domingo, 16 de agosto de 2015

COMUNITAS MATUTINA 16 DE AGOSTO DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO



“Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, asì quien me come vivirà por mì”
(Juan 6: 57)
Lecturas:
1.   Proverbios 9: 1 – 6
2.   Salmo 33: 2 – 3 y 10 – 16
3.   Efesios 5: 15 – 20
4.   Juan 6: 51 – 59

El ser humano es un eterno y constante buscador de sentido, de las mejores y màs definitivas razones para una existencia con significado, que “valga la pena”, como decimos con nuestra muy conocida expresión castellana. Cada uno puede remitirse a su propio relato vital para constatar esta afirmación, la sed y el hambre de trascendencia, de amor, de felicidad,  en permanente proceso de pregunta, expectativa y realización, junto con la inevitable y muy real fragilidad, contingencia, precariedad, que a cada momento se manifiesta, generando esa  contradicción, esa dialéctica de plenitud y carencia, de comunión y soledad, de logros y frustraciones, de salud y enfermedad, de vida y de muerte, de bien y de mal.
Esto no se da sòlo en el pensamiento de filósofos, humanistas, teólogos, analistas y observadores del devenir humano, es  - por supuesto - lo propio de la biografía de cada persona, el acucioso trabajo de la felicidad, las grandes inquietudes existenciales, la pasión que moviliza en pos de los grandes ideales, el trabajo desmedido por ser portadores de significado para los demás, todo lo contenido en los esfuerzos de la ciencia y de los desarrollos de la cultura, la cotidianidad  significante de la humanidad, junto con los desencantos y amarguras, los dramas individuales y colectivos, los gozos y las indignaciones, la maravilla del buen vivir y la tragedia de las pequeñas y grandes muertes.
Asì mismo  se impone advertir que hay muchísimas personas que se sienten satisfechas, llenas, sumergidas en la abundancia y oscurecidas en su ser trascendente ,  no con la hartura del sentido definitivo sino con la de la arrogancia, del culto al ego, de la vanidad que deriva del sentirse superiores a Dios y a toda otra realidad que no sea la de ellos mismos, despreciando todo aquello que les plantee un reto para salir de su mundo soberbio y egocéntrico, sintiéndose la medida de todo.
Junto a ellos, en esta variopinta humanidad, los que claman dignidad y justicia, los que no se conforman con la mediocridad de lo establecido, los que se hunden en el sentimiento trágico de la vida, los que desesperan, y los que trabajan infatigablemente para hacer de la historia un seductor relato de esperanza.
Dònde reside la respuesta? Dònde se calman esta sed y esta hambre? Hay respuestas definitivas y absolutas? Hay realidades o mediaciones que nos lleven a ellas con garantía?  Hay otras – o las mismas – capaces de poner en tela de juicio la opulenta y egoísta plenitud de quienes desbordan por su orgullo y por su reticencia a abrirse a algo superior y liberador de esa ceguera?
Este asunto del sentido es definitivamente apasionante y seductor, explorarlo siempre en la propia vida, acompañar humildemente a muchos en tal faena, reconocer la tarea de tantos prójimos en esta perspectiva, mirar con apertura las diversas alternativas de tipo humanista, religioso, espiritual, filosófico, científico, es un ejercicio en alta medida saludable, porque también nos reta a cualificar siempre la experiencia de encontrar un significado fundante y liberador a la existencia.
En la tradición de Israel, en el Antiguo Testamento, encontramos la tendencia sapiencial como un dinamismo relevante para hallar valor a la responsabilidad de vivir, respuesta que es definitivamente teologal. Ese hermoso conjunto de textos como Proverbios – del que hace parte la primera lectura de hoy-  Eclesiastès,  Eclesiàstico,  Sabidurìa, Job, son el condensado experiencial de la manera còmo los israelitas fueron encontrado en su realidad la evidencia de Dios como fuente de vida, alimento, que calma la ansiedad de esa hambre y de esa sed: “Vengan a comer de mis manjares y a beber el vino que he mezclado. Dejen la inexperiencia y vivirán, sigan derecho el camino de la inteligencia” (Proverbios  9: 5 – 6).
