domingo, 4 de enero de 2015

COMUNITAS MATUTINA DOMINGO 4 DE ENERO SOLEMNIDAD DE LA EPIFANIA DEL SEÑOR



Lecturas
1.      Isaías 60: 1 – 6
2.      Salmo 71: 1 – 13
3.      Efesios 3: 2 – 6
4.      Mateo 2: 1 – 12
Siguiendo la  mejor y más saludable intencionalidad  de los relatos evangélicos, y en general de todos los escritos del Nuevo Testamento, debemos hacer el esfuerzo de salirnos de la mentalidad anecdótica con respecto a los mismos para entrar de lleno en la significación teologal, salvadora y liberadora, que nos brindan estos testimonios originales y originantes de nuestra fe.
Lo que hoy celebramos es la realidad universal del acontecimiento de este pequeño Jesús, nacido para nuestra salvación. En El , el Padre Dios se sale de los límites de Israel, desborda las fronteras del exclusivismo religioso de los judíos,  reconoce a los seres humanos de todos  los tiempos de la historia como potenciales beneficiarios y destinatarios  de este hecho definitivo, contenidos que se especifican  en las profundas y muy esperanzadoras lecturas que se nos proponen para este domingo de Epifanía.
La primera – de Isaías – se refiere a Jerusalén  como la ciudad símbolo del encuentro y de la convergencia : “Echa una mirada  a  tu alrededor y observa: todos esos se han reunido, vienen a ti; tus  hijos vienen de lejos, a tus hijas las traen en brazos” (Isaías 60: 4).
  Este reconocimiento viene  acompañado con el sentido de lo luminoso, de la luz que trae la salvación de Dios: “Mira, las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos; pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y acudirán los pueblos a tu luz ,los reyes al resplandor de tu aurora” (Isaías 60: 2 – 3).
Esta ciudad, centro del judaísmo, marcada por la cerrazón y el elitismo reflejados en la vanidad y sentimiento de superioridad de los sacerdotes del templo y demás líderes religiosos, ahora pretende ser re-significada por el mismo Dios que no se resiste a los mezquinos deseos de quienes  - equivocadamente! -  se constituyen en sus concesionarios exclusivos.
Desafortunadamente también  hoy – en pleno siglo XXI –  la ciudad santa, con su fuerte carga simbólica para judíos, cristianos y musulmanes, es el escenario de una de las mayores desavenencias del mundo contemporáneo, ciudad fraccionada, con la presencia en su seno de un conflicto permanente entre judíos y  palestinos, en permanente pie de guerra, desafiando pecaminosamente la iniciativa ecuménica e incluyente de Dios, realidad favorecida por la intransigencia  de sus dirigentes, siempre inspirados por el apetito  desordenado del poder y por la malsana afirmación de su dominio.
Y, a pesar de esto, peregrinos del  mundo entero, de las tres religiones monoteístas, vienen a ella con fe y esperanza, para honrar confiadamente al Dios de Abraham, el mismo que se ha manifestado con plenitud en Jesús, Alá, el compasivo , el misericordioso, haciendo caso omiso de la beligerancia político – militar de las facciones enfrentadas, y rescatando ese seductor mensaje de inclusión , de reconocimiento a las expectativas de sentido de todos los humanos, de reiteración  del Dios que se ofrece  a la totalidad del género humano .
Así, el  Muro de las Lamentaciones, los  sitios  bíblicos , especialmente los que fueron escenario del ministerio del Señor Jesús, la Gran Mezquita, se empeñan en mantenerse vigentes como escenarios de plegaria al único Dios,  y como expresiones de la vocación primera de la nueva Jerusalén: “ Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro,  y proclamando las alabanzas del Señor” (Isaías 60: 6).
Comenzando el año, cuando hacemos los énfasis  propios de nuestros respectivos proyectos de vida, individuales y comunitarios, conviene afirmar el denso significado  humano y espiritual  del diálogo interreligioso y ecuménico, el reconocimiento respetuoso de la diversidad de tradiciones religiosas,  el aprecio por sus aportes al desarrollo de una más noble condición humana, con  sus dimensiones de sabiduría y espiritualidad, asumiendo que en este diálogo está contenida una de las mejores posibilidades para lograr los propósitos  ideales de convivencia, de ejercicio de la dignidad humana,  de feliz coexistencia en el pluralismo,  de paz y de reconciliación.
