domingo, 23 de noviembre de 2014

COMUNITAS MATUTINA 23 DE NOVIEMBRE SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO



Lecturas
1.      Ezequiel 34: 11 – 12  y  15 – 17
2.      Salmo 22
3.      1 Corintios 15: 20 – 28
4.      Mateo 25: 31 – 46
La parábola del “juicio universal”, que es el contenido del evangelio de este último domingo del año litúrgico, no pretende ofrecernos una visión anticipada de un imaginado final del mundo, con fenómenos fuera de la común, y manifestaciones prodigiosas unas y aterradoras otras, como algunos predicadores nos hicieron creer, reconociendo penosamente  que todavía en algunos ámbitos religiosos del mundo cristiano, católico y protestante, se siguen dando mensajes de este tipo, de fuerte carga alienante y ahistórica.
Es una parábola, lo que  quiere decir que no es posible hacerle una lectura literal;  se impone , entonces,  remitirnos  a la fuerza significativa de las imágenes que allí se contienen, deduciendo sus consecuencias para una vida digna, honesta, empeñada en la felicidad más profunda para todos y para todas, siendo el criterio fundante de la misma la dedicación incondicional a las personas caídas por la pobreza, por la enfermedad, por la injusticia, por el desconocimiento de sus derechos.
 En esta se nos plantea claramente el comportamiento adecuado aquí y ahora, en términos de la más radical ética de la projimidad, del reconocimiento  de los otros que son  débiles, condenados de la tierra, humillados, empobrecidos, maltratados, y se determina que el compromiso efectivo y afectivo con estas personas es la garantía de acertar en la vida, de desarrollar un proyecto existencial moral y espiritualmente válido.
Lo contrario, el egoísmo, la insolidaridad, la despreocupación por la suerte de estos hermanos últimos del mundo, según las desafortunadas clasificaciones sociales, es el criterio definitivo de una vida que se frustra, que se echa a perder, que no es meritoria a los ojos de Dios y de las gentes de buena voluntad.
La recompensa o castigo correspondientes no son el resultado de un dios exterior, sino el fruto de una determinada manera de vivir, lúcida y despierta, amorosa y  comprometida, si se transita por el camino de la solidaridad, o atascada en una ignorancia egoísta, de una indiferencia irresponsable,  en el caso de quienes viven despreocupados de los demás o que actúan en su contra, haciéndoles tortuoso su existir, con decisiones injustas o violentas.
De nuestra libertad, que acoge o rechaza la iniciativa gratuita de Dios, depende que la vida sea lograda, que tenga sentido, que accedamos a la genuina plenitud, o que la malbaratemos, en el derroche irresponsable de una biografía sin asomos de fraternidad y de cercanía comprometida con quienes claman dignidad. En lo uno y en lo otro está el premio, la satisfacción del deber cumplido, o el  castigo a quien lleva una vida sin interesarse por los demás.
Es muy elocuente que este sea el texto clave de este último domingo, en el que se sientan las bases de un riguroso control de calidad de lo que somos y hacemos,  afirmando con exigente nitidez esta invitación, reconocimiento a quienes se han esmerado por vivir con la mayor honradez el imperativo de la fraternidad y del servicio: “Vengan, benditos de mi padre, a recibir el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era emigrante y me acogieron, estaba desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, estaba encarcelado y me vinieron a ver” (Mateo 31: 34 – 36)
La pregunta millonaria es si en el año que termina nuestro logro mayor consistió en gastarnos y desgastarnos por los demás, apostando lo mejor de nosotros para transmitir dignidad y posibilidades reales de lo mismo a personas desfavorecidas, conscientes de que esto es mucho más que dar obsequios ocasionales, con compasiones que son momentáneas, o si , por el contrario, nos desentendimos totalmente de este desafío y nos dedicamos a la búsqueda de nuestros mezquinos intereses individuales, totalmente ausentes de la historia de dolor y de pobreza que afecta a tantos seres humanos en nuestro país y en el mundo.