El texto hace un símil con el templo , con el significado del banquete ritual, las comidas sagradas de los judíos, y de allì toma pie para destacar  la gratuidad con la que la sabiduría se ofrece para calmar el desasosiego que causa el sin sentido: “La sabiduría se ha edificado una casa……ha matado los animales, mezclado el vino y puesto la mesa, ha despachado a sus criadas a proclamarlo en los puntos que dominan la ciudad. El que sea inexperto, venga acà; al falto de juicio le quiero hablar” (Proverbios 9: 1 -4).
En este contexto, miremos un camino de respuesta – apasionante en el máximo grado en que algo puede serlo – por este lado de Dios, entendido, vivido, asumido, justamente como VIDA que se da, que calma la sed, que se implica ella misma en el ser humano, que se constituye en alimento suficiente y satisfactorio. Esto es lo que ocupa la propuesta del capìtulo 6 de Juan, que venimos proclamando hace varios domingos: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitarè el último dìa” (Juan 6: 54).
El evangelista Juan utiliza un lenguaje muy fuerte para insistir en la necesidad de alimentar la comunión con Jesucristo, no tiene nada de piadoso como suelen tornarse cierto tipo de expresiones cuando se refieren el pan de vida y a la bebida de salvación. Vamos a decirlo asì : es un lenguaje que escandaliza y genera la mayor resistencia, “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mì y yo en èl” (Juan 6: 56 – 57). Son palabras mayores, rompen por completo los esquemas religiosos de los judíos, y también los nuestros cuando incurrimos en la dulcificación y rebaja de las intenciones de Jesùs. Aceptarlo a El en su modo original exige demasiadas rupturas y demasiadas libertades!
Para un judío la idea de comer la carne de otro era sencillamente repugnante, porque significaba que se tenía que aniquilar a alguien  para hacer suya esa sustancia vital. Y, si ya era inaceptable comer esa carne, mucho màs lo era  la sola idea de beber la sangre, que para ellos era la vida, propiedad exclusiva de Dios, con prohibición absoluta de tomarla, incurriendo en impureza ritual y legal. Juan insiste en que eso tan extremadamente repugnante es lo que deben hacer con Jesùs: apropiarse de su energía, hacer suya su misma vida.
Recuerdan las personas mayores cuando en 1972 un avión que hacìa la ruta Montevideo – Santiago de Chile, transportando un equipo deportivo, cayò en la cordillera de los Andes? Recuerdan el relato de los sobrevivientes cuando contaron que, pasados muchos días, tuvieron que comer los cadáveres de sus compañeros y amigos muertos para no morir en la soledad andina? Saben ustedes el significado de esa historia? Casi todos los que llegaron a buen puerto aùn viven, y son testigos de esa vida!
Para tener total fidelidad al relato evangélico hay que traducir la expresión de Jesùs: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirà siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne” (Juan 6: 51), como esto es mi persona, esto soy yo en totalidad, carne en cuanto corruptible como nosotros, y cuerpo en cuanto el ser personal, el que se relaciona y se comunica. Asì las cosas, es todo Jesùs el que se da como alimento y como bebida, su carne mortal, su cuerpo relacional, su sangre vital.
Pero es imposible olvidarse de que no se trata de cualquier pan, es un pan tomado, eucaristizado, partido, repartido, compartido, donación total de su ser y de su quehacer, teniendo en cuenta de que , al hablar de carne, Juan quiere decirnos que lo tenemos que hacer nuestro de Jesùs es su parte màs terrenal, la realidad màs humilde de su ser, y esto gracias al Espìritu. Con esto es indiscutible descubrir aquí todo el vigor de la encarnaciòn, a la que este evangelista concede importancia prioritaria. Se hizo como uno de nosotros, semejante en todo, menos en el pecado.
Cuando Jesùs dice que tenemos que comer su cuerpo y beber su sangre nos està  diciendo que tenemos que apropiarnos de su persona y de su vida. Y aquí es Dios mismo es el que se hace alimento que sacia el hambre de sentido.
 Mucho màs que el momento puntual de tomar el pan y el vino consagrados, es la totalidad de la existencia vivida desde el sentido de este pan y de este vino,  porque  lo comemos y lo bebemos a El para que se haga vida en nosotros, y para que nosotros nos hagamos vida en muchos, en todos, para ser instrumentos de ese Dios que en Jesùs se revela como saciedad del hambre y de la sed de vivir, y esto de modo permanente, genuino proyecto de vida que totaliza todo lo que somos y hacemos.
