domingo, 11 de agosto de 2019

COMUNITAS MATUTINA 11 DE AGOSTO 2019 DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C

“Porque donde estè su tesoro, allì estarà también su corazón”
Lucas 12: 34
Lecturas:
  1. Sabidurìa 18: 6 – 9
  2. Salmo 32: 1 y 12 – 22
  3. Hebreos 11: 1 – 2 y 8 – 19
  4. Lucas 12: 32 – 48
Nuestra condición creyente debe ser estructurante de un proyecto total de vida, brindando coherencia a todo nuestro ser y quehacer, de tal manera que no hemos de detenernos en asuntos puntuales, en esta o aquella pràctica, en este o aquel pretendido “requisito de salvación”, para configurar nuestro relato vital en la perspectiva del sentido definitivo de vida que se nos ofrece en Jesucristo, en quien todo lo humano se hace divino, haciéndose èl mismo parte sustancial de nuestra humanidad. Siempre mirando al futuro con esperanza!
Vistas asì las cosas, descubrimos una dimensión fundante de promesa, que es garantía de toda la existencia, lo que demanda de nuestra parte una disposición constante de vigilancia activa, de aventura creyente y confiada en Aquel que es el aval por excelencia de esta historia de sentido, como lo vivieron aquellos personajes de la historia bíblica, prototipos de la fe: “Por la fe, Abrahàn, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia. Ademàs, salió sin saber a dònde iba…….Es que Abrahàn esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”.1
Esta caminata existencial, todo nuestro recorrido por la vida en clave de Dios como principio y fundamento, adquiere mayor consistencia cuando es vivida en comunidad, haciéndonos unos con otros mutuo soporte en ejercicio de fraternidad: “Los santos hijos de los buenos ofrecían sacrificios en secreto y establecían unánimes esta ley divina: que los santos compartirían los mismos bienes y peligros, cantando previamente las alabanzas de los antepasados” .2
Y esa comunidad es la Iglesia universal y particular, donde se vive el compromiso que se deriva de nuestra configuración con Jesucristo en el bautismo, pero se extiende también a la humanidad, incluso la no creyente, como lugar del ejercicio de salvar, de liberar, de garantizar la dignidad y el sentido de todas las creaturas. Porque el favor de Dios no se limita a los creyentes, El es un Dios que rebasa fronteras, El es para toda la humanidad.
Estas afirmaciones no son ajenas al diario vivir de hombres y mujeres, ellas se insertan en el centro mismo de cada persona, de cada comunidad, de sus gozos y esperanzas, también de sus crisis y sufrimientos, de sus grandes decisiones y realizaciones, de los momentos de alegría y de los de tristeza, involucrándose como generadoras de significado trascendente en cada biografía individual y colectiva.
Las lecturas de este domingo – Sabidurìa, Hebreos y Lucas – nos remiten al asunto esencial de la vida asumida como esperanza activa que hace de esta historia y de esta realidad un sacramento del Dios que actùa en cada ser humano, creado a su imagen y semejanza, que posibilita el ejercicio de una fe encarnada, histórica y existencialmente comprometida, que al mismo tiempo pone en tela de juicio un tipo de cristianismo que sòlo se fija en el màs allà y nos conecta con el mundo, con el ser humano, siempre en plan de construcción de sentido.3
Los israelitas vivieron la durísima experiencia de la esclavitud en Egipto, del trato indigno dado a ellos por el faraón y por su gente, y luego pasaron a experimentar la pasión por la libertad, bajo el liderazgo de Moisès, encontrando en la travesìa del desierto un paradigma del devenir humano en todos los tiempos, con sus desolaciones, desencantos, expectativas, logros, plenitudes, realizaciones.
En esa peregrinación se encontraron con un Dios solidario y liberador que se diò a sì mismo rechazando la opresión de su pueblo y promoviendo a toda costa su marcha de liberación, vivencia que les confirió una fe vigorosa que se hizo constitutiva de su identidad y de su comunidad, que se halla en el fundamento mismo de las convicciones creyentes de Israel: “Aquella noche fue previamente anunciada a nuestros padres, para que se animasen, sabiendo bien en què juramentos habían creìdo”.4
Còmo vivir un dinamismo asì en el mundo de hoy sobre el que siempre llamamos la atención por estar plagado de injusticias, de violencias, de exclusiones, de seres humanos escarnecidos por la perversión de estructuras y de otros hombres que ejercen sin piedad la fuerza del mal que destruye y disuelve la dignidad? Còmo comunicar una fe que sea motor de una historia de liberación, de movilización histórica que transforma las estructuras de pecado y los corazones que dan origen a esto último?5
Sean estas preguntas retos de fondo a nuestra conciencia creyente para dar el paso cualitativo del cristianismo que recibe pasivamente al cristianismo agente de la historia construìda en nombre de Dios al estilo de Jesùs, en solidaridad con todos los prójimos que El nos pone en el camino para esta tarea, en la que es esencial “tener ceñida la cintura y las lámparas encendidas” . 6
La vigilancia que propone la Palabra de hoy es descubrir a Dios que actùa dentro de nosotros y dentro de nuestra historia, Dios que es totalmente Otro pero que està totalmente aquí y ahora potenciando lo mejor de la humanidad, llamada a vivir en búsqueda constante de ese significado, a activar el trabajo en contra de la injusticia, del poder que genera muerte, del vacío que expone al absurdo y a la tragedia, de los ídolos que hipotecan la autonomía y construyen un mundo de serviles.