Está claro, entonces, que el criterio decisivo para una vida lograda, según Jesús, no pasa por el acumulado de cumplimientos religiosos y rituales, presumiendo, como los fariseos y maestros de la ley, de justos y observantes, con el consiguiente sentimiento de superioridad y autosatisfacción que esto conlleva, actitud y conducta  que sabemos severamente fustigada por el Señor.
Según la lógica del Evangelio, de las bienaventuranzas de Jesús,  lo que decide la autenticidad de la vida de una persona es eminentemente ético, es un asunto de entrañas compasivas y solidarias, de misericordia y dedicación incondicional a cuidar de estos prójimos, a trabajar infatigablemente por un orden social justo, a cambiar simultáneamente corazones y estructuras, a implicarse en prácticas concretas que permitan evolucionar hacia una dinámica social en la que la dignidad de las personas sea el referente constitutivo de la misma.
De acuerdo con esto,  el mensaje de Jesús es fundamentalmente el de una ética al mismo tiempo humana y teologal, muy por encima de las piedades individuales, de las prácticas religiosas externas, tan a menudo carentes de genuina conversión y de espiritualidad, entendiendo esta última como la vitalidad de Dios aconteciendo en las personas, y configurándolas como hijas del padre común y hermanos de todos los humanos.
Eso que nos conmueve tan hondamente en personas como Monseñor Romero, como los mártires de la UCA, es justamente esto, su radical sentido de la projimidad y su disposición para llevar todo  hasta la entrega cruenta de la vida misma, como sucedió en el caso de ellos y en el de tantos que admirablemente han escrito con su propio ser  similares relatos de justicia.
El corazón compasivo vive la ayuda y el servicio desde la gratuidad. No lo hace para conseguir algo a cambio, un premio, un reconocimiento, sino para vivir a cabalidad esta opción fundamental de ser constructores permanentes y crecientes del valor de cada hombre, de cada mujer, llevando consigo el rechazo a las condiciones que causan la injusticia y la exclusión y denunciando con valor profético a quienes las promueven.
Hablando del contenido central de la liturgia de este domingo, la condición del Señor Jesucristo en cuanto rey del universo y de la historia, tiene aquí su más esencial elemento de significado para ser vivido y apropiado por quienes nos interesamos en esta propuesta.
 El señorío de Jesús no transita por los criterios de poder y vanagloria propios del talante del mundo, El no reclama para sí homenajes como los que se rinden a los poderosos y a los exitosos : quien se decide por El asume que el compromiso que define su seguimiento está en esta realidad de hacernos  solidarios, compasivos, misericordiosos, cuidadores y protectores de la vida en todas sus formas.
Jesús es rey para hacer vigente la dignidad de todas las personas, en nombre de la paternidad  - maternidad de Dios. Tal es la verdadera religión: el lugar privilegiado de la presencia de Dios es el ser humano, por esta razón de la mayor densidad teológica y antropológica, Dios se expresa decisivamente en la humanidad de Jesús hasta alcanzar esto categoría sacramental, realidad que no sólo es para El  en sí mismo sino para todos los humanos asumidos por El mismo en su propio ser salvífico y liberador. En esto consisten el señorío y la realeza de Jesús.
Cuando el Papa Francisco nos está diciendo en la Iglesia que debemos dejar de ser autorreferenciales e involucrarnos en las periferias, cuando nos cuestiona a obispos y sacerdotes por no oler a oveja, cuando  hace preguntas rigurosas al sistema económico mundial cuestionándole su inhumanidad y su pasión desordenada por la ganancia y la utilidad, cuando nos advierte sobre el tipo de ser humano endeble y superficial que se forma en la sociedad de consumo,  cuando se duele por los 43 jóvenes asesinados en México o por los ahogados de Lampedusa,  simplemente está echando mano de esta clave esencial de comprensión y asunción del proyecto de Jesús: o nos dedicamos a ser prójimos de nuestros prójimos, sin rodeos, decididamente, apasionadamente, o simplemente la vida no vale la pena.
