domingo, 21 de julio de 2013

COMUNITAS MATUTINA 21 DE JULIO DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Génesis 18: 1-10
2.      Salmo 14:2-5
3.      Colosenses 1: 24-29
4.      Lucas 10: 38-42
La gratuidad es la lógica de Dios, todo lo que de El proviene para beneficio de la humanidad es extremadamente generoso, sobreabundante, amorosamente desmedido y determinado por el don ilimitado de sí mismo. Este estilo marca un contraste radical con las mentalidades y procederes de corte milimétrico, juridicista, de retribución matemática, muy a menudo también condicionados por una actitud mezquina y de miras estrechas.
Justamente la Buena Noticia de Jesús está saturada de esta realidad esperanzadora : que Dios no se restringe para dar vida y sentido a todos los humanos. Esto es esencial en la revolución que nos llega con el reino de Dios y su justicia, en el ministerio del Señor Jesús.
La manifestación de Mambré, que relata la primera lectura de este domingo, tomada del capítulo 18 del Génesis, es una elocuente muestra de esta inspiración de la gratuidad teologal.
 Abraham, como sincero y auténtico israelita, se dispone a ejercer la mejor y más generosa hospitalidad con tres peregrinos: “Alzó la mirada y vió que había tres individuos parados a su vera. Inmediatamente acudió desde la puerta de la tienda a recibirlos, se postró en tierra y dijo: Señor mío, si te he caído en gracia no pases de largo cerca de tu servidor” (Génesis 18: 2-3), y luego vienen todos los preparativos para acoger generosamente a los caminantes, que resultaron ser evidencia del mismo Dios, quienes responden así a Abraham y a Sara: “Así que hubieron comido le dijeron: dónde está tu mujer, Sara? …. Ahí en la tienda, contestó. Dijo entonces aquel: volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo” (Génesis 18: 8-10).
Ser hospitalario, acoger, recibir con gozo en el hogar, dar dignidad y calidez a quien viene a nosotros, compartir nuestra mesa, reconocer al huésped como uno de los nuestros, son actitudes marcadas por este talante de gracia y amistad. Y Dios, que no se queda corto jamás, bendice a Sara y Abraham anunciándoles el nacimiento del anhelado hijo, de cuya espera estaban desilusionados por ser de edad avanzada.
Qué nos dice el texto? Cómo está nuestra cultura en este aspecto de acoger a otros, de hacerlos parte de nuestra mesa y hogar?  Son los demás extraños para nosotros y manejamos ante ellos conductas de prevención y desconfianza? Nuestra mirada de prejuicios ve a los otros como potenciales enemigos o personas que nos harán daño? O nos dejamos seducir por el Dios siempre gratuito y gracioso que nos invita a hacer de la vida un espacio permanente de hospitalidad, de afecto y comunidad, de hacer sentir a quienes vienen a nosotros como seres siempre dignos y reconocidos?
En la cultura de la sospecha y del temor el talante cristiano se afirma  -  como siempre -  a contracorriente, porque desarma estas mentalidades prevenidas, calculadoras, y nos abre al más radical ejercicio de projimidad. Y esto último definitivamente es Buena Noticia, razón de vida y esperanza para millones de seres humanos desarraigados, desposeídos de su hábitat, lanzados a una existencia cruel y abandonada.
 Esto es normativo de la fe cristiana y debe hacer parte esencial del proyecto de vida de todos los que nos decimos discípulos de Jesús; de no ser así, estaríamos traicionando al mismo Señor y a los hermanos, en quienes El nos habla con clamor imperativo.
Dios bendice a quien es generoso, a quien se dedica sinceramente al servicio de los demás, a quienes hacen de sus hogares verdaderos ámbitos de fraternidad y comunión. Y bien sabemos que no se trata de una retribución material, sino de la bienaventuranza, de la más legítima felicidad, la que procede del Padre, de los hermanos, de la estimulante realidad que es estar siempre haciendo de la vida una mesa servida en igualdad de condiciones para todos y para todas, sin establecer clasificaciones de ninguna naturaleza.
