domingo, 2 de noviembre de 2014

COMUNITAS MATUTINA 2 DE NOVIEMBRE SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS ( 1 de noviembre) CONMEMORACION DE TODOS LOS DIFUNTOS (2 de noviembre)



En este fin de semana convergen estas dos celebraciones, cuyas correspondientes lecturas señalamos asì:

Solemnidad  de Todos los Santos
1.      Apocalipsis 7: 2 – 4 y 9 – 14
2.      Salmo 23: 1 – 6
3.      1 Juan 3: 1 – 3
4.      Mateo 5: 1 – 12
Conmemoración de todos los difuntos:

1.      Isaìas 25: 6 – 9
2.      Salmo 115: 10 – 16
3.      1 Juan 3: 14 – 16
4.      Lucas 24: 13 – 35
Los  matemáticos dicen que la distancia de cualquier número, por grande que sea, al infinito, es también siempre infinita.  En contraste, para Dios  - lo sabemos bien a través de Jesús – todos somos iguales, no hay posible distinción, ni categorías de superiores e inferiores, ni barreras infranqueables ni infinitos inaccesibles, ni delimitaciones matemáticas que reduzcan nuestras posibilidades de felicidad.
Qué sentido tiene, entonces, marcar diferencias y distancias entre unos y otros? Unos llamados santos, perfectos, moral y religiosamente superiores , y los más, imperfectos, pecadores, del montón que no tiene la capacidad de acceder a esos niveles. Tal es el esquema de esa mentalidad judía  fustigada tan fuertemente por Jesús, la de las personas que se sienten merecedoras del reconocimiento divino, por ser cumplidores minuciosos  de leyes y de ritos.
Pero gracias a Dios, a Jesús, este no es el paradigma de santidad que viene con el reino y su justicia. Aquí se  da  paso a un estilo felizmente  distinto, reivindicador de la común dignidad de todos los humanos, garantizando que todos, sin excepción y en igualmente medida, somos beneficiarios de los dones de vida y de salvación.
En este orden de cosas,  les proponemos pensar y explorar  si esta fiesta de “Todos los Santos”, entendida como diferencia de perfección entre todos los seres humanos no tiene mucho sentido y , mejor, los invitamos a  reflexionar sin  el artículo, “todos santos”, simultáneamente con “todos frágiles y pecadores”. Ahí nos empezamos a entender, descubriendo que  para Dios no hay diferencia ninguna, El ama a todos, unos y otros, y su determinación es la plenitud universal de la humanidad, en el ejercicio universal de su misericordia.
Si por santo entendemos un ser humano perfecto, significaría que ya se ha realizado totalmente, que ya no tiene necesidad de crecer, de evolucionar. Pero esto no es así en la realidad:  todos siempre somos susceptibles de crecimiento, de mejorar en nuestro ser y en nuestro quehacer, de constantes y crecientes re – significaciones. Es esa tensión  que se da entre nuestra tendencia al mal uso de la libertad, con toda la fragilidad que esto implica, y el deseo del bien, de lo superior, de lo honesto, de la presencia de la rectitud y de la trascendencia.
Esto último es el sustrato de la genuina santidad. Por eso se impone volver por los fueros de esta auténtica humanidad, grande y precaria al mismo tiempo, y no dejarnos envolver por ese seudoconcepto de lo santo que pretende anular los sentidos, reprimir los sentimientos, frustrar el gozo de vivir, aplastar la inteligencia y el espíritu crítico, someter la voluntad.
La plenitud de lo humano solo se alcanza en lo divino, realidad que poseemos de modo germinal, gracias a la acción del Espíritu. Vivir lo divino que hay en nosotros es la meta de lo humano. El verdadero santo no es el perfecto, el insensible, el que no desea, el que se configura al pie de la letra con normas y reglamentos. La legítima santidad consiste en vivir cabalmente nuestra humanidad, dejando que Dios y los demás, con los retos de la vida y de la realidad, se desplieguen en nosotros.
