domingo, 18 de octubre de 2015

COMUNITAS MATUTINA 18 DE OCTUBRE DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO



“Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”
(Marcos 10: 45)
Lecturas:
1.   Isaìas 53: 10 – 11
2.   Salmo 32: 4 – 5, 18 – 20 y 22
3.   Hebreos 4: 14 – 16
4.   Marcos 10: 32 – 45

Jesucristo salva a la humanidad poniéndose en diametral oposición a los deseos de poder y de dominio que predominan en la mayoría de ambientes humanos, y los destruyen. Este nuevo camino tiene en el servicio, en la abnegación, en la donación sacrificial de la vida, sus referentes fundantes y fundamentales. El que manda se realiza en esta perspectiva servicial. En el cáliz amargo del sufrimiento encontrarà su razón de ser el que quiera vivir con seriedad este estilo  de vida.
Este “modus vivendi” será beneficioso para todos en términos de salvación y de liberación, pero también es el único y definitivo modo de solidarizarse con quienes sufren y padecen ignominias, y de sentir en carne propia la urgencia de ser salvados.
Un excelente marco de comprensión de esta realidad nos lo brinda el texto de la segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos: “No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado” (Hebreos 4: 15).
La teología de  este escrito del Nuevo Testamento destaca a Jesùs como el nuevo mediador de salvación, y lo establece como el sacerdote y el sacerdocio que supera el modelo del Antiguo Testamento en el sentido de una mediación ritual e individual para dar paso al que ofrece la totalidad de su vida, apropiándose encarnatoriamente de todas las realidades humanas, insertándose en ellas, sintiendo como suyos los dramas del ser humano, y presentándose a Dios Padre como la ofrenda perfecta, en nombre de todos.
Asì las cosas, nos encontramos nuevamente con el evangelio de Marcos, que quiere ser claro y radical al plantear el proyecto de Jesùs en la clave de la cruz y de la pasión, demasiado contundente al hacerlo para que no quepa la menor ambigüedad en este aspecto que es esencial en el camino cristiano.
“Iban de camino, subiendo hacia Jerusalèn. Jesùs iba adelante, los que le seguían estaban sorprendidos y con miedo. El reunió otra vez a los Doce y se puso a anunciarles lo que le iba a suceder: Miren, estamos subiendo a Jerusalèn, el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados, lo condenaràn a muerte y lo entregaràn a los paganos, que se burlaràn de èl, lo escupirán, lo azotaràn y le darán muerte, y luego de tres días resucitarà” (Marcos 10: 32 – 34).
 Es el contexto clarísimo de la pasión, de la humillación suprema, del extremo dolor y del juicio injusto, de la muerte en la cruz. Marcos lo expresa con nitidez, como diciendo: estas son las posibilidades que implican también a quien quiera seguir con libertad el proyecto en el que estoy comprometido en totalidad!
Tengamos  presente que en este evangelista  se anuncia tres veces la pasión, radicalidad del mensaje de Jesùs, y otras tantas los discípulos manifiestan su oposición a tal alternativa:
-      A continuación del primer anuncio, Pedro dice a Jesùs que, de pasión y muerte, ni hablar.
-      Despuès de la segunda, los discípulos siguen discutiendo sobre quìèn de ellos era el màs importante.
