domingo, 16 de agosto de 2020

COMUNITAS MATUTINA 16 DE AGOSTO DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO


“Entonces Jesús le contestó: Mujer, qué fe tan grande tienes. Que se cumplan tus deseos”
(Mateo 15: 28)

En homenaje a la memoria de Don Pedro Casaldáliga Plá (1928-2020), Obispo de Sao Félix de Araguaia en el Matto Grosso brasileiro, profeta del reino de Dios y su justicia, pastor de indígenas y campesinos, seguidor insigne de Jesús. Pedro Pascua, ruega por nosotros!
Lecturas:
1.   Isaías 56: 1-7
2.   Salmo 66
3.   Romanos 11: 13-15 y 29-32
4.   Mateo 15: 21-28
Crecen en nuestros días las fobias contra lo diverso: homofobia, xenofobia, múltiples aversiones “justificadas” por la supremacía de una pretendida superioridad étnica, económica, política, religiosa. Evidencia destacada de esta problemática la encontramos en el fenómeno migratorio de colectivos que se desplazan de países tradicionalmente afectados por la pobreza y por la violencia hacia regiones del primer mundo, donde aspiran a mejores condiciones de vida. Sin embargo, muchos de los gobiernos de estas naciones,  no pocos de sus ciudadanos, acrecientan su odio por lo diferente, con la argumentación de sus intereses venidos a menos por la “invasión” de legiones de pobres y desplazados.[1] Lo vivimos en Colombia con el flujo constante de prójimos venezolanos, y lo viven Europa occidental y Estados Unidos con nutridas  poblaciones africanas   y otras, procedentes de Siria, Afganistán, Paquistán, entre otros lugares del planeta , en los que las posibilidades de vivir con dignidad son cada vez más precarias.
El etnocentrismo, la deplorable doctrina de la seguridad nacional que revive con modelos diversos, según los gobernantes de turno en Estados Unidos y Europa; el elitismo religioso-moral de los grupos creyentes que se sienten administradores exclusivos – y excluyentes – del favor de Dios y observantes rigurosos de lo que ellos consideran auténtica moralidad, para quienes los demás que no participan de sus creencias son herejes, ateos, expuestos al mal querer de Dios;  la prepotencia de los grupos económicos desconocedores del humanismo y de la solidaridad ; la violencia de género y los altos niveles de agresividad contra los colectivos homosexuales, son las más notables evidencias de la discriminación que maltrata gravemente la dignidad humana y habla pésimamente de sus protagonistas y gestores.[2]
Las lecturas de este domingo nos ponen ante una exigencia radical del cristianismo original, el propio de Jesús, el vivido por las comunidades primitivas, es la conciencia y la experiencia de que la intención salvadora de Dios no se reduce a tal o cual pueblo elegido, a tal o cual congregación de creyentes, a tal o cual elite de perfectos, a tal o cual grupo racial o ideológico,  porque  lo propio de esta novedosa condición se evidencia en un Dios que es para todos los seres humanos, sin excepción, un Dios apasionante que se explicita en la pluralidad y en la diversidad de la condición humana. [3] Dios no le pertenece en exclusiva a ninguna religión, a ninguna sociedad, a ninguna etnia. El ser de Dios se vuelca amorosamente sobre toda la humanidad, en El se someten a crítica todos los elitismos creados por el egoísmo de seres humanos aplastantes y excluyentes. [4]
Así, veamos lo que nos plantean la primera lectura, del profeta Isaías, y el texto de Mateo, relato del encuentro de Jesús con la mujer cananea – extranjera! - , paradigma de acogida y universalidad.
Al regresar del exilio que vivieron los israelitas en Babilonia, cautividad que duró un poco más de cincuenta años, los discípulos del profeta Isaías, empeñados en una renovación espiritual profunda, proponen a este nuevo Israel que deje atrás su exclusivismo religioso-nacionalista para que se abra a los valores de la universalidad , animando a  promover la gran causa de la justicia que acoge sin distingos a todos los seres humanos. Es sabido que el pueblo de Israel se sentía el concesionario absoluto de Dios, en sus creencias no estaba el reconocimiento de la validez de los caminos religiosos distintos del propio. Su visión de la relación con Dios les hacía sentirse únicos y superiores, lo que estaba por fuera de esta concepción para ellos pertenecía al ámbito de la invalidez para recibir la bendición divina. [5]
Las palabras de la primera lectura de este domingo pertenecen al llamado Tercer Isaías, texto que se caracteriza por su visión universal de la salvación : “A los extranjeros que se hayan dado al Señor, para servirlo, para amar al Señor y ser sus servidores, que guarden el sábado sin profanarlo y perseveren en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración; aceptaré sobre mi altar sus ofrendas, porque mi casa es casa de oración, y a mi casa la llamarán todos los pueblos casa de oración”.[6] Es de la esencia de Dios acoger a todos los seres humanos.