La mentalidad humana de éxito y competencia, de escalafones y superioridades, también se ha infiltrado perniciosamente en estos ámbitos, manifestándose en esas personas que se sienten mejores que los demás – tipo los cuestionados por Jesús  fariseos y maestros de la ley -, presumiendo de perfectos, despreciando a quienes no son como ellos, y estableciendo unas categorías absolutamente incompatibles con el talante del Evangelio.
En el clásico libro “El valor divino de lo humano”, Jesús María Urteaga pone de presente la condición humana real, normal, cotidiana, como el gran espacio sacramental donde Dios acontece dando vida y sentido. Un santo de verdad no es alguien atípico, determinado por fuerzas extraordinarias. Es, por el contrario, alguien plenamente consciente de sus límites,  humilde, abierto al crecimiento constante, a sabiendas de que esta es una tarea inagotable, que nunca posa de excelencias y autojustificaciones, comprensivo y justo con su propia fragilidad y con la de los demás.
Todos somos santos, porque nuestro verdadero ser es lo que hay de Dios en nosotros; aunque muchos no lo hayamos descubierto aún. Somos santos por lo que Dios  hace en cada uno , es El quien toma la iniciativa. Que esta conciencia nos permita recordar  el denso sentido teológico y antropológico de palabras como estas: “Pues bien , ahora que hemos sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de Jesucristo Nuestro Señor. También por él – por la fe – hemos alcanzado la gracia en la que nos encontramos, y podemos estar orgullosos esperando la gloria de Dios  (Romanos 5: 1 – 2).
Quiere decir que la gracia y la santidad no se adquieren por méritos y observancias de nuestra parte, sino por efecto de la acción salvadora y liberadora que el Padre – Madre Dios ha realizado para nosotros en el Señor Jesús. Vale decir que  es don,  gratuidad pura,  incondicionalidad expresa de ese amor de Dios que no se fatiga en  participarnos de su vitalidad.
El santo genuino es aquel que se siente asumido por este dinamismo de gracia y vive así todas las implicaciones de su humanidad, ordenada a ese amor superior, que se expresa histórica, existencialmente, en el servicio a los demás, en la solidaridad, en la construcción de vínculos y encuentros, en la afirmación permanente de la dignidad de cada persona, siguiendo el espíritu de las Bienaventuranzas.
Este último es el texto constitutivo de la santidad cristiana, en el que se hace nítida la intención de Dios de configurar un ser humano, un mundo, de felicidad – bienaventuranza, marcado por unos valores determinantes que siempre van en contravía de los habituales de poder, prepotencia, éxito, bienestar económico, competencia individualista, culto al ego, y que se traducen en la  conciencia de la radical indigencia que todos poseemos, conscientes de que nosotros no nos damos el sentido absoluto de la existencia, que este procede  - lo repetimos, por vía gratuita – de una decisión generosa, amante, ilimitada, del mismísimo Dios:
-          Felices los pobres de corazón…..
-          “Felices los afligidos…..
-          “Felices los desposeídos…..
-          “Felices los que tienen hambre y sed de justicia….
-          “Felices los misericordiosos……
-          “Felices los limpios de corazón…..
-          “Felices los que trabajan por la paz….
-          “Felices los perseguidos por causa del bien….. (Mateo 5: 3 – 10)
Esto nos está indicando un perfil ideal de ser humano según el proyecto de Jesús, en el que es transparente el modo de lo gratuito, de dejarse asumir por el Padre, la valiente osadía de dejarse llevar, el no cargar ladrillos a la mentalidad dominante de escalar posiciones, el apasionarse por las grandes causas de justicia y dignidad, el rechazo enfático de homenajes y halagos zalameros, el gusto de servir y de ser instrumento para que la vida de todos tenga sentido. En definitiva, el ser relatos de Dios, configurados con Jesús, en quien descubrimos el modelo y el referente por excelencia de la nueva humanidad. Aquí reside la verdadera y más válida felicidad.
Todo lo anterior debidamente legitimado por el Padre:
-          “porque el reino del cielo les pertenece….
-          “porque serán consolados….
