domingo, 16 de noviembre de 2014

COMUNITAS MATUTINA 16 DE NOVIEMBRE DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO 25 ANIVERSARIO DEL MARTIRIO DE LOS JESUITAS DE LA UNIVERSIDAD CENTRO AMERICANA JOSE SIMEON CAÑAS EN SAN SALVADOR



Lecturas
1.      Proverbios 31: 10 - 31
2.      Salmo 127
3.      1 Tesalonicenses 5: 1 – 6
4.      Mateo 25: 14 – 30
Queremos enmarcar la reflexión de este domingo en tan significativo aniversario, en el que conmemoramos veinticinco años del martirio de seis sacerdotes jesuitas y dos mujeres, en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, hechos sucedidos en la residencia de los sacerdotes, situada en el campus de la Universidad Centro Americana “José Simeón Cañas” (UCA), en San Salvador (El Salvador, Centro América), crimen que fue cometido  por un grupo de miembros del ejército de este país, siguiendo órdenes de su alto mando militar.
En estas mismas páginas hemos afirmado varias veces que los seres humanos somos relato de Dios, en la medida en que El se dice a sí mismo en historias de humanidad, en biografías de amor y de solidaridad, en narraciones de justicia y de donación de la vida. En estas ocho personas se cumple cabalmente esta condición.
 Los seis jesuítas se dedicaron con pasión a servir al sufrido pueblo de este pequeño y hermano país, que durante gran parte de su historia ha vivido las más crudas condiciones de injusticia y explotación, de violencia cruenta y de maltrato sistemático por parte de los grupos de poder y del mismo estado y de su fuerza armada.
 Esto sucedía con particular intensidad a finales de los años setenta y durante toda la década de los ochenta, cuando se enfrentaban los militares – apoyados estos por los llamados escuadrones de la muerte – y la guerrilla Farabundo Martí. Como siempre, en la mitad del conflicto, el noble pueblo obrero y campesino, padeciendo en grado máximo las consecuencias de esta escalada de guerra, brutal y dramática.
Por su parte, las dos mujeres – madre e hija adolescente – servían con fidelidad y delicadeza en la comunidad de los padres. De origen campesino, representan a las más de ochenta mil víctimas de esa brutal guerra civil.
Los nombres de estos “narradores” del amor de Dios son:
-          Ignacio Ellacuría Beascoechea (nacido en 1930), era el rector de la UCA
-          Amando López Quintana (nacido en 1936), profesor de teología y  de filosofía
-          Juan Ramón Moreno Pardo (nacido en 1933), profesor de teología, director de la biblioteca del centro de reflexión teológica, experto en espiritualidad ignaciana
-          Joaquín López y López (nacido en 1918), director nacional de Fe y Alegría en El Salvador, fue uno de los fundadores de esta universidad, en 1965
-          Ignacio Martín – Baró (nacido en 1942), vicerrector académico de la universidad, director del instituto de opinión pública y profesor de psicología social
-          Segundo Montes Mozo (nacido en 1933), director del instituto de derechos humanos, superior religioso de los jesuitas residentes en el campus universitario
-          Elba Julia Ramos (nacida en 1947), era empleada de servicio doméstico en la comunidad de los jesuitas, muy apreciada por todos ellos, mujer de gran  sentido común y notable jovialidad
-          Celina Mariseth Ramos (nacida en 1973), tenía 16 años en el momento de morir, seguía sus estudios de bachillerato en un colegio de la población de Santa Tecla y acompañaba a su mamá el día de la tragedia
A Elba Julia y a Celina podemos aplicar con plenitud de sentido el bello texto de los Proverbios, primera lectura de hoy, que honra la sabiduría y  laboriosidad de nuestras mujeres: “Una mujer hacendosa, quien la encontrará? Vale mucho más que las perlas. Su marido confía en ella y no le falta nunca nada. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida…….Abre sus palmas al necesitado y extiende sus manos al pobre….Está vestida de fuerza y dignidad, sonríe ante el día de mañana. Abre la boca juiciosamente y su lengua enseña con bondad…..” (Proverbios 31: 10-12;20;25-26).
