domingo, 27 de noviembre de 2011

DIÁLOGOS sobre el Evangelio del Domingo, por José Martínez de Toda, S.J., Domingo 33 A TO: Talentos, 13 noviembre 2011

Especialmente para radio
Muy bien. Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu señor” (Mt 25, 14-30)
martodaj@gmail.com

Moderador/a - Buenos días. Estamos aquí en el Estudio… (Se presentan los participantes).
En este domingo vemos que Dios nos da muchos talentos. ¿Cómo sabemos que los hemos aprovechado? Si con ellos producimos más amor. Escuchemos la Parábola de los Talentos.
Lectura del santo evangelio según San Mateo 25,14-30
NARRADOR/A – Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno; a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos, hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:
EMPLEADO 1: "Señor, cinco talentos me dejó; mire, he ganado otros cinco".
SEÑOR: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor."
NARRADOR/A: Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:
EMPLEADO 2: "Señor, dos talentos me dejó; mira, he ganado otros dos."
SEÑOR: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor."
NARRADOR/A: Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo:
EMPLEADO 3: "Señor, sabía que es Vd exigente, que siega donde no siembra y recoge donde no esparce; tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tiene lo suyo."
SEÑOR: "Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil échenlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes."
Pregunta 1 -  ¿Me pedirá cuenta Dios de los talentos que me ha dado?
Así nos lo dice Jesús en una parábola hecha según lo que se acostumbraba entonces.
Cuando uno hacía un viaje, tenía que ver dónde dejar el dinero. No había bancos tan grandes ni con tantas garantías como los de ahora. (La banca entonces daba un 12%).
Tampoco existía el papel moneda. Las monedas antiguas pesaban demasiado. ¿Cómo llevarlas en los viajes? ¿Y si se las robaban?
Por eso un rico de entonces llamó a tres de sus empleados y los dejó encargados de su dinero: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno; a cada cual según su capacidad; luego se marchó. (Un talento era un tesoro).

Pregunta 2 – ¿Y cómo responden los empleados?
Los dos primeros cumplieron. Fueron en seguida a negociar con los talentos y ganaron otro tanto. Y el señor les premia con responsabilidades mayores.
Pero en el cuento de Jesús hay un tercer empleado desconfiado y perezoso: el que, por miedo al patrón, cavó un hoyo, escondió allí el talento y lo dejó improductivo.
Este tercer empleado es condenado simplemente por no haber hecho nada.
Pregunta 3 – ¿Cómo se aplica esta parábola a nosotros?
El señor rico representa a Dios, los empleados somos nosotros.
Dios toma la iniciativa. Él nos confía un capital de acuerdo a la capacidad de cada uno y nunca por encima de nuestras fuerzas.
Él nos da muchas cosas: dinero, tiempo, sonrisas, amor, vida, familia, el mensaje de Cristo, las cualidades personales, los bienes heredados, las personas de mi comunidad.
Dios nos da a cada uno nuestro talento para que nos realicemos como humanos, como hijos y como hermanos. Lo mejor que podemos hacer con él es ponerlo al servicio de los demás.
Dios se fía de nosotros. Nos confía el mundo y el cuidar a los demás.
Pero Él aparece de forma imprevista y exige rendir cuentas.
Pero ya vemos cómo nos va: egoísmo y desperdicio de la propia vida; guerras, injusticias, atropellos, terrorismo, bombas atómicas, caída de las Torres Gemelas de Nueva York…
Dios nos pide que practiquemos la justicia, las obras de misericordia, el mandamiento del amor… Dios nos quiere activos, arriesgados, responsables, creativos, eficientes.
Somos sus administradores.

Pregunta 4 - ¿Qué lecciones aprendemos de la parábola?
El propósito de la parábola no es atemorizar. Jesús quería recordar a los que le escuchaban y a nosotros que el Reino de Dios tiene también sus exigencias.
Los siervos de la parábola son los cristianos que deben hacer fructificar los dones recibidos para el desarrollo del Reino (cf. Lc 19,12-13).
Jesús confía en mí, confía en que también yo puedo aportar algo para que llegue el Reino de Dios. Pero hay que trabajar, hay que usar lo que tengo y lo que he recibido para que llegue el «Reino de los Cielos».
Nuestra responsabilidad como hombres y mujeres de fe es, por una parte, preservar y guardar la fe, y, por otra, promoverla. Estamos en peligro de perder la fe, como el tercer empleado que perdió su talento. La forma de preservar la fe o cualquier otro talento que Dios nos ha dado, es ponerlo a trabajar y hacer que produzca fruto.