Cada pueblo sólo puede ser superior a sí mismo en cada momento de la historia, un saludable sentido ético no puede admitir superioridades violentas y aniquilantes. La genuina superioridad consiste en transformar esas decadentes tendencias en una conciencia de sus propias potencialidades de apertura universalista y de esfuerzo de comunión. El nuevo templo de Jerusalén, como símbolo de la esperanza del pueblo liberado, debía convertirse en una institución que animara los procesos de integración universal, abierta a todos los creyentes en el Dios de la justicia y del amor, cuya genuina religión tiene su raíz en el respeto por todos,  preferentemente por  los más débiles y excluídos.
Desafortunadamente el entusiasmo renovador de los profetas que promulgaban este mensaje no tuvo eco suficiente y se quedó en el aire como un ideal lejano. Y el templo siguió siendo el fortín de los poderosos y explotadores del pueblo humilde, el lugar donde almacenaban sus riquezas mal habidas.
 Por eso, siglos más tarde, tiene lugar esa escena paradigmática en la que Jesús arroja con violencia a los mercaderes que hacían su agosto en el lugar sagrado y los fustiga con palabras de gran severidad: “Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas, y no dejaba a nadie transportar objetos por el templo. Y les dijo: está escrito, mi casa será casa de oración y ustedes la han convertido en guarida de bandidos” .[7]
Este enfrentamiento tiene la intención de devolver al templo su significación de baluarte de la justicia y de acogida gratuita a todos los que se acercaban al lugar.
En ese proceso de ruptura con la decadencia del templo y con la élite que lo manipulaba se enmarca el episodio de la mujer cananea, que nos propone el evangelio de este domingo. Jesús se había retirado hacia una región extranjera, Tiro y Sidón, no muy lejana de Galilea. Las fuertes presiones del poder central judío imponían grandes limitaciones a la actividad misionera de Jesús. Su obra en favor de los pobres, enfermos y marginados, encontraba gran resistencia porque abría el horizonte  y ponía en crisis el exclusivismo religioso judío.
El encuentro con la mujer cananea, doblemente marginal por su condición de mujer y de extranjera, transforma todos los paradigmas con los que Jesús interpretaba su misión. Es una escena dura que nos sorprende bastante porque al comienzo Jesús se muestra displicente ante la insistente mujer que clamaba por la curación de su hija: “Desde allí se marchó a la región de Tiro Y Sidón. Una mujer cananea de la zona salió gritando:  Ten compasión de mí, Señor, hijo de David!, mi hija es maltratada por un demonio. El no respondió una palabra. Se acercaron los discípulos y le suplicaron: despídela, que  viene gritando detrás de nosotros. El contestó: He sido enviado solamente a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”. [8]
Los discípulos, movidos más por la impaciencia que por la compasión, median ante Jesús para poner fin a los ruegos de la mujer. El evangelista, entonces, pone en boca de Jesús una respuesta típica de un predicador judío: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel” . [9] La mujer,  haciendo a un lado prejuicios raciales y religiosos, corta el camino a Jesús y lo obliga a dialogar,  “catequiza” a Jesús, la sorpresa suya es grande cuando constata en ella una fe que contrastaba con la incredulidad y escepticismo de sus paisanos judíos, tan presumidos de su pretendida superioridad religiosa.
Con este incidente, Jesús comprende que no puede excluír a los auténticos creyentes, los que saltan con convicción los límites de tal o cual religión para acceder al Dios de la solidaridad y de la justicia: “Entonces Jesús le contestó: Mujer, qué fe tan grande tienes. Que se cumplan tus deseos. Y la hija quedó curada en aquel momento” . [10]
También hoy se dan marcadas exclusiones y actitudes de proscripción y desconocimiento de la pluralidad de creencias, se castiga y se condena a muchos porque son “distintos” en sus convicciones, en su cultura, en su sensibilidad espiritual, en su sexualidad, en su condición socioeconómica, en su raza, incluyendo actitudes de estas en muchos ambientes que se dicen cristianos. La misión del reino de Dios y su justicia trasciende fronteras y reconoce como objetivo suyo el acoger con misericordia y solidaridad a todo ser humano que busca ser reconocido en su dignidad  para reintegrarlo en la dignidad que le han quitado tantos anatemas. [11]
El Dios que se nos revela en Jesucristo es Padre-Madre, inabarcablemente plural en sus manifestaciones, en sus intenciones, en los caminos que nos traza para que nuestra vida sea plena y bienaventurada. Las religiones, tomadas en serio, no pueden constituirse en obstáculos al plan de Dios, sino en mediaciones de profunda densidad espiritual y humanista, así lo promueve el Concilio Vaticano II:  “Es evidente que se está produciendo una unificación cada vez mayor de todos los pueblos, que los hombres de diversas culturas y religiones se vinculan con relaciones cada vez más estrechas y que aumenta, finalmente, la conciencia de la responsabilidad propia de cada uno. Por ello, para establecer y consolidar en el género humano la concordia y las relaciones pacíficas, se requiere que en todas partes se proteja la libertad religiosa con una eficaz tutela jurídica y se respeten los deberes y derechos supremos del hombre a desarrollar libremente en la sociedad la vida religiosa”. [12]




