domingo, 8 de febrero de 2015

COMUNITAS MATUTINA 8 DE FEBRERO V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Job 7: 1 – 7
2.      Salmo 146: 1 – 6
3.      1 Corintios 9: 16 – 23
4.      Marcos 1: 29 – 39
El ser humano – lo sabemos desde nuestra propia experiencia – es un eterno buscador del sentido de la vida. Este es el gran asunto del libro de Job, del que se toma la primera lectura de este domingo, reflexión que hace a partir de la experiencia del mal, personificando la misma en la historia de un hombre llamado Job, justo y religioso, hombre bueno a quien le empiezan a llegar sufrimientos, calamidades, tragedias, con los consiguientes estados de ànimo que esto suscita, desde la rebeldía, la crisis, la depresión, hasta la purificación y el encuentro con Dios, que lo capacita para entender  su problemática y para asumirla en la perspectiva del sentido y de la esperanza.
Los versículos que hoy se nos refieren hacen parte de la respuesta de Job a su amigo Elifaz, quien previamente (capítulos 5 y 6)   reflexiona sobre el sufrimiento del inocente, el castigo de los malvados, la responsabilidad de los humanos en el surgimiento de sus propias  desgracias, el dolor entendido como correctivo de Dios para fraguar al ser humano, y el recuerdo de la fidelidad a Dios como garantía de la vida en abundancia: “Dichoso el hombre a    quien Dios corrige, no rechaces el escarmiento del Todopoderoso, porque El hiere y venda la herida, golpea y sana con su mano” (Job 5: 17 – 18).
Que sea esta una coyuntura saludable para preguntarnos sobre nuestras experiencias lìmites de dolor y de  vacío, de agobio y de fracaso.  Còmo  les hacemos frente? Nos sumimos en el sentimiento trágico de la vida y llegamos al desencanto y al pesimismo?  Se nos antoja que estamos abandonados de Dios y de la vida y que lo restante es una tragedia?
Job es el hombre destrozado por el sufrimiento, sin horizonte, que considera la vida un absurdo, una dramática realidad sin perspectivas de superación. Còmo nos lleva esto a hacernos conscientes del vacío de sentido que afecta a tantos seres humanos? Què nos dicen las estadísticas de suicidios, y también de enfermedades de la psiquis? Còmo nos reta esto a nosotros, creyentes en Jesùs, en términos de ser trabajadores comprometidos del sentido de la vida?
Las palabras de la primera lectura hacen parte de esa respuesta de Job a la desmesura de sus males, està abatido y su relato vital es de muerte y angustia radical: “La vida del hombre en la tierra es como un servicio militar, sus días son los de un jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, espera el salario. Mi herencia son meses vacìos, me han sido asignadas noches de sufrimiento…… Mis días corren màs que la lanzadera del telar y se consumen sin esperanza” (Job 7: 1-2 y 6).
Si la fe cristiana se pretende  dadora de plenitud y de vida en Dios, configuradora de las mejores razones para trascender y existir con significado de amor y de libertad, son imperativos un pensamiento y una experiencia espirituales de la mejor tradición bíblica y humanista para explicitar de una parte esta fragilidad que nos es inherente, inevitable, radical precariedad de nuestro ser, y de otra, verificar en la misma manifestación de Dios al ser humano la capacidad creadora y constructiva para desarmar  - valga la redundancia – la malignidad del mal y re-significarla en clave pascual.
En este contexto, conviene recordar de  el estimulante texto programático de Francisco, Obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal, LA ALEGRIA DEL EVANGELIO (Evangelii Gaudium), en el que señala el derrotero de su ministerio, enmarcado en la gozosa certeza de Dios, principio y fundamento de la felicidad humana, manifestado en Jesucristo, consciente de la contingencia que nos afecta, de las graves problemáticas de nuestro tiempo, de la presencia de manifestaciones antievangélicas en la Iglesia misma – altamente preocupantes ! – y de la necesidad del màs potente sentido de vida que se propone en la persona de Jesùs.
