domingo, 28 de agosto de 2011

Encuentros con la Palabra, por Hermann Rodríguez Osorio, S.J., Domingo XXII Ordinario – Ciclo A (Mateo 16, 21-27) – 28 de agosto de 2011

“¡Apártate de mi Satanás!”

¿Quién no quiere realizarse como persona? ¿Quién no busca, por todos los medios, su plenitud? ¿Quién no aspira a ser feliz? El carbón o el estaño, el naranjo o la margarita, la vaca o el ciervo, no necesitan preocuparse por su realización; están programados para cumplir su meta. Si encuentran las condiciones necesarias, serán lo que tienen que ser y ya está... Pero nosotros... Nosotros somos otro cuento… La realización no nos llega automáticamente, sino que tenemos que construirla paso a paso, escalón tras escalón. El camino de los hombres y las mujeres ‘se hace al andar’, decía el poeta andaluz y cantaba el juglar catalán… no encontramos hecho el camino, lo tenemos que hacer.

Pero, ¿cuál es el camino que nos lleva a desplegar todas nuestras potencialidades? ¿Cómo llegar a ser auténticamente humanos? ¿Cómo llegar a ser plenamente felices? La familia, con muy buenas intenciones, pero no siempre de manera acertada, nos advierte sobre las ventajas y los peligros de una u otra opción profesional, matrimonial, existencial... Los amigos y amigas nos aconsejan, muchas veces de acuerdo a su propia experiencia, por dónde debemos seguir... La sociedad, a través de los medios de comunicación y la publicidad, nos señala senderos de plenitud y felicidad, que terminan siendo sólo realidad de novela o alegrías de cartón... Todos quieren ayudarnos a encontrar el secreto de la felicidad.

Sin embargo, a casi nadie se le ocurre decirnos que para encontrar la vida, tenemos que perderla. ¡Qué locura! ¡Cómo se te ocurre! ¡Estás loco! Como Pedro, cuando escuchó a Jesús diciendo que “tendría que ir a Jerusalén, y que los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley lo harían sufrir mucho”, nuestros seres queridos, nuestros amigos, la sociedad entera nos lleva aparte y nos reprende: “¡Dios no lo quiera (...)! ¡Esto no puede pasar!”

La reacción de Jesús es tal vez la expresión más fuerte que haya dirigido a ningún ser humano; a los fariseos los llamó “raza de víboras”; a los escribas les dijo “sepulcros blanqueados”; a Pedro le dice: “¡Apártate de mí Satanás, pues eres un tropiezo para mí! Tu no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres”. Poco antes Lo había llamado dichoso (...) porque esto no lo conociste por medios humanos, sino porque te lo reveló mi Padre que está en el cielo”.

El camino de la felicidad es el despojo de nosotros mismos y de nuestras seguridades: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida?”

¿En qué dirección va la búsqueda de nuestra plenitud? ¿Hacia dónde caminamos cuando aspiramos a realizarnos en la vida? ¿Dónde buscamos la felicidad? Este camino que nos señala el Señor es el único que nos podrá llevar al desarrollo pleno de todas nuestras potencialidades. A los otros planes y proyectos, habrá que decirles con sencillez, pero con decisión: “¡Apártate de mi Satanás!”

El Mensaje del Domingo, por Gabriel Jaime Pérez, S.J., XXII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Agosto 28 de 2011


En aquel tiempo empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, que iba a ser ejecutado y que resucitaría al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: « ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y le dijo a Pedro: «Apártate de mí, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.» (Mateo 16, 21-27).

