domingo, 6 de diciembre de 2015

COMUNITAS MATUTINA 6 DE DICIEMBRE II DOMINGO DE ADVIENTO



Una voz grita en el desierto: preparen el camino al Señor, allanen sus sendas. Todo barranco se rellenará, montes y colinas se abajarán, lo torcido se enderezará y lo escabroso se igualará, y todo mortal verá la salvación de Dios
(Lucas 3: 4 – 6)

Lecturas
1.   Baruc 5: 1-9
2.   Salmo 125: 1-6
3.   Filipenses 1: 4-11
4.   Lucas 3: 1-6
Las tres figuras claves del tiempo de Adviento son Isaías, Juan Bautista y María. Hoy el evangelio nos habla de Juan, el llamado precursor, un personaje muy popular e importante, cuyo valor cobra más realce cuando sabemos que hacía más de trescientos años que no surgía un profeta en Israel.
Esto es lo que quiere destacar el relato que hoy nos presenta Lucas. Jesús se tomó muy en serio la predicación del Bautista, un movimiento de conversión que puso el dedo en la llaga en ese contexto palestino – judío, a propósito de las gravísimas pecaminosidades religiosas y sociales que allí se vivían: “recorrió toda la cuenca del Jordán predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados” (Lucas 3:3), es la escueta expresión que refiere el ministerio de Juan, hombre de sincero espíritu y religiosidad a quien le dolían en profundidad las inconsistencias de su religión y su convivencia con el poder romano. En este Bautista se fija Jesús y a él busca para escuchar su invitación a una nueva manera de vida en Dios.
El profeta es el que recuerda a todos, aún a riesgo de grandes incomodidades e incomprensiones, las exigencias de los compromisos adquiridos con Dios , con palabra muy severa y exigente, sin disimular la gravedad de lo que denuncia y sin poner paños de agua tibia en la situación, llamando claramente por su nombre todas las injusticias y deshonestidades vigentes, y proponiendo un camino de conversión, de nueva vida, con el imperativo de hacer rupturas y renuncias, muy costosas por cierto, para entrar en la dimensión de una humanidad asumida por Dios, por su justicia y por su misericordia.
Esto es sustancial en Adviento: nueva vida, conversión, dejar atrás lo que nos aleja de Dios. Cuáles son esos núcleos de egoísmo y de muerte presentes en nosotros en cuanto individuos y en cuanto sociedades, en los que es manifiesta nuestra lejanía del Padre y del prójimo? Cuáles son los antivalores que nos seducen, los ídolos ante los que nos arrodillamos hipotecando nuestra libertad?
La lectura de Baruc recoge ideas frecuentes en otros textos proféticos. Jerusalén, presentada como madre, se halla de luto porque ha perdido a sus hijos: unos marcharon al destierro de Babilonia, otros se dispersaron por Egipto y otros países. Lamento que nos conecta con los desterrados actuales de la humanidad, los que salen de sus países desesperados por el hambre y por la violencia, buscando lugares donde  puedan ser acogidos y reconocidos en su dignidad.
Siria, Iraq, Mali, Haití, Afganistán, Centro América, Somalia, Sudán, regiones del mundo sometidas a las más escandalosas realidades de inhumanidad, cuyas gentes emigran a los países ricos y “civilizados” (¿???) con la esperanza de hallar allí las oportunidades que en sus patrias no tienen. Estos son los hijos que hoy duelen a Jerusalén, a las gentes de buena voluntad, a muchos en nuestro tiempo.
Serán viables estas palabras del profeta: “Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia oriente, y contempla a tus hijos, reunidos de oriente y occidente a la voz del Santo, gozosos invocando a Dios. A pie se marcharon, conducidos por el enemigo, pero Dios los traerá con gloria, como llevados en carroza real” (Baruc 5: 5-6)?
Será posible que las naciones de mayor desarrollo económico y cultural, de mejores posibilidades laborales y de arraigo, tengan la sensibilidad para acoger con respeto y con seriedad institucional y legal a estos millones de migrantes del mundo, los dolientes hijos de la Jerusalén que se duele por ellos? Países de mayoría cristiana y humanista, caracterizados por su defensa de los derechos humanos, podrán experimentar compasión y misericordia ante esta drama , auténtica tragedia humanitaria? O , más bien,  sus intereses creados los llevarán a radicalizar sus posturas xenófobas y a idear cualquier cantidad de pretextos, muchos de ellos legales, para rechazar el clamor de estas gentes expulsadas de sus territorios?
Disponernos al nacimiento de Jesús tiene en este requerimiento profundamente humanitario uno de sus mayores imperativos. No acatarlo es traicionar a Dios, a Jesús, al ser humano escarnecido, y es también prostituír la fe religiosa, haciendo de ella una deplorable mascarada.