El relato que nos trae hoy el evangelio de Marcos nos propone buenas y esperanzadoras cosas para salir al paso a las evidencias del mal y a las angustias – como la de Job – que lo acompañan: “Despuès  salió de la sinagoga y con Santiago y Juan se dirigió a casa de Simòn y Andrès. La suegra de Simòn estaba en cama con fiebre, y se lo hicieron saber enseguida. El se acercò a ella, la tomò de la mano y la levantò. Se le fue la fiebre y se puso a servirles” (Marcos 1: 29 – 31).
La suegra de Pedro simboliza la situación de exclusión que sufren las mujeres ancianas y enfermas. Los discípulos interceden por ella como señal de solidaridad con quien està necesitado, paciente del dolor y de otros males. Con tres verbos Jesùs indica la mejor manera de relacionarse con el oprimido: acercarse, entrar en contacto con èl, y levantarlo. El, en nombre de la misericordia del Padre, sana, libera, reivindica, restaura, y espera que quien se ha beneficiado de la vitalidad de la que es portador se ponga al servicio del reino: “Se le fue la fiebre y se puso a servirles” (Marcos 1: 31) .
La persona en quien ha actuado Jesùs recuperando en ella todas las condiciones de vida y dignidad es ahora portadora de la buena noticia y pone en evidencia esto dedicándose al servicio de la comunidad, permitiendo a otros participar de los dones que trae consigo el ministerio de Jesùs.
Las sanaciones se extienden a todos los que se acercan al Maestro, y revelan la solidaridad salvífica y liberadora de Jesùs, su compromiso teologal con la plenitud de todas las personas, preferentemente las que son víctimas del sufrimiento, de la injusticia, del egoísmo de otros, del pecado. Jesùs es la novedad radical de Dios para el ser humano, novedad que se manifiesta en la comunicación de la dignidad, del feliz restablecimiento de todo lo que humaniza , del Padre Dios que habita en la persona que recibe estos dones a través del ejercicio sanante del Hijo: “Al atardecer, cuando se puso el sol, le llevaron toda clase de enfermos y endemoniados. Toda la población se agolpaba a la puerta. El sanò a muchos enfermos de dolencias diversas y expulsò a numerosos demonios, a los que no les permitìa hablar, porque lo conocían” (Marcos 1: 32 – 34).
La autoridad que el pueblo descubrìa en El, de la que hablábamos el domingo anterior, la demuestra curando en sábado a la suegra de Pedro, “El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado. De manera que el Hijo del Hombre es Señor también del sábado” (Marcos 2: 27 – 28).
 Esta dato es digno de  ser destacado  por el escàndalo que causaban a los judíos las pràcticas curativas de Jesùs en sábado, el dìa sagrado e intocable del judaísmo!  El tiene en sì mismo la libertad de Dios, la soberanía que el Padre le confiere para trascender las barreras que imponen las limitaciones religiosas del judaísmo, no por anarquía y desconocimiento inmaduro de lo establecido para todos, sino desde la afirmación de la dignidad humana que es rasgo tìpico del reino de Dios y su justicia, y desde su mismo ser plenamente teologal, empeñado en no limitar a los humanos con prescripciones sofocantes y siempre decidido a participar a todos de esa nueva y esperanzadora dinámica de sentido que El porta en nombre del Padre.
Pero también, Jesùs sabe que el entusiasmo basado sòlo en los milagros y no en el proyecto total del reino de Dios falsea su misión. Es consciente de la tentación del éxito que representaba esto: “Toda la población se agolpaba a la puerta” (Marcos 1: 33), y por eso se retira a orar, el contacto diario e intenso con el Padre es una constante en su vida, aquí es donde se alimenta para realizar su ministerio: “Muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, se levantò, salió y se dirigió a un lugar despoblado, donde estuvo orando” (Marcos 1: 35).
Testimonio de profundidad espiritual que nos comunica el mismo Jesùs para poner en tela de juicio la vanagloria del activismo y la obsesión por logros y resultados, productividad sin esencia que nos afana a tantos y tan a menudo, llevando a sacrificar la genuina sustancia del ser y del quehacer, asunto muy propio de esta cultura contemporànea de la utilidad.