-      Hoy, al tercer anuncio, los dos hermanos , Santiago y Juan, pretenden sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda, como quien dice, queremos quedar en los mejores puestos después de que Jesùs y su proyecto “triunfen”!
No puede quedar màs claro el contraste entre la invitación y el anuncio de Jesùs y la mentalidad y actitud de Jesùs y de sus seguidores iniciales. Es esa vieja  tentación de minimizar o desaparecer las exigencias del amor mayor, de la autenticidad sin rodeos, del sacrificio y la entrega de todo el ser. Asì esos discípulos en esos tiempos, asì nosotros y muchos en la Iglesia con la pretensión de hacer carrera y de ser importantes y notables en el establecimiento eclesiástico o en la vida en general.
Santiago y Juan, hijos de Zebedeo se están imaginando un reino terreno, tal es el ideal  que los cobija a ellos, a Pedro y a todo el grupo, y por eso: “Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. El les preguntò: Què quieren de mì? Les respondieron: Concèdenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesùs respondió: No saben lo que piden. Pueden beber la copa que yo he de beber o recibir el bautismo que yo voy a recibir?” (Marcos 10: 35 – 38)
Se refleja una diferencia abismal de criterios, Jesùs y sus discípulos están en distinto proyecto, son dos mentalidades opuestas. Ellos dejan ver su afán de superioridad, de lograr posiciones de poder, de ser premiados con esas distinciones .  Jesùs, en cambio,   con esa fuerte pregunta , descalifica tales aspiraciones y los interroga acerca de su disposición de entregarse amorosamente sin reticencias y condiciones de privilegios.
Còmo llega a nosotros este interrogante? Tenemos claros los alcances a los que Jesùs quiere llevarnos? Funcionan dentro de nosotros estos criterios mundanos? Estamos empeñados en ser cristianos de tiempo parcial, de tal modo que cuando nos lleguen los desafíos supremos tengamos listos los mecanismos de defensa y las justificaciones para no comprometernos?
 Esta manera de pensar se ha filtrado en la Iglesia desde hace muchos siglos , tan fuerte y extrema, que ha oscurecido la fuerza liberadora del Evangelio hasta prevalecer  su aspecto de institución prestadora de servicios religiosos, de entidad determinada por normas y prohibiciones, con ausencia en muchísimos casos de la misericordia, y dejando bien clara su estructuración en torno a superiores e inferiores, clérigos de una parte, “simples laicos” de otra, sin hacer énfasis en la comunidad  de iguales y en el servicio.
Luego, es impresionante el resumen que hace Jesùs de la manera de utilizar el poder en el mundo: “Saben que entre los paganos los que son tenidos por gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños y los poderosos imponen su autoridad” (Marcos 10: 42). Es una fortísima crìtica que hace èl a las gentes de todos los tiempos de la historia que ejercen este poder oprimiendo y manipulando, tiranizando y negando la libertad y la dignidad de los que están bajo esa “autoridad”.
En abierto y extremo contraste esta es la alternativa: “No sea asì entre ustedes; màs bien, quien quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás; y quien quiera ser el primero que se haga sirviente de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido sino a servir, y a dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10: 43 – 45).