Las bellas pero también fuertes  imágenes contenidas en el capítulo 34 de Ezequiel alimentan estas convicciones. Allí se nos habla de la indignación de Yavé contra los malos pastores, que descuidan a sus ovejas, en clara alusión a los sacerdotes indignos que buscan su bienestar, el conservar su posición de privilegio, y El mismo se ofrece para este servicio: “Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré sacándolas de todos los lugares donde se dispersaron un día de oscuridad y nubarrones” (Ezequiel 34: 11 – 12).
Dios es Padre, dador de vida y cuidador de este don que ha depositado en todos, su único y definitivo interés es la plenitud de cada ser humano, de ahí que su estrategia sea manifestarse en la historia, en las experiencias existenciales nuestras, en las de plenitud – felicidad y en las de dolor – sufrimiento, y en unas y en otras evidenciándose como un Dios cercano, solidario, comprometido, próximo, fortaleciendo y dando pleno sentido a todo, sin imponernos pesadas cargas y milimetrías rituales jurídicas. Es el Dios del amor que se ha dicho plenamente en la historia de Jesús, y en la de de cada hombre, de cada mujer, que quiera recibir generosamente esta gratuidad.

domingo, 16 de noviembre de 2014

COMUNITAS MATUTINA 16 DE NOVIEMBRE DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO 25 ANIVERSARIO DEL MARTIRIO DE LOS JESUITAS DE LA UNIVERSIDAD CENTRO AMERICANA JOSE SIMEON CAÑAS EN SAN SALVADOR



Lecturas
1.      Proverbios 31: 10 - 31
2.      Salmo 127
3.      1 Tesalonicenses 5: 1 – 6
4.      Mateo 25: 14 – 30
Queremos enmarcar la reflexión de este domingo en tan significativo aniversario, en el que conmemoramos veinticinco años del martirio de seis sacerdotes jesuitas y dos mujeres, en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, hechos sucedidos en la residencia de los sacerdotes, situada en el campus de la Universidad Centro Americana “José Simeón Cañas” (UCA), en San Salvador (El Salvador, Centro América), crimen que fue cometido  por un grupo de miembros del ejército de este país, siguiendo órdenes de su alto mando militar.
En estas mismas páginas hemos afirmado varias veces que los seres humanos somos relato de Dios, en la medida en que El se dice a sí mismo en historias de humanidad, en biografías de amor y de solidaridad, en narraciones de justicia y de donación de la vida. En estas ocho personas se cumple cabalmente esta condición.
 Los seis jesuítas se dedicaron con pasión a servir al sufrido pueblo de este pequeño y hermano país, que durante gran parte de su historia ha vivido las más crudas condiciones de injusticia y explotación, de violencia cruenta y de maltrato sistemático por parte de los grupos de poder y del mismo estado y de su fuerza armada.
 Esto sucedía con particular intensidad a finales de los años setenta y durante toda la década de los ochenta, cuando se enfrentaban los militares – apoyados estos por los llamados escuadrones de la muerte – y la guerrilla Farabundo Martí. Como siempre, en la mitad del conflicto, el noble pueblo obrero y campesino, padeciendo en grado máximo las consecuencias de esta escalada de guerra, brutal y dramática.
Por su parte, las dos mujeres – madre e hija adolescente – servían con fidelidad y delicadeza en la comunidad de los padres. De origen campesino, representan a las más de ochenta mil víctimas de esa brutal guerra civil.
