domingo, 3 de mayo de 2015

COMUNITAS MATUTINA 3 DE MAYO V DOMINGO DE PASCUA “Permanezcan en mì como yo permanezco en ustedes” (Juan 15: 4)



Lecturas
1.   Hechos 9: 26 – 31
2.   Salmo 21: 26 – 32
3.   1 Juan 3: 18 – 24
4.   Juan 15: 1 – 8
Tengamos en cuenta que las imágenes que Jesùs propone como estrategia pedagógica para comunicar su mensaje y hacerlo màs comprensible y asimilable son resultado de su contexto cultural, agrícola, rural, también desértico y pastoril. Por eso, la comparación que nos trae hoy el texto de Juan 15 – la vid y los sarmientos, la vid y sus ramas – no es muy habitual entre nosotros colombianos, que somos màs bien cafeteros, de una agricultura muy rica, en la que no es muy frecuente el cultivo de la vid. Advirtàmoslo para una mejor comprensión de la rica palabra de este V domingo de Pascua.
De entrada hay que decir que el protagonista es el labrador, el que siembra, cuida, poda, cosecha y tira las ramas – sarmientos que no dan el fruto esperado. Y los protagonistas secundarios – las ramas – no hablan, pero sì actúan; unos manteniéndose unidos a la vid, y otros que toman la decisión de llevar su vida desprendidos de la vid. Ya lo sabemos : la vida de estas ramas – sarmientos depende de estar o no unidos a la vid, ella es origen y fundamento, pero son otros los que toman decisiones frente a ella.
El título habitual con el que se conoce esta metáfora de Jesùs hace énfasis en la importancia de la vid, porque de estar unidos a ella depende el futuro de las ramas y/o sarmientos. Este enfoque, tìpico de Juan, nos lleva a considerar la esencialidad  de Dios Padre en la existencia cristiana, aquello que San Ignacio de Loyola denomina como el principio y fundamento, y – como consecuencia salvífica y sacramental – el papel decisivo de Jesùs: “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. El corta los sarmientos que en mì no dan fruto ; a los que dan fruto los poda para que den aùn màs” (Juan 15: 1 – 2).
Podar es cortar, herir al árbol, despojarlo de algo que le ha costado mucho esfuerzo producir. Bien sabemos que el campesino, los jardineros, los cultivadores, lo hacen para que la planta estè màs saludable y fuerte. Estas palabras joaneas se aplican muy bien a lo que de Pablo dice el texto de Hechos: “ Saulo se quedó en Jerusalèn , moviéndose libremente; anunciaba valientemente el nombre de Jesùs, conversaba y discutìa con los judíos de lengua griega, pero estos tramaban su muerte. Sus hermanos, al enterarse, lo acompañaron hasta Cesarea y lo enviaron a Tarso” ( Hechos 9: 28 – 30).
Como bien recordamos, el caso de Saulo – Pablo es tìpico en esto de estar unido o desunido de la vid.
Primero es un fariseo radical y fundamentalista, riguroso observante de la Ley hasta en sus màs mìnimas prescripciones, desprecia a Jesùs y a sus seguidores porque, como judío estricto y fanático, considera que son contrarios a las grandes tradiciones religiosas y morales de Israel, hereje, blasfemo y heterodoxo. Los persigue con saña y se complace con el martirio de Esteban. Claramente su fuente de vida, su vid, no es el Espiritu sino el rigorismo religioso, ritual y legal.
Despuès, a partir del episodio de la caída del caballo en el camino de Damasco, empieza a ser un hombre nuevo, transformado, ahora sì dotado de la vitalidad del Padre de Jesùs, realidad que la ley no  podía darle porque esta es de muerte y cumplimiento, sin conversión  del corazón. La pasión de Pablo por Jesùs y por el Reino es, de ahora en adelante, la que decide todo su proyecto de vida, està unido a la vid y esto se traduce en su intensa actividad apostólica, en la formación de comunidades cristianas, en las cartas a ellas, en su capacidad para afrontar cruz y contradicción, en su vigor cristocèntrico.