Es fundamental revisar críticamente algunas mentalidades con respecto a la esperanza y a su correspondiente disposición de vigilancia. Esta no consiste en estar esperando siempre el “golpe” de la muerte, despreciando el gozo de la vida real, de la feliz materialidad que se nos concede para disfrutar y construír comunión. Hay residuos de un viejo ascetismo, de corte dualista, que inspira a los cristianos para vivir siempre en plan de la “otra vida”, haciendo de la vigilancia una actitud angustiada, que no disfruta. ES imperativo afirmar que esto no está en la mente de Jesús.7
Los grandes testigos de la fe – genios èticos, genios espirituales – son estìmulo para emprender esta responsabilidad de descubrir el don de Dios en el aquí y en el ahora.8 Es el pueblo creyente siempre en pos de su libertad, guiado por sus inspiradores.
La carta a los Hebreos tipifica este emprendimiento creyente en la persona de Abrahàn: “Por la fe peregrinò hacia la Tierra prometida como extranjero, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas…….Por lo cual, también de uno solo y ya marcado por la cercana muerte, nacieron hijos, numerosos como las estrellas del cielo, incontables como la arena de las playas”9, expresión esta última que nos da pie para captar la fecundidad de la confianza en Dios que se multiplica en la descendencia y que hace posible la gran comunidad de los que participan de las mismas certezas y de las correlativas esperanzas que vienen con ellas.
Dios trabaja en nuestra autonomía , no en el miedo ni en el sometimiento indigno. La vigilancia , en este contexto, no es vivir eternamente angustiados en una preparación para la muerte, dejando de lado el compromiso ya señalado y muy exigente de construir la historia en clave densamente humana y densamente teologal. Esto quiere decir que hay que vivir en profundidad y también morir en profundidad para resucitar definitivamente.
Esa comprensión de la “otra vida”, del espíritu fúnebre que acompaña muchas pràcticas religiosas, infundiendo temor y creando personalidades sombrìas no es la propia de Jesùs ni de la lógica de la fe cristiana. Tal tipo de comportamientos deben desaparecer de la cotidianidad eclesial para dar paso a la espiritualidad del vivir en plenitud el màs acà. La vida presente tiene sentido por sì misma.
Descubrir eso es la gran tarea de los creyentes, ejercicio del cristianismo como tarea de esperanza, provocadora de los mejores motivos para vivir con entusiasmo, comprometiéndose en las tareas existenciales que nos hacen màs libres y humanos, màs felices y fraternales, màs justos y equitativos, màs proféticos y aptos para interpretar los signos de los tiempos con las acciones liberadoras que han de acompañar un estilo que es el propio del Señor Jesùs.
"Tengan ceñida la cintura y las lámparas encendidas, y sean como esos que esperan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle en cuanto llegue y llame. Dichosos los siervos a quienes el señor, al venir, encuentre velando. Les aseguro que se ceñirà, los hará ponerse a la mesa e irà sirviéndolos uno tras otro”10 no es una invitación al adormilamiento y a la pasividad, a la manera de un grupo de asustados y paralizados incapaces de lanzarse a la gran aventura de la historia, sino un acicate que nos remite a la implicación comprometida en este mundo concreto y real para hacerlo digno de Dios y de cada ser humano.
Todo el esfuerzo del Concilio Vaticano II, del magisterio eclesial, de la reflexión de los teólogos y de los estudiosos de la Biblia, del quehacer pastoral de las comunidades, que tiene su énfasis en el carácter sacramental de lo humano, de lo histórico, de lo existencial – clara recuperación de lo màs original de la revelación bíblica! - , es desafío que nos saca del ensimismamiento sobrenaturalista y nos conecta con el talante fundante del Dios que se ha encarnado en nuestra humanidad apropiándose de la historia para colocarla en perspectiva de salvación y de liberación.
