domingo, 8 de octubre de 2017

COMUNITAS MATUTINA 8 DE OCTUBRE DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

“Mi amigo tenía una viña en un fértil otero. La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita. Edificó en medio una torre, y excavó en ella un lagar. Y esperó que diese uvas, pero sólo dio agraces”
(Isaías 5: 1-2)
Lecturas:
1.   Isaías 5: 1-5
2.   Salmo 79: 9-20
3.   Filipenses 4: 6-9
4.   Mateo 21: 33-43

La imagen de la viña es hondamente familiar para la mayoría de los pueblos del Cercano Oriente, para ellos es la parcela de tierra cultivada con especial esmero, de allí se deriva el sustento básico de la familia.
Ese patrimonio era la forma de sentirse vinculado a su grupo social y fundamentaba su derecho de ciudadanía, su arraigo en un territorio, determinante de su sentido de identidad: “Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña: mi amigo tenía una viña en fértil terreno. Removió la tierra, la limpió de piedras y plantó buenas cepas; construyó en medio una torre y cavó un lagar” (Isaías 5: 1-2).
Un vínculo así es similar al que tienen nuestros campesinos con sus terrenos cultivables, a los que dedican lo mejor de sus esfuerzos, son su espacio de realización, también el lugar de crecimiento y vida de su familia. Poseer la tierra da significado a todo su proyecto existencial, ámbito de su humanidad. Desde ahí se comprende la ilusión con la que el viñador, el agricultor, se entrega a la faena de disponer el terreno, de sembrar la semilla, de cultivar, de recoger la cosecha, de la que se esperan siempre los mejores resultados.
Qué nos quiere decir Isaías en esta primera lectura de hoy? Cuáles son nuestras viñas? Cuáles los esfuerzos en torno a ellas? Cuáles las expectativas que abrigamos con ellas? Se trata de los lugares de sentido en los que se desarrolla nuestra vida: familia, estudios, trabajo, comunidad, amistades, gran sociedad, iglesia,  donde acontecen nuestras capacidades de creación y de expresión, de trascendencia en los demás, de construcción del bien común, de generación de vínculos de pertenencia a un territorio espiritual, emocional, afectivo.
En esos ámbitos estamos trabajando para maneras de vida significativas, en las que nos jugamos lo más definitivo de nuestra condición humana. A propósito de esto, recordamos la bella novela “Los Campesinos” del polaco Wladyslaw Reymont (1867-1925), reconocido con el Premio Nobel de Literatura en 1924. En ella el autor, siguiendo el itinerario de las cuatro estaciones del año, describe con lujo de detalles y con gran sensibilidad psicológica  la vida de los habitantes del campo en su patria, todas las implicaciones de la vida campesina, la faena agrícola, el compromiso con la tierra, su espiritualidad, la fiesta de la cosecha, la recolección de los frutos esperados.
Pero sucede que esta expectativa de fecundidad, de buenos frutos, se ve truncada por la presencia del mal, del egoísmo, del desorden de una libertad que se realiza sin referencia trascendente: “Y esperó que diera uvas pero dio frutos agrios” (Isaías 5: 2). Qué sentimos cuando nuestras viñas no dan los resultados anhelados, cuando los suyos son frutos agrios, contradicciones, deslealtades, arrogancias, injusticias, desamores?
El profeta Isaías acude a este lenguaje para señalar el desencanto de Dios por las muchas abominaciones que se cometían en el reino de Judá: “La viña del Señor Todopoderoso es la casa de Israel, son los hombres de Judá su plantación preferida. El esperó de ellos derecho, y ahí tienen: asesinatos; esperó justicia y ahí tienen :  lamentos” (Isaías 5: 7).
Cuando miramos la realidad contemporánea qué nos dicen estas imágenes de la viña decepcionante? Qué decir de la corrupción de magistrados de nuestra corte suprema de justicia? Qué esperar de las reiteradas conductas perversas de políticos que saquean sin compasión el tesoro público? Qué pensar de los excesos de la sociedad de bienestar, enloquecida con el consumo, ostentando una capacidad adquisitiva que a menudo es obtenida a costa de los más pobres? Qué nos dicen los permanentes clamores de millones de seres humanos sumidos en el abandono y en la miseria?
El cuestionamiento severo que hacen los profetas bíblicos parte de las realidades sociales que se vivían en ese tiempo, totalmente incompatibles con la voluntad de Dios, con los compromisos adquiridos en la alianza con Yavé, con la profesión de religiosidad del pueblo hebreo. Les resultaba indignante el olvido de la fundamentación ética de la vida, la indolencia de los llamados creyentes, la insensibilidad ante el drama de huérfanos y viudas.
