domingo, 21 de junio de 2015

COMUNITAS MATUTINA 21 DE JUNIO DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO “Por què tanto miedo, todavía no tienen fe?” (Marcos 4:40)



Lecturas:
1.   Job 38: 1 y 8 – 11
2.   Salmo 106: 23 – 31
3.   2 Corintios 5: 14 – 17
4.   Marcos 4: 35 – 41
Las turbulencias de la vida, las crisis individuales y sociales, aquellas situaciones en las que parece que se nos pierden los grandes referentes de sentido y esperanza, las rupturas y los abandonos, las historias de muerte y de violencia, los colapsos económicos, la terminación de relaciones afectivas, la depresión, y muchas otras manifestaciones de la precariedad que nos asiste, nos suelen poner en condición de miedo y angustia, de perplejidad e inseguridad, llegando a extremos de evidencias individuales y colectivas en las que se experimenta el haber perdido la solidez de los arraigos vitales.
Cuando se presentan tiempos prolongados de este tipo de hechos, valga el ejemplo de las dos guerras mundiales en el siglo XX, las epidemias que mataban millares de personas en la edad media, el síndrome brutal de la postguerra, el desencanto con respecto a las posibilidades constructivas de la humanidad, vienen las explicitaciones  dolorosas en el suicidio, el incremento de los desequilibrios emocionales, el bajo nivel de significación de las instituciones, la búsqueda afanosa de paraísos artificiales.
Recordamos a estudiosos atentos del individuo y de la sociedad, como Erich Fromm, que aplicò las categorías del psicoanálisis al estudio de la sociedad contemporànea, con títulos como “El miedo a la libertad”, “Psicoanàlisis de la sociedad contemporànea”,La revolución de la esperanza”, en los que formulò una rigurosa crìtica de la sociedad capitalista, industrial y tecnológica, por dar prioridad al desarrollo de la economía y de la ciencia aplicada sin tener en su raíz una concepción y pràctica liberadoras del ser humano y de su interacción social.
Cuando vienen estos miedos colectivos, estas circunstancias de pesimismo y pèrdida de la ilusión , surgen también por  montones  los falsos profetas: políticos oportunistas que se valen de la crisis para hacer promesas que sòlo tienen para ellos valor electoral, predicadores religiosos que hacen anuncios apocalípticos y contribuyen a atemorizar a la población, incitándolos con argumentos fundamentalistas a aislarse en sectas, a llevar modos de vida rigurosísimos que los habilitan eventualmente para ser merecedores de los favores divinos, adivinos, oráculos, videntes, que aprovechan el caos y la confusión para hacer  su agosto con las mentes ingenuas y asustadas.
En un contexto de sincero y responsable humanismo y cristianismo surge la cuestión esencial de còmo abordar con rigor y seriedad estos requerimientos de la realidad. Còmo vincular una conciencia crìtica, juiciosa, encarnada, comprometida, con la confianza en Dios y en la trascendencia esperanzadora y definitiva que El nos ofrece en Jesùs? Còmo anclarnos con creatividad y hondo sentido histórico en este mundo afectado por angustias y temores con la certeza de un Dios que se nos ofrece en totalidad e incondicionalidad?
La Palabra de este domingo en sus tres textos principales – Job , 2 Corintios y Marcos – nos propone pistas esclarecedoras, plena de sentido y aliento y  viables para responder juiciosamente a tantas crisis, temores, sentimientos trágicos de la vida.
La escena clásica que refiere Marcos puede asimilarse a muchas situaciones de nuestras biografías, también del gran relato de la humanidad: “De pronto se desatò una tormenta y el viento era tan fuerte , que las olas, cayendo sobre la barca, comenzaron a llenarla de agua. Pero Jesùs se había dormido en la parte de popa, apoyado sobre una almohada. Le despertaron y le dijeron: Maestro, no te importa que nos estemos hundiendo? Jesùs se levantò , diò una orden al viento y dijo al mar: Silencio! Càllate! El viento se detuvo y todo quedó completamente en calma. Despuès dijo Jesùs a sus discípulos: Por què tanto miedo? Todavìa no tienen fe?” (Marcos 4: 37 – 40).
A la luz de esto, hagamos un recorrido de memoria experiencial por lo que hemos vivido o estamos actualmente viviendo:
-      Situaciones lìmite en nosotros mismos, en nuestra familia, precariedades económicas, enfermedades, soledades, rupturas afectivas, fracasos, miedos, muerte.
-      Situaciones lìmite en la sociedad: violencia reiterada, dificultades sociales, desorientación colectiva, dirigencia despistada, carencia de oportunidades, desastres naturales, pobreza, indiferencia.
-      Còmo hemos respondido a estos retos: sucumbiendo en la angustia y abandonándonos al pesimismo y escepticismo totales? Dando la espalda a los hechos y fugándonos hacia ambientes “protegidos” para no encarar la dureza de la realidad? Construyendo paraísos de vida fácil, consumismo, sin compromisos de transformación? Aliènandonos en fundamentalismos y sectarismos religiosos, aislándonos de los demás, deponiendo toda responsabilidad y dejando a Dios – visto de modo 100 % providencialista – como el único garante de soluciones? Cultivando un miedo permanente a vivir y afrontar los desafíos que se nos plantean?