El Padre – Madre Dios es siempre abierto a todos los humanos, esta es la única condición para ganar su atención amorosa, no le interesa si somos creyentes o no, si santos o pecadores, si de esta o aquella tradición religiosa, si ricos o pobres, la sola humanidad nos merece la abundancia de sus dones amorosos, y el primero de ellos es el de la dignidad, el de invitarnos a hacer parte de su mesa.
El relato de Lucas, siguiendo en la inspiración del buen samaritano del domingo anterior, refuerza este mensaje y este desafío que cualifica toda nuestra vida. Dos hermanas – Martha y María – se esmeran por acoger a Jesús en su casa y por hacerlo sentir acogido y amado: “Yendo todos de camino, entró en un pueblo, donde una mujer, llamada Martha, lo recibió en su casa. Tenía esta una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra, mientras Martha estaba atareada en muchos quehaceres” (Lucas 10: 38-40) . Indudable la buena actitud de ambas, con estilos distintos, pero siempre pensando en el peregrino a quien querían agradar!
Y luego Marta que se queja ante Jesús porque  su hermana no le ayuda en los deberes domésticos, que amerita esta respuesta de Jesús: “Martha,Martha, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte , que no le será quitada” (Lucas 10: 41-42).
Podemos ver el sentido del texto por el lado del contraste entre el activismo, el trabajo desaforado, y la contemplación del misterio de Dios, de lo esencial, del abandono silencioso en El; o también desde la óptica de la excesiva preocupación de unos por cosas accidentales a las que se les dedica mucho tiempo y esfuerzo, con detrimento de la sabiduría trascendente que lleva a lo definitivo, a lo único necesario para que la vida tenga sentido.
Cómo hacer compatibles el trabajo responsable, dedicado, con la apertura al misterio decisivo del amor de Dios? Cómo integrar los múltiples deberes de la vida cotidiana en un marco de espiritualidad que nos hace salir cualitativamente de la rutina y la repetición al mundo de la trascendencia?  Cómo dejarnos modelar por Dios en esta perspectiva de lo único esencial, haciendo eco a aquellas palabras de Santa Teresa: sólo Dios basta?
Pensemos por ejemplo en aquellos hombres y mujeres que se han consagrado a Dios y al prójimo en los monasterios de vida contemplativa. Para una mentalidad pragmática, desafortunadamente muy frecuente, son vidas inútiles y desperdiciadas, no pasa por este imaginario el concebir vidas entregadas al misterio del amor de Dios, a la oración silenciosa, y a portar en ella a toda la humanidad, especialmente a aquella que por andar siempre ocupada en la productividad no descubre las raíces del ser ni su futuro trascendente.
Seguramente muchos de los lectores de estos textos dominicales habrán visto la bella película “De dioses y hombres”, de segura y reciente base histórica, que relata la vida de un grupo de monjes trapenses en Tibirine (Argel, Africa del Norte), la extraordinaria sencillez de su cotidianidad, expuestos a la rabia y desafecto de algún grupo de fundamentalistas , la forma cómo estos hombres de Dios disciernen si irse o permanecer allí en su convento, conscientes de que están en peligro de muerte, lo que finalmente sucede.
Es la esencialidad de Dios en ellos lo que determina su estilo de vida y la decisión final, arriesgados a vivir la muerte cruenta, martirial,  sabedores de que los violentos no son dueños de ellos, y de que la última y decisiva palabra sobre sus historias la tiene Dios, y esta es de amor incondicional, de bendición total, de plenitud y salvación!
Sólo en esta perspectiva podemos entender palabras como las de Pablo a los Colosenses: “Ahora me alegro de los padecimientos que soporto por Ustedes y completo en mi cuerpo lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Colosenses 1: 24) y….. “Por esto precisamente me afano y lucho, ayudado por la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí” (Colosenses 1: 29).
