domingo, 2 de octubre de 2011

DOMINGO 2 DE OCTUBRE


Lecturas
1.      Isaìas 5:1-7
2.      Salmo 79: 9-12 y 16-20
3.      Filipenses 4:6-9
4.      Mateo 21:33-43
Es el domingo XXVII del tiempo ordinario.
Bajo la figura de la viña y de los trabajadores de la misma la primera lectura y el texto del evangelio abordan dos realidades fundamentales:
-          La inmensa gratuidad de Dios y su incondicionalidad  para mantenernos dotados de  todo lo que requerimos para caminar hacia El. Es un amor desbordante, sin lìmites, que evidencia su voluntad de llevar siempre al ser humano a su plenitud. Esto , desde luego, genera la expectativa de una respuesta generosa por parte de la humanidad bendecida por estos dones.
-          El rechazo, los oìdos sordos, la reticencia ante la acción de Dios, el desconocimiento de su voluntad, la violencia para frenar su acción en la vida humana, el empecinamiento para no recibirlo.
Este es un asunto reiterativo en el ministerio de los profetas del Antiguo Testamento y también en el de Jesùs. Surge entonces la pregunta mayor: què tipo de lógica y de sensibilidad anidan en el corazón de quien se niega al beneficio del sentido y de la trascendencia? Còmo se entiende que no haya una actitud de acogida ante el amor ilimitado y provocador de una nueva y digna manera de ser y de vivir?
Jesùs està empeñado en advertir crìticamente sobre esta realidad del rechazo y no escatima recursos para crear una conciencia al respecto, y presentando la parábola referida y lo que en ella propone, dice: “Finalmente les envió a su hijo, pensando que lo respetarìan. Pero los labradores, al ver al hijo, comentaron: Es el heredero. Lo matamos y nos quedamos con la herencia. Agarràndolo, lo echaron fuera de la viña , y lo mataron” (Mateo 21: 38-39). El pecado desvirtúa el espacio de gracia que es la viña y lo convierte en lugar de muerte y de negativa a la acción liberadora de Dios.
La humanidad, su historia, la naturaleza, son el ámbito para que Dios suceda en lo que le es propio: sanar, reconciliar , reconstruir, dar vida, salvar, liberar, dar sentido, trascender. Sin embargo, la libertad humana, afirmada con soberbia y arrogancia, provoca la des-gracia y convierte la “viña de gracia” en el  escenario de la muerte, de la violencia, de la injusticia, de la competencia egoísta, del desconocimiento del hermano, del acaparamiento, del rechazo a los enviados de la vida y , finalmente, al mìsmisimo Dios que se hace evidente de modo definitivo en Jesucristo.
Pareciera que esta reiteración es obsesiva y moralista y, en consecuencia, poco popular. Los profetas bíblicos fueron de la mayor severidad con su mundo religioso y social al confrontarlos por la idolatrìa, por el culto formal sin conversión del corazón, por la hipocresía, por pretender alabar a Dios sin hacer justicia al  prójimo débil y necesitado, por crear una estructura religiosa carente de humanidad y de Dios mismo. Tenemos presente la fuerza confrontadora de estos hombres y nos estremecemos al escuchar sus palabras que son muy fuertes, exigentìsimas.
Tambièn Jesùs hizo preguntas de fondo a los hombres religiosos de su tiempo, los llamò “sepulcros blanqueados”, los arrojò del templo, puso en tela de juicio su lógica de autojustificaciòn y de acumulación de mèritos, y El mismo, asumiendo autoridad de Dios, perdonò los pecados de muchos y se inclinò , en abierta actitud de favorecimiento misericordioso, a favor de los condenados morales, de las prostitutas y de los cobradores de impuestos, de los excluìdos, de los leprosos, de los últimos, provocando el rechazo de los sacerdotes y de los maestros de la ley. A esto se refieren claramente el texto de Isaìas y el de Mateo.
Los profetas fueron la conciencia crìtica del Israel de su tiempo. Isaìas lo explicita con palabras crudas como estas: “La viña del señor de los ejércitos es la casa de Israel, son los hombres de Judà su plantel preferido. Esperò de ellos derecho, y ahì tenèis: asesinatos; esperò justicia, y ahì tenèis: lamentos” (Isaìas 5:7).
Una profunda línea de oración para este domingo es la consideración, primero en nosotros mismos, de esta realidad escandalosa y contrastante: el ser humano que, siendo acogido, amado, bendecido, cuidado, por el amor de Dios, se dedica a llevarle la contraria en la dirección diametralmente opuesta: la del desamor, la de destruir las creaturas, la de desordenar el ámbito original de gracia y armonía. Esta es una cuestión para considerar siempre porque ahì està el origen del misterio del mal. Y en esto nunca debemos bajar la guardia.
Y es precisamente Dios el que, fiel a su intención incondicional de salvación y de liberación, se mantiene ofreciéndonos toda su gratuidad, sin la màs mínima reserva. Por eso Jesùs dice: “No han leído nunca en la Escritura : la piedra que desecharon los arquitectos  es ahora la piedra angular; es el Señor quien lo ha hecho y nos parece un milagro?” (Mateo 21: 42).
Jesùs es el cimiento de la nueva creación, es la evidencia de la incondicionalidad de Dios que no se arredra ante el violento rechazo del ser humano, y se mantiene firme en dotar a su viña de todos los beneficios procedentes de su amor, que ahora adquieren carácter pleno y decisivo en el Hijo mismo, en quien se concentra la plenitud de las posibilidades que el Padre nos propone para superar las barreras del pecado, del sin sentido,de la muerte, aùn a sabiendas de que el mismo Enviado puede ser vìctima de la negativa, como en efecto lo fue.
Esto es para nosotros una fàbula fantasiosa, que sabemos màs o menos de memoria, sin consecuencias para nuestro modo de vivir? O nos sentimos asumidos por este amor extremadamente generoso y fundamentados en la “piedra angular”? Còmo valoramos esta realidad sustancial de nuestra historia de salvación? Còmo trabajamos, cada uno desde su estado y condición de vida, para erradicar el mal e instaurar el principio esperanza que se explicita en Jesùs? Què mociones espirituales surgen en nosotros cuando observamos las dinámicas de muerte presentes en nuestro mundo? Estamos involucrados en una búsqueda desencarnada de Dios o nos metemos en su viña lastimada para unirnos a la acción salvífica de Jesucristo?
En este contexto de esperanza, aceptemos la invitación que hace Pablo a los Filipenses:”Por lo demás, hermanos, ocúpense de cuanto es verdadero, noble,justo,puro,amable y loable, de toda virtud y todo valor. Lo que aprendieron y recibieron y escucharon y vieron en mì pónganlo en pràctica. Y el Dios de la paz estarà con Ustedes” (Filipenses 4: 8-9).
Dejemos que Dios suceda en nosotros, que nuestra viña sea fecunda, propicia, cultivo de dignidad, sigamos tras de Jesùs para construir en esta historia nuestra señales anticipadas de la plenitud en términos de comunión y fraternidad, de paz y de justicia, de inclusión, de aceptación de todos los seres humanos, de trascendencia. Que su Hijo, el enviado a la viña, sea siempre nuestra piedra angular.
Antonio Josè Sarmiento Nova,S.J.
Provincia Colombiana de la Compañìa de Jesùs
Pontificia Universidad Javeriana
2 de octubre de 2011