La historia misma de Jesùs, los conflictos que su ministerio  desencadenò con las autoridades  religiosas del judaísmo, con las políticas del imperio romano, la frágil comprensión que de su misión tuvieron sus discípulos, la dureza de mente y corazón de los judíos rigurosos, tal como lo presentan los relatos evangélicos, nos hablan del drama permanente que vivió, de su soledad, de su osadìa, del riesgo absoluto que corrìa, pero también de su indeclinable confianza en el Padre, de quien procedìa, y en cuyo nombre  anunciaba – y lo sigue haciendo – una lógica de vida no fundamentada en el poder de una institución religiosa sino en la gracia desbordante que lleva a dar la vida por amor.
Jesùs vivió al máximo esta turbulencia – que lo llevò a la cruz – e igualmente vivió la certeza del Padre. Del “Dios mìo, Dios mìo, porquè me has abandonado” (Marcos 15: 34), pasa con entereza al “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23: 46). La genuina divinidad de Jesùs no minimiza los  efectos de su también genuina humanidad; asì, en El vislumbramos la conciencia del dramatismo y el temor extremos, pero igualmente la conciencia del Padre que legitima su vida y transforma de raíz su miedo volviéndolo vida definitiva y replanteamiento radical en términos de confianza para todo aquel que quiera plegarse libremente a esta oferta de significado trascendente.
Tenemos presente el esfuerzo del libro de Job por plantearse con toda claridad el problema del mal y del sufrimiento del justo y del inocente, gran elaboración de la sabiduría bíblica que recoge todas las preguntas existenciales y rebeldías que salen a flote cuando los males aquejan a las gentes de bien. El por  què de las calamidades y desgracias, del sufrimiento y de las tragedias, que parecen ensañarse en quienes han llevado vidas responsables y correctas, son los interrogantes que articulan este texto sapiencial.
En el que se nos propone hoy como primera lectura hay un expreso vìnculo con el ya referido de Marcos: “Entonces el Señor hablò a Job de en medio de la tempestad. Cuando el mar brotò del seno de la tierra, quien le puso compuertas para contenerlo? … Yo le puse un lìmite al mar y cerrè con llave sus compuertas. Y le dije: llegaràs hasta aquí , y de aquí no pasaràs; aquí se romperán tus olas arrogantes” (Job 38: 1, 8 y 10 – 11).
Job es una manifestación simbólica de la humanidad doliente y angustiada por el exceso de males, como lo son los discípulos en medio de la tempestad, pero también lo son del nuevo ser humano que surge de la experiencia de Dios, sereno, realista, histórica y existencialmente comprometido, consciente de que la precariedad no lo abandona, confiado y ofrecido a Dios en la inmensa y apasionante aventura de la fe que, sin providencialismos ingenuos ni religiosidades milagreras, da nuevo sentido a su historia y le disipa su angustia radical.
Còmo vivimos nosotros este proceso de transformación humana y creyente? Este Dios siempre mayor, el que animò a Ignacio de Loyola y a Teresa de Jesùs, a Agustìn y a Laura Montoya, a Oscar Romero y a los mártires del cristianismo primitivo, a Thomas Merton y al Padre Damiàn, es un Dios que en Jesùs se hace presente para dar significado a nuestra vida, para apaciguarla en la tormenta existencial, y para dotar nuestra humanidad de la capacidad de enfrentar con creatividad evangélica el reto – siempre presente – que emana del miedo y de todos los temores que nos puedan llegar, nunca eliminados por completo.
Este Dios es el que inspira estas palabras de Pablo, en la segunda lectura de hoy: “Por lo tanto, el que està unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron, han sido hechas nuevas” (2 Corintios 5: 17).
En esta Colombia atemorizada por tantos y tan graves conflictos sociales, por una paz vislumbrada pero seriamente amenazada por la demencia de los violentos y por las inconsistencias  e inmoralidades del modelo socioeconómico vigente, què papel nos corresponde a los creyentes en Jesucristo para inspirar serenidad y confianza en el futuro, proactividad y resolución para aportar a la generación de un nuevo tipo de ser humano y de un nuevo modelo de sociedad?
En uno de sus màs bellos y densos escritos, Thomas Merton dice: “La esperanza cristiana de lo que “no se ve” es una comunión en la agonía de Cristo. Es la identificación de nuestra propia agonía con la agonía del Dios que se despojò de todo y fue obediente hasta la muerte. Es la aceptación de la vida en medio de la muerte, no porque tengamos valentía, luz o sabiduría para aceptarla sino porque, por algún milagro,el Dios de la Vida acepta vivir en nosotros en el mismo momento en que descendemos a la muerte” (MERTON,Thomas, El hombre nuevo. Editorial Lumen, pagina 11. Buenos Aires, 1998).
Palabras estimulantes, arraigadas en las de Jesùs, calmando la tempestad!