El programa en el que Jesùs està totalmente involucrado, que es el del Padre para descubrir el genuino sentido de la existencia a la humanidad, es hacerse portador de pleno significado para todos dando la vida, no reservando nada para sì, haciendo del servicio el elemento determinante  de todas sus decisiones y actuaciones, y asumiendo que en momentos específicos  esta opción puede contener el drama de la cruz, de la muerte cruenta por amor, como lo intuìa nuestro entrañable Beato Romero de Amèrica, hasta verlo avalado en la vespertina martirial de aquel 24 de marzo de 1980.
Jesùs critica a las personas concretas que actúan desde el poder para oprimir a los demás, y vuelve realidad lo que vislumbra la primera lectura, uno de los cuatros cantos del siervo sufriente de Yavè, en el profeta Isaìas:”El Señor querìa triturarlo con el sufrimiento: si entrega su vida como expiación , verà su descendencia , prolongarà sus años y por su medio triunfarà el plan del Señor. Por los trabajos soportados verà la luz, se saciarà de saber; mi siervo inocente rehabilitarà a todos porque cargò con sus crímenes” (Isaìas 53: 10 – 11).
El perfil ideal de Mesìas que delinean estos textos tradicionales de Isaìas no es el de un triunfador espectacular, el de un poderoso líder que acabarà con sus enemigos y hará sentir la magnitud de su poder, sino el de un servidor sufriente, humillado y ofendido, que llevarà sobre sì, en clave de redención y de salvación, los crímenes y pecados de todos, resignificando en totalidad lo que es muerte para hacerlo vida, ofreciendo la suya propia como el gran servicio salvador y liberador.
El evangelio afirma permanentemente que el cristiano es un ser para los demás. Si no entendemos esto no hemos captado el abc de Jesùs y de su buena noticia. Somos cristianos en la medida en que nos damos servicialmente a los demás, y dejamos de serlo en la medida en que nos queramos aprovechar del prójimo, aunque vayamos a misa y tengamos una pràctica religiosa y ritual muy destacada.
Este principio básico nos ha llegado no por medio de una reglamentación institucional sino a través del relato original y originante del Señor Jesùs. Al captar lo que el Padre era en El, y vivirlo en un ciento por ciento hasta la muerte en la cruz, nos dejó claro que la grandeza , evangélicamente entendida y asì vivida, es darse como Dios se da, esta es la autèntica realización del ser humano. La gloria verdadera reside aquí, no en el poder, ni en los logros de la “carrera” de ascensos y de éxitos humanos, haciendo de ellos título para enseñorearse sobre los demás.
Por eso, de nuevo resaltamos las palabras que dice a los discípulos: “La copa que yo voy a beber también la beberán ustedes, el bautismo que yo voy a recibir, también lo recibirán ustedes” (Marcos 10: 39), indicándoles que es la identificación plena con su sacrificio salvador lo que da  significado a sus vidas, a las nuestras también, por supuesto.
Jesùs nos libera del ego que idolatra el poder, y nos hace posible la verdadera superación de esta alienación ofreciendo esta perspectiva de una vida que se gasta por amor para dar sentido, desde el Padre Dios, a la vida de muchos y, ojalà,  de todos.