Los nombres de estos “narradores” del amor de Dios son:
-          Ignacio Ellacuría Beascoechea (nacido en 1930), era el rector de la UCA
-          Amando López Quintana (nacido en 1936), profesor de teología y  de filosofía
-          Juan Ramón Moreno Pardo (nacido en 1933), profesor de teología, director de la biblioteca del centro de reflexión teológica, experto en espiritualidad ignaciana
-          Joaquín López y López (nacido en 1918), director nacional de Fe y Alegría en El Salvador, fue uno de los fundadores de esta universidad, en 1965
-          Ignacio Martín – Baró (nacido en 1942), vicerrector académico de la universidad, director del instituto de opinión pública y profesor de psicología social
-          Segundo Montes Mozo (nacido en 1933), director del instituto de derechos humanos, superior religioso de los jesuitas residentes en el campus universitario
-          Elba Julia Ramos (nacida en 1947), era empleada de servicio doméstico en la comunidad de los jesuitas, muy apreciada por todos ellos, mujer de gran  sentido común y notable jovialidad
-          Celina Mariseth Ramos (nacida en 1973), tenía 16 años en el momento de morir, seguía sus estudios de bachillerato en un colegio de la población de Santa Tecla y acompañaba a su mamá el día de la tragedia
A Elba Julia y a Celina podemos aplicar con plenitud de sentido el bello texto de los Proverbios, primera lectura de hoy, que honra la sabiduría y  laboriosidad de nuestras mujeres: “Una mujer hacendosa, quien la encontrará? Vale mucho más que las perlas. Su marido confía en ella y no le falta nunca nada. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida…….Abre sus palmas al necesitado y extiende sus manos al pobre….Está vestida de fuerza y dignidad, sonríe ante el día de mañana. Abre la boca juiciosamente y su lengua enseña con bondad…..” (Proverbios 31: 10-12;20;25-26).
Cuando la sociedad del espectáculo y del irresponsable consumismo exalta lo femenino desde la pobre óptica de la apariencia física y del culto al cuerpo, de los  encantos y vaciedades pasajeras  ,  estas dos sencillas campesinas salvadoreñas  - generosas, honradas, pulcras, profundamente humanas – encarnan esa seductora dimensión de la mujer que consiste en la belleza esencial de su ser, en su disposición para dar, en  su talante maternal, en la hermosa juventud de Celina,  en  su vocación incontenible para ser cuidadoras de la vida.
Y siguiendo el espíritu del domingo anterior, introducido por el capítulo 25 de Mateo que ahora continuamos, estos mártires – ellos y ellas – nos hablan con elocuencia profética de la vida que rinde al máximo, de la fecundidad del ser, de los talentos que se aprovechan dando lo mejor de sí para que la vida de muchos tenga sentido y dignidad.
 En esta perspectiva, es claro que el crecimiento personal no es un acumulado individual de éxitos y logros, de títulos y recompensas, de vanas y egoístas competencias,  sino una parábola en la que la apuesta fundamental es jugársela toda por todos ,  sin reservar nada para sí, construyendo vínculos, propiciando y manteniendo encuentros, posibilitando siempre las mejores condiciones de humanismo y trascendencia, sirviendo infatigablemente, atendiendo los requerimientos de todos, dando a  cada uno su valor, creando y re – creando espacios de vitalidad, siendo diligentes en construír ámbitos de vida participativos, fomentando la justicia y la equidad, denunciando proféticamente el desorden y la arbitrariedad, reflejando en todo su quehacer al Dios que trasciende de sí hacia el ser humano y se encarna en nuestra realidad para liberarla del pecado que mata, dotándonos de la vida que se proyecta desde la historia hacia la eternidad.
En ellos y en ellas se cumplen con bienaventurada precisión estas palabras de Mateo: “Muy bien, sirviente honrado y cumplidor; has sido fiel en lo poco, te pongo al frente de lo importante. Entra en la fiesta de tu Señor” (Mateo 25: 21).
