domingo, 18 de febrero de 2018

COMUNITAS MATUTINA 18 DE FEBRERO DOMINGO I DE CUARESMA



“El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios ha llegado: conviértanse y crean en la Buena Nueva
(Marcos 1: 15)
Lecturas:
1.   Génesis 9: 8-15
2.   Salmo 24
3.   1 Pedro 3: 18-22
4.   Marcos 1: 12-15

Llega nuevamente el tiempo de Cuaresma. ¿Qué decir? ¿Otra rutina religiosa? ¿Unas prácticas piadosas de corte individual sin trascendencia significativa en la vida social y eclesial? ¿Un período sombrío y “aguafiestas”? ¿Una cerrazón timorata a los grandes cambios y retos que Dios y la vida nos plantean? ¿Oídos sordos a los clamores de dignidad y de justicia de tantos seres humanos agobiados por la cultura de la muerte?  ¿A dónde vamos con el exacerbado individualismo religioso tan dominante en nuestros medios creyentes?
Dice el Papa Francisco en su mensaje de Cuaresma 2018: “Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros? Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, “raíz de todos los males” (1 Timoteo 6:10); a este le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos consolados por su palabra y sus sacramentos. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras “certezas”: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas……
Para responder a los desafíos propuestos en el primer párrafo, para salir de esa religión de prácticas de corto alcance, de piedades sin trascendencia histórica, el asunto cuaresmal se nos plantea claramente en la perspectiva de la projimidad, convertirnos a Dios es convertirnos al ser humano, es asumir el énfasis propio de esta temporada escrutando los gritos de la humanidad, sus demandas de dignidad y de justicia, tener el coraje de romper con las ataduras que hielan nuestro corazón – siguiendo el símil que propone Francisco con  la imagen de Dante -, deponer la mezquindad que nos encierra en ese estrecho mundo de comodidades e intereses personales para dar el salto cualitativo hacia lo que es totalmente distinto de nosotros y siempre desafiante: Dios y el prójimo, en exigente simultaneidad. Esta es la ruta de la conversión!
El ser humano oscila entre el proyecto de autenticidad y de vida solidaria que procede de Dios, y la tentación de dar la espalda a estas intenciones y autoafirmarse él mismo como medida y referencia de todo, es el culto a sí mismo, que trae conjuntamente la autosuficiencia religioso-moral tan fustigada por Jesús como la idolatría del poder, del dinero, del prestigio, del reconocimiento social, y tantas otras realidades a las que fácilmente sucumbimos porque en ellas – se nos dice – están él éxito y la felicidad.
El primer domingo de cuaresma trae como relato central las tentaciones de Jesús, está vez con la escueta versión de Marcos: “A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto, y permaneció allí cuarenta días, siendo tentado por Satanás” (Marcos 1: 12-13). Implicado por completo en la condición humana, semejante a nosotros en todo menos en el pecado, Jesús es acosado por las propuestas de felicidad propias del que se vuelca   sobre sí mismo: las demostraciones espectaculares de poder, el mesianismo triunfante y glorioso, la fama, los aplausos, los “me gusta” del facebook de la vida, tan ansiados por todos como muestra de aprobación a nuestros proyectos exitosos, los signos deslumbrantes, los aplausos,  el enseñoreamiento sobre la vida y conciencia de los demás.
El relato, de gran densidad simbólica, puesto antes de comenzar su ministerio público, tiene intencionalidad pedagógica: va a señalar cuál es la lógica de la misión de Jesús, negativa radical a los indicadores  de fama y de poder, aceptación de un mesianismo crucificado, como elemento estructurante de la presentación que hace Marcos de Jesús y de su ministerio. No es por los caminos habituales de aclamación, de triunfalismo, de logros individuales, de eficaces resultados, por donde Jesús va a ejercer su servicio, lo suyo es la donación de la vida, el compromiso irreversible con la causa de los pobres y humillados, el cuestionamiento severo a una religiosidad de acumulación de méritos y de moralismo fundamentalista, el abajamiento solidario con todas las fragilidades del ser humano. Jesús nos marca la pauta del giro radical de la vida hacia Dios y hacia el prójimo, a esto  se nos invita en el desierto cuaresmal.
