domingo, 26 de junio de 2011

DOMINGO 26 DE JUNIO SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO: COMUNITAS MATUTINA


Lecturas de hoy
1.      Deuteronomio 8: 2-3 y 14-16
2.      Salmo 147: 12:20
3.      1 Corintios 10:16-17
4.      Juan 6:51-58
En este domingo la Iglesia quiere reconocer y honrar la realidad eucarística, el sacramento de la presencia del Señor Jesùs en su cuerpo y en su sangre, tradicionalmente llamada esta celebración como Corpus Christi.
Los elementos que podemos destacar para nuestro crecimiento en el Espìritu y para nuestra oración los podemos destacar asì:
1.      En el Antiguo Testamento (texto de Deuteronomio) se hace presente a Dios (Yavè) como el que està permanentemente comprometido con la vida del pueblo que El eligió para ser el pueblo prototipo de la fe. Especialmente en el gran recorrido del desierto hacia la Tierra Prometida, se hace evidente esta condición de Dios que, a pesar de todas las crisis vividas en el desierto (hambres, carencias, desesperación), mantiene la vitalidad del pueblo: “El te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentò con manà – que tù no conocías ni conocieron tus padres – para enseñarte que el hombre no sòlo vive de pan ,sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (Deuteronomio 8: 3). Dios es creador y comunicador de vida, y permanece siempre comprometido para que sus creaturas se mantengan en esa dinámica vital, por eso alimenta y crea todas las condiciones para que ninguno de los suyos perezca, desfallezca. Esta memoria es central en el pueblo israelita y es una de las líneas esenciales que estructura su historia.
2.      El libro del Deuteronomio, quinto del Pentateuco, representa una tendencia renovadora en la fe de Israel, es el rescate de las tradiciones creyentes  originales del desierto, de lo vivido en esa experiencia en la que descubren a Dios como liberador de todos sus males, esclavitudes, vacìos, y lo experimentan en la experiencia concreta de su historia, y  particularmente en esa prolongada y crìtica travesìa del desierto. El manà es la evidencia de Dios que alimenta, que responde a todas sus búsquedas de sentido, que sacia el hambre que se vive cuando no se tienen las claridades requeridas para llevar una vida con significado. Esta tendencia deuteronomista, contenida en este libro y en los profetas, es una explicitación de la fe en el Dios que interviene en la historia de Israel para hacerlos pueblo digno, libre, paradigma de la humanidad que surge de la alianza, y se da el Deuteronomio en un contexto en el que muchos habían olvidado estas realidades originales del desierto, y se habían dedicado a un culto religioso vacìo de realidad histórica, de humanismo, de solidaridad, de vida profética, de coherencia entre la fe y la vida, dando mucho peso al rito solemne pero sin conversión del corazón. Por esta razón, muchos de los textos proféticos de corte deuteronomista están imbuìdos de un espíritu muy exigente que propende con el mayor vigor por la purificación del culto y de la religión para rescatar la conciencia y la experiencia del único Dios que libera verdaderamente, y en el texto que hoy proclamamos es la referencia al recuerdo del Dios que con el manà alimentò y mantuvo vivo al pueblo creyente.
3.      En el texto de  1 Corintios San Pablo, con una pregunta, afirma que el pan y el cáliz de bendición es comunión con el cuerpo de Cristo, que en ese gesto somos beneficiarios directamente del mismo Señor quien nos implica en la realidad sacramental, salvadora, de su cuerpo y sangre derramados para tener parte en la vitalidad decisiva que Dios nos comunica a través de Jesùs, y lo matiza con el carácter comunitario que se deriva de aquí: “Uno es el pan y uno es el cuerpo que formamos muchos; pues todos compartimos el único pan” (1 Corintios 10:17). La significación eficaz de la Eucaristìa es que Jesùs està presente en el pan y en el vino, esta sacramentalidad prolonga en la historia el don que Jesùs ha hecho de su vida con su cuerpo inmolado y su sangre derramada, don que es en sì mismo meritorio y que nos hace participar del beneficio salvador y liberador allì contenido, y esta participación nos hace comunidad de los que creemos en El y queremos que nuestra vida se configure con la de El. La comunidad de los creyentes, la Iglesia, se expresa y se celebra en la Eucaristìa. En este sacramento Jesùs se sigue implicando en nosotros, los bautizados, y esto lo hace convocándonos a vivir en comunidad, y haciéndose El mismo el centro vital de la misma.