En la amorosa fragilidad de este apasionante Dios expresado en el Niño Jesús se nos convoca a esta conciencia de universalidad e inserción en las tareas comunes a todos los hombres y mujeres de  buena voluntad, donde nos encontramos todas las tradiciones religiosas y humanistas, superando el fundamentalismo y la intolerancia, aceptando felizmente  que el Espíritu es multiforme “ y sopla  hacia donde quiere” (Juan 3:8) ,  sin sacrificar en lo más mínimo la identidad y las convicciones propias de cada credo,  y detectando que en su esencia estas son de diálogo y apertura.
Desde ya, COMUNITAS MATUTINA invita a un encuentro ecuménico e interreligioso  para  el domingo 24 de mayo, en  la Solemnidad de Pentecostés, con el fin de afianzar estas  opciones, que consideramos sustanciales para nuestra manera de vivir las relaciones con Dios y con todas las personas.
Aquí cabremos todos y todas, los judíos, los musulmanes, los cristianos de las diversas denominaciones, anglicanos, ortodoxos, luteranos, reformados, bautistas, presbiterianos, católicos, pentecostales, metodistas, los creyentes de las grandes tradiciones del  oriente, también los de nuestros ancestros indígenas y afroamericanos. Oportunamente les comunicaremos los detalles. Reserven esta fecha en  su agenda!
El texto de la carta a  los Efesios reafirma esta conciencia de universalidad , realidad que tiene el  más decisivo significado, manifestada ahora por el antiguo y radical fariseo Pablo, ahora convertido en   comprometido testigo y apóstol del cristianismo primitivo: “ Lean mi carta y comprenderán cómo entiendo el misterio de Cristo: este misterio no se dió a conocer a los hombres  en  las generaciones pasadas; sin embargo, ahora se ha revelado a sus santos apóstoles y profetas inspirados. Y consiste en esto: que por medio de la Buena Noticia los paganos comparten la herencia y las promesas de Cristo Jesús, y  son miembros del mismo cuerpo” (Efesios 3: 4 – 6).
En los tiempos recientes esta afirmación paulina está avalada por el  magisterio del Concilio Vaticano II (1962 – 1965), respaldado con  la autoridad  de los papas Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, lo mismo que por el movimiento ecuménico, el Consejo Mundial de Iglesias, la reflexión de la teología y las prácticas  solidarias y fraternales de tantos creyentes,   sólida  garantía que da crédito a esta irrupción del Espíritu en la historia de los últimos sesenta años.
Verdadero signo de los tiempos que se traduce en la reflexión y apropiación de lo multicultural y multirreligioso, en la transgresión profética de los círculos cerrados, en la conciencia de la total gratuidad del don de Dios, en una globalización sanamente contestataria que aspira a contrarrestar los efectos disolventes, unilaterales, nocivos, de una globalización de mercados y  medios de comunicación, abiertamente adversa a los intereses de la fraternidad entre los humanos.
Un modo de ser que ha de caracterizar a los creyentes de las múltiples creencias  religiosas  y espirituales es el de la apertura , la disposición para advertir en lo que es distinto de cada uno las semillas del Verbo, la acción pro – vocadora  de la Palabra que no se constriñe a espacios cerrados, la certeza de que en  la llamada salvadora de Dios hay una invitación de El mismo que es intencionalmente universal y global para establecer la diferencia cualitativa con la estrechez de miras propia de los exclusivismos religiosos, políticos, étnicos, socioculturales, ideológicos, que tanto mal y tanta violencia han traído al mundo.
Que el nacimiento de Jesús es de alcance universal lo deja claro el relato de Mateo, que tipifica en los tres magos de oriente , símbolos ellos de este ecumenismo salvífico y de la esperanza de todos los hombres y mujeres del mundo en una trascendencia salvadora, liberadora, redentora, transformadora, dotadora  de sentido en cuanto significación de esa realidad misteriosa que nos desborda , a la que llamamos Dios, que en Jesús se inclina misericordiosamente para hacerse parte de la humanidad, llevando esta a la plenitud de su divinidad: “Por entonces sucedió que unos magos de oriente se presentaron  en  Jerusalén preguntando: dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Vimos su estrella en el  oriente y vinimos a adorarle” (Mateo 2: 1 – 2).
El texto marca también el contraste entre Jesús y Herodes. El primero es el heredero de las promesas de Israel, esperanza de todos los pueblos de la tierra, y el segundo manifiesta la fuerza destructiva del mal y de muchos de los judíos de ese tiempo, que abiertamente rechazaron al maestro condenándolo y llevándolo a la muerte en la cruz.
