domingo, 18 de agosto de 2013

COMUNITAS MATUTINA 18 DE AGOSTO DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Jeremías 38: 4-6 y 8-10
2.      Salmo 39: 2-4 y 18
3.      Hebreos 12: 1-4
4.      Lucas 12: 49-53
Siguiendo el espíritu del capítulo 11 de la carta a los Hebreos – segunda lectura del domingo anterior – que nos presentaba a los grandes testigos de la fe, en este continuamos con el mismo énfasis, ahora bajo el signo de la cruz y de la contradicción, cuando la iniciativa de Dios, presentada por estos profetas, entra en conflicto con los criterios humanos de poder, riqueza, éxito competitivo, injusticia y expectativa de una “religión cómoda” que no ponga en tela de juicio esta mundanidad egoísta, alejada de Dios y de los hermanos.
En relación con esto, San Alberto Hurtado (1901-1952), jesuita chileno canonizado por Benedicto XVI, hablaba de “un fuego que enciende otros fuegos”, aludiendo al dinamismo apasionado, enamorado, de quien ha de comprometerse con la causa de Jesús y del Evangelio, siguiendo su camino doloroso, exigente, liberador, que va muchísimo más allá de la comodidad ritual y formal de una religiosidad cumplidora pero no radical en términos de opción y de compromiso.
Jeremías en su misión de profeta lo pasó muy mal porque el rey, sus ministros, los sacerdotes, vieron en él una persona indeseable: “Aquellos notables dijeron al rey: hay que condenar a muerte a ese hombre, porque con eso desmoraliza a los guerreros que quedan en  esta ciudad y a toda la plebe, diciéndoles tales cosas. Porque este hombre no procura en absoluto el bien del pueblo, sino su daño” (Jeremías 38:4).
Este profeta vivió la dramática historia de su pueblo, gobernado a menudo por reyes incompetentes y profundamente infieles con relación a Dios y a la alianza; por eso orientó su ministerio a denunciar con severidad las muchísimas y permanentes incoherencias de los dirigentes, quienes lo consideraron una amenaza para toda la nación.
 Una vez más se constata que el ejercicio auténtico de la profecía – hablar y vivir en nombre de Dios – requiere de parte del profeta una honestidad insobornable que no transige con ningún poder, ni siquiera el religioso,  lo que  definitivamente lo expone a la persecución y malquerencia por parte de los que se sienten confrontados por su palabra.
Como Jeremías – bien lo sabemos – muchos hombres y mujeres en la historia de la fe han avalado con sus vidas la fidelidad total, incondicional, al proyecto de Dios. Esos son los auténticos creyentes, los que con su vida significan el alcance pleno de las implicaciones de dedicar la totalidad de la vida a esta causa.
En estos textos de COMUNITAS MATUTINA hemos propuesto con frecuencia modelos de cristianos que han vivido así y que son – por lo mismo – óptimos referentes de la identidad cristiana.
 Como nuestros inolvidables obispos colombianos Jesús Emilio Jaramillo (1916-1989), de la diócesis de Arauca, e Isaías Duarte Cancino (1939-2002), de la diócesis de Cali, asesinados como consecuencia de su sinceridad profética, cuando en su ministerio denunciaron con altísima severidad a los grupos violentos y a los corruptos que cohonestaban con esta mentalidad, contraria al querer de Dios y a la sensibilidad de las comunidades  de creyentes.
Con ellos vienen también a nuestra memoria el entrañable Monseñor Romero, mártir de la dignidad humana; Santa Edith Stein, judía conversa sacrificada por los nazis en el ignominioso campo de concentración de Auschwitz; María Goretti que dignamente se negó a entregar su virtud de mujer a un violador; el gigante obispo brasilero Dom Helder Cámara, de la diócesis de Olinda-Recife, que permanente enfrentó a quienes mancillaban la dignidad de sus pobres ,  por esto incomprendido y calumniado.
Estos cristianos raizales, y muchos otros , nos evidencian con nitidez los retos que nos plantea el Señor cuando nos empeñamos en tomarle en serio: “Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con constancia la carrera que se nos propone, con los ojos fijos en Jesús, que inicia y lleva a la perfección la fe” (Hebreos 12: 1-2).
El mismo Señor Jesús es el prototipo de esta realidad cuando, desde su absoluta referencia a la voluntad del Padre Dios, anuncia el reino como nuevo y decisivo ámbito de sentido, de vida, de gracia, de dignidad, y critica  a los poderes religiosos y políticos de su tiempo, denunciándolos fuertemente, porque son incompatibles con el proyecto de Dios. Es decir, decididamente pecaminosos.