Dotados estos seis jesuitas de importantes talentos intelectuales y espirituales, con brillantes estudios y profundidades académicas, respaldados por sus respectivos títulos, reconocidos por sus juiciosos análisis y publicaciones acerca  de la dolorosa realidad de Centro América, enfáticos y valientes en su denuncia de la injusticia , no buscaron el brillo personal sino el servicio apasionado a los más pobres y vilipendiados de esta región del mundo, y así fructificaron en la lógica del reino su apasionamiento por la persona de Jesús en el modo ignaciano, con la coherente consecuencia de afirmar en todo la dignidad humana en cuanto sacramento anticipado en la historia de la bienaventuranza plena.
Cada fin de semana, invariablemente, dejaban las aulas de la UCA y sus salas de reuniones, para irse a servir sacerdotalmente en varias parroquias  campesinas, donde anunciaban la Buena Noticia en ese mundo tan contagiado de muerte, siempre alentando, estimulando, promoviendo, dignificando, haciendo explícito el mejor estilo evangélico de hacer sentir a todos la misericordia del Padre, la esperanza histórica y trascendente, auténticas comunidades de resistencia contra el yugo de los violentos.
 Quetzaltepeque, Jayaque, Santa Tecla, Tierra Virgen , Soyapango, son lugares sacramentales de la  hermana tierra salvadoreña, donde estos hombres de Dios sirvieron a las Elbas y a las  Celinas, a sus esposos y prometidos , a sus  hijos y hermanos, para testimoniar con su vida que la última palabra sobre la vida de los humanos no la tienen los siniestros señores de la muerte, como lo pretendieron vanamente quienes los ametrallaron en aquella madrugada pascual de noviembre de 1989.
Es Dios , el Padre de Jesús, el Padre de todos, quien define finalmente el sentido feliz y total  haciendo que la muerte deje su danza macabra y se transforme en el amanecer inagotable de los justos del Evangelio: “ A ustedes, hermanos, como no viven en tinieblas, no los sorprenderá ese día como un ladrón. Todos ustedes son ciudadanos de la luz y del día; no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas” (1 Tesalonicenses 5: 4 – 5).
Cómo estamos en materia de ser relatos de Dios que hacen rendir sus talentos con abundancia para construír humanidad? Somos conscientes de que el seguimiento de Jesús no es una cómoda instalación en un ambiente de caricias religiosas sino un reto para salir a las calles de la historia a trabajar con eficacia por la dignidad de todas las personas? Vislumbramos en nosotros mismos esta capacidad de cruz y de disposición para dar la vida? Lo que damos a otros es lo que “sobra” de nuestro bienestar?  Estas narrativas de muerte y pascua nos hacen sensibles a los sufrimientos de las inmensas mayorías de este mundo? La opción preferencial por los pobres  deja de ser retórica y se convierte en nuestro proyecto permanente de vida?
Qué nos dicen Jesús, Monseñor Romero, Elba Julia, Celina, Ellacuría, Martín – Baró, Amando, Juan Ramón, el Padre Lolo, Segundo Montes? Leemos en sus biografías la contundencia de esta afirmación de Juan: “Nadie tiene mayor amor  que aquel que es capaz de dar la vida por las personas que ama” ? (Juan 15: 13). Es nuestra vida la mejor lectura existencial de esta constatación?

domingo, 9 de noviembre de 2014

COMUNITAS MATUTINA 9 DE NOVIEMBRE DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas
1.      Sabidurìa  6: 12 – 16
2.      Salmo 62: 2 - 8
3.      1 Tesalonicenses 4: 13 – 18
4.      Mateo 25: 1 – 13
Nos aproximamos a la conclusión del año litúrgico, en un par de semanas; durante los tres domingos siguientes abordaremos el capìtulo 25 del evangelio de Mateo, texto que nos formula interrogantes profundos sobre los valores y prioridades con los que estructuramos nuestros proyectos de vida, sobre la seriedad y responsabilidad con las que asumimos toda la existencia. Es una evaluación de lo que somos y hacemos, esto en un clima exigente pero al mismo tiempo esperanzador.