Desde luego que la conciencia de la promesa de Dios en Jesucristo, que nos garantiza un futuro trascendente, definitivo, bienaventurado, que da sentido a toda nuestra vida y al paso de la frontera desde el aquí humano a la plenitud de El, es legìtima y da fundamento a la esperanza, exigiendo una corresponsabilidad en la construcción de esta historia como relato de este Dios liberador y provocador de la lucha contra las realidades de muerte, de pecado y de injusticia, feliz anticipación de ese futuro de bienaventuranza.
La idea que tenemos de una vida futura desnaturaliza la vida presente, histórica, hasta dejarla reducida a una incómoda y ansiosa sala de espera. La preocupación por un más allá nos impide vivir cabalmente el más acá, la historia, la realidad existencial de la que hacemos parte sustancial. Esta vida presente tiene pleno sentido por sí misma. Lo que aguardamos para el futuro, incluyendo ese futuro pleno y consumado en Dios, está ya aquí y ahora a nuestro alcance. Aquí y ahora puedo vivir la eternidad, puesto que puedo conectar con lo que hay de Dios en mí. Aquí y ahora puedo alcanzar mi plenitud, porque teniendo a Dios lo tengo todo.11
La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará sino en que nosotros seamos capaces de descubrir lo que Dios nos está dando aquí y ahora en orden a nuestra plenitud de sentido. Estamos llamados a tomar conciencia de esto, esa es la genuina vigilancia a la que se refieren las lecturas de este domingo, vivir nuestra realidad antropológica en clave teologal, eso es “estar despiertos”, apuntando al futuro desde un presente vivido con total realismo e historicidad.12
Los grandes testigos de la fe son el relato de Dios en el que El se narra haciéndonos ver que esta esperanza es viable, sucede, El siempre la ofrece, asume que nuestra libertad la acoge. Es la gran caminada histórica de las comunidades creyentes, afincándose en su historia de liberación, y en su Dios, siempre presente, dando todo de sí para que haya vida en abundancia.
1 Hebreos 11: 8-10
2 Sabiduría 18: 9
3 MOLTMANN, Jürgen. Teología de la esperanza. Sígueme. Salamanca, 1999. ALFARO, Juan. Esperanza cristiana y liberación del hombre. Herder. Barcelona, 1977.
4 Sabiduría 18: 6
5 La auténtica Teología de la Liberación, de sólido fundamento bíblico conecta, en la mejor lógica de la revelación, la esperanza histórica en un futuro de justicia y de superación de toda opresión con la expectativa de una vida que se transfigura en Dios al pasar la frontera de la muerte.
6 Lucas 12: 35
7 KUNG, Hans. Mantener la esperanza: escritos para la reforma de la Iglesia. Trotta. Madrid, 1993. WEIL, Simone. A la espera de Dios. Trotta. Madrid, 1993.
8 MOTTU, Henry. Dieu au risque de l´engagement: Douze figures de la theologie et de la philosophie religieuse au XXe siécle. Labor et Fides. Ginebra (Suiza), 2005.