domingo, 14 de junio de 2015

COMUNITAS MATUTINA 14 DE JUNIO DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO “Con muchas parábolas como estas les exponía la Palabra, conforme a lo que podían comprender” (Marcos 4: 33)

Lecturas:

1.   Ezequiel 17: 22 – 24
2.   Salmo 91: 2 – 3 y 13 – 16
3.   2 Corintios 5: 6 – 10
4.   Marcos 4: 26 – 34

Cuàl es el poder transformador de Dios? Còmo se manifiesta? En què consiste? Es viable y real o, màs bien, es una ficción para ingenuos e incautos?

Con estas preguntas podemos aproximarnos a lo que propone hoy la lectura de Ezequiel 17, cuyo texto completo sugerimos leer, es la alegoría del águila y el cedro, lenguaje que expresa situaciones poco verosímiles pero claramente aplicables a las situaciones presentes, como la que inspira a este profeta, la restauración de Israel, la recuperación de su dinamismo teologal, el retorno a la alianza original, el reencuentro con Dios como principio y fundamento de su historia.

En una cultura laica y secularizada esto suena extraño porque se ha repetido hasta la sociedad que la vida de los seres humanos y su desarrollo histórico son autónomos y, en consecuencia, no referida en términos de sentido a una entidad que se pretende fuera de la historia, como es Dios. Segùn esta mentalidad el hombre es gestor de su destino y no tiene por què dar cuenta de su existencia a El

Còmo abordò esto el pueblo del Antiguo Testamento? Sea este el momento de recordar que los israelitas creyentes en Yahvè no manejaban esta dicotomía en su concepción y experiencia cotidianas, para ellos había una sola realidad, una sola historia, en la que Dios se manifestaba no en los espacios sagrados sino en la existencia concreta, en los acontecimientos reales, su espiritualidad y su religiosidad estaban arraigadas en lo especìfico de su humanidad y del dìa a dìa, tal  era para ellos el lugar de la revelación.

Ezequiel ve a este Israel en decadencia, abandonado a los ídolos, dejado de Dios, sumergido en injusticias y egoísmos, entorpecido por su afirmación desmedida de sì mismo, y por eso enfila sus energìas proféticas a advertir con severidad máxima acerca de este exceso de “autorreferencialidad”, como lo llamarìa hoy el papa Francisco.

Con la alegoría citada llama la atención sobre este caos y reorienta la reflexión abriendo de nuevo la perspectiva de Dios como fundamento real, liberador, pleno de sentido y esperanza, de la vida de los israelitas.

