domingo, 14 de agosto de 2016

COMUNITAS MATUTINA 14 DE AGOSTO DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO



“He venido a arrojar un fuego sobre la tierra, y cuànto desearìa que ya hubiera prendido!”
(Lucas 12: 49)
Lecturas:
1.   Jeremìas 38: 4 – 10
2.   Salmo 39: 2 – 4 y 18
3.   Hebreos 12: 1 – 4
4.   Lucas 12: 49 – 53

Con mucha frecuencia en la historia de estos veinte siglos nos encontramos a la Iglesia y a los cristianos convertidos en soportes esenciales del orden establecido (o màs bien, desorden?) , realidad que muy a menudo està plagada de injusticias y atropellos contra la humanidad, contrariando asì y de manera gravísima el espíritu original de Jesùs y de su Buena Noticia.
Esta constatación no procede de una àcida actitud en permanente plan de crìtica demoledora sino del deseo sincero de fidelidad al Señor y a la humanidad doliente a la que El nos envía para salvar y liberar del poder del mal, del pecado y de la injusticia.
Por esta razón fundamental debemos estar siempre en proceso de vuelta a los orígenes de la fe para explicitar el talante de profecía y libertad, de enfático rechazo de la manipulación de Dios y de la mediación religiosa, de dominación del ser humano atribuyendo esto a una pretendida voluntad de Dios, que en últimas no es otra cosa que la manifestación de la pecaminosidad de hombres concretos que se ensañan en contra de sus prójimos.
Si lo nuestro en materia de fe y de convicciones cristianas es la seriedad para seguir el camino de Jesùs, vamos a ver claramente que El se presenta como signo de contradicción, tal como lo plantea el texto de Lucas que consideramos en este domingo: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra, y cuànto desearìa que ya hubiera prendido!” (Lucas 12: 49).
 Tal expresión , de claro  contexto apocalíptico, se refiere a la misión de Jesùs que es poner fin a los aspectos malos e injustos del mundo para que surja el reino de Dios, tarea que no es de buen recibo por parte de quienes son los “dueños” del poder, que ven en el profeta a un enemigo de sus intereses y manejos y, en consecuencia, a alguien indeseable a quien hay que someter o eliminar.
La mentalidad apocalíptica, propia del tiempo de Jesùs, tenía ante sì la imagen de una gran confrontación entre las fuerzas del bien y las del mal, tipificadas aquellas en Jesùs, y las últimas en el imperio romano y en la institución religiosa judía, que encarnaban la dominación de conciencias, cuerpos y bienes, utilizando recurrentemente a Dios como legitimador de ese sistema que iba en contravía del proyecto de Jesùs de perdonar, de incluir, de sanar, de liberar, de dar nuevas alternativas de vida y dignidad a los eternamente oprimidos.
Con la imagen del conflicto familiar  quiere enfatizar el carácter dramático y contradictor de su misión: “Porque desde ahora habrá cinco en una familia y estarán divididos: tres contra dos y dos contra tres” (Lucas 12: 51), queriendo decir con esto que su proyecto no es el de una cómoda conformidad religiosa ni el de una silenciosa adaptación a eso que para El es claramente injusticia y negación de la voluntad de Dios, que es siempre vida, justicia, amor, misericordia.
La primera lectura , del profeta Jeremìas, es una alusión a esta animadversión que los perversos sienten por las gentes de conciencia limpia y de trabajo comprometido para denunciar todo lo que disuelve la dignidad de las creaturas: “Aquellos notables dijeron al rey: hay que condenar a muerte a ese hombre, porque con eso desmoraliza a los guerreros que quedan en esta ciudad y a toda la plebe, diciéndoles tales cosas” (Jeremìas 38: 4).
Estas palabras son similares a muchas que se han pronunciado en la historia de la humanidad, con las que los poderosos atentan contra los honestos, contra los que ponen el dedo en la llaga, contra los de conciencia insobornable.
 Asì,  nos vienen a la memoria los mártires de la justicia en nuestro país, cuando en los siniestros años ochenta y noventa se enfrentaron a la corrupción del narcotráfico, presente en los facinerosos que delinquieron y en la institucionalidad que se dejó pervertir.
Asì  también los profetas que,  en nombre de la fe en Dios y de su correspondiente afirmación de la dignidad de sus hijos,  señalaron con severidad y vigor las lacras de gobernantes, militares, terratenientes, manteniendo al pueblo en miseria, y silenciando con violencia la expresión de su inconformidad, como nuestro Beato Romero de Amèrica, y tantos cristianos sinceros que han ofrendado su vida en forma similar al Señor Jesùs, para establecer el reino de Dios y su justicia.