[1] Sami Naïr. Refugiados: frente a la catástrofe humanitaria una solución real. Crítica. Barcelona, 2017. Javier de Lucas. Mediterráneo: el naufragio de Europa. Tirant lo Blanch. Barcelona, 2015.   Zygmunt Bauman. Extraños llamando a la puerta. Paidós. Barcelona, 2013.  Nicolás Castellano. Me llamo Adou: la verdadera historia del niño de la maleta que conmovió al mundo. Planeta. Barcelona, 2017.  Agustín Morales. No somos refugiados. Círculo de Tiza. Madrid, 2016.
[2] Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, autores varios. Miradas a la discriminación. México D.F. 2012. Amin  Maalouf. Identidades asesinas. Alianza Editorial. Madrid, 2012.. George M. Fredrickson. La supremacía blanca: un estudio comparativo de la historia de América y Sudáfrica. Oxford University Press, 1982; La arrogancia de la raza: perspectivas históricas sobre la esclavitud, el racismo y la desigualdad social. Wesleyan University Press. 1988.  Florencio Galindo. El fenómeno del fundamentalismo: la conquista evangélica de América Latina. Verbo Divino. Estella (Navarra España), 1994. Klaus Kienzler. El fundamentalismo religioso: cristianismo, judaísmo, islam. Alianza Editorial. Madrid, 2011.
[3] Xavier Alegre, José Ignacio González Faus, y otros. Universalidad de Cristo, universalidad del pobre. Sal Terrae. Santander (España), 1997. Jacques Dupuis. Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso. Sal Terrae. Santander (España), 2005.
[4] Francisco de Roux. Exclusión religiosa. En diario El Tiempo, edición 16 de septiembre 2015: el punto es superar toda pretensión de superioridad religiosa que siempre da origen a la violencia. En www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-16376245 . Patxi Lanceros & Francisco Díez de Velasco, editores, Religión y violencia. Círculo de Bellas Artes. Madrid, 2008. En www.fradive.webs.ull.es/masterupo/textos/violencia.pdf
[5] Héctor Eduardo Lugo, OFM. Universalidad de la salvación y teología incluyente. En Theologica Xaveriana número 138 (2001), páginas 183-192. Francisco Javier de la Torre. Derribar las fronteras: ética mundial y diálogo interreligioso. Universidad Pontificia de Comillas & Desclée de Brower. Bilbao, 2004.
[6] Isaías 56: 6-7
[7] Marcos 11: 15-17
[8] Mateo 15: 21-24
[9] Mateo 15: 24
[10] Mateo 15: 28
[11] Xavier Melloni Ribas. El ciego y el elefante: el diálogo interreligioso. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2000. Hans Küng. Proyecto de una ética mundial. Trotta. Madrid, 2000. Raimon Panikkar. El diálogo indispensable: paz entre las religiones. Península. Barcelona, 2003.
[12] Concilio Vaticano II. Declaración Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa. BAC. Madrid, 1996, número 15.

