domingo, 11 de febrero de 2018

COMUNITAS MATUTINA 11 DE FEBRERO DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO



“Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: lo quiero, queda purificado”
(Marcos 1: 41)

Lecturas:
1.   Levítico 13: 1-2 y 44-46
2.   Salmo 31
3.   1 Corintios 10: 31 a 11:1
4.   Marcos 1: 40-45
Ha sido muy desafortunado en todos los tiempos de la historia  segregar millares de personas por razones de tipo étnico, religioso, moral, social, político, económico. Excluír con violencia es uno de los grandes pecados del ser humano en contra de sus semejantes.
 Tenemos interminables relatos de sufrimiento por esta causa: la violencia masiva entre hutus y tutsis en Ruanda y Burundi a mediados de los años noventa,  con cerca de un millón de asesinatos; los siniestros campos de concentración nazis y stalinianos en la segunda guerra mundial; la matanza de kurdos a comienzos del siglo XX; la notoria segregación racial hacia los afrodescendientes en Estados Unidos y en Sud Africa; las masacres étnicas en Bosnia-Herzegovina y en Kosovo después de la caída de la cortina de hierro; el lamentable estado de abandono en el que viven las comunidades negras del Pacífico colombiano; el maltrato sistemático a las etnias minoritarias en tantos lugares del mundo, la homofobia y las persecuciones de tipo religioso, son narrativas de tragedia en las que destacan con vergüenza los extremos excluyentes a los que llegan muchos seres humanos para destruír la vida y la dignidad de sus hermanos.
Se invocan “razones” de tipo religioso, de pretendida superioridad racial de unos sobre otros, de moralidad (¿???), de resentimientos ancestrales. También en tiempos de Jesús se vivía el escándalo de estas exclusiones. Las lecturas de este domingo nos lo muestran yendo en contravía de esas determinaciones lideradas por la institución religiosa judía, con su carga de drama y de inmenso dolor por parte de las víctimas.
En el evangelio de Marcos propuesto para este domingo leemos que Jesús se encuentra con un leproso que tiene la osadía de romper la norma que lo obligaba a permanecer alejado de la ciudad y de la comunidad debido a su enfermedad que era considerada impura y contaminante en lo religioso, en lo físico, en lo moral. Jesús – fiel al Padre y a sus convicciones de misericordia y de solidaridad – contraviene esta normativa y se aproxima al hombre, se deja interpelar por él: “Entonces se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: Si quieres, puedes purificarme. Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: lo quiero, queda purificado” (Marcos 1: 40-41).
En la tradición judía la enfermedad era considerada  maldición divina, consecuencia del pecado de quien la padecía – o de sus familiares también! - . En el imaginario de la época la lepra era la patología que se veía como más contagiosa y plena de impureza, la rígida normativa excluía a los enfermos de la vida social: “La persona afectada de lepra llevará la ropa desgarrada y los cabellos sueltos; se cubrirá hasta la boca e irá gritando: impuro, impuro! Será impuro mientras dure su afección. Por ser impuro, vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento” (Levitico 13: 45-46).
El enfermo de lepra era un muerto en vida. Aquí mismo en Colombia recordamos cómo – a finales del siglo XIX y buena parte del XX – las leyes del estado confinaban a los afectados en tres poblaciones: Contratación (Santander), Agua de Dios (Cundinamarca), Caño de Loro (Bolívar), ir allí era un exilio definitivo, apartados para siempre de los suyos, como en campo de concentración, y con restricciones convertidas en leyes que hacían más violento y doloroso ese destierro.
En la práctica del judaísmo antiguo eran los sacerdotes los encargados de examinar a los pacientes y emitir un veredicto de impureza, con sus consecuencias de exilio de la población, vida en soledad, indignidad y demás concomitantes de maldición y excomunión. Conviene recordar – para que nunca más se repitan estas prácticas – que todo aquel sistema normativo religioso generaba permanente exclusión de personas por motivos de sexo, salud, condición social, edad, religión, nacionalidad (Para tener mejor ilustración sobre el particular recomendamos leer completos los capítulos 13 y 14 de Levítico).
Esta Palabra nos exige confrontar nuestros “mapas mentales”, aquellas categorías con las que injustamente clasificamos a la gente, dominados por prejuicios e imaginarios que nos “educan” para excluír y condenar: los ataques cruentos e incruentos a la población LGBT, el bullying que se hace a quienes no cumplen con los indicadores de “normalidad”, el recurso a la ridiculización, el acoso y el desprecio, y las grandes determinaciones políticas, económicas, religiosas que resuelven crear categorías de gentes superiores e inferiores.