Se trata de proponer unos valores definitivos que parten del mismo Dios, orientados a la rectitud de vida, al cuidado de la misma, a la responsabilidad ante El y ante los demás, a la conciencia honesta y siempre dispuesta a la pulcritud, al reconocimiento de la dignidad de cada persona, a la protección de todo lo creado, realidades siempre conculcadas por aquellos que  buscan mantener su supremacía maltratando y destruyendo las evidencias de la bienaventuranza.
Este trabajo de denuncia y anuncio no resulta simpático para el “orden establecido” porque lo pone en contradicción y lo desajusta en todo su sistema, poniendo en evidencia su malignidad.
 El Evangelio no admite medianìas ni cumplimientos mediocres de puntualidades rituales, sino una manera de vivir alerta, profética, creativa, atizada por la misión de Jesùs: “Creen que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, les aseguro, sino división” (Lucas 12: 51), palabras que nos pueden resultar sorprendentes y de difícil asimilación porque entran en contraste con la tradicional  imagen del Señor “manso y humilde de corazón”.
Monseñor Romero (1917 – 1980), hombre de estilo tradicional y temeroso de los cambios en la Iglesia, cuando llegó a San Salvador en febrero de 1977 para asumir la sede arzobispal, se diò cuenta de la malignidad del régimen de ese país, aliado con las familias pudientes y con los escuadrones de la muerte, patrocinados por estos en alianza con los militares, y empezó a ver cuàntos crímenes e ignominias se cometìan en contra del pueblo humilde, al que se tildaba de subversivo por parte del sistema, por el elemental hecho de reclamar con fuerza el reconocimiento de su derecho a una existencia digna.
 Este conocimiento directo y doloroso del inmenso sufrimiento de su gente lo llevò a un cambio radical, surgiendo en èl una fortaleza admirable, procedente de su inconmovible fe en Dios y del obvio compromiso con la justicia , al que se sintió sinceramente movido por su deseo de ser fiel a esa voluntad que, como en el caso de Jesùs, lo llevò a ser signo de contradicción.
El relato de Monseñor Romero, tan querido por los pobres del mundo y por las gentes deseosas de justicia, es una consecuencia de la misión de Jesùs, tal como la presenta el evangelio de este domingo, una sacudida de las conciencias, una crìtica a la religiosidad que se evade de la historia, una denuncia del adormecimiento de tantos cristianos que permanecen en silencio ante los manejos de los injustos.
Las  palabras de la carta a los  Hebreos nos resultan esclarecedoras para lo que ocupa nuestra reflexión de hoy: “Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con constancia la carrera que se nos propone, con los ojos fijos en Jesùs, que inicia y lleva a la perfección de la fe” (Hebreos 12: 1 – 2).
Dios clama en los millares de desplazados, migrantes, refugiados, que buscan con desespero salir de la miseria y de la violencia, en la niñez prostituìda y utilizada también para la guerra, en los ancianos desconocidos porque ya no son ùtiles para la productividad, en los condenados morales que son rechazados por un sistema religioso y moral que oscurece el vigor del Evangelio, en los solitarios y fracasados que no se sienten acogidos con misericordia.
El resurgimiento del fanatismo religioso y moralista, la homofobia inhumana y antievangélica, las mil condenas de una sociedad que se pretende de “buena conciencia” – pràcticas similares a las de los fariseos y maestros de la ley en tiempos de Jesùs – deben llamar nuestra atención para seguir los caminos de la profecía que debe ayudar a quebrar estos esquemas inmisericordes.
Constatar estas indignidades es un llamamiento a “prender el fuego” de la justicia, del reino de Dios, a llamar con palabras claras – aunque sean de contradicción – el desorden establecido, a seguir a Jesùs en su misión de erradicar el mal y de afirmar, aùn con riesgo de la propia vida, que la voluntad del Padre no es la de entronizar una religiosidad “opio del pueblo”, sino un modo de vida profundamente teologal, profundamente humano, que nos haga conscientes de la indispensable projimidad que debe estar en la raíz de nuestras opciones y conductas.
El, en vista del gozo que se le proponía, soportò la cruz sin miedo a la ignominia y està sentado a la diestra del trono de Dios. Fìjense en quien soportò tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcan faltos de ànimo” (Hebreos 12: 3), es el ejemplo original del Señor Jesùs, a quien debemos mirar para seguir sin temor la contradicción salvadora de su cruz, “el fuego que enciende otros fuegos”, expresión original de otro fiel seguidor suyo, San Alberto Hurtado, SJ (1901 – 1952).