 El autèntico trabajo del reino, la misión apostólica, descansan saludablemente en la intimidad con el Padre, en la experiencia del encuentro  con El, en la oración en la que recibimos la gracia de la lucidez, la escuela del afecto. Todo lo que se hace como servicio a los hermanos – siguiendo el ejemplo del Señor – en sus múltiples versiones,  tiene sentido si està respaldado por la densidad espiritual del  vìnculo orante, asì evocamos a los grandes mìsticos como Agustìn y Benito, Teresa de Jesùs y Catalina de Siena, Francisco de Asìs y Domingo de Guzmàn, Edith Stein y Etty Hillesum, Ignacio de Loyola y Juan de la Cruz, en cuyo relato teologal es patente la prioridad de la oración. Con Jesùs y con ellos, no nos dejamos aturdir por los triunfos y por la popularidad que esto promueve. A lo que hay que apuntar es a la voluntad del Padre, tal  es la determinación que garantiza la validez de la misión.
Este es un rasgo muy positivo de muchos en el cristianismo contemporáneo: ver còmo se va despertando la necesidad de cuidar màs y màs la comunicación con Dios, el silencio y la meditación. Los cristianos màs lùcidos y responsables quieren llevar a la Iglesia a vivir de manera màs contemplativa, con el fin de superar el inmediatismo de la acción, y el desgaste y vacío interior que lo acompañan.
Las  consideraciones de hoy tienen bello y muy elocuente remate en el testimonio de Pablo, que nos trae la segunda lectura: “Anunciar la Buena Noticia no es para mì motivo de orgullo sino una obligación a la que no puedo renunciar. Ay de mì si no anuncio la Buena Noticia!” (1 Corintios 9: 16 ).  Conocemos bien la pasión y el entusiasmo del apóstol  por la persona de Jesùs, y su resuelta acción apostólica, en la que traduce su inmenso ànimo espiritual y misionero.
Ser conscientes de esto nos lleva a la razón de ser de la Iglesia, sacramento de Jesucristo en la historia, visibilidad de El mismo, y eficacia de la Palabra. Como Pablo, la comunidad cristiana debe demostrar la nueva realidad existencial con la que El fue agraciado a partir de su encuentro con el Resucitado en el camino de Damasco, que hizo de èl un hombre seducido por Jesùs, por su Evangelio, llegando a la certeza de la plenitud que aquí reside para toda la humanidad.
Por esta razón fundamental la Iglesia no se puede reducir a ser una institución prestadora de servicios religiosos, ni una entidad ritual o de poder y prestigio, ella es la comunidad de los apasionados y motivados por el Espìritu de Jesùs para llevar a la humanidad la razón decisiva de sentido y esperanza: “ Me hice débil con los débiles para ganar a los débiles. Me hice todo a todos para salvar por lo menos a algunos. Y todo lo hago por la Buena Noticia , para participar de ella” (1 Corintios 9: 22 – 23).
Despuès de los vatileaks,  de los vergonzosos escándalos de pedofilia por parte de sacerdotes, del manejo indebido de las finanzas eclesiales en algunos medios, se impone de parte de todos un ejercicio humilde de autocrìtica, una postura de radical conversión al Padre, una aceptación del cuestionamiento exigente que se nos hace, y un retorno a este ànimo paulino y evangélico para destacar la esencia del ser eclesial, asì con la simpatía que a todos nos contagia Francisco, el pastor mayor: “Nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque “llevamos este tesoro en vasijas de barro” (2 Corintios 4: 7)” (Exhortaciòn apostólica La Alegrìa del Evangelio, del Papa Francisco, número 279).

domingo, 1 de febrero de 2015

COMUNITAS MATUTINA 1 DE FEBRERO III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas
1.      Deuteronomio 18: 15 – 20
2.      Salmo 94: 1 – 9
3.      1 Corintios 7: 32 – 35
4.      Marcos 1: 21 – 28
En estos comienzos del año , respaldados pedagógicamente por la lógica de inicio de este tiempo litúrgico, nos encontramos con Jesùs, también El  en plan de inaugurar su ministerio, la comunicación de la Buena Noticia, y esto bajo la perspectiva de ser el profeta, el testigo de Dios, el que vive plenamente en la atmòsfera del Espìritu, el que anuncia un nuevo orden de vida de total raigambre teologal, el que confronta la realidad de este mundo cuando es injusta e inhóspita para el ser humano y, por eso, contraria al querer de Dios.