4.      Por esto, la Eucaristìa tiene una dimensión social, no es un ritual religioso para satisfacer necesidades individuales de piedad y devoción, ni tampoco una ceremonia para legitimar religiosamente cualquier cosa en la vida (misa para inaugurar un local comercial, para bendecir las armas de los militares, etc.,como suele suceder, o para que el sacerdote se ponga a decir palabras para apoyar tal o cual grupo social o político, o para condenar estas o aquellas actuaciones). La Eucaristìa es esencialmente eclesial, comunitaria, en nombre de Jesùs, esto quiere decir que su vigor sacramental nos compromete a las relaciones justas, equitativas, solidarias, fraternas, a llevar un estilo de vida respetuoso de todas las personas en sus múltiples diferencias culturales, étnicas, religiosas, sociales, ideológicas, y a construir una manera vida en diálogo y comunicación. Y también, y esto debe ser muy fuerte, la significación eucarística debe llevarnos a la construcción de una sociedad justa y equitativa, afirmando una opción preferencial por los màs débiles ,excluìdos, afectados por la pobreza y por la injusticia. Recuerdo muy bien el profundo carácter social que tuvo el XXXIX Congreso Eucarìstico Internacional en Bogotà, agosto de 1968, que contò con la presencia y la presidencia del Papa Pablo VI. El mensaje de solidaridad, de compromiso con el desarrollo de los pueblos, de promoción de la dignidad humana, fue central en la temática de este evento, y esto determinò una influencia notable en la iglesia latinoamericana de aquellos años, que en ese mismo momento se ratificò con las conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, reunida en Medellìn, y que fue inaugurada por el mismo Papa Montini.
5.      Yo soy el pan vivo bajado del cielo.Quien coma de este pan vivirà siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne” (Juan 6: 51). Asumiendo la centralidad del alimento  y de la bebida en la vida de los seres humanos, como garantes de salud y bienestar, Jesùs adopta el significado del pan y del vino en el contexto de la Cena y lo instaura como significación real de su presencia alimenticia y  comunicadora de la vida de Dios para todos los que nos beneficiamos del sacramento. Jesùs se hizo presente en nuestra historia para acercarnos a Dios, para insertar a Dios en nuestra historia, y para cambiar la perspectiva de muerte y sin sentido en una perspectiva de vida trascendente, de libertad, de dignidad. El sacramento de la presencia real de Jesùs en el  pan – cuerpo – y en el vino – sangre – es una legitimación de la vitalidad de Dios en nosotros que en Jesùs nos alimenta de eternidad, de superación gozosa de los lìmites que nos impone la condición humana. El mismo se parte y se comparte para darnos el sentido de la vida, el sacramento se refiere a El que no reservò para sì ni el derecho a vivir, que lo entregò todo para hacernos acreedores a los beneficios decisivos del Padre, que llenò todo lo nuestro de sentido y esperanza. La vida cristiana no es adhesión a una ideología religiosa ni pràcticas devocionales, es la implicación esencial con Jesùs, con su manera de relacionarse con Dios, con su Evangelio, con sus Bienaventuranzas. En la Eucaristìa Jesùs se implica con nosotros, y nosotros con El. Y esto se hace en el proceso alimenticio en el que el don es El mismo.
Antonio Josè Sarmiento Nova,S.J.
Provincia Colombiana de la Compañìa de Jesùs
Pontificia Universidad Javeriana
Domingo 26 de junio de 2011.