Vienen a la mente y al corazón historias bellas de amor cristiano y humano, marcadas por el heroísmo y la generosidad inscritos  en la gratuidad de Dios. Los testimonios de los mártires del cristianismo primitivo, los de los creyentes víctimas de mil persecuciones y contradicciones, los de tantos que en el más discreto silencio sirven a sus hermanos sin esperar recompensa ni aplausos, aquellos que en los ignominiosos campos de concentración del siglo XX dieron el supremo testimonio del amor, los perseguidos por las dictaduras intransigentes y totalitarias, el de tantas buenas personas cercanas a nosotros que viven su fe en Dios y su donación al prójimo sin aspavientos, en la amorosa discreción de los que se saben bendecidos en este apasionante relato de gracia y fraternidad!
Recordemos la bella oración de Charles de Foucauld:

Padre, me pongo en tus manos,
Haz de mí lo que quieras,
Sea lo que sea, te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo. Lo acepto todo,
Con tal que tu plan vaya adelante
En toda la humanidad y en mí.
Ilumina mi vida con la luz de Jesús.
No vino a ser servido sino a servir.
Que mi vida sea como la de El.
Grano de trigo que muere en el surco del mundo.
…………………………………………………………………………………
Me pongo en tus manos, enteramente,
Sin reservas, con una confianza absoluta,
Porque Tú eres mi Padre.

domingo, 14 de julio de 2013

COMUNITAS MATUTINA 14 DE JULIO DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Deuteronomio 30: 10-14
2.      Salmo 68: 14.17 y 30-37
3.      Colosenses 1: 15-20
4.      Lucas 10: 25 – 37
Un cierto modelo de cristianismo pretende que el amor a Dios  tiene como consecuencia lograr   en quien lo vive un despojo progresivo de su condición humana, malentendiendo que en la medida en que la persona se aproxima a El se va alejando de su humanidad. De ahí se deriva un modelo de creyentes “nerd”, desentendidos de lo histórico-existencial, con unos estilos de “perfección” que rayan en lo bobalicón, marcados por una notable torpeza para vivir la cotidianidad normal de hombres y mujeres. Que nos sirva esta reflexión para desarrollar advertencia crítica frente a algunos movimientos y grupos católicos que promueven este estilo de creyente desencarnado, sin talante crítico, y dedicado a una práctica religiosa que va en contravía de la plenitud que Dios quiere para todos nosotros.
 Digamos de entrada que este no es el proyecto del Padre, el proyecto de Jesús. Todo lo contrario: cuanto más está Dios en nosotros más conscientes nos hace de todas las implicaciones de nuestra humanidad. El es especialista en construír seres humanos estupendos, dignos, libres, dispuestos a dar lo mejor de sí mismos, y en el Señor Jesús nos revela en qué consiste esa autenticidad. Por eso decimos que Jesús es el modelo de la nueva humanidad.
A esto nos lleva el texto de Deuteronomio: “Porque este mandamiento que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance” (Deuteronomio 30: 11). Lo humano es la sacramentalidad de Dios, ahí es donde El revela su proyecto de plenitud, de amor, de libertad, de dignidad para cada persona. Los hombres y las mujeres que se dejan alcanzar por el Espíritu se constituyen en relatos suyos, y así los podemos entender como narrativas liberadoras.
 En un bello y profundo libro del franciscano español  Javier Garrido titulado “Proceso humano y gracia de Dios” (Editorial Sal Terrae 1996) el autor se dedica a estudiar este asunto que es clave en la existencia cristiana, un ser humano que opta fundamentalmente por dejarse configurar por Dios como principio y fundamento de su vida se sitúa en la dinámica de la más genuina y normal humanidad. Texto altamente recomendable y estimulante!