domingo, 7 de agosto de 2016

COMUNITAS MATUTINA 7 DE AGOSTO DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO



“Porque donde estè su tesoro, allì estarà también su corazón”
Lucas 12: 34
Lecturas:
1.   Sabidurìa 18: 6 – 9
2.   Salmo 32: 1 y 12 – 22
3.   Hebreos 11: 1 – 2 y 8 – 19
4.   Lucas 12: 32 – 48
Nuestra condición creyente debe ser estructurante de un proyecto total de vida, brindando coherencia a todo nuestro ser y quehacer, de tal manera que no hemos de detenernos en asuntos puntuales, en esta o aquella pràctica, en este o aquel pretendido “requisito de salvación”, para configurar nuestro relato vital en la perspectiva del sentido definitivo de vida que se nos ofrece en Jesucristo, en quien todo lo humano se hace divino, haciéndose èl mismo parte sustancial de nuestra humanidad.
Vistas asì las cosas, descubrimos una dimensión fundante de esperanza y de promesa, que es garantía de toda la existencia, lo que demanda de nuestra parte una disposición constante y creciente de vigilancia activa, de aventura creyente y confiada en Aquel que es el aval por excelencia de esta historia de sentido, como lo vivieron aquellos personajes de la historia bíblica, prototipos de la fe: “Por la fe, Abrahàn, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia. Ademàs, salió sin saber a dònde iba…….Es que Abrahàn esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11: 8 y 10).
Esta caminata existencial, todo nuestro recorrido por la vida en clave de Dios como principio y fundamento, adquiere mayor consistencia cuando es vivida en comunidad, haciéndonos unos con otros mutuo soporte en ejercicio de fraternidad: “Los santos hijos de los buenos ofrecían sacrificios en secreto y establecían unánimes esta ley divina: que los santos compartirían los mismos bienes y peligros, cantando previamente las alabanzas de los antepasados” (Sabidurìa 18: 9).
 Y esa comunidad es la Iglesia universal y particular, donde se vive el compromiso que se deriva de nuestra configuración con Jesucristo en el bautismo, pero se extiende también a la humanidad, incluso la no creyente, como lugar del ejercicio de salvar, de liberar, de garantizar la dignidad de todas las creaturas.
Estas afirmaciones no son ajenas al diario vivir de hombres y mujeres, ellas se insertan en el centro mismo de cada persona, de cada comunidad, de sus gozos y esperanzas, también de sus crisis y sufrimientos, de sus grandes decisiones y realizaciones, de los momentos de alegría y de los de tristeza, involucrándose como generadoras de significado trascendente en cada biografía individual y colectiva.
Las lecturas de este domingo – Sabidurìa, Hebreos y Lucas – nos remiten al asunto esencial de la vida asumida como esperanza activa que hace de esta historia y de esta realidad un sacramento del Dios que actùa en cada ser humano, creado a su imagen y semejanza, que posibilita el ejercicio de una fe encarnada, histórica y existencialmente comprometida, que al mismo tiempo pone en tela de juicio un tipo de cristianismo que sòlo se fija en el màs allà y nos conecta con el mundo, con el ser humano, siempre en plan de construcción de sentido.
Los israelitas vivieron la durísima experiencia de la esclavitud en Egipto, del trato indigno dado a ellos por el faraón y por su gente, y luego pasaron a experimentar la pasión por la libertad, bajo el liderazgo de Moisès, encontrando en la travesìa del desierto un paradigma del devenir humano en todos los tiempos con sus desolaciones, desencantos, expectativas, logros, plenitudes, realizaciones.
En esa peregrinación se encontraron con un Dios solidario y liberador que se diò a sì mismo rechazando la opresión de su pueblo y promoviendo a toda costa su marcha de liberación, vivencia que  les confirió una fe vigorosa que se hizo constitutiva de su identidad y de su comunidad, que  se halla en el fundamento mismo de las convicciones creyentes de Israel: “Aquella noche fue previamente anunciada a nuestros padres, para que se animasen, sabiendo bien en què juramentos habían creìdo” (Sabidurìa 18: 6).
Còmo vivir un dinamismo asì en el mundo de hoy sobre el que siempre llamamos la atención por estar plagado de injusticias, de violencias, de exclusiones, de seres humanos escarnecidos por la perversión de estructuras y de otros hombres que ejercen sin piedad la fuerza del mal que destruye y disuelve la dignidad? Còmo comunicar una fe que sea motor de una historia de liberación, de movilización histórica que transforma  las estructuras de pecado y los corazones que dan origen a esto último?