DIÁLOGOS sobre el Evangelio del Domingo, por José Martínez de Toda, S.J.,Domingo 27A TO: Viña, 2 octubre 2011

Especialmente para radio
La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular(Mt 21, 33-43)

Moderador/a: Buenos días. Estamos aquí en el Estudio… (Se presentan los participantes).
El Evangelio del domingo de hoy habla de unos empleados, que se querían apoderar de la empresa donde trabajaban. Y llegaron hasta matar al hijo del dueño. ¿Qué hará éste ahora? Escuchémoslo.

Lectura del santo evangelio según San Mateo (Mt 21, 33-43)

NARRADOR/A – En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo:
JESÚS – Escuchen otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez e hicieron con ellos lo mismo.
Por último, les mandó a su hijo diciéndose; “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Este es el heredero; vengan, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.
Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?
NARRADOR/A – Le contestaron:
JUDÍOS – Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos.
NARRADOR/A – Y Jesús les dice;
JESÚS – ¿No han leído Ustedes nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?



Pregunta 1 – ¿Tenemos algún virus que nos va comiendo internamente?
Espero que no. Pero escucha esta historia:
<En la bahía de Nápoles hay medusas y caracoles. Cuando los caracoles son pequeñitos, la medusa se los traga con avidez, pero no los puede digerir porque están protegidos por la concha.
Los caracoles se adhieren con fuerza al interior de la medusa, y poco a poco comienzan a comérsela. Cuando ya son grandes, se han comido por completo a la medusa.> (Félix Jiménez, escolapio).