1.- Empezó a explicarles que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho (…), que iba a ser ejecutado y que resucitaría al tercer día
En el Evangelio del domingo pasado, inmediatamente después de la confesión de Pedro, quien inspirado por Dios había reconocido a Jesús como el Mesías -el Cristo-, Hijo de Dios, Jesús mismo les recomendaba a sus discípulos que no le dijeran esto a nadie por el momento, para contrarrestar los malentendidos de un falso mesianismo. En el pasaje de este domingo, Jesús les anuncia su pasión con el fin de mostrarles lo que implica para Él ser el Ungido por Dios, su Padre, a fin de realizar la salvación de la humanidad. Y al mismo discípulo a quien poco antes había llamado Pedro (Piedra) para indicar la misión que le encomendaría de ser el fundamento visible de su Iglesia, ahora lo llama Satanás (nombre hebreo que significa Adversario, Opositor, Enemigo, y es traducido al griego como Diábolos -en español “Diablo”-) porque su intención de disuadirlo de la pasión y muerte de cruz ya no era inspirada por Dios.
Ahora bien, Jesús no sólo anuncia que va a padecer y ser ejecutado (por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas: las autoridades religiosas que lo entregarían al gobernante romano para que ordenara su muerte de cruz),  sino también que resucitará al tercer día. De esta forma se refiere a su misterio pascual, que comprende tres momentos: (1) su pasión que culminará en la muerte de cruz, (2) su sepultura en el lugar de los muertos, y (3) su resurrección, que es el paso a la vida nueva de su humanidad glorificada.
Lo que nos enseña Jesús es que conocerlo a Él como verdaderamente es, implica reconocer el sentido de ese misterio pascual, porque quien pretenda un Jesús sin cruz, corre el peligro de quedarse con una cruz sin Jesús. Creer de verdad en Jesús es reconocerlo en su pasión, muerte y resurrección, con todo lo que esto significa. Y Él mismo nos lo dice:

2.- “Si alguno quiere ser mi discípulo, olvídese de sí, cargue con su cruz y sígame”
La primera exigencia de ser discípulo de Jesús es renunciar a toda forma de egoísmo y a todo apego o afecto desordenado, para orientar la vida en función de su voluntad, que es voluntad de amor en el servicio a los necesitados. Esta exigencia conlleva la segunda: cargar con la propia cruz, o sea asumir todo lo que implica esa orientación de servicio en términos de una disposición a dar la vida misma. Y la tercera exigencia es seguirlo: adherirse a Él identificarse con sus enseñanzas hasta las últimas consecuencias.
La cruz, que hoy es para nosotros la señal de nuestra identidad como seguidores de Jesús, era hace veinte siglos el patíbulo en el cual el imperio romano hacía morir a los esclavos y a quienes se sublevaban contra su poder. Jesús iba a ser condenado a este patíbulo como consecuencia de haberse puesto de parte y al servicio de los oprimidos, los marginados y excluidos, siendo así una persona incómoda para quienes explotaban a los demás en función de sus intereses egoístas.
El profeta Jeremías es presentado en la primera lectura (Jeremías 20, 7-9) como una prefiguración de Jesucristo. Unos seis siglos antes, aquel profeta había tenido que padecer por cumplir su misión de proclamar la palabra de Dios, que, como él mismo dice, lo había “seducido”. También nosotros, si queremos ser fieles a esta misma palabra, y más concretamente a la Palabra de Dios hecha carne que es nuestro Señor Jesucristo, tenemos que disponernos a todas las consecuencias que implica la decisión de ser sus discípulos.

3.- “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”
La vida eterna es el ideal supremo que debe orientar todas nuestras decisiones. Jesús nos propone revisar nuestras actitudes, de modo que no perdamos el sentido último de nuestra existencia. Otras traducciones dicen “si pierde su alma”, o “si se pierde a sí mismo”. Se trata, en definitiva, de aquello que constituye nuestro ser sustancial, en comparación con lo cual todo lo demás es secundario. ¡Cuántas personas, dejándose llevar por el afán de riquezas, de prestigio y de poder, pierden el sentido de su vida reduciéndola a lo caduco de este mundo y cerrándose así a la posibilidad de ser eternamente felices!
En la segunda lectura (Romanos 12, 1-2), san Pablo les escribe a los primeros cristianos de la comunidad  de Roma: “no se ajusten a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.  Este “discernir” significa distinguir lo que Dios quiere de lo que pretende el “mundo”, que en el lenguaje bíblico es todo cuanto se opone a la voluntad divina.  Y al final del Evangelio Jesús anuncia que “el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta”.
Pidámosle entonces al Señor que nos disponga para el discernimiento espiritual, mediante el examen cotidiano de nuestra conciencia y de nuestra conducta, de modo que podamos ajustarla cada día más y mejor a lo que él quiere de nosotros para nuestra vida eterna, y procuremos estar preparados para el encuentro definitivo con Cristo resucitado después de nuestra existencia terrena, cumpliendo como Él la voluntad de Dios Padre, de modo que podamos lograr la verdadera felicidad desde ahora mismo y para siempre.