Pregunta 5 - ¿Cómo se explica el comportamiento del tercer siervo?
El tercer siervo es el que ocupa la mayor atención y espacio en la parábola.
El tercer siervo es un pobre hombre. No es un genio. Él tiene miedo de perder el talento, si se pone a negociar con él.
Sin embargo, el dueño le quiere dar la oportunidad de que haga rendir ese talento.
Pero este siervo no se siente identificado con su señor ni con sus intereses.
En ningún momento actúa movido por el agradecimiento y el cariño.
No ama a su señor, le tiene miedo.
Este siervo no entiende en qué consiste su verdadera responsabilidad. Piensa que está respondiendo a las expectativas de su señor, conservando su talento seguro, aunque improductivo. No conoce lo que es una fidelidad activa y creativa. No se implica en los proyectos de su señor.
Dios da talentos a todos sus hijos. Depende de éstos que los hagan fructificar.

Pregunta 6 - ¿Somos como este tercer siervo?
A veces somos inactivos. Sólo pensamos en «conservar» lo que tenemos. No buscamos con coraje y confianza en el Señor, caminos nuevos para acoger, vivir, y anunciar su proyecto del Reino de Dios, Y así estamos olvidando cuál es nuestra verdadera responsabilidad. Debemos sentirnos llamados a seguir las exigencias de Cristo más allá de lo enseñado y mandado siempre. Debemos arriesgamos a hacer una Iglesia más fiel a Jesús.
No debemos tener miedo a complicarnos la vida.

Pregunta 7 - La 1ª Lectura pinta una mujer ideal de los tiempos antiguos. ¿Puede ser modelo para la mujer de hoy? ¿Puede sugerirle una forma de aprovechar sus talentos?
El libro de los Proverbios (31,10-13.19-20.30-31) dice que una mujer hacendosa es difícil de encontrar. A esta mujer ideal le pone estas cuatro características:
1 - Es una mujer trabajadora fuera y dentro de casa. Adquiere lana y lino, y los trabaja con la destreza de sus manos. Así ella también aporta dinero a la casa. Ella gana más de lo que gasta.
2 - Su marido se fía de ella. Es fiel.
3 - Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre.
4 - Teme al Señor. Tiene amor y respeto a la palabra de Dios, a su voluntad.
5 – No hace caso de la hermosura, pues piensa que es engañosa y pasajera.
Lo más hermoso de la mujer son sus virtudes morales. Ojalá en tu casa, en el carro… donde escuches este programa, puedas decir: “Sí la encontré: es mi mujer, es mi mamá”.
Pregunta 8 - ¿Cuáles serían las características de la mujer ideal de hoy?
La mujer moderna de ciudad quizá podría describirse así:
-          Pasa ella más tiempo fuera de casa trabajando. En muchos casos es una mujer ejecutiva y bien preparada para su trabajo profesional.
-          Puede atender a la Oficina y al hogar, pero su preocupación más importante no es el negocio ni la oficina, sino su hogar: sus hijos y su esposo. (Esa es también la preocupación más importante del esposo ideal: sus hijos y su esposa).
-          No se siente discriminada en su trabajo.
-          Se preocupa por los más necesitados de la sociedad y del mundo.
Como ejemplo de mujer ideal actual se suele poner a la Madre Teresa de Calcuta, que atendía los pobres de Calcuta. Pero hay muchos ejemplos más.
Despedida
Les invitamos a la Misa, a la Eucaristía, sacramento del amor. Allí aprendemos a hacer productivos nuestros talentos, cuando los usamos con amor para producir amor.

FIN

Encuentros con la Palabra, por Hermann Rodríguez Osorio, S.J.,Domingo I de Adviento – Ciclo B (Marcos 13, 33-37) – 27 de noviembre de 2011

“Manténganse ustedes despiertos y vigilantes”
Juanito le preguntó una vez a su abuela: ¿Que significa tiempo de Adviento? La abuela le contestó: Es un tiempo de espera durante el cual debemos tener los ojos más abiertos y los oídos más atentos, para saber en qué momento pasará lo que esperamos. Y, ¿qué es eso que esperamos?, preguntó Juanito, con una gran curiosidad. El paso de Jesús por nuestras vidas, respondió la abuela. Si no estamos muy atentos, nos puede pasar como le pasó a don Casimiro, un señor muy religioso, que se perdió la gran oportunidad de ver a Dios frente a frente. Y le contó esta historia:

"Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, había un hombre muy religioso, que se llamaba Casimiro; todos los días le pedía a Jesús que le dejara ver su rostro; el hombre creía, tenía fe, rezaba mucho, pero no quería morir sin haber visto a Jesús frente a frente. Un buen día, estando en la Iglesia, escuchó una voz que le decía en su interior: Ha llegado el tiempo en el que me podrás ver: Mañana iré a visitarte a tu casa. Espérame y me verás. No faltaré. Casimiro volvió a su casa, y se puso a preparar todo para su encuentro con Jesús. Barrió la casa, puso en la puerta una bella alfombra nueva, preparó unas galletas y una torta, para ofrecerle una buena merienda a Jesús.