Cuando la sociedad del espectáculo y del irresponsable consumismo exalta lo femenino desde la pobre óptica de la apariencia física y del culto al cuerpo, de los  encantos y vaciedades pasajeras  ,  estas dos sencillas campesinas salvadoreñas  - generosas, honradas, pulcras, profundamente humanas – encarnan esa seductora dimensión de la mujer que consiste en la belleza esencial de su ser, en su disposición para dar, en  su talante maternal, en la hermosa juventud de Celina,  en  su vocación incontenible para ser cuidadoras de la vida.
Y siguiendo el espíritu del domingo anterior, introducido por el capítulo 25 de Mateo que ahora continuamos, estos mártires – ellos y ellas – nos hablan con elocuencia profética de la vida que rinde al máximo, de la fecundidad del ser, de los talentos que se aprovechan dando lo mejor de sí para que la vida de muchos tenga sentido y dignidad.
 En esta perspectiva, es claro que el crecimiento personal no es un acumulado individual de éxitos y logros, de títulos y recompensas, de vanas y egoístas competencias,  sino una parábola en la que la apuesta fundamental es jugársela toda por todos ,  sin reservar nada para sí, construyendo vínculos, propiciando y manteniendo encuentros, posibilitando siempre las mejores condiciones de humanismo y trascendencia, sirviendo infatigablemente, atendiendo los requerimientos de todos, dando a  cada uno su valor, creando y re – creando espacios de vitalidad, siendo diligentes en construír ámbitos de vida participativos, fomentando la justicia y la equidad, denunciando proféticamente el desorden y la arbitrariedad, reflejando en todo su quehacer al Dios que trasciende de sí hacia el ser humano y se encarna en nuestra realidad para liberarla del pecado que mata, dotándonos de la vida que se proyecta desde la historia hacia la eternidad.
En ellos y en ellas se cumplen con bienaventurada precisión estas palabras de Mateo: “Muy bien, sirviente honrado y cumplidor; has sido fiel en lo poco, te pongo al frente de lo importante. Entra en la fiesta de tu Señor” (Mateo 25: 21).
Dotados estos seis jesuitas de importantes talentos intelectuales y espirituales, con brillantes estudios y profundidades académicas, respaldados por sus respectivos títulos, reconocidos por sus juiciosos análisis y publicaciones acerca  de la dolorosa realidad de Centro América, enfáticos y valientes en su denuncia de la injusticia , no buscaron el brillo personal sino el servicio apasionado a los más pobres y vilipendiados de esta región del mundo, y así fructificaron en la lógica del reino su apasionamiento por la persona de Jesús en el modo ignaciano, con la coherente consecuencia de afirmar en todo la dignidad humana en cuanto sacramento anticipado en la historia de la bienaventuranza plena.
Cada fin de semana, invariablemente, dejaban las aulas de la UCA y sus salas de reuniones, para irse a servir sacerdotalmente en varias parroquias  campesinas, donde anunciaban la Buena Noticia en ese mundo tan contagiado de muerte, siempre alentando, estimulando, promoviendo, dignificando, haciendo explícito el mejor estilo evangélico de hacer sentir a todos la misericordia del Padre, la esperanza histórica y trascendente, auténticas comunidades de resistencia contra el yugo de los violentos.
 Quetzaltepeque, Jayaque, Santa Tecla, Tierra Virgen , Soyapango, son lugares sacramentales de la  hermana tierra salvadoreña, donde estos hombres de Dios sirvieron a las Elbas y a las  Celinas, a sus esposos y prometidos , a sus  hijos y hermanos, para testimoniar con su vida que la última palabra sobre la vida de los humanos no la tienen los siniestros señores de la muerte, como lo pretendieron vanamente quienes los ametrallaron en aquella madrugada pascual de noviembre de 1989.
Es Dios , el Padre de Jesús, el Padre de todos, quien define finalmente el sentido feliz y total  haciendo que la muerte deje su danza macabra y se transforme en el amanecer inagotable de los justos del Evangelio: “ A ustedes, hermanos, como no viven en tinieblas, no los sorprenderá ese día como un ladrón. Todos ustedes son ciudadanos de la luz y del día; no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas” (1 Tesalonicenses 5: 4 – 5).
Cómo estamos en materia de ser relatos de Dios que hacen rendir sus talentos con abundancia para construír humanidad? Somos conscientes de que el seguimiento de Jesús no es una cómoda instalación en un ambiente de caricias religiosas sino un reto para salir a las calles de la historia a trabajar con eficacia por la dignidad de todas las personas? Vislumbramos en nosotros mismos esta capacidad de cruz y de disposición para dar la vida? Lo que damos a otros es lo que “sobra” de nuestro bienestar?  Estas narrativas de muerte y pascua nos hacen sensibles a los sufrimientos de las inmensas mayorías de este mundo? La opción preferencial por los pobres  deja de ser retórica y se convierte en nuestro proyecto permanente de vida?