El río Jordán, el desierto, y la región de Galilea, son como un mismo hilo conductor de un desplazamiento fundamental que da inicio al relato de Marcos. Ahí percibimos la dinámica del reino de Dios que nos invita a movilizarnos también persiguiendo nuestros propios “lugares del Reino”, hacia dónde debemos caminar en términos de conversión, preguntándonos en cuáles no está ese Reino, en cuáles sí está. Cuáles son nuestros Jordanes, nuestras Galileas,   nuestros desiertos?
Acomodados, tal vez, en vidas plácidas, en las que – además del confort material – vivimos una cierta paz  religiosa, un cumplimiento ritual y legal que nos deja una buena conciencia , una comodidad cultual, pero lejana de los grandes combates de la historia, de las búsquedas de sentido de la humanidad, de los desafíos en los que tantos hombres y mujeres se empeñan en afirmar su dignidad.
El río Jordán, el desierto, Galilea, son espacios de fuerte contenido simbólico, que también tienen que ver con nosotros, no son datos de arqueología bíblica:
-       Josué y el grupo que viene desde Egipto atraviesan el Jordán para ingresar en la tierra prometida, Juan el Bautista se sitúa en su ribera para anunciar un nuevo orden de vida y para iniciar su movimiento de conversión.
-      El desierto es ámbito del encuentro con Dios, de experimentar su llamado, despojados de oropeles y de naturaleza generosa, la austeridad del lugar contiene una invitación al discernimiento, a preguntarse por las grandes opciones existenciales, allí Israel aprendió a ser pueblo de Dios.
-      Galilea, el norte del pequeño país de Jesús, es la región donde él concreta su opción de humanidad y de humanización, en nombre de la paternidad de Dios y de su total compromiso con el prójimo caído por la pobreza, por el pecado, por la enfermedad, por la opresión de la religión de su tiempo.
En esta cuaresma se nos convoca a renunciar a esa tranquila conciencia individualista y anestesiada para cruzar el Jordán hacia una manera de vivir justa y solidaria, el ámbito que Dios nos promete como correlato a esas decisiones de libertad; el encuentro con Satanás – lo contrario a Dios, lo que desvincula al ser humano del amor y lo fractura haciéndolo esclavo – es también la posibilidad de seguir a Jesús en libertad, rechazando las ofertas efímeras de felicidad superficial para abrirnos al apasionante mundo de la justicia, del ser humano, del amor que no repara en beneficios personales.
Para los judíos ortodoxos de Jerusalén, Galilea y los galileos eran despreciables, situados al norte de la ciudad santa, se caracterizaron por ser subversivos con respecto al centro del país, por su heterodoxia religiosa y social, eran los “castrochavistas” de la época, para utilizar esa etiqueta colombiana de nuestros días, con las que los defensores del orden nos asustan para prevenirnos de lo que para ellos es contrario a Dios.
El paso del Jordán al desierto, plantea la articulación de movimientos mesiánicos-proféticos que tienen en esos lugares sus fuentes de inspiración y de organización. La confrontación con Satanás, como principio cósmico del mal que Marcos vincula con la enfermedad, la marginación y la muerte de los pobres, será para Jesús la definición de su vida por la ruta del reino de Dios. El desierto deja de ser lugar de prueba y penitencia para convertirse en el ámbito de aprendizaje definitivo en la confrontación y el desequilibrio. El Espíritu de Dios lleva a Jesús hasta la memoria fundacional de Israel, donde , venciendo el poder del mal, la vida se torna en absoluta fidelidad a Dios y al ser humano. Tal es la ruta de la conversión cuaresmal.