 El discurso profético era de total pertinencia para su contexto, la mayoría de las veces de gran severidad. Siempre tuvieron una postura crítica ante las instancias de poder – responsables de los “frutos agrios” - , en el texto de hoy Isaías se vale de una vieja canción de amor para acerar su palabra y hacer caer en cuenta al pueblo de Israel de su inconsistencia y de su rechazo al querer de Dios.
Jesús – en el texto del evangelio de hoy – se vale del mismo tema de la viña para llamar la atención sobre las problemáticas similares a las que se vivían en tiempo de Isaías. Los grupos religiosos integristas – saduceos, fariseos, maestros de la ley – pensaban que la salvación exclusiva de Israel era la única meta de la historia, lo restante, el sentido de vida de quienes no eran judíos, la justicia debida a los pobres, la misericordia y la compasión, los tenían sin cuidado, esto no hacía parte de sus desafíos vitales.
La parábola de los viñadores homicidas integra  un bloque compacto del evangelio de Mateo – los capítulos 21 a 25 – en el que el autor quiere destacar la tensión creciente entre Jesús y las autoridades judías, preparando el desenlace de su pasión y de su muerte. El desnuda la intransigencia y cerrazón de los dirigentes del judaísmo. En esta secuencia se encuentran la expulsión de los vendedores del templo, la controversia sobre la autoridad de Jesús, el conocido capítulo 23 con su fuerte diatriba en contra de los fariseos, entre otros elementos centrales, en los que los responsables de la religión judía van acumulando argumentos para condenarle.
Para Jesús, el reino de Dios está abierto a todos sin excepción, principalmente a les gentes de buena voluntad, a todos los dedicados al amor y a la justicia. Para él no pesan las diferencias raciales ni socioeconómicas ni religiosas, lo que define su interés es el de aquellos que se disponen a vivir en solidaridad y en fraternidad.
Naturalmente, esto le trajo la malquerencia de los jefes religiosos y de los observantes. También con sus discípulos tuvo diferencias de fondo cuando se daba cuenta que su enseñanza sobre el reino no calaba hondo en ellos, viendo que seguían con sus aspiraciones de poder y con sus grandes temores ante el sacrificio y la posibilidad de entregar la vida sin esperar recompensa.
Esos grupos se consideraban los concesionarios exclusivos de Dios, ellos son los viñadores homicidas: “Finalmente, les envió a su hijo pensando: a mi hijo lo respetarán. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: este es el heredero, vamos matémosle y quedémonos con su herencia. Y agarrándolo lo echaron fuera de la viña y lo mataron” (Mateo 21: 37-39).
Jesús los desafía abiertamente y, mediante la comparación con la viña, les muestra que su ortodoxia recalcitrante no conduce a la salvación. El reino de Dios no es propiedad de ningún grupo en particular, nadie lo tiene asegurado bajo el título de raza o de pertenencia a una religión en particular.
El ministerio de Jesús es compromiso con la vida de todos en igualdad de condiciones: acoger a los excluídos, anuncio de la gran utopía de Dios que abre horizontes de esperanza a los últimos del mundo. Son estas las grandes evidencias de la voluntad del Padre que envía a Jesús para que todos tengan vida en abundancia, los frutos maduros que se esperan de la viña: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10: 10).
Las denuncias de Jesús nos indican que el mensajero del Dios de la vida no puede permitir que el ser humano esté siempre agobiado por experiencias de muerte: prohibiciones, prácticas religiosas alienantes, moralismos neuróticos, pobreza, vulneración de sus derechos, decisiones injustas de gobiernos y sistemas económicos. Jesús quiere que la vida de los seres humanos sea un testimonio permanente del Dios enamorado de la humanidad, a la que comunica su inagotable vitalidad: “Pero tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor amigo de la vida” (Sabiduría 11: 26).
El poema de la viña referido por Isaías tiene  lugar en el año 735 a.c., en la dura confrontación del profeta con sus contemporáneos, cuando se esperaba que Israel – la viña – diera frutos de justicia y sólo respondió con delitos y abominaciones. Siglos más tarde – hacia el año 29 d.c. – Jesús confronta con la misma intensidad a los sacerdotes y miembros del sanedrín, y les dice la elocuente parábola de los viñadores homicidas. Ellos responden a Jesús diciendo que ya conocen el poema, siempre presumiendo de su saber religioso, y Jesús les responde afirmando que hay una diferencia sustancial: esta viña sí da frutos, el problema reside en que los viñadores los roban.