El comer y el beber son símbolos profundísimos de lo que tenemos que hacer con la persona de Jesùs. Tenemos que identificarnos con El, hacer nuestra su vida, masticarlo, digerirlo, asimilarlo, apropiarnos de su sustancia. Su Vida tiene que pasar a ser nuestra propia vida. Sòlo de esta forma haremos nuestra la vida de Dios. Esto es lo que hiere la sensibilidad de los judíos cuando se niegan a  aceptar tal  posibilidad, considerándola escandalosa e inviable: “Còmo puede este darnos a comer su carne?” (Juan 6: 52)
La frase “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mì y yo en èl” (Juan 6: 56) es decisiva, nos lleva a ver  que ordinariamente pensamos en que El se nos da como alimento, pero no en lo de estar nosotros en El: la gran consecuencia es que nos hagamos pan partido para dejar que nos coman, esto sì es total identificación con Jesùs y con la vitalidad de Dios de la que El es portador. La gran tarea de la historia de un ser humano que se deja implicar en este proyecto es que se convierte en un comunicador de esa vida, este es el culmen de todas las posibilidades nuestras, de  las de todos los hombres y mujeres.
Esto es lo que quiere decir Pablo cuando dice a los Efesios, también a nosotros: “No se embriaguen con vino, que engendra lujuria, màs bien llénense de Espìritu” (Efesios 5: 18) y “Somètanse los unos a los otros en atención a Cristo” (Efesios 5: 21). Llamado de atención que hace el apóstol para descubrir dònde està la genuina respuesta a la sed de sentido.
En definitiva: es esencial tener hambre de Jesùs, sed de Jesùs. Sin cristianos que se alimenten de Jesùs, que se dejen calmar sus ansias de significado por El mismo, pan y bebida, la Iglesia y la humanidad languidecen sin remedio, y no convencen!

domingo, 9 de agosto de 2015

COMUNITAS MATUTINA 9 DE AGOSTO DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirà siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne”
(Juan 6: 51)

Lecturas:
1.   1 Reyes 19: 3 – 8
2.   Salmo 33: 2 – 9
3.   Efesios 4: 30 a 5: 2
4.   Juan 6: 41 – 51
En la “carne” de Jesùs vamos a descubrir lo divino de su ser: seguimos este domingo con el capìtulo sexto de Juan, profundizando en El, en el sentido de su misión, a partir de la conversación con los judíos, profundamente escandalizados con la expresión y el contenido de “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Juan 6: 51). Ellos  critican severamente a Jesùs por esta afirmación, les resulta imposible y aberrante que un ser humano hable asì, para ellos Dios es una realidad totalmente distinta y lejana, no puede ser aprehendido en el “formato” de la humanidad. Lo que dice Jesùs es escandaloso, herético, totalmente inaceptable.
Asì como los israelitas murmuraron en contra de Moisès, en el desierto, porque no les daba de comer satisfactoriamente, como sì lo podían en Egipto cuando eran esclavos, asì también lo hacen estos con Jesùs, porque les resulta un autèntico escàndalo esa manera de presentarse , porque  para ellos el cauce de lo  humano no puede ser el cauce de Dios. Una afirmación de este talante no es admisible.
Justamente aquí reside la jugada maestra de este texto, que nos lleva a un asunto esencial del ser y el hacer de Jesùs, de lo que el Padre Dios se trae con El: en su humanidad se manifiesta en plenitud su divinidad, que es la misma del Padre, esto es lo que hace posible que el ser humano supere el absurdo del mal, de la muerte, del pecado, de la injusticia y – mediante la humanidad crucificada y resucitada de Jesùs – acceda a la divinidad.
Ante el escepticismo y profunda desconfianza de los judíos: “Los judíos murmuraban porque había dicho que era el pan bajado del cielo, y decían: No es este Jesùs, el hijo de Josè? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. Còmo dice que ha bajado del cielo” (Juan 6: 41 – 42), expresión de escàndalo, reprobación, incapacidad de reconocer el dinamismo encarnatorio, el acontecer humano de la divinidad, Jesùs responde: “No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mì si no lo atrae el Padre que me envió, y yo lo resucitarè el último dìa” (Juan 6: 43 – 44).