Tomarè la copa de un cedro, del cedro alto y encumbrado; cortarè un brote de la màs alta de sus ramas y yo lo plantarè en un monte elevado y señero, lo plantarè en el monte encumbrado de Israel. Echarà ramas, darà fruto y llegarà a ser un cedro magnìfico; anidaràn en èl todos los pàjaros, a la sombra de su ramaje anidaràn todas las aves” (Ezequiel 17: 22 – 23), son palabras que aluden claramente a una situación de restauración del “influjo” de Dios para construir un pueblo digno, justo y recto en la aplicación de sus principios, honesto y solidario, permeado por una ética que se desprende de la alianza.

Pero es preciso advertir que no se trata aquí de los fundamentalismos religiosos de corte integrista y conservador como los que esgrimen cierto tipo de grupos y personas en la Iglesia, màs bien similares a los fariseos y a los  maestros de la ley, para quienes lo importante no es el espíritu, el carisma, la profecía, sino la forma externa, el ritual carente de vida, la norma absolutizada, la definición doctrinal no procesada existencialmente.

La genuina teologalidad se traduce en humanismo,  en libertad, en  decisiones autónomas, en  historia de plenitud, realismo y encarnaciòn, eso sì, fecunda en su referencia a esa Plenitud que define su ruta vital, dejando atrás la autosuficiencia, el narcisismo, el grave olvido de Dios que deriva siempre en olvido del prójimo y de sus requerimientos de justicia y de dignidad. Este es el màs genuino significado de la figura alegórica de Ezequiel!

Algo de esto trae Pablo en la segunda lectura de este domingo, en una alusión que combina la conciencia de estar en la historia, en este mundo real, siempre con la nostalgia de la plenitud: “ Por eso tenemos siempre confianza y sabemos que mientras el cuerpo sea nuestro sea nuestra patria, estaremos en el destierro , lejos del Señor. Porque ahora no podemos verlo, sino que vivimos sostenidos por la fe” (2 Corintios 5: 6 – 7).

El ser humano, eterno buscador de sentido y significado, se expresa en las mediaciones religiosas y en los grandes proyectos existenciales para afianzar en este camino de no pasar por la vida de modo intrascendente. Estas son las grandes pasiones que nos movilizan, cargadas de logros, de valores, de fortalezas, pero también frecuentemente afectadas por autosuficiencias, injusticias, arrogancias y soberbias.

Còmo llega esto a nuestra vida diaria? Seguimos anclados en una piedad providencialista? Deponemos nuestra responsabilidad para que Dios nos resuelva todos los problemas de la vida? No emprendemos decisiones liberadoras y transformadoras porque estamos condicionados por un “Dios” que nos hace resignados y fatalistas, conformes y estancados? Nuestra interpretación de lo que sucede acude a la “voluntad de Dios” como el gran argumento que justifica y explica desastres, males, desigualdades, exclusiones, sufrimientos constantes y apabullantes?

Creyentes como los que venimos proponiendo en COMUNITAS MATUTINA: El Beato Oscar Romero, Thomas Merton, Helder Càmara, para señalar los màs referenciados, se caracterizaron por articular en nítida coherencia su conciencia ìntima y configuradora de la trascendencia de Dios con su anclaje en la historia real de los humanos, en sus gozos y esperanzas, en sus dramas y en sus vacìos, llevando a los creyentes y no creyentes a tomar conciencia de la doble dimensión de horizontalidad – historia, realidad, encarnaciòn, existencia – con la de verticalidad – trascendencia, plenitud, consumación, salvación, Dios -.

Este es un criterio esencial de discernimiento y decisiones para los seguidores de Jesùs, anhelar el encuentro pleno con Dios como aspiración máxima de realización y significado, anticipando esto en la construcción de un mundo profundamente humano, digno, solidario, liberado, cargado de sentido y esperanza.