Qué mensaje nos queda? El amor de Dios se retribuye con el amor al prójimo, no con el culto externo. El mal estaba en esas autoridades religiosas que se resistían a la novedad que Jesús les proponía, sintiendo que su observancia de los ritos y las leyes los justificaba sin necesidad de convertirse al prójimo sufriente. Ante eso Jesús es fuerte en su expresión final: “Por eso les digo que se les quitará el reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos” (Mateo 21: 43). Estos hombres confundieron los derechos de Dios con sus intereses mezquinos, Jesús puso en evidencia esta incoherencia del templo y de la ley y por eso se hizo acreedor a la condena y a la muerte en cruz. Es la “suerte” que corren los profetas que no venden su conciencia……

domingo, 1 de octubre de 2017

COMUNITAS MATUTINA 1 DE OCTUBRE DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO



“Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegarán antes que ustedes al reino de Dios”
(Mateo 21: 31)
Lecturas:
1.   Ezequiel 18: 25-28
2.   Salmo 24: 4-9
3.   Filipenses 2: 1-11
4.   Mateo 21: 28-32

Dice el teólogo José Antonio Pagola, refiriéndose a la actitud de Jesús ante la institución religiosa judía de su tiempo y a su rígida y estrecha mentalidad de corte legalista: “Probablemente sorprendió mucho su libertad ante el conjunto de normas y prescripciones en torno a la pureza ritual. La mayor parte de las “impurezas” que podía contraer una persona no la convertían en un “pecador”, moralmente culpable ante Dios, pero, según el código de pureza, la apartaban del Dios santo y le impedían entrar en el templo y tomar parte en el culto. Al parecer, en tiempos de Jesús se vivía con bastante rigor la observancia de la pureza ritual… Jesús, por el contrario, se relaciona con total libertad con gente considerada impura, sin importarle la crítica de los sectores más observantes. Come con pecadores y publicanos, toca a los leprosos y se mueve entre gente indeseable. La verdadera identidad no consiste en excluír a paganos, pecadores e impuros. Para ser el “pueblo de Dios” lo decisivo no es vivir “separados”, como hacen en buena parte los sectores fariseos, ni aislarse en el desierto como los esenios de Qumrán. En el reino de Dios, la verdadera identidad consiste en no excluír a nadie, en acoger a todos y, de manera preferente, a los marginados” (PAGOLA, José Antonio. Jesús: aproximación histórica. Páginas 250,251.)
Con esta extensa cita queremos dejar claro que en el ministerio de Jesús su cuestionamiento a la minuciosidad religiosa judía es fundamental, debido a esa obsesión por seguir literalmente todas las normativas rituales y legales sin preocuparse de la conversión del corazón y de la solidaridad con el prójimo. Este es el planteamiento central de la Palabra de este domingo.
Jesús desnuda los ropajes de la vanidad religiosa y  de las apariencias de santidad y de moralidad, para llegar a la pregunta de fondo que enfrenta las intenciones  de  tantas formalidades, nos interroga por la verdad de lo que somos y hacemos, por las prioridades que determinan nuestra conducta, y nos confronta para que accedamos a la transparencia del ser y del hacer, ante Dios, ante nosotros mismos, ante los demás.
Para el judaísmo contemporáneo de Jesús la santidad consistía en el acatamiento y práctica de un extenso conjunto de prescripciones relacionadas con sus rituales. Son frecuentes las discusiones suyas con los hombres religiosos que le ponían a prueba para verificar si era él un judío piadoso y observante, con el fin de tener argumentos para acusarlo.
En este sentido es clásico el capítulo 23 del evangelio de Mateo, en el que Jesús lanza siete maldiciones contra los escribas y fariseos, con palabras muy fuertes, que aún hoy suenan con extrema severidad: “Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que purifican por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña e intemperancia” (Mateo 23: 25).
Es claro que tal advertencia no se queda solamente para aquellos sacerdotes y maestros de la ley, también se extiende a las prácticas religiosas de todos los tiempos de la historia cuando ellas no están respaldadas por una vida convertida sinceramente al amor de Dios y a la solidaridad con el prójimo. Nos dice esto algo de fondo para nuestras vidas?
 La relación entre el culto y la vida es indispensable, la rectitud de esta es la que garantiza la autenticidad de aquel; lo que se significa en el rito debe llevarse a la cotidianidad, a los diversos ámbitos de la vida, la relación de pareja, la familia, la formación de los hijos, el ejercicio de la sexualidad, la atención solidaria a los pobres y marginados, el reconocimiento respetuoso de las diferencias, el cuidado del hábitat, el compromiso permanente con la dignidad humana, la protección de la vida en todas sus formas, el manejo del dinero y de los recursos materiales, el acceso al conocimiento, la seriedad en los estudios, el trabajo entendido como servicio, la participación en la construcción del bien común.