Sean estas preguntas retos de fondo a nuestra conciencia creyente para dar el paso cualitativo del cristianismo que recibe pasivamente al cristianismo agente de la historia construìda en nombre de Dios al estilo de Jesùs, en solidaridad con todos los prójimos que El nos pone en el camino para esta tarea, en la que es esencial “tener ceñida la cintura y las lámparas encendidas” (Lucas 12: 35).
La vigilancia que propone la Palabra de hoy  es descubrir a Dios que actùa dentro de nosotros y dentro de nuestra historia, Dios que es totalmente Otro pero que està totalmente aquí y ahora potenciando lo mejor de la humanidad, llamada a vivir en  búsqueda constante de ese significado, a activar el trabajo en contra de la injusticia, del poder que genera muerte, del vacío que expone al absurdo y a la tragedia, de los ídolos que hipotecan la autonomía y construyen un mundo de serviles.
Los grandes testigos de la fe – genios èticos, genios espirituales – son estìmulo para emprender esta responsabilidad  de descubrir el don de Dios en el aquí y en el ahora.
 La carta a los Hebreos tipifica este emprendimiento creyente en la persona de Abrahàn: “Por la fe peregrinò hacia la Tierra prometida como extranjero, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas…….Por lo cual, también de uno solo y ya marcado por la cercana muerte, nacieron hijos, numerosos como las estrellas del cielo, incontables como la arena de las playas” (Hebreos 11: 9 y 12), expresión esta última que nos da pie para captar la fecundidad de la confianza en Dios que se multiplica en la descendencia y que hace posible la gran comunidad de los que participan de las mismas certezas y de las correlativas esperanzas que vienen con ellas.
Dios trabaja en nuestra autonomía , no en el miedo ni en el sometimiento indigno. La vigilancia , en este contexto, no es vivir eternamente angustiados en una preparación para la muerte, dejando de lado el compromiso ya señalado y muy exigente de construir la historia en clave densamente humana y densamente teologal. Esto quiere decir que hay que vivir en profundidad y también morir en profundidad para resucitar en definitividad.
 Esa comprensión de la “otra vida”, del espíritu fúnebre que acompaña muchas pràcticas religiosas, infundiendo temor y creando personalidades sombrìas no es la propia de Jesùs ni de la lógica de la fe cristiana. Tal tipo de comportamientos deben desaparecer de la cotidianidad eclesial para dar paso a la espiritualidad del vivir en plenitud el màs acà. La vida presente tiene sentido por sì misma.
Descubrir eso es la gran tarea de los creyentes, ejercicio del cristianismo como tarea de esperanza, provocadora de los mejores motivos para vivir con entusiasmo, comprometiéndose en las tareas existenciales que nos hacen màs libres y humanos, màs felices y fraternales, màs justos y equitativos, màs proféticos y aptos para interpretar los signos de los tiempos con las acciones liberadoras que han de acompañar un estilo que es el propio del Señor Jesùs.
 "Tengan ceñida la cintura y las lámparas encendidas, y sean como esos que esperan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle en cuanto llegue y llame. Dichosos los siervos a quienes el señor, al venir, encuentre velando. Les aseguro que se ceñirà, los hará ponerse a la mesa e irà sirviéndolos uno tras otro” (Lucas 12: 35 – 37) no es una invitación al adormilamiento y a la pasividad, a la manera de un grupo de asustados y paralizados incapaces de lanzarse a la gran aventura de la historia, sino un acicate que nos remite a la implicación comprometida en este mundo concreto y real para hacerlo digno de Dios y de cada ser humano.
Todo el esfuerzo del Concilio Vaticano II, del magisterio eclesial, de la reflexión de los teólogos y de los estudiosos de la Biblia, del quehacer pastoral de las comunidades, que tiene su énfasis en el carácter sacramental de lo humano, de lo histórico, de lo existencial – clara recuperación de lo màs original de la revelación bíblica! - , es desafío que nos saca del ensimismamiento sobrenaturalista y nos conecta con el talante fundante del Dios que se ha encarnado en nuestra humanidad apropiándose de la historia para colocarla en perspectiva de salvación y de liberación.
Desde luego que la conciencia de la promesa de Dios en Jesucristo, que nos garantiza un futuro trascendente, definitivo, bienaventurado, que da sentido a toda nuestra vida y al paso de la frontera desde el aquí humano a la plenitud de El, es legìtima y da fundamento a la esperanza, exigiendo una corresponsabilidad en la construcción de esta historia como relato de este Dios liberador y provocador de la lucha contra las realidades de muerte, de pecado y de injusticia, feliz anticipación de ese futuro de bienaventuranza.