Esta sinceridad evangélica le vale la animadversión de los dirigentes judíos que empiezan a tramar contra El, buscando en sus palabras y conducta fisuras para poder acusarlo, como finalmente lo hacen, de blasfemo, hereje y contrario a las tradiciones religiosas de Israel.
El drama de su pasión, las humillaciones extremas a las que fue sometido, la calumnia, el abandono, se hacen patentes en los relatos evangélicos que refieren sus sufrimientos, y nos dejan muy claro que la condición de ser sus seguidores no puede ser una tranquila adaptación a una inercia religiosa, más socio cultural que existencial, sino una constante y creciente actitud de amor a El mismo, a su Buena Noticia, a su estilo de vida, para configurar todo nuestro ser y quehacer con El, siguiendo lo que propone en otro lugar la carta a los Hebreos: “El, en vista del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios. Fíjense en quien soportó tales contradicciones de parte de los pecadores, para que no desfallezcan faltos de ánimo” (Hebreos 12: 2-3).
Con esto, se nos está invitando a integrarnos a la inmensa “nube de testigos”, con la misma conciencia de estar expuestos a la cruz y a la humillación, pero siempre con la sólida esperanza estar apostándolo todo por el Dios siempre mayor que respalda y legitima la vida y el servicio de los profetas.
Como lo hemos afirmado tan a menudo, los criterios del “mundo”, el poder, la comodidad material y el disfrute egoísta de todo esto, el atropello a la dignidad de tantos hermanos, la corrupción y las estratagemas maquiavélicas para lograr propósitos siniestros, el hedonismo, también el silencio cómplice, son asuntos que van en contravía del proyecto de Dios que se explicita en Jesús y que se anticipó en el ejercicio profético de Jeremías y de todos aquellos grandes del Antiguo Testamento como Isaías y Amós, Ezequiel y Baruc, Oseas y Sofonías.
Estos estilos son para nosotros realidades lejanas, ajenas a nuestra sensibilidad, pasan por nuestros sentidos sin impactarnos? Con nuestra manera anodina de ser cristianos dejamos que se impongan los inicuos y perversos?  O, más bien, nos dejamos “desacomodar” por Dios para confrontar todo lo que en nosotros y en nuestro medio hay de inhumano y antievangélico?
Así podemos entender y sentir las palabras de Jesús : “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra, y cuánto desearía que ya hubiera prendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado, y qué angustia hasta que esto se cumpla” (Lucas 12: 49-50).
 Una clarísima incitación a revisar nuestra dimensión temerosa, facilista, ambigua, timorata, para dejar que El nos encienda con su fuego  abrasador, el que nos remite al Padre y a los hermanos, el que nos hace amar la vida sobria y bienaventurada, la austeridad y el servicio a los últimos del mundo, la solidaridad y la pasión infatigable por la justicia, a sabiendas de que en ello nos pueden ir la comodidad, la tranquilidad, exponiéndonos a ser incomprendidos, maltratados, desconocidos.
En este orden de cosas, es muy conveniente hacer una advertencia crítica sobre el peligro de los fundamentalismos ideológicos, sociales, religiosos, tentación siempre presente cuando se adoptan estilos soberbios, intransigentes, descalificadores. El genuino talante profético siempre se fija en Jesús, asume su ser, su misión, su lógica, y con esto se abre a la luminosidad del amor de Dios, sin ponerse farisaicamente en posición de superioridad ante otros. El evangelio auténtico es humilde, muy humilde y amoroso y, en esa medida, salvador-redentor-liberador.
Dios y su Espíritu nos libren de considerarnos dueños exclusivos de la verdad!
 La fuerza de la profecía, si bien es fuerte, radical, no es destructiva y, en medio de ese vigor, propicia el nacimiento de una nueva humanidad, la que se dispone a fijarse juiciosamente en lo que Dios quiere, fundamentando la dignidad de cada persona, favoreciendo su respeto y reconocimiento, desarrollando estilos de vida según el modelo de la comunión y solidaridad que deben distinguir a todo creyente sincero.
Estemos abiertos a que la gracia de Dios infunda en nosotros el coraje de la total rectitud, de la vida insobornable, de la transparencia del ser, que todo lo nuestro se incendie con el fuego vital y creador que el Padre nos comunica en Jesús hasta llegar a la plena honestidad del profeta!