Una vida íntegra referida a Dios evidencia su plenitud en la relación con los demás, este es el culto agradable que le debemos, todo lo que allí se celebra y expresa debe tener decisivas implicaciones en una nueva manera de ser y de vivir, modelada según el proyecto original de Jesús. Esto  era lo que no  entendían los intransigentes judíos, por eso alude a ellos con la parábola de los dos hijos, tan cruda y rigurosa.
Señala dos actitudes: “Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero le dijo: Hijo, vete hoy a trabajar en la viña. El respondió No quiero, pero luego se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. El respondió: voy, señor, pero no fue. Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? El primero, le dicen” (Mateo 18: 28-31).
Su referencia crítica es evidente, destacando con la sutileza de este ejemplo la actitud negligente ante la conversión de quienes se dicen los más cumplidores de la religión, los que presumen de ser ejemplo de vida recta, y modelo para los demás, despreciando a quienes no viven en esta perspectiva del ritualismo externo.
Jesús lo que hace es transformar radicalmente la relación entre los seres humanos y Dios dejando atrás el esquema de la mediación ritual para proponer el culto al Padre en espíritu y en verdad. La vida asumida como culto agradable a El: “Pero llega la hora, ha llegado, en que los que dan culto auténtico adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque esos son los adoradores que busca el Padre. Dios es Espíritu y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Juan 4: 23-24).
En qué   aspectos concretos nos toca esta exigente alusión del Señor? Suscitan estas   palabras en nosotros un honesto examen de conciencia?
Muchos de los que despreciamos por ateos y agnósticos resultan de ejemplar honestidad y rectitud en sus vidas. Las palabras de Jesús a este propósito son durísimas: “Les aseguro que los recaudadores de impuestos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de Dios. Porque vino Juan, enseñando el camino de la justicia, y no le creyeron, mientras que los recaudadores de impuestos y las prostitutas sí le creyeron. Y ustedes, aún después de verlo, no se han arrepentido ni le han creído” (Mateo 18: 31-32).
Con frecuencia los cristianos somos sometidos al examen crítico de nuestra honestidad, se nos cuestiona por exceso de formalidad religiosa y por dureza de corazón, por manipular a Dios poniéndolo como legitimador de posturas estrechas con respecto a la conciencia de las personas, por hacer interpretaciones sesgadas del evangelio, por no ejercer la misericordia, por dar prioridad a las leyes sobre la vida, por juzgar y condenar implacablemente a los “pecadores”, por la soberbia moral.
Ante esto, el modo humilde y realista del Papa Francisco es un polo a tierra que nos regresa a la originalidad de Jesús, nos recuerda que somos frágiles , que no tenemos todas las respuestas, que nuestra condición es inevitablemente precaria. De ahí su constante insistencia en fijar la atención en los condenados morales, en los millones de seres que la sociedad indignamente llama “desechables”, en las gentes de la calle, en las interminables legiones de refugiados, en los que no son significativos para una sociedad entretenida con la producción y con el consumo.
Ante ellos Francisco nos dice que debemos ver en sus vidas un reclamo potente de Dios, una protesta radical suya que dice que los “buenos” mancillan su obra creadora, que se limpia la conciencia con pasatiempos religiosos, escuchemos algo de lo que dijo hace tres semanas en Medellín: “Antenoche, una chica con capacidades especiales, en el grupo que me dio la bienvenida en la Nunciatura, habló de que en el núcleo de lo humano está la vulnerabilidad, y explicaba por qué. Y a mí se me ocurrió preguntarle: Todos somos vulnerables? Sí, todos, dijo ella. Pero hay alguien que no es vulnerable? Me contestó: Dios. Pero Dios quiso hacerse vulnerable y salir a callejear con nosotros , quiso salir a vivir nuestra historia tal como era, quiso hacerse hombre en medio de una contradicción, en medio de algo incomprensible, con la aceptación de una chica que no comprendía, pero obedece, y de un hombre justo que siguió lo que le fue mandado, pero todo eso en medio de contradicciones” (Papa Francisco en Medellín, 9 de septiembre de 2017. Discurso en el encuentro con religiosas, sacerdotes y consagrados).
El Evangelio siempre nos trae posibilidades de crecimiento y  de conversión. Este tema de hoy es antiguo y reiterado, pero su trasfondo es inagotable y susceptible de un proceso constante y creciente de configuración con Jesús, con el proyecto del Padre, realidad que se manifiesta cuando damos el salto del cristianismo de formas externas y de minucias rituales a la pasión por la verdad que se manifiesta en el reverso de la historia, en las muchas cruces de la humanidad, en la indignación de Dios con las injusticias de los buenos.
Las palabras de Pablo en la segunda lectura de este domingo nos ponen frente a Jesús y el drama de su fragilidad: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús, quien a pesar de su condición divina no hizo alarde de ser igual a Dios, sino que se vació de sí mismo y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Filipenses 2: 5-8).