Nosotros somos también como la medusa: con avidez nos comemos los caracolitos, aparentemente inofensivos.
Los caracolitos son el alcohol, la ira, avaricia, depresión, preocupación, ansiedad… Pero poco a poco van creciendo y nos van comiendo y acabando con nosotros.
Uno de esos caracolitos es el robo y la codicia, que lleva a los mayores asesinatos. Aparece en la parábola de los empleados malvados

Pregunta 2 – ¿Qué cuenta esta parábola?
Es una parábola importante, pues sólo ella está en los tres Sinópticos junto con la parábola del Sembrador (13:-23) y la de la Semilla de Mostaza (13:31-32).
La parábola habla de una viña recién plantada, que el dueño encargó a un grupo de trabajadores. Al principio no da mucha uva, pero el dueño debe estar pendiente de colectar su cosecha puntualmente y de hacerse presente en la viña por sí o por sus representantes, porque la ley judía permite a la gente apoderarse y “establecer la propiedad de una viña, si pueden demostrar que han tenido posesión de ella durante tres años sin que nadie más la reclame” (Mishnah, B. Bat. 3:1).
Por eso el dueño de la viña manda a sus criados a nombre suyo a hacer acto de presencia y a recolectar el fruto; pero los labradores los apalean y matan, pues quieren quedarse con la viña.
Por fin, el dueño manda a su propio hijo, pensando que los labradores lo respetarán. Pero ellos ven la muerte del hijo como su gran oportunidad para quedarse con la viña. Echan fuera al hijo antes de matarlo. Si lo hubieran matado dentro de la viña, la tierra se habría hecho impura, y peligraría la venta del producto.
¿Qué hará el dueño con estos trabajadores?, pregunta Jesús a los sumos sacerdotes.
Estos responden:
-“Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos.”

Pregunta 3 – ¿Qué simboliza esta parábola?
El dueño de la viña es Dios.
-- los empleados son el pueblo de Israel y sus líderes religiosos
-- los siervos son los profetas
-- el hijo es Jesús
-- los otros empleados podrían representar la iglesia.
Dios envió a su pueblo a profetas y a su mismo Hijo Jesús para recoger los frutos de la viña: una vida recta, buenas obras, justicia y fidelidad, amor y compasión, generosidad y perdón.
Dios envió a los profetas y a Jesús, como Mesías e Hijo de Dios, Jesús tiene un papel único y decisivo.
Pero los israelitas los maltrataron y mataron.
El asesinato del Hijo fuera de la viña corresponde a la muerte de Jesús sobre el Gólgota, fuera de Jerusalén (27:33). “Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta” (Hebreos 13:12).
En la historia de Jesús, el resultado no es la destrucción de la viña, sino su transferencia a “otros labradores, que le paguen el fruto a sus tiempos” (v. 41).
La misión del cuidado del pueblo de Dios se pasa a los Apóstoles y discípulos del Señor.
Y de Jesús se dice: “La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo”. La piedra rechazada – el Cristo crucificado — se convierte en la piedra principal del nuevo edificio de Dios. Y la Iglesia es su instrumento visible.

Pregunta 4 – ¿Qué enseñanzas sacamos de esta parábola?
La parábola nos enseña muchas cosas sobre Dios y cómo se relaciona Él con nosotros.
1-En primer lugar vemos la previsión, providencia y generosidad de Dios: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda”. Antes de que Dios te confíe una misión, te hace provisión de todo lo que necesites para llevar adelante tal responsabilidad. Nos lo pone a nuestro alcance sin merecerlo. Esto es lo que significa que lo tenemos ‘por la gracia de Dios’. La misma vida es un privilegio. Debemos hacer que ella produzca buenos frutos, que presentaremos a Dios en el día de la cosecha.
2-“La arrendó a unos labradores y se marchó de viaje”. Esto muestra la confianza que Dios tiene en nosotros. Él confía en que hagamos lo correcto. Pero, por desgracia, muchos de nosotros no lo hacemos.
3- También nos da Dios la libertad para usar o abusar de nuestros privilegios. Esta parábola de los empleados malvados trata de los abusos de la libertad.
4-Pero todo esto supone por parte nuestra un sentido de responsabilidad. Nos hacemos responsables del uso que hagamos de estos privilegios.
5-La parábola ilustra la paciencia que Dios tiene con nosotros. Dios nos envía mensajero tras mensajero para que le rindamos cuenta de lo que le debemos, para que acabemos con nuestra rebeldía y hagamos lo correcto. Pero no hacemos caso. Y Él nos envía a su propio Hijo, pero nosotros acabamos con él. El robo y la codicia lleva a los mayores crímenes.