-          “porque heredarán la tierra….
-          “porque serán saciados….
-          “porque serán tratados con misericordia….
-          “porque verán a Dios…..
-          “porque serán llamados hijos de Dios..
-          “porque el reino de los cielos les pertenece…. (Mateo 5: 3 – 10)
Las promesas que acompañan esas formulaciones de felicidad son evidencia de la santidad gratuita de la que somos beneficiarios por decisión de Aquel que no ahorra esfuerzos y estrategias para mantenernos insertos en su propio ser, coherente con aquello de: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza….Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Génesis 1: 26 – 27).
Por elemental honestidad es preciso advertir que las bienaventuranzas NO son una legitimación masoquista de la pobreza, del sufrimiento, de las contradicciones. Justamente manifiestan con contundencia evangélica el rechazo de Dios a esas realidades de muerte y de frustración, destacando que hay muchos  hombres y mujeres que, alimentados por su Gracia, se identifican con Jesús  y se sumergen en ese mundo de penurias y dramatismos, para asumirlo salvíficamente, liberadoramente, y para re-significarlo graciosamente, gratuitamente, en la perspectiva de la vida libre, humana demasiado humana, divina demasiado divina, feliz, gozosa, en fraterna comunión con los prójimos de todas las condiciones.
Esto es vida y esperanza, y nos permite afirmar con el apóstol Juan: “Ví un cielo nuevo y una tierra nueva” (Apocalipsis 21: 1), en clara referencia al nuevo orden de sentido y de vida, de significado trascendente, de plenitud, que porta para nosotros el Señor Jesús, en nombre de la decisión saludable y definitiva de Dios Padre.
Por otra parte, la memoria que hoy celebramos en la Iglesia, la de los difuntos, nos lleva a pensamientos y preguntas de grande y definitivo calado. De entrada, no olvidemos que esta de la muerte  es la única certeza absoluta que tenemos, la inevitable condición  precaria  inherente a nuestro ser.
 Ante esta constatación, cabe dejarnos llevar por el sentimiento trágico de la vida, perder la ilusión y el deseo legítimo de felicidad porque esta “seguridad” nos arrebata toda posibilidad de gozo existencial? O , más bien, encontrar un modo de vida siempre creativo, validado por la gratuidad santa de Dios, que nos haga posible el disfrute, los amores profundos, las pasiones transformadoras, los más densos ejercicios de humanismo y espiritualidad, la creación de mundos nuevos, las constantes tareas de dignificar a los humillados y ofendidos, y tantas otras alternativas que se nos ofrecen, vivido todo esto como anticipo histórico, sacramental, de la plenitud definitiva – bienaventuranza decimos – a la que estamos llamados por esa misma determinación que es el fundamento de nuestra esperanza?
Evocar el nombre y la vida de todos nuestros seres queridos que nos han precedido en el signo de la fe ha de suscitar en nosotros la más profunda y amorosa gratitud con estas bellas gentes que han dado – y siguen haciéndolo  desde su eternidad – razón de ser a nuestras biografías, mediaciones de Dios en las que hemos hallado felicidad, sentido, realización, los mejores y más apasionantes motivos para una existencia  orientada hacia la bienaventuranza.
Es también coyuntura para el mayor ejercicio de realismo y de responsabilidad existencial que nos es dado hacer, el de saber que no nos bastamos a nosotros mismos, el de hacernos conscientes de esta radical contingencia y precariedad, llamada por Francisco de Asís la “hermana muerte”, segura compañera de todos nuestros pasos.
El dilema es: tragedia o esperanza? Absurdo o vocación de eternidad? Donde nos situamos? Dominados por el temor de enfrentarla hacemos todo por evitar esa cercanía y llevamos un estilo que evade permanentemente tal certeza?  O, alienados, por falsos temores inculcados por sentimientos de culpa y por una religiosidad sometida y humillada, desarrollamos el miedo al gozo y  nos negamos toda felicidad? O, definitivamente, vamos a correr el maravilloso riesgo de asumir sin rodeos todas las implicaciones del ser humanos, conscientes de estos límites pero también de pasar con esperanza esa frontera de la vida hacia la Vida?