Cuales son nuestras fuentes de vida: el ego? Los títulos académicos? El pedigree? Los apellidos? Nuestro estrato socioeconómico y la capacidad económica? Los clubes sociales a los que pertenecemos? La universidad de la que somos egresados? Las pertenencias políticas e ideológicas? Nuestros intransigentes y estèriles mapas mentales? Nuestra cercanìa a los círculos de poder’? La moda y todo lo que nos hace “estar in”? No será que esto es estar desprendidos de la vid?
Que sea el caso de Saulo el fariseo,  transformado en Pablo el apóstol,  una buena coyuntura para detectar si estamos unidos a la vid verdadera, la que nos hace humanos y sensibles, solidarios y comprometidos, o si , màs bien, somos las ramas – sarmientos desprendidos de ella, de cristianismo ritual e ideología anquilosada, de formalidades y protocolos, de mentalidades pretendidamente religiosas y morales, que no son otra cosa que manipulaciones de Dios y de Jesùs para “ponerlos al servicio” de estas pobrezas y esterilidades , semejantes a las de aquel mundo mundo farisaico tan contrario a la vitalidad que procede de la vid verdadera: “Si uno no permanece en mì lo tiraràn afuera como el sarmiento y se secarà: los toman, los echan al fuego y se queman” (Juan 15: 6).
Un aspecto clave para entender la crisis de la Iglesia Catòlica y de otras denominaciones cristianas encuentra aquí un elemento definitivo de discernimiento y de conversión, entendiendo y asumiendo que un aspecto de estar unidos a la vid es el de la humildad, la autocrìtica,  la aceptación de estos lìmites y pecados, y el libre emprendimiento de la conversión, acogiendo el don de Dios Padre en Jesùs.
Se nos cuestiona por graves inconsistencias, demasiado peso de lo institucional sobre lo profético y carismático, excesiva prudencia eclesiástica, afecto desordenado por las normas y reglamentos, silencio frente a graves acontecimientos como los de pederastia y abuso de los bienes materiales, criterios excluyentes, afirmación desmedida de que “fuera de la iglesia no hay salvación”, moralismo, rigidez, elementos de bastante similitud con el fariseísmo inicial de Saulo y de sus partidarios. Nos parece que esto es como el caso de las ramas – sarmientos desprendidos de la vida por dar primacía a lo que no es Dios en nuestra comunidad cristiana?
Lo que hace Francisco, y lo que han hecho hombres y mujeres señalados por su libertad evangélica y por su exquisito humanismo inscrito en el Señor Jesùs, es justamente destacar la prioridad de Dios, la vid verdadera, a la que estamos llamados  a vivir siempre unidos para mantener el aliento original, la vitalidad transformadora, la posibilidad de hacer creìble la Buena Noticia, el alejarnos del cristianismo de formas y ritos para vivir la novedad del reino de Dios y su justicia.
Esto es lo que quiere decir Juan en la segunda lectura: “Y este es su mandato: que creamos en la persona de su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros como èl nos mandò. Quien cumple sus mandatos permanece con Dios y Dios con èl. Y sabemos que permanece con nosotros por el Espìritu que nos ha dado” (1 Juan 3: 23 – 24).
La bella y sencillísima parábola de la vid y los sarmientos – ramas,  nos remite a la autèntica espiritualidad cristiana, que es oración – discernimiento, inserción comprometida en las realidades humanas y sociales, captación profética de los signos de los tiempos, solidaridad con los últimos del mundo, sintonía gozosa con los logros y plenitud de todos los humanos, disposición para el diálogo y el encuentro fraterno, despojo de la prepotencia religioso  - moral, humildad profunda, libertad de espíritu, conciencia de la fundamentalidad de Dios en nuestra vida y seguimiento apasionado de Jesùs.