Pistas para la Homilía, por Jorge Humberto Peláez S.J., TIEMPO ORDINARIO – DOMINGO XXII A (28-agosto-2011)

1. Lecturas:
a. Profeta Jeremías 20, 7-9
b. Carta de san Pablo a los Romanos 12, 1-2
c. Mateo 16, 21-27

2. El Papa Benedicto XVI acaba de visitar a España con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Expresó, en diversos contextos, su profunda preocupación por la descristianización de Europa. Recordemos que los misioneros europeos sembraron la semilla del Evangelio en todos los continentes.

3. Infortunadamente, la fe languidece en la Europa postcristiana. En muchos países, el Cristianismo se asocia con unos hermosos monumentos arquitectónicos construidos hace siglos, y con unas obras de arte conservadas en los museos. Es urgente, pues, la re-evangelización de la vieja Europa.

4. Vengamos a nosotros; cuando el tema religioso aparece en las reuniones sociales, es frecuente constatar que, en ocasiones, Dios es considerado como un Ser Absoluto, explicación última del universo, pero completamente alejado de los quehaceres diarios. Muchos de nuestros contemporáneos tienen un difuso sentido religioso que no conecta con sus actuaciones como miembros de una familia y como ciudadanos.

5. El aporte más significativo de la tradición judeo-cristiana es comunicarnos que Dios, el absoluto trascendente, se hace presente en la historia; Él no es un ser indiferente a la suerte de la humanidad, a pesar de nuestra pequeñez pues, como planeta, ocupamos un espacio diminuto en la inmensidad del cosmos.
6. En la primera lectura de este domingo, el profeta Jeremías usa unas expresivas palabras para referirse a la relación especial que establece con cada uno de nosotros el Dios de la alianza:
a. Dice Jeremías: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; fuiste más fuerte que yo y me venciste”.
b. Según el Diccionario de Uso del Español, de María Moliner, una de las acepciones o significados del verbo “seducir” es: “hacerse una persona admirar, querer o, particularmente, hacerse amar por otra”.
c. Al usar este atrevido verbo, el profeta Jeremías quiere expresar que Dios, en su infinito amor y sabiduría, quiere establecer una particularísima relación con cada uno de nosotros.
d. Para Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, no somos seres anónimos; Él nos ama y quiere que seamos felices. Ahora bien, como nos creó libres y responsables, Él respeta el uso que hagamos de la libertad, la cual puede ser puesta al servicio de los demás, así como puede ser instrumento de inequidad y de violencia; y esto se manifiesta en la vida social, donde aparecen las dos caras de la moneda, las luces y las sombras del uso de la libertad en los procesos sociales.

7. Dios, que es la plenitud de la verdad y del amor y que – en palabras del profeta Jeremías – nos ha seducido, quiere que seamos sus hijos, que compartamos su vida divina y que seamos administradores de la creación.

8. El profeta Jeremías sabe muy bien que hay fuerzas oscuras que se oponen al plan de salvación. Con profundo dolor, se expresa el profeta: “He sido el hazmerreir de todos; día tras día se burlan de mí. Por anunciar la Palabra del Señor, me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día”.

9. En su tiempo, el profeta fue víctima de un ambiente hostil porque sus palabras y actitudes estaban en contra de prácticas socialmente aceptadas. Esto nos lleva a reflexionar sobre las presiones sociales que hacen muy difícil permanecer fieles a los principios éticos y religiosos:
a. Pensemos, por ejemplo, en la dramática situación que viven los adolescentes, bombardeados por todo tipo de mensajes para que caigan en el consumo de drogas.
b. Y no sólo los jóvenes son víctimas de estas presiones; también en el mundo del trabajo, con frecuencia se invocan la amistad, el compañerismo y la solidaridad de cuerpo para no denunciar el comportamiento deshonesto de los colegas o de los jefes.
c. Podemos poner innumerables ejemplos que confirman la actualidad de las palabras del profeta Jeremías, pronunciadas hace muchos siglos: “He sido el hazmerreir de todos; día tras día se burlan de mí. Por anunciar la Palabra del Señor, me he convertido en objeto de oprobio y de burla todo el día”.