Antonio José Sarmiento Nova,SJ  -  Alejandro Romero Sarmiento

domingo, 11 de agosto de 2013

COMUNITAS MATUTINA 11 DE AGOSTO DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Sabiduría 18: 6-9
2.      Salmo 32:1.12 y 18-22
3.      Hebreos 11:1-2 y 8-19
4.      Lucas 12: 32-48
Un importante esfuerzo de la teología y de la catequesis es la capacidad de conectar los contenidos de la fe con la experiencia cotidiana de la gente, de tal manera que la fuerza significativa del mensaje se encarne en la realidad de los receptores y desarrolle lo que pretende :  una dinámica de transformación y crecimiento en los caminos de una humanidad que evoluciona con esperanza en Dios y en su implicación al mismo tiempo existencial-histórica y trascendental.
Decimos esto porque no es raro encontrar lenguajes religiosos excesivamente sacrales y sacralizadores, fruto de una dualidad persistente por siglos, que es la de separar el ámbito de lo humano y el de lo divino, a tal punto que se convierten en realidades extrañas la una para la otra y con poco o nada para decirse y para comprometerse.
La revelación bíblica original parte de una lógica encarnatoria, Dios no sucede en espacios distintos de los cotidianos, de los experienciales, de los reales. Este es el gran aporte de la mentalidad hebrea a la búsqueda de sentido que hace el ser humano, en su percepción y vivencia de la relación con Dios, en la manera como El interviene en la historia. Como ya lo hemos dicho Dios se dice a sí mismo en la realidad humana, histórica, y este es un decir liberador, salvador, generador de una humanidad plenamente abierta a El y a todos los humanos.
En este sentido, la historia de hombres y mujeres  es el medio del que Dios se vale para narrar en historias humanas concretas sus relatos de amor, de libertad, de dignidad. Y  no nos referimos solamente a los “famosos” como Abraham , Moisés, Isaías, Oseas, Jeremías, Pablo, María, los discípulos de Jesús, sino a nuestras propias biografías entendidas como espacios del acontecer de Dios.
 De ahí que sea posible hablar del evangelio según Rodríguez o González, según Rugeles o Pezzano, según Cortés o Hernández,  en la medida en que tantas personas que conocemos, que hacen parte de nuestro medio vital, hacen de su existencia narrativas gozosas, esperanzadoras, de este amor fundante y fundamental.
Esta clave nos permite una aproximación apasionante al capítulo 11 de la carta a los Hebreos, en los versículos que nos propone la segunda lectura de este domingo: “La fe es garantía de lo que se espera y prueba de lo que no se ve. Por ella fueron  aprobados nuestros mayores” (Hebreos 11: 1-2).
 Se está refiriendo el texto a lo que acredita la fe genuina en Dios, no a lo que hemos llamado religiosidad formal o ritual, sino a aquella dinámica que transforma y totaliza la vida de las personas y hace de ellas historias estupendas, bienaventuradas, en las que la combinación de gracia divina y libertad humana escribe textos-tejidos existenciales que deciden maneras de ser y de hacer totalmente fundamentadas en la realidad teologal y, por lo mismo, profundamente humanas.
 A mayor humanidad, mayor divinidad; a mayor divinidad, mayor humanidad. Esto es lo que Dios quiere hacer con nosotros a través del Señor Jesucristo.
Qué es lo que motiva y da sentido a vidas como las de María, San Pablo, Agustín de Hipona, Teresa de Jesús, Monseñor Romero, el Padre Arrupe, Dorothy Day, Edith Stein, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Juan de la Cruz? Qué es lo que mueve a tantas personas buenas, honestas, generosas, solidarias, a dar su vida para que la de muchos tenga sentido y dignidad?
 Es indiscutible que en la inmensa mayoría de estos relatos está presente la decisiva confianza en Dios y la esperanza firme en que El mismo es el aval y la legitimidad del ser humano.
Como dice bellamente el texto referido: “Por la fe ,Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia. Además, salió sin saber  a dónde iba. Por la fe, peregrino hacia la Tierra Prometida como extranjero, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas. Es que Abraham esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11: 8-10).
Abraham es el padre y prototipo del nuevo creyente que se lanza con osadía a la aventura del desierto, y asume todos los riesgos que esto implica, sabedores de que es Dios el que está detrás  de esta invitación.