Al día siguiente, Casimiro se puso a la puerta de su casa con la torta, las galletas y las golosinas sobre una mesa. Pasaba el tiempo y no aparecía Jesús. De pronto, pasó por allí un niño jugando solo; se quedó mirando la torta y las golosinas y se fue acercando poco a poco, jugando cada vez más cerca. Estuvo allí un buen rato hasta que Casimiro lo regañó y le dijo: Vete a jugar lejos de mi casa, porque estoy esperando un visitante muy ilustre y no estoy dispuesto a que tú te comas lo que le he preparado para comer. El niño se fue muy triste a jugar en otra parte.

Un poco más tarde, vio venir a una viejita pobre que tenía la ropa y los zapatos muy sucios; era una viejita conocida en el vecindario; se acercó a la puerta de la casa de Casimiro para pedir una limosna, como acostumbraba, pero éste le prohibió que se acercara y pisara su alfombra nueva: Me la vas a manchar, le dijo. Vete, que estoy esperando un visitante muy ilustre y no estoy dispuesto a que tú me estropees la limpieza de mi casa. La viejita se fue muy triste a pedir una limosna en otra parte.

Pasaba el tiempo y Jesús no aparecía. Ya por la tarde, vino un vecino corriendo y le pidió a Casimiro que le ayudara a sacar su carro de un hueco en el que había caído por accidente; pero Casimiro dijo: No puedo dejar mi casa sola, porque estoy esperando un visitante muy ilustre, y no estoy dispuesto a que no me encuentre esperándolo. El vecino se fue muy triste a pedir ayuda en otra parte. Cayó la noche y Jesús no apareció. Al otro día, Casimiro se fue a la Iglesia a preguntarle a Dios por qué no había cumplido su promesa: ¿Por qué, Señor? ¿Por qué no cumpliste tu promesa de ir a verme a mi casa? Hubo un Tiempo de silencio. Dios callaba. De pronto, Casimiro escuchó una voz que le decía en su interior: Fui y no me reconociste; yo era el niño que esperaba que me dieras un poco de torta y algunas golosinas para alegrarme la vida. Yo era la anciana pobre que pasó por delante de tu casa esperando recibir alguna ayuda para vivir. Yo era tu vecino que te pedía un favor. No quisiste verme. Las tres veces me fui muy triste a buscar en otra parte. Y Casimiro, salió fuera y lloró amargamente por no haber reconocido a Jesús”.

Por eso, tenemos que mantenernos despiertos, porque no sabemos cuándo va a llegar el señor de la casa, si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la mañana. No sea que venga de repente y nos encuentre durmiendo, o pensando en otras cosas, como le pasó a Casimiro. Tenemos que estar siempre atentos para reconocer el paso de Dios por nuestras vidas.

El Mensaje del Domingo, por Gabriel Jaime Pérez, S.J., I Domingo de Adviento - Ciclo B, Noviembre 27 de 2011


¡Ojalá rasgaras el cielo y bajaras!
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Miren, vigilen: pues no saben ustedes cuando es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejo su casa, y le asignó a cada uno de sus servidores su tarea, encargando al portero que vigilara. Vigilen entonces ustedes, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y los encuentre dormidos. Lo que les digo a ustedes lo digo a todos: ¡Vigilen!" (Marcos 13, 33-37).
Comienza hoy un nuevo ciclo anual en la liturgia de la Iglesia con el Adviento, nombre proveniente del vocablo latino Adventus, que significa venida, llegada, advenimiento. La petición del Padrenuestro en la que decimos venga a nosotros tu reino -en latín adveniat regnum tuum- es la propia de este tiempo durante el cual nos preparamos para celebrar la Navidad y en el  que se nos invita a la conversión, a la esperanza y a la vigilancia.