Luego, en Filipenses, tenemos un hermoso testimonio de la más exquisita coherencia cristiana. Pablo sentía un afecto especialísimo por la comunidad cristiana de Filipos, a la única a la que le aceptaba apoyo económico. En su oración recuerda lo mucho que estos cristianos le han ayudado en su ministerio.
Esta generosidad paulina nos invita también a reconocer la bondad y gratuidad de tantas gentes estupendas que nos rodean, que viven el Evangelio a carta cabal, que se desviven por la misión, que sirven infatigablemente a sus prójimos, que discreta y silenciosamente siguen a Jesús y son 100 % testimoniales sin esperar aplausos ni recompensas, distintos del gozo de vivir hasta las últimas consecuencias el espíritu de las bienaventuranzas.
Qué bello el reconocimiento de Pablo:” Siempre que me acuerdo de ustedes, doy gracias a mi Dios, y siempre que pido cualquier cosa por todos ustedes, lo hago con gozo, por su participación en el anuncio de la buena noticia, desde el primer día hasta hoy. De esto estoy seguro, que el que comenzó en ustedes una obra buena , la llevará a término hasta el día de Cristo Jesús” (Filipenses 1: 3-6).
El verdadero quehacer eclesial se hace explícito en la comunidad que vive en torno al Señor Jesucristo, que se desvive por dejar que su condición humana sea asumida por El, que trabaja con pasión por anunciar la Buena Noticia y por influír constructivamente en la sociedad con las semillas del Evangelio. Buena constatación para revisar algunas prácticas de Iglesia que se reducen a las formalidades rituales y jurídicas. Vivir comunitariamente, participativamente, es esperanzador y dispone a los cristianos y a todos para recibir a Aquel que siempre está viniendo para llenarnos de sentido y de salvación.
A diferencia de los otros evangelistas, Lucas sitúa con exactitud cronológica la actividad de Juan Bautista: “El año quince del reinado del emperador Tiberio” (Lucas 3: 1), con tal formulación, solemne y precisa, el autor de este evangelio quiere destacar la importancia del Bautista en la historia de salvación, porque en él se realiza lo anunciado por Isaías, por eso lo sitúa en conexión con los grandes hombres del Antiguo Testamento.
El contenido de su misión es recordar a todos que la realidad de Dios no es asunto marginal para el hombre, sino constitutiva de su dignidad, de su felicidad, de su libertad, de su sentido de vida, invitando – eso sí! – a purificar las imágenes distorsionadas que de El nos hacemos nosotros mismos a través de mensajes y de seudoteologías alejadas de la historia, de la originalidad teologal y de la pasión salvadora y liberadora que anima el ser de Dios.
Recorrió toda la cuenca del Jordán predicando un bautismo de arrepentimiento para perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: una voz grita en el desierto: preparen el camino al Señor, allanen sus sendas. Todo barranco se rellenará, montes y colinas se abajarán, lo torcido se enderezará y lo escabroso se igualará, y verá todo mortal la salvación de Dios” (Lucas 3: 3 – 6), son palabras, que vistas en la perspectiva total de la revelación, nos disponen para entender que el Bautista, inserto en la tradición de los profetas de Israel, ejerce su misión en función de Jesús, el que viene para rectificar lo descompuesto, lo desfigurado, lo pecaminoso, lo injusto, lo que desdice de la dignidad de los humanos mancillando la santidad de Dios.
Cuáles son las torceduras y escabrosidades que debemos allanar en este mundo nuestro? Cuáles las ambigüedades e injusticias que debemos dejar atrás? Vamos a ser capaces de romper con los criterios de la sociedad de consumo, de las abominables categorías sociales, de la caridad ocasional y lavadora de conciencias, para acceder al reino de Dios y su justicia? Este Adviento de 2015 nos toma con la fuerza del Bautista para preparar estos caminos de nueva humanidad y de genuina liberación en el Señor Jesús?
Las fuertes y muy frescas palabras de Francisco, pastor de la Iglesia universal, en sus viajes apostólicos de este año a Bolivia, Ecuador, Paraguay, Estados Unidos, Cuba, Kenia, Uganda, República Centroafricana, resuenan en todo el planeta con sus severas confrontaciones a la desalmada economía de mercado, a las corruptelas de los políticos, a los desafueros de las multinacionales, a la depredación de la casa común. Este es el camino del Adviento, el de Juan Bautista e Isaías, el nuestro, si queremos ser dignos y libres.