domingo, 31 de julio de 2016

COMUNITAS MATUTINA 31 DE JULIO DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

“Guárdense muy bien de toda codicia, porque las riquezas no garantizan la vida de un hombre, por muchas que tenga”
Lucas 12: 15
Lecturas:
1.   Eclesiastés 1: 2 y 2: 21 – 23
2.   Salmo 94: 1 – 9
3.   Colosenses 3: 1 – 5 y 9 – 11
4.   Lucas 12: 13 – 21

Fue clásica en los remotos tiempos bíblicos la vigencia de la “doctrina de la retribución”, cuyo nombre indica que a cada persona le era dado en justicia lo que le correspondìa en coherencia con sus mèritos mayores o menores en lo tocante a observancia religiosa y moral o, si tal era el caso, el castigo atendiendo a sus pecados e iniquidades. Podemos decir que era el sentido común religioso verificar la acción de Dios en estos términos.
Sin embargo, en la misma experiencia de su vida, este esquema se fue desvirtuando, tema que es abordado con dramática profundidad por el libro de Job, que trata sobre las desgracias del inocente tipificado en este personaje, y por el libro del Eclesiastès, del que procede la primera lectura de hoy, texto de marcado escepticismo, expresado en palabras como estas: “Vanidad de vanidades! – dice Qohelet -, todo es vanidad!” (Eclesiastès 1: 2).
Què lleva al autor bíblico a dejar en su escrito esta huella escéptica y desconfiada de los logros del ser humano, aùn de los justos y moralmente acertados? Este libro pertenece al grupo de los llamados sapienciales, escritos que consignan la sabiduría de Israel, entendiendo esta como el cultivo del sentido profundo de la vida en clave de la confianza en Dios y de este como principio y fundamento de todo el proyecto vital de los humanos.
Una mirada a nuestra propia vida, cotejada con la de aquellos antiguos israelitas nos ayuda a intentar  la respuesta al interrogante que se plantea en torno a la aparente inutilidad de los esfuerzos humanos por lograr la justicia: “Entonces, què le queda al hombre de toda su fatiga y esfuerzo con que se fatigò bajo el sol? Pues todos sus días son dolorosos y su oficio penoso; y ni aùn de noche descansa su mente. Tambièn esto es vanidad” (Eclesiastès 2: 22 – 23).