1.- Un tiempo en el que se nos invita a la conversión
El libro profético de Isaías, del cual se toman las primeras lecturas de los cuatro domingos del Adviento, nos presenta en el texto correspondiente a este primer domingo (Isaías 63, 16 - 64, 7) una oración que podemos hacer nuestra hoy, aplicándola a la situación de un mundo que, como en aquellos tiempos, experimenta el vacío de Dios porque vive de espaldas a Él, sin reconocerlo ni tenerlo en cuenta. “¡Ojalá rasgaras el cielo y bajaras!”, exclama el profeta, expresando con esta imagen el reconocimiento de la necesidad que todos tenemos de Dios como “nuestro padre” (creador)  y como “nuestro redentor”, en medio de una realidad de desolación comparable a la sequía del desierto  y que sólo puede cambiar Dios mismo, el único ser que nos puede dar la vida verdadera y liberar al ser humano de todo cuanto lo oprime y le impide ser auténticamente feliz.
Los creyentes en Jesucristo afirmamos desde nuestra fe que esa oración del texto profético del libro de Isaías y la plegaria del Salmo 80 (79) -“Ven a salvarnos”- fueron respondidas con la encarnación del Hijo de Dios en Jesús de Nazaret  hace poco más de veinte siglos. Sin embargo, tanto los seres humanos de hoy como los de aquel tiempo necesitamos que su acción redentora llegue hasta cada uno de nosotros, y para que esto suceda es necesaria de nuestra parte una disposición sincera a convertirnos, es decir, a volvernos a Él y dejarnos transformar por la acción de su Espíritu.
¿Cómo realizar una auténtica conversión? Pues aprovechando este tiempo del Adviento para hacer una revisión de nuestra vida y descubrir cómo debemos orientarla o reorientarla hacia Dios en el cumplimiento de su voluntad. Porque la petición “venga a nosotros tu reino” corresponde a su vez a la disposición que manifestamos cuando decimos sinceramente “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

2.- Un tiempo en el que se nos invita a la esperanza
Ustedes esperan el día en que aparezca nuestro Señor Jesucristo”, les escribe el apóstol san Pablo a los cristianos de la ciudad griega de Corinto (1 Corintios 1, 3-9). Este mensaje de la segunda lectura de este domingo llega hoy a cada uno de nosotros para que alimentemos en nuestra vida una de las tres virtudes llamadas “teologales”, referidas a Dios -fe, esperanza y caridad-. La virtud teologal de la esperanza nos anima a mirar el porvenir con optimismo, aun en medio de las dificultades y problemas que podamos estar experimentando en el presente, porque creemos en Jesucristo y sabemos que “Él es fiel” a sus promesas.
La manifestación del Reino de Dios en nuestro Señor Jesucristo desde su encarnación y su nacimiento como Dios hecho hombre, no es sólo un acontecimiento que sucedió hace poco más de veinte siglos. Él sigue llegando y manifestándose a cada persona que esté dispuesta de verdad a recibirlo en su existencia, y se hace presente para alimentarnos con su propia vida en la Eucaristía. Cada vez que celebramos este “sacramento de nuestra fe”, repetimos la misma invocación con que los primeros cristianos expresaban la esperanza en su venida gloriosa, y que quedó escrita en el penúltimo versículo del libro del Apocalipsis, el último escrito bíblico del Nuevo Testamento: “¡Ven, Señor Jesús!” (Apocalipsis 22, 20). De modo similar, en la tradicional novena de Navidad que pronto volverá a resonar una vez más con sus gozos y villancicos, le decimos: “¡Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto!”.
En efecto, en este tiempo del Adviento se nos invita a proclamar nuestra esperanza en el Reino de Dios que ya vino en la persona de Jesús, que sigue llegando a cada uno de nosotros cuando acogemos con nuestro comportamiento la palabra del Señor y recibimos a Jesús en  la comunión, y que se manifestará en forma plena, definitiva y gloriosa al final de los tiempos. Para cada uno de nosotros, este final de los tiempos será el momento del paso de la vida presente a la eternidad.

3.- Un tiempo en el que se nos invita a la vigilancia
Manténganse despiertos y vigilantes”, dice Jesús en el Evangelio de hoy, al finalizar la parábola de los servidores que aguardan la llegada del dueño de la casa en cualquier momento. Cada uno de nosotros, como servidor o servidora del Señor en esta tierra que Él nos ha encomendado cuidar, es invitado a mantenerse alerta para su llegada. Tres veces aparece en el texto del Evangelio la invitación a que estemos vigilantes. Y la invitación es no sólo para unos cuantos, sino para todos: “Lo que les digo a ustedes lo digo a todos”.
¿Cómo mantenernos despiertos y vigilantes para que no nos sorprenda desprevenidos la venida definitiva del Señor? Pues, precisamente, uniendo nuestra actitud sincera de conversión a la renovación de nuestra esperanza activa en la realización plena del Reino de Dios inaugurado por nuestro Señor Jesucristo. Porque la auténtica virtud de la esperanza no es una espera pasiva en que Dios solucionará nuestros problemas sin poner nosotros de nuestra parte, sino todo lo contrario: una disposición activa a preparar el advenimiento (el “adviento”) del Reino de Dios, haciendo posibles la condiciones que nos corresponde a nosotros desarrollar para que ese reino de la justicia, del amor y de la paz sea una realidad en nuestra vida y en nuestro entorno social.