 Cómo se conecta este texto con nuestras historias de amor y de sentido? Cuál es el motivo fundante que estructura nuestra capacidad de vivir? Qué nos impulsa a luchar , a ser auténticos, a amar, a trabajar por la libertad y la dignidad del prójimo? Qué es lo que determina nuestra intención de salir del montón, de lo anodino, para integrarnos al gran relato teologal y humano, el de la liberación, el de la existencia con significado trascendente, el de hacer de esta historia un ámbito de verdadera humanidad, como feliz anticipo de la consumación definitiva que viviremos cuando pasemos la frontera de la muerte hacia el encuentro pleno con el Padre?
Que sea este texto un pretexto para revisar nuestras biografías en la perspectiva de la aventura vital arriesgada - “lanzada” decimos en lenguaje coloquial - la que no se limita al cumplimiento de los mínimos obligatorios, la que se esfuerza por vivir el día a día con pasión de Dios, pasión de humanidad. Contenidos que también están presentes en el relato que nos propone hoy el evangelio de Lucas.
La “vigilancia” a la que se refiere el texto no es la de la angustia permanente de la muerte, la de prepararnos sólo cuando nos sentimos “contra la pared”, apretados por condiciones extremas de la vida como la enfermedad o el sufrimiento, sino al cultivo de la fe y de la esperanza que llevan al creyente a vivir siempre en perspectiva de Dios, estableciendo que los valores de su vida son los del reino que Jesús nos ha propuesto:”Háganse bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón ni la polilla corroe. Porque donde esté su tesoro, allí estará también su corazón” (Lucas 12: 33-34).
Es clara la insistencia de Jesús para que nuestra vida acceda a lo esencial en orden  la genuina felicidad, al  auténtico sentido de la vida,una mirada crítica a todo lo que constituye nuestras historias para que hagamos un discernimiento que nos lleva a diferenciar lo liberador, lo evangélico, lo honesto, de lo egoísta, oscuro, pecaminoso, con el propósito de decidir a qué nos apegamos, si a lo definitivo de Dios, o a lo pasajero del mal espíritu.
Vivir teologalmente, también humanamente, al estilo de Jesús, es cultivar el sentido de la vigilancia al que se nos invita en el texto lucano: “Tengan ceñida la cintura y las lámparas encendidas, y sean como esos que esperan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle en cuanto llegue y llame. Dichosos los servidores a quienes el Señor, al venir, los encuentre velando. Les aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa e ira sirviéndolos, uno tras otro” (Lucas 12: 35-37).
Lo que quiere decir es que siempre hay que hacer todo bien en la vida, siempre ser buena persona, siempre ser honesto y responsable, siempre amar, siempre ayudar y servir a los demás, siempre llevar una existencia digna, no esperar a que las cosas se nos pongan críticas para reaccionar, siempre trabajar para que la vida de todos tenga sentido, siempre dar razones para la esperanza, en permanente y constante vivencia del reino de Dios y su justicia: “Por este motivo, rebosan sin duda de alegría, pero es preciso que todavía por algún tiempo tengan que soportar diversas pruebas. De ese modo, cuando Jesucristo se manifieste, la calidad probada de la fe de Ustedes, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor” (1 Pedro 1: 6-7).
Cuando muchos de los seres humanos que hay en nuestros medios se dedican a explotar y maltratar a otros, a acumular dinero y comodidades materiales, a sobornar y corromper , a afianzar su poder de modo violento, a llevar una vida baja en densidad espiritual y ética, Jesús nos propone su talante, indudablemente radical, profético, provocador, a contracorriente, el de una humanidad nueva que decide lanzarse a la aventura de la vida motivada por ese futuro definitivo que se proyecta desde aquí, a la construcción de la novedad del reino en cada hombre, en cada mujer, a la afirmación vigorosa de la dignidad de cada persona, a deshacer el paradigma amos- siervos para dar paso al modelo padres-madres-hermanos-amigos.
 Viviendo así estaremos aguardando adecuadamente la llegada del Señor!

Antonio José Sarmiento Nova,SJ  -  Alejandro  Romero  Sarmiento

domingo, 4 de agosto de 2013

COMUNITAS MATUTINA 4 DE AGOSTO DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Eclesiastés 1:2 y 2:21-23
2.      Salmo 89: 3-6 y 12-17
3.      Colosenses 3: 1-5 y 9-11
4.      Lucas 12:13-21
Con lo que podemos llamar un saludable escepticismo el libro de Qohelet o Eclesiastés empieza diciendo: “Vana ilusión, vana ilusión! Todo es vana ilusión” (Eclesiastés 1:2), afirmación que complementa con esta:”En fin, qué saca el hombre de tanto trabajar y preocuparse en este mundo? Toda su vida es de sufrimientos, es una carga molesta;ni siquiera de noche descansa su mente. Y esto también es vana ilusión!” (Eclesiastés 2: 22-23).