El Deuteronomio  contiene una propuesta que resultó profundamente renovadora y revolucionaria en la comunidad israelita, cuando su religión se estancó en formas rituales y externas sin impactar en la conversión del corazón. Los profetas de esta tendencia  fueron muy claros en destacar la relación directamente proporcional entre la ley de Dios y la constitución de una mejor humanidad, particularmente dispuesta al compromiso solidario con el prójimo y al ejercicio de la justicia, haciendo descansar la solidez de la actitud religiosa en una simultánea relación con Dios y con los hermanos, como en su momento será definitivamente explicitado por Jesús de Nazareth, el verdaderamente divino, el verdaderamente humano.
Esa humanidad  de Jesús es el referente esencial de la nuestra : “El es imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, porque en El fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles” (Colosenses 1: 15-16) .
 Esto quiere decir que un verdadero proceso de crecimiento espiritual nos asemeja cada vez más a El, y es su gracia la que posibilita en nosotros la progresiva identificación  - “conocimiento interno” según San Ignacio de Loyola – con su ser, con su misión, con su manera de relacionarse con el Padre, con todos los seres humanos, con una dedicación que privilegia a aquellos que están deshumanizados por causa del egoísmo de otros, de las injusticias, de las humillaciones, del desconocimiento de su dignidad.
El Señor Jesucristo es la estrategia decisiva del Padre Dios para modelar este nuevo hombre-mujer que surge del espíritu de las Bienaventuranzas: “El es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en El toda la plenitud, y reconciliar con El y para El todas las cosas” Colosenses 1: 18-20).  El es , por excelencia, nuestro modelo de identidad.
Las ciencias humanas hacen esfuerzos loables por estudiarnos desde diversas perspectivas: la antropología, el psicoanálisis, la psicología en sus variadas ópticas. Esto con la intención de lograr que seamos libres en la mayor medida posible de todas aquellas realidades que frustran en nosotros el amor y la libertad. Una mirada saludable a estas disciplinas, y desde ellas, nos abren un abanico estupendo de posibilidades, donde encontramos el equilibrio emocional, la salud afectiva, la capacidad de tomar decisiones responsables, la ruptura con apegos y tutelas traumatizantes, la apertura de nuevos horizontes en comunión y trascendencia con cada ser humano con quien establecemos vínculos duraderos.
En este orden de cosas, el binomio espiritualidad – humanidad es un consorcio del que resulta un hombre-mujer  definitivamente cualificados para trascender en el amor incondicional al Padre a Dios y a su hijos que son todos los seres humanos, según el estilo que El mismo nos revela en Jesucristo.
Un matiz específico de este nuevo ser humano es el de su actitud solidaria, comprometida, misericordiosa, cercana con los otros seres humanos que están “caídos” y lesionados en su dignidad, como lo reconocemos en la tradicional parábola del buen samaritano, que nos refiere el evangelio de este domingo, relato bien conocido, y siempre provocador de nuevas potencialidades evangélicas y dignificantes.
 Recordemos el impactante gesto del papa Francisco, el pasado domingo 7 de julio, cuando visitó la localidad italiana de Lampedusa, a donde llegan por centenares migrantes africanos indocumentados, empobrecidos, expulsados de sus países por la hambruna y la miseria. El gesto no es cuestión ocasional, la “samaritanidad” es un imperativo para toda la vida!
De modo capcioso un maestro de la ley pregunta a Jesús: “Y quien es mi prójimo?” (Lucas 10: 29); Jesús, en lugar de una docta disertación le responde de modo contundente con la referida parábola, teniendo en cuenta que no fueron los hombres consagrados a Dios – el levita y el sacerdote – quienes atendieron al hombre caído a la orilla del camino,  sino un samaritano, integrante de un grupo social-religioso excluído por los judíos y considerado maldito: “Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él y, al verlo, tuvo compasión. Se acercó, vendó sus heridas y echó en ellas aceite y vino; lo montó luego sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él” (Lucas 10: 33-34).
El mundo está lleno de prójimos que reclaman reconocimiento, cercanía, dignidad, cuya deshumanización es consecuencia de la perversidad del egoísmo individual y estructural. La pobreza no es una triste casualidad, para que esto se dé convergen factores que se contienen en el modelo económico neoliberal, cuya dinámica de buscar desmedidamente la riqueza y el consumo trae como correlato lamentable el despojo y la exclusión de miles de millones de seres humanos.