domingo, 24 de septiembre de 2017

COMUNITAS MATUTINA 24 DE SEPTIEMBRE DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

De modo que los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos”
(Mateo 20:16)
Lecturas:
  1. Isaías 55: 1-11
  2. Salmo 144: 2-9 y 17-18
  3. Filipenses 1: 20-24 y 27
  4. Mateo 20: 1-16
Con frecuencia escuchamos decir que la lógica y el modo de proceder de Dios son totalmente distintos de los de los humanos, que provocan una radical ruptura de nuestros habituales esquemas de ver las realidades de la vida y trastocan los cálculos y apreciaciones con los que solemos ponderar todas las cosas. Este es el núcleo que la Palabra nos ofrece este domingo, nos dispone ella a dejarnos sorprender por Dios.
Predomina en la mayoría de ambientes sociales y religiosos la mentalidad milimétrica y matemática, la acumulación de méritos para presumir que somos mejores que los demás, la clasificación de las personas siguiendo sus hojas de vida con mayores o menores realizaciones y títulos, su capacidad económica, también su conducta y su moralidad.
Esto, en el ámbito de lo religioso, se ha convertido en escalafones de santidad, en la presunción de ser rigurosos con las observancias rituales y legales, caracterizadas por su estrechez y falta de libertad.
Los modos de vida se tornan así en sombríos cumplimientos de normativas sin espíritu, en liturgias que adolecen de afecto y de vitalidad, en fijaciones jurídicas que no liberan al ser humano, en concebir la relación con Dios como una meritocracia, sin conversión del corazón a El, al prójimo, a las grandes sensibilidades del amor y de la libertad.
Este estilo era dominante en el mundo judío contemporáneo de Jesús. Son bien conocidas las controversias que sostenía con los sacerdotes del templo y con los letrados, y el modo tan severo con el que cuestionaba tales actitudes: “Ay de ustedes, letrados y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de inmoralidad y robos” (Mateo 23: 25).
Tomemos esta propuesta de Jesús como una saludable crítica que provoca revisión a fondo de nuestra religiosidad y espiritualidad, de la manera como concebimos la relación con Dios, con la intención de dar el salto cualitativo al orden de la gratuidad explícita que Jesús comunica en nombre de su Padre para construír un modo liberador, estimulante, incluyente, promotor de la iniciativa de todos, donde la gracia se distribuye en igualdad de condiciones, suscitando la fraternidad, el dinamismo de la comunión, la existencia asumida como aventura liberadora.
Esto es lo que plantea la parábola de los trabajadores de la viña, que refiere el texto de Mateo que se proclama este domingo; también la primera lectura, de Isaías, se inscribe en la misma perspectiva.
Dios es abundancia desmedida de amor y de beneficios, lo suyo es dedicarse gratuitamente al ser humano para que este encuentre en tal dinámica el sentido de su vida, en la que Dios se nos obsequia como don inmerecido de nuestra parte.
El llamamiento de Isaías es elocuente en su clamor de gratuidad: “Por qué gastan dinero en lo que no alimenta? Y el salario en lo que no deja satisfacción? Escúchenme atentos y comerán bien, se deleitarán con platos sustanciosos. Presten atención y vengan a mí, escúchenme y vivirán. Sellaré con ustedes alianza eterna” (Isaías 55: 2-3), “Vengan por agua, también los que no tienen dinero, vengan, compren trigo, coman sin pagar, vino y leche gratis” (Isaías 55: 1).
El proyecto original de Dios se caracteriza por la participación justa y equitativa de todos en los bienes de la creación y de la vida, ofrecimiento que El nos hace para moldearnos como hombres y mujeres que aprendemos a vivir en la clave de la gratuito. Fuerte contraste se establece así con el “ordenamiento normal” (?) de la sociedad, en la que todo está asignado según méritos y escalas.
Es deliberada la intención de Jesús con su parábola de los obreros de la viña, cuando un hacendado, en diversos momentos del mismo día, va contratando jornaleros para las faenas del campo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo debido” (Mateo 20:4). Al final de la jornada, cuando llega la hora del pago, la sorpresa es general: “Pasaron los del atardecer y recibieron un denario. Cuando llegaron los primeros, esperaban recibir más, pero también ellos recibieron la misma paga. Al recibirla, se quejaron contra el hacendado: estos últimos han trabajado una hora y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado la fatiga y el calor del día” (Mateo 20:9-12).
Es injusto Jesús al proponer este mensaje? Desconocedor de derechos y méritos adquiridos? La parábola es sutil para introducir una nueva lógica de vida de relación con el Padre, de los seres humanos entre sí, lo que prima no es el merecimiento nuestro sino la voluntad divina que desborda los límites de la justicia de los hombres, El quiere agraciarnos a todos, llenarnos de oportunidades de plenitud y de sentido, y poner en tela de juicio – lo sabemos bien – el estilo de los vanidosos sacerdotes del templo y letrados que presumían de ser los observantes de la primera hora.
Jesús modifica de raíz el esquema mérito-retribución-pago y manifiesta que el proyecto de Dios es crear para todos las mismas posibilidades de gracia, donde lo que cuenta no es la observancia sino el querer gratuito e ilimitado del Padre, El no se da a quien lo merece sino a quien lo necesita, es la radical indigencia de la condición humana, la sed de sentido, manifestada en la pregunta constante por el significado último de la existencia.
Jesús se va por los márgenes de la historia , se encuentra con las prostitutas y con los cobradores de impuestos, se rodea de mendigos, también de condenados morales, los quiere sentar en la mesa del Padre, sirviéndoles la posibilidad de rehacerse en su humanidad, de reivindicar su dignidad, de operar en ellos el milagro sanador del amor, de restaurarlos en su ser. El es solidario con el pecador, no con el pecado.
La homilía del Papa Francisco en la eucaristía que presidió en Cartagena el domingo 10 de septiembre es un estupendo resumen de esa mentalidad del Señor Jesús, una honda denuncia de cierto tipo de justicia que sólo plantea venganza y castigo, un modo de proceder determinado por el “ojo por ojo, diente por diente”, que comentamos el domingo anterior, una manera de valorar a las personas por su posición social y por su dinero, todo ello claramente en contravía del Evangelio.
Dijo el Papa: “En el cuarto sermón del evangelio de Mateo, Jesús nos habla a nosotros, a los que hemos decidido apostar por la comunidad, a quienes valoramos la vida en común y soñamos con un proyecto que incluya a todos. El texto que precede es el del pastor bueno que deja las noventa y nueve ovejas para ir tras la perdida, y ese aroma perfuma todo el discurso que acabamos de escuchar: no hay nadie lo suficientemente perdido que no merezca nuestra solicitud, nuestra cercanía y nuestro perdón. Desde esta perspectiva se entiende entonces que una falta, un pecado cometido por uno, nos interpele a todos, pero involucra, en primer lugar, a la víctima del pecado del hermano; y ese está llamado a tomar la iniciativa para que quien lo dañó no se pierda. Tomar la iniciativa, el que toma la iniciativa siempre es el más valiente” (Papa Francisco. Homilía en la eucaristía celebrada en el área portuaria de Contecar, Cartagena, 10 de septiembre de 2017).
Cómo interroga esto nuestro estilo de vida y la manera como abordamos las relaciones de justicia? En concreto, cómo procedemos frente a quienes se equivocan e incurren en errores morales? Pensamos que proceder con misericordia es bajar la guardia en materia de ortodoxia y de rectitud? Estamos más dispuestos a mirar la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio? Cómo está nuestra comprensión de la fragilidad humana partiendo de la propia?
La amplitud espiritual de Jesús suscita escándalo, así sucedió en su tiempo y así sucede en nuestro tiempo cuando se quiere ser coherente con ella. Quiere esto decir que los esfuerzos de las personas en relación con sus obligaciones y deberes, el acatamiento correcto de las leyes, la vida honesta, son inútiles, y no se hacen acreedoras al favor de Dios? Es esencial plantearnos tal interrogante en orden a una cabal comprensión de la gracia de Dios y de la libre respuesta del ser humano.
Quede claro, con nitidez evangélica, que no se está minimizando el deseo humano de llevar una vida ética, a carta cabal, como solemos decir. Quede también claro que este esfuerzo no es para presumir de mejores que los demás, ni para despreciarlos como hacían los fariseos. No es la determinación objetiva de lo establecido normativamente lo que obliga sino el libre compromiso que se asume con convicción, conscientes de que la vivencia responsable de lo establecido se hace en sincera actitud de amor, de gratuidad, de valoración comprometida de la propia conciencia y de la del prójimo, incluyendo a quien ha errado.
El amor verdadero, el de Dios que llena de significado nuestros amores, es la genuina ley que libera y realiza a quienes así lo viven: “Una cosa importa, que su conducta sea digna de la buena noticia de Cristo” (Filipenses 1:27).