Qué nos dicen Jesús, Monseñor Romero, Elba Julia, Celina, Ellacuría, Martín – Baró, Amando, Juan Ramón, el Padre Lolo, Segundo Montes? Leemos en sus biografías la contundencia de esta afirmación de Juan: “Nadie tiene mayor amor  que aquel que es capaz de dar la vida por las personas que ama” ? (Juan 15: 13). Es nuestra vida la mejor lectura existencial de esta constatación?

domingo, 9 de noviembre de 2014

COMUNITAS MATUTINA 9 DE NOVIEMBRE DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas
1.      Sabidurìa  6: 12 – 16
2.      Salmo 62: 2 - 8
3.      1 Tesalonicenses 4: 13 – 18
4.      Mateo 25: 1 – 13
Nos aproximamos a la conclusión del año litúrgico, en un par de semanas; durante los tres domingos siguientes abordaremos el capìtulo 25 del evangelio de Mateo, texto que nos formula interrogantes profundos sobre los valores y prioridades con los que estructuramos nuestros proyectos de vida, sobre la seriedad y responsabilidad con las que asumimos toda la existencia. Es una evaluación de lo que somos y hacemos, esto en un clima exigente pero al mismo tiempo esperanzador.
En la parábola que nos propone Mateo se presentan varios elementos densos para nuestra consideración:
-          El encuentro pleno del ser humano con Dios no se puede improvisar en el último momento de la vida, ni otros pueden suplirnos en este compromiso. Es total responsabilidad de cada uno hacerse cargo de su historia, de sus decisiones, siempre conscientes de la presencia de la gracia de Dios, pero simultáneamente comprometidos con el ejercicio de una libertad madura y abierta.
-          La decisión vital ante Dios, ante los demás, ante nosotros mismos, es asunto que ha de recorrer nuestra vida entera.
-          No se trata tampoco de desarrollar miedo y sentimiento de culpa ante esta definitividad del encuentro con Dios, es, por el contrario, una invitación a la total coherencia  pascual, a la certeza de un Dios, que – como lo hemos expresado tantas veces – es siempre y prioritariamente deseoso de nuestra felicidad y total realización.
-          No es , entonces, la muerte la que tiene que dar sentido a nuestra vida:  aprendiendo a vivir se aprende morir, aquí descansa el máximo ejercicio de felicidad y de significado trascendente. Ser conscientes de la precariedad – fragilidad que “llevamos puesta”, parte esencial de nuestro ser, nos enseña a ser realistas, a  cultivar la confianza en la realidad de Dios que viene constantemente a buscarnos, a hacernos sabios, sensatos y, por lo mismo, a disponernos con mayor intensidad para gozar de los talentos con los que nos ha dotado.
La mejor manera de llevar una vida plena, feliz, con capacidad de disfrute y de amor, de pasiones creadoras y de apertura a Dios y a las personas, es la búsqueda constante de la autèntica sabiduría, según nos lo plantea la primera lectura: “ La sabiduría es luminosa y eterna, la ven sin dificultad los que la aman, y los que van buscándola, la encuentran; ella misma se da a conocer a los que la desean” (Sabidurìa 6: 12 – 13).
En la tradición del Antiguo Testamento el sabio es quien descubre el significado trascendente de la existencia, el que capta lo esencial y lo vive en plenitud, el que no se deja seducir por los ídolos ya conocidos, incluìda la idolatrìa del rigorismo religioso,  es la persona consciente de la gratuidad de Dios y de la vida, el que sabe encontrar el valor de cada ser humano, el que ve màs allà de lo meramente experimental, el que no se deja utilizar por el pragmatismo y la loca carrera de la productividad,  el que tiene debidamente interiorizado el sentido de la humildad y de la prudencia, el que no se arrodilla indignamente ante los poderes de este mundo.