Que sea la feliz expresión de los discípulos de Emaús la que alimente esta ilusión de Dios, esta vocación hacia el amor que nunca se ha de terminar: “No sentíamos arder nuestro corazón mientras  nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura?” (Lucas 24: 32).

domingo, 26 de octubre de 2014

COMUNITAS MATUTINA 26 DE OCTUBRE DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas
1.      Exodo  22: 20 – 26
2.      Salmo 17:  2-4; 47 y 51
3.      1 Tesalonicenses 1: 5 – 10
4.      Mateo 22: 34 – 40

Definitivamente es clarísimo que en la revelación cristiana la fe en Dios y el acatamiento a El  , siguiendo el proyecto de vida que nos propone como camino de plenitud,  tiene una relación directa y de mutua implicación con el reconocimiento del prójimo frágil, disminuido en su dignidad, lo mismo que con el ejercicio constante y creciente de la solidaridad hacia este, buscando siempre su reivindicación y promoción. Ya lo decíamos el domingo anterior, dar a Dios lo que es de Dios conlleva dar al prójimo lo que es del prójimo.
A esto nos remite el texto de Exodo 22: 20 – 26 que se nos propone hoy como primera lectura, escrito  que hace parte de una serie de mandatos en modo imperativo, en los que son esenciales los que están referidos al amor y la misericordia debidos al prójimo: “ No oprimiràs ni maltrataràs  al emigrante, porque también ustedes fueron emigrantes en Egipto. No explotaràs a viudas ni a huérfanos, porque si los explotas, y ellos claman a mì, yo los escucharè” (Exodo 22: 20 – 22).
Los israelitas comprenden y asumen que el Dios  que determina esta ética de la projimidad y del servicio se revela asì: “Si el pobre y el desvalido claman a mì, yo los escucharè, porque yo soy compasivo” (Exodo 22: 26). No es esta  una expresión ocasional o piadosa sino  la definición màs cabal  y elocuente de la personalidad de Yavè Dios, en la que sentir como propios los dolores y sufrimientos de los humanos es el aspecto que nos expresa mejor  su ser y su dedicación  prioritaria a la humanidad.
Digamos que la razón de ser de Dios somos los seres humanos, a El sòlo le interesan nuestra plenitud y realización, por eso todo su proyecto y pedagogìa están orientados a garantizar que, en libertad, acojamos su oferta de sentido superando los afectos desordenados, las esclavitudes, idolatrìas, todo lo que frustra en nosotros ese plan de salvación y de liberación.
La misericordia y la compasión teologales, en cuanto lenguaje de su total solidaridad con todos los humanos, son la clave de comprensión de sus intenciones salvíficas, siempre referidas a nosotros.
Estas consideraciones nos llevan a pensar cuàntas veces se ha deformado a Dios con proyecciones de nuestro egoísmo, presentándolo como inaccesible, demasiado sacral y solemne, iracundo y vengativo, hasta el punto de generar una religiosidad temerosa y sumisa, frecuentemente confrontada  con severidad por los críticos que estudian el fenómeno religioso, detectando si allì el ser humano es libre y digno o alienado y desposeído de su autonomía.
Por eso cabe preguntarnos si Dios, y la experiencia espiritual y religiosa que vivimos como vinculación con El, posibilita nuestra felicidad y nuestra libertad y nos remite al compromiso con nuestros hermanos como consecuencia lógica de esta disposición, o si, penosamente, nos hace inseguros, preocupados por cumplir milimétricamente normas de desmedida rigidez, ocupados màs de las formas exteriores que del crecimiento feliz de nuestra interioridad, desentendidos de la realidad y de la historia cotidiana, de sus dramas y conflictos, como suelen presentarse muchos grupos y personas que se dicen observantes de estos o aquellos caminos religiosos.