Asi hoy, por gracia de Dios y respuesta generosa de tantos y de tantas, hay muchos que son lenguaje de  pascua y de vitalidad, relatando con sus vidas a este Dios total, Padre de todos y de todas, compasivo y  misericordioso, siempre comprometido con sus creaturas, y conscientes de que el poder del mal no termina de empeñarse en ofender sus intenciones creadoras y liberadoras, razón que nos invita a todos a estar en permanente vigilancia.
Con Baltasar, Melchor y Gaspar, nos  identificamos con todas las gentes, con todas las culturas, con todas las sociedades, y con ellos nos inclinamos para adorar este misterio maravilloso y seductor, genuina Epifanía : “Al ver la estrella se llenaron de una inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron el   niño con su madre, María, y postrándose le adoraron; abrieron sus tesoros y le ofrecieron como regalos, oro, incienso y mirra” (Mateo 2: 10 – 11).

domingo, 28 de diciembre de 2014

C0MUNITAS MATUTINA 28 DE DICIEMBRE LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARETH

Lecturas
1.      Eclesiástico 3: 3 – 7  y 14 – 17
2.      Salmo  127: 1 – 5
3.      Colosenses 3: 12 – 21
4.      Lucas 2: 22 – 40
En la “lógica” encarnatoria de Dios El asume todas las realidades humanas , las de plenitud y  felicidad ,  también las de dolor y sufrimiento, siempre con la intención de hacer de ellas lugares de su acontecer salvífico y liberador, fortaleciendo  e incrementando las  primeras y re-significando las segundas, para hacer de estas útimas ámbito de sentido, transformando lo trágico en experiencias de crecimiento y de esperanza.
Una de estas – privilegiada por cierto! – es la familia, a la que se consagra este  primer domingo posterior a la navidad.
 En la cultura de la sociedad hebrea, y con clara inspiración religiosa y teologal, la familia es escenario fundamental de  crecimiento humano y espiritual, como lo  expresa la primera lectura de este domingo: “El que honra a su padre alcanza el perdón de sus pecados, el que respeta a su madre  amontona tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; quien honra a su padre tendrá larga vida, quien obedece al Señor honra a su madre”(Eclesiastico 3: 3 – 6).
En una sociedad  que daba tanta importancia a la estructura familiar  es evidente que se requiriera respeto y veneración hacia los padres, quienes para ellos eran una  representación del señorío de Dios, también en ella  se reflejaba la estructura social dominante, desde donde se proyectaban a la interacción con la gran comunidad en sus diferentes papeles y compromisos.
Se trataba de una cultura patriarcal, en la que la figura del varón padre de familia era dominante, el primero en el orden piramidal, y ,en consecuencia, la  esposa y los hijos totalmente sometidos a sus determinaciones.
Este tipo de orden familiar es el que hay que replantear, según Jesús de Nazareth, si se quiere ser verdadero discípulo suyo: “Si alguien viene a mí y no me ama más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Quien no carga con su cruz  y me sigue no puede ser mi discípulo” (Lucas 14: 26 – 27).
No se trata aquí de  desprecio hacia la familia por parte de Jesús ni de la invitación a un voluntarismo ascético, en esa perspectiva de sacrificio superyoico que tanto dominó cierto tipo de práctica cristiana,  sino  de la saludable capacidad para relativizar con  libertad ese ámbito original del ser humano  para que el discípulo se pueda dedicar  al reino de Dios y su justicia, a construír un modelo distinto de sociedad, fraterna, solidaria, incluyente, donde cualquier estructura –incluída la familia – esté al servicio de esta novedad cualitativa, querida por el mismo Dios, como parte esencial de su proyecto de plenitud para la humanidad.
El ser humano responsable y adulto, que surge de una familia armónica y bien configurada, es autónomo, apto para tomar decisiones constructivas, fundamentadas en valores éticos y en el sentido de la trascendencia, humanista, debidamente configurado con sus referentes masculino paterno y femenino  materno, en cuanto dimensiones  integrales y complementarias de su humanidad.
Contribuír a esta cabal integración de matrimonios y familias es parte  esencial  del ministerio apostólico de de Pablo, expresión inequívoca de la nueva manera de vivir en Jesucristo: “porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras para revestirse del hombre nuevo, que por el conocimiento se va renovando a imagen de su creador” (Colosenses 3: 9 – 10).