Pistas para la Homilía, por Jorge Humberto Peláez S.J., ADVIENTO – DOMINGO I B (27-noviembre-2011)

1. Lecturas:
a. Profeta Isaías 63, 16-17. 19; 64, 2-7
b. I Carta de san Pablo a los Corintios 1, 3-9
c. Marcos 13, 33-37

2. Este I domingo de Adviento es el comienzo del nuevo año litúrgico; empieza formalmente la preparación para celebrar los misterios navideños. Los adornos de mil formas, los árboles, las luces de colores y los pesebres anuncian que algo muy importante se aproxima.

3. Las imágenes y los sonidos propios de esta época tocan fibras muy hondas de nuestra afectividad:
a. Los grandes protagonistas son los niños, que se sienten transportados a un mundo mágico. Pongamos todos los medios que estén de nuestra parte para que su experiencia de preparación para la Navidad no se quede en lo puramente sensorial y emotivo, sino que descubran los grandes valores que se celebran: el amor de Dios cuyo Hijo asume nuestra condición humana, la fe sin límites de María y José que prestan toda su colaboración al plan de salvación, la familia como núcleo esencial de la sociedad, la sencillez, el compartir…
b. También los adultos nos sentimos tocados por las imágenes y sonidos propios de este tiempo. Es un reencuentro con el yo más íntimo, el de las experiencias de la infancia que nos marcaron para siempre; en esta época reverdecen la ternura y los sentimientos.
c. Es cierto que en esta época se hace más fuerte la ausencia de los seres queridos que han muerto. Que su recuerdo no sea fuente de tristeza sino de agradecimiento por los momentos maravillosos que compartimos.

4. Es desgarrador el contraste entre el ambiente festivo de estos días y el dolor que viven tantos hermanos nuestros que han sido víctimas de las inclemencias del invierno a lo largo del 2011. En pocos minutos han visto desaparecer, arrollado por la fuerza de las aguas, el trabajo de muchos años.

5. Quiero motivarlos a que nos movilicemos en favor de los damnificados del invierno, y tengamos experiencias concretas de solidaridad con ellos con el fin de hacerles más llevadera su tragedia.

6. En la primera lectura, el profeta Isaías tiene unas palabras que nos iluminan el significado del tiempo litúrgico que empezamos hoy: “Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia. Jamás se oyó decir, ni nadie vio jamás que otro Dios, fuera de ti, hiciera tales cosas a favor de los que esperan en Él”.

7. El tiempo litúrgico del Adviento es la preparación para celebrar esta iniciativa de Dios que nos envió a su Hijo, quien asumió la condición de un niño frágil. El profeta Isaías expresa el carácter único de esta irrupción de Dios en la historia mediante tres verbos: rasgar los cielos, bajar, estremecer las montañas. A pesar de su fuerza, estos verbos son tímidos intentos por expresar lo inexpresable.

8. Vayamos ahora al texto del evangelio; el evangelista Marcos, en palabras muy sencillas, nos dice cómo vivir estas semanas de Adviento: “Velen y estén preparados; permanezcan alerta”.

9. El evangelista nos está diciendo que algo muy significativo está por suceder y que alguien muy importante viene a visitarnos.

10. El Adviento es el tiempo litúrgico en el que nos preparamos para celebrar el nacimiento del Hijo eterno de Dios que asume la condición humana en las entrañas de una campesina judía.

11. Hace dos mil años, este hecho marcó definitivamente la historia; por eso utilizamos las expresiones AC, antes de Cristo, y DC, después de Cristo. Pero no pensemos que se trata de un acontecimiento lejano en el tiempo. La encarnación y la natividad son una realidad presente y operante; ese niño que nace en Belén continúa comunicándonos su gracia, nos renueva, nos invita a amar la vida, nos convoca a trabajar por los valores familiares y a compartir con los pobres. Descubramos el rostro de ese Jesús, que es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, en los damnificados por el invierno.