10. Permitamos que la Palabra de Dios penetre en nuestro corazón. Dejémonos seducir por Dios que se hace presente en nuestra historia personal y que nos invita a desarrollar nuestro proyecto de vida en coherencia con el Evangelio, sabiendo que tendremos oposición porque la verdad de Jesús no es cómoda para todos.

sábado, 27 de agosto de 2011

SABADO 27 DE AGOSTO


Lecturas
1.      1 Tesalonicenses 4:9-11
2.      Salmo 97: 1-9
3.      Mateo 25:14-30
Es la memoria de Santa Mónica, madre de San Agustín.
Es muy saludable, en términos de crecimiento y de aprovechamiento de la vida, este encuentro diario con la palabra bíblica, porque ella surgió en contextos concretos de comunidades abiertas al don de Dios y empeñadas en su madurez espiritual y humana; comunidades muy reales como esta de los cristianos de Tesalónica, en Grecia.
Hoy, los tesalonicenses y nosotros recibimos una invitación de San Pablo a la vida fraterna, participativa: “Acerca del amor fraterno no es necesario que les escriba, porque Ustedes mismos han aprendido de Dios a amarse los unos a los otros.Y así lo practican con todos los hermanos que viven en Macedonia” (1 Tesalonicenses 4:9-10), y también al trabajo honesto: “…. Y trabajando con sus propias manos como les hemos recomendado” (1 Tesalonicenses 4: 11).
Dos asuntos esenciales para una vida auténtica, máxime si esta la entendemos y asumimos en el camino cristiano. La buena vida es la que se abre a los demás, la que genera vínculos saludables, la que propicia comunión y participación, la que se proyecta en misión y servicio, y esto es definitivo a la hora de vivir lo propio de la Iglesia, esta no puede ser una pesada institución donde cada uno resuelve de modo individual el “negocio” de su relación con Dios, sino, siguiendo lo específico de las comunidades del Nuevo Testamento, una asamblea, una “ekklesia”, un ámbito donde todos convergen en el fundamento de su unidad: el Señor Jesús, y de ahí derivan todo el dinamismo de su ser y de su quehacer.
Y proyectado a algo inherente al ser humano, el trabajo digno, honesto, entendido como fuente de realización y como modo de lograr los recursos para vivir con dignidad. Son dos bellas realidades en las que se juega la existencia. Mirémoslas en nuestra oración de este sábado.
Y esto está directamente vinculado con el aprovechar y hacer rendir los TALENTOS con los que Dios nos ha dotado para una vida creativa y fecunda, según la muy conocida parábola, que expresa: “Bien, criado bueno y fiel;como fuiste fiel en lo poco te pondré al frente de mucho, comparte la felicidad de tu señor” (Mateo 14: 21) o su contrapartida dramática: “Criado miserable y perezoso, sabías que cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí?....... Por eso, quítenle el talento y dénselo al que tiene diez” (Mateo 14: 26.28).
Esto es tan evidente: estamos haciendo de nuestra vida una ofrenda de fecundidad, haciendo valer todos los talentos, creciendo y poniéndolos al servicio de los demás seres humanos? O los desperdiciamos, en un ejercicio de irresponsabilidad? El contexto de este capítulo de San Mateo es el de una confrontación definitiva de la vida ante el juicio de Dios, como la parábola de ayer. El mismo Señor demanda de nosotros la mayor exigencia para que nuestra vida sea significativa, campo fértil para lo mejor, tal como El lo propone en su Evangelio. Qué entendemos por excelencia: competir, lucir, ganar, brillar? O amar, servir, señalarnos en la solidaridad, construír humanidad, ser instrumento de sentido para la vida de otros? Este es el núcleo de la parábola de los talentos: si estamos viviendo para el reino de Dios y su justicia.
Con un denso criterio evangélico estamos invitados a pasar por la vida dando frutos propios del Reino, asumiendo los criterios de Jesús como propios y traduciéndolos en una biografía llena de realizaciones de amor, no para acumular méritos en espléndidas hojas de vida sino para inscribirlos en el Padre Dios y en la perspectiva de las bienaventuranzas.
Que nuestra historia sea toda ganancia teologal y fraternal, al estilo de Jesús.
Y con esto, oremos confiadamente a Dios Padre-Madre para que proteja con su exquisitez y amor a todos nuestros hermanos de LA LISTA, haciendo brillar en ellos sus dones de salud y riqueza en el Espíritu, llevándolos con nuestro aprovechados en talentos Padre Arrupe y Monseñor Romero. Por Jesucristo, Nuestro Señor.Amén.