Recordamos aquí al teólogo alemán Jurgen Moltmann, varias veces citado en estas reflexiones, cuya obra teológica se articula a partir de la esperanza, en el contexto de una Alemania destruìda por la segunda guerra mundial y por la demencia y soberbia de Hitler y del nazismo. Sus obras como “Teologìa de la Esperanza”, “Esperanza y Planificaciòn del Futuro”, “El Experimento Esperanza”, constituyen uno  de los mejores aportes de la teología cristiana a la configuración de una historia con realismo, encarnaciòn, y perspectiva definitiva de trascendencia, afrontando con creatividad evangélica las adversidades y el sentimiento trágico de la vida.

Hija en buena parte de esta tendencia, la teología latinoamericana de la liberación, es la constatación de que la pasión por Dios, por su absoluta divinidad, conlleva a la pasión por la dignidad y por la liberación de los pobres, construyendo unas relaciones justas entre las personas, y exorcizando los demonios del capital , del tener sobre el ser, del poder que no sirve al bien común, de las ambiciones de algunos convertidas en tiranìas.

Estos elementos fueron estructurantes en las opciones  y vivencias del Beato Romero, de Thomas Merton, del obispo brasilero Helder Càmara.  En ellos tres, y en muchos otros, detectamos  el “polo a tierra” de la fe cristiana.

Còmo reivindicar a nuestra patria Colombia, con sus 45 millones de habitantes, con su prodigiosa riqueza natural, con su geografía paradìsiaca, con sus magnificos hombres y mujeres, pero también con sus injusticias estructurales, con su sistema financiero inequitativo, con su violencia siempre presente en la pretendida resolución de conflictos? Què hacer, en un pueblo tan creyente y religioso, para atacar de raíz esta malignidad reiterada de guerrilleros, paramilitares, delincuentes, falsos positivos, narcotraficantes, que siguen sembrando de dolor y muerte tantos ámbitos de nuestra patria? Què papel juega ahì la fe en Dios? Esto que demanda de nuestra parte? Cuàl es nuestro aporte humano – teologal para superar este penoso estado de cosas?

Los ricos significados contenidos en las parábolas de Marcos nos hablan de un nuevo orden de vida proveniente de Dios y anunciado y vivido por Jesùs hasta la cruz, dando el salto cualitativo de la religiosidad ritual, de las liturgias sin implicación existencial, de las observancias frìas y estèriles, a Dios mismo que nos llena de su ser dando paso a una vitalidad sobreabundante: “ Dijo también: con què compararemos el reino de Dios? Con què parparábola explicaremos? Con una semilla de mostaza: cuando se siembra en tierra es la màs pequeña de las semillas, después de sembrada crece y se hace màs alta que las demás hortalizas, y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra” (Marcos 4: 30 – 32).

El reino inicialmente crece desapercibido, màs allà de logros y fracasos humanos, pues es Dios mismo quien lo hace crecer. Es también un reino que, desde su aparente simplicidad y pequeñez, germina con sobreabundancia y generosidad extremas, porque el propósito del Padre no es juzgar ni condenar, sino generar vida para todos, con el amor ilimitado que le es inherente.

Estas dos palabras son contenedoras de ànimo, entusiasmo, razones para vivir con sentido, emprendiendo todas las faenas que pueden hacer de esta historia un escenario de libertad aquí y ahora y de mirada esperanzada en ese futuro que es Dios mismo para todos, creyentes y no creyentes.


Vivir en clave del reino es asumir como propio todo el proyecto de Jesùs, es apropiarnos de la Buena Noticia, es convertir las bienaventuranzas en los elementos sustanciales de nuestras opciones y conductas, es reconocer gozosamente la diferencia de cada ser humano y emprender una andadura fraterna, de comunión y participación, arraigados en este mundo y proyectados hacia esa consumación definitiva que nos aguarda cuando pasemos la frontera de la historia. 

jueves, 4 de junio de 2015

COMUNITAS MATUTINA 7 DE JUNIO SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y DE LA SANGRE DE CRISTO “Esta es mi sangre, sangre de la nueva alianza que se derrama por todos” (Marcos 14: 24)