Què tenemos que podar en nosotros para poder ser como lo propone el evangelio? Ya sabemos que esto no es un acto voluntarista, es el mismo Dios viñador quien a través de experiencias lìmite, personas que nos confrontan, despojos que la misma vida nos hace, elimina las ramas secas para permitir crecimiento, nueva manera de ser, adquisición de los valores evangélicos, como expresiones de nuestra permanencia en El.
El entusiasmo que suscita Francisco, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Universal, es porque èl – testimonial y coherentemente – se presenta como sinceramente unido a la vid verdadera, èl se siente como humilde rama que recibe de ella su espíritu profético y transformador, expresándolo en su cercanìa a toda la humanidad, rescatando el talante original de Jesùs, siendo portador de la Buena Noticia, aproximándose con amor y respeto a los pobres y a todos los humillados, denunciando con severidad las injusticias sociales y económicas, quitando la etiqueta moralista de tantos pronunciamientos de la Iglesia, lavando el rostro de esta para hacerla constantemente la comunidad de los discípulos, descalzos y desposeídos de poder, pròxima siempre al ser humano que se aventura en búsqueda del sentido pleno de la existencia.
Como dice la primera lectura: “La Iglesia entera de Judea, Galilea y Samarìa gozaba de paz, se iba construyendo, vivía en el amor del Señor y crecía animada por el Espìritu Santo” (Hechos 9: 31), expresa el texto que estas son las consecuencias de tener su principio y fundamento en Dios nuestro Señor, como Jesùs, como los hombres y mujeres que viven resueltamente este proyecto de las bienaventuranzas.
En definitiva, esto es vivir teologalmente: “Si permanecen en mì y mis palabras permanecen en ustedes, pedirán lo que quieran y lo obtendrán. Mi Padre será glorificado si dan fruto abundante y son mis discípulos” (Juan 15: 7 – 8).
Esto es lo que espera el mundo de nosotros, los cristianos, y de nuestras comunidades: que seamos verdaderamente hombres y mujeres de Dios, de Jesùs, en el Espìritu, tal es la feliz realidad que nos capacita para ser profundamente humanos y coherentes.

domingo, 26 de abril de 2015

COMUNITAS MATUTINA 26 DE ABRIL IV DOMINGO DE PASCUA “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas” (Juan 10: 11)

Lecturas
1.   Hechos 4: 8 – 12
2.   Salmo 117: 1; 8 – 9; 21 – 23;26 y 28 – 29
3.   1 Juan 3: 1 – 2
4.   Juan 10: 11 – 18
Este IV domingo de Pascua es conocido tradicionalmente como el del Buen Pastor, y en él se hace un especial reconocimiento a quienes desempeñan el ministerio pastoral en la Iglesia: el Papa, los obispos, los presbíteros, los diáconos. Si bien es esta una loable intención parece que conviene – siguiendo el espíritu de estos textos bíblicos – hacer extensiva la consideración a la “pastoralidad” de toda la Iglesia, de todos los integrantes de la misma, y esto en la clave del “cuidado de las ovejas”.
El mismo Juan nos brinda el marco de referencia: “Yo soy el buen pastor: conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mì, como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y doy la vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no pertenecen a este corral; a esas tengo que guiarlas para que escuchen mi voz y se forme un sòlo rebaño con un sòlo pastor” (Juan 10: 14 – 16).
El evangelista refiere la responsabilidad de este cuidado al mismo Señor Jesùs, ese es el fundamento de su misión, garantizar la plenitud vital de las ovejas que le han sido confiadas, dedicar la totalidad de su ser y quehacer a ellas, velar por las alejadas o extraviadas, crear las mejores condiciones para la vitalidad del rebaño, dar la vida por ellas, no reservarse nada para sì mismo, la razón de ser de sì mismo y de su ministerio es este cuidado exquisito, fino, delicado, altamente comprometido y misericordioso.