domingo, 9 de agosto de 2020

COMUNITAS MATUTINA 9 DE AGOSTO DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARI0


“Tengan valor, soy yo, no tengan miedo”
(Mateo 14: 27)

Lecturas:
1.   1 Reyes 19: 9-13
2.   Salmo 84
3.   Romanos 9: 1-5
4.   Mateo 14: 22-33

El asunto de los poderosos sobre quienes pesa la sospecha de corrupción y de procedimientos inmorales y contrarios al bien común es cosa de siempre, lo mismo que los desvaríos del ser humano cuando, en nombre de una pretendida libertad, que no siempre comprende ni apropia, se va por los vericuetos del egoísmo, del desprecio a su prójimo, enarbolando ídolos,[1] a quienes asigna grandes posibilidades pero que, a la postre, resultan gigantes deleznables, con pies de barro, como  bien lo refleja el salmo 115: “Los ídolos de los paganos son oro y plata, objetos que el hombre fabrica con sus manos: tienen boca, pero no pueden hablar; tienen ojos, pero no pueden ver; tienen orejas, pero no pueden oír; tienen narices, pero no pueden oler; tienen manos, pero no pueden tocar; tienen pies, pero no pueden andar; ni un solo sonido sale de su garganta! Iguales a esos ídolos son quienes los fabrican y quienes en ellos creen”.[2]
Con sorprendente facilidad el ser humano se deja seducir por falsos mesianismos, se obsesiona con realidades a las que confiere poderes milagrosos, capitula sus pretensiones de autonomía y las disfraza con personajes, ideologías, consumos, religiosidades vaporosas, culto a sí mismo o a otros, construyendo paraísos artificiales, sin permitir confrontación ni crítica.
En los profetas bíblicos encontramos un referente esencial para comprender este fenómeno, nada casual en la historia de la humanidad. El Dios único al que ellos anunciaban tenía como correlato un ser humano único, digno, emancipado de toda esclavitud, gestor de su historia, responsable de la misma. La fuerte denuncia de estos hombres, cuya conducta siempre resultó más que incómoda para el poder político y religioso de Israel, era simultáneamente una pasión teologal y una pasión profunda por la dignidad humana. [3]
La primera lectura de este domingo nos remite a una situación que aterriza lo que venimos describiendo, la veremos como modelo para una lectura crítica de lo que sucede en nuestro tiempo. Es así:  entre los primeros profetas de Israel surgen dos figuras que brillan con luz propia: Samuel y Elías. La tradición bíblica les asigna lugar prioritario por la radicalidad con la que asumieron la causa de Yavé, que es la misma causa del ser humano amenazado de esclavitud.[4]
El profeta Elías,  emprende el camino de retorno hacia el monte Horeb, simbolizando  la vuelta a los orígenes de Israel: la fidelidad al único y verdadero Dios, pactada en la alianza, y al modo de vida honesto como reciprocidad de los creyentes hacia El , quien se ha desbordado con predilecciones hacia este pueblo, demostrando que su único interés es la plenitud del ser humano, del que los israelitas son imagen y prototipo. [5]
Esta dignidad de Israel se ha visto manchada con la perversidad del rey Acab y de su esposa Jezabel, quien desata su ira contra Elías persiguiéndolo para darle muerte, como venganza por la entereza con la que él ha denunciado los cultos idolátricos y la correspondiente desarticulación del modo de vida fundamentado en la rectitud y en la justicia. El ideal de Elías es rescatar la originalidad de la fe en el Dios único que favorece un ser humano también único y digno.
El monoteísmo de Israel no es la exclusividad de un Dios celoso y tiránico que rechaza competencia o que castiga implacablemente a aquellos “dioses alternativos” que se filtran en su camino. El Dios único de los israelitas contiene la posibilidad de que el ser humano sea también único y libre de esclavitudes y de sometimientos serviles. La religión de Israel aporta al universo religioso de la humanidad este monoteísmo liberador.[6]
Los  ídolos que confronta Elías son los Baales de nuestro tiempo, todo aquello que va en contra de la realización plena del ser humano, la existencia vacía de ideales, la economía sin humanismo, la tiranía de los poderes que sofocan las aspiraciones humanas de libertad. El talante de este profeta se plasma en aquellos seres humanos apasionados por el reino de Dios y su justicia, siempre empeñados en el proyecto original de Dios que es la vigencia permanente de la dignidad humana.  Así, vamos con Elías al silencio del encuentro contemplativo con el misterio de Dios, fundamento de una vida libre y bienaventurada.