Así, entendemos la sobria invitación: “Después que Juan fuese entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios. El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ha llegado; conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Marcos 1: 14-15). Marcos re-escribe la historia, cambia su señal de fatalismo y opresión, y nos lleva del agua del bautismo a la reconstrucción de la humanidad, para decirnos que Jesús está ahí apostando por una opción de vida, de dignidad, y de felicidad humana.
Los cuarenta días del desierto – número que en la Biblia significa proceso completo de la salvación de Dios, como los cuarenta años de los israelitas en el desierto – duran todo el evangelio, toda la vida. Son paradigma de la contradicción y el desequilibrio que atraviesan la totalidad de la historia. En la trama de nuestra vida están el pecado, la tentación de congelar el corazón y hacernos indiferentes al prójimo, la búsqueda de la felicidad barata del dinero y el prestigio, pero también la apertura que Dios nos hace a ser solidarios, a hacer del prójimo el referente central de una nueva manera de vivir saturada de su Buena Noticia.


domingo, 11 de febrero de 2018

COMUNITAS MATUTINA 11 DE FEBRERO DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO



“Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: lo quiero, queda purificado”
(Marcos 1: 41)

Lecturas:
1.   Levítico 13: 1-2 y 44-46
2.   Salmo 31
3.   1 Corintios 10: 31 a 11:1
4.   Marcos 1: 40-45
Ha sido muy desafortunado en todos los tiempos de la historia  segregar millares de personas por razones de tipo étnico, religioso, moral, social, político, económico. Excluír con violencia es uno de los grandes pecados del ser humano en contra de sus semejantes.
 Tenemos interminables relatos de sufrimiento por esta causa: la violencia masiva entre hutus y tutsis en Ruanda y Burundi a mediados de los años noventa,  con cerca de un millón de asesinatos; los siniestros campos de concentración nazis y stalinianos en la segunda guerra mundial; la matanza de kurdos a comienzos del siglo XX; la notoria segregación racial hacia los afrodescendientes en Estados Unidos y en Sud Africa; las masacres étnicas en Bosnia-Herzegovina y en Kosovo después de la caída de la cortina de hierro; el lamentable estado de abandono en el que viven las comunidades negras del Pacífico colombiano; el maltrato sistemático a las etnias minoritarias en tantos lugares del mundo, la homofobia y las persecuciones de tipo religioso, son narrativas de tragedia en las que destacan con vergüenza los extremos excluyentes a los que llegan muchos seres humanos para destruír la vida y la dignidad de sus hermanos.
Se invocan “razones” de tipo religioso, de pretendida superioridad racial de unos sobre otros, de moralidad (¿???), de resentimientos ancestrales. También en tiempos de Jesús se vivía el escándalo de estas exclusiones. Las lecturas de este domingo nos lo muestran yendo en contravía de esas determinaciones lideradas por la institución religiosa judía, con su carga de drama y de inmenso dolor por parte de las víctimas.
En el evangelio de Marcos propuesto para este domingo leemos que Jesús se encuentra con un leproso que tiene la osadía de romper la norma que lo obligaba a permanecer alejado de la ciudad y de la comunidad debido a su enfermedad que era considerada impura y contaminante en lo religioso, en lo físico, en lo moral. Jesús – fiel al Padre y a sus convicciones de misericordia y de solidaridad – contraviene esta normativa y se aproxima al hombre, se deja interpelar por él: “Entonces se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: Si quieres, puedes purificarme. Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: lo quiero, queda purificado” (Marcos 1: 40-41).
En la tradición judía la enfermedad era considerada  maldición divina, consecuencia del pecado de quien la padecía – o de sus familiares también! - . En el imaginario de la época la lepra era la patología que se veía como más contagiosa y plena de impureza, la rígida normativa excluía a los enfermos de la vida social: “La persona afectada de lepra llevará la ropa desgarrada y los cabellos sueltos; se cubrirá hasta la boca e irá gritando: impuro, impuro! Será impuro mientras dure su afección. Por ser impuro, vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento” (Levitico 13: 45-46).