Es preciso tener en cuenta que este escrito sapiencial del Antiguo Testamento corresponde a una reflexión que hace un sabio en la que se plantea los grandes interrogantes vitales, como la vida y la muerte, la sabiduría y la insensatez, la riqueza y la pobreza. Con un talante que podemos llamar existencialista, el autor mira con relatividad todas las realidades humanas, invitando a la búsqueda de lo esencial, y para ello hace recurso permanente al escepticismo con el fin de  hacer un impacto profundo en el lector y oyente .
El texto coincide con el gran asunto que nos planteamos todos los humanos: para qué vivir? Cómo vivir? Qué es lo que da sentido a nuestra vida? Qué significado tienen todos nuestros esfuerzos y realizaciones? Cuáles son los valores y prioridades que determinan todo nuestro quehacer?
De acuerdo con esto, la propuesta  para considerar en este domingo es una revisión de fondo a la totalidad de lo que somos y hacemos: vida de pareja, paternidad-maternidad, sexualidad, amistades, estudios, trabajos, profesión, comodidades materiales, dinero, participación en la sociedad, etc. Y hacerlo en la clave profunda, decisiva, de la pregunta por el significado de esto, esclareciendo finalmente si ese cúmulo de realidades “sirven” para algo que valga la pena, más allá de logros o beneficios materiales; es decir, si con ello trascendemos y somos libres, si nuestra vida no se agota en estos trajines tan relativos.
El interrogante profundo  es si vivimos la vida o si ella nos vive a nosotros! El autor del texto es un creyente en Dios, que inspira todas sus cuestiones en esta perspectiva, por eso, de modo desafiante , interpela conciencias y sensibilidades en orden a esta búsqueda de lo esencial para vivir con sentido y trascendencia. Es un apasionante escepticismo de naturaleza teologal que nos pone en trance de libertad, la que se logra cuando accedemos a la genuina sabiduría, la existencia libremente fundamentada en este Dios siempre empeñado en hacernos más humanos, más dignos, más esenciales.
Si no desarrollamos una vigilancia crítica sobre nosotros mismos, en la lógica en que lo estamos proponiendo, terminamos llenos de cosas, atafagados y dominados por una cantidad de asuntos que no son esenciales para el buen vivir, agobiados por las presiones sociales y el que dirán, acumulando dinero, prestigio, títulos, éxitos, esclavos del trabajo,  sin lograr la genuina felicidad, cuya traducción evangélica – lo sabemos bien -  es bienaventuranza, plenitud de Dios y del hermano en nosotros.
Es muy expresivo el sugerente libro del psiquiatra español Enrique Rojas titulado “El hombre light: una vida sin valores” (Editorial Temas de Hoy.Madrid,1998), en el que estudia juiciosamente todas las preocupaciones del ser humano que vive en la cultura neoliberal, la de escalar posiciones y brillar socialmente, la de adquirir dinero y mucho confort material, la de ser reconocido y aplaudido, y también la de buscar afanosamente los objetivos sin importar los medios a los que se acude para lograrlos.
Al leer el texto de Rojas vienen inevitablemente las correlaciones con Eclesiastés y su espíritu crítico, inquietante, relativizador pero también liberador, como bien lo dice en su prólogo: “Este es un libro de denuncia. Desde hace ya unos años me preocupan los derroteros por los que se dirige la sociedad opulenta del bienestar en Occidente, y también porque su influencia en el resto de los continentes abre camino, crea opinión y propone argumentos. Es una sociedad, en cierta medida, que está enferma, de la cual emerge el hombre light, un sujeto que lleva por bandera una tetralogía nihilista: hedonismo-consumismo-permisividad-relatividad. Todos ellos enhebrados por el materialismo…… “ (Rojas, opus citatae página 13).
Si los cristianos nos decimos comprometidos con un proyecto trascendental que se fundamenta en Jesucristo cómo nos dejamos interrogar por esto? Somos promotores de un capitalismo religioso? Hacemos de la fe un vestido cultural? O una ideología para explicar y justificar algunos asuntos? La inercia ritual hace que sustraigamos el espíritu vital a todo lo que somos y hacemos dando el triste espectáculo de ser unos creyentes descoloridos?  Y, por otra parte, nuestra falta de vigor profético hace que no denunciemos todo este facilismo que inunda el mundo contemporáneo? Cómo afirmar y vivir el carácter liberador del Evangelio ante esta seudocultura de la superficialidad?