En definitiva, la verdadera sabiduría es encontrar el sentido de la vida. Dar significado a esta  es màs importante que la vida misma; esto no viene dado, se impone darse a la búsqueda, aventurarse a explorar en la realidad del mundo, de las personas, en las experiencias, incluìdas las contradictorias y problemáticas, desarrollar una capacidad de afrontar constructivamente estas últimas, ir a contracorriente de la sociedad de consumo y de las propuestas vacìas de valores. A esto se refiere la parábola de las muchachas prudentes y de las necias.
Un genuino ser humano es el que se convierte en un apasionado trabajador del sentido de la vida. Esta pregunta es constitutiva del hombre – mujer, porque disponemos de conocimiento y libertad, porque somos capaces de superar el esquema estìmulo – respuesta, porque  otorgamos un significado a la realidad transformándola, haciendo cultura, creando posibilidades de vida digna para todos, construyendo comunión y participación, favoreciendo el ejercicio de la dignidad de los demás, trascendiendo de nosotros  mismos.
Todo aquel  que escucha estas palabras mìas y las pone en pràctica se parece a un hombre prudente que construyò su casa sobre roca. Cayò la lluvia, los rìos salieron de su cauce, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa, pero no se derrumbò, porque estaba cimentada sobre roca” (Mateo 7: 24 – 25). Esta es otra manera en la que Mateo advierte crìticamente sobre la vigilancia permanente, sobre la apertura al don de Dios como principio y fundamento, sobre la aptitud y la actitud para darle raigambre de autenticidad a nuestras biografías, invitación a no despilfarrar lo que somos, a desarrollar un relato vital siempre saturado de significado, de esencialidad, de orientación a la plenitud.
Aunque parezca antipático el gesto de las prudentes, de no facilitar su aceite a las necias, hay que entender su significado: no se trata de egoísmo, simplemente es que resulta imposible amar en nombre de otro. Nuestra lámpara no puede arder con aceite prestado: “Contestaron las prudentes: no, porque seguramente no alcanzarà para todas, es mejor que vayan a comprarlo a la tienda” (Mateo 25: 9).
La llama no puede ser encendida si no es con nuestro propio empeño, sin deponer esta responsabilidad en otros. El sentido a toda una vida no es asunto de improvisar cuando nos sentimos en situaciones lìmite, apretados por urgencias de última hora, con una historia de banalidad, de despreocupación, de ausencia total de responsabilidad ética y espiritual.
Solo con lo que hay en cada uno de profunda humanidad, de profunda divinidad, descubierto, reconocido, vivido, puede considerarse encendido nuestro ser: este despliegue constituye la sabiduría a la que nos remite la primera lectura.
Por otra parte, y con no menor importancia esencial, hay que advertir que la parábola no hace especial hincapié en el final, sino en la inutilidad de una espera que no va acompañada de honestidad, de interés efectivo y afectivo por los demás, de pràctica permanente de la solidaridad, del servicio, de la justicia, de la projimidad, y de la saludable autonomía ante las presiones sociales que pretenden manipularnos para parecer “importantes”, prestigiosos, exitosos, competitivos, aplaudidos, ricos, y todos los demás “indicadores” de reconocimiento social, casi siempre ausentes de los valores sustanciales propuestos por Jesùs en las bienaventuranzas.

Con estos elementos de reflexión y discernimiento nos parece oportuno proponer la superación de ese esquema angustioso del final de la vida, porque esta no se juega en el último momento sino siempre, cuando vivimos felizmente en nuestros hogares, cuando nos enamoramos, cuando damos lo mejor de nosotros no sòlo a los seres queridos sino a todas las personas, incluso cuando estas son reacias a estas iniciativas de sentido, cuando realizamos proyectos para que todos los humanos podamos compartir en igualdad de condiciones la mesa de la vida, cuando somos creativos articulando integralmente todas las dimensiones de nuestro ser individual  y comunitario.
El aceite sòlo da luz a costa de consumirse, de mantener la llama encendida, sin presumir, siempre con el perfil bajo. Somos asì? Estamos inscritos en una lógica de vida que da significado a la vida de otros, nos comprometemos con las causas de luminosidad, de humanismo y espiritualidad, estamos siempre alertas para hacer de este mundo un espacio de sentido, de inclusión, gastándonos amorosamente para reflejar en nuestra propia parábola una historia en la que cada hombre, cada mujer, valen por sì mismos y tienen derecho a la felicidad?