domingo, 29 de noviembre de 2015

COMUNITAS MATUTINA 29 DE NOVIEMBRE I DOMINGO DE ADVIENTO

“Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ànimo y levanten la cabeza, porque se acerca su liberación”
(Lucas 21: 27 – 28)

Lecturas
1. Jeremìas 33: 14 – 16
2. Salmo 24: 4 – 14
3. 1 Tesalonicenses 3: 12 a 4: 2
4. Lucas 21: 25 – 28 y 34 – 36
El pueblo de Israel vivió toda su historia en tònica de continua espera, también en la comunidad cristiana vivimos en la expectativa del advenimiento del reino de Dios y su justicia. Por esto, encontramos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento un acopio de textos bellísimos que tienen como común denominador la esperanza en Aquel que ha de venir para nuestra salvación y liberación.
Este es el espíritu del tiempo de Adviento, y eso es lo que significa este tèrmino que identifica la etapa previa a la Navidad.
El lenguaje de la mente oscila siempre entre el pasado y el futuro, evocaciones, recuerdos , planes, ideales , proyecciones. Esto hace que estemos en ese permanente vaivén, vueltos hacia atrás, con una memoria rumiante, o proyectados hacia adelante, para forjarnos la esperanza de algo mejor que lo presente.
Tambièn los creyentes estamos en un proceso similar, celebrando el pasado o aguardando el futuro. Esto hace que sea necesario entrar en un silencio creativo, acallando tanta sonoridad, para percibir que el único lugar de la vida es el presente. Y que este, vivido en profundidad, es el espacio de la plenitud. Por eso, lo que llamamos “venida-adviento” ya es “llegada”, està sucediendo ahora. Este es el tiempo de Dios, aquí y ahora.
Clarìsimo que no se puede reducir a un simple acontecer cronológico, paso de un momento a otro en el sentido escueto del devenir del tiempo. Este PRESENTE no es movimiento permanente del almanaque, es aquello que contiene el tiempo! : “En aquellos días y en aquella sazòn harè brotar
para David un germen justo, que practicarà el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estarà a salvo Judà, y Jerusalèn vivirà en seguro. Y asì se la llamarà: Yahvè, nuestra justicia” (Jeremìas 33: 15 – 16).
Podemos asì distinguir entre “cronos” , que es el tiempo cronológico, y “kairòs”, que es el tiempo de salvación, el presente que trasciende las limitaciones espacio – temporales donde Dios sucede creando, recreando, salvando, liberando. Son tiempos no contradictorios, en el sentido de que lo divino no es distinto de lo humano ni superior a èl, la historia de los seres humanos, nuestros relatos vitales, son el ámbito donde Dios sucede, transformando el “cronos” en “kairòs”. El hace que deje de ser sucesión de acontecimientos para convertirlo en historia con perspectiva de trascendencia, con sentido.
Dios es el futuro del ser humano, es su plenitud, su principio y fundamento, su sentido de vida, incluso para aquellos-as que libremente no lo aceptan como rector de sus biografías. Siempre los seres humanos aguardamos algo definitivo como significado pleno de todo lo que somos y hacemos, para muchos es Dios explícitamente, para otros muchos es un Dios anónimo que se traduce en la justicia, la dignidad humana, la solidaridad.