Pregunta 5 – ¿Qué hacer para dominar nuestras preocupaciones?
Todos tenemos dentro un caracol que nos quita el sueño, que nos roba la paz, que nos produce úlceras, que nos impide saludar a los hijos, que nos pone tristes, que nos devora y ahoga: falta de buen empleo, enfermedad…
San Pablo nos dice hoy en la 1ª Lectura de hoy (Fil 4, 6-9):
-“No se inquieten por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión presenten a Dios sus peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias”.
La oración es el antiveneno para destruir la concha no digestible del caracol, que lleva dentro.
Nos permite vivir en la presencia del Dios de la paz.

Despedida
Les invitamos a la Misa, a la Eucaristía, sacramento del amor. Allí cada domingo Dios viene a visitar su viña a ver cómo crece, viene a deleitarse con sus frutos.
Tal vez no tenemos nada que ofrecer y no podemos pagar la renta. Dios tiene paciencia, pero volverá el próximo domingo a ver si su inversión de amor ha producido algún fruto.
En la Eucaristía muere por nosotros para darnos vida y para que produzcamos frutos de Dios.


FIN

Encuentros con la Palabra, por Hermann Rodríguez Osorio, S.J., Domingo XXVII Ordinario – Ciclo A (Mateo 21, 33-43) – 2 de octubre de 2011

“¿Qué creen ustedes que hará con esos labradores?”

Quiero ofrecerles hoy algunos datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que me parece que pueden ayudar a pensar algunas cosas. En primer lugar, algunas cifras sobre la manera como ha evolucionado la distribución de los ingresos en los últimos dos siglos:

En 1820: el 20% más rico ganaba 3 veces más que el 20% más pobre.
En 1870: el 20% más rico ganaba 7 veces más que el 20% más pobre.
En 1913: el 20% más rico ganaba 11 veces más que el 20% más pobre.
En 1960: el 20% más rico ganaba 30 veces más que el 20% más pobre.
En 1990: el 20% más rico ganaba 60 veces más que el 20% más pobre.
En 1997: el 20% más rico ganaba 74 veces más que el 20% más pobre.

En segundo lugar, alguna información sobre la situación general de los países: De los 5.570 millones que habitamos el planeta, 1.150 millones viven en el norte, en países industrializados, mientras que 4.620 millones vivimos en el sur en países pobres, o como eufemísticamente se les llamó durante algunos años, países en ‘vías de desarrollo’. Se calcula que el 25% de la población mundial, es decir 1.442 millones de personas viven por debajo de los niveles de pobreza. 1.000 millones son analfabetas y la misma cantidad carece de agua potable. 1.300 millones de personas sobreviven con menos de 1 dólar diario, de los cuales 110 millones habitan en América Latina, 970 millones en Asia y 200 millones en África.

Anualmente, se gastan 35.000 millones de dólares en recreación las empresas japonesas. 50.000 millones de dólares se gastan en cigarrillos y 105.000 millones en bebidas alcohólicas los europeos. En el mundo se gastan 400.000 millones de dólares en drogas estupefacientes y 780.000 millones son los gastos militares en el mundo. Junto a esto, contrastan las tres cifras siguientes para garantizar el acceso universal a los servicios básicos en todos los países pobres: Bastarían 6.000 millones de dólares para garantizar la enseñanza básica. 9.000 millones para dar agua potable y saneamiento. 13.000 millones para ofrecer salud y nutrición básicas.

Aunque la parábola que nos cuenta Jesús este domingo está dirigida a los jefes de los sacerdotes, a los que Jesús quería cuestionar sobre su responsabilidad en el manejo de la obra de Dios, comparándolos con los labradores de una finca que les había alquilado un señor, estas cifras nos cuestionan como seres humanos, en la medida en que también a nosotros nos corresponde administrar correctamente este mundo, según la voluntad del Padre, que quiere que todos sus hijos tengan vida, y la tengan en abundancia.

En este contexto de desigualdad creciente, en el que los pobres han dejado de ser importantes para los dueños de este mundo, levantar la voz para reclamar justicia y denunciar el desorden establecido es un verdadero peligro. Como a los enviados por el dueño de la viña, los profetas de ayer y de hoy han sido asesinados, como fue asesinado el mismo Hijo de Dios. ¿Cuándo le daremos a Dios la debida cosecha?