 Hay que decir que muchas personas bien formadas, con reconocimiento social, participan de estas actitudes y conductas, y ejercen brutal violencia sobre muchas personas, van a misa, rezan, se dicen  honestas, cumplidoras, y aparentemente tienen la conciencia tranquila porque no son como aquellos, corruptos, contaminantes y pecadores! Somos de esos, nos sentimos defensores de la moral y de las buenas costumbres al condenar a muchos a la permanente marginación porque no son “buenos” como nosotros?
Qué plantea Jesús?  Se compadece, entra en contacto directo con el enfermo, lo toca, hace suyo este drama, rompe la rigidez de la norma religiosa,  salta la ley que margina y excluye, pone al ser humano como criterio fundante de su comportamiento, confronta la intransigencia de su propia religión, está a favor de la vida, de la felicidad, del reconocimiento de la dignidad de cada ser humano. La vida y las personas por encima de la ley, no al revés.
Después de la curación, le pide silencio al recién sanado – lo que conocemos como “secreto mesiánico” en el evangelio de Marcos – y lo envía al sacerdote como signo de reinclusión en la dinámica social: “Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio” (Marcos 1: 43-44).
Es clarísimo que lo que Jesús ratifica con este proceder se refiere a la voluntad de Dios que desea y aún puede actuar por encima de las normas, recuperando la vida y la dignidad de sus hijos.
Cabe advertir que  en Colombia estamos llenos de prejuicios religiosos y políticos,  se respira con particular intensidad en este ambiente pre-electoral, se llena de pánico a la comunidad con el fantasma del comunismo castrochavista, se rechaza un proceso de paz adoptando un altísimo nivel de intolerancia, los políticos manipulan a la población valiéndose de sus miedos y de sus prevenciones… Todo para seguir manteniendo el malsano funcionamiento social de privilegios, de descalificación del adversario, de incapacidad de salir de los egoístas linderos de intereses económicos y políticos. Recordando de nuevo que muchos de los que proceden así son cristianos, católicos y evangélicos!
El feliz curado e incluído no hace caso de la recomendación de Jesús, rompe el silencio, y pregona con entusiasmo su experiencia de liberación. No se sirve de la mediación sacerdotal para anunciar su nuevo estado de vida, sino que se autoincluye y decide él mismo proclamar la Buena Noticia: “Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse fuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes” (Marcos 1: 45).
Al asumir la causa de los excluídos, Jesús se convierte en uno más de ellos. Argumento poderoso para los sacerdotes del templo y maestros de la ley que le empiezan a considerar hereje, blasfemo, contrario a las tradiciones religiones de Israel, inmoral, reo de la justicia. En esas afueras, en esos suburbios existenciales brota la nueva vida que viene del Padre y por eso muchos acuden a El para recibir su anuncio vital de justicia y de reivindicación.
Pablo, libre del sometimiento a la ley judía y a todo su establecimiento religioso-moral, gracias a su encuentro con Jesús, que le hace dar un giro radical de convicciones y de estilo de vida, invita a sus cristianos de Corinto – y por extensión, también a nosotros – a desarrollar un modus vivendi que sea para gloria de Dios: “En resumen, sea que ustedes coman , sea que beban, hagánlo todo para gloria de Dios. No sean motivo de escándalo ni para los judíos ni para los paganos ni tampoco para la Iglesia de Dios” (1 Corintios 10: 31-32).
Leyendo sutilmente entre líneas podemos apreciar una invitación a vivir la integridad de lo humano en clave teologal, punto de referencia para establecer la coherencia de todo lo que hacemos en la perspectiva del Dios compasivo y se misericordioso que se nos revela con plenitud en la persona de Jesús. La genuina humanidad adquiere todo su sentido con la inserción en ella de la divinidad y esta “se agacha” para implicarse encarnatoriamente en toda nuestra condición , con la intención de que accedamos a vivir la nueva humanidad que Jesús trae para beneficio de todos: “Hagan como yo, que me esfuerzo por complacer a todos en todas las cosas, no buscando mi interés personal, sino el del mayor número, para que puedan salvarse. Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo” (1 Corintios 10: 33 a 11: 1).
Jesús se pone incondicionalmente al servicio del ser humano, y nos señala como camino de realización que le sigamos en lo mismo. Dios no tiene nada que ver ni con la injusticia ni con las condenaciones-exclusiones, ni siquiera cuando estas están amparadas por leyes civiles o religiosas. Aquí lo absoluto es el bien del ser humano, su liberación y su salvación. Desafortunadamente muchos cristianos siguen insistiendo en las leyes, en los rituales, desconectados de la vida, por eso no son buena noticia.
El evangelio de Jesús es siempre anuncio del nuevo orden de vida, viene en nombre del Padre que invita al ágape, a la comunión, si Dios nos acepta lo coherente es que procedamos del mismo modo dando cauce a una cultura del encuentro y de la aceptación, punto de partida para terminar con tantas violencias y para implantar en la historia las mejores razones para la esperanza.