Lo ya dicho y escrito: el judaísmo contemporáneo de Jesùs tenía una visión y una formulación de Dios y de la relación con El totalmente determinada por la distancia y por la carencia de humanidad significante y significativa, requisito para “ser” Dios en esta mentalidad es justamente su deshumanización, con su consecuente montaje religioso de leyes minuciosas, de rituales externos, muy solemnes y formales, y su sentimiento de estar acumulando mèritos para hacerse acreedores a su favor y bendición, sin entrar en el dinamismo – ese sì profundamente humanizante – de la conversión del corazón y de la llegada a un modo de vida definitivamente humano y , en cuanto tal, capaz de significar a Dios Padre y Madre.
 Esto último es lo que hace Jesùs, esta es su esencia, esta es su fuerza reveladora de un nuevo y apasionante orden de vida y de significado para todos los humanos.
Los judíos se rasgaron los vestiduras porque uno igual a ellos se presentaba con tan contundente y radical identidad y misión. Siempre ha sido una tentación en algunas formulaciones y pràcticas cristianas, escandalizarse por la humanidad de Dios evidenciada en Jesùs!
En los primeros siglos de la vida eclesial y cristiana se dieron muchas tendencias e interpretaciones de la realidad de Jesucristo, desestimando la normativa de la iglesia apostólica y de las comunidades del Nuevo Testamento, expresadas en los Evangelios y Hechos de los Apòstoles, en los escritos joaneos y paulinos, en los de Pedro, Hebreos, Santiago y Judas. En estas , la convicción central de la fe neotestamentaria es que en el ser humano Jesùs de Nazareth se ha manifestado decisiva y plenamente Dios, El es el ungido, que es lo que quiere decir Cristo.
Cuando decimos Jesucristo, estamos afirmando que en el hombre histórico Jesùs se manifiesta Dios de modo total y decisivo, como el Cristo de la fe, vivido y proclamado por las comunidades primitivas y transmitido asì a todos aquellos que , personal y comunitariamente, le profesan y le viven como Señor y Salvador. Y esto es posible por la evidencia humana y por el don de la fe, procedente del Espìritu, que nos capacita para asumir que en esa humanidad de Jesùs reside la divinidad.
Es sumamente costoso, sumamente exigente, aceptar  que el lenguaje de Dios sea el de la humanidad. Esto que fue tan fuerte para los judíos, y que da pie al diálogo que nos refiere el texto de Juan, también inspirò a algunas tendencias de los primeros siglos de historia cristiana, en las que unas minimizaban la humanidad de Jesùs para hacerla ver como una simple apariencia, afirmando de modo unilateral su divinidad, y otras desconocían esta última para definir que era un excelente ser humano, extraordinario, inspirado por Dios, pero nunca divino.
A estas distorsiones , llamadas herejías en el lenguaje clásico del magisterio eclesial y de la teología, les salen al paso los Concilios de Nicea ( año 325) y de Calcedonia (año 451) , definiendo el primero que el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre, y el segundo la verdadera y simultànea divinidad y humanidad de Jesùs.
Este comentario , muy importante y clave para el cristianismo, no es un alarde de erudición teológica para complicar nuestras mentes. Tener certeza de este contenido es tener certeza de lo esencial del cristianismo: que lo humano de Jesùs ha sido tomado por Dios Padre como mediación sustancial para intervenir en la historia de modo salvífico y liberador, es decir, que eso humano es al mismo tiempo divino.  En todo este proceder se implica a cada hombre, a cada mujer, a los humanos de todos los tiempos de la historia, para que su vida se abra al sentido de vida pleno y definitivo que aquí se comunica.
Entonces , cuando Jesùs dice a los incrédulos y escandalizados judíos: “Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el manà en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del cielo , para que quien coma de èl no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirà siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne” (Juan 6: 48 – 51), està expresando que esa humanidad de El es de la misma naturaleza que la del Padre, y que en esa fuerza sacramental – significativa de su ser humano està presente la divinidad dando vida, haciéndose alimento, para que nuestra vida sea totalmente teologal, totalmente humana, y nos convierta también a nosotros en portadores de esa vitalidad para que muchos – ojalà todos – encuentren allì la saciedad feliz de haber encontrado la plenitud.