Preocupa seriamente que después de tantos esfuerzos de renovación en la acción pastoral, en la reflexión teológica, en la espiritualidad, se sigan dando modelos de relación con Dios descontextualizados de la realidad, de los grandes interrogantes de la humanidad, de las problemáticas que aquejan a millones de personas en el mundo, haciéndose eco de un fundamentalismo que desconoce al mismo ser humano y a su realidad.
Estas son las religiosidades verticales sin referencia existencial y con una débil o nula ética de la fraternidad y de la misericordia.
Pero, gracias a Dios y a la acción liberadora del Espìritu, Jesùs siempre nos conecta con los elementos que definen su misión, a eso nos remite el texto de Mateo, propuesto en este domingo: “ Al enterarse los fariseos de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron alrededor de èl  y uno de ellos le preguntò maliciosamente: Maestro, cuàl es el precepto màs importante de la ley? Le respondió: Amaràs al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el precepto màs importante, pero el segundo es equivalente: Amaràs al prójimo como a tì mismo. De estos dos mandamientos dependen la ley y los profetas” (Mateo 22: 34 – 40).
En esta sencillísima formulación està contenida la enseñanza fundamental de Jesùs: este doble y complementario amor es el indispensable principio unificador que elimina toda fractura y dispersión , criterio básico de discernimiento.
 Si no hay amor efectivo al prójimo, toda proclamación de amor a Dios es falsa, no tiene fundamento en la realidad , no se arraiga en la historia. Al colocar estos dos mandamientos como eje de toda la Escritura, Jesùs pone en primer lugar la actitud filial con respecto a Dios y la solidaridad interhumana como las claves de la genuina religiosidad.
Asì lo vemos expresado por Juan: “ Quien dice que està en la luz mientras odia a su hermano , sigue en tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Quien odia a su hermano està en tinieblas, camina en tinieblas y no sabe adònde va, porque la oscuridad le ciega los ojos” (1 Juan 1: 9 – 11).
Tambièn el apóstol Santiago participa de esta convicción: “Una religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre consiste en cuidar de huérfanos y viudas en su necesidad y conservarse incontaminado del mundo” (Santiago 1: 27). El culto genuino a Dios, el “adorar al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4: 23), adquiere una forma concreta en la conducta honesta y en la opción preferencial por los pobres y últimos de la sociedad.
 Los elementos aquí propuestos son componentes esenciales de la oferta cristiana, podemos decir que suena a redundancia afirmarlos. En toda catequesis, en toda formulación de la teología, en las realizaciones del ministerio eclesial, siempre salen a relucir. Con esta insistencia podría pensarse que todos los cristianos los tenemos integrados en nuestro modo de proceder; sin embargo, son tales las injusticias de la sociedad, las inequidades, los maltratos a tanta gente, las vejaciones y ofensas a los humildes, y esto en sociedades que se dicen evangelizadas, que se hace imperativo volver constantemente por esta mutua implicación del amor al Padre Dios y a los hermanos que reclaman dignidad.
Cuando en el mundo cristiano reconocemos a algunos y algunas de los nuestros como destacados seguidores de Jesùs estamos explicitando en ellos la excepcional coherencia de su testimonio como hombres y mujeres amantes de Dios y de los hermanos, cultores de la solidaridad, comprometidos con la justicia y con la dignidad humana, volcados misericordiosamente a sus necesidades, en el mejor estilo de identificación con el proyecto original de Jesùs.
Creyentes como Martin Luther King, Madre Teresa de Calcuta, Monseñor Romero, San Alberto Hurtado, Dorothy Day, Dom Helder Càmara, Francisco de Asìs, Pedro Claver, son excepcionales en su vivencia del Evangelio justamente porque han combinado en equilibrio cristocèntrico la honda experiencia de ser hijos de Dios en Jesùs con el compromiso incondicional de servicio a los màs pobres, con la denuncia profética de las injusticias que los hacen víctimas y con la promoción de su humanidad.