En la parábola que nos propone Mateo se presentan varios elementos densos para nuestra consideración:
-          El encuentro pleno del ser humano con Dios no se puede improvisar en el último momento de la vida, ni otros pueden suplirnos en este compromiso. Es total responsabilidad de cada uno hacerse cargo de su historia, de sus decisiones, siempre conscientes de la presencia de la gracia de Dios, pero simultáneamente comprometidos con el ejercicio de una libertad madura y abierta.
-          La decisión vital ante Dios, ante los demás, ante nosotros mismos, es asunto que ha de recorrer nuestra vida entera.
-          No se trata tampoco de desarrollar miedo y sentimiento de culpa ante esta definitividad del encuentro con Dios, es, por el contrario, una invitación a la total coherencia  pascual, a la certeza de un Dios, que – como lo hemos expresado tantas veces – es siempre y prioritariamente deseoso de nuestra felicidad y total realización.
-          No es , entonces, la muerte la que tiene que dar sentido a nuestra vida:  aprendiendo a vivir se aprende morir, aquí descansa el máximo ejercicio de felicidad y de significado trascendente. Ser conscientes de la precariedad – fragilidad que “llevamos puesta”, parte esencial de nuestro ser, nos enseña a ser realistas, a  cultivar la confianza en la realidad de Dios que viene constantemente a buscarnos, a hacernos sabios, sensatos y, por lo mismo, a disponernos con mayor intensidad para gozar de los talentos con los que nos ha dotado.
La mejor manera de llevar una vida plena, feliz, con capacidad de disfrute y de amor, de pasiones creadoras y de apertura a Dios y a las personas, es la búsqueda constante de la autèntica sabiduría, según nos lo plantea la primera lectura: “ La sabiduría es luminosa y eterna, la ven sin dificultad los que la aman, y los que van buscándola, la encuentran; ella misma se da a conocer a los que la desean” (Sabidurìa 6: 12 – 13).
En la tradición del Antiguo Testamento el sabio es quien descubre el significado trascendente de la existencia, el que capta lo esencial y lo vive en plenitud, el que no se deja seducir por los ídolos ya conocidos, incluìda la idolatrìa del rigorismo religioso,  es la persona consciente de la gratuidad de Dios y de la vida, el que sabe encontrar el valor de cada ser humano, el que ve màs allà de lo meramente experimental, el que no se deja utilizar por el pragmatismo y la loca carrera de la productividad,  el que tiene debidamente interiorizado el sentido de la humildad y de la prudencia, el que no se arrodilla indignamente ante los poderes de este mundo.
En definitiva, la verdadera sabiduría es encontrar el sentido de la vida. Dar significado a esta  es màs importante que la vida misma; esto no viene dado, se impone darse a la búsqueda, aventurarse a explorar en la realidad del mundo, de las personas, en las experiencias, incluìdas las contradictorias y problemáticas, desarrollar una capacidad de afrontar constructivamente estas últimas, ir a contracorriente de la sociedad de consumo y de las propuestas vacìas de valores. A esto se refiere la parábola de las muchachas prudentes y de las necias.
Un genuino ser humano es el que se convierte en un apasionado trabajador del sentido de la vida. Esta pregunta es constitutiva del hombre – mujer, porque disponemos de conocimiento y libertad, porque somos capaces de superar el esquema estìmulo – respuesta, porque  otorgamos un significado a la realidad transformándola, haciendo cultura, creando posibilidades de vida digna para todos, construyendo comunión y participación, favoreciendo el ejercicio de la dignidad de los demás, trascendiendo de nosotros  mismos.