sábado, 26 de noviembre de 2011

SABADO 26 DE NOVIEMBRE


Lecturas:
1.      Daniel 7:15-27
2.      Salmo Daniel 3: 82-87
3.      Lucas 21: 34-36
Todo este capítulo 21 de Lucas está orientado a crear las disposiciones de vigilancia y advertencia para aguardar con esperanza al Señor que viene para nuestra plenitud, ante lo que se impone decir que esta no es una cuestión de última hora, sólo cuando nos encontramos en situación límite, ni tampoco de la angustia que causa el no tener más alternativas: “de modo que no los sorprenda de repente aquel día” (Lucas 21:34).
Veámoslo desde la clave de una vida que se asume sensatamente para Dios y para la construcción de una vida de prójimos, de vínculos y encuentros, apropiando los valores prioritarios de las bienaventuranzas. Cultivar un modo de vivir definido por todo lo que Jesús nos propone como alternativa de sentido, relación profunda con el Padre, configuración con el Hijo, vida justa y transparente, servicio a toda la humanidad, emprendimiento y laboriosidad, sabiduría de lo esencial, austeridad, gozo y esperanza de saber que la historia del ser humano, así asumida, no concluye en el absurdo, porque está legitimada por Aquel que nos desborda con su amor incondicional.
 Es como el dilema de los estudiantes: dejar para última hora la preparación de las pruebas académicas, con los consiguientes afanes y sobresaltos, o desarrollar el trabajo de estudio e investigación como algo permanente, de tal modo que cuando vengan los exámenes están suficientemente dispuestos y seguros del conocimiento y del análisis crítico frente al mismo.
Dice Jesús: “Pongan atención: que no se les embote la mente con el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, de modo que no los sorprenda de repente aquel día……. Velen en todo momento” (Lucas 21: 34 y 36).
Pensemos en esto como en el emprendimiento espiritual. Hoy, en las universidades se trabaja con bastante intensidad para formar a los jóvenes estudiantes, como emprendedores, con la intención de que, al concluír su carrera profesional, tengan todas las competencias para desarrollar iniciativas laborales, empresariales, que les permitan ejercer todo lo aprendido de modo satisfactorio, derivando de ahí el sustento para vivir dignamente, y para superar eso tan traumatizante en este mundo neoliberal, la presentación de hojas de vida sin esperanza de vinculación.
Un indicativo de una persona madura, comprometida con su vida, es su creatividad para hacer frente a los retos de la existencia, su imaginación para buscar soluciones, su empeño para no dejarse tomar ventaja por las contradicciones, y también su estilo organizado y previsivo.
Cómo traducir esto a la totalidad de nuestro ser y de nuestro quehacer? Cómo llevar proyectos de vida sólidamente fundamentados? Vivimos llenos de afanes, siempre ocupados, sin tiempo para lo esencial? O distraídos en banalidades, haciendo la carrera del éxito social, sin ir a las preguntas radicales del ser humano: Dios, la muerte, el sentido, la trascendencia?
Estos son los interrogantes propios de la vigilancia cristiana. Tienen mucho sentido que se hayan formulado de modo más claro en esta semana, que es la última del año lítúrgico (porque mañana, domingo 27, empezamos el nuevo año, con el I Domingo de Adviento). Todo esto ha sido una batería de cuestiones para hacer un gran examen de conciencia, para preguntarnos sobre cómo vivimos, cuáles son nuestras razones de peso, qué debemos erradicar , cuáles aspectos fortalecer, y también cuáles asumir para llevar un relato vital vigilante y esperanzado.
La intención de todo esto es no desperdiciar la vida en lo accidental, en lo superficial, en lo pasajero. Se trata de que el Espíritu moldee en nosotros la sabiduría del ser, la espiritualidad profunda, el humanismo trascendental, la pasión enamorada de Dios y del ser humano, y todas las implicaciones que de aquí se derivan.
Oremos este sábado en un clima de esperanza y miremos con ilusión rebasando el horizonte: ahí está el Dios totalmente comprometido con nuestra felicidad: estamos dispuestos para El?