Encuentros con la Palabra, por Hermann Rodríguez Osorio, S.J., El Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo – Ciclo A (Juan 6, 51-58) – 26 de junio de 2011

“Yo soy el pan vivo”

Había una vez un pan malo que, tan pronto salió del horno, fue colocado, contra su voluntad, en la vitrina de la panadería junto a otros muchos panes. Poco a poco los clientes se fueron llevando todos los panes y sólo quedó el pan malo que siempre que trataban de agarrarlo, gritaba y protestaba para que no lo tocaran. De pronto, llegó una señora a comprar pan y, como no encontró más, se llevó el pan malo que refunfuñó disgustado: – “¿A dónde cree que me lleva?” La señora le dijo: –“Pues te llevo a mi casa, donde hay cuatro niños que te esperan para poder ir a la escuela a estudiar todo el día”. El pan malo no tuvo más remedio que dejarse llevar, pero siguió refunfuñando para sus adentros... Tan pronto estuvo en medio de la mesa del comedor de la familia y se sintió amenazado por los cuatro niños, comenzó a gritar: –“¡No tienen derecho a hacerme daño! ¡Yo no quiero que me partan, ni estoy dispuesto a que me coman! ¡No lo voy a aceptar de ninguna manera!”.

Los niños, estupefactos, se contentaron esa mañana con el café con leche y algunas galletas que había del día anterior... Dejaron el pan malo sobre la mesa y se fueron a la escuela sin discutir más con el... Pasaron los días y la señora terminó tirando el pan malo a la basura, porque se puso tieso y nadie se lo quería comer...

Había, en cambio, otro pan bueno que tan pronto salió del horno, crujiente y tierno, se sintió feliz de que se lo llevaran de primero para la casa de una familia numerosa. Cuando lo colocaron sobre la mesa, sabiendo que lo iban a partir y que se lo iban a comer, agradeció a Dios porque podía darle vida a los niños que iban a estudiar a la escuela. Tuvo miedo y le dolió cada uno de los embates del cuchillo que lo fue rebanando poco a poco; luego, cuando sentía cada mordisco, sufría, pero sabía que los niños lo necesitaban para jugar, para estudiar, para reír toda la mañana. Así que se ofreció con generosidad hasta el final, sin dejar sentir el dolor que lo embargaba.

Esta historia la suelo contar a los niños y niñas cuando hacen su primera comunión; a partir de este sencillo cuento, converso con ellos sobre el valor de la entrega, del sacrificio por los demás, de la entrega generosa de Dios a través de su Hijo en la Eucaristía. Los niños, como los que escuchaban al Señor, se preguntan aterrados: ¿cómo puede este darnos a comer su propio cuerpo?

Leyendo a santo Tomás de Aquino, podemos entender un poco mejor el sentido de la fiesta de hoy y de los textos bíblicos que nos propone la Iglesia para la celebración de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: “El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres (...) Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión (...)”.

Participar de la vida del Señor, por haber comido su carne y haber bebido su sangre, es participar de su vida divina, que no es otra cosa que una vida entregada, por amor, hasta la muerte. Por eso, “el que come de este pan, vivirá para siempre”, porque es una vida que no termina, sino que se transforma en vida para el mundo, como el pan generoso que se hizo risa y alegría en los niños del cuento.

El Mensaje del Domingo, por Gabriel Jaime Pérez, S.J., Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Ciclo A – Junio 26 de 2011

El Mensaje del Domingo, por Gabriel Jaime Pérez, S.J., Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Ciclo A – Junio 26 de 2011 PDF Imprimir E-mail

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día».
«Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. La persona que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo habito en ella. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, quien  me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de los antepasados de ustedes, que lo comieron y murieron; quien come de este pan vivirá para siempre.» (Juan 6, 51-58).

1. La Eucaristía, sacrificio y sacramento
La fiesta solemne del Cuerpo y la Sangre de Cristo comenzó a celebrarse desde el año 1246 en la ciudad belga de Lieja y fue extendida luego a toda la Iglesia occidental por el papa Urbano IV en 1264, para proclamar la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Era preciso reafirmar así la adhesión a este misterio de nuestra fe, con el fin de contrarrestar los planteamientos de quienes en aquella época negaban dicha presencia real y enseñaban que el pan y el vino consagrados en la Eucaristía -o en la Misa- eran simplemente un símbolo conmemorativo de la última cena del Señor con sus discípulos.
La Eucaristía es un sacrificio y un sacramento. Como sacrificio, es el memorial que no sólo recuerda sino que además actualiza el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, nuestro Redentor. Como sacramento, es un signo sensible de la acción salvadora de Dios por medio de su hijo Jesucristo resucitado, su Palabra hecha carne que nos alimenta espiritualmente al comunicarnos su propia vida, y que por la acción del Espíritu Santo nos une en comunidad.
Esto es lo que nos muestran las lecturas bíblicas en la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Deuteronomio 8, 2.3.14b-16a; I Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58).