domingo, 17 de septiembre de 2017

COMUNITAS MATUTINA 17 DE SEPTIEMBRE DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

Señor, cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? Hasta siete veces? Le respondió Jesús: no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”
(Mateo 18: 21-22)

Lecturas:
  1. Eclesiástico 27:33 a 28:9
  2. Salmo 102: 1-12
  3. Romanos 14:7-9
  4. Mateo 18: 21-35
En la cultura religioso-moral del Antiguo Testamento la ley del talión determinaba la manera como las personas reaccionaban cuando eran ofendidas, vengándose con la precisión matemática contenida en la expresión “ojo por ojo, diente por diente”, tal norma imponía un castigo que se identificaba exactamente con la ofensa infligida. La legislación civil y religiosa autorizaba al agredido a responder con la misma medida con la que había sido vilipendiado: “Pero cuando haya lesiones , las pagarás: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe” (Exodo 21:23-24).
Como contrapartida aparece Jesús, siempre desafiando la milimétrica lógica imperante, siempre ejerciendo una misericordia ilimitada, desconocedora de la estrechez de miras de la mentalidad que subyace en la ley del talión: “Ustedes han oído que se dijo ojo, por ojo, diente por diente. Pues yo les digo que no opongan resistencia al que les hace mal. Antes bien, si uno te da una bofetada en tu mejilla derecha, ofrécele también la otra. Al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, déjale también el manto….” (Mateo 5: 38-40).
Este es el asunto central que nos proponen las lecturas de este domingo, en perfecta coherencia con lo que el Papa Francisco nos planteó a los colombianos en su rica visita de la semana anterior, disposición radical, sin reservas, para el perdón y la reconciliación, convirtiéndonos en constructores de una cultura del encuentro, según su propia expresión.
Vale la pena escuchar de nuevo a Francisco: “Cómo haremos para dejar que entre la luz? Cuáles son los caminos de reconciliación? Como María, decir sí a la historia completa, no a una parte; como José, dejar de lado pasiones y orgullos; como Jesucristo, hacernos cargo, asumir, abrazar esa historia, porque ahí están ustedes, todos los colombianos, ahí está lo que somos y lo que Dios puede hacer con nosotros si decimos sí a la verdad, a la bondad, a la reconciliación. Y esto sólo es posible si llenamos de la luz del Evangelio nuestras historias de pecado, violencia y desencuentro. La reconciliación no es una palabra que debemos considerar como abstracta; si eso fuera así, sólo traería esterilidad, traería más distancia. Reconciliarse es abrir una puerta a todas y a cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto. Cuándo las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de paz” (Papa Francisco. Homilía en la Eucaristía en Villavicencio, 8 de septiembre 2017).
La exigencia del perdón es la más radical que hace Jesús a quienes se interesan en su persona y en su proyecto de vida. Un juicioso antecedente de tal invitación lo encontramos en el texto del Eclesiástico, primera lectura de este domingo, escrito sapiencial que proporciona orientaciones éticas y morales para ayudar a la madurez de la persona y a la salud de la convivencia social, advirtiendo que la venganza, además de herir a otros, se vuelve también en contra del agresor. Es claro en afirmar que no se puede aspirar al perdón de los pecados propios si no hay apertura a perdonar a los demás.
En el evangelio, Pedro salta a la escena para consultar a Jesús sobre temas candentes que se les presentaban a las nacientes comunidades cristianas que vivían en ambiente judío, intransigente este último en cuanto a la observancia de la ley. Recordemos que muchos de los episodios referidos por los evangelistas no son rigurosamente históricos pero sí fundamentados en la historia real de Jesús y de sus discípulos. En estas narraciones se escenifican diálogos del Señor con sus discípulos y con otras personas para transmitir enseñanzas fundamentales para su seguimiento.
Pedro pregunta por el límite del perdón: “Señor, cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? Hasta siete veces? Le respondió Jesús: no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18: 21-22). La alusión al número siete, considerado número de la perfección de Dios, en el lenguaje bíblico, significa perdón sin medida, perdón incondicional. Jesús acude a la parábola del siervo sin entrañas para explicar a sus oyentes los alcances de la misericordia contenida en el acto de perdonar.
La contestación de Jesús está vinculada con el texto evangélico del domingo anterior, en el que hay una evidente preocupación por el pecado del prójimo, en el sentido constructivo de eliminar todo obstáculo de la persona y de la comunidad, con la invitación al ejercicio de la corrección fraterna.