El Mensaje del Domingo, por Gabriel Jaime Pérez, S.J.,XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Octubre 2 de 2011

En aquel tiempo dijo Jesús a las autoridades religiosas de los judíos: "Escuchen otra parábola: El dueño de una finca plantó un viñedo y le puso un cerco; preparó un lugar donde hacer el vino y levantó una torre para vigilarlo todo. Luego alquiló el terreno a unos labradores y se fue de viaje. Cuando llegó el tiempo de la cosecha, mandó unos criados a pedir a los labradores la parte que le correspondía. Pero los labradores echaron mano a los criados: golpearon a uno, mataron a otro y apedrearon a otro.
El dueño volvió a mandar más criados que al principio, pero los labradores los trataron a todos de la misma manera. Por fin mandó a su propio hijo, pensando: 'Sin duda, respetarán a mi hijo.' Pero cuando vieron al hijo, los labradores se dijeron unos a otros: 'Este es el que ha de recibir la herencia; matémoslo y nos quedaremos con su propiedad.' Así que lo agarraron, lo sacaron del viñedo y lo mataron. Y ahora, cuando venga el dueño del viñedo, ¿qué creen ustedes que hará con esos labradores?" Le contestaron: “Matará sin compasión a esos malvados, y alquilará el viñedo a otros labradores que le entreguen a su debido tiempo la parte de la cosecha que le corresponde”. Jesús entonces les dijo: “¿Nunca han leído ustedes las Escrituras? Dicen: 'La piedra que los constructores despreciaron se ha convertido en la piedra principal. Esto lo hizo el Señor, y estamos maravillados’. Por eso les digo que a ustedes se les quitará el Reino, y se le dará a un pueblo que produzca la debida cosecha”. (Mateo 21, 33-43).
Las parábolas propuestas por Jesús junto al Templo de Jerusalén, poco antes de su pasión, simbolizan el rechazo a la acción amorosa de Dios por parte de los falsos creyentes, representados en “los sumos sacerdotes y fariseos” (Mateo 21, 45), en contraste con la respuesta de quienes eran despreciados por éstos debido a su condición de pecadores, pero se habían convertido y lo seguían. Meditemos en el sentido que tiene la parábola correspondiente a este domingo, relacionándola con los otros textos bíblicos [Isaías 5, 1-7; Salmo 128 (127); Carta de Pablo a los Filipenses 4, 6-9].

1.- “El dueño de una finca plantó un viñedo”
Las viñas o viñedos, nombre que se les da a los campos de cultivo de las uvas para la producción del vino, eran y siguen siendo muy comunes en Israel. En la parábola de los viñadores o cultivadores homicidas que nos presenta el Evangelio hay una referencia implícita a la canción de la viña, compuesta por el profeta Isaías 8 siglos antes de Cristo y contenida en la primera lectura de este domingo. Es una imagen poética del amor de Dios al pueblo de Israel, al que en el siglo 12 a.C., por medio de Moisés, había liberado de la esclavitud en Egipto para plantarlo en otra tierra en la cual le brindaría todos los cuidados, como dice asimismo el Salmo 128: Sacaste Señor una vid de Egipto y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos -o sea sus ramas- hasta el mar -el Mediterráneo, al occidente de Jerusalén- y sus brotes hasta el gran río -el Jordán, al oriente de la misma ciudad.
También a nosotros el Señor nos ha querido liberar de la esclavitud del pecado, es decir de las cadenas del egoísmo, para plantarnos en una tierra nueva que es su Reino, un reino de amor, de justicia y de paz, la paz verdadera a la que se refiere san Pablo en la segunda lectura, y cuya realización para cada uno de nosotros depende de nuestra disposición a responder al amor infinito de Dios mediante la puesta en práctica de todo lo que es verdadero -sincero-, noble, justo, puro, amable… (Carta a los Filipenses 4,8).