Asì mismo, pensamos en tantos cristianos anónimos, hombres y mujeres de buena voluntad, que se dedican infatigablemente a este ejercicio de la projimidad sin buscar recompensas ni reconocimientos sociales. Es la silenciosa satisfacción de vivir en los caminos de Dios amando a sus hijos e inclinándose amorosamente ante ellos para bendecirlos restaurando su dignidad ofendida .
La malicia de la pregunta de los fariseos a Jesùs, buscándole alguna fisura con respecto a su observancia de la ley, encuentra aquí la mejor definición para un estilo de vida que trasciende esas minucias jurídicas y rituales y las supera en el ejercicio de la filiación y de la fraternidad.
El carácter absoluto de Dios no consiste en la demanda tiránica de una exclusividad y de un sometimiento servil. Tal  absolutez es para que seamos libres de todo poder humillante, de toda degradación e inequidad, de toda violencia, de todo ídolo que nos prive de nuestra dignidad.
Los hombres y las mujeres reflejamos el amor de Dios, somos relatos de El, cuando vivimos con todas sus implicaciones  lo filial y lo fraternal, tal como el Señor Jesùs, plenamente divino, plenamente humano, Hijo de Dios y hermano de todos.
Cuando adoramos a Dios estamos dando el máximo testimonio de libertad y de reconocimiento de la saludable relatividad de todas las cosas, que tienen sentido cuando nos remiten al fin para el que hemos sido creados.
 Desde esta experiencia podemos dar una mirada serena a todas las realidades, sin encadenarnos a ellas, valiéndonos de las mismas en cuanto posibilidades de vivir solidariamente, ubicándolas en su justo lugar de instrumentos para la dignidad y para la fraternidad.

La economía, los desarrollos de la ciencia y de la tecnología, los descubrimientos para mejorar la calidad de vida de las personas, el ordenamiento jurídico e institucional, las iglesias y las tradiciones religiosas, el amplio mundo del arte y de las humanidades, la academia, el ejercicio de la política, tienen sentido en la medida en que favorecen  el valor de cada ser humano, y lo hacen propiciando la vida fraterna y comunitaria, desde una pràctica de solidaridad, con la conciencia de que los bienes de la vida, los de la creación, son para ser compartidos por todos en igualdad de condiciones. 

domingo, 19 de octubre de 2014

COMUNITAS MATUTINA 19 DE OCTUBRE DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Isaìas  45: 1 y 4 – 6
2.      Salmo 84: 9 – 14
3.      1 Tesalonicenses 1: 1 – 5
4.      Mateo 22: 15 – 21
Cuàles son las prioridades que orientan nuestra vida,  cuàles  los  valores que la determinan y le dan estructura y consistencia, o la desordenan y apartan de su plenitud? Dicho en términos de San Ignacio de Loyola, cuál es el principio y fundamento que decide  nuestro proyecto existencial?
 Esta es la gran cuestión a la que nos lleva el relato evangélico de hoy, en el que los líderes religiosos de Israel siguen asediando a Jesùs, con cuestiones como esta:  Entonces los fariseos se reunieron para buscar un modo de  enredarlo con sus palabras. Le enviaron algunos discípulos suyos acompañados de herodianos, que le dijeron: Maestro, nos consta que eres sincero, que enseñas con fidelidad el camino de Dios y que no te fijas en la condición de las personas porque eres imparcial. Dinos tu opinión: es lìcito pagar impuesto al cèsar o no?” (Mateo 22: 15 – 17).
Seguimos en la explanada del templo de Jerusalén, en medio de los enfrentamientos de diversos grupos con Jesús. En esta oportunidad, fariseos y herodianos lo van a poner en un serio compromiso preguntándole sobre la licitud del tributo al emperador de Roma. En ese tiempo – debemos recordar – además de los impuestos menores, que eran muchos, los judíos debían pagar el tributo mayor al César, que era la señal por excelencia de sometimiento y acatamiento a su poder imperial.
Los dos  grupos eran partidarios de pagarlo:  Los fariseos, porque al hacerlo los romanos les permitían seguir con sus prácticas religiosas;  los herodianos, clase dirigente del mundo judío, porque mantenían buenas relaciones con Roma y porque esto les facilitaba seguir con todos sus privilegios.