viernes, 25 de noviembre de 2011

VIERNES 25 DE NOVIEMBRE


Lecturas
1.      Daniel 7: 2-14
2.      Daniel 3: 75-81
3.      Lucas 21:29-33
En los tiempos del Concilio Vaticano II (1962 a 1965) se hizo muy  común en los medios cristianos la expresión “signos de los tiempos”, con la que se quería expresar las grandes realidades de la historia a las que hay que atender en discernimiento para detectar allí las intenciones de Dios con la humanidad y también los grandes dinamismos de esta en su búsqueda de sentido.
Realidades como la afirmación de la libertad, la pasión por la justicia, los clamores de inconformidad, las rebeliones de los jóvenes, el reconocimiento de lo diferente, la ruptura de los viejos modelos de autoridad y de tradición institucional, la revisión crítica de las diversas concepciones sobre el ser humano, el surgimiento de nuevas sensibilidades, la aceptación de que el cristianismo no es el único camino válido para llegar a Dios, la emergencia de los pobres, la apertura al diálogo entre religiones, el cansancio con los excesos de la sociedad industrial y capitalista, el rechazo a los totalitarismos, son las explicitaciones de un nuevo orden de vida, indicativos de que algo esperanzador está llegando para liberar, para incluír, para dignificar. Estos , y  muchos más, son auténticos “signos de los tiempos”.
Con el remezón del Concilio la Iglesia se dio cuenta de que no podía permanecer encerrada en el claustro de su sacralidad, de su cultura católica considerada exclusiva y única verdad, y empezó el encuentro con estas realidades, muchas de ellas provocando crisis de fondo como las vividas en aquellos años sesentas y setentas. Esto fue devolver a la comunidad eclesial la lógica de la encarnación, la inserción en el mundo real, el despojo de sus pompas religiosas para descalzarse y salir a las calles de la vida con los estilos proféticos del Abbé  Pierre y de los curas obreros, de Romero y Helder Cámara, de la teología de la liberación y de Luther King.
Qué nos dice todo esto para nuestra oración y para nuestro crecimiento integral como hombres y mujeres de la Buena Noticia? Estamos dispuestos a la mirada crítica sobre las señales de estos comienzos del siglo XXI, o preferimos mantener la comodidad de un cristianismo convencional? Cómo nos llegan estas palabras de Jesús: “Observen la higuera y los demás árboles: cuando echan brotes, Ustedes saben sin más que el verano esta cerca. Igual Ustedes, cuando vean que sucede eso, sepan que se acerca el reinado de Dios” (Lucas 21: 29-30).
Qué vemos nosotros hoy que merezca una atención más allá de lo simplemente informativo o del ruidoso suceder de noticias y noticias? El movimiento de los indignados en Europa y Estados Unidos, las protestas estudiantiles en Colombia y Chile, las inconsistencias del modelo neoliberal con su intrínseca perversión de riqueza generadora de pobreza, el rechazo a que el Fondo Monetario Internacional siga siendo el rector de la vida mundial, los movimientos de protesta en los países del norte africano, el irreversible pluralismo de la sociedad, la lamentable superficialidad de la sociedad de consumo, pero también las muchas organizaciones de solidaridad y promoción de los derechos humanos, la gran tendencia del cuidado ambiental y el desarrollo de una cultura ecológica, la capacidad para salir de los ghettos religiosos a los encuentros vinculantes entre los creyentes de las diversas tradiciones espirituales, la búsqueda de lo esencial, la mirada atenta a la sabiduría oriental, y tantos brotes en los que el Espíritu pugna por surgir y por dar un rumbo de esperanza a la historia de la humanidad.
Nos aferramos a los privilegios que se argumentan en eso que llamamos “ideología católica”, viejo fundamentalismo que no tiene nada que ver con Jesús y con el Evangelio,  o nos dejamos conmover por El, y salimos al mundo, a lo real, descalzos, para dejarnos contagiar de esta pasión por la verdad encarnada en las narrativas de tantos hombres y mujeres que tienen sed de sentido y de vida verdadera?
Dejemos que sea esta misma realidad el canal de entrada de Dios y del hombre-mujer en nuestras vidas, y desde la confianza definitiva en estas dos realidades fundantes y esenciales, aprendamos a detectar las señales del reino que viene para salvar, para liberar, para construír, para sanar, para decirnos que Dios no es un asunto de sacristía sino la felicísima presencia que potencia nuestro camino.