La escena del desaliento de Elìas, referida en la primera lectura de hoy (1 Reyes 19: 4 – 8), nos conecta nuevamente con esa búsqueda creyente de nuestros padres en la fe, los israelitas, bendecidos y escogidos por Dios, pero siempre sometidos, como nosotros, a las fragilidades inherentes a la condición humana: “Elìas temió y emprendió la marcha para salvar la vida. Llegò a Berseba de Judà y dejó allí a su criado. El continuò por el desierto una jornada de camino y al final se sentò bajo una retama y se deseò la muerte:¡ Basta , Señor! Quìtame la vida, que yo no valgo màs que mis padres” (1 Reyes 19: 3 – 4), un hondo desencanto de este hombre de Dios, una crisis similar a las muchas que vivimos nosotros, una pèrdida de confianza, un sentimiento trágico de la vida, un sentirse agobiado por el no poder màs, sintiéndose abandonado y expuesto, sin esperanza, a la muerte.
Y la respuesta: “De pronto un angel le tocò y le dijo: Levàntate, come! Mirò Elìas y viò a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comiò, bebió y se volvió a echar. Pero el angel del Señor lo volvió a tocar y le dijo: Levàntate, come! Que el camino es superior a tus fuerzas. Elìas se levantò, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento caminò cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios” (1 Reyes 19: 5 – 8).  Testimonio elocuente de la fe bíblica en la que se significa que Dios es el único y definitivamente capaz de satisfacer al ser humano, de transformar lo trágico y expuesto a la muerte, en vida plena y total posibilidad de sentido.
Dios es el alimento del ser humano, y esto lo hace a través de la mediación de la misma condición humana, la de Jesùs, la nuestra, la de cada hombre y cada mujer.
Esto se significa , con potencia sacramental, en la eucaristía, ella es el signo eficaz del amor y de la entrega a todos los seres humanos, como Jesùs, en la que El mismo se nos da en su cuerpo y su sangre , como lo hizo en la cruz, para consagrar también nuestra humanidad y enviarnos a consagrar a todos los seres humanos, compartiéndoles el mismo alimento, vitalidad del Padre en Jesùs. Esto es profundamente humano y profundamente divino!
Jesùs se convierte en pan y en vino, haciendo actual la donación total de su vida, y se nos da para que nosotros nos convirtamos también en pan y en vino, partiéndonos y compartiéndonos para que la vida del prójimo sea digna y participe de esta vida de Dios, de Jesùs, de nosotros mismos.
Aquì surge una nueva manera de vida, que es a la que Pablo invita a los Efesios, y a nosotros: “Sigan el camino del amor, a ejemplo de Cristo que los amò hasta entregarse por ustedes a Dios como ofrenda y sacrificio de aroma agradable” (Efesios 5: 2).

La vida vale la pena, se realiza en plenitud, cuando rompemos con nuestras zonas de comodidad, para trascender, para hacer del servicio, de la solidaridad, de la fraternidad, elementos identificadores de nuestros proyectos existenciales. Eso es – como Jesùs – dedicarnos a ser con nuestra humanidad alimento y vitalidad para todos, humanidad sacramental, comunicadora del alimento de Dios.

domingo, 2 de agosto de 2015

COMUNITAS MATUTINA 2 DE AGOSTO DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO



“Jesùs les respondió: Yo soy el pan de vida. El que viene a mì nunca tendrá hambre, y el que cree en mì nunca tendrá sed”
(Juan 6: 35)
Lecturas:
1.   Exodo 16: 2 – 4 y 12 – 15
2.   Salmo 77: 3 – 4; 23 – 25 y 54
3.   Efesios 4: 17 – 24
4.   Juan 6: 24 – 35

La escena de los israelitas caminando arduamente por el desierto, desesperados y rebelàndose contra Moisès, nos recuerda lo que sostiene el psicoanalista Erich Fromm en su libro “El miedo a la libertad” : “La comunidad de los israelitas protestò contra Moisès y Aaròn en el desierto, diciendo: ojalà hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comìamos pan hasta hartarnos! Nos han traìdo a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad” (Exodo 16: 2 – 3).
Lo que sostiene este estudioso de la cultura del siglo XX,  cuando analiza sus motivaciones  y resortes ocultos, sus actitudes y conductas, es que el ser humano, siempre en plan de afirmar su libertad y de buscarla con la mayor intensidad, cuando siente que ella llega, desarrolla unos mecanismos para frenar sus alcances y se inventa todo tipo de esclavitudes que, con apariencia de gran autonomía, no son otra cosa que nuevas idolatrìas en las que la humanidad cae sometida y servil.