Este sabio filòsofo israelita ha reflexionado profundamente sobre la pequeñez  de las mayores realizaciones y logros de nuestra vida. Nos remite simultáneamente a las evidencias de nuestra inevitable precariedad, a lo frágil de nuestra existencia, y a todo aquello que desarrollamos con empeño para que todo nuestro ser y quehacer en los años que nos sea dado vivir no sea en vano. Es un contraste real y doloroso que nos pone de frente a la mayor tarea existencial que es la de la búsqueda del sentido de la vida.
A los israelitas se les quebrò este esquema cuando empezaron a constatar que no todos los logros meritorios eran recompensados justamente, formulación dolorosa que se expresa en el libro de Job. En particular, ellos vivieron una de las experiencias màs trágicas de toda su historia con el exilio y la cautividad en Babilonia, cuando se vieron sometidos al poder extranjero, perdiendo su territorio, su templo, y demás elementos de arraigo e identidad. En este contexto surge la reflexión de Eclesiastès, que también tiene vigencia para nosotros hoy.
Còmo conciliar estos deseos apasionados de justicia, dignidad, autonomía, con tantas tragedias que afectan severamente a la humanidad?  Còmo hablar honestamente de sentido y de  esperanza en este universo de masacres a lo largo y ancho del planeta, de millares de refugiados africanos, sirios, iraquíes, cubanos, haitianos, buscando con desespero los países del tercer mundo para huìr de la pobreza y de la guerra?
Ayer – 29 de julio –  los medios de comunicación nos facilitaron asistir conmovidos a la visita del Papa Francisco a los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau, en Polonia, recorriendo en silencio respetuoso aquel escenario que es símbolo  de una de las mayores barbaries cometidas por seres humanos en contra de sus semejantes, principalmente judíos y gitanos, en los años siniestros de la II guerra mundial.
Vuelve la  pregunta :  todo es vanidad de vanidades? Còmo afrontar con responsabilidad creyente y moral estos hechos, producto de la maldad y la perversión encarnadas en seres humanos que desconocen la gratuidad del compartir entre prójimos para constituirse en amos violentadores de la felicidad y del encuentro sereno y fraternal?
No son hechos lejanos, no pueden serlo porque  todo lo que se haga contra seres humanos en cualquier rincón del mundo afecta a la humanidad entera, y debe  hallar en cada persona  sensata  y comprometida un caldo de cultivo para la reflexión sobre el significado de la vida, con sus correlativas implicaciones de humanismo, eticidad y, en muchos casos, de religiosidad y espiritualidad.
Al mirar nuestras crisis, fracasos, sufrimientos, vacìos, realidades que por supuesto no son deseables, estamos llamados también a no pasar de largo ante este aspecto limitado de nosotros mismos, y a encarar con entereza la contradicción, con saludable autocrìtica – similar a la que nos propone Eclesiastès – para no sentirnos merecedores de premios. Auschwitz, Dachau, Haitì, Iraq, nuestras selvas y campos colombianos, son recuerdos exigentìsimos, que han de provocar en nosotros la acogida del don de Dios combinado con el “escepticismo positivo” de Eclesiastès, para estar cada dìa en la apasionante faena de construir la existencia sin pasar cuentas de cobro ni a Dios ni a los demás.
El evangelio de hoy, de Lucas, viene como anillo al dedo en esta perspectiva de la relatividad de todo lo que hacemos, somos y poseemos, ambientadas en las densas palabras de Jesùs: “Guàrdense muy bien de toda codicia, porque las riquezas no garantizan la vida de un hombre, por muchas que tenga” (Lucas 12: 15).