jueves, 24 de noviembre de 2011

JUEVES 24 DE NOVIEMBRE


Lecturas
1.      Daniel 6: 12-28
2.      Salmo Daniel 3:75-81 (sigue el Càntico de los Tres Jòvenes)
3.      Lucas 21: 20-28
Es la memoria litúrgica de San Andrès Dung-Lac y sus compañeros, mártires en Viet Nam.
El texto evangélico de este jueves pertenece a la tendencia apocalíptica, a la que ya nos hemos referido anteriormente. De entrada, siempre es bueno advertir que su lenguaje causa estremecimiento, temor, angustia, pero esa no es la intención.Justamente, es lo contrario: disponernos para la gran esperanza del Señor, y para una vida totalmente asumida por El.
Desafortunadamente hay interpretaciones del cristianismo que se dedican a distorsionar los fundamentos de la fe, muchos grupos sociales son propensos al pánico colectivo y de esto se valen predicadores fundamentalistas para sembrar desconcierto. Se impone ir màs allà de la expresión literal y buscar de modo sutil su significado profundo.
Las causas de sufrimiento y de miedo son determinadas por decisiones de los seres humanos. La pobreza, la distribución injusta de los bienes materiales, la excesiva concentración de riqueza en unos pocos, la dificultad para conseguir trabajo, y las consecuencias devastadoras de los fenómenos de la naturaleza, son consecuencia de un egoísmo individual y estructural. Desde una mirada creyente estamos llamados a interpretar con sentido crìtico estas realidades, que sì son pecaminosas porque desconocen la voluntad de Dios expresada en Jesùs de reconocer la dignidad de cada ser humano y de hacer efectiva su inclusión en la mesa de la vida.
Esta destrucción de las carreteras, las inundaciones de tierras y viviendas, son el resultado de la irresponsable imprevisión de quienes tienen a su cargo la toma de decisiones y la implementación de las acciones correspondientes. Sabemos muy bien que cada año sucede lo mismo. El que se aleja de los requerimientos del ser humano, de su clamor de reconocimiento, se aparta también de Dios.
Recientemente el Pontificio Consejo Justicia y Paz hizo público un documento en el que hace un severo análisis del actual sistema financiero internacional , con sus efectos bien conocidos de exclusión y miseria. La falta de oportunidades para millones de hombres y mujeres no es un producto de su falta de iniciativa, o de desafortunadas casualidades; el mismo sistema contiene un perversión que propicia esta inequidad, a la que Juan Pablo II llamò “capitalismo salvaje”.
Estas sì son las realidades que estremecen, angustian, desencantan, hacen  perder las razones para la esperanza. Còmo las integramos en nuestra experiencia creyente y en nuestro deseo de seguir sinceramente los caminos de Dios? Còmo interpela esto nuestra conciencia y nuestra sensibilidad humanista y cristiana?
No se puede pasar impasible ante la realidad, ni aislarnos en una campana de cristal para”protegernos” de los males del mundo. El cristiano, como Jesùs, debe implicarse en la historia, afrontar la realidad, desentrañar su significado, discernirla proféticamente, y, en un ejercicio justo de valoración, determinar cuàles son las señales indicativas del reino de Dios y su justicia, cuàles las evidencias de una humanidad que se empeña en la solidaridad, en la paz, en el bien común; pero también, nos es imperativo establecer lo que es incompatible con el proyecto del Padre, lo que destruye, lo que desarraiga,lo que niega dignidad, lo egoísta, haciendo el anuncio del nuevo orden de libertad y posibilidades para todos, denunciando con eficacia tantos signos de los tiempos que son contrarios a las esperanzas de la humanidad.
A màs de uno estas palabras le pueden sonar trajinadas, propias de mentes enfebrecidas por ideologías “comunistas”, peligrosamente subversivas. Cada cual asume su responsabilidad ante estos contundentes hechos que afectan a la mayor parte de la humanidad presente. Y que dè cuenta de esto ante el juicio definitivo de Dios.
La fe cristiana, si bien apunta a una consumación definitiva màs allà de la historia, en la que firmemente creemos, también tiene una dimensión de influjo en la sociedad para hacerla verdaderamente participativa y generadora de una humanidad en la que valga la pena vivir. A este respecto veamos a los ganadores del Premio Nacional de Paz 2011: el municipio de San Carlos (Antioquia), comprometido en el retorno de la gran mayoría de sus pobladores, luego de años de abandono forzoso, “gracias” a la acción depredadora de guerrillas, paramilitares, Bacrim, son ahora un modelo de organización comunitaria. Junto con estas nobles gentes, también fue galardonada la organización Merquemos Juntos, de Barrancabermeja (Santander), emprendida hace 19 años por 11 aguerridas mujeres, para proveer al sustento diario de las familias de varias de las comunas de ese municipio. Ahora es un pujante programa de economía solidaria y microcrédito.
Oremos desde estas señales de esperanza, y alimentemos en nosotros el entusiasmo de vivir, la firme decisión de no facilitar las arremetidas de la muerte, el posicionamiento vigoroso ante los depredadores, la destrucción no es el destino fatal de nuestra historia. La lógica apocalíptica invita a la superación del mal, de la injusticia, del despojo, y un trabajo efectivo para resignificar todo el acontecer humano en la clave de una plenitud definitiva que se anticipa en estos signos de justicia y de  pasión por todo lo que tenga que ver con la reivindicación del ser humano, desde la experiencia del Dios que se nos ha revelado felizmente en el Señor Jesùs: “Entonces verán al Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria. Cuando comience a suceder todo eso, cobren ànimo y levanten la cabeza, porque se acerca su liberación” (Lucas 21: 27-28).
Justamente la vida de Monseñor Romero y del Padre Arrupe estuvo siempre animada por esta esperanza en una vida justa y apasionante para todos los desheredados de la tierra. Que su relato de vida inspire nuestra oración de hoy.

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