viernes, 26 de agosto de 2011

VIERNES 26 DE AGOSTO


Lecturas
1.      1 Tesalonicenses 4:1-8
2.      Salmo 96: 1-12
3.      Mateo 25:1-13
Las lecturas de hoy nos aportan nuevamente al compromiso de la vigilancia, esta vez con la parábola de las muchachas necias y de las muchachas previsoras, que concluye con las palabras de Jesús: Manténganse Ustedes despiertos – añadió Jesús -, porque no saben ni el día ni la hora” (Mateo 25: 13). Por su parte, San Pablo, en el texto de  1 Tesalonicenses reconoce el contenido de una vida vigilante: “Ahora, hermanos, les rogamos y encargamos esto en nombre del Señor Jesús: que sigan Ustedes progresando cada día más en la manera de comportarse que aprendieron de nosotros para agradar a Dios, como ya lo están haciendo” (1 Tesalonicenses 4: 1).
Recuerdan Ustedes que  en las reflexiones de cuaresma de COMUNITAS MATUTINA propusimos una secuencia que llamamos de la NUEVA HUMANIDAD, en la que se presentaron los rasgos del perfil  ideal de un ser humano configurado con Jesús. Si los conservan los pueden revisar, pues justamente estos son los aspectos esenciales de la vigilancia:
1.      La lucidez crítica y la pasión por la verdad
2.      La conciencia de la gratuidad de Dios y del propio vivir entendido como don
3.      La libertad de espíritu
4.      La dimensión lúdica y estética de la vida como condición  de posibilidad para la experiencia de Dios y para una mejor humanidad. El gozo de vivir.
5.      La vida sobria y austera, la capacidad de compartir, la autonomía ante la sociedad de consumo
6.      La pasión por la justicia y la denuncia profética de todo lo que atente contra la dignidad humana
7.      La actitud ecuménica: el reconocimiento respetuoso de todo lo que es diferente de nosotros (étnico, sociocultural, político, religioso, etc.) y el compromiso humilde con esa diversidad desde la propia identidad
8.      El compromiso solidario con los más débiles y excluídos de la humanidad: una vida entendida como servicio
9.      La coherencia testimonial: mi vida como relato de fidelidad
10.  Disposición para donar la vida, sin reticencia: abnegación
11.  La esperanza como actitud articuladora de toda la vida: pasión por el futuro desde un presente vivido en vigilancia.
12.  Dios: futuro  y plenitud del ser humano.
Dicho de otro modo: la vigilancia cristiana consiste en ser siempre, de modo constante y creciente, un excelente ser humano al estilo de Jesús. No se trata de volverse buena persona sólo cuando sentimos que la vida está amenazada, o que estamos en una situación límite, eso es como el síndrome de “eso lo dejo para el año entrante…. Por ahora sigamos en las mismas”. El cambio de actitud estaría dado por el miedo y no por la convicción de llevar una existencia auténtica.
Que esta invitación del Señor a la vigilancia sea el motivo para hacer un control de calidad a nuestra vida, siguiendo los criterios referidos antes. Una pausa en el trajín para entrar a fondo en nuestra interioridad y  verificar si estamos vigilantes o definitivamente descuidados….
Qué bella y seductora es la vida cuando se vive a tope, con sentido y trascendencia, con esperanza, con rectitud!! Esta es la vigilancia. La invitación es a no desperdiciar todas las posibilidades que Dios nos ha dado y nos sigue dando cada día para una existencia significativa, muy significativa.
Y en este propósito, entendemos que una de las grandes expresiones de la vigilancia es la cercanía y el compromiso con los hermanos y hermanas que están afligidos por alguna razón: enfermedad, abandono, vacío existencial, pobreza, desencanto. Así, reiteramos nuestro firme compromiso de presentar a todos nuestros hermanos de LA LISTA al Padre Dios para que los acoja y bendiga con salud, empeño de vivir, sentido, espiritualidad, afecto. Con ellos estamos y siguiendo tras Monseñor Romero y el Padre Arrupe  al Señor los confiamos. Amén.