9 Hebreos 11: 9 y 12
10 Lucas 12: 35-37
11 BOROS, Ladislaus. Somos futuro. Sígueme. Salamanca, 1979; Experimentar a Dios en la vida. Herder. Barcelona, 1981.
12 SCHYLLEEBECKX. Edward. Dios futuro del hombre. Sígueme. Salamanca, 1979.

domingo, 4 de agosto de 2019

COMUNITAS MATUTINA 4 DE AGOSTO 2019 DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C

“Guárdense muy bien de toda codicia, porque las riquezas no garantizan la vida de un hombre, por muchas que tenga”
Lucas 12: 15
Lecturas:
  1. Eclesiastés 1: 2 y 2: 21 – 23
  2. Salmo 94: 1 – 9
  3. Colosenses 3: 1 – 5 y 9 – 11
  4. Lucas 12: 13 – 21

Desplegar la verdadera vida y dar sentido a la biológica no depende de tener y acumular más o menos, sino de ser en plenitud, es el sentido metafísico de la existencia humana, en la mejor acepción de este término. Lo afirmamos con una frase reiterada: es la jugada maestra del buen vivir. Esta certeza debe constituirse en criterio fundamental de discernimiento con el fin de apreciar dónde está la raíz de la existencia auténtica.1
Sobre la solidez de esta base podemos desvirtuar algunas trampas que se nos presentan, como la muy trajinada de “ser ricos ante Dios”, cuyo contenido puede ser un engaño: una pretendida superioridad religioso-moral sobre la de aquellos que se han dedicado al materialismo. Ya sabemos que ese tipo de seguridades espirituales son refuerzos notables del ego, tan típico de aquellos fariseos del tiempo de Jesús, la vanidad de quienes se sienten superiores a los demás y cercanos a Dios. Vale decir lo mismo de la cultura de las apariencias, las fatuas máscaras de la felicidad barata, la obsesión de la sociedad de consumo, los indicadores de “éxito” social, las personalidades maquilladas de “importancia”, la feria de los egos, y tantas otras manifestaciones del hondo vacío espiritual de muchos seres humanos y de muchos ámbitos de la sociedad. 2
En tiempos en los que la Iglesia institucional se sumergió en un estilo de poder, beneficios, privilegios y riquezas, surgieron dos “genios éticos” de la vida según el evangelio: San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán. Ambos son reformadores y pioneros del retorno a la originalidad del espíritu de Jesús, destacando la pobreza como una actitud de la mayor coherencia en su seguimiento. Establecen un contraste profético. Su “modus vivendi” señala como muy viable la alternativa de vivir en sobriedad y de construír una cultura de comunión y de participación.3
Francisco es el prototipo del hombre feliz y desposeído, igual se puede decir de Domingo. Las órdenes religiosas fundadas por ellos – franciscanos y dominicos u Orden de Predicadores – tienen en la pobreza un cimiento determinante, no concebida ella como simple austeridad ascética sino como amorosa libertad para transparentar a Dios, para permitir el surgimiento de lo esencial humano y evangélico, para reivindicar la dignidad de los pobres.
La Palabra que se nos ofrece en este domingo va directo a destacar el valor esencial de la pobreza del Evangelio y el carácter superfluo de lo que podemos denominar materialismo desbordante, con la conocida expresión: “Vanidad, pura vanidad!, dice Cohélet. Vanidad, pura vanidad! Nada más que vanidad! Qué provecho saca el hombre de todo el esfuerzo que realiza bajo el sol?”4
El objetivo del ser humano es desplegar su humanidad, potenciarla al máximo para desarrollar su eticidad, su trascendencia, su solidaridad. El Evangelio afirma constantemente que tener más no nos hace más humanos: “Después les dijo: cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por las riquezas”.5
La posesión desmedida de bienes, superando con pecaminosidad los límites de lo necesario para vivir dignamente, no puede ser el objetivo último nuestro. Una especial falacia de la mentalidad dominante está en no descubrir con mente crítica que en la medida en que sucumbimos a la satisfacción de necesidades “innecesarias” se crea una compulsión creciente de nuevas necesidades, es el círculo ilimitado del consumo, patética constatación!6. El poderoso llamado de atención del Papa Francisco en la encíclica “Laudato si: sobre el cuidado de la casa común”, constituye el texto más rico de un líder mundial en esta línea. Este cuidado de la casa común no es solamente un asunto de química y de higiene colectiva, es, ante todo, un asunto ético, un asunto humanista, un asunto espiritual.7
Francisco llama a esto “apostar por otro estilo de vida”: “Dado que el mercado tiende a crear un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos, las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios. El consumismo obsesivo es el reflejo subjetivo del paradigma tecnoeconómico. Ocurre lo que ya señalaba Romano Guardini: el ser humano “acepta los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y acertado”.8
Es muy exigente mantener un equilibrio saludable en esta materia. Es un supuesto legítimo trabajar con ahínco para lograr una calidad de vida digna, enmarcada en un espíritu de feliz austeridad. La previsión material así vivida es señal de pulcritud existencial, de densidad espiritual. Jesús no critica tal previsión, lo que él pone en tela de juicio es que se haga de modo egoísta, es lo contenido en la parábola del rico insensato, el evangelio de este domingo.
El ser humano tiene necesidades, como ser biológico, que debe atender. Pero, a la vez descubre que reducir su vida sólo a eso no llega a satisfacerle y por eso anhela el acceso a otra riqueza que está más allá. Pero es fundamental advertir que no estamos aludiendo a una visión dualista de la humanidad, como si nuestro proyecto de vida se redujera a la miseria de la humanidad y a la grandeza de lo celestial. Ese modelo ha dominado en cierto tipo de ascética cristiana que exalta el carácter sublime del cielo ideal y fustiga con rigor fanático el mundo de la materia. Las cosas no pueden ser así, desde la revelación bíblica, desde Jesús y su Buena Noticia sabemos que tal visión es integral e integradora!9
Bien entendidos, la satisfacción de las necesidades biológicas y el placer que de esto se deriva no tienen nada de malo en sí mismas. Debe ser el trabajo de todos los humanos, lo llamaba Pablo VI en su encíclica “Populorum Progressio: sobre el desarrollo de los pueblos”, el mínimo vital, las condiciones indispensables para que cada ser humano pueda llevar una existencia digna.