Sin embargo, otros judíos adoptaban una postura de oposición radical, basada en motivos propios de su estricta observancia religiosa. Para los zelotas, el grupo radical considerado abiertamente subversivo por el imperio, pagarlo era visto como pecado de idolatría, porque se interpretaba como rendir culto a un Dios distinto de Yavé, y porque se hipotecaba la dignidad del pueblo arrodillándose servilmente ante el emperador.
Con este presupuesto, se advierte que la pregunta que hacen a Jesús sobre la licitud de ese pago estaba claramente en función de detectar si El era respetuoso o no de las autoridades romanas. La cuestión formulada es insidiosa y maligna, como todas las tretas que le propusieron estos líderes religiosos, porque no se mueve en el plano de los hechos , sino en el de los principios, interrogándolo por la licitud o ilicitud de esta tributación.
 Evidentes triquiñuelas de “expertos” en amañar las leyes y sesgarlas según su conveniencia, como suele suceder en muchos de nuestros medios judiciales y jurídicos.
La respuesta del Señor es magistral y transparente: “Jesús, adivinando su mala intención, les dijo: Por qué me tientan, hipócritas? Muéstrenme la moneda del tributo. Le presentaron un denario. Y él les dijo: de quién es esta imagen y esta inscripción? Contestaron: del césar. Entonces les dijo: Den, pues, al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22: 18 – 21).
Una lectura sutil e interlineal del texto nos permite detectar que lo propio del César se limita al ámbito de su temporalidad y de su poder, recordando que la institución estatal, si sirve al bien común y es respetuosa de los derechos de todos, es deseable y respetable pero no tiene capacidad de agotar las grandes preguntas humanas por el sentido definitivo de la existencia, mientras que “lo que es de Dios” sí se sitúa claramente en este ámbito de lo que es decisivamente salvífico y liberador.
A Dios le importa lo esencial: la felicidad y plenitud de los humanos, la lógica del servicio y de la solidaridad como rasgos definitorios del Reino, la superación de la formalidad religiosa en aras de la conversión del corazón, la vida limpia y honesta, la promoción constante de la dignidad humana, el ejercicio de la misericordia, la opción preferencial por los últimos del mundo, la restauración de los corazones afectados por el pecado, el espíritu de las bienaventuranzas como impronta de la genuina felicidad, la negativa sistemática a la arrogancia del poder y del éxito material, la pasión por la justicia.
 Estas cosas no importaban a los insidiosos fariseos y herodianos, pero sí a Jesús y a aquellos a quienes El llegaba con su ministerio y con su revelación de la realidad amorosa y cercanísima del Padre – Abba. Exactamente en este sentido va la respuesta de Jesús!
Podríamos parafrasear el planteamiento de Jesús con  contrapreguntas como estas: Es lícito poner la ley por encima del ser humano? Es válido imponer a otros cargas pesadas e insoportables y luego no hacer nada, considerándose ya justificados y salvados? Tiene legitimidad entrar en discusiones sobre minucias jurídicas fijándose en la milimetría de la letra y no en la necesidad de vida y de sentido que tenemos la mayoría de los hombres y mujeres? Es correcto cumplir la ley al pie de la letra pero no practicar la misericordia, el perdón, la vida humilde y generosa?
Por aquí es por donde transita el apasionante estilo de vida que el Maestro trae en nombre del Padre  - Madre Dios,  es en este espacio donde se juegan el genuino sentido de la vida, la auténtica libertad, el talante que hace del ser humano alguien con trascendencia y significado. Dios es absoluto para que los humanos seamos libres y dignos, esto es esencial y de primerísima línea  en la misión del Señor Jesús.
Se pone así en tela de juicio un tipo de religiosidad basado solamente en rituales y cumplimientos exteriores, en formalidades doctrinales, en minucias disciplinarias, como camisas de fuerza obligatorias detrás de las cuales está la imagen de ese Dios neurótico, incapaz de gozar con la felicidad de la gente, siempre en plan de prohibir y de impedir el crecimiento armónico de todas las dimensiones de nuestro ser.