La primera lectura – Deuteronomio – y el relato evangélico – Marcos – nos invitan a degustar què  es esto del ser y del quehacer del profeta, y la segunda – 1 Corintios – nos introduce en un carisma que puede ser eficaz y significativo para la vivencia del talante profético si se asume con autenticidad y con amor, el del celibato por el reino de Dios y su justicia.
Este es uno de los asuntos que nos obsesionan humana y evangélicamente en COMUNITAS MATUTINA, y  podemos empezar a reflexionarlo partiendo de la pregunta: Còmo ser al mismo tiempo profundamente humanos y profundamente divinos, conscientes de  que la respuesta a esta densa cuestión transita por los caminos de la plena testimonialidad sobre Dios y sobre la condición humana.
 Aquì estàn la jugada maestra de Jesùs y  la de muchos hombres y mujeres que se han querido implicar en este proyecto de vida, como Thomas Merton (Prades,Francia 31 de enero  1915 – Bangkok , Tailandia 10 de diciembre 1968), cuyo centenario de nacimiento estamos conmemorando justamente hoy, cuando escribimos este texto, y en cuyo honor queremos hacerlo, proponiéndolo como un estupendo referente de identidad en cuanto a la vivencia de la profecía, del ser de Dios, del ser del hombre, de la mìstica y de la pasión por la justicia.
Por muchos testimonios que encontramos en la literatura profética – Antiguo Testamento – nos consta que en Israel siempre hubo una tensión entre verdaderos y falsos profetas: “ Que no haya entre ustedes quièn queme a sus hijos o hijas, ni vaticinadores, ni astrólogos, ni agoreros, ni hechiceros, ni encantadores, ni espiritistas, ni adivinos, ni quièn consulta a los muertos . Porque el que practica eso es abominable para el Señor” (Deuteronomio 18:  10 – 12).
Falso profeta es el que acude a estratagemas de suplantación, a liderazgos absorbentes fundamentados en el anuncio de sì mismo, con un ego desmedido, nada atento a la liberación y sentido de vida de los oyentes, empeñado en una faena de prestigio personal, no seducido por el orden de la gracia y del Espìritu, también proponiendo una religiosidad alienante, fundamentada en rituales y exterioridades, y lavando el cerebro de los destinatarios de su mensaje, inculcándoles imágenes de Dios castigador y justiciero, generando culpabilidades morbosas y acudiendo al espectáculo religioso, sin recurso a la densidad de la vida interior.
En sana oposición, el texto deuteronomista alude a la promesa de un futuro profeta , lo que diò pie posteriormente para la formación de la esperanza en un personaje excepcional, una especie de segundo Moisès, cuyos atributos se proyectaron en el perfil que ellos mismos trazaron del Mesìas: “Suscitarè un profeta  de entre sus hermanos, como tù.  Pondrè mis palabras en su boca, y les dirà lo que yo le mande”. (Deuteronomio 18: 18).
Una disposición de los creyentes, desde el discernimiento , el sentido común y el saludable realismo, es la capacidad para diferenciar los verdaderos de los falsos profetas, el espíritu crìtico que no pasa entero y no se deja embaucar por la charlatanería religiosa, desafortunadamente muy en boga en nuestros días.
El criterio màs claro para esta distinción es verificar si eso que se dice venir de Dios nos hace màs humanos, màs felices, màs autónomos, màs comprometidos con los demás, y si esto sucede con serenidad y  con paz. Lo que angustia, causa perplejidad, confusión, culpa y terror de Dios, indudablemente procede del mal espíritu y de la falsa profecía, y no es avalado por el Padre.
El episodio sucedido en Marcos es esclarecedor. Todo ocurre en la sinagoga, el lugar de enseñanza oficial de la ley, el espacio de los maestros autorizados para interpretarla y aplicarla, el hecho sucede en sábado, el dìa sagrado, intocable. En este marco Jesùs comienza su enseñanza.