El problema muy grave, alarmante en grado máximo, es que esta satisfacción es totalmente desigual y escandalosa. Sólo unos grupos sociales pueden hacerlo, más de dos mil millones de habitantes del planeta viven actualmente en miseria y precariedad. 10
Con estas afirmaciones no estamos invocando un espiritualismo desencarnado, mirar sólo “al cielo” y con eso calmar la sed y el hambre. La propuesta del cristianismo integra en fascinante complementariedad a un ser que es espíritu y materia, que trasciende hacia Dios y hacia el prójimo desde su biología y desde su realidad concreta. Nuestra reflexión, a partir de los textos bíblicos de este domingo, propende por una revisión crítica y profética de lo que el texto de Eclesiastés califica como vanidad de vanidades, con su sabio escepticismo: “Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo y todo lo que busca afanosamente bajo el sol?”11
Què lleva al autor bíblico a dejar en su escrito esta huella escéptica y desconfiada de los logros del ser humano, aùn de los justos y moralmente acertados? Este sabio filòsofo israelita ha reflexionado profundamente sobre la pequeñez de las mayores realizaciones y logros de nuestra vida. Nos remite simultáneamente a las evidencias de nuestra inevitable precariedad, a lo frágil de nuestra existencia, y a todo aquello que desarrollamos con empeño para que todo nuestro ser y quehacer en los años que nos sea dado vivir no sea en vano.
Todo es vanidad de vanidades? Còmo afrontar con responsabilidad creyente y moral estos hechos, producto de la maldad y la perversión encarnadas en seres humanos que desconocen la gratuidad del compartir entre prójimos para constituirse en amos violentadores de la felicidad y del encuentro sereno y fraternal? Cómo construír una cultura de la solidaridad y del consumo responsable a partir de una visión integradora del ser humano, de la naturaleza, de la satisfacción de las necesidades básicas y de la raíz espiritual de nuestra condición trascendente?
El evangelio de Lucas viene como anillo al dedo con su insistencia en invitar a un ejercicio de relatividad de todo lo que hacemos, somos y poseemos, ambientadas en las densas palabras de Jesùs: “Guàrdense muy bien de toda codicia, porque las riquezas no garantizan la vida de un hombre, por muchas que tenga” 12
Verificar estadísticas en materia de distribución de la riqueza y de los bienes produce escalofrìo, y debe marcar una huella profunda en nuestra sensibilidad ética y espiritual: El 1 % màs rico del planeta posee la mitad de los activos personales totales; el 8 % de los màs ricos obtienen hasta el 50 % de los ingresos mundiales; 85 personas en el mundo tienen un patrimonio equivalente al patrimonio de la mitad pobre de la humanidad.
Hay codicia personal y codicia estructural, individuos con afección desordenada por la ganancia y el consumo, y modelos de sociedad y de economía que están estructurados en torno a esto. El Papa Pablo VI – ya referido - puso el dedo en la llaga en su encíclica “Populorum Progressio” (1967), en la que estudiò los temas del desarrollo y advirtió sobre la dramática pobreza de millones en el mundo. Cincuenta y dos años después la leemos y la encontramos de dramática actualidad.
La verdadera vida està en el ser , no en el tener, tampoco en el acumular mèritos con talante farisaico, se trata de ir por otra escala de valores, que es la de Jesùs en el Evangelio, y la de tantas comunidades , principalmente de pobres, que con elocuencia y rectitud nos hablan de la posibilidad de vivir en eso que aquí hemos llamado el desafío de la projimidad.
La reflexión de Jesùs en el relato evangélico es clarísima, cuestionando al que dijo: “Demolerè mis graneros y edificarè otros màs grandes; almacenarè allì todo mi trigo y mis bienes, y me dirè: Ahora ya tienes abundantes bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe y banquetea” 13, la respuesta del Maestro relativiza toda acumulación indebida y toda irresponsabilidad con las necesidades del prójimo: “Què necio eres! Esta misma noche te reclamaràn la vida. Para quien será entonces todo lo que has preparado? Asì es el que atesora riquezas para sì y no se enriquece en orden a Dios” 14
El reto es a dar sentido humano y teologal a nuestra contingencia, promoviendo la vida digna de todos en igualdad de condiciones, vivir felizmente en tònica de gratuidad, apropiarnos de la riqueza que viene de lo trascendente, y tomar en serio las palabras de Pablo, en la segunda lectura de hoy: “No se mientan unos a otros, pues se han despojado del hombre viejo, con sus obras, y se han revestido del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador” 15

1 LEPP, Ignace. La existencia auténtica. Carlos Lohlé, Buenos Aires 1967.
2 ROJAS, Enrique. El hombre light: una vida sin valores. Temas de hoy. Madrid 1998. CORREA SOEIRO, Alfredo. El instinto de platea en la sociedad del espectáculo. Hiru editores. San Sebastián (España), 2003.