Aquì estàn la legìtima sensatez, la legìtima vigilancia, la màs saludable actitud para recibir al novio que viene a casarse y a celebrar la boda sin fin de la bienaventuranza, la histórica, real, de este lado de la vida, y la que nos aguarda cuando crucemos la frontera, siempre con esperanza, con talante pascual, en la felicísima integración de divinidad y humanidad, de historia y trascendencia, que se realiza para nosotros en el Señor Jesucristo: “Nosotros, en cambio, que somos del dìa, permanezcamos sobrios, revestidos con la coraza de la fe y del amor, y con el casco de la esperanza de salvación. A nosotros, Dios no nos ha destinado al castigo, sino a poseer la salvación por medio de Nuestro Señor Jesucristo….” (1 Tesalonicenses 5: 8 – 9). 

domingo, 2 de noviembre de 2014

COMUNITAS MATUTINA 2 DE NOVIEMBRE SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS ( 1 de noviembre) CONMEMORACION DE TODOS LOS DIFUNTOS (2 de noviembre)



En este fin de semana convergen estas dos celebraciones, cuyas correspondientes lecturas señalamos asì:

Solemnidad  de Todos los Santos
1.      Apocalipsis 7: 2 – 4 y 9 – 14
2.      Salmo 23: 1 – 6
3.      1 Juan 3: 1 – 3
4.      Mateo 5: 1 – 12
Conmemoración de todos los difuntos:

1.      Isaìas 25: 6 – 9
2.      Salmo 115: 10 – 16
3.      1 Juan 3: 14 – 16
4.      Lucas 24: 13 – 35
Los  matemáticos dicen que la distancia de cualquier número, por grande que sea, al infinito, es también siempre infinita.  En contraste, para Dios  - lo sabemos bien a través de Jesús – todos somos iguales, no hay posible distinción, ni categorías de superiores e inferiores, ni barreras infranqueables ni infinitos inaccesibles, ni delimitaciones matemáticas que reduzcan nuestras posibilidades de felicidad.
Qué sentido tiene, entonces, marcar diferencias y distancias entre unos y otros? Unos llamados santos, perfectos, moral y religiosamente superiores , y los más, imperfectos, pecadores, del montón que no tiene la capacidad de acceder a esos niveles. Tal es el esquema de esa mentalidad judía  fustigada tan fuertemente por Jesús, la de las personas que se sienten merecedoras del reconocimiento divino, por ser cumplidores minuciosos  de leyes y de ritos.
Pero gracias a Dios, a Jesús, este no es el paradigma de santidad que viene con el reino y su justicia. Aquí se  da  paso a un estilo felizmente  distinto, reivindicador de la común dignidad de todos los humanos, garantizando que todos, sin excepción y en igualmente medida, somos beneficiarios de los dones de vida y de salvación.
En este orden de cosas,  les proponemos pensar y explorar  si esta fiesta de “Todos los Santos”, entendida como diferencia de perfección entre todos los seres humanos no tiene mucho sentido y , mejor, los invitamos a  reflexionar sin  el artículo, “todos santos”, simultáneamente con “todos frágiles y pecadores”. Ahí nos empezamos a entender, descubriendo que  para Dios no hay diferencia ninguna, El ama a todos, unos y otros, y su determinación es la plenitud universal de la humanidad, en el ejercicio universal de su misericordia.
Si por santo entendemos un ser humano perfecto, significaría que ya se ha realizado totalmente, que ya no tiene necesidad de crecer, de evolucionar. Pero esto no es así en la realidad:  todos siempre somos susceptibles de crecimiento, de mejorar en nuestro ser y en nuestro quehacer, de constantes y crecientes re – significaciones. Es esa tensión  que se da entre nuestra tendencia al mal uso de la libertad, con toda la fragilidad que esto implica, y el deseo del bien, de lo superior, de lo honesto, de la presencia de la rectitud y de la trascendencia.
Esto último es el sustrato de la genuina santidad. Por eso se impone volver por los fueros de esta auténtica humanidad, grande y precaria al mismo tiempo, y no dejarnos envolver por ese seudoconcepto de lo santo que pretende anular los sentidos, reprimir los sentimientos, frustrar el gozo de vivir, aplastar la inteligencia y el espíritu crítico, someter la voluntad.