El  provoca asombro y admiración: “La gente se asombraba de su enseñanza porque lo hacìa con autoridad, no como los letrados” (Marcos 1: 22). Fijèmonos en la capacidad de la gente común y corriente para captar la sustancial diferencia, la autoridad que ellos perciben en Jesùs no viene de la institución religiosa ni de la tradición judía, El està  lleno del espíritu vivificador de Dios y esto es lo que marca la percepción del pueblo, su mensaje viene cargado de cercanìa, de esperanza, de misericordia, de aliento vital, lejano del rigorismo de los hombres del templo y de la sinagoga. Este es el nuevo concepto y pràctica de autoridad que surge con Jesùs!
Sin embargo, no todos comparten lo escuchado. Un endemoniado  expresa fuertemente su desacuerdo: “Precisamente en aquella sinagoga había un hombre poseído  por un espíritu inmundo, que gritò: Què tienes contra nosotros, Jesùs de Nazareth? Has venido a destruirnos? Sè quien eres tù: el Santo de Dios!” (Marcos 1: 23 – 24).
El hombre  està  aterrorizado , esto explica la violencia de sus palabras, se siente amenazado, pero…. después queda clarísimo  que Jesùs no viene a destruir a nadie, su “autoridad” reside en dar vida a las personas, en reivindicar su dignidad, en provocar su bienaventuranza, en ser instrumento de cercanìa  divina y del màs exquisito humanismo.
 Su enseñanza humaniza y libera. Su mensaje es la mejor noticia que puede escuchar este hombre atormentado: “Jesùs le increpò: calla y sal de èl! El espíritu inmundo sacudió al hombre, diò un fuerte grito y salió de èl. Todos se llenaron de estupor y se preguntaban: què significa esto? Una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les da   òrdenes y le obedecen” (Marcos 1: 25 – 27).
La palabra profética denuncia lo que es incompatible con Dios y con la dignidad del ser humano, por eso el  denunciado protesta y se asusta ante el vigor de la crìtica: los señores de la muerte, los que explotan a los pobres, los responsables de corruptelas y entuertos, los propiciadores del sufrimiento de los demás, los desleales, los corruptos, los que destruyen las ilusiones, todos ellos “poseídos” por la malignidad del espíritu perverso que surge del egoísmo, de la pèrdida del horizonte de la trascendencia, del afán desmedido de dinero y de poder, de la afirmación violenta de su pretendido dominio sobre vidas y conciencias, de la vanidad religiosa y moral.
Tal es la “posesión” y tal el ministerio del profeta Jesùs erradicando el mal y afirmando  la soberanía de Dios, como garantía para una existencia de los humanos en la perspectiva del amor, de la libertad, de las apasionantes realidades que son esencia del reino.
A la expresión del poseído: “ Sè quien eres tù: el Santo de Dios!” (Marcos 1: 24) le acompaña el reconocimiento de la autoridad de Jesùs y de la procedencia de la misma. Curiosamente el evangelista Marcos pone este testimonio en boca del endemoniado y no en la de sus entusiastas seguidores, como indicando  de una parte la sorpresa que Dios realiza en Jesùs, grata y esperanzadora, y también la acogida que tiene màs allà de las fronteras del judaísmo tradicional y ortodoxo.
Acostumbrados los judíos e israelitas al discurso vertical, prohibitivo, rìgido, de los sacerdotes y maestros religiosos, este lenguaje novedoso de Jesùs es causa de asombros, de iniciales perplejidades , pero luego de felices constataciones, como diciendo aquí sucede algo liberador, algo definitivo, algo que cambia para bien y mejor la vida de los que aquí estamos, porque se descubre que ya no es la prohibición la que impera sino el estìmulo del Espìritu y el aliento para una màs profunda y bienaventurada condición humana: “Què significa esto? Una enseñanza nueva, con autoridad! “ Marcos 1: 27) .
Cabe preguntarnos, en esta clave de interpretación, sobre las crisis de nuestra iglesia y de las religiones organizadas en general, siempre con la intención de que este tipo de interrogantes los hagamos con amor, con exigente autocrìtica, con responsabilidad y realismo, justamente para purificarnos de las adherencias farisaicas, de lo que no es causa de esperanza, de lo que es ajeno el proyecto original del Señor Jesùs, advirtiendo – eso sì !- que el advenimiento de los nuevos movimientos religiosos tipo espectáculo, milagreros y fundamentalistas, con desmedido protagonismo de los líderes, de marcado acento integrista y neoconservador, no son la respuesta cabal y liberadora a las deficiencias de los ámbitos tradicionales estancados  y temerosos del cambio y de la encarnaciòn.