Lecturas:
1. Exodo 24: 3 – 8
2. Salmo 115: 12 – 18
3. Hebreos 9: 11 – 15
4. Marcos 14: 12 – 16 y 22 – 26
Este domingo, 7 de junio, la Iglesia propone el reconocimiento y vivencia del sacramento de la eucaristía, celebración conocida tradicionalmente como Corpus Christi, muy solemne por cierto, que en algunos lugares de Colombia como Mogotes (Santander) y Anolaima (Cundinamarca) , tiene particular valor  porque congrega a toda la comunidad cristiana, destacando en cada altar donde se venera el sacramento los productos agrícolas de cada vereda y región campesina, tal vez como asociando el alimento sacramental con el alimento cotidiano, en bonita y sugerente practica de gratitud a Dios.
Siguiendo la lógica de Jesus, que es todo para el Padre Dios y para los hermanos, este sacramento también participa esencialmente de esa referencia  fundamental:
-      Es la significación sacramental de la presencia de Jesus que anima la comunidad cristiana dándose el como alimento en pan y vino, para participarnos de su propia vitalidad, que es la misma de Dios.
-      Es la identificación eficaz de la Iglesia, comunidad que se constituye en la Eucaristia teniendo como centro a Jesus, una comunidad de iguales, de hermanos, que tiene en la solidaridad, en la comunión y en la participación, tres elementos determinantes del proyecto del Senor para ser asumidos y vividos éticamente, humanamente, evangélicamente.
-      Es una comunidad diversa, plural, con presencia de muchos dones y carismas, incluyente, todos iguales desde su diferencia, dejando claro que esa multiplicidad tiene sentido en la medida en que hace comunidad.
-      Es la explicitación sacramental, histórica, de la donación  de la vida de Jesus en la cruz, recordando a todos que en este proyecto del Evangelio dar la vida – cruenta o incruentamente – es un asunto normativo para quien se interese con seriedad en el seguimiento de Jesus.
-      Tiene igualmente una referencia social y solidaria, celebrar la eucaristía tiene una definitiva implicación en la construcción de una sociedad justa y equitativa, en el trabajo para  erradicar la pobreza y la absolutización del capital que carece de raíces humanistas.
La primera lectura , del libro del Exodo, evoca la alianza de Yahve con los israelitas, y la validación de este compromiso con la sangre de los novillos, indicando con este gesto simbolico la máxima seriedad de la misma: “Moises tomo el resto de la sangre y rocio con ella al pueblo, diciendo: Esta es la sangre del pacto que el Senor hace con ustedes, según lo establecido en estas clausulas” (Exodo 24: 8).
Según la tradición esta alianza se ratifica con una cena, con estas imágenes se subraya la absoluta trascendencia de Dios ,  comida profundamente vinculante. Tambien se destaca que el pueblo asume todas las exigencias de este compromiso, entendiendo y viviendo que el proyecto de Dios es para ellos el principio y fundamento de sus vidas, individuales y comunitarias; etica sustancial que inspira todo su relato vital.
Esta no es cualquier alianza, es un pacto en el que el contrayente principal es el mismo Dios, lo que confiere carácter de exclusividad a una figura bastante común en aquellos pueblos del oriente, porque nunca se había visto que El tomara este papel de testigo y pactante, realidad que expresa la incondicionalidad de su dedicación y amor a este pueblo, como prefiguración de la humanidad entera.
Puede resultar lejano el asunto en términos de un lenguaje muy sofisticado religiosamente, pero lo podemos “bajar” del pedestal afirmando sin rodeos que el ser humano es la prioridad de Dios, razón básica para establecer este vinculo de alianza, que exige a quien lo suscribe igual entrega, igual rectitud, igual respuesta fiel a lo comprometido.
Como vivir esto en muchos ámbitos de nuestras sociedades en las que es “desechable” la idea de compromisos y opciones que se pretenden definitivos? Es posible, con felicidad y fidelidad, vivir un matrimonio – alianza para toda la vida? O una consagración religiosa o ministerial? Los valores del servicio, la abnegación, la solidaridad, son viables en claves de vivir siempre ejerciéndolos? O simplemente le vamos a cargar ladrillos al individualismo competitivo, a la búsqueda afanosa de dinero y comodidades, aunque para obtener esto haya que pasar por encima de los demás?