Verificar estadísticas en materia de distribución de la riqueza y de los bienes produce escalofrìo, y debe marcar una huella profunda en nuestra sensibilidad ética y espiritual: El 1 % màs rico del planeta posee la mitad de los activos personales totales; el 8 % de los màs ricos obtienen hasta el 50 % de los ingresos mundiales; 85 personas en el mundo tienen un patrimonio equivalente al patrimonio de la mitad pobre de la humanidad.
Hay codicia personal y codicia estructural, individuos con afección desordenada por la ganancia y el consumo, y modelos de sociedad y de economía que están estructurados en torno a esto. Recordamos el fuerte llamado de atención del Papa Pablo VI en su encíclica “Populorum Progressio” (1967), en la que estudiò los temas del desarrollo y advirtió sobre la dramática pobreza de millones en el mundo. Casi cincuenta años después la leemos de nuevo y la encontramos de dramática actualidad.
Tambièn Juan Pablo II y Francisco han tenido este asunto como prioritario en su magisterio y en su ministerio. De igual manera, recordamos a los obispos de Amèrica Latina cuando en su II Asamblea General en Medellìn (agosto de 1968), denunciaron el pecado de las estructuras y la violencia institucionalizada presente en el continente, de mayoría católica y de mayoría pobre, un contraste brutal sin lugar  a dudas, que sigue presente en el inequitativo tejido social de estos países!
El salvajismo de quienes decidieron y deciden  todas las muertes y crímenes en Auschwitz-Birkenau, en nuestras calles y campos colombianos, en Iraq, Orlando, Niza, Haitì, Bagdad, Parìs, Munich, Siria, Sudàn, Africa, lo mismo que el enriquecerse a costa de la pobreza de las mayorìas,  està determinado por una incapacidad radical para comprender y asumir la dignidad igual de todos los hombres y mujeres, lo mismo que para captar el mensaje liberador de la gratuidad, de la austeridad y de las mesas compartidas. Hay un empecatamiento en el corazón de individuos y estructuras que hace evidente la presencia del mal, que nos llama a rechazar tales realidades y a actuar a contracorriente, con el mismo estilo de Jesùs, de Romero, de los profetas, de los genios èticos y espirituales que hacen lucir la genuina esencia del ser humano.
La verdadera vida està en el ser , no en el tener, tampoco en el acumular bienes mèritos, se trata de ir por otra escala de valores, que es la de Jesùs en el Evangelio, y la de tantas comunidades , principalmente de pobres, que con elocuencia y rectitud nos hablan de la posibilidad de vivir en eso que aquí hemos llamado el desafío de la projimidad.
La reflexión de Jesùs en el relato evangélico es clarísima, cuestionando al que dijo: “Demolerè mis graneros y edificarè otros màs grandes; almacenarè allì todo mi trigo y mis bienes, y me dirè: Ahora ya tienes abundantes bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe y banquetea” (Lucas 12: 18 – 19), la respuesta del Maestro relativiza toda acumulación indebida y toda irresponsabilidad con las necesidades del prójimo: “Què necio eres! Esta misma noche te reclamaràn la vida. Para quien será entonces todo lo que has preparado? Asì es el que atesora riquezas para sì y no se enriquece en orden a Dios” (Lucas 12: 20 – 21).

El reto es a dar sentido humano y teologal a nuestra contingencia, promoviendo la vida digna de todos en igualdad de condiciones, vivir felizmente en tònica de gratuidad,  apropiarnos de la riqueza que viene de lo trascendente, y tomar en serio las palabras de Pablo, en la segunda lectura de hoy: “No se mientan unos a otros, pues se han despojado del hombre viejo, con sus obras, y se han revestido del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador” (Colosenses 3: 9 – 10). 

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