Esta es tarea de la Iglesia que – por supuesto – tiene unas figuras de servicio fundamental en los ministros ordenados que son los pastores que trabajan para que este cuidado sea asumido responsablemente por cada bautizado. Es esencial ,en este carisma ministerial, promover equitativamente la capacidad de cada cristiano para el pastoreo, que no es otra cosa que el servicio del cuidado de cada “oveja” en nombre de Jesùs, según su estilo de solidaria projimidad.
Es preciso revisar el esquema predominantemente clerical del pastoreo, para dar el paso cualitativo a la corresponsabilidad pastoral – ministerial de cada seguidor de Jesùs en la Iglesia universal y en cada comunidad particular de creyentes.
 Un obispo autèntico, un presbítero autèntico, con el carisma de presidir cada comunidad, es el que sabe – con inteligencia evangélica – promover, formar y facilitar la iniciativa de los laicos en esta perspectiva del pastoreo corresponsable, concentrando el esfuerzo evangelizador y pastoral en la totalidad de cada iglesia particular, cediendo humildemente el relevo para dejar atrás el protagonismo de los clérigos, que tiende a subdesarrollar y a subestimar el vigor de los laicos.
Jesùs se presenta como el verdadero pastor de su pueblo. Saca a sus ovejas fuera del recinto del judaísmo para constituir un nuevo rebaño, la comunidad de los definitivos tiempos mesiánicos. El es la puerta que da acceso a la novedad de la salvación plenamente universal, 100 % incluyente, incondicional, desbordante de generosidad, cuidadora de la vida de cada oveja y persuasiva para atraer a las descarriadas, el buen pastor que comunica la vida  de Dios en abundancia.
Todas las ovejas son posesión de Jesùs, estas le han sido dadas por el Padre, la realidad esencial de este nuevo rebaño consiste en las nuevas relaciones que se establecen entre el Pastor y las ovejas, surgen vínculos de mutuo conocimiento, donación de la vida, comunión: “Miren qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre que nos llamamos hijos de Dios y realmente lo somos” (1 Juan 3 : 1).
Frente a las graves y escandalosas exclusiones que se vivìan en tiempo de Jesùs, y a los descuidos y desprotecciones por parte de la institución religiosa oficial y del imperio romano, Jesùs marca el contraste radicalmente innovador, y propicia con este pastoreo una amorosa dedicación a aquellos tradicionalmente desconocidos por el sistema, se empeña en recoger esas ovejas para reconocerlas en su dignidad y manifestarles con hechos muy concretos de servicio y solidaridad la cercanìa y la compasión del Padre hacia ellos, poniendo una “banderilla” muy severa y crítica a los que el evangelio llama mercenarios y asalariados.
Asì los señala: “El asalariado que no es pastor ni dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, escapa abandonando las ovejas, y el lobo las arrebata y dispersa. Como es asalariado no le importan las ovejas” (Juan 10: 12 – 13).
Dura referencia para nuestra burocracia religiosa que se fija màs en las normas y reglamentos, en la multiplicidad de requisitos, y en el estilo rìgido y autoritario antes quienes humildemente demandan los beneficios pastorales de la Iglesia.
Este comentario no quiere poner en detrimento la organización de los servicios pastorales de la Iglesia, pero sí llamar la atención con alerta evangélica para transformar con calidad del Espíritu  eso que se podría llamar una institución prestadora de servicios religiosos, estricta, cuadriculada, alejada de las necesidades reales de la humanidad, para dar paso a la comunidad del cuidado, del buen pastoreo, del servicio esmerado a los creyentes y a todos – sin excepción! – a todos los que se acerquen a ella en pos de la gracia, del beneficio sacramental, del reconocimiento, de la compasión y de la misericordia.
Buenas preguntas de confrontación surgen  aquí para quienes ejercemos el ministerio y el liderazgo, en materia de cercanìa, encarnaciòn, amor pastoral, entrega a las personas, coherencia ética y evangélica, como que la ordenación nos refiere de modo indispensable a comunidades concretas de seres humanos que aspiran a vivir en el espíritu de la Buena Noticia.