Còmo cultivar esta lógica del adviento, de Aquel que siempre està viniendo para salvar, en este mundo de tragedias y desafueros? En Mali y Nairobi y Beirut y Parìs, en esta Colombia nuestra con tantas víctimas, en los 43 jòvenes desaparecidos y asesinados en Mèxico en 2014, en el brutal drama de Siria e Iraq, en las pobrezas sin lìmite de Haitì y Centro Amèrica, del Africa subsahariana y de los multitudinarios asentamientos de pobreza en las grandes ciudades? Còmo significar con eficacia, amor, solidaridad, la real posibilidad de este Dios que se hace historia y carne humana, pesebre y cruz, para salvar, redimir y transformar?
Estas preguntas son orientadas directamente a nosotros como acicate para nuestra responsabilidad humana y creyente, cuestión radical donde se combinan en saludable interacción la iniciativa gratuita de Dios con el ejercicio de nuestra libertad comprometida.
Este tiempo nos invita a estar en vigilante espera y también a prepararnos dignamente para el acontecimiento de Navidad, trascendiendo la puntualidad cronológica para sumergirnos en el Presente del Dios que se inserta en la humanidad inculcando la novedad del reino, la llegada de ese nuevo orden de vida, en el que se cambia la lógica del poder, del individualismo, por la del servicio y la solidaridad, personificando esta irrupción en la persona del Señor Jesùs.
“En cuanto a ustedes, que el Señor los haga progresar y sobreabundar en el amor mutuo – y en el amor para con todos – como es nuestro amor para con ustedes. De ese modo se consolidaràn sus corazones con santidad irreprochable ante Dios, nuestro Padre, de cara a la venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos” (1 Tesalonicenses 3: 12 – 13), es el deseo de Pablo para esta comunidad de cristianos de Tesalònica, en el que es transparente la esperanza de una humanidad nueva, la que llega con el esperado de los tiempos.
Cuàntas veces en cuàntos y muy diversos momentos de la historia los seres humanos hemos esperado mesìas, salvadores, redentores, de todo tipo, políticos, religiosos, económicos, étnicos, sociales, y cuàntas veces también hemos vivido decepciones profundas con consecuencias fatales para todos. Desfilan Alejandro Magno, los emperadores de Grecia y Roma, Carlomagno, Constantino, Carlos V, Luis XIV, Hitler, Mussolini, los zares de Rusia, Stalin, los deprimentes dictadores latinoamericanos, los habitantes de la Casa Blanca, del Elìseo, del Palacio de Buckingham. Idolos con pies de barro!
Tema denso para reflexionar sobre los lìmites de la pretendida grandeza de los poderosos, cuyo contenido – es de esperar – ha de llevarnos a vivir en una saludable relatividad y a enfocar nuestras expectativas en otras referencias mucho màs definitivas y trascendentes.
Los judíos esperaron durante largos siglos la liberación. Y cuando llegó Jesùs con su oferta de salvación lo rechazaron, lo juzgaron, lo condenaron, lo asesinaron, porque no coincidìa con su mesianismo. Les escandalizò su pobreza, su estar pobre con los pobres, su desposesión, su confrontación del establecimiento religioso y legal, su solidaridad con los pecadores, su negativa al poder, su comunicación de Dios como padre cercano y misericordioso. Jesùs los defraudò!
Nos pasa esto a los cristianos? En quièn esperamos? A quien esperamos? Seguimos con la ilusión del poder triunfante, del Dios jerárquico y jerarquizante, como alguien que viene de afuera, o estamos abiertos a comprender que el reino ya llegó, que El està aquí generando la novedad de lo divino y de lo humano, modificando de raíz nuestros esquemas anti bienaventuranzas, nuestros criterios de santidad, de superioridad moral y religiosa?