Ahí está el imperativo de Dios, en esos prójimos humillados y ofendidos. De la respuesta a esta exigencia dependen la calidad y la autenticidad de nuestra humanidad y de nuestro seguimiento de Jesús.

Antonio José Sarmiento Nova,S.J. – Alejandro Romero Sarmiento

domingo, 7 de julio de 2013

COMUNITAS MATUTINA 7 DE JULIO DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Isaías 66: 10-14
2.      Salmo 65:1-7; 16 y 20
3.      Gálatas 6: 14-18
4.      Lucas 10: 1-12 y 17-20
Con reiterada frecuencia escuchamos hablar del carácter misionero de la Iglesia, incluso con el peligro de que se convierta en lugar común, sin advertir la novedad cualitativa contenida en esta afirmación.
 Resulta que esta condición es esencial en el ser y en el quehacer eclesiales :  la Iglesia es enviada – esto es lo que significa misión, misionera – a comunicar a la humanidad la Buena Noticia que el Padre Dios nos ofrece a través del ministerio de Jesús, y a hacer todo lo posible para que muchos seres humanos encuentren en este mensaje el sentido pleno de su vida.
El mensaje es para ser creído y vivido. Lo primero nos remite a la credibilidad de los mensajeros, a la manera como la propia vida expresa la identidad y la coherencia con lo que se proclama: “No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias” (Lucas 10: 4),  son palabras de Jesús a sus discípulos y a nosotros – también discípulos! – que  ponen en evidencia la seguridad fundamental en la que descansa esta comunicación :  no es en la astucia de los mensajeros, ni en otras condiciones personales de inteligencia o superioridad, o en garantías de tipo material. Es en Dios mismo, en su amor, y en el corazón dispuesto para El, donde se habilita la real posibilidad de que esto sea creído y asumido como  plenitud de sentido.
La historia cristiana es reiterada en referirnos hechos y situaciones que afectan negativamente esta coherencia, debemos mirar esto no como una colección de relatos truculentos sobre escándalos y pecaminosidades, sino páginas en las que Dios escribe al revés para sensibilizarnos sobre los alcances egoístas, desordenados, de aquellos seres humanos que, diciéndose creyentes en Jesucristo, obran en contravía de su opción fundamental.
Valga esta referencia para que, en un sincero examen de conciencia ,revisemos a fondo nuestras motivaciones, prioridades, intenciones, conductas, dejando que el Señor nos interpele con exigencia provocando rupturas, aunque resulten dolorosas, y que de allí surjamos configurados por la gracia como seres humanos nuevos que lo apostamos todo por esta misión y por esta nueva manera de vivir que se llama Jesucristo y su Evangelio. Porque siempre debemos tener presente que la elocuencia evangelizadora no reside en la elegancia de las palabras sino en la limpieza de una vida plena y felizmente identificada con Jesucristo: “En cuanto a mí, Dios me libre de presumir si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo” (Gálatas 6: 14).
Qué se nos ofrece este domingo para nuestra oración y consideración?  Que, como aquellos 72 discípulos enviados por el mismo Señor, también a nosotros se nos propone esta invitación. De El recibimos las instrucciones que deben inspirar la vida y la palabra del  anunciador del mensaje, que es justamente buena noticia de sentido, de esperanza, de razones para vivir con ilusión, en la lógica novedosa del reino de Dios y su justicia.
En el mundo siempre hay necesidad de este anuncio, aunque en muchos casos no se explicite conscientemente: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rueguen al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Lucas 10: 2). En los tiempos de Jesús la necesidad estaba en tantos hombres y mujeres que no se sentían acogidos en la tradición religiosa judía porque se veían envueltos en la maraña del fundamentalismo legalista, en la actitud soberbia y displicente de los sacerdotes y de los maestros de la ley y, en general, en todo ese tinglado que hablaba de un Dios vengativo, justiciero, intransigente, poco estimulante y nada esperanzador.