En este contexto les hace unas recomendaciones existenciales y pastorales ordenadas al buen vivir, todas ellas de sentido común, y ahora asumidas por la vida según el Espíritu, genuina  sacramentalidad en quienes se acogen al beneficio de vivir según el estilo de Jesús: “Por tanto, como elegidos de Dios, consagrados y amados, revístanse de sentimi entos  de profunda compasión, de amabilidad, de humildad,  de mansedumbre, de paciencia; sopórtense mutuamente, perdónense si alguien tiene  queja de otro, ; el Señor los ha perdonado, hagan ustedes lo mismo. Y por encima de todo el amor, que es el broche de la perfección” (Colosenses 3: 12 -14).
Un comportamiento auténticamente cristiano es el resultado de una transformación interior  que determina al creyente en sus dimensiones individuales y sociales ,lo  que San Pablo llama el despojarse de lo viejo, que es el talante egocéntrico, competitivo, autosuficiente, arrogante, para acceder al estilo evangélico y  humano de comunión y participación, de diálogo y respeto, de tolerancia y recíproco acatamiento, de fidelidad y reconocimiento,  de espiritualidad y confianza en Dios, nueva vida en Cristo que favorece en las mejores condiciones el  surgimiento de óptimos seres humanos.
No nos podemos reducir al lugar común de afirmar que la familia es célula de la sociedad  y , en el caso cristiano y de las tradiciones religiosas, también núcleo de la fe y de la formación espiritual.  La existencia cotidiana, las buenas prácticas famiiares,  las ciencias sociales y humanas, las comunidades sanas  e integradoras, la vitalidad de las iglesias fraternas y acogedoras, son el mejor sustento para estas afirmaciones.
Esto nos lleva a ratificar  en COMUNITAS  MATUTINA nuestra profunda estima por la realidad familiar, formulada en el ideal paulino,  definitiva para la comprensión cristiana de la existencia.
No está de más advertir críticamente sobre los factores  que afectan negativamente la dinámica familiar: la dificultad en ciertos ambientes postmodernos para vivir compromisos de largo alcance, la sociedad del consumo y del espectáculo, la ligereza de muchos ante la dignidad humana, los fanatismos religiosos y políticos, las sectas manipuladoras, los modelos distorsionados de ser humano que se ofrecen en los medios masivos de comunicación, la mentalidad “light”,  las precariedades  de muchos  ámbitos en materia de espíritu y de moralidad, también los graves problemas de tipo social y económico.
 Sobre todo esto conviene mantener una vigilancia desde la inteligencia critica y desde el más profundo respeto por el ser  humano, por su dignidad, por la vida.
 En cuanto seguidores de Jesús estamos llamados a favorecer en todo las mejores condiciones de formación, mantenimiento y protección de las familias, interés manifestado frecuentemente  en el  magisterio de los papas y de los obispos, como la exhortación apostólica de Juan Pablo II “Familiaris Consortio”, el capítulo familiar  de la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Moderno Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II,  los contenidos y orientaciones  del reciente sínodo de la familia convocado por el Papa Francisco, las innumerables realizaciones pastorales como los equipos de Nuestra Señora, el Encuentro Matrimonial, el Movimiento Familiar Cristiano, lo mismo que el juicioso trabajo de teólogos y teólogas, también pastoralistas y científicos sociales y educadores, todos ellos y ellas con el noble propósito de aportar a familias felices, dialogantes, integradas, como que ellas son garantía de una mejor humanidad.
José y María con su hijo Jesús constituyen  el más hermoso relato de Dios en clave familiar, en el que se viven con creces todas estas virtudes, en un ambiente de discreta austeridad, de trabajo, de oración y discernimiento, de amoroso cuidado de los padres por su hijo, de sólida religiosidad, de generosa irradiación a su comunidad, legítimo sacramento en el que el don de Dios se constituye en el relato prototípico de la familia creyente .
 Son ellos  tres seres humanos bienaventurados y perfectamente modelados por el amor del Dios Padre y Madre: “ Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, honrado y piadoso, que esperaba  la liberación de Israel y se guiaba por el Espíritu Santo………Cuando los padres introducían al niño Jesús para cumplir con él lo mandado en la ley , Simeón lo tomó en brazos  y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar que tu servidor muera en paz porque mis ojos han visto a tu salvación , que has dispuesto ante todos los pueblos como luz para iluminar a los paganos y como gloria de tu pueblo Israel” (Lucas 2: 25 y 27 – 32).
Con este testimonio el relato de Lucas proclama , más allá del cumplimiento religioso de José y de María, buenos creyentes judíos,  el decisivo significado de Jesús para el pueblo, en cuanto pleno salvador y liberador. Y es Siméon en quien se condensa esta convicción creyente, propia de las comunidades cristianas primitivas.