2. La Eucaristía es presencia de Cristo resucitado,
Palabra de Dios que nos alimenta
La presencia de Cristo en la Eucaristía no es aparente, es real. Pero esta realidad no es la de un fenómeno material verificable por los sentidos o por una experiencia físico-química, sino la de un misterio de orden espiritual, sólo captable por la fe. Esto es precisamente lo que nos enseña el Evangelio de Juan con el Discurso del Pan de Vida pronunciado por Jesús después de la multiplicación de los panes, del que se nos presenta hoy un fragmento. Los versículos con los que continúa el capítulo 6 de este Evangelio (59-63) son claros al respecto, sobre todo cuando Jesús explica que las palabras que ha dicho “son espíritu y vida” (6, 63), refiriéndose al sentido de lo que Él quiere significar cuando dice: “mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (6, 55), y evocando como una prefiguración de esta realidad el “maná”, aquél “pan bajado del cielo” con el que, tal como nos lo cuenta el libro del Deuteronomio en la primera lectura, Dios mismo había alimentado a los israelitas en el desierto mientras caminaban hacia la tierra prometida.
Ahora bien, esa presencia espiritual suya después de su muerte y resurrección, quiso invitarnos nuestro Señor Jesucristo a reconocerla en las especies del pan y el vino consagrados en la Eucaristía con el rito y las palabras que Él mismo,  en la última cena antes de su pasión, les dijo a sus primeros discípulos que repitieran después en conmemoración suya. En este sentido, el pan y el vino, en virtud de la consagración así realizada, gracias la acción del mismo Espíritu Santo por cuya obra y gracia la Palabra se hizo carne, se convierten para nosotros en el cuerpo y la sangre, es decir, en la presencia viva de Jesús que nos entrega su vida. Él es, de esta manera, la Palabra de Dios que nos alimenta no sólo con sus enseñanzas, sino con su propia vida resucitada que Él mismo nos comunica, estando siempre disponible para nosotros en lo que llamamos el Santísimo Sacramento. Tal es el sentido de la adoración a las hostias consagradas que quedan en el Sagrario después de la celebración de la Santa Misa.

3. La Eucaristía, sacramento de Jesucristo resucitado que nos une en comunidad
Al compartir en la sagrada comunión la presencia de Jesucristo que se nos comunica alimentándonos con su vida resucitada, su Espíritu Santo nos une en un solo cuerpo, nos hace una comunidad de amor que celebra y vive la “Acción de Gracias”, que es lo que significa en griego la palabra “Eucaristía” (2ª Lectura: 1 Corintios 10, 16). Así sucedió con los primeros discípulos de Jesús unidos en oración con María, su madre -en quien por obra del mismo Espíritu la Palabra de Dios se hizo carne- y así también sucede con nosotros cuando en la Santa Misa se hace presente Cristo resucitado y nos alimenta con su Cuerpo y Sangre gloriosos.
Terminemos evocando la última Carta Apostólica que dejó el ya Beato Papa Juan Pablo II como una especie de testamento para el Año de la Eucaristía (2005), en el cual pasó a la vida eterna:
“La Iglesia es el cuerpo de Cristo: se camina «con Cristo» en la medida en que se está en relación «con su cuerpo». Para crear y fomentar esta unidad Cristo envía el Espíritu Santo. Y Él mismo la promueve mediante su presencia eucarística. En efecto, es precisamente el único Pan eucarístico el que nos hace un solo cuerpo. El apóstol Pablo lo afirma: «Un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» (1 Co 10,17)” (n. 20).- “El Pan eucarístico que recibimos es la carne inmaculada del Hijo: «Ave verum corpus natum de Maria Virgine» (Te saludo, cuerpo verdadero nacido de María Virgen”). Que en este Año de gracia, con la ayuda de María, la Iglesia reciba un nuevo impulso para su misión y reconozca cada vez más en la Eucaristía la fuente y la cumbre de toda su vida” (n. 31).-

Pistas para la Homilía, por Jorge Humberto Peláez S.J., Fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor (26-junio-2011)

1. Lecturas:
a. Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª
b. I Carta de san Pablo a los Corintios 10, 16-17
c. Juan 6, 51-58

2. Hoy celebra la liturgia la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor. Al establecer esta festividad, la Iglesia nos invita a renovar la fe en la presencia real de Jesucristo resucitado que se nos da como alimento. En particular, podemos aprovechar esta celebración para reflexionar sobre el valor que le damos a la eucaristía en nuestra vida de creyentes.

3. Hay palabras y gestos muy expresivos que, por causa de la repetición, terminan perdiendo su significado. Algo semejante nos puede pasar con la celebración eucarística; lastimosamente, sus palabras y fórmulas van cayendo en la rutina y se repiten de manera automática.