No es en las manifestaciones  del poder  donde se encuentra Dios, sus manifestaciones decisivas se dan en la “brisa tenue”, en los amores discretos, en las vidas dedicadas humildemente al servicio y a la solidaridad:  “En aquel momento pasó el Señor, y un viento fuerte y poderoso desgajó la montaña y partió las rocas ante el Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto, pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. Y tras el terremoto hubo un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego se oyó un sonido suave y delicado. Al escucharlo, Elías se cubrió la cara con su capa y salió y se quedó a la entrada de la cueva. En esto llegó a él una voz que decía: qué haces ahí Elías?” .[7]
La mentalidad que refleja el anterior relato es indicativa de la lógica de un Dios que no acude a las evidencias propias de la espectacularidad vanidosa . El Dios que se revela de este modo   es un Dios que se abaja para manifestarse en la sobriedad, en la silenciosa conducta de los humildes,  como se aprecia  en los relatos de vida de hombres y mujeres que viven  en la sabiduría de lo esencial. [8]
El relato del evangelio de Mateo – la tempestad calmada – obedece a situaciones de confusión y angustia que vivían las primeras comunidades cristianas, asediadas por persecuciones y graves contradicciones e incomprensiones, bien conocidas por la historia. Recordemos también el hondo sentimiento de derrota que embargó a los discípulos después de la muerte de Jesús, todo lo bueno que él anunció y realizó se veía aparentemente fracasado. Eso es lo que reflejan los discípulos angustiados en la barca que se mece con violencia con el vaivén de la tempestad.
Se parece a muchas  circunstancias que vivimos los seres humanos, las sociedades, la Iglesia misma, las fuerzas adversas parecen llevar siempre la delantera. Este episodio del evangelio nos muestra cómo la comunidad de fe puede perder el horizonte cuando permite que el temor domine sobre la confianza en Jesús y en el Padre Dios. También nos señala la temeridad, como la de Pedro que se lanza a las aguas más por vanidad personal que por certeza y seguridad  en la presencia del Señor, esto es como un ruido ensordecedor, el de los egos que se confabulan para desconocer la discreta gratuidad del amor de Dios. Este Pedro desafiante, que pretende discurrir sobre las aguas y luego se hunde, es un símbolo del ser humano envanecido por sus logros, sin perspectiva trascendente. Es como un Prometeo encadenado, provocador, pagado de sí mismo, esclavo de su autosuficiencia.
En 2020 la pandemia del corona virus constituye  una turbulencia de marca mayor, afecta a toda la humanidad, las cifras de fallecidos y contagiados son alarmantes, sus repercusiones en la vida emocional, en el trabajo, en la cotidianidad, en los ingresos económicos, configuran un panorama que altera los proyectos de todos, por ahora sin perspectiva de entrar en fase de normalidad. Es un cuestionamiento radical a todas las vanidades humanas, al hacer de los medios fines, al frenesí de una tecnología que, en vez de humanizar, hace de los humanos autómatas y destructores de la vida y de la naturaleza. [9]
Como Pedro y los discípulos entramos en confusión y desencanto? Nos dejamos llevar por el sentimiento de fracaso? Perdemos la confianza en el Resucitado que a lo largo de más de veinte siglos ha inspirado historias heroicas de sentido y esperanza? Olvidamos que esta tarea del reino de Dios y su justicia, si bien cuenta con nuestra libre decisión, es primero obra de su gratuidad para agraciar y liberar al ser humano del sin sentido?
La fe en el Señor Jesucristo no es cuestión de providencialismo ingenuo, en ella sí está la respuesta, lo tenemos claro,  pero esta cuenta con la responsabilidad histórica del ser humano, con su libertad empeñada en la superación de estas contradicciones, con la conciencia de que la magnitud de los problemas ya señalados no permiten actitudes evasivas. Las palabras de Jesús : “Tengan valor ,soy yo, no tengan miedo”,[10] son el reconocimiento de los primeros cristianos a esa garantía decisiva que trasciende las limitaciones de la humanidad, es el mismo Señor animando constantemente a mantener el ánimo en alto para asumir lo contradictorio, lo antievangélico, lo deshumanizante, con el fin de  transformarlo en gracia y en justicia.[11]
La confianza serena en el Señor nos confiere el temple necesario para no hundirnos en las inseguridades y en el desencanto que nos pueden causar los pecados de algunos en la Iglesia y en la sociedad. En nombre de la fe debemos aceptar con entereza las turbulencias causadas por tales escándalos, auténticos pecados contra Dios y contra la humanidad, y emprender un trabajo transformador, poniendo el dedo en la llaga con coraje de cristianos raizales y dejándonos tomar por el que hace decir a Pablo “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”. [12]