jueves, 25 de agosto de 2011

Homilía de Benedicto XVI en la Misa de la Jornada Mundial de la Juventud


Hoy en la explanada de Cuatro Vientos

CUATRO VIENTOS, domingo 21 de agosto de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante la Misa de clausura de la Jornada Mundial de la Juventud, en el aeródromo de Cuatro Vientos de Madrid.


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Queridos jóvenes:


Con la celebración de la Eucaristía llegamos al momento culminante de esta Jornada Mundial de la Juventud. Al veros aquí, venidos en gran número de todas partes, mi corazón se llena de gozo pensando en el afecto especial con el que Jesús os mira. Sí, el Señor os quiere y os llama amigos suyos (cf. Jn15,15). Él viene a vuestro encuentro y desea acompañaros en vuestro camino, para abriros las puertas de una vida plena, y haceros partícipes de su relación íntima con el Padre. Nosotros, por nuestra parte, conscientes de la grandeza de su amor, deseamos corresponder con toda generosidad a esta muestra de predilección con el propósito de compartir también con los demás la alegría que hemos recibido. Ciertamente, son muchos en la actualidad los que se sienten atraídos por la figura de Cristo y desean conocerlo mejor. Perciben que Él es la respuesta a muchas de sus inquietudes personales. Pero, ¿quién es Él realmente? ¿Cómo es posible que alguien que ha vivido sobre la tierra hace ta
 ntos años tenga algo que ver conmigo hoy?


En el evangelio que hemos escuchado (cf. Mt 16, 13-20), vemos representados como dos modos distintos de conocer a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. A la pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», los discípulos responden: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Es decir, se considera a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. Después, dirigiéndose personalmente a los discípulos, Jesús les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad.


Pero la fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la relación con Jesús, la intimid
 ad con Él. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena.


Queridos jóvenes, también hoy Cristo se dirige a vosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Respondedle con generosidad y valentía, como corresponde a un corazón joven como el vuestro. Decidle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.


En su respuesta a la confesión de Pedro, Jesús habla de la Iglesia: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». ¿Qué significa esto? Jesús construye la Iglesia sobre la roca de la fe de Pedro, que confiesa la divinidad de Cristo. Sí, la Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que está estrechamente unida a Dios. El mismo Cristo se refiere a ella como «su» Iglesia. No se puede separar a Cristo de la Iglesia, como no se puede separar la cabeza del cuerpo (cf. 1Co 12,12). La Iglesia no vive de sí misma, sino del Señor. Él está presente en medio de ella, y le da vida, alimento y fortaleza.


Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él.


Tener fe es apoyarse en la fe de tus hermanos, y que tu fe sirva igualmente de apoyo para la de otros. Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios.


De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios.


Queridos jóvenes, rezo por vosotros con todo el afecto de mi corazón. Os encomiendo a la Virgen María, para que ella os acompañe siempre con su intercesión maternal y os enseñe la fidelidad a la Palabra de Dios. Os pido también que recéis por el Papa, para que, como Sucesor de Pedro, pueda seguir confirmando a sus hermanos en la fe. Que todos en la Iglesia, pastores y fieles, nos acerquemos cada día más al Señor, para que crezcamos en santidad de vida y demos así un testimonio eficaz de que Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de su esperanza. Amén.