La plenitud de lo humano solo se alcanza en lo divino, realidad que poseemos de modo germinal, gracias a la acción del Espíritu. Vivir lo divino que hay en nosotros es la meta de lo humano. El verdadero santo no es el perfecto, el insensible, el que no desea, el que se configura al pie de la letra con normas y reglamentos. La legítima santidad consiste en vivir cabalmente nuestra humanidad, dejando que Dios y los demás, con los retos de la vida y de la realidad, se desplieguen en nosotros.
La mentalidad humana de éxito y competencia, de escalafones y superioridades, también se ha infiltrado perniciosamente en estos ámbitos, manifestándose en esas personas que se sienten mejores que los demás – tipo los cuestionados por Jesús  fariseos y maestros de la ley -, presumiendo de perfectos, despreciando a quienes no son como ellos, y estableciendo unas categorías absolutamente incompatibles con el talante del Evangelio.
En el clásico libro “El valor divino de lo humano”, Jesús María Urteaga pone de presente la condición humana real, normal, cotidiana, como el gran espacio sacramental donde Dios acontece dando vida y sentido. Un santo de verdad no es alguien atípico, determinado por fuerzas extraordinarias. Es, por el contrario, alguien plenamente consciente de sus límites,  humilde, abierto al crecimiento constante, a sabiendas de que esta es una tarea inagotable, que nunca posa de excelencias y autojustificaciones, comprensivo y justo con su propia fragilidad y con la de los demás.
Todos somos santos, porque nuestro verdadero ser es lo que hay de Dios en nosotros; aunque muchos no lo hayamos descubierto aún. Somos santos por lo que Dios  hace en cada uno , es El quien toma la iniciativa. Que esta conciencia nos permita recordar  el denso sentido teológico y antropológico de palabras como estas: “Pues bien , ahora que hemos sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de Jesucristo Nuestro Señor. También por él – por la fe – hemos alcanzado la gracia en la que nos encontramos, y podemos estar orgullosos esperando la gloria de Dios  (Romanos 5: 1 – 2).
Quiere decir que la gracia y la santidad no se adquieren por méritos y observancias de nuestra parte, sino por efecto de la acción salvadora y liberadora que el Padre – Madre Dios ha realizado para nosotros en el Señor Jesús. Vale decir que  es don,  gratuidad pura,  incondicionalidad expresa de ese amor de Dios que no se fatiga en  participarnos de su vitalidad.
El santo genuino es aquel que se siente asumido por este dinamismo de gracia y vive así todas las implicaciones de su humanidad, ordenada a ese amor superior, que se expresa histórica, existencialmente, en el servicio a los demás, en la solidaridad, en la construcción de vínculos y encuentros, en la afirmación permanente de la dignidad de cada persona, siguiendo el espíritu de las Bienaventuranzas.
Este último es el texto constitutivo de la santidad cristiana, en el que se hace nítida la intención de Dios de configurar un ser humano, un mundo, de felicidad – bienaventuranza, marcado por unos valores determinantes que siempre van en contravía de los habituales de poder, prepotencia, éxito, bienestar económico, competencia individualista, culto al ego, y que se traducen en la  conciencia de la radical indigencia que todos poseemos, conscientes de que nosotros no nos damos el sentido absoluto de la existencia, que este procede  - lo repetimos, por vía gratuita – de una decisión generosa, amante, ilimitada, del mismísimo Dios:
-          Felices los pobres de corazón…..
-          “Felices los afligidos…..
-          “Felices los desposeídos…..
-          “Felices los que tienen hambre y sed de justicia….
-          “Felices los misericordiosos……
-          “Felices los limpios de corazón…..
-          “Felices los que trabajan por la paz….
-          “Felices los perseguidos por causa del bien….. (Mateo 5: 3 – 10)
Esto nos está indicando un perfil ideal de ser humano según el proyecto de Jesús, en el que es transparente el modo de lo gratuito, de dejarse asumir por el Padre, la valiente osadía de dejarse llevar, el no cargar ladrillos a la mentalidad dominante de escalar posiciones, el apasionarse por las grandes causas de justicia y dignidad, el rechazo enfático de homenajes y halagos zalameros, el gusto de servir y de ser instrumento para que la vida de todos tenga sentido. En definitiva, el ser relatos de Dios, configurados con Jesús, en quien descubrimos el modelo y el referente por excelencia de la nueva humanidad. Aquí reside la verdadera y más válida felicidad.
Todo lo anterior debidamente legitimado por el Padre:
-          “porque el reino del cielo les pertenece….
-          “porque serán consolados….
-          “porque heredarán la tierra….