[1] Pier Angelo Sequeri. Contra los ídolos postmodernos. Herder. Barcelona, 2014. Erich Fromm. Y seréis como dioses. Paidós. Barcelona, 1978. Xavier Alegre y autores varios. Idolos de barro. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2019. Erich Fromm. El miedo a la libertad. Paidós. Barcelona, 1978.
[2] Salmo 115: 4-8
[3] José Luis Sicre. Introducción al profetismo bíblico. Verbo Divino. Estella (Navarra España, 2016.
[4] J.M. Hernández. Los profetas: boca de Dios y voceros del pueblo. Dabar. México DF, 1994. Cristóbal Sevilla Jiménez. Crisis y esperanza en los profetas de Israel. Publicado en Scripta Fulgentina Año XXIV No. 47-48, 2014, páginas 7-22. Instituto Teológico San Fulgencio. Murcia. Julio Trebolle Barrera. La experiencia de Israel: profetismo y utopía. Akal. Madrid, 1996.
[5] Andrés Torres Queiruga. La revelación de Dios en la realización del hombre. Cristiandad. Madrid, 1987.
[6] Luis Angel  Montes  Peral. La contribución de los profetas al monoteísmo biblico. Publicado en Estudios Agustinianos Número 48 , 2013; páginas 19-46. Estudio Teológico Agustiniano, Valladolid.
[7] 1 Reyes 19: 11-13
[8] Eloi Leclerc. El reino escondido. Sal Terrae. Santander (España), 1999. Francisco J. Castro Miramontes. La sabiduría de la humildad: espiritualidad de la vida cotidiana. San Pablo. Madrid, 2006.
[9] Joan Carrera i Carrera. Covid 19: más allá de la pandemia. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2020.
[10] Mateo 14: 27
[11] Walter Kasper & George Augustin. Dios en la pandemia: ser cristiano en tiempos de prueba. Sal Terrae. Santander (España), 2020.
[12] Filipenses 4: 13

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