3 BOFF, Leonardo. Francisco de Asís: ternura y vigor. Sal Terrae. Santander (España) 1987. DE COS PEREZ DE CAMINO, Julián. La espiritualidad de Santo Domingo, fundador de la Orden de Predicadores. Editorial San Esteban. Salamanca,2012.
4 Eclesiastés 1: 2-3
5 Lucas 12: 15
6 CARRERAS, Joan. Vivir con menos para vivir mejor. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2019.
7 Papa FRANCISCO. Encíclica Laudato si: sobre el cuidado de la casa común. Tipografía Vaticana, 2015.
8 Ibidem, numeral 203.
9 BOFF, Leonardo. Gracia y experiencia humana. Trotta. Madrid, 201.
10 PNUD Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo Humano. Indice e indicadores de desarrollo humano: actualización estadística de 2018. Naciones Unidas. Nueva York, 2018.
11 Eclesiastés 2: 22
12 Lucas 12: 15
13 Lucas 12: 18-19
14 Lucas 12: 20-21
15 Colosenses 3: 9-10

domingo, 28 de julio de 2019

COMUNITAS MATUTINA 28 DE JULIO 2019 DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C


“Yo les digo: pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá”
Lucas 11: 9

Lecturas:
1.   Génesis 18: 20 – 32
2.   Salmo 137: 1 – 8
3.   Colosenses 2: 12 – 14
4.   Lucas 11: 1 – 13
El Padrenuestro – oración tradicional que identifica el  cristianismo, ofrecido por el evangelio de este domingo – expresa el nuevo modo de relación con Dios que nos trae Jesús, no lo podemos reducir a una simple oración de petición como es la visión habitual que se tiene de ella. Al contrario, es la puerta de entrada de una novedosa relación con Dios,   síntesis de los vínculos que el ser humano establece con el absoluto, con los demás, consigo mismo. En esta plegaria Jesús nos participa de su experiencia del Padre, y la constituye en el paradigma de nuestro encuentro  con esa realidad que, en el decir de San Ignacio de Loyola en su texto de los Ejercicios Espirituales, es el principio y fundamento del ser humano.[1]
Jesús plasma su vivencia a través de los cauces de la cultura judía de aquellos tiempos, era la suya, en ella se formó y creció, era el modo religioso de sus contemporáneos. Pero más allá del formato externo de tradición judía, la propuesta es totalmente revolucionaria porque empieza a llamar a Dios Padre, con la conocida palabra ABBA, el tratamiento de mayor intimidad y cariño con el que los hijos aluden a su padre, dejando entrever una confianza plena. Marca un punto de quiebre con respecto a las habituales demandas que hacemos a Dios, con tantas peticiones y solicitudes, en la práctica le estamos diciendo lo que tiene que hacer, claramente la vivimos como  una relación imperativa, es Dios el que se tiene que plegar a nuestros intereses, porque a menudo  también lo utilizamos para legitimar desafueros contra la humanidad: tendencias políticas, violencias, clasismos, fundamentalismos moralistas, exclusiones, infiernos, culpabilidades, angustias sin término. Nos pasamos la vida achacando al buen Dios tantas cosas que no tienen nada que ver con su amor original y originante hacia nosotros.
 Por contraste, la  experiencia que surge en el Padre Nuestro es de apasionante gratuidad y  libertad!![2]: “También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”.[3] La voluntad de Dios no es cualquier invención humana, es el querer del Padre que desea siempre nuestra bienaventuranza y cabal realización de nuestras aspiraciones de felicidad.
Sí, esto último hay que reiterarlo con pedagógica insistencia, porque la religiosidad dominante se entiende como una transacción comercial con Dios: Tú, Dios, omnipotente, me beneficias con la concesión de todos los favores que te estoy pidiendo. Si el procedimiento es exitoso, entonces yo te hago el favor de creer en Ti y de mantenerme fiel a la mediación religiosa en la que estoy ejerciendo esta creencia; si no es así, me decepciono, y te doy la espalda porque no te dejaste manipular por mí. Es como si Dios fuera una gran central de abastecimiento de milagros, de “resultados” como los que exige la actual sociedad a sus trabajadores: productividad, eficiencia, utilidades, indicadores “positivos”.[4] El verdadero problema consiste en que  casi nunca nos dejamos sorprender por la gratuidad del Dios que se revela en Jesús!