Jesús de Nazareth, en quien reconocemos la completa definición de Dios para dar sentido al ser humano, expresa con la mayor elocuencia el tipo de ser humano que El quiere hacer, asumiendo que el   medio familiar, así como lo hemos referido, es el ideal  para   este propósito.

domingo, 21 de diciembre de 2014

COMUNITAS MATUTINA 21 DE DICIEMBRE IV DOMINGO DE ADVIENTO



Lecturas
1.      2 Samuel 7: 1 – 5 y  8 – 16
2.      Salmo 88: 2 – 5 y 27 – 29
3.      Romanos 16: 25 – 27
4.      Lucas 1: 26 – 38
En este cuarto domingo de Adviento nos encontramos con el texto de Lucas que refiere el anuncio a María, por parte del ángel Gabriel, del nacimiento de Jesús. El evangelista se esfuerza aquí  por narrar un origen fuera de lo común pero su relato no se queda en el carácter atípico y extraordinario del acontecimiento, sino que  contextualiza en unas coordenadas históricas y espaciales definidas con una lógica a contracorriente de la mentalidad dominante en el universo religioso del judaísmo de ese tiempo.
  En los versículos previos  se determina que fue “en tiempo de Herodes, rey de Judea”(Lucas 1: 5), y que lo que está por venir sucedió “el sexto mes envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret” (Lucas 1: 26).
Es clave destacar que esa realidad contextual de Nazaret es de marginalidad, de pobreza, lo exactamente contrario a la prepotencia de Jerusalén, es en la periferia donde Dios ha elegido el ámbito del misterio de la encarnación, en la realidad dolorosa de la exclusión, en la íntima cercanía con los condenados de la tierra, en el aspecto dramático de los seres humanos que sufren el desconocimiento de su dignidad.
Todo esto sucede en un espacio de humildad, de docilidad a Dios, de lejanía del vano honor del mundo, es el mismo Creador involucrado resueltamente en el mundo de los pobres!
También cabe destacar el estupor de la joven María, comprometida con José, varón pulcro y religioso, cuando experimenta el llamado de Dios, a través de su mensajero: “No temas, María, que gozas del favor de Dios. Mira, concebirás y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús……María respondió al ángel: cómo sucederá eso si no convivo con un hombre?” (Lucas 1: 30 – 31  y 34).
 Se quiebra así  la lógica habitual de la humanidad, lo que se considera de sentido común, es decir, que no es en la grandeza y la opulencia donde ingresa Dios para asumir la realidad humana e histórica en la encarnación, sino en la discreción y limpieza de una joven humilde, en un sitio irrelevante para los criterios de importancia social, poniendo al mismo Dios como el responsable de este llamamiento y de los hechos que le siguen: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el consagrado que nazca llevará el  título de Hijo de Dios” (Lucas 1: 35).
También es definitivo reconocer que – según Lucas – no hay que esperar a ningún otro mesías, en Jesús se explicita su conexión con la línea davídica, puesto que José, es descendiente de David: “Será grande, llevará el título de Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, para que reine sobre la casa de Jacob por siempre y su reino no tenga fin  (Lucas 1: 32 – 33).
 Ciertamente no es este el mesías de las cortes reales y de los ambientes imperiales, es un salvador que surge de los últimos de la sociedad , que va a ejercer su misión desde esas contradictorias y dolorosas  realidades, trayendo la cercanía misericordiosa del Padre, reivindicando a los maltratados por la intransigencia de los dirigentes, y dando sentido y esperanza, como lo refieren con bella simplicidad los diversos relatos evangélicos.
Tal es el contexto de este bienaventurado acontecer  de la anunciación, en el que hay dos protagonistas: María y la Palabra.
 María es el símbolo de una porción de la humanidad que, pese a las situaciones históricas de marginación y de abandono por parte de la oficialidad religiosa y social de Jerusalén (sacerdotes del templo, fariseos, maestros de la ley), confía y aguarda con esperanza el querer de Dios, y esto de modo incondicional.
Y la “Palabra”,  es el mismo Dios que se dice a sí mismo, pero no en el centro religioso del judaísmo , donde todo está decidido y establecido, pero sin el corazón dispuesto para El, sino en la humilde docilidad de esta joven mujer, pobre de verdad, y dispuesta a una aceptación gozosa de la intención teologal: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí según tu palabra” (Lucas 1: 38). En palabras del Padre  Pedro Arrupe, lo que vemos aquí es “la osadía de dejarse llevar”.