Pensemos con talante autocrítico en nuestras cerrazones eclesiales, en nuestras lejanías clericales, en algunos formatos intransigentes que todavía subsisten, en ese estilo de funcionarios eclesiásticos sin sabor a Jesùs y a ser humano, y dejémonos envolver por el Espíritu para que el Padre sea todo en nosotros y nuestra identificación sacramental – existencial con el Señor determine la totalidad de lo que somos y hacemos.
Desde este ministerio implicado encarnatoriamente surge el buen cuidado, la pastoralidad esperanzadora, el cuidado sanador y protector, estimulante de la nueva humanidad de la que es portador para nosotros el Señor Jesùs.
Veamos asì el testimonio que da Pedro en el relato de la primera lectura: “Conste a todos ustedes y a todo el pueblo de Israel que este hombre ha sido sanado en nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien ustedes crucificaron y Dios resucitò de la muerte. Gracias a El este hombre està sano en presencia de ustedes. El es la piedra desechada por ustedes, los arquitectos, que se ha convertido en piedra angular” (Hechos 4: 10 – 11).
El cuidado pastoral tiene como misión fundante y fundamental comunicar la plenitud de vida que el Padre nos trae a través de Jesùs, en El se restauran las ovejas, ingresan al redil, encuentran satisfacción, plenitud y bendición, su existencia se replantea, su humanidad adquiere sentido pascual, se reivindica en salvación y libertad lo que el descuido pecaminoso ha desprotegido.
Esto , que es exigencia principal para obispos, presbíteros, diáconos, debe ser rasgo definitorio de cada comunidad de bautizados, no como un “ghetto” de perfectos,  élite desbordada por su arrogancia religiosa y moral, sino como el espacio de la fraterna acogida, del gozo de vivir en perspectiva de comunión y participación: “Queridos, ya somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que seremos. Nos consta que, cuando aparezca, seremos semejantes a él, y lo veremos como él es” (1 Juan 3: 2).
Para hacer más denso y existencial el significado de estas consideraciones podemos fijar nuestra atención en eso que en el mundo del humanismo se llama la ética del cuidado, tendencia que surge en medio de este mundo desalmado, desatento, insolidario, desentendido de los clamores de los seres humanos vulnerados en su dignidad y en sus posibilidades de reconocimiento.
Un ser humano que cuida es alguien comprometido con la plenitud humana de aquellos a quienes orienta sus servicios y su capacidad de protección, y esto debe afirmarse con todo vigor y a contracorriente de esta seudocultura competitiva e individualista, que piensa de modo egoísta en el libre desarrollo egoísta de unos sujetos que no saben del nosotros, afanosos de bienestar y de una libertad no referida a la solidaridad.

Esto conecta perfectamente con el cuidado y pastoreo evangélico de cada oveja, de cada ser humano, sin establecer barreras que impidan el diálogo, los vínculos profundos, la comunicación generosa, siempre disponiendo el talante de la inclusión, del crear espacios de vida plena donde cada persona cuidada se sienta con el pleno derecho a su filiación divina y a su humanidad: “Por eso me ama el Padre, porque doy la vida, para recobrarla después. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y para recobrarla después. Este es el encargo que he recibido del Padre” (Juan 10: 17 – 18). 

domingo, 19 de abril de 2015

COMUNITAS MATUTINA 19 DE ABRIL III DOMINGO DE PASCUA “El Mesías tenía que padecer y resucitar de la muerte; en su nombre se predicaría penitencia y perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Ustedes son testigos de ello” (Lucas 24: 45 – 47)



Lecturas
1.   Hechos 3: 13 – 15 y 17 – 19
2.   Salmo 4: 2 – 9
3.   1 Juan 2: 1 – 5
4.   Lucas 24: 35 – 48
El tema que ofrece la Palabra de este domingo sigue siendo Jesús el viviente, el comunicador de la Vida plena en Dios, y esta se refleja en las tres lecturas como conversión y perdón,  el gran beneficio pascual!