El pone en juego una disposición de confianza absoluta en Aquel que es todo para la humanidad: “Y yo rogaré al Padre, y El les dará otro Paráclito[5] para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque El permanece con ustedes y está en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes”.[6]
Qué decir de esto en la  sociedad de la autosuficiencia científica y tecnológica, profundamente racional y apasionada por la constante afirmación de la autonomía del ser humano y de la realidad? Cómo hablar de Dios  Padre en sociedades y mundos huérfanos, dominados por el poder y  el capital, con  grupos de humanos que sustraen a las mayorías su capacidad de decisión y el libre ejercicio de su dignidad? Cómo convertirnos en relatos de un Dios liberador, ciento por ciento comprometido con la causa de la plenitud de la humanidad, enamorado a más no poder de esta condición nuestra, exigente sí – y en la más alta medida – pero también Padre-Madre que da todo de sí para que nuestra existencia se llene de sentido?[7]
Las lecturas que se nos proponen este domingo hacen una invitación a mirar la propia vida, individual y comunitaria, como un proceso constante y creciente de confianza en Dios a partir de la experiencia de la oración, de la disposición para escucharlo desde nuestra realidad, como se nos planteaba el domingo anterior.
Hagamos el esfuerzo de salirnos de los esquemas religiosos habituales para entrar en el seductor mundo del ABBA de Jesús, el Dios compasivo y misericordioso,  no se trata de un piadoso lugar común, sino de una vigorosa realidad en la que adquirimos plena conciencia de nuestro propio ser  y del ser de Dios actuando en nosotros para hacernos el obsequio de una vida con sentido :  “Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación”. [8]
Los seres humanos siempre tenemos la tentación de confiar excesivamente en nosotros mismos, cada época de la historia va superando a la anterior en este modo que con frecuencia se reviste de vanidad, soberbia, arrogancia.
Tal  constatación debe llevarnos a pensar que es bueno y saludable el esfuerzo humano  para hacer del mundo más habitable y equitativo; pero, también nos hace una señal de alerta para mirar con exigente rigor estas posibilidades cuando pierden su referencia humanizante, para no derivar en una humanidad engreída y desconocedora de su inevitable contingencia.
El siglo XX y lo que va corrido del XXI son escenario privilegiado para verificar estas realidades. Los mayores desarrollos científicos, los avances de la medicina para controlar y erradicar enfermedades, aumentando el promedio de vida, el prodigio de la tecnología informática y digital que hacen del mundo una aldea global, como hace cuarenta años lo indicara el teórico de la comunicación Marshall Mc Luhan,[9] el cultivo de las ciencias humanas para favorecer la emancipación de hombres y mujeres de toda tutela esclavizante, son, entre muchos ejemplos, indicadores de los logros del ser humano para comprenderse  a sí mismo, el mundo, la naturaleza, desarrollando un poder transformador de la misma.
Pero también este mismo escenario de la historia ha sido el ámbito de los mayores crímenes e ignominias en contra de la humanidad.  Como resultado tenemos las  dictaduras del nazismo y del comunismo, las guerras mundiales y los reiterados conflictos en uno y otro lugar del planeta con su dolorosa carga de víctimas que se pueden contar por millones, los modelos económicos y políticos que no se fundamentan en la dignidad humana sino en el incremento del poder y del capital, y las interminables alienaciones que hipotecan la libertad y la felicidad de los humanos.[10]
Ante esto, qué decir desde la fe en Dios, asumida y vivida como confianza radical en esa realidad que  da todo sentido a nuestra existencia, habilitándonos para emprender la vida como proyecto de plenitud, aquí en esta historia y en este diario acontecer, proyectándonos hacia el futuro definitivo de la trascendencia en la que vivir será  bienaventuranza inagotable en el amor de ese Dios?
El evangelio de Lucas invita a que nos hagamos conscientes de la eficacia de la experiencia de oración, viviéndola en la misma perspectiva de Jesús. Dios nos da resultados porque hace de nosotros estupendos seres humanos, en clave de gratuidad, de vida recta, como bien lo sabemos por ese diseño que se nos comunica en las Bienaventuranzas.[11]
La primera lectura, mediante el regateo entre Abrahán y Yahvé a propósito de los escándalos de dos ciudades – Sodoma y Gomorra, símbolos de decadencia moral y espiritual -  presenta el contraste entre las fuerzas del mal, favorecidas por el mismo ser humano que no logra presentar el resultado de  hombres justos, y la bondad y misericordia de Dios, dispuesto siempre a crear posibilidades de esperanza.