2.-  “Por fin mandó a su propio hijo… lo sacaron del viñedo y lo mataron”
A través de sus enviados anteriores, los profetas, Dios había invitado una y otra vez a su pueblo a la conversión, a que cambiara la adoración a los falsos dioses por el reconocimiento de su Amor, manifestado en el culto a Él como único Dios y en el amor al prójimo mediante la práctica de la justicia y la compasión. Pero una y otra vez los profetas y sus mensajes fueron rechazados por quienes preferían sus ídolos y sus intereses egoístas a la voluntad de Dios. Y el colmo de este rechazo fue precisamente la forma en que quienes se consideraban a sí mismos buenos y santos, pero en realidad se adoraban a sí mismos y se habían fabricado una falsa imagen de Dios, trataron a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, condenándolo a la muerte en el suplicio de la cruz.
Cada uno de nosotros es invitado a responder al amor de Dios mediante el comportamiento constructivo con los demás, reconociendo en cada quien a nuestro hermano o hermana, porque todos somos hijos e hijas de un mismo Creador. ¿Cómo estoy respondiendo a esta invitación que el Señor me hace una y otra vez? Si Jesús se presentara nuevamente hoy en la tierra como lo hizo hace poco más de veinte siglos, sin duda sería igualmente asesinado por quienes se sienten incómodos con las exigencias del amor al prójimo. ¿Sería yo uno de ellos? ¿Qué debería hacer para no serlo?
3.- “A ustedes se les quitará el reino, y se le dará a un pueblo que produzca lo debido”
Esta frase con la que Jesús concluye la parábola es una clara alusión a lo que iba a ocurrir con los que se creían santos y mejores que los demás y se opusieron a Jesús hasta matarlo por el hecho de haberse puesto al lado de los excluidos por ellos mismos. Éstos iban a resultar fuera, y en cambio los despreciados como paganos y pecadores iban a constituir el nuevo pueblo de Dios, en el que el reino del amor y de la paz se iría realizando en la medida en que acogieran y llevaran a la práctica las enseñanzas de Jesús. Y tal profecía tiene una aplicación especial al comenzar este mes de octubre, dedicado a las misiones de la Iglesia en muchos lugares o regiones en donde no se conoce o no se reconoce a Jesucristo.
Surge entonces una pregunta para cada uno y cada una de nosotros: ¿estoy produciendo los frutos que el Señor espera de mí? No vale sólo pertenecer institucionalmente a una Iglesia llamada el “nuevo pueblo de Dios”. Si no reconocemos efectivamente a los demás, y con preferencia a los más pobres y necesitados, como nuestros hermanos y hermanas, hijos e hijas del mismo Creador,  nos haremos merecedores de las mismas palabras de Jesús con las que concluye el Evangelio de hoy: “a ustedes se les quitará el Reino, y se le dará a un pueblo que produzca la debida cosecha”. Revisemos pues nuestras actitudes y comportamientos, y dispongámonos a realizar con hechos lo que expresamos al decirle a Dios, en la oración que Jesús nos enseñó, “venga a nosotros tu Reino”.

Pistas para la Homilía, por Jorge Humberto Peláez S.J., TIEMPO ORDINARIO – DOMINGO XXVII A (2-octubre-2011)

1. Lecturas:
a. Profeta Isaías 5, 1-7
b. Carta de san Pablo a los Filipenses 4, 6-9
c. Mateo 21, 33-43

2. El mensaje espiritual que nos comunica la liturgia de este domingo tiene como escenario un viñedo; recordemos que las uvas y el vino eran elementos básicos de la “canasta familiar” del pueblo de Israel.

3. La primera lectura es un hermoso texto del profeta Isaías, que se conoce como el “canto a la viña”. A través de esta imagen, el profeta hace un impactante contraste entre el amor infinito de Yahvé y las repetidas infidelidades del pueblo elegido. Este “canto a la viña” destila tristeza y desilusión, pues Yahvé esperaba de su pueblo dulces frutos de justicia, pero los resultados fueron muy diferentes.

4. Cuando leemos el texto de la parábola de los viñadores homicidas, encontramos otra vez la imagen de la viña, pero el género literario es muy diferente, pues Jesús no se expresa como un poeta que canta las tristezas de un amor herido por la desilusión, sino como un implacable fiscal que desenmascara los delitos cometidos por unos delincuentes que han querido disfrazarse de virtuosos ciudadanos.

5. Esta vibrante denuncia de Jesús pone de manifiesto que su ministerio apostólico se entronca con la tradición profética, pero con una diferencia muy significativa: Jesús no es un mensajero más, sino que Él es el mensaje, pues en Él se hizo carne la promesa de salvación; además, Jesús sabe lo que le espera en Jerusalén, donde tendrá el mismo final cruento de los profetas que lo precedieron.