En la iglesia y en las iglesias debemos tener claro que no somos escribas sino discípulos de Jesùs, hemos de comunicar su mensaje, no nuestras tradiciones, hemos de enseñar curando la vida, no adoctrinando las mentes, hemos de anunciar su Espìritu , no nuestras particulares interpretaciones.
A todo esto de profecía y evangelio, de mìstica y solidaridad, de espiritualidad encarnada y de humanismo, de poesía e imaginación creadora, se entregò con pasión nuestro admirado Thomas Merton, genuino testigo de Dios en el siglo de las dos guerras mundiales, de la carrera armamentista, de la bomba atómica, de la segregación racial, de las teorías crìticas y emancipadoras, de mayo del 68 y  de los Beatles, del Che Guevara y de Juan XXIII,  todo esto desde el discreto silencio de la Abadìa de Getsemanì (Louisville, Kentucky,USA,), en la que vivió desde 1941 hasta 1968, cuando un inesperado accidente en Bangkok (Tailandia), acabò con su vida, el 10 de diciembre de este último año, apenas con 53 años de edad.
Hombre de mundo en el primer cuarto de siglo de su vida, de exquisita sensibilidad humanista y estètica, surgida en un ambiente bastante secular y poco religioso, maltratado por la temprana muerte de sus padres, joven desajustado y bohemio, se va encontrando con la trascendencia en el estudio aplicado de la literatura inglesa, con énfasis en William Blake (1757 – 1827), sobre quien hace su tesis de grado en letras,  hasta que ingresa en la Trapa de Getsemanì el 10 de diciembre de 1941, en la que vive con exactitud cronológica 27 años.

Desde allì desarrolla una intensa actividad que bien podemos llamar profética, en el mejor significado del tèrmino. Maestro de novicios y monje austero, escritor y poeta, activista social y pacifista, promotor del respeto a los derechos humanos, enemigo acérrimo de la beligerancia político-militar del gobierno norteamericano, ìntimo amigo del gran poeta y cristiano nicaragüense Ernesto Cardenal (1925), Merton sabe relatar con su vida la narración liberadora de Dios y de los humanos, explicitando que sì es posible vivir con la mayor sinceridad la realidad de Jesucristo y conectarla – como es obvio en el evangelio original ! – con el compromiso histórico y social que se proyecta hacia la justicia, la inclusión, desde una vigorosa crìtica de la religión, cuando esta olvida sus raíces y se hace opio del pueblo y  también  ficción esclavizante. Bienvenidos estos nuevos profetas, leales a la originalidad de Jesùs!

domingo, 25 de enero de 2015

COMUNITAS MATUTINA 25 DE ENERO III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Lecturas
1.      Jonás 3: 1 – 5 y 10
2.      Salmo 24: 4 – 9
3.      1 Corintios 7: 29 – 31
4.      Marcos 1: 14 – 20
El domingo anterior, el evangelio de Juan nos contó cómo Jesús entró en contacto con algunos de los que más tarde serían sus discípulos. En este domingo III volvemos al relato de Marcos, que será el predominante durante el ciclo B. En tres escenas, las dos últimas estrechamente relacionadas, nos cuenta la forma sorprendente en que empieza la actuación de Jesús.
Primero alude al momento en el que inicia su actuación: “Cuando arrestaron a Juan , Jesús se dirigió a Galilea a proclamar la Buena Noticia de Dios” (Marcos 1: 14), como si ese hecho del ser Juan llevado a prisión despertase en él la conciencia de continuar su misión. Vale la pena caer en cuenta de esa costumbre inveterada que tenemos de ver a Jesús demasiado divino, como si supiese con precisión lo que debía hacer en cada instante. Pero viniendo a la cristología que parte de la humanidad de Jesús, y enfatiza su realidad y su contexto, es muy probable que el Padre Dios le hablase a través de los acontecimientos de la vida, como a nosotros, con el consiguiente ejercicio de interpretación y  de discernimiento.