Buena y profunda cuestión para orar y discernir en este Adviento de 2015., conscientes de que el Dios que llega con Jesùs nos desinstala, deja atrás el modelo del milagrero, o del iracundo ídolo que se estremece vengativamente con nuestros pecados y miserias, frustrador de nuestra felicidad con prohibiciones de imposible cumplimiento, para dar paso al Dios con nosotros – Emmanuel causa de felicidad y plenitud, de sentido y de vitalidad
– implicado, encarnado, solidario, todo para nosotros, todo misericordia, todo amor, todo cercanìa.
Don del Espìritu es la capacidad de discernir, de interpretar los signos de los tiempos en los que asoma este advenimiento: “Habrà señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, naciones angustiadas, trastornadas por el estruendo del mar y de las olas” (Lucas 21: 25), dejando atrás el lenguaje que atemoriza vamos a fijarnos en el contenido y a pensar si esta humanidad de la que hacemos parte es capaz de estremecerse con indignación profética por los gravísimos males que los humanos nos infligimos unos a otros.
Este estremecimiento nos inserta en el espíritu del que viene para salvar y replantear de raíz estas condiciones de muerte y nos compromete para trabajar junto a El en la construcción del nuevo ser humano asumido por Dios, dignificado por El, en un proyecto de justicia, de bienaventuranza, de solidaridad, de dignidad humana? Esta pregunta viene de Dios – en vivo y en directo – para todos nosotros.
La alerta a la que invita el evangelio de hoy es constructiva, creadora, encarnada, histórica y trascendente: “Cuiden que no se emboten sus corazones por el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y venga aquel dìa de improviso sobre ustedes, como un lazo; porque vendrà sobre todos los que habitan la faz de la tierra. Estèn en vela, pues, orando, en todo tiempo, para que tengan fuerza, logren escapar y puedan mantenerse en pie delante del Hijo del hombre” (Lucas 21: 34 – 36).
Dios es salvación y ya està en nosotros. Lo que hay de El en cada uno es nuestro verdadero ser. Tenemos que salir del engaño que somos esto o aquello – las arrogancias del ego – para descubrir esta sustancia teologal, raíz de sentido y de libertad. El no nos salva como “premio” por nuestros merecimientos, el nos salva haciéndonos nuevos, solidarios, honestos, fraternos, solidarios, serviciales, como Jesùs.
Vamos de los ídolos – incluidos los religiosos – a la libertad que proviene de Dios, en la que hallamos nuestra genuina identidad, donde se juega la autenticidad de todos los seres humanos. Dejar la màscara, el personaje, la colección de títulos, las bellezas efìmeras, los poderes alienantes, los prestigios y los aplausos, para desnudarnos ante Dios y ante el prójimo, como Jesùs, totalmente desposeído, y pleno de Dios y de humanidad. Esto es lo que siempre està viniendo de parte de Dios, y es el màs legìtimo presente con perspectiva de futuro.
“Muèstrame tus caminos, Yahvè, ensèñame tus sendas. Guìame fielmente, ensèñame, pues tù eres el Dios que me salva. En tì espero todo el dìa, por tu bondad, Yahvè” (Salmo 24: 4 – 5).