-          “porque serán saciados….
-          “porque serán tratados con misericordia….
-          “porque verán a Dios…..
-          “porque serán llamados hijos de Dios..
-          “porque el reino de los cielos les pertenece…. (Mateo 5: 3 – 10)
Las promesas que acompañan esas formulaciones de felicidad son evidencia de la santidad gratuita de la que somos beneficiarios por decisión de Aquel que no ahorra esfuerzos y estrategias para mantenernos insertos en su propio ser, coherente con aquello de: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza….Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Génesis 1: 26 – 27).
Por elemental honestidad es preciso advertir que las bienaventuranzas NO son una legitimación masoquista de la pobreza, del sufrimiento, de las contradicciones. Justamente manifiestan con contundencia evangélica el rechazo de Dios a esas realidades de muerte y de frustración, destacando que hay muchos  hombres y mujeres que, alimentados por su Gracia, se identifican con Jesús  y se sumergen en ese mundo de penurias y dramatismos, para asumirlo salvíficamente, liberadoramente, y para re-significarlo graciosamente, gratuitamente, en la perspectiva de la vida libre, humana demasiado humana, divina demasiado divina, feliz, gozosa, en fraterna comunión con los prójimos de todas las condiciones.
Esto es vida y esperanza, y nos permite afirmar con el apóstol Juan: “Ví un cielo nuevo y una tierra nueva” (Apocalipsis 21: 1), en clara referencia al nuevo orden de sentido y de vida, de significado trascendente, de plenitud, que porta para nosotros el Señor Jesús, en nombre de la decisión saludable y definitiva de Dios Padre.
Por otra parte, la memoria que hoy celebramos en la Iglesia, la de los difuntos, nos lleva a pensamientos y preguntas de grande y definitivo calado. De entrada, no olvidemos que esta de la muerte  es la única certeza absoluta que tenemos, la inevitable condición  precaria  inherente a nuestro ser.
 Ante esta constatación, cabe dejarnos llevar por el sentimiento trágico de la vida, perder la ilusión y el deseo legítimo de felicidad porque esta “seguridad” nos arrebata toda posibilidad de gozo existencial? O , más bien, encontrar un modo de vida siempre creativo, validado por la gratuidad santa de Dios, que nos haga posible el disfrute, los amores profundos, las pasiones transformadoras, los más densos ejercicios de humanismo y espiritualidad, la creación de mundos nuevos, las constantes tareas de dignificar a los humillados y ofendidos, y tantas otras alternativas que se nos ofrecen, vivido todo esto como anticipo histórico, sacramental, de la plenitud definitiva – bienaventuranza decimos – a la que estamos llamados por esa misma determinación que es el fundamento de nuestra esperanza?
Evocar el nombre y la vida de todos nuestros seres queridos que nos han precedido en el signo de la fe ha de suscitar en nosotros la más profunda y amorosa gratitud con estas bellas gentes que han dado – y siguen haciéndolo  desde su eternidad – razón de ser a nuestras biografías, mediaciones de Dios en las que hemos hallado felicidad, sentido, realización, los mejores y más apasionantes motivos para una existencia  orientada hacia la bienaventuranza.
Es también coyuntura para el mayor ejercicio de realismo y de responsabilidad existencial que nos es dado hacer, el de saber que no nos bastamos a nosotros mismos, el de hacernos conscientes de esta radical contingencia y precariedad, llamada por Francisco de Asís la “hermana muerte”, segura compañera de todos nuestros pasos.
El dilema es: tragedia o esperanza? Absurdo o vocación de eternidad? Donde nos situamos? Dominados por el temor de enfrentarla hacemos todo por evitar esa cercanía y llevamos un estilo que evade permanentemente tal certeza?  O, alienados, por falsos temores inculcados por sentimientos de culpa y por una religiosidad sometida y humillada, desarrollamos el miedo al gozo y  nos negamos toda felicidad? O, definitivamente, vamos a correr el maravilloso riesgo de asumir sin rodeos todas las implicaciones del ser humanos, conscientes de estos límites pero también de pasar con esperanza esa frontera de la vida hacia la Vida?
Que sea la feliz expresión de los discípulos de Emaús la que alimente esta ilusión de Dios, esta vocación hacia el amor que nunca se ha de terminar: “No sentíamos arder nuestro corazón mientras  nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura?” (Lucas 24: 32).

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