El enfermo de lepra era un muerto en vida. Aquí mismo en Colombia recordamos cómo – a finales del siglo XIX y buena parte del XX – las leyes del estado confinaban a los afectados en tres poblaciones: Contratación (Santander), Agua de Dios (Cundinamarca), Caño de Loro (Bolívar), ir allí era un exilio definitivo, apartados para siempre de los suyos, como en campo de concentración, y con restricciones convertidas en leyes que hacían más violento y doloroso ese destierro.
En la práctica del judaísmo antiguo eran los sacerdotes los encargados de examinar a los pacientes y emitir un veredicto de impureza, con sus consecuencias de exilio de la población, vida en soledad, indignidad y demás concomitantes de maldición y excomunión. Conviene recordar – para que nunca más se repitan estas prácticas – que todo aquel sistema normativo religioso generaba permanente exclusión de personas por motivos de sexo, salud, condición social, edad, religión, nacionalidad (Para tener mejor ilustración sobre el particular recomendamos leer completos los capítulos 13 y 14 de Levítico).
Esta Palabra nos exige confrontar nuestros “mapas mentales”, aquellas categorías con las que injustamente clasificamos a la gente, dominados por prejuicios e imaginarios que nos “educan” para excluír y condenar: los ataques cruentos e incruentos a la población LGBT, el bullying que se hace a quienes no cumplen con los indicadores de “normalidad”, el recurso a la ridiculización, el acoso y el desprecio, y las grandes determinaciones políticas, económicas, religiosas que resuelven crear categorías de gentes superiores e inferiores.
 Hay que decir que muchas personas bien formadas, con reconocimiento social, participan de estas actitudes y conductas, y ejercen brutal violencia sobre muchas personas, van a misa, rezan, se dicen  honestas, cumplidoras, y aparentemente tienen la conciencia tranquila porque no son como aquellos, corruptos, contaminantes y pecadores! Somos de esos, nos sentimos defensores de la moral y de las buenas costumbres al condenar a muchos a la permanente marginación porque no son “buenos” como nosotros?
Qué plantea Jesús?  Se compadece, entra en contacto directo con el enfermo, lo toca, hace suyo este drama, rompe la rigidez de la norma religiosa,  salta la ley que margina y excluye, pone al ser humano como criterio fundante de su comportamiento, confronta la intransigencia de su propia religión, está a favor de la vida, de la felicidad, del reconocimiento de la dignidad de cada ser humano. La vida y las personas por encima de la ley, no al revés.
Después de la curación, le pide silencio al recién sanado – lo que conocemos como “secreto mesiánico” en el evangelio de Marcos – y lo envía al sacerdote como signo de reinclusión en la dinámica social: “Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio” (Marcos 1: 43-44).
Es clarísimo que lo que Jesús ratifica con este proceder se refiere a la voluntad de Dios que desea y aún puede actuar por encima de las normas, recuperando la vida y la dignidad de sus hijos.
Cabe advertir que  en Colombia estamos llenos de prejuicios religiosos y políticos,  se respira con particular intensidad en este ambiente pre-electoral, se llena de pánico a la comunidad con el fantasma del comunismo castrochavista, se rechaza un proceso de paz adoptando un altísimo nivel de intolerancia, los políticos manipulan a la población valiéndose de sus miedos y de sus prevenciones… Todo para seguir manteniendo el malsano funcionamiento social de privilegios, de descalificación del adversario, de incapacidad de salir de los egoístas linderos de intereses económicos y políticos. Recordando de nuevo que muchos de los que proceden así son cristianos, católicos y evangélicos!
El feliz curado e incluído no hace caso de la recomendación de Jesús, rompe el silencio, y pregona con entusiasmo su experiencia de liberación. No se sirve de la mediación sacerdotal para anunciar su nuevo estado de vida, sino que se autoincluye y decide él mismo proclamar la Buena Noticia: “Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse fuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes” (Marcos 1: 45).