domingo, 22 de noviembre de 2015

COMUNITAS MATUTINA 22 DE NOVIEMBRE SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO



Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis soldados habrían peleado para que no me entregaran a los judíos. Pero mi reino no es de aquí”
(Juan 18: 36)
                         
Lecturas:
1.   Daniel 7: 13 – 14
2.   Salmo 92: 1 – 16
3.   Apocalipsis 1: 5 – 8
4.   Juan 18: 33 – 37

Es el último domingo del año litúrgico, tiempo de recapitulación, de discernimiento y confrontación evangélica de nuestra vida, de definiciones y rupturas, de mirar nuestra historia en  clave de la plenitud contenida en Jesucristo para toda la humanidad, para cada uno en particular, para tì, para mì, para nosotros.
Las palabras de Daniel, aùn en medio de su lenguaje apocalíptico que resulta extraño a nuestra cultura, nos ayudan a interpretar nuestros relatos vitales: “Seguì mirando, y en la visión nocturna vì venir en las nubes del cielo una figura humana, que se acercò al anciano y fue presentada ante èl. Le dieron poder real y dominio: todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetaràn. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin” (Daniel 7: 13 – 14).
Es una “figura humana”, lenguaje relevante para nosotros, con plena fuerza significativa, capaz de hacer inteligible lo que pretende decirnos porque es nuestro lenguaje nuestro estilo, pero, además, porque es un nuevo paradigma de humanidad, un referente modélico que viene a dar sentido pleno a todo lo que somos y hacemos, a la totalidad de la historia humana.
Recordamos el asunto de los modelos de identidad, que se nos proponen en la vida de familia, en la escuela, en los ámbitos donde nos formamos como personas. Se trata de gente que es referencia para  por encarnar en su ser valores y elementos configuradores de lo mejor de nosotros mismos, en términos de equilibrio emocional, de juicio y racionalidad, de eticidad y compromiso solidario, de transparencia y pulcritud, de creatividad y disposición para transformar constantemente el mundo.
Recordamos lo dicho tantas veces aquí: que Dios es un experto en vida, El la crea y la mantiene en su dinamismo, y que de todas esas creaturas el varòn y la mujer son los que tienen maravillosamente la primigenia  riqueza de la fuerza creadora de Dios: “Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gènesis 1: 26); “Y creò Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creò , varòn y mujer los creò” (Gènesis 1: 27).
Esta referencia bíblica es fundante para la concepción del ser humano en el cristianismo, somos partìcipes del mismo ser de Dios, que nos ha dado la vida, asì como nosotros participamos del ser de papà y mamà, porque ellos nos han engendrado. En la antropología teológica, que es la disciplina que estudia al ser humano en clave de Jesucristo, esta es la afirmación central de la dignidad humana. Dios, el especialista en vida, se manifiesta en su plenitud creadora en el varòn y en la mujer, somos la expresión culminante de esta experticia dadora de vida. Nuestra humanidad es de naturaleza teologal.
Por eso, toda la historia de Dios tal como se manifiesta en la historia bíblica, en Israel y en las comunidades cristianas, es un relato del empeño de El por mantenernos siempre en la línea de la vida, conscientes de la radical precariedad contenida en nuestro ser y en la posibilidad que tenemos de ejercer la libertad en contra de Dios.
Este apasionante Dios es, entonces, un especialista en construir seres humanos de primera categoría. Cuando leemos los relatos bíblicos: Abraham, Moisès, Esther, Rut, Jeremìas, Amòs, Ezequiel, Isaìas, los hechos colectivos, Marìa, Pedro,  Pablo, los discípulos, nos encontramos con seres humanos concretos, de carne y hueso decimos en lugar común, y percibimos en ellos grandezas y debilidades, exactamente igual a nosotros. Què se trae Dios con acontecer en ellos? Y en nosotros? Cual es su propósito? Pues generar con su gracia y con la respuesta de nuestra libertad gente de primera, de lo mejor en términos de amor, libertad, servicio, honestidad.
Es lo que describe el salmo 92: “El justo florecerà como palmera, crecerà como cedro del Lìbano, plantado en la casa del Señor, crecerà en los atrios de nuestro Dios. Aùn en la vejez darà fruto, estarà lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es recto: Roca mìa en quien no hay falsedad” (Salmo 92: 13 – 16) .
Un ser humano asì es el màs excelente resultado de la experticia divina, es relato de Dios, llevado por El a su momento y proceso de máxima definición en la persona histórica de Jesùs de Nazareth, en quien los cristianos reconocemos al Señor Jesucristo, plenitud de la historia, consumación de todo el proyecto salvador del Padre.