domingo, 11 de octubre de 2015

COMUNITAS MATUTINA 11 DE OCTUBRE DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

“Hijos, què difícil es entrar en el reino de Dios! Es màs fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios”
(Marcos 10: 24 – 25)
Lecturas
1.   Sabidurìa 7: 7 – 11
2.   Salmo 89: 12 – 17
3.   Hebreos 4: 12 – 13
4.   Marcos 10: 17 – 30
El llamamiento propio del proyecto de vida   de Jesùs exige hacer rupturas y renuncias en aras del reino de Dios y su justicia. Estas no son romanticismos producto de entusiasmos momentáneos, ni pràcticas ascèticas de autocastigo, de estilo masoquista.
 Aquì se trata de descubrir un tesoro, visto como el mayor valor posible, y de hacer todos los esfuerzos para obtenerlo, ruta de la esclavitud hacia la libertad, de dejar atrás los propios intereses para dedicarse de modo permanente al servicio de los prójimos.
Quien capta esto y lo apropia para su vida , desarrolla la capacidad de abandonarlo todo para hacer de su relato la dedicación total al seguimiento de Jesùs, en un exigente ejercicio de liberación.
La alternativa es ser o tener, Jesùs o el poder y las riquezas. Esto es lo que se plantea en el relato de Marcos, en la escena conocida del hombre  rico que se le  presenta: “Maestro bueno, què harè para heredar la vida eterna? ….Ya sabes los mandamientos…..El replicò: Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño. Jesùs se le quedó mirando con cariño y le dijo: una cosa te falta, anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres – asì tendràs un tesoro en el cielo – y luego sígueme”   (Marcos 10: 17.19 – 21).
Este es un episodio entrañable pero con un triste desenlace. El   rico no se decide a dar el paso del seguimiento porque su afecto a las riquezas se lo impide, recordando que estas para los judíos tradicionales eran una señal de la bendición de Dios: “El hombre se afligió al oìr esto, y se fue triste porque era muy rico” (Marcos 10: 22).
Este hombre tenía poder, bienes, pero no las tenía todas consigo. Con seguridad, esperaba que Jesùs le exigiera algo màs difícil que los preceptos de Moisès, pero le resulta con este requerimiento, que indudablemente le propone renunciar de modo definitivo a lo que para èl era màs preciado,  con lo que no contaba.
El horizonte  teologal que se vislumbra es  para acceder a la confianza sin lìmites, no cumplimiento de la Ley con  su peso normativo sino seguimiento, y esto en vísperas de la subida de Jesùs  a  Jerusalèn, donde se va encontrar con la incomprensión, el juicio, el abandono por parte de los suyos, el rechazo popular, la cruz, la muerte, la humillación y la ignominia.
Este relato nos hace recordar el muy diciente libro de Erich Fromm (1900 – 1980),  “Del tener al ser: caminos y extravíos de la conciencia”, publicado de modo pòstumo en 1989, en el que el conocido psicoanalista y humanista estudia la propiedad funcional y la no funcional, el tener orientado al ser y el tener orientado al poseer, deteniéndose en el tener no funcional, elementos todos propios de su estudio crìtico de la sociedad contemporànea, del modelo economicista imperante, de la sociedad de consumo, de la idolatrìa de la posesión económica y material, con la intención de propender por un ser humano liberado de estas ataduras.
Veamos: “El egoísmo, consecuencia del modo existencial del tener, de modo orientado a la propiedad, es parecido, pero no idéntico, al narcisismo. El egoísta no es necesariamente narcisista. Puede haber roto la coraza de su narcisismo, puede apreciar adecuadamente la realidad exterior y no estar enamorado de sì mismo, puede saber quien es èl y quiènes son los demás y distinguir bien entre la experiencia subjetiva y la realidad. Pero lo quiere todo para sì, no le gusta dar ni compartir, no encuentra satisfacción en la solidaridad, la cooperación ni el amor; es una fortaleza incomunicada, receloso de los demás, ansioso de tomar y reacio a dar; representa, en general, el carácter anal – acumulativo. Està solo, sin relaciones, y su fuerza està en lo que tiene y en la seguridad de conservarlo” (FROMM,Erich. Del tener al ser. Eds. Paidòs, Barcelona 1991, pag. 150).
Este pensador y analista del mundo contemporáneo, si bien no fue un creyente cristiano, tiene una densa perspectiva humanista y humanizante que lo pone en gran cercanìa del Evangelio, justamente por su visión del ser humano libre de ataduras, no sometido al poder del dinero, ni a  la posesión ansiosa y fanática, ni al tener desvinculado de un proyecto de solidaridad. Sus estudios son voz de alerta ante las muchas seducciones que nos alienan, como esta del afecto desmedido por las riquezas materiales, cuyo caso plantea hoy Jesùs con altísima exigencia.