Al asumir la causa de los excluídos, Jesús se convierte en uno más de ellos. Argumento poderoso para los sacerdotes del templo y maestros de la ley que le empiezan a considerar hereje, blasfemo, contrario a las tradiciones religiones de Israel, inmoral, reo de la justicia. En esas afueras, en esos suburbios existenciales brota la nueva vida que viene del Padre y por eso muchos acuden a El para recibir su anuncio vital de justicia y de reivindicación.
Pablo, libre del sometimiento a la ley judía y a todo su establecimiento religioso-moral, gracias a su encuentro con Jesús, que le hace dar un giro radical de convicciones y de estilo de vida, invita a sus cristianos de Corinto – y por extensión, también a nosotros – a desarrollar un modus vivendi que sea para gloria de Dios: “En resumen, sea que ustedes coman , sea que beban, hagánlo todo para gloria de Dios. No sean motivo de escándalo ni para los judíos ni para los paganos ni tampoco para la Iglesia de Dios” (1 Corintios 10: 31-32).
Leyendo sutilmente entre líneas podemos apreciar una invitación a vivir la integridad de lo humano en clave teologal, punto de referencia para establecer la coherencia de todo lo que hacemos en la perspectiva del Dios compasivo y se misericordioso que se nos revela con plenitud en la persona de Jesús. La genuina humanidad adquiere todo su sentido con la inserción en ella de la divinidad y esta “se agacha” para implicarse encarnatoriamente en toda nuestra condición , con la intención de que accedamos a vivir la nueva humanidad que Jesús trae para beneficio de todos: “Hagan como yo, que me esfuerzo por complacer a todos en todas las cosas, no buscando mi interés personal, sino el del mayor número, para que puedan salvarse. Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo” (1 Corintios 10: 33 a 11: 1).
Jesús se pone incondicionalmente al servicio del ser humano, y nos señala como camino de realización que le sigamos en lo mismo. Dios no tiene nada que ver ni con la injusticia ni con las condenaciones-exclusiones, ni siquiera cuando estas están amparadas por leyes civiles o religiosas. Aquí lo absoluto es el bien del ser humano, su liberación y su salvación. Desafortunadamente muchos cristianos siguen insistiendo en las leyes, en los rituales, desconectados de la vida, por eso no son buena noticia.
El evangelio de Jesús es siempre anuncio del nuevo orden de vida, viene en nombre del Padre que invita al ágape, a la comunión, si Dios nos acepta lo coherente es que procedamos del mismo modo dando cauce a una cultura del encuentro y de la aceptación, punto de partida para terminar con tantas violencias y para implantar en la historia las mejores razones para la esperanza.

domingo, 4 de febrero de 2018

COMUNITAS MATUTINA 4 DE FEBRERO DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios”
(Marcos 1: 39)
Lecturas:
  1. Job 7: 1-7
  2. Salmo 146
  3. 1 Corintios 9: 16-23
  4. Marcos 1: 29-39

La más grande inquietud para el ser humano, raíz de interminables preguntas existenciales, reside en el problema del mal y en el misterio de la muerte. Por qué Dios – si existe preguntan muchos – permite la injusticia, el sufrimiento de los inocentes, la mala suerte de muchos justos, la inagotable cadena de violencias y atentados contra la dignidad humana , el “éxito” - ¿???- de los malvados? Qué pasa con el asunto esencial del derecho a la felicidad si el fantasma de la muerte nos acecha de continuo?
El esfuerzo de responder a estos interrogantes está en la base de muchos desarrollos existenciales, de las ofertas religiosas y espirituales, de actitudes vitales prácticas. Hay propuestas serias, razonables, consistentes, avaladas por las vidas coherentes de millones de seres humanos, que se lanzan a la aventura de la vida dotados de notable consistencia interior, sus relatos vitales – un Martin Luther King, una Ana Frank, por ejemplo – son indicadores de una estatura espiritual que sabe ir más allá de las contradicciones y extremas dificultades a las que se ven expuestos tantos hombres y mujeres.