4. Los primeros que debemos hacer esta reflexión somos los sacerdotes, que debemos preguntarnos por el lugar que ocupa la celebración de la misa en nuestra vida sacerdotal: ¿en la práctica – y no en la teoría – es el centro de nuestra espiritualidad? Hay sacerdotes cuya identidad está desdibujada y no hay diferencia entre lo que hacen ellos y las tareas que lleva a cabo un funcionario cualquiera de una organización del mundo productivo o de una ONG. La eucaristía debe alimentar todas nuestras acciones pues es el encuentro por excelencia con Jesús resucitado, razón de ser de nuestra vida.

5. Si la eucaristía ocupa el lugar central dentro de nuestras actividades diarias, debemos prestar atención a todo lo que tiene que ver con su preparación.
a. La preparación empieza por el clima interior que cultiva el sacerdote que se dispone a celebrar el misterio por excelencia del amor de Dios; a través de la oración debemos disponer nuestro corazón y nuestra mente.
b. El sacerdote debe conocer previamente las lecturas que van a ser proclamadas a la comunidad; este conocimiento le permitirá articular las oraciones litúrgicas, los textos bíblicos, las preces comunitarias y las necesidades particulares de los fieles.
c. Tratándose de la celebración dominical, la homilía es un elemento esencial y, por tanto, debe ser cuidadosamente preparada. No se trata de presentar las ideas y teorías personales del predicador; el objetivo es facilitar la conexión entre la Palabra y la vida real de los feligreses; por tanto, debe ser concreta, focalizada alrededor de un tema para no caer en dispersiones, motivadora, breve. Muchos sacerdotes desperdician este momento único de evangelización y tratan, de manera desarticulada, numerosos temas aburriendo a los fieles…
d. Si en esa eucaristía se conmemora algún evento particular (aniversario de difuntos o cumpleaños o aniversario de bodas), el sacerdote debería tener una mínima información preliminar para hacer una alusión que sea pertinente.

6. Es importante que los sacerdotes nos preparemos para celebrar dignamente el misterio eucarístico, superando cualquier tipo de improvisación. Es igualmente importante que seamos muy cuidadosos con las formas litúrgicas. La vestimenta, las palabras, los gestos y el ritmo de la celebración deben expresar la solemnidad y la dignidad del misterio eucarístico; la actitud de quien preside la asamblea litúrgica es definitiva para crear una atmósfera de recogimiento y oración.

7. Así como los sacerdotes debemos interrogarnos sobre el lugar que ocupa la eucaristía en nuestras vidas, también los demás fieles deben hacer un serio examen de conciencia a este respecto:
a. Para muchos bautizados, la misa dominical es un posible programa de fin de semana que se cancela si aparece otra alternativa más interesante. No tienen conciencia de que la eucaristía es “cumbre y fuente” de la vida cristiana, y por eso ocupa un lugar secundario dentro de la agenda.
b. Hay una diferencia fundamental entre asistir a la misa y participar en ella; asistir es lo que hace el espectador que va a algún espectáculo que puede ser más o menos divertido; participar es tomar parte activa en la celebración y sentirse involucrado personalmente en ella.
c. Respecto a la participación de los fieles en la liturgia, tenemos que reconocer que nuestras celebraciones son un poco acartonadas. Aceptando estas deficiencias, los invito a hacer parte integral de las celebraciones a través del canto, de las respuestas, de la escucha atenta de la proclamación de la Palabra de Dios, de las peticiones y, sobre todo, acercándose a recibir el Cuerpo del Señor.

8. En este fiesta del Cuerpo y Sangre del Señor fortalezcamos la dimensión comunitaria de la eucaristía:
a. Nos sentamos alrededor de la mesa del Señor como comunidad de fe y no como comensales solitarios; esto exige que las parroquias lleven a cabo un cuidadoso trabajo de integración entre los diversos colectivos que existen en ellas para que la masa anónima se transforme en una comunidad que se conoce; la creatividad debe idear formas para que se produzcan estos acercamientos.
b. Desde sus orígenes, la Iglesia comprendió la inseparable conexión entre la participación eucarística y la justicia social; es un sinsentido que quienes se sientan juntos para escuchar la palabra de Dios y comparten el mismo Pan de Vida, después se miren con sospecha y generen dinámicas perversas de explotación.