Para los judíos de ese tiempo los mandamientos màs importantes eran los referidos a Dios (los tres primeros), para Jesùs lo son los referidos al prójimo, es enseñanza original suya, con la correspondiente perspectiva de “alcanzar la vida eterna”, no sòlo entendida como plenitud màs allà de la muerte, sino también como existencia que se realiza en el servicio, en la construcción de la fraternidad, en la comunión, en el desasimiento de los bienes que impiden tal camino.
Para entrar en el Reino de Dios es imperativo preocuparse por los demás, seguir a Jesùs es muchísimo màs que la fidelidad a unas normas, que la adaptación a un orden establecido, El està pidiendo  ser cualitativamente diferentes desde la perspectiva del ser hijos del mismo Padre y, en consecuencia, hermanos auténticos de todos. Esto último, aunque suene a lugar común, implica despojarse de todo aquello que nos encierra en un mundo de seguridades, haciéndonos insensibles a las voces de tantos hombres y mujeres – lo hemos dicho muchas veces – que reclaman justicia, dignidad, reconocimiento.
Perfectamente podemos asociar esta invitación a la ruptura liberadora del tener con el don de la sabiduría, tal como es entendido y vivido en el Antiguo Testamento, la capacidad de acertar con la dimensión esencial de la vida, la de trascender hacia Dios trascendiendo hacia los otros, no buscando sino lo genuino de la existencia, relativizando en un 100 % las adherencias  que provienen del poder y del bienestar material: “Por eso supliquè a Dios y me concedió prudencia; le pedí espíritu de sabiduría, y me lo diò. La preferí a los cetros y a los tronos; en comparación con ella, tuve en nada la riqueza. Ninguna piedra preciosa me pareció igual a ella, pues frente a ella todo el oro es como un puñado de arena, y la plata vale tanto como el barro” (Sabiduria 7: 7 – 9).
Los humanistas auténticos, religiosos o no, siempre están en búsqueda de aquellas realidades fundantes de la originalidad de hombres y mujeres, de lo que los hace legítimos trasuntos de la humanidad, transparentes, pulcros, libres, felices, amantes y amados, èticos, comprometidos con sus congéneres en la orientación de la dignidad y de la autonomía. Desposeerse de ídolos es un desafío sustancial para quien se empeña en una tarea de esta magnitud y naturaleza.
En el diálogo que sigue después del encuentro con el hombre rico,  Jesùs dice a sus discípulos : “Les aseguro que cualquiera que por mi causa y por aceptar el evangelio  haya dejado casa o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o terrenos, recibirà ahora en la vida presente cien veces màs en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones, y en la vida eterna recibirà la vida eterna” (Marcos 10: 29 – 30).
Estamos ante uno de los textos de màs difícil comprensión de todo el evangelio. La meta última del ser humano es la superación de su ego y el amor a los demás, el apego a las riquezas se deriva del egocentrismo, el obstáculo es el yo desmedido, la incapacidad de salir de esa caparazón para convertirse en nosotros.
Esto no se logra por simple voluntarismo, por un super yo resuelto a todo tipo de renuncia. Entonces se pone en juego la gracia de Dios mediada en realidades nuestras, hechos sacramentales, situaciones que nos sensibilizan, dramas de sufrimiento y pobreza que nos retan, clamores de gentes que mueven nuestra conciencia, conscientes de que no se trata de una interpretación literal del texto arriba citado.
La recompensa es la plenitud del ser en Dios, la satisfacción que viene del amor sin reservas, la confirmación que hace el Espìritu de la radical condición de projimidad. Advertencia contra la perniciosa teología de la prosperidad que circula en no pocos medios religiosos, regreso fundamentalista al judaísmo del tiempo de Jesùs!
Dios llega a nosotros para transformarnos, para hacernos verdadera y radicalmente humanos, se hace lenguaje de vida y de liberación para llevarnos al mundo nuevo de su reino, aquí en esta historia y luego  en la trascendencia plena: “Porque la palabra de Dios tiene vida y poder. Es màs cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo màs profundo del alma y del espíritu, hasta lo màs ìntimo de la persona” (Hebreos 4: 12).
En eso “ìntimo de la persona” residen los egoísmos, las tenencias injustas, las riquezas esclavizantes, las ausencias de amor y de servicio, pero hasta allì llega esa Palabra para erradicar los males y depositar el germen de lo nuevo, que es la justicia, la fraternidad, previas las renuncias ya planteadas.

