parte de la comunidad cristiana. La Epifanía del Señor es la celebración precisa para confesar nuestra fe en un Dios que se manifiesta a toda la humanidad, que se hace presente en todas las culturas (religiones), que actúa en todos, y que invita a la comunidad creyente a abrir sus puertas a las necesidades y pluralidades del mundo actual.

 En un tiempo como el que vivimos, marcado por la conciencia del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado profundamente. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de proselitismo, o sea, de un esfuerzo por ir a «convertir» al cristianismo a los «gentiles» o «paganos». La «universalidad cristiana» era entendida desde la centralidad del cristianismo: éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, una religión que era el destino establecido por Dios para toda la raza humana... Todos los pueblos (universalidad, sí) estaban destinados a abandonar su religión ancestral y a hacerse cristianos. Pero el mundo cambió, y aquí podemos apreciar la acción del Espíritu Santo que no sabe de fronteras ni de reduccionismos. Gracias a esta conciencia asumimos que en el mundo hay diversidad de caminos hacia Dios, hacia el sentido pleno de la vida, como expresión la más elocuente del espíritu humano en busca de un significado totalizante para su existencia. [10]  Es decir, se trataba de una universalidad, sí, pero cristianocéntrica: la universalidad se da en nosotros, en el cristianismo, y fuera del cristianismo, todos los valores religiosos son inferiores y están destinados a subsumirse o a desaparecer.[11]

Hoy todo esto está cambiando, aunque muchos cristianos (incluidos no pocos de sus pastores y la teología más oficial) todavía siguen anclados, incluso inamovibles, en la visión tradicional. Buen día hoy, la fiesta de la Epifanía, para replantearse estos desafíos y para reflexionar sobre ellos en la homilía y en la comunidad cristiana. No desaprovechemos esta oportunidad para actualizar también personalmente nuestra visión en estos temas.

El simbolismo de los tres magos-reyes, venidos del Oriente, es una clara alusión a esta perspectiva de universalidad, con los tres personajes el evangelista Mateo anuncia que con Jesús adviene un cambio cualitativo en la comprensión de la salvación y del significado trascendente que la acompañe. Dios es un Dios de todos y para todos, El no puede reducirse a un determinado ghetto religioso, con pretensión de administrarlo y de reducirlo a su grupo creyente.

El término “magos” procede del griego “magoi”, que significa matemáticos, astrólogos, es decir, estudiosos del cielo. Más tarde el teólogo y abogado cartaginés Tertuliano (160-220 d.C.) aseguró que los magos eran reyes y que procederían de Oriente. En los regalos de los magos a Jesús, los Padres de la Iglesia ven simbolizadas la realeza (oro), la divinidad (incienso) y la pasión (mirra) de Cristo. Por cierto, la mayor parte de nuestras celebraciones litúrgicas nunca hacen referencia a las religiones no cristianas; nos mantenemos en una esfera férreamente cerrada a todo lo ajeno: no dejamos entrar ninguno de los regalos magníficos que otras religiones nos hacen... Buen día hoy para referirnos a esos dones que Dios mismo nos hace a través de las demás religiones, sus prácticas religiosas tan diferentes de las nuestras, sus métodos de oración, sus acentos éticos diversos... Como la familia de Jesús aceptó los dones que aquellos «paganos» le trajeron, así nosotros deberíamos abrirnos a ese intercambio de bienes...
Si la propuesta de Jesús nos interesa y la asumimos como modelo totalizante de nuestras opciones y actuaciones , encontramos en esta llamada a la salvación universal un aspecto esencial de la condición cristiana. A muchos cristianos más tradicionales, tanto en la Iglesia Católica como en las iglesias reformadas, les preocupa mucho que se caiga en el peligro de sacrificar elementos esenciales de nuestra fe, sumiéndose la misma en un pluralismo indiferenciados, por esta razón se niegan a ver en el ecumenismo y en el diálogo interreligioso una alternativa legítima.

Se impone decir con total claridad que todo proceso de diálogo requiere de identidades consistentes, donde cada tradición creyente ingresa manteniendo lo específico de cada una, con la intención de recibir todo lo valioso que procede de esas comunidades espirituales y donde también nos esmeramos en aportar lo propio nuestro. En esta cultura interreligiosa y ecuménica no se pide disolver la identidad sino – justamente – afirmarla para enriquecer y ser enriquecidos. [12]


[1] Isaías 60: 4
[2] RAHNER, Karl. Teología de la gracia: la universalidad de la oferta de salvación. Herder. Barcelona, 1967. En la Constitución Dogmática sobre la Iglesia – Lumen Gentium – del Concilio Vaticano II se enseña que la Iglesia es sacramento universal de salvación, esta categoría es central en el magisterio conciliar, refuerza lo que venimos afirmando a propósito de esta solemnidad de la Epifanía. Dios y su salvación se ofrecen sin reservas a todos los humanos, contando – claro está – con la libre respuesta de acogida por parte de los destinatarios.
[3] Carlos MESTERS y Rafael AGUIRRE MONASTERIO son dos autores dedicados a le interpretación bíblica, durante largos años de su vida. El primero es un religioso carmelita holandés, venido a Brasil desde muy joven, donde reside actualmente. Su trabajo principal es la interpretación de la Biblia en los contextos de las comunidades populares. El segundo es experto en los contextos del cristianismo primitivo, donde surgen los escritos del Nuevo Testamento. Ambos son autores de lectura sencilla, lenguaje cercano y profundo al mismo tiempo. Sus publicaciones se encuentran principalmente en la editorial VERBO DIVINO, cuyo énfasis es la divulgación de la  Biblia y de todo lo relativo a la interpretación de la misma. Altamente recomendados los dos.
[4] MESTERS, Carlos. Dios, dónde estás: una introducción práctica a la Biblia. Verbo Divino. Estella (Navarra España), 2008.
[5] KNITTER, Paul. Introducción a la teología de las religiones. Verbo Divino Estella, Navarra España, 2004. VIGIL, José María. Teología del pluralismo religioso. Abya Yala. Quito, 2004. DUPUIS, Jacques. Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso. Sal Terrae. Santander (España), 1999.
[6] Efesios 3: 1-2. La palabra GENTILES es habitualmente utilizada en las traducciones españolas de la Biblia para designar a quienes no pertenecían al pueblo judío, es particularmente frecuente en los escritos paulinos.
[7] Efesios 3: 3-4
[9] Mateo 2: 1-2
[10] SARTORI, Giovanni. La sociedad multiétnica: pluralismo, multiculturalismo y extranjeros. Taurus. Madrid, 2001. KUNG, Hans. Proyecto de una ética mundial. Trotta. Madrid, 1992. VIGIL, José María. Crisis de la religión a partir del pluralismo religioso. En Revista Alternativas # 29 Enero – Junio 2005. Managua, Nicaragua. El texto se puede ver en https://cetr.net/crisis_de-la_religion_a _partir_del_p/
[11] A esta mentalidad corresponde la célebre frase-slogan: fuera de la iglesia no hay salvación, que sigue vigente en muchos ambientes cristianos fundamentalistas.
[12] TOBAR CARRIZOSA, Santiago. El diálogo interreligioso: proceso de construcción de vida. Publicado en Revista El Astrolabio. Gimnasio Campestre, Bogotá, septiembre 2012. KASPER, Walter. Caminos de unidad: perspectivas para el ecumenismo. Cristiandad. Madrid, 2008.

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