Este  asunto ha sido  tratado con severidad por los “maestros de la sospecha” Marx, Freud, Nietzsche, Feuerbach, y por otros pensadores críticos,  cuando  desde las ópticas propias de sus disciplinas, enfocan las alienaciones de la religión, señalando esas inconsistencias de un tal Dios que anula a los hombres en sus posibilidades de crecimiento y autonomía, haciéndolos sumisos, apocados, temerosos, poco arriesgados para vivir en libertad, y negados para disfrutar gozosamente de las maravillas de las demás personas y de la vida misma.
Por feliz oposición evangélica, dar a Dios lo que es de Dios equivale a dar al prójimo lo que es del prójimo. Y esto tiene su raíz en ese haberse manifestado El en la humanidad de Jesús, y en la humanidad de todos nosotros, porque entendemos, asumimos, vivimos a Dios a través de lo humano, y esto con rostro de hermano, de prójimo, de compañero de camino, de buscador de sentido, de reivindicador de dignidad, de constructor de vida y esperanza.
La hábil salida de Jesús a la cuestión planteada no se puede entender como la presencia de dos realidades separadas, incluso opuestas, el plano de lo divino-sagrado, lejano de la realidad, y el de lo humano-profano,  como un ámbito de segunda categoría. Esta no es la interpretación correcta y no se corresponde con la intencionalidad suya.
 Lo que El quiere poner de presente es la relatividad de los poderes temporales, a menudo tan frágiles unos y tan prepotentes y autoritarios otros, ambos sin capacidad de dotar de sentido pleno la historia humana, pero también  - y aquí viene el énfasis que es contundente en la revelación cristiana – destacar como central que el ser humano y su historia son el escenario sacramental de Dios, quien se implica en ellos a través de Jesús para superar esa dualidad y para implicar decisivamente la divinidad en la humanidad y esta en la divinidad.
Así el proyecto de Dios es dar  estatuto de legitimidad  a nuestras expectativas y búsquedas, a nuestros amores y felicidades, a nuestros proyectos de vida, a nuestras luchas por la dignidad y por la libertad, a nuestra creatividad y a la capacidad transformadora de la imaginación.
Es también una contestación profética a las idolatrías como la del mercado y del consumo, al que se le rinde tributo y pleitesía a costa de la dignidad de tantas personas, y junto con esta, a la moda, la competencia desleal, la búsqueda desmedida de un éxito individualista que no sabe de solidaridad, la carrera desaforada del poder, el deseo permanente de aplausos y reconocimiento, el desprecio por los más débiles.
Ante  todo esto Jesús nos pide mantener una conciencia libre, en permanente proceso de emancipación, dando a Dios el agrado de construír un mundo más humano, incluyente, reconocedor de las ricas diferencias de unos y otros, propiciador del sentido y de la trascendencia, siempre diseñando estrategias de felicidad, acogiendo a todos sin distingos, significando en todo la paternidad de Dios que es nuestro principio y fundamento y que se traduce en la maravillosa condición humana en la que todos nos sentimos hijos y hermanos.
Porque, en este bienaventurado contexto de vitalidad teologal y humanista: “El amor y la verdad se dan cita, la justicia y la paz se besan; la verdad brota de la tierra, la justicia se asoma desde el cielo….La justicia caminará delante de El, la paz seguirá sus pasos” (Salmo 84 11 – 12 y 14).
Que pasemos por la vida dando lo mejor de nosotros en función de una ciudadanía responsable,  compartiendo  las semillas del Evangelio para que estas sociedades nuestras sean verdaderamente comprometidas con la dignidad de cada persona,  que nos insertemos con los hombres y mujeres de las diversas tradiciones religiosas y culturales en la construcción de un mundo en el que todo ha de estar en función de esta plenitud de la humanidad, sin agotarnos en tal o cual modelo sociopolítico o económico.
Esto es dar a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar (Fijémonos: este último va deliberadamente con minúscula!)

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