Còmo lo hace? Es muy saludable recordar de entrada que la realeza de Jesùs, su condición de rey, no tiene nada que ver con los criterios y determinaciones humanos de poder y de dominación: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis soldados habrìan peleado para que no me entregaran a los judíos. Pero mi reino no es de aquí” (Juan 18:36), es la respuesta de Jesùs a Poncio Pilato, cuando le llevan ante èl los judíos, acusándolo de subversivo, usurpador, blasfemo, hereje.
 Durante el tiempo histórico conocido como régimen de cristiandad la Iglesia entendió que su misión la llamaba a estar presente en todo con un estilo de autoridad mundana, en clara alianza del trono y del altar, haciendo alianzas políticas y militares, adquiriendo grandes privilegios, incluidos los económicos, influyendo en el nombramiento de reyes y poderosos, mandando en la conciencia de los individuos, disfrutando de posesiones temporales. Todo esto, gracias a Dios, se ha ido superando aunque todavía quedan permanencias de esa mentalidad, totalmente antievangélica, diametralmente opuesta al proyecto de Jesùs.
Jesùs anuncia el reino, y empieza a realizarlo. Este es un nuevo orden de vida fundamentado en Dios, inspirado por su gran proyecto que reside en el espíritu de las bienaventuranzas, exalta el servicio, la solidaridad, el trabajo por la paz, la dignidad de los pobres, la pasión por la justicia, la negativa al vano honor del mundo, la vida humilde y sencilla, la construcción de un mundo fraterno e incluyente, el sentido de las trascendencia de los seres humanos hacia el Padre, y de este hacia los humanos, encarnando este dinamismo en su persona, sin vanagloria, sin destellos de espectáculo pomposo, en cruz y en humillación.
Eso es lo que significa la expresión “mi reino no es de este mundo”,  programa que se deshace del prestigio entendido mundanamente, y adopta la pequeñez, el abajamiento (kenosis en San Pablo), la desposesión, la entrega total de la vida, el ser pobre con los últimos del mundo. Propuesta que para muchos resulta escandalosa, contrastante, y que muy a menudo en ámbitos de la iglesia misma ha sido rechazada y escarnecida.
En el crudo interrogatorio que hace Pilatos a Jesùs surge el asunto crucial de la verdad: “Le dijo Pilato: entonces, tù eres rey? Jesùs le contestò: tù lo dices. Yo soy rey: para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Quien està de parte de la verdad escucha mi voz. Le dice Pilato: què es la verdad?” (Juan 18: 37 – 38).
Es la verdad de Dios en el ser humano, en su dignidad, en su condición de creatura necesitada de un significado definitivo, en la grandeza con la que Dios se expresa en cada persona. Asì , recordamos la encíclica programática de  Juan Pablo II, a los pocos meses de iniciado su ministerio de Obispo de Roma, “Redemptor Hominis”, en la que el papa Wojtyla formulò la antropología teológica y el humanismo  caracterìsticos del servicio evangelizador de la Iglesia y de su pastoreo, en los crudos contextos de la guerra fría, del capitalismo salvaje, de la carrera armamentista, de la demencia del mercantilismo y de la economía que supedita al hombre, de la barbarie de las interminables guerras en las que el mundo siempre se està implicando, en ejercicio de la pecaminosa demencia del poder.
 Esta es la verdad de la que Jesùs es el testigo mayor, la verdad de su realeza y de su reinado.
Tal es la plenitud de la historia en la revelación cristiana, hecho que no es algo que empieza después de la muerte física. Està inaugurado por Jesùs en este tiempo de salvación, que designamos con la palabra griega “kairòs”, con la que se designa la intervención salvadora y liberadora de Dios en la persona del Señor Jesucristo, y cuando muchos seres humanos libremente deciden acoger tal oferta como estructurante esencial de su vida.
Asì son los que viven evangélicamente, humanamente, los que luchan por la afirmación del ser humano digno y libre, los que trabajan por la paz y por la justicia, los que no se dejan seducir por los halagos del dinero y de la soberbia, los que construyen comunidad y fraternidad, los que se entregan misericordiosa y solidariamente al servicio de los hermanos, los que restituyen su valor a los humillados por los vanos ajetreos de poderes y poderosos.
Y, en ese dinamismo histórico, està contenida la gran proyección de eternidad que es reconocida por el autor del Apocalipsis: “Y de parte de Jesucristo, el testigo fidedigno, el primogénito de los muertos, el señor de los reyes del mundo. Al que nos ama y nos librò con su sangre de nuestros pecados, e hizo de nosotros un reino, sacerdotes de su padre Dios, a El la gloria y el poder por los siglos de los siglos.Amèn” (Apocalipsis 1: 5 – 6).
En este orden de cosas estamos llamados a vivir con esperanza, y a construir la historia con perspectiva de eternidad, siguiendo a Aquel que dice: “Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios” (Apocalipsis 1: 8).

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