La coyuntura es claramente la desaparición de Juan el Bautista y la necesidad de suplir el vacío que deja, continuando la invitación a convertirse y a llevar un nuevo modo de vida.
En segundo lugar, Jesús marca un contraste con Juan en cuanto al lugar de su predicación y ministerio. El Bautista se situó en el desierto, y hasta allí llegó la gente para escucharlo, en tanto que Jesús se va a recorrer caminando la provincia de Galilea,  en tiempos de Jesús una zona rica y fértil, aunque se trataba de una abundancia mal repartida, lo mismo que en todo el imperio romano. Se caracterizaban sus habitantes por no pasar entero las arrogancias de los judíos y de sus dirigentes religiosos, eran abiertamente contrarios al centralismo de la capital.
Los judíos de Jerusalén tenían mal concepto de los galileos, los consideraban revoltosos y disociadores. Un viejo dicho entre los judíos decía: “Si alguien quiere ser rico, que vaya a Galilea, si quiere ser sabio, que venga a Judea”, indicando con esto la muy conocida conciencia de superioridad y vanidad propia de fariseos, maestros de la ley y sacerdotes del templo. Esto se plasma en el evangelio de Juan así: “Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta” (Juan 7: 52).
En oposición a lo que se consideraba establecido y de sentido común, Jesús no va primero a Jerusalén y a su entorno, para aprender de los maestros religiosos y para beber de la tradición original del templo, más bien  permanece en Galilea, recorre sus aldeas y caminos, comparte con sus gentes, vive sus costumbres, indicando que Dios sucede en los márgenes de la historia, dato contundente en la revelación bíblica.
Y luego viene el mensaje, qué dice Jesús a estas multitudes de pobres, necesitados de razones para la esperanza? : “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia” (Marcos 1: 15).
También es preciso advertir que en este tiempo dominaba en algunos grupos religiosos una mentalidad apocalíptica, surgida de esa conciencia de que, al no resolverse los graves problemas y desgracias que ocurren en el mundo,  y a los que no  se ven soluciones viables y próximas, no queda más alternativa que aguardar un mundo maravilloso, extraordinario, en el que todo el dolor y sufrimiento serán superados: el reino de Dios será esa nueva realidad de plenitud y paz.
 Buena parte del contenido de esa apocalíptica podía ser fantasiosa, algo fundamentalista, como esas predicaciones y  retornos de lo religioso que siempre están sucediendo, con llamados a desconectarse de la realidad , del contexto social e histórico, para esperar la mágica irrupción de Dios.
También en nuestro tiempo estas nuevas realidades religiosas tienden a volverse muy populares, principalmente en los medios sociales pobres y maltratados por las carencias, río revuelto en el que pescan muchos oportunistas convertidos en nuevos mesías, con su discurso al que perfectamente  cabe la connotación de “religión, opio del pueblo”, en el decir de Carlos Marx, con toda su secuela de predicaciones terroríficas, enfatizando en los muchos pecados del pueblo y proponiendo una conversación angustiosa y enfermiza.
Pero Jesús no cae en esta trampa, no se refiere a señales fuera de lo común ni a prodigios espectaculares, se limita a decir que “está cerca el reino de Dios” (Marcos 1: 15), como la gran indicación del nuevo tiempo que está surgiendo.  Y vincula ese anuncio con una invitación a convertirse y a creer en la Buena Noticia, es decir, volver a Dios y mejorar la conducta, el modo de vida, cambiar de prioridades, descubrir la nueva y esperanzadora motivación de Dios, hacerse más humanos, más esenciales, más libres.
Aquí podemos conectar con la primera lectura, del libro de Jonás, cuya misión es ejercida en Nínive, una ciudad vana y desentendida de Dios y de los valores fundamentales de la vida, símbolo de la superficialidad, del hedonismo, del consumismo y de la ligereza en materia de costumbres : “Se levantó Jonás y fue a Nínive, como le mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Jonás se fue adentrando en la ciudad y caminó un día entero pregonando: dentro de cuarenta días Nínive será arrasada!” (Jonás 3: 3 – 4).