Entonces, ausencia de pompas y vanaglorias, silencio y discreción, pobreza y austeridad, pueblo dominado por los romanos, mesianismo desde la pequeñez, docilidad de una joven que tiene el coraje de aceptar la propuesta divina,   capacidad de aventurarse libremente en los caminos teologales, son las notas que caracterizan este encuentro íntimo, creador, de Dios con la condición humana.
Con esto, el Padre asesta un golpe certero a las pretensiones  de arrogancia y suficiencia, de poder y superioridad, y se pone claramente de parte de los mínimos, de los desconocidos, abierto – desde luego – a toda la humanidad, pero con la clara intencionalidad de dejar clara su lógica de anonadamiento, lo que nos hace recordar estas palabras de Pablo: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús, quien, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz” (Filipenses 2: 5 – 8).
Las preguntas que se deducen de aquí son de este tenor: qué es lo verdaderamente importante en la vida? Nuestra carrera competitiva para ser reconocidos y aplaudidos? El entender la existencia como una escalada de ascensos y títulos? El buscar ser aceptados en los círculos de los poderosos? El lograr notables riquezas y bienes materiales? El desarrollar nuestra egoteca  dejando el corazón vacío de sensibilidad y trascendencia hacia  Dios y hacia el prójimo?
Y también, es imperativo evangélico y humano que nos preguntemos cómo hacemos vigentes en el mundo de hoy estas realidades originales de nuestra fe, de tal manera que la respuesta, surgida de juicioso discernimiento y de una lectura atenta de los signos de los tiempos, nos lleve a encarnarnos en estos mundos donde tanta gente pierde la esperanza, a causa de las desatinadas y poco comprometidas decisiones de tantos magnates y poderosos.
Ratificamos lo dicho en domingos anteriores: cómo re – encantar en nombre de Dios a esta humanidad “agobiada y doliente”, como reza nuestra tradicional novena de navidad?
Es también interrogante fuerte y severo para el mundo cristiano, heredero directo de esta historia de salvación.
 En nuestra Iglesia conviven la santidad y el pecado, la gracia y el talante mundano – no justificable lo segundo, por supuesto! - , lo mismo que en cada uno de nosotros, en el plano personal. Cómo garantizar el mayor nivel posible de coherencia con la sustancia humilde, encarnatoria, del proyecto que Dios nos ha revelado en Jesús? Cómo asumir  hoy la disposición incondicional y generosa de María para implicarse en la invitación que le hizo el enviado del Padre? Cómo narrar con nuestras vidas esta lógica de despojo, de donación de la vida, de servicio liberador?
En diversos momentos de la historia hemos vivido hondas contradicciones en el medio eclesial, como la alianza con poderes imperiales y monárquicos, como el legitimar la persecución y condena a los llamados herejes, como  el moralismo fundamentalista y el desmedido énfasis en la institución y en el poder jerárquico, con deplorable olvido del mismísimo Señor Jesús, totalmente desposeído de estas ambiciones, totalmente de Dios y de la humanidad, descalzo, pobre, acusado por los “santos” del judaísmo, escarnecido como blasfemo, juzgado como hereje, crucificado.
La palabra que se usa en el griego original del Nuevo Testamento para designar este abajamiento es kenosis, que significa renuncia a toda soberbia, despojo de todo poder, empequeñecimiento, humillación, y es referida principalmente al Señor Jesús, como en la cita referida arriba, de San Pablo a los Filipenses.
Tal actitud es la que manifiesta María, recipiente de la Palabra que deposita en ella la semilla de la vida, donación de todo su ser para la maternidad del Verbo, compromiso pleno con la misión de su Hijo, hermosísima expresión sacramental de la belleza femenina: la del ser , la de dar, la de procrear.
Hagamos caso al Espíritu que nos propone descalzarnos y dejar de lado nuestras ambiciones de “importancia”, y unámonos a lo que nos dice a través de Francisco con sus deseos de una Iglesia pobre y servidora, dialogante y respetuosa de lo diverso, ecuménica y solidaria, sensible a la pluralidad de convicciones religiosas y humanistas, oyente de la Palabra como decía y proponía el teólogo alemán Karl Rahner, también oyente de la historia, de los clamores de justicia, transparente en todos sus procedimientos, ajena a las estratagemas de la política eclesiástica, siempre en perspectiva de anunciar la Buena Noticia de Jesús y de ser ella madre de todos los humanos.

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