6. La denuncia que hace el Maestro no requiere interpretaciones muy elaboradas pues, como lo expresa la sabiduría popular, “a buenos entendedores, pocas palabras bastan”. Así, pues, quienes escucharon esta parábola de los viñadores homicidas, entendieron su alcance e identificaron a los personajes: Dios es el dueño de la viña; los empleados que fueron a pedir cuentas en nombre del dueño eran los profetas; los arrendatarios que quisieron apoderarse de la viña eran los líderes religiosos y políticos de Israel que utilizaban el nombre de Dios para enriquecerse; y el hijo o heredero es Jesús.

7. En la parábola aparece una pregunta aparentemente sencilla: “Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?”. La respuesta, sobre todo en su segunda parte, es una bomba de profundidad que estremece las tradiciones de Israel: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el terreno a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”:
a. La primera parte de la respuesta es obvia; los asesinos serán castigados con todo el rigor de la ley imperante.
b. La segunda parte de la respuesta es enigmática: ¿hacia dónde apunta? ¿Qué sugiere arrendar la viña a otros?

8. Se trata de un punto de quiebre en la historia de la salvación. La alianza que Yahvé había establecido con Abrahán, Isaac y Jacob estaba circunscrita a un pueblo determinado; había un derecho adquirido en razón de la comunidad de sangre y por pertenecer a una cultura particular.

9. Cuando la parábola afirma que la viña será alquilada a otros viñadores, se apunta a una realidad totalmente diferente; los otros viñadores serán un pueblo nuevo, no ya condicionado por la pertenencia a una raza, sino por la aceptación libre de la salvación revelada en Jesucristo. Se pertenece a este nuevo pueblo de Dios, no por la sangre, sino por la fe que acoge la persona de Jesús resucitado.

10. Hasta este momento de nuestra reflexión, hemos interpretado la parábola teniendo como telón de fondo la situación que se vivía en tiempos de Jesús. Avancemos en nuestra meditación y volvamos a leerla teniéndonos a nosotros mismos como protagonistas:
a. Tenemos que reconocer que muchas veces nos hemos sentido incómodos ante determinadas enseñanzas de la Iglesia que nos ha señalado que no estamos pensando y actuando dentro de los valores del evangelio. Estas denuncias nos han hecho sentir mal y hemos querido prescindir de ellas, muchas veces descalificándolas como anticuadas y cavernícolas…
b. Tenemos que reconocer que en la historia reciente, fuerzas oscuras han silenciado a grandes figuras públicas que denunciaron atropellos contra los derechos humanos fundamentales y denunciaron a los corruptos: pensemos en los asesinatos de Mahatma Gandhi, Martin Luther King, John Kennedy, Luis Carlos Galán, periodistas, líderes sociales, sacerdotes, etc.

11. Es hora de terminar nuestra meditación dominical sobre la parábola de los viñadores homicidas. Hemos visto que es posible hacer dos lecturas de este texto:
a. Una primera lectura nos hace tomar conciencia de la oposición creciente que suscitaba el mensaje de Jesús y de la irrupción de un nuevo protagonista de la historia de salvación, un pueblo de Dios diferente abierto a todas las culturas.
b. Una segunda lectura nos invita a reflexionar sobre nuestros comportamientos cotidianos, los intentos de manipulación de lo sagrado para ponerlo al servicio de intereses particulares y de las estratagemas para silenciar aquellas voces incómodas que nos cuestionan en los comportamientos que tienen que ver con la ética y los valores propios del evangelio.

sábado, 1 de octubre de 2011

Aquí estoy yo, Oh Señor, y tal como soy, para Ti.

Se ha dicho que la oración más verdadera sucede cuando estoy totalmente abierta/o a Dios, vulnerable, indefensa/o y confiada/o. La mejor y más simple oración se resume cuando digo: “Aquí estoy, Señor, tal como soy”. En la oración es cuando abro mi corazón y todo mi ser, con la confianza de un niño y con una sencillez total. Sencillamente me encomiendo a Cristo, El que está siempre ahí para mí. Y puedo hacer eso, porque sé que seré recibida/o en amor. Pero esa oración es en realidad una respuesta a lo que Dios hace por mí. Principal y primero, ahí está todo el misterio de la apertura de Dios para mí, la vulnerabilidad de Dios ante mí, la personal entrega de Jesús. Esto es lo asombroso…
La mayor realidad en mi oración es el misterio de la apertura de Dios para mí, la entrega infantil de sí mismo en Jesús. La verdad está aquí, y expresada en el himno de San Pablo en su Carta a los Filipenses, sobre la auto entrega de Dios en Jesús, cuando nos dice que Jesús “se vació de sí”, y “se humilló” por nosotros (Filipenses 2:7,8). Se puede decir mucho sobre esto, pero lo central es que el Corazón más profundo de Dios está abierto para mí en amor, a través de la persona de Jesús. En mi momento de quietud, Jesús me contempla con amor – y además, se vuelve pobre y vulnerable por mí. Esa es la forma del verdadero amor, después de todo. Y así mi oración se vuelve nada más que una respuesta, llena de sencillez y confianza infantil. Alguien me está diciendo: “Aquí estoy yo, para ti”, y yo puedo contestarle “Y aquí estoy yo, Oh Señor, y tal como soy, para Ti”.