Asì vienen las seudorreligiones del poder y del dinero, de la moda y del consumo, del mercado y de la tecnocracia, de las religiosidades acomodadas a observancias y leyes sin propiciar crecimiento espiritual,  de los paraísos artificiales en los que se evaden toda responsabilidad y compromiso en la gestión de la propia vida y del curso liberador de la historia.
 El siglo xx, máximo escenario de afirmación de la autonomía humana, es también el mayor en materia de esclavitudes y de sometimientos!
Asì las cosas, vemos a los israelitas desesperados en Egipto, bajo la autoridad tiránica del faraón y de su sistema autoritario. Yavè suscita a Moisès como el caudillo que guiarà al  pueblo en su camino hacia la tierra prometida, utopía que canaliza las esperanzas de libertad de esta gran comunidad, historia contenida en el libro del Exodo, en la que se constatan la intervención liberadora de Dios, la pasión de Moisès por conducir a los hebreos en este camino de nueva vida, y el miedo de este pueblo al verse enfrentado a los desafíos y requerimientos que les demandan el dejar atrás las cadenas y emprender la tarea de ser libres. La escena referida arriba es bien elocuente: prefieren la llenura de la comida en Egipto a la travesìa del desierto.
Dios mismo es el garante de esta nueva vida de libertad y  de dignidad  hacia la que se dirigen bajo la guía de Moisès. Su tarea es la de persuadirlos de que aquí reside el verdadero sentido de su existencia como pueblo, tropezando con sus miedos e inconformidades. La respuesta de Yavè no es de ira e impaciencia sino de extrema generosidad: “El Señor dijo a Moisès: he oído las protestas de los israelitas. Diles: hacia el atardecer comerán carne , por la mañana comerán pan hasta quedar satisfechos, para que sepan que yo soy el Señor, su Dios” (Exodo 16: 11 – 12).
Es la promesa milagrosa del manà , materialización del compromiso de Dios para ser principio y fundamento de la historia de Israel. La experiencia del desierto – lugar arduo, difícil, desolador – es la posibilidad para que ellos pasen de la mentalidad de esclavos a la de hombres libres por la decisión de Yavè, adquisición de un nuevo ser en el que su humanidad es avalada por esta intervención que deja atrás el viejo mundo que es el dominio egipcio para adentrarse en la realidad de esa promesa definitiva. Y el manà significa uno de los dones de esa radical novedad.
Còmo se entienden aquí los miedos de los hebreos y su deseo de dar marcha atrás en la aventura de ser pueblo de hombres libres con la generosidad de Dios que les promete hartura y satisfacción autènticas?? Còmo leemos y asumimos este texto, nosotros creyentes del siglo XXI?  Cuàles son nuestros temores y frenos para asumir el reto apasionante de la autonomía? Descubrimos la mano de Dios dándonos la vitalidad, el alimento, que nos garantiza rupturas, muerte a esclavitudes, y apertura a la novedad del ser que sòlo en El se adquiere? Son razonables los análisis de Fromm en este sentido?
Y entra en escena Jesùs con el relato que propone el evangelio de hoy. La gente  lo busca afanosamente , después del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, no quieren que se les escape. Cuàl es el interés que los mueve? El los confronta: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos sino porque comieron pan hasta saciarse. No obren por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que el Hijo del hombre les darà, porque es èl a quien Dios , el Padre marcò con su sello” (Juan 6: 26 – 27).
Ellos sòlo se fijaron en la satisfacción de su necesidad inmediata y vaciaron el signo de su contenido original, no le buscan porque les haya abierto las puertas de un futuro màs humano. Claramente Jesùs hace una crìtica de las manipulaciones religiosas de todos los tiempos, cuando quieren poner a Dios a su servicio, prescindiendo de su autèntico ser liberador.
Las fuertes palabras del Señor advierten sobre la tendencia humana a malograr su vida enredándose en lo puramente material y sensible. La búsqueda del verdadero pan exige esfuerzo, es un sendero de purificación, de renuncia a la muerte, a las esclavitudes, a los intereses mezquinos, es una regeneración, es la llegada a una nueva vida en Dios, plenamente humana, emancipada, felizmente cargada de significado y de posibilidades de libertad.