Esta llamada a la conversión es un rasgo típico del ministerio de los profetas, lenguaje que no resultaría extraño a los oyentes de Jesús, y que se hace más completa con el “creer en la Buena Noticia” (Marcos 1: 15), que viene a descubrir un horizonte de sentido que se pretende salvador y liberador para esta multitud de personas maltratadas por la pobreza, por las humillaciones del imperio romano, por el desprecio de sus sacerdotes y maestros.
Entonces vendrán los milagros, como señales indicativas del nuevo orden de cosas, la restauración de la integridad humana  de los beneficiarios de estas acciones de Jesús , y el perdón de los pecados, como apertura a ese nuevo talante que tiene en las bienaventuranzas sus valores constitutivos, genuinamente liberadores y humanizantes.
Para trabajar en la pedagogía del reino, Jesús requiere compañeros en la misión, por eso el relato de Marcos destaca el llamamiento de unos discípulos, que han de asociarse sin reservas a esta iniciativa. Por supuesto, no los busca en Jerusalén, entre los discípulos de los rabinos y de los ilustrados, va a los pescadores, al medio popular, y allí convoca: “ Caminando junto al lado de Galilea, vió a Simón y a su hermano Andrés que echaban las redes al lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo: vengan conmigo y los haré pescadores de hombres. Inmediatamente, dejando las redes, le siguieron” (Marcos 1: 16 – 18).
Mientras que Jonás responde con desgano a la misión que Dios le confía, haciéndolo sin entusiasmo, es notable la disponibilidad de estos jóvenes galileos que con gran generosidad aceptan el llamado y se van tras Jesús a emprender esta apasionante aventura de sembrar las semillas de un nuevo orden de dignidad y de vitalidad en nombre del Padre Dios.
Jonás es el antiprofeta, el recalcitrante que no hace lo que los demás profetas, resistiéndose a la acción del Señor, y sorprendiéndose porque los ninivitas sí hacen caso del llamado, a pesar de la poca energía que este hombre imprime a su anuncio: “Creyeron a Dios los ninivitas , proclamaron un ayuno y se vistieron de sayal pequeños y grandes” (Jonás 3: 5) y  Vió Dios sus obras y que se habían convertido de su  mala vida, y se arrepintió de la catástrofe con que había amenazado a Nínive y no la ejecutó” (Jonás 3: 10).
Excelente el contraste entre Jonás y los animados nuevos discípulos de Jesús para destacar dónde reside la eficacia del anuncio, vale decir no en la sofisticación de los medios humanos ni en las grandes estrategias , sino en la fuerza del testimonio, en la sabiduría de las gentes esenciales, y en la discreción del mismísimo Dios que actúa contraviniendo la lógica dominante en muchos de nosotros.
Cómo son nuestras actitudes ante las llamadas que Dios nos hace en las experiencias de la vida? Inventamos notables argumentaciones para resistirnos, mecanismos de justificación, evasiones aparentemente razonables? Nos cerramos a las evidentes  señales de cercanía del reino para negarnos a la invitación que Jesús nos formula en términos de una vida más auténtica, desposeída de grandezas, y seriamente entregada a trabajar por la justicia, por la dignidad humana, por el sentido liberador de la existencia? Cuáles son los grandes impedimentos que traban en nosotros la atención a esta invitación? Qué hay en nosotros del desanimado Jonás o de los entusiastas Simón y Andrés?
La cercanía del reino es el principio de una nueva etapa en la historia de la humanidad, en la que los valores determinantes serán la doble relación de filiación y fraternidad que se significa con plenitud en Jesús, el hijo y hermano por excelencia, proponiéndonos la inserción en ese estilo, que tiende a suprimir las odiosas clasificaciones causantes de desigualdades, a desarmar las autosuficiencias y los egos engreídos, a romper la maligna acumulación de bienes y dinero para dar paso a la mesa compartida, a erradicar esa religiosidad moralista y farisea para abrir espacio a la conversión del corazón, a la genuina libertad según el Espíritu.
Así, llama discípulos para dar sentido comunitario a esta misión, que es mucho más que una renovación de costumbres religiosas y rituales, se trata de una vida cualitativamente nueva, humanidad llamada a hacerse plena en el Padre Dios que se nos revela en Jesús.

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