El pecado es la única muerte a la que se debe tener miedo, a la que se debe tener como inaceptable, porque aniquila la verdadera vida, va en contra de la plenitud y realización del ser humano, es la libertad desordenada que rompe el vínculo fundante con Dios y  va en contra del mismo que la ejerce, en contra de los prójimos, en contra de la creación.
-      La primera dice: “Arrepiéntanse y conviértanse para que se les borren los pecados, y así reciban del Señor tiempos favorables y les envíe a Jesús, el Mesías predestinado” (Hechos 3: 19).
-      La segunda dice: “ Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero si alguien peca, tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo” (1 Juan 2: 1).
-      La tercera dice: “Entonces les abrió la inteligencia para que comprendieran la Escritura. Y añadió: Así está escrito, que el Mesías tenía que padecer y resucitar de la muerte; que en su nombre se predicaría penitencia y perdón de pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén” (Lucas 24: 45 – 46).
Es clarísimo el común denominador: con Jesús llega de modo definitivo la vitalidad de Dios, el paso de la muerte a la vida, la superación de la posibilidad de quedar sumergidos en el desamor, la injusticia, el caos y desorden, la muerte y frustración que implican el romper la relación fundante con Dios.
Es indudable que hay que purificar la conciencia de pecado, superando el sentimiento enfermizo de culpa y la obsesión por etiquetar como tal muchos comportamientos que realmente no lo son, pero también poniendo una pregunta crítica al relativismo moral que deriva en tantas conductas destructivas, desafortunadamente muy frecuentes en nuestras días, como el desprecio por la vida, manifestado en tantos asesinatos y violencias, en abortos irresponsables, en el desconocimiento de la dignidad de la niñez y de los ancianos; en las múltiples y escandalosas prácticas de corrupción, como las que conocemos en Colombia; en el facilismo con el que tantas personas se toman la vida, degenerando en una existencia vacía y carente de valores.
La novedad pascual apunta justamente a una nueva creación, a una nueva humanidad, redimida y restablecida por la eficacia de la pasión y muerte de Jesús, y legitimada por su resurrección.
La comunidad de los discípulos,  y demás integrantes de este grupo cristiano original , vive con inmenso gozo – también con estupor – esta certeza de constatar que el crucificado es ahora el Viviente, garante pleno de su esperanza: “Estaban hablando de ello, cuando se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes. Espantados y temblando de miedo, pensaban que era un fantasma. Pero él les dijo: por qué están turbados? Por qué se les ocurren esas dudas? Miren mis manos y mis pies, que soy el mismo. Toquen y vean, que un fantasma no tiene carne y hueso, como ven que yo tengo” (Lucas 24: 36 – 39).
Imaginémonos la situación de estos primeros seguidores del Señor, primero confundidos y derrotados, ahora sorprendidos con esta revelación, desconcertados porque no acertaban a confirmar  su presencia viva en medio de ellos, y ahora  empiezan a crecer de manera inusitada y maravillosa, descubren que es una feliz y realísima verdad, y deben enfrentarse a la incredulidad y animadversión del ambiente social y religioso en el que vivían.
Entonces toman en serio con sus vida lo que el mismo Jesús les dice: “Ustedes son testigos de ello” (Lucas 24: 48), y vuelven historia y realidad la condición de ser enviados a comunicar esta Buena Noticia. Es su manera de ser y de proceder, ahora también resucitada, la que va a ser el argumento contundente para testimoniar al Viviente, es la nueva vida de los convertidos, profundamente humana y evangélica, esperanzada y audaz, saturada de sentido y de vitalidad, la que se hace el más apasionante relato pascual, para transmitir a otros la verdad de este acontecimiento, que es mucho más que una anécdota puntual, literal, un cuento piadoso: es el mismo Dios el que articula novedosamente la historia de la humanidad con la resurrección de Jesús.