9. Es hora de terminar nuestra meditación dominical en esta fiesta en honor del Cuerpo y Sangre del Señor; reavivemos nuestra fe en este sacramento que nos comunica la vida divina y nos da fuerzas para nuestro caminar diario; y revisemos las actitudes con que todos – sacerdotes y fieles – nos acercamos a la mesa del amor y la fraternidad.

sábado, 25 de junio de 2011

Evangelio del domingo: Hambre de Dios, hambre de hermano Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm,


OVIEDO, jueves 23 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos el
comentario al Evangelio del domingo del Corpus Christi en muchos
países (Juan 6, 51-59), que ha redactado monseñor Jesús Sanz Montes,
ofm, arzobispo de Oviedo.
 
 
* * *
 
Volvemos a la procesión de la vida, por la que procesiona Dios
frecuentando nuestras calles y plazas. Un Dios encarnado que se hace
compañía de nuestra soledad, Pan de nuestras hambres y gesto vivo del
amor que empieza en Dios, abraza al hermano, para volver a Dios. La
fiesta del Corpus Christi pertenece a esa quintaesencia del
Cristianismo como lo atestigua la historia de nuestro pueblo creyente,
que de tantas formas ha recordado, honrado y agradecido el sacra­mento
de la Presencia del Señor entre nosotros: la santísima Eucaristía.
Hasta en los pueblos más humildes donde se celebra la procesión del
Corpus, se engalanan balco­nes, se esparcen tomillos por las calles,
porque el que viene es bendito, santo, Dios.
 
 
El evangelio de esta fiesta nos presenta el célebre discurso de Jesús
sobre el Pan de Vida que tanto escandalizó a los jefes de Israel, y
que dejará un tanto perplejos in­cluso a las personas que empezaban a
seguir con creciente entusiasmo. Tanto será el asombro de sus
discípulos que tendrá que pre­guntar a los Doce: “¿También
vosotros queréis abandonarme?”, a lo que res­ponderá Pedro
espléndidamente aquello de “Señor, ¿a quién iremos?”.
 
 
Jesús se presenta como el pan bajado del cielo, pero con tal cualidad
que a dife­rencia del maná que también bajó del cielo, el que Jesús
ofrece no vale para quitar el hambre fugaz y momentánea, sino el
hambre más honda: la del corazón. Jesús viene como el Pan definitivo
que el Padre envía, para saciar el hambre más profunda y decisiva: el
hambre de vivir y de ser feliz. La carne y la san­gre de la que habla
Jesús no es una invitación a una extraña antropofagia, sino un modo
plástico de indicar que Él no es un fantasma, mas alguien vivo. Y su
Persona viva es el Pan que el Padre da. Comer este Pan que sacia todas
las hambres significa adherirse a Jesús, entrar en comunión de vida
con Él, compartiendo su destino y su afán, ser discípulo, vivir con Él
y seguirle.
 
 
Pero seguir a Jesús, nutrirse en Él, no significa desatender y
abando­nar a los demás. Torpe coartada sería ésa de no amar a los
prójimos porque estamos ocupados en amar a Dios. Jamás
los verdaderos cristianos y nunca los auténticos discípulos que han
saciado las hambres de su corazón en el Pan de Jesús, se han
de­sentendido de las otras hambres de sus hermanos los hombres.
Comulgar a Jesús no es posible sin comulgar también a los hermanos. No
son la misma comunión, pero son inseparables. Y esto lo ha entendido
muy bien la Iglesia cuando al presen­tarnos hoy la fiesta del Corpus
Christi en la cual adoramos a Jesús en la Eucaristía, nos presenta
también a los pobres e indigentes, en el día de Cáritas. Difícil es
co­mulgar a Jesús, ignorando la comunión con los hombres. Difícil es
saciar el hambre de nuestro corazón en su Pan vivo, sin atender el
hambre de los hermanos: tantas hambres en tantos hermanos.