La ruta de la libertad es del tener al ser, de la soledad a la comunión, del sometimiento servil a los ídolos hacia la libertad, siguiendo el estilo de Jesùs. 

domingo, 4 de octubre de 2015

COMUNITAS MATUTINA 4 DE OCTUBRE DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO



“Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso un hombre abandona a su padre y a su madre, se une a su mujer y los dos se hacen una sola carne. De suerte que ya no son dos, sino una sola carne”
(Marcos 9: 6 – 8)

Lecturas:
1.   Génesis 2: 18 – 24
2.   Salmo 127: 1 – 6
3.   Hebreos 2: 9 – 11
4.   Marcos 10: 2 – 16
Para empezar, debemos decir que el contenido del evangelio de Marcos que se nos propone en este domingo causa bastante escozor, por muchas razones bien conocidas de todos. Las palabras de Jesús a este respecto son contundentes: “Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” (Marcos 9: 9).
En esto fundamenta la Iglesia Católica su decisión sobre la indisolubilidad del vínculo matrimonial celebrado sacramentalmente. Por siglos se ha mantenido en esta postura, llegando – como bien sabemos –a excluír de los sacramentos a quienes habiendo contraído matrimonio católico han terminado su relación y han procedido a una nueva por las vías de hecho o por la legislación civil. En líneas generales, el Magisterio de la Iglesia permanece inflexible en esta definición.
Existe el proceso llamado de nulidad matrimonial, que consiste en una declaración juiciosa, después de exhaustivo análisis con pruebas, testigos, comprobaciones de tipo psicológico, con la que se establece que hubo vicios en el consentimiento de la pareja, haciendo público que no hubo libertad para dar el paso conyugal. No es una anulación de lo ya existente, sino un acto público que explicita que ese vìnculo  nunca existió , por las graves deficiencias presentes en el consentimiento, en ambos contrayentes o en uno de ellos.
Tradicionalmente este ha sido un procedimiento complejo, exhaustivo, demorado, dificultoso para la mayoría de quienes lo emprenden. Justamente hace unas semanas el Papa Francisco ha decidido asuntos importantes ordenados a facilitar las declaraciones de nulidad, facultando a los tribunales eclesiásticos nacionales para realizar la tarea sin necesidad de acudir al organismo vaticano correspondiente, posibilitando que los costos económicos sean mínimos o que no se den, y creando todos los elementos requeridos para que este duro momento de la vida de las parejas tenga todos los visos del ejercicio de la misericordia, sin menoscabo de la seriedad del vínculo matrimonial que se contrae desde la fe en Jesucristo con todas las implicaciones de su constitutiva dimensión sacramental.
Desde el domingo próximo – 4 de octubre – y por espacio de tres semanas – hasta el 25 del mismo mes – sesionará en Ciudad del Vaticano el Sínodo de los Obispos, presidido por el Santo Padre, para formular directrices teológico – pastorales orientadas al matrimonio y a la familia, dos realidades que son de la entraña evangélica de la comunidad cristiana, por cuanto ellas son significación eficaz del amor del Padre y ámbito primero y privilegiado de la formación humana y espiritual de las personas.
Esta es la segunda parte del sínodo, la primera se realizó en octubre 2014, en la que hubo una primera deliberación, diagnóstico de las problemáticas que afectan estas dos entidades, y primera propuesta de lineamientos. La de ahora es definitoria.
Todos conocemos las mil y una variables que afectan negativamente la estabilidad conyugal y la armonía familiar, son interminables:
-      La inmadurez de muchos al casarse
-      El silencio del uno al otro con respecto a graves problemas de su estructura personal
-      La ligereza de muchos ámbitos de la sociedad que no forman para los compromisos y responsabilidades de largo alcance
-      El influjo disolvente de los imaginarios sociales, a menudo canalizados por los medios de comunicación
-      La incapacidad de vivir con abnegación las contradicciones y crisis a las que estamos expuestos todos los humanos
-      El precario proceso que hay detrás de muchas decisiones que se pretenden definitivas y trascendentales
-      El fijarse simplemente en el atractivo físico y sexual propio de la juventud sin la mirada de definitividad y de compromiso con la dignidad de las personas involucradas en esta decisión
-      La cosificación de los seres humanos, concebidos como objetos de consumo
-      Las carencias que vienen con la marginalidad social y la pobreza
-      La concepción “light” de la vida, proyectos con cero calorías espirituales y emocionales, la hipersexualizaciòn de las relaciones de pareja sin la visión de integración y trascendencia