Homilía del Papa a los jóvenes en Cuatro Vientos


CUATRO VIENTOS, sábado 20 de agosto de 2011 (ZENIT.org).- Por su interés, ofrecemos la homilía que el Papa Benedicto XVI no pudo pronunciar, debido a una repentina tormenta, en la Vigilia con los jóvenes en el aeródromo de Cuatro Vientos (Madrid), durante la Jornada Mundial de la Juventud.


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Queridos amigos:


Os saludo a todos, pero en particular a los jóvenes que me han formulado sus preguntas, y les agradezco la sinceridad con que han planteado sus inquietudes, que expresan en cierto modo el anhelo de todos vosotros por alcanzar algo grande en la vida, algo que os dé plenitud y felicidad.


Pero, ¿cómo puede un joven ser fiel a la fe cristiana y seguir aspirando a grandes ideales en la sociedad actual? En el evangelio que hemos escuchado, Jesús nos da una respuesta a esta importante cuestión: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15, 9).


Sí, queridos amigos, Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios. Permanecer en su amor significa entonces vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios.


Si permanecéis en el amor de Cristo, arraigados en la fe, encontraréis, aun en medio de contrariedades y sufrimientos, la raíz del gozo y la alegría. La fe no se opone a vuestros ideales más altos, al contrario, los exalta y perfecciona. Queridos jóvenes, no os conforméis con menos que la Verdad y el Amor, no os conforméis con menos que Cristo.


Precisamente ahora, en que la cultura relativista dominante renuncia y desprecia la búsqueda de la verdad, que es la aspiración más alta del espíritu humano, debemos proponer con coraje y humildad el valor universal de Cristo, como salvador de todos los hombres y fuente de esperanza para nuestra vida. Él, que tomó sobre sí nuestras aflicciones, conoce bien el misterio del dolor humano y muestra su presencia amorosa en todos los que sufren. Estos, a su vez, unidos a la pasión de Cristo, participan muy de cerca en su obra de redención. Además, nuestra atención desinteresada a los enfermos y postergados, siempre será un testimonio humilde y callado del rostro compasivo de Dios.


Queridos amigos, que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra.


En esta vigilia de oración, os invito a pedir a Dios que os ayude a descubrir vuestra vocación en la sociedad y en la Iglesia y a perseverar en ella con alegría y fidelidad. Vale la pena acoger en nuestro interior la llamada de Cristo y seguir con valentía y generosidad el camino que él nos proponga.


A muchos, el Señor los llama al matrimonio, en el que un hombre y una mujer, formando una sola carne (cf. Gn 2, 24), se realizan en una profunda vida de comunión. Es un horizonte luminoso y exigente a la vez. Un proyecto de amor verdadero que se renueva y ahonda cada día compartiendo alegrías y dificultades, y que se caracteriza por una entrega de la totalidad de la persona. Por eso, reconocer la belleza y bondad del matrimonio, significa ser conscientes de que solo un ámbito de fidelidad e indisolubilidad, así como de apertura al don divino de la vida, es el adecuado a la grandeza y dignidad del amor matrimonial.


A otros, en cambio, Cristo los llama a seguirlo más de cerca en el sacerdocio o en la vida consagrada. Qué hermoso es saber que Jesús te busca, se fija en ti y con su voz inconfundible te dice también a ti: «¡Sígueme!» (cf. Mc 2,14).


Queridos jóvenes, para descubrir y seguir fielmente la forma de vida a la que el Señor os llame a cada uno, es indispensable permanecer en su amor como amigos. Y, ¿cómo se mantiene la amistad si no es con el trato frecuente, la conversación, el estar juntos y el compartir ilusiones o pesares? Santa Teresa de Jesús decía que la oración es «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (cf. Libro de la vida, 8).


Os invito, pues, a permanecer ahora en la adoración a Cristo, realmente presente en la Eucaristía. A dialogar con Él, a poner ante Él vuestras preguntas y a escucharlo. Queridos amigos, yo rezo por vosotros con toda el alma. Os suplico que recéis también por mí. Pidámosle al Señor en esta noche que, atraídos por la belleza de su amor, vivamos siempre fielmente como discípulos suyos. Amén.

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