SABADO 25 DE JUNIO


Lecturas de hoy:
1.      Génesis 18: 1-15
2.      Salmo Lucas 1: 46-55 (Cántico del Magnificat)
3.      Mateo 8:5-17
María Irma Suárez de Pachón, integrante de Comunitas Matutina, nos comunica que Zelma Echeverría, residente en USA, sigue adelante con su tratamiento de radioterapia para el cáncer, con un gran temple espiritual y emocional. Recordemos que ellas es una joven esposa, madre y economista. También nos participa que su cuñada Elvira Pachón tiene ahora otras dificultades de salud distintas de las que inicialmente la llevaron a presentarla para la oración de esta comunidad. María Irma hace parte muy comprometida del Movimiento Focolar en Colombia y es integrante de esta comunidad desde sus comienzos, con gusto grande nos unimos a estas intenciones de Zelma y Elvira.
Les propongo como contenido de la oración para hoy que sigamos el Magnificat de María en Lucas 1:46-55, como lo propone el calendario litúrgico para el salmo de este día. Un sencillo seguimiento o lectura sapiencial del texto nos permite detectar los elementos de este himno, que expresa muy bien la lógica del Evangelio:
1.      Reconocimiento de la grandeza de Dios, que no es la propia de un gran señor al estilo del mundo, sino la que reconoce la “humillación de su esclava” (Lucas 1:48).El Dios a quien está alabando y reconociendo María no es un Dios que se fije en las grandezas mundanas, en los poderes temporales, sino en la humildad y en la pequeñez de los que asumen vivir según su voluntad. Es el proyecto de Jesús de anonadamiento, de renuncia al vano honor del mundo.
2.      Por esto, María se siente bienaventurada, y reconoce la acción de Dios en ella, consciente de que este beneficio no es sólo para ella, porque “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lucas 1: 50). Dios no se limita a complacerse en unos pocos elegidos sino que opta por toda la humanidad, respetando su libertad, y hace destinatarios de esa misericordia – fuerza salvadora y restauradora – a todos los que libremente, como ella, quieran acoger ese don. Hay una solidaridad comunitaria en el mismo.
3.      Siguiendo con el primer elemento, el Magnificat pone de manifiesto la preferencia de Dios por los débiles y afligidos, también por los que expresan su necesidad de El y de un sentido trascendente de la vida, y por eso no presumen de riquezas ni de glorias, sino de una apertura radical a los beneficios de su amor. El modelo de ser humano que Jesús propone en el Evangelio se ve muy evidente aquí con el rechazo profético del envanecimiento que proviene del poder, de la riqueza material, de las autosuficiencias propias de la cultura mundana, y con la afirmación del ser humano bienaventurado, solidario, humilde, servidor, necesitado de la acción liberadora de Dios: “derriba del trono a los poderosos, y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lucas 1: 52-53).
4.      Este Dios que hizo una promesa a los padres de Israel es fiel a la misma y está permanentemente comprometido con su cumplimiento, esta es la gran constatación de la fe de Israel, y María lo ve cumplido en ella misma y en el pueblo de Israel, esta no es una fantasía , es una feliz realidad que da significado a su vida, a la vida de todos los creyentes sinceros y limpios de corazón, como ella, y se siente parte de esa historia y de ese pueblo acogido por el don de Dios: “acordándose de la misericordia – como lo había prometido a nuestros padres – a favor de Abraham y de su descendencia por siempre” (Lucas 1: 54-55).
 El capítulo VIII de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II – “Lumen Gentium” – se dedica a María “La bienaventurada Virgen María, madre de Dios,en el misterio de Cristo y de la Iglesia”. Ella expresa en sí misma el modelo del genuino creyente, abierta al don de Dios, incondicional, consciente de que esa dedicación de su libertad al Padre es garantía de una existencia bienaventurada y legitimada en su búsqueda de trascendencia. Así mismo, María asume plenamente el modo de ser evangélico, consciente del significado de su hijo Jesús, dócil a la voluntad de Dios, solidaria y fraterna, humilde y dispuesta a vivir siempre en la perspectiva del reino y de su justicia.
Es  clave que nos despojemos de un cierto marianismo fundamentalista que endiosa en exceso a María y desdibuja su humanidad, muchas devociones y tendencias en el mundo católico tienen esta distorsión. El Magnificat nos coloca en la genuina dimensión de María, la bienaventurada, modelo del ser humano según el Evangelio y privilegiada intercesora ante su Hijo para que vivamos según el Espíritu.
Con ella y con Monseñor Romero y el Padre Arrupe presentamos al Padre  a todos nuestros hermanos de LA LISTA  en este día para que también ellos y ellas, y nosotros , nos dispongamos a vivir según este camino de libertad. Por Jesucristo,Nuestro Señor.Amén.

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