Todo aquel  que escucha estas palabras mìas y las pone en pràctica se parece a un hombre prudente que construyò su casa sobre roca. Cayò la lluvia, los rìos salieron de su cauce, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa, pero no se derrumbò, porque estaba cimentada sobre roca” (Mateo 7: 24 – 25). Esta es otra manera en la que Mateo advierte crìticamente sobre la vigilancia permanente, sobre la apertura al don de Dios como principio y fundamento, sobre la aptitud y la actitud para darle raigambre de autenticidad a nuestras biografías, invitación a no despilfarrar lo que somos, a desarrollar un relato vital siempre saturado de significado, de esencialidad, de orientación a la plenitud.
Aunque parezca antipático el gesto de las prudentes, de no facilitar su aceite a las necias, hay que entender su significado: no se trata de egoísmo, simplemente es que resulta imposible amar en nombre de otro. Nuestra lámpara no puede arder con aceite prestado: “Contestaron las prudentes: no, porque seguramente no alcanzarà para todas, es mejor que vayan a comprarlo a la tienda” (Mateo 25: 9).
La llama no puede ser encendida si no es con nuestro propio empeño, sin deponer esta responsabilidad en otros. El sentido a toda una vida no es asunto de improvisar cuando nos sentimos en situaciones lìmite, apretados por urgencias de última hora, con una historia de banalidad, de despreocupación, de ausencia total de responsabilidad ética y espiritual.
Solo con lo que hay en cada uno de profunda humanidad, de profunda divinidad, descubierto, reconocido, vivido, puede considerarse encendido nuestro ser: este despliegue constituye la sabiduría a la que nos remite la primera lectura.
Por otra parte, y con no menor importancia esencial, hay que advertir que la parábola no hace especial hincapié en el final, sino en la inutilidad de una espera que no va acompañada de honestidad, de interés efectivo y afectivo por los demás, de pràctica permanente de la solidaridad, del servicio, de la justicia, de la projimidad, y de la saludable autonomía ante las presiones sociales que pretenden manipularnos para parecer “importantes”, prestigiosos, exitosos, competitivos, aplaudidos, ricos, y todos los demás “indicadores” de reconocimiento social, casi siempre ausentes de los valores sustanciales propuestos por Jesùs en las bienaventuranzas.

Con estos elementos de reflexión y discernimiento nos parece oportuno proponer la superación de ese esquema angustioso del final de la vida, porque esta no se juega en el último momento sino siempre, cuando vivimos felizmente en nuestros hogares, cuando nos enamoramos, cuando damos lo mejor de nosotros no sòlo a los seres queridos sino a todas las personas, incluso cuando estas son reacias a estas iniciativas de sentido, cuando realizamos proyectos para que todos los humanos podamos compartir en igualdad de condiciones la mesa de la vida, cuando somos creativos articulando integralmente todas las dimensiones de nuestro ser individual  y comunitario.
El aceite sòlo da luz a costa de consumirse, de mantener la llama encendida, sin presumir, siempre con el perfil bajo. Somos asì? Estamos inscritos en una lógica de vida que da significado a la vida de otros, nos comprometemos con las causas de luminosidad, de humanismo y espiritualidad, estamos siempre alertas para hacer de este mundo un espacio de sentido, de inclusión, gastándonos amorosamente para reflejar en nuestra propia parábola una historia en la que cada hombre, cada mujer, valen por sì mismos y tienen derecho a la felicidad?

Aquì estàn la legìtima sensatez, la legìtima vigilancia, la màs saludable actitud para recibir al novio que viene a casarse y a celebrar la boda sin fin de la bienaventuranza, la histórica, real, de este lado de la vida, y la que nos aguarda cuando crucemos la frontera, siempre con esperanza, con talante pascual, en la felicísima integración de divinidad y humanidad, de historia y trascendencia, que se realiza para nosotros en el Señor Jesucristo: “Nosotros, en cambio, que somos del dìa, permanezcamos sobrios, revestidos con la coraza de la fe y del amor, y con el casco de la esperanza de salvación. A nosotros, Dios no nos ha destinado al castigo, sino a poseer la salvación por medio de Nuestro Señor Jesucristo….” (1 Tesalonicenses 5: 8 – 9). 

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