Abrahán caracteriza al creyente sincero, que confía sin reservas en su Dios, sabedor de que este es justo y misericordioso: “Abrahán lo abordó y le dijo: Así que vas a borrar al justo con el malvado? Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad. Vas a borrarlos sin perdonar a aquel lugar por los cincuenta justos que hubiere dentro? Tú no puedes hacer tal cosa: dejar morir al justo con el malvado, y que corran parejas el uno con el otro. Tú no puedes . Va a fallar una injusticia el juez de toda la tierra?” [12]
El mal y las desgracias  proceden  del ser humano que se vuelve sobre sí mismo de modo arrogante y emprende la destrucción en contra de sus semejantes y del mundo creado originalmente en armonía. Filósofos y pensadores han dedicado notables esfuerzos al planteamiento de la pregunta por el sentido de la vida ante la realidad del mal, muchos de ellos concluyendo en un sentimiento de absurdo y de tragedia, con marcada desconfianza hacia el mismo ser humano.[13]
Nuestra postura es la de ponernos  confiadamente en las manos del Dios que está de nuestra parte, a quien sólo interesa nuestra felicidad, y por eso se empeña en dotarnos del Espíritu para estar en un dinamismo constante de vitalidad y re-creación. Tal es el Dios confiable que se nos revela en Jesús, y a quien nos dirigimos en el diálogo orante para encontrar siempre los mejores caminos para el buen vivir.
Una experiencia de oración como esta  es uno de los modos contundentes que tiene nuestra fe cristiana para ir en contravía profética de ese mundo vanidoso al que nos referíamos al principio, brindándonos también los elementos para hacer una crítica a las falsas imágenes de Dios – justiciero, vengativo, vigilante, intransigente, policía – que conllevan falsas imágenes del ser humano – sometido, indigno, egoísta, miedoso, desconfiado - , imaginarios que son incompatibles con la originalidad liberadora de la experiencia de Jesús y del modo como El nos lleva al Padre y al hermano.
Pedir es experimentarnos contingentes y necesitados, genuino ejercicio creatural; buscar es movilizarnos para buscar el Reino y su justicia, haciéndolo efectivo en nosotros; llamar es clamar denunciando la injusticia y demandando el acontecer de Dios para que esta se trueque en el mundo de prójimos querido por El.
El salmo 137 es un hermoso testimonio del creyente que se reconoce acogido y escuchado por Dios: “Te doy gracias por tu amor y tu verdad, pues tu promesa supera a tu renombre. El día en que grité me escuchaste, aumentaste mi vigor interior” (Salmo 137: 2 – 3).
El llamamiento que se nos hace es a ser testigos de esta vitalidad desbordante que vivimos en una intimidad como la que Jesús vivía con el Padre, contemplando el gozoso misterio que es sustancia de nuestro ser y sintiéndonos enviados a configurar un tejido de buenas noticias y realizaciones, de mesas servidas para todos, de dignidades siempre reconocidas, de reivindicaciones atendidas, de comuniones interminables.



[1] SAN IGNACIO DE LOYOLA. Ejercicios Espirituales . San Pablo. Madrid, 1996. En el numeral 23 del texto San Ignacio propone al ejercitante la perspectiva fundante del sentido de la vida, netamente teologal, netamente perspectiva de libertad y de plena realización de su humanidad.
[2] JEREMIAS, Joachim. ABBA: El mensaje central del Nuevo Testamento. Sígueme. Salamanca, 1993. VALLES, Carlos. Dejar a Dios ser Dios. Sal Terrae. Santander (España), 1987.
[3] Lucas 11: 9-10
[4] TRIGO,Pedro. En el mercado de Dios: un Dios más allá del mercado. Sal Terrae. Santander (España), 2003.
[5] Paráclito: el defensor, el que intercede para ayudar, para consolar, para comunicar ánimo y vitalidad.
[6] Juan 14: 16-18
[7] MARTIN VELASCO,Juan. El encuentro con Dios. Caparrós Editores. Madrid, 1995.
[8] Lucas 11: 2-4
[9] McLUHAN,Marshall. La aldea global. Gedisa. Madrid, 1999.
[10] VALVERDE, Carlos. Génesis, estructura y crisis de la modernidad. BAC. Madrid, 1997.
[11] Mateo 5: 1-11; Lucas 6: 20-23
[12] Génesis 18: 23-25
[13] BRAVO LAZCANO, Carlos. El problema del mal. Ediciones Facultad de Teología Universidad Javeriana. Bogotá, 2003.

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