Surgen también el sentimiento trágico de la vida, la desesperación extrema, la conciencia de que el absurdo rodea la humanidad y luego ingresa hasta sus más profundas entrañas convirtiendo en infierno tantos relatos vitales que más bien son historias sin horizonte. Ya lo expresaba Albert Camus (1913-1960) con dramático realismo, el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio!
Los textos que la Iglesia ofrece a nuestra consideración este domingo nos llevan a pensar, a orar, a discernir, sobre el problema del mal, sobre el sufrimiento que parece no tener respuesta, y también sobre la misión de Jesús, que sana, salva y libera de la angustia radical. La primera lectura, proveniente del clásico libro de Job, justamente está llena de preguntas radicales y aparentemente encerradas en el círculo de la tragedia: “Como un esclavo que suspira por la sombra, como un asalariado que espera su jornal, así me han tocado en herencia meses vacíos, me han sido asignadas noches de dolor. Al acostarme pienso: cuándo me levantaré? Pero la noche se hace muy larga y soy presa de la inquietud hasta la aurora” (Job 7: 2-4).
Job es el escrito clásico que enfrenta estos interrogantes y propone las diversas posturas ante el misterio de siempre, radical y estremecedor. Sabemos que no es un relato histórico sino una reflexión sapiencial, en el que el mundo del Antiguo Testamento encara el asunto más doloroso que podemos vivir los seres humanos.
La figura del justo afectado por vacíos, muertes, desposesiones, desarraigos, transita por todo el libro, primero viviendo su crisis y la correspondiente protesta, luego asediado por consejeros y amigos, que traen a cuento sus posturas: renegar de Dios, abdicar de la esperanza, entregarse fatalmente a la tragedia, refugiarse en una religión que elude la responsabilidad de afrontar el dolor. También le llegan las voces del sentido, las que lo alientan a no perder de vista el horizonte de lo definitivo, a permitir que la esperanza sí tenga un espacio razonable y decisivo en las posibilidades de los hombres.
El relato es una biografía de la humanidad, y una reflexión profunda sobre cómo se viven los procesos del mal y del amanecer a la novedad de una vida liberada y transfigurada desde la experiencia del Dios viviente, cuya intencionalidad irreversibel es estar siempre de parte del ser humano. Cómo llegar a ello? Cómo descubrirlo?
Delante de sus amigos, Job desnuda su corazón desencantado. Ellos, que defienden una teología desencarnada, distante de la vida real, no pueden comprender la queja suya, ni acompañarlo plenamente en su dolor. El grito de Job está presente en la cotidianidad de mucha gente, que enfrenta vidas de dificultad desmesurada. Job compara su historia con la de un eterno infeliz: “Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la felicidad” (Job 7: 7), es el lamento que quien perdió toda ilusión para salir de la oscuridad.
El texto contiene una reflexión sobre la presencia injustificada del mal en el mundo, ante lo cual necesitamos “justificar” también a quienes podrían resultar implicados en su existencia. A Dios, en primer lugar. Contra El solemos rebelarnos cuando vienen los fracasos, la muerte de los seres queridos, las bancarrotas económicas, las enfermedades, las injusticias que sufren a diario millones de prójimos.
En los tiempos de la segunda guerra mundial (1939 – 1945), y en los años que la siguieron, floreció en Europa el existencialismo ateo, dramático, saturado de absurdo, como resultado del desencanto que significó para ese continente - que se ha preciado desde hace siglos de culto y civilizado – la tragedia de una conflagración que destruyó más de cincuenta millones de vidas, con sus fatídicos campos de concentración como Auschwitz, Dachau, Lubianka, con la barbarie del nazismo y del terror staliniano.
Qué quedaba? El ser y la nada, la peste, la náusea, como rezan los títulos de algunos libros de Jean Paul Sartre (1905-1980), tal vez el mayor profeta de tan gran desilusión.