En el programa de Jesús no hay cabida para la venganza. El perdón es una gracia que procede del amor y de la misericordia del Padre. Pero exige abrir el corazón a una conversión profunda, es decir, a obrar con los demás según los criterios de Dios y no con los del sistema vigente. Hacernos conscientes de esto es una invitación para aterrizar esta lógica teologal del perdón en el contexto de nuestra historia nacional. Para eso tuvimos la bendición de la visita pastoral del Papa Francisco.
La incapacidad para el perdón es la causa determinante de la violencia en nuestro país, la que nos ha sumergido en esta larga historia de destrucción y de muerte: guerras civiles en el siglo XIX, violencia liberal-conservadora durante la primera mitad del siglo XX; guerrillas de izquierda, paramilitares de derecha, narcotráfico, bacrim, falsos positivos, delincuencia común, agresividad en la vida cotidiana, incapacidad para reconocer con respeto a lo que es diferente de nosotros, eliminación del adversario.
En la catequesis católica tradicional se exigían cinco pasos, para obtener el perdón de los pecados: examen de conciencia, contrición de corazón, propósito de enmienda, confesión de boca y cumplimiento de la penitencia. Este proceso pone de presente que el perdón y la reconciliación, si bien son una gracia de Dios, también exigen un camino pedagógico y tangible que manifieste el deseo de cambio y el compromiso serio para reparar el mal hecho. El modelo clásico nos ayuda a establecer uno similar para remediar de raíz los gravísimos males causados en tantos años de violencia.
El Papa se ha dirigido a los colombianos dando un respaldo a la paz, más allá de sus connotaciones políticas a favor o en contra, él ha venido a invitar a construir un nuevo modo de convivencia social animado por la superación de las venganzas y odios ancestrales, reconociendo el natural pluralismo de nuestra sociedad, invocando a los cristianos católicos y protestantes en los más íntimo de sus convicciones espirituales, abriéndose a creyentes y no creyentes, reivindicando la memoria de las víctimas, demandando justicia y transparencia, impidiendo que la cizaña contamine las nobles intenciones de quienes desean embarcarse definitivamente en la gran aventura de la reconciliación.
La parábola que completa el texto evangélico de este domingo es una severa advertencia contra la incapacidad de perdonar, el perdonado que no fue capaz de perdonar a su deudor. El relato de este siervo inmisericorde deja claro que la vida en el reino de Dios y su justicia significa experimentar el generosísimo perdón de Dios y disponerse a transmitirlo a los demás, no en piadosas actuaciones ocasionales sino en conductas que se conviertan en permanentes proyectos de vida.
En las peticiones del Padre Nuestro, la clásica plegaria del cristianismo, se expresa esta intencionalidad: “Perdónanos el mal que hemos hecho, así como nosotros hemos perdonado a los que nos han hecho mal” (Mateo 6: 12. Estas palabras establecen una lógica de complementariedad y coherencia entre la demanda que hacemos a Dios de nuestras fragilidades y las que debemos a los prójimos, preferentemente a aquellos que nos han lastimado, y también a quienes hemos ofendido. Este puede ser el mayor indicador de la grandeza de un ser humano, máxime si se trata de un seguidor de Aquel que, humillado y sometido a ignominia siendo el justo por excelencia, expresó con dramática elocuencia: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23: 34).
Es imperativo revisar nuestras conciencias individuales y verificar cómo ellas se proyectan a la gran sociedad, detectar si albergamos sentimientos de venganza, si somos destructivos en nuestras apreciaciones de los demás, si – en nombre de unas pretendidas verdades y superioridades morales – estamos integrados a las violencias simbólicas, si somos incapaces de aceptar la rica pluralidad de la condición humana, si suscribimos posturas políticas de odios y rencores, si las víctimas están ausentes de nuestra sensibilidad.
Para descubrir por qué tenemos que seguir amando a quienes nos han hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del genuino amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor a quienes son amables no es garantía de un amor auténtico. Si no perdonamos a todos y por todo, si no nos dejamos seducir por la incondicionalidad del amor del Padre, nuestro amor es nulo, porque si perdonamos unas ofensas y otras no, lo nuestro carece de sentido teologal y de sentido humano.
Nuestras comunidades cristianas deben ser espacios propicios y activos a favor de una verdadera reconciliación basada en la justicia, la verdad y la misericordia, los tres elementos debidamente articulados entre sí. El Evangelio no tolera la impunidad. En cuanto Iglesia estamos llamados a respaldar los procesos de reconciliación, como este de Colombia que se constituye en la gran responsabilidad histórica para la Iglesia y para todos en esta sociedad, siempre con el vigor de la profecía que denuncia lo que es contrario al querer de Dios y a la dignidad humana.