Jesús sorprende gratamente con su anuncio del Dios Padre-Madre, amoroso, cercano, solidario, misericordioso, exquisito con los últimos del mundo, provocador de su reconocimiento, encarnado en todos los dramas y también gozoso con todas las plenitudes que llenan el corazón de cada hombre de  cada mujer. Este es el contenido fundamental de la misión!
En nuestro tiempo también estamos llamados a encontrarnos con la humanidad siempre incansable en su búsqueda del sentido y del aval definitivo para vivir con dignidad.
 La multitud inmensa de los desposeídos, de los condenados de la tierra, pero también de que los están ahogados por su egoísmo y por su comodidad económica, los idólatras del poder, los arrogantes que creen no necesitar de salvación. A todos estos somos enviados para anunciar que hay una manera distinta de vivir, y que es en la paternidad-maternidad de Dios , tal como nos la revela Jesús, donde podremos encontrar esa novedad definitivamente posibilitadora de la bienaventuranza, de la vida bella, de las mejores razones para existir.
La Iglesia en misión  y -  en ella -  cada cristiano, es testigo de la esperanza, y realiza señales que avalan esta cercanía de Dios: “Si entran en un pueblo y los acogen, coman lo que les pongan; curen los enfermos que haya en él, y díganles: el Reino de Dios está cerca de ustedes” (Lucas 10: 8-9). Nuestra vida tiene que ser toda ella provocadora de esperanza, de felicidad, relato de la misericordia y del amor del Padre, asumiendo como estilo el mismo del Señor Jesús.
En consecuencia con esto, es imperativo para la Iglesia, para cada cristiano, despojarse de galas, presunciones,lenguajes de poder y de triunfo, y tornarnos todos hombres y mujeres de servicio, de encarnación profunda en todas las realidades humanas, sintiendo dolores, pobrezas, vacíos, abandonos, y dejando que Dios y la humanidad se encarguen de hacernos sensibles y - por lo mismo -  aptos para descubrir donde están aquellas realidades llamadas a llenarse de este Padre resuelto a llevarnos por los caminos de la realización, del reconocimiento de la dignidad de todos los humanos.
Esto no es asunto sólo para sacerdotes, obispos, religiosas. Es tarea de todo el que se empeñe en tomar en serio a Jesús de Nazareth. Cada uno en su lugar existencial, familia, trabajo, profesión, estudios, sociedad, grupo de pertenencia, está llamado a asumir la tarea de ser enviado, no sin antes apropiársela haciendo de ella su estilo de vida, su mentalidad, su esencia, su manera de relacionarse con cada persona, con la realidad, con la historia, con la dinámica social.
Este mundo con sus múltiples y contradictorias realidades, unas estupendas por su humanismo y espiritualidad, con los nobles avances de la ciencia y de la cultura, de la promoción de la dignidad humana, expresados en la inclusión social, en el trabajo, en el acceso a todos los beneficios que permiten vivir con entusiasmo, pero también marcado por la eterna pobreza, cuya superación nunca termina de ser tenida en cuenta en los centros de decisión, o por la violencia irracional, también por los excesos de la sociedad de consuma, es el campo al que somos enviados como aquellos 72 de hace veinte siglos.
La tarea es apasionante en el máximo sentido en que algo puede serlo, pero es exigente, demanda la totalidad del ser, no admite medianías, es encarnada, implicada amorosamente en todo lo humano, en lo bello y digno, pero también en lo injusto y pecaminoso, y siempre llamada a generar entusiasmo, deseos de vivir, ilusión, ideales, en definitiva,  esperanza como la que el Padre Dios nos ofrece en Jesucristo: “Que nadie me cause molestias de ahora en adelante, pues llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús “ (Gálatas 6: 17).

Antonio José Sarmiento Nova,S.J. – Alejandro Romero Sarmiento

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