Es preciso trabajar , y dejarnos llevar por el torrente de la gratuidad de Dios, para que nuestra vida, trabajos, acciones, esfuerzos, se vacíen de sus contenidos formales, de sus estilos estereotipados, de la adicción desaforada al trabajo, de la acumulación de bienes, y se abran a la invitación que nos hace San Pablo: “Por lo tanto, ya que Ustedes han resucitado con Cristo, busquen las cosas del cielo, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios” (Colosenses 3: 1).
La correcta interpretación de estas palabras paulinas no es – hay que decirlo con énfasis!- la de un espiritualismo vacío, desencarnado, lejano de las dinámicas de la historia y de la experiencia cotidiana de la humanidad.
 Es, por el contrario, la de vivir con significado pascual, en la trascendencia con la que Dios nos asume en Jesucristo, donde adquiere pleno sentido el compromiso permanente con la dignidad del ser humano, con la transformación del mundo clasista y excluyente en un ámbito de solidaridad, de respeto por todos, de constante dignificación de todo lo humano,  a sabiendas de que aquí anticipamos con elocuencia antropológica e histórica lo que será un día la consumación definitiva de todo en el amor de Dios, gracias al mérito redentor-salvador-liberador del Señor Jesucristo.
Esto lo enmarcamos en esta afirmación: “Puesto que ya se han librado de su vieja naturaleza y de las cosas que antes hacían, y se han revestido de la nueva naturaleza, la del hombre nuevo, que se va renovando a imagen de Dios, su Creador, para llegar a conocerlo plenamente” (Colosenses 3: 9-10). Este es el dinamismo constante de la vida que se decide por el camino de Jesús, el despojo del egoísmo, del privilegiar lo material sobre lo espiritual, para vivir en la novedad de esta Buena Noticia que nos propone una forma de ser y de vivir que es definitivamente liberadora porque nos lleva a asumir lo que trasciende en el amor, en la donación de la vida, al estilo de Nuestro Señor.
La escena que propone el relato evangélico de Lucas es típica en el sentido en que lo venimos  afirmando. A la intervención del hombre que  pide a Jesús que diga a su hermano que comparta con él  la herencia, el maestro responde con una parábola, tan simple en su formulación, tan honda en su propuesta: “El rico se dijo: ya sé que voy a hacer, derribaré mis graneros y construiré otros más grandes en los que guardaré toda mi cosecha y mis bienes. …… Pero Dios le dijo: necio, vas a morir esta misma noche, para quien será lo que tienes guardado? Eso pasa al hombre que acumula riquezas para sí mismo pero no es rico delante de Dios” (Lucas 12:18.20-21)
Como propio de este mundo de apariencias y de privilegio a los ricos es frecuente ver cómo se honra a los poderosos y adinerados, las páginas sociales de los periódicos son abundantísimas al respecto, y cómo se ignoran los notables esfuerzos de los pobres para organizarse, para vivir, también para indignarse por el desorden social! Mundo de contrastes que no ha descubierto la jugada maestra de la vida, que no es otra que la de configurar un ser humano estructurado por la radical referencia a Dios y al hermano, buscando conjuntamente la sabiduría que favorece la relatividad de todo para articularnos en la trascendencia definitiva.
Cuáles son los indicadores de la genuina humanidad? Las riquezas? La compra y posesión de los conglomerados empresariales? El mundo financiero tan poco solidario con las necesidades de las mayorías? La economía de mercado llamada “capitalismo salvaje” por Juan Pablo II?
No será más bien que la pasión por la justicia, la disposición para compartir, el estilo sobrio y austero, el feliz  ejercicio de la solidaridad, son el lenguaje de una vida más hermosa, humana demasiado humana y, por lo mismo, divina demasiado divina?
El Papa Francisco en los diversos mensajes y homilías en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro se refirió de modo constante a todos estos aspectos de la sabiduría esencial, del dejar de ser autorreferenciales para dar paso a la inclusión y a la comunión, de la vida entendida como servicio, del alejamiento de los mecanismo malignos del poder, del frenesí enloquecedor de la sociedad de consumo, haciendo eco a la invitación paulina: “Hagan morir, pues, todo lo que de terrenal hay en Ustedes” (Colosenses 3: 5).
Antonio José Sarmiento Nova,SJ – Alejandro Romero Sarmiento

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