Cómo hacer compatibles la dignidad de las personas, la dignidad del matrimonio con estas situaciones de ruptura y fracaso conyugal ? Porque no se trata de feriar estos valores fundamentales, de proponer matrimonios “desechables”, sino justamente de favorecer en la mayor medida posible la felicidad, la fidelidad y la estabilidad de las parejas, entendiendo esto desde los valores del Evangelio, también desde  las definiciones eclesiales y desde  las exigencias de madurez y responsabilidad que deben cobijar a todos y a todas.
Es preciso entender el contexto en que Jesús formula esta sentencia. En el ámbito sociorreligioso y cultural de su tiempo el varón podía dar libelo de repudio a su esposa por diversas causas, pero ellas nunca, no les era permitido. Lo que el Maestro está planteando con este nivel de seriedad es una protección de la dignidad femenina y del mismo matrimonio para que no quede expuesto a las veleidades masculinas. Es preciso decir que en ese ámbito del tiempo de Jesùs el predominio masculino era total, legitimado por las leyes civiles y religiosas.
Lo que está en discusión son los motivos que llevan a los varones a dar el libelo de repudio, y eso vale tanto para el tiempo de Jesús como para esta época nuestra, guardadas las debidas proporciones de contextos con su multiplicidad de matices.
El matrimonio es una teofanía – sacramentalidad del amor del Padre Dios, una revelación de la exquisitez teologal que se hace mujer y varón, en la feliz relaciòn del uno con la otra, de la una con el otro, y descansa sobre tres realidades: familia, amor sexualidad. Estos son esenciales componentes antropológicos sobre los que debe vivirse el dinamismo matrimonial.
El humanismo, la espiritualidad, la plenitud de comunión, la feliz integración de amor y sexualidad, con todo lo que esto tiene de realización y complementariedad , son esenciales en el proyecto de vida matrimonial.
Como es frecuente en los relatos evangélicos, estas escenas empiezan con interrogatorios de los fariseos para poner a prueba a Jesús, así es en este caso: “Llegaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: Puede un hombre separarse de su mujer? Les contestó: qué les mandó Moisés? Respondieron: Moisés permitió escribir el acta de matrimonio y separarse” (Marcos 9: 2 – 4). Y Jesús les respondió con la frase que viene referida como epígrafe al comienzo de la Comunitas Matutina de hoy.
Con su habitual sagacidad  los pone en tela de juicio con la respuesta: “De suerte que ya no son dos, sino una sola carne” (Marcos 9: 8), respaldado con el hermoso y profundo texto de la primera lectura, en la que con el género literario que es propio de estos escritos se hace nítida la bienaventurada unión del varón y de la mujer: “De la costilla que le había sacado al hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer porque la han sacado del Hombre! Por eso el hombre abandona padre y madre, se junta a su mujer y se hacen una sola carne” (Génesis 2: 22 – 24).
En esta clave de dignidad de lo masculino y de lo femenino, de sacramentalidad, de implicación de Dios en el amor, en la sexualidad, en los hijos, en la totalidad de lo familiar, se impone una revisión crítica – fino ejercicio de discernimiento – de las razones que llevan a las personas a terminar con la relación, bien sean los factores propios de la pareja en crisis o los del medio social y cultural en el que viven  .
Son caprichos? Enamoramientos de personas mayores hacia jovencitos o jovencitas?  Manipulación oportunista de estos –as cuando ven posibilidades de bienestar material en relaciones de esta índole? Hastío y tedio causado por la sequedad del corazón, por la ausencia de espíritu? Comprensión de la sexualidad como sólo genitalidad? Incapacidad para la donación total de sí mismos? Comodidad? Facilismo? Inmadurez que no posibilita aceptar constructivamente las naturales fragilidades de las personas? Evasión del sacrificio cuando vienen los momentos críticos y de mayor exigencia? Desinterés por el futuro de los hijos? Olvido del sentido último y definitivo de la existencia?
Es claro que la Iglesia está llamada a mirar con justicia y con misericordia cada caso, atendiendo las particularidades del asunto, estudiándolo juiciosamente, teniendo claros los esenciales referentes humanos y evangélicos que aquí son raizales en orden a la plenitud matrimonial, obrando con claridad al hacer cada declaración de nulidad, y favoreciendo que parejas que han vivido algún conflicto vean la posibilidad de superarlo y de restaurar su relación, no como carga onerosa sino como reto amoroso de humanidad y de espiritualidad. Porque no se trata de favorecer matrimonios a la ligera – tipo express! – pero tampoco de someter a las personas a torturas interminables.
Es elocuente el salmo 127 en este sentido: “Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles” (versículo 1), “La herencia del Señor son los hijos, su salario el fruto del vientre. Como saetas en manos de un guerrero son los hijos de la juventud” (versículo 3).
Así las cosas, el matrimonio de los seguidores de Jesús no puede ser entendido con criterios consumistas, lo suyo es la fidelidad creativa, la sustancial condición teologal en la que el amor, la sexualidad, la armonía familiar se hacen relato de Dios, historia de dignidad, biografía de una bienaventuranza, sacramento de vida y de salvación.

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