Ese alimento viene por vìa de gratuidad, y es El mismo el portador de esa vitalidad que se presenta como la que tiene verdadera capacidad de responder a esa afanosa expectativa de sentido. Con esto, Jesùs vuelve a poner en tela de juicio esa pretensión judía de “materialidad religiosa”, expresada en su lógica de cumplimiento minucioso de preceptos, queriendo con ello ganar mèritos antes Dios. No pasa por su mente que El pueda ser plenamente gratuito e incondicional: “Les aseguro que no fue Moisès quien les diò el pan del cielo, sino mi Padre es quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo” (Juan 6: 32 – 33).
Para garantizar unas seguridades hemos diseñado un Dios a nuestra medida, “toda talla”, acomodaticio y manipulable, cosa que  no va con el proyecto de Jesùs.   Por eso este texto propone la total adhesión a El, como la obra primera que el Padre espera de nuestra parte: “Esta es la obra de Dios, que crean en aquel que El ha enviado” (Juan 6: 29).
En este planteamiento descansa el nuevo modo de relación con Dios y de los humanos entre sì, del que Jesùs es portador, cambiando por completo la economía religiosa de leyes, determinaciones, obligaciones, rituales, prohibiciones, castigos, rigores, para entrar en el mundo seductor del amor y de la libertad, en el que la responsabilidad es garantía de esa confianza que se evidencia en la opción fundamental por seguir este camino del Evangelio, raíz de todas las decisiones y de la totalidad del proyecto de vida de quien decide emprenderlo.
Asì, bajo la figura del alimento se cambia radicalmente del orden milimétrico de los intereses humanos al orden de la gracia, del puro don de Dios, en el que se da el alimento que sì calma el hambre y la sed. Sòlo una cosa es decisiva: confiar, aceptar la voluntad de Dios, no venida de fuera sino inserta en nuestro ser: la clave està en saber pasar de un pan a otro pan: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mì nunca tendrá hambre, y el que cree en mì nunca tendrá sed” (Juan 6: 34).
Lo que Jesùs quiere decir con esto es que se puede vivir desde esta perspectiva del don de Dios, con los pies bien puestos en la tierra, pero con la mirada puesta con esperanza plena en esa oferta que es puro vaciamiento de sì mismo, un Dios que se hace historia, humanidad, que se despoja de todo para insertarse en la realidad de todos los hombres y mujeres, indicando con esto cuàl ha de ser la orientación que toma nuestra vida para hacerse trascendente. El se parte y se comparte dándonos la vida de Dios y proponiendo que la reciprocidad es que también nuestra vida sea lo mismo.
En esto consiste el mensaje central de lo que dice Pablo hoy en la carta a los Efesios: “Pero no es este el Cristo que ustedes aprendieron, si es que realmente lo escucharon y en èl fueron instruidos conforme a la verdad que està en Jesùs. Aprendieron a despojarse de la conducta de antes, la del hombre viejo que se corrompe por los deseos engañosos, a renovar su mente por medio del espíritu y a revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en vista al don que nos hace justos y a la santidad verdadera” (Efesios 4: 20 – 24).
Para esto se requiere vivir como bautizado, tomar en serio esta constitución sacramental de quien ha sido configurado con Cristo, ahora el nuevo ser està revestido realmente de El , ha adquirido una nueva condición, que viene como gracia y nueva justicia, esto es vivir en la novedad del Espìritu, uno de los grandes asuntos de la teología paulina.
Esta nueva vida es suscitada por la gracia que viene con Jesùs, esencia del bautismo, y reconfigura la libertad de quien recibe el don, para que pase del orden normativo antiguo a la dinámica de lo gratuito, en la que todo lo humano se hace definitivamente teologal.
Apasionante actualización esta para pasar siempre del mercantilismo religioso a la total confianza en Jesùs, en quien se manifiesta con plenitud el rostro grato y gratificante del Padre!
Tarea: Còmo significar con nuestra manera de vivir este talante a “contra corriente” de lo gratuito? Còmo indicar humildemente donde està el pan que hace posible pasar del hombre viejo al hombre nuevo? Còmo superar el estilo de la institución prestadora de servicios rituales para dar paso a la comunidad de los discípulos de Jesùs, en la que se viva esta novedad evangélica del ser y del hacer?

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