Cómo respondemos desde la fe cristiana a esta cuestión radical? Nos vamos por las ramas con una religiosidad evasiva, que aliena a las personas y las refugia en el paraíso artificial de rezos, inciensos, piedades desconectadas de la responsabilidad de transformar las condiciones del dolor? O recibimos de Dios mismo, de Jesús, el desafío de hacer frente con entereza espiritual, como la suya en la injusta tragedia de su cruz?
Jesús entra a hacer parte de la vida de las personas en su cotidianidad, en sus gozos y esperanzas, en sus vacíos y en sus inquietudes. El domingo anterior lo vimos sanando a un endemoniado, y exorcizando la ideología del mal, desafiando las fuerzas posesivas que destruyen la integridad del ser humano. Hoy, lo acompañamos con Simón y Andrés a la casa de Pedro: “Cuando salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre y se lo dijeron de inmediato. El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos” (Marcos 1: 29-31). Y después sigue entregado a muchos otros, curando y devolviendo el encanto de vivir.
La suegra de Pedro recupera su salud y su capacidad de servicio. Cuántas veces nos hemos visto sometidos a crisis profundas, a desarraigos totales, a situaciones en las que nos parecía haber perdido toda ilusión! Y cuántas veces vinieron también experiencias gratuitas de rescate, de solidaridad y cercanía liberadora, de volver a vislumbrar la esperanza en medio del sufrimiento! Manos amigas, solidaridades entrañables, Dios que escribe derecho con letras torcidas, miles de prójimos como nuevos Job que regresan a un amanecer purificados y fraguados por el dolor, ahora más sólidos, madurados definitivamente para el sentido y las mejores razones para vivir con significado.
No podemos ignorar nunca las grandes tragedias de la humanidad, somos insistentes en ese aspecto. Los millones de personas afectados por la pobreza y el desarraigo de su hábitat, las víctimas del mal encarnado en seres humanos que deciden arrasar y asesinar, la arrogancia de gobernantes cuyas determinaciones matan y desalojan, la perversidad del modelo económico neoliberal bien conocido por su potencia causante de miseria, las mil “razones” irrazonables que segregan, fracturan, agreden, disuelven la felicidad del prójimo. Seguir el camino de Jesús es ir con El a las calles de la vida y trabajar con su mismo estilo para erradicar el mal, aunque esto suene a faena quijotesca e imposible.
Anunciar hoy el Reino de Dios y su justicia no es cuestión de palabras piadosas, de formalidades rituales, de juicios moralistas, de imposición de obligaciones tediosas, de Jesús nos viene el imperativo de luchar contra el mal, de ser evangélicamente constructivos y redentores, de sanar y rehabilitar a los hermanos disminuídos por el mal, de ponernos incondicionalmente a su servicio, de ejercer la más radical projimidad, de acompañar y dignificar la vida, de reencantar la creación.
Marcos, en el evangelio de hoy, indica que: “Por la mañana, antes de que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto, allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron le dijeron: todos te andan buscando” (Marcos 1: 35-37). Su trabajo sanador no surge de una condición milagrera sin más, como la de tantos taumaturgos baratos que circulan por el mundo prometiendo el oro y el moro, lo suyo es la tarea de Dios, por eso intima permanentemente con el Padre, a El va con el dolor de su gente, y de El sale para devolver a muchos el encanto de vivir: “Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido. Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios” (Marcos 1: 38-39).
Jesús, inserto en lo más hondo de los sufrimientos humanos, encarnado en la pasión por la vida que bulle en toda tragedia, se acerca compasivamente a todos, no se fatiga en su ministerio de curación, va hasta la cruz por esta causa que moviliza todo su ser, y se constituye en referencia fundante para todos los que quieran tomarle en serio, que no es otra cosa que tomar en serio a Dios, a la vida, a la humanidad que clama por ser liberada del dominio del mal.
No es la muerte la que tiene la última palabra sobre la vida humana, ni sus fatídicos mensajeros, es Dios el que decide lo definitivo para nosotros, y lo suyo es vitalidad sin límites, dignidad, esperanza, trascendencia, sentido total de la existencia. Queremos hacer parte de esta misión?

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