SABADO 1 DE OCTUBRE


Lecturas
1.      Baruc 4: 5 a 12 y 27 a 29
2.      Salmo 68:33-37
3.      Lucas 10:17-24
Es la memoria de Santa Teresita del Niño Jesús.
A partir del evangelio de este sábado podemos orar sobre la “satisfacción apostólica” que se plasma en estas palabras: “Los setenta y dos regresaron llenos de alegría diciendo: Señor hasta los demonios se nos someten en tu nombre” (Lucas 10:17).  Y Jesús les replicó: “Les he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones, y para dominar toda potencia enemiga, y nada los podrá dañar. Sin embargo, no se alegren porque los espíritus se les sometan, alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo” (Lucas 10: 19-20).  El gusto apostólico está directamente relacionado con la capacidad para erradicar el mal, en nombre de Jesús.
Cuáles son hoy esas serpientes y escorpiones a los que nos enfrentamos? Las realidades malignas tantas veces dichas, hasta el punto de parecer monotemáticos: la vida sin amor , sin sentido de servicio, el egoísmo radical, la ausencia total de solidaridad, la violencia que destruye vidas sin contemplación, todas las formas de la injusticia, la deshonestidad, nuestro ego indomable, los maltratos a los demás, las decisiones absurdas que se toman en contra de tantos en el mundo, la destrucción del hábitat, las actitudes intransigentes y despiadadas, y muchos males más.
Jesús se encarna en nuestra historia  para llevar adelante el proyecto del Padre de reordenar el mundo, de hacerlo significativo en términos de libertad y de trascendencia hacia Dios y hacia todo ser humano, de implantar el reino de la paz, y para eso necesita mentes, manos, corazones, que colaboren con El en esta tarea. Para eso llama a unos discípulos a los que implica en su misión, y lo sigue haciendo.
Estamos a punto para seguir a Jesús en esta faena liberadora? Tenemos la disposición de seguir tras El para anunciar este nuevo orden que proviene de Dios y que abarca a todos los seres humanos que se quieran adherir? Estamos en trance de rupturas con todo aquello que frena nuestra libertad y tenemos la firme decisión de correr los mismos riesgos que El corrió por nosotros?
El misterio del mal y la libertad del ser humano que puede aceptar o rechazar a Dios están en la base de estas perversiones. Y a esa libertad  y al corazón que la anida es a donde tiene que apuntar la misión de los-as servidores-as del Evangelio para ayudar a la purificación de la intención y a la creación de hombres y mujeres con una interioridad saturada de Dios. Esta tarea es la que trae la genuina satisfacción a quienes se dedican a la Buena Noticia, como sucede a los discípulos directos del Señor.
No es porque seamos mejores o más santos la causa por la que hemos sido llamados, es simplemente porque El así lo quiere, sin méritos de nuestra parte. De modo que al ir a la misión debemos hacerlo humildemente, sin presumir de jueces de los demás, y con la actitud discreta de quien se sabe enraizado definitivamente en el Padre de Jesús.
Hagamos hoy oración a propósito de la misión, preguntémonos si nos sentimos comprometidos con ella, si nuestra manera de ser y de vivir nos califica para ser testigos del reino de Dios y su justicia, y si estamos dispuestos a afrontar contradicciones, rechazos, ignominias, por causa del seguimiento de Jesús. En un mundo en el que hay tantos cálculos y en el que se persiguen tantos intereses egoístas se impone la donación incondicional de hombres y mujeres que quieran vivir a toda máquina esto de ser erradicadores del mal y sembradores de las novedades esperanzadoras de Dios.
Así lo hizo en su corta vida, y en el silencio de su monasterio, Santa Teresita del Niño Jesús.

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