lunes, 11 de septiembre de 2017

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO EN LA MISA EN VILLAVICENCIO

Catama, Villavicencio  Viernes 8 de septiembre de 2017 


“Reconciliarse en Dios, con los Colombianos y con la creación”

¡Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, es el nuevo amanecer que ha anunciado la alegría a todo el mundo, porque de ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios! (cf. Antífona del Benedictus).

La festividad del nacimiento de María proyecta su luz sobre nosotros, así como se irradia la mansa luz del amanecer sobre la extensa llanura colombiana, bellísimo paisaje del que Villavicencio es su puerta, como también en la rica diversidad de sus pueblos indígenas.

María es el primer resplandor que anuncia el final de la noche y, sobre todo, la cercanía del día. Su nacimiento nos hace intuir la iniciativa amorosa, tierna, compasiva, del amor con que Dios se inclina hasta nosotros y nos llama a una maravillosa alianza con Él que nada ni nadie podrá romper.

María ha sabido ser transparencia de la luz de Dios y ha reflejado los destellos de esa luz en su casa, la que compartió con José y Jesús, y también en su pueblo, su nación y en esa casa común a toda la humanidad que es la creación.

En el Evangelio hemos escuchado la genealogía de Jesús (cf. Mt 1,1-17), que no es una simple lista de nombres, sino historia viva, historia de un pueblo con el que Dios ha caminado y, al hacerse uno de nosotros, nos ha querido anunciar que por su sangre corre la historia de justos y pecadores, que nuestra salvación no es una salvación aséptica, de laboratorio, sino concreta, una salvación de vida que camina.

Esta larga lista nos dice que somos parte pequeña de una extensa historia y nos ayuda a no pretender protagonismos excesivos, nos ayuda a escapar de la tentación de espiritualismos evasivos, a no abstraernos de las coordenadas históricas concretas que nos toca vivir. También integra en nuestra historia de salvación aquellas páginas más oscuras o tristes, los momentos de desolación y abandono comparables con el destierro.

La mención de las mujeres —ninguna de las aludidas en la genealogía tiene la jerarquía de las grandes mujeres del Antiguo Testamento— nos permite un acercamiento especial: son ellas, en la genealogía, las que anuncian que por las venas de Jesús corre sangre pagana, las que recuerdan historias de postergación y sometimiento.

En comunidades donde todavía arrastramos estilos patriarcales y machistas es bueno anunciar que el Evangelio comienza subrayando mujeres que marcaron tendencia e hicieron historia.

Y en medio de eso, Jesús, María y José. María con su generoso sí permitió que Dios se hiciera cargo de esa historia. José, hombre justo, no dejó que el orgullo, las pasiones y los celos lo arrojaran fuera de esa luz.

Por la forma en que está narrado, nosotros sabemos antes que José lo que le ha sucedido a María, y él toma decisiones mostrando su calidad humana antes de ser ayudado por el ángel y llegar a comprender todo lo que sucedía a su alrededor.

La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la  información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacerlo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio.

Este pueblo de Colombia es pueblo de Dios; también aquí podemos hacer genealogías llenas de historias, muchas de amor y de luz; otras de desencuentros, agravios, también de muerte. ¡Cuántos de ustedes pueden narrar destierros y desolaciones!, ¡cuántas mujeres, desde el silencio, han perseverado solas y cuántos hombres de bien han buscado dejar de lado enconos y rencores, queriendo combinar justicia y bondad!

¿Cómo haremos para dejar que entre la luz? ¿Cuáles son los caminos de reconciliación? Como María, decir sí a la historia completa, no a una parte; como José, dejar de lado pasiones y orgullos; como Jesucristo, hacernos cargo, asumir, abrazar esa historia, porque ahí están ustedes, todos los colombianos, ahí está lo que somos y lo que Dios puede hacer con nosotros si decimos sí a la verdad, a la bondad, a la reconciliación. Y esto sólo es posible si llenamos de la luz del Evangelio nuestras historias de pecado, violencia y desencuentro. La reconciliación no es una palabra que debemos considerarla como abstracta; si eso fuera así, sólo traería esterilidad, traería más distancia. Reconciliarse es abrir una puerta a todas y a cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto. Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz.

Es necesario que algunos se animen a dar el primer paso en tal dirección, sin esperar a que lo hagan los otros. ¡Basta una persona buena para que haya esperanza! ¡No lo olviden, basta una persona buena para que haya esperanza! ¡Y cada uno de nosotros puede ser esa persona! Esto no significa desconocer o disimular las diferencias y los conflictos. No es legitimar las injusticias personales o estructurales. El recurso a la reconciliación concreta no puede servir para acomodarse a situaciones de injusticia.

Más bien, como ha enseñado san Juan Pablo II: «Es un encuentro entre hermanos dispuestos a superar la tentación del egoísmo y a renunciar a los intentos de pseudo justicia; es fruto de sentimientos fuertes, nobles y generosos, que conducen a instaurar una convivencia fundada sobre el respeto de cada individuo y de los valores propios de la sociedad civil» (Carta a los obispos de El Salvador, 6 agosto 1982).

La reconciliación, por tanto, se concreta y se consolida con el aporte de todos, permite construir el futuro y hace crecer esa esperanza. Todo esfuerzo de paz sin un compromiso sincero de reconciliación siempre será un fracaso.

El texto evangélico que hemos escuchado culmina llamando a Jesús el Emmanuel, traducido el Dios con nosotros. Así es como comienza, y así es como termina Mateo su Evangelio: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (28,21).  Jesús es el Emanuel que nace y el Emanuel que nos acompaña cada día, el Dios con nosotros que nace y el Dios que camina con nosotros hasta el fin del mundo.

Esa promesa se cumple también en Colombia: Mons. Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, Obispo de Arauca, y el sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, mártir de Armero, son signo de ello, expresión de un pueblo que quiere salir del pantano de la violencia y el rencor.

En este entorno maravilloso, nos toca a nosotros decir sí a la reconciliación concreta; que el sí incluya también a nuestra naturaleza. No es casual que incluso sobre ella hayamos desatado nuestras pasiones posesivas, nuestro afán de sometimiento.

Un compatriota de ustedes lo canta con belleza: «Los árboles están llorando, son testigos de tantos años de violencia. El mar está marrón, mezcla de sangre con la tierra» (Juanes, Minas piedras). La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes (cf. Carta enc. Laudato si’, 2).
 
Nos toca decir sí como María y cantar con ella las «maravillas del Señor», porque lo ha prometido a nuestros padres, Él auxilia a todos los pueblos y auxilia a cada pueblo y auxilia a Colombia que hoy quiere reconciliarse y a su descendencia para siempre. 

Testimonio de víctima Pastora Mira


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