En este contexto cabe preguntarnos si esta Pascua 2015 ha sido eficaz en nosotros, si los núcleos de pecaminosidad detectados durante la cuaresma están empezando a superarse, si estamos pasando verdaderamente de la muerte a la vida, si en nosotros sucede lo que dice Juan: “Pero quien cumple su palabra tiene realmente colmado el amor de Dios. En eso conocemos que estamos con él. Quien dice que permanece con él ha de proceder como él procedió” (1 Juan 2: 4 – 6).
Cómo reflejar en la sociedad colombiana las consecuencias de la Pascua? Tenemos grandes cuentas pendientes para tornarlas de muerte e injusticia en vida nueva y resurrección,  constantes y crecientes:
-      El muy injusto sistema socioeconómico que hace de Colombia uno de los países más desiguales del mundo, con un 64 % de pobreza y – dentro de esta – con un 32 % de la población en situación de miseria. Esto – tal como lo han señalado Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, y nuestros obispos – es una “situación de pecado  que clama reconocimiento, vida nueva, dignidad.
-      El crimen cometido esta semana contra once jóvenes soldados, dejando también heridos a 22 de ellos, y sumidos en una inmensa tristeza a sus familiares, es expresión de la demencia de quienes lo cometieron, realidad que viene maltratando a los colombianos desde hace varias décadas, asesinatos cometidos por paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes, falsos positivos de los que son responsables agentes del estado, no contiene acaso un clamor de Dios que es también clamor de humanidad, una demanda por una nueva manera de coexistencia social, la adquisición pascual de un exquisito respeto por la vida en todas sus manifestaciones?
-      La aberrante corrupción en muchos ámbitos del estado, los jueces venales, los contratistas de obras públicas que – asociados con gobernantes – disponen a su antojo de miles de millones de pesos que son propiedad de los contribuyentes, los propietarios de empresas de inversión que pierden el norte ético con el dinero de los ahorradores.
-      El silencio e indiferencia de una ciudadanía que no se organiza para indignarse y ejercer presión en clave de cambio , de justicia, de dignidad,  muchos de inmensa mayoría católica y cristiana!
Esta es la contextualización de las expectativas pascuales en Colombia, al mismo tiempo herida pero deseosa de un nuevo orden de convivencia, de un nuevo modelo de sociedad, de unas mentes y corazones definitivamente orientados hacia la solidaridad, hacia la projimidad, hacia la justicia y la fraternidad.
Jesús resucitado nos participa de su vitalidad y nos promete el Espíritu para vivir siempre en esta novedad: “Yo les envío lo que el Padre prometió. Ustedes quédense en la ciudad hasta que desde el cielo los revistan de fuerza” (Lucas 24: 48), palabras cuyo significado no es otro que la dotación con la que el Señor nos configura para una existencia siempre resucitada, siempre renovada.
 Cómo incidir decisivamente con esto en  un país de mayoría cristiana y católica , orientado a la justicia, al reconocimiento de la dignidad de todos, al respeto del orden institucional en clave de bien común, a la honestidad como proyecto de vida, a la exquisitez  ética y moral?
Jesús anima a cada cristiano, a cada comunidad de creyentes, a la humanidad toda, El está en medio de nosotros transmitiendo la vitalidad del Padre, pero nos requiere para ser “testigos” haciendo eficaz la superación del viejo orden de pecado y de muerte, y ordenando todo lo social y lo histórico en perspectiva de Pascua.
Como en la arenga de Pedro a los judíos, referida hoy en la lectura de Hechos: “Israelitas, por qué se asombran y  se quedan mirándonos como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o religiosidad? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús…..Dios lo ha resucitado de la muerte y nosotros somos testigos de ello” (Hechos 3: 12-13 y 15), tenemos un requerimiento que proviene del mismo Dios, también de la humanidad doliente, y es el de ponernos a caminar por la historia en seguimiento de Jesús para resucitar de tanta des – gracia y traer a nuestro mundo la gracia de la nueva vida.

Archivo del blog