Porque se suele argumentar que las grandes utopías sociales y religiosas perdieron su vigencia, que los compromisos plenos de entrega integra y permanente se deslegitimaron. Que nos dice a esto la alianza suscrita con sangre entre Yave y su pueblo? Que tiene que ver en esto la eucaristía: la reducimos a un acto piadoso individual, a un “abono” para “mi” salvación eterna, o la entendemos como un sacramento eficaz, exigente, comprometedor, que sacramentaliza también nuestra vida en clave de servicio, de generosidad sin medida, de fidelidad a lo pactado con Dios?
Cual es para nosotros el referente ético de compartir el cuerpo y la sangre de Cristo? Se queda en cumplir algo mandado normativamente por la Iglesia o se traduce en todas nuestras motivaciones, intenciones, actitudes, comportamientos?
El texto de la segunda lectura, carta a los Hebreos, - aporta elementos de comprensión prioritarios para captar esta dimensión ético – existencial de la eucaristía. El culto del Antiguo Testamento ofrecia dones externos, en el del Nuevo quien se ofrece es el mismo Jesucristo: “El a través de una morada mejor y mas perfecta, no hecha a mano, es decir, no de este mundo creado, llevando no sangre de cabritos y becerros, sino su propia sangre, entro de una vez para siempre en el santuario y logro el rescate definitivo” (Hebreos 9: 11 – 12).
Quiere decir esto que el elemento sacrificial del nuevo culto es la propia vida, si Jesus nos resulta configurador esencial de todo lo que somos y hacemos, esto se vuelve operativo en la medida en que vivamos eucarísticamente, vale decir, dando la vida como El, partiéndonos y compartiéndonos como El, dejándonos alimentar por El, recibiendo su vitalidad teologal, propiciando que muchos puedan vivir lo mismo, estructurando nuestra conducta desde esa ética eucarística.
Entonces resulta claro que no se trata simplemente de ir a misa, de oir misa, o de decir misa en el caso de los ministros ordenados, sino de generar una comunidad y un modo de vida que – celebrando la eucaristía con seriedad y esperanza - se configura con el Senor y en el Senor para reconocer y favorecer el valor de cada ser humano, saliéndose del esquema purista de ser un sacramento para personas superiores desde el punto de vista de la religiosidad y de la moral de tendencia farisaica.
El mismo autor de la carta a los Hebreos lo dice con meridiana nitidez: “Por eso es mediador de una nueva alianza, a fin de que, habiendo muerto para redención de los pecados cometidos durante la primera alianza, puedan los llamados recibir la herencia eterna prometida” (Hebreos 9: 15).
 La donación que de su vida hace Jesus establece una nueva lógica en la relación con Dios y con los humanos: no es través de los rituales, de las formalidades religiosas, de las observancias milimétricas de normas y prescripciones litúrgicas y jurídicas, como se gana el favor de Dios, este se recibe por via de gratuidad, es decir, inmerecidamente , y demanda de nuestra parte una existencia en permanente proceso de donación.
Si alguno de los lectores desea profundizar en la interpretación de la carta a los Hebreos, le recomendamos sin vacilación estudiar los escritos que sobre la misma ha hecho el profesor jesuita Albert Vanhoye.
En los momentos finales y decisivos de su vida, el Senor Jesus, siguiendo la tradición judía de celebrar la Pascua con una cena, se reúne con sus discípulos y amigos, aquellos con quienes había iniciado este proyecto del reino de Dios y su justicia, sabedor de que el conflicto con las autoridades judías y romanas llegaba a su punto critico y conflictivo, y en ese contexto dice: “Tomen, esto es mi cuerpo” (Marcos 14: 22) y “Esta es mi sangre, sangre de la alianza que se derrama por todos” (Marcos 14: 24).
Por eso es un culto nuevo, porque no es un ritual desconectado de la historia, de las realidades humanas, es la alianza de un Dios que se inserta en todo lo humano para resignificarlo, para re-crearlo, para salvarlo, para liberarlo, y eso lo hace dándose El mismo para que haya vida en abundancia. Un Dios que tiene la osadia de dejarse crucificar y de darse como alimento y bebida para dar a todos la vitalidad del Padre, con su indispensable consecuencia de dignidad.
Asi entendio su ministerio, su eucaristía, su humanidad, el Beato Romero de America, y en ello se  ofrendo todo   por la justicia de su pueblo humillado y ofendido.

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