domingo, 4 de febrero de 2018

COMUNITAS MATUTINA 4 DE FEBRERO DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios”
(Marcos 1: 39)
Lecturas:
  1. Job 7: 1-7
  2. Salmo 146
  3. 1 Corintios 9: 16-23
  4. Marcos 1: 29-39

La más grande inquietud para el ser humano, raíz de interminables preguntas existenciales, reside en el problema del mal y en el misterio de la muerte. Por qué Dios – si existe preguntan muchos – permite la injusticia, el sufrimiento de los inocentes, la mala suerte de muchos justos, la inagotable cadena de violencias y atentados contra la dignidad humana , el “éxito” - ¿???- de los malvados? Qué pasa con el asunto esencial del derecho a la felicidad si el fantasma de la muerte nos acecha de continuo?
El esfuerzo de responder a estos interrogantes está en la base de muchos desarrollos existenciales, de las ofertas religiosas y espirituales, de actitudes vitales prácticas. Hay propuestas serias, razonables, consistentes, avaladas por las vidas coherentes de millones de seres humanos, que se lanzan a la aventura de la vida dotados de notable consistencia interior, sus relatos vitales – un Martin Luther King, una Ana Frank, por ejemplo – son indicadores de una estatura espiritual que sabe ir más allá de las contradicciones y extremas dificultades a las que se ven expuestos tantos hombres y mujeres.
Surgen también el sentimiento trágico de la vida, la desesperación extrema, la conciencia de que el absurdo rodea la humanidad y luego ingresa hasta sus más profundas entrañas convirtiendo en infierno tantos relatos vitales que más bien son historias sin horizonte. Ya lo expresaba Albert Camus (1913-1960) con dramático realismo, el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio!
Los textos que la Iglesia ofrece a nuestra consideración este domingo nos llevan a pensar, a orar, a discernir, sobre el problema del mal, sobre el sufrimiento que parece no tener respuesta, y también sobre la misión de Jesús, que sana, salva y libera de la angustia radical. La primera lectura, proveniente del clásico libro de Job, justamente está llena de preguntas radicales y aparentemente encerradas en el círculo de la tragedia: “Como un esclavo que suspira por la sombra, como un asalariado que espera su jornal, así me han tocado en herencia meses vacíos, me han sido asignadas noches de dolor. Al acostarme pienso: cuándo me levantaré? Pero la noche se hace muy larga y soy presa de la inquietud hasta la aurora” (Job 7: 2-4).
Job es el escrito clásico que enfrenta estos interrogantes y propone las diversas posturas ante el misterio de siempre, radical y estremecedor. Sabemos que no es un relato histórico sino una reflexión sapiencial, en el que el mundo del Antiguo Testamento encara el asunto más doloroso que podemos vivir los seres humanos.
La figura del justo afectado por vacíos, muertes, desposesiones, desarraigos, transita por todo el libro, primero viviendo su crisis y la correspondiente protesta, luego asediado por consejeros y amigos, que traen a cuento sus posturas: renegar de Dios, abdicar de la esperanza, entregarse fatalmente a la tragedia, refugiarse en una religión que elude la responsabilidad de afrontar el dolor. También le llegan las voces del sentido, las que lo alientan a no perder de vista el horizonte de lo definitivo, a permitir que la esperanza sí tenga un espacio razonable y decisivo en las posibilidades de los hombres.
El relato es una biografía de la humanidad, y una reflexión profunda sobre cómo se viven los procesos del mal y del amanecer a la novedad de una vida liberada y transfigurada desde la experiencia del Dios viviente, cuya intencionalidad irreversibel es estar siempre de parte del ser humano. Cómo llegar a ello? Cómo descubrirlo?
Delante de sus amigos, Job desnuda su corazón desencantado. Ellos, que defienden una teología desencarnada, distante de la vida real, no pueden comprender la queja suya, ni acompañarlo plenamente en su dolor. El grito de Job está presente en la cotidianidad de mucha gente, que enfrenta vidas de dificultad desmesurada. Job compara su historia con la de un eterno infeliz: “Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la felicidad” (Job 7: 7), es el lamento que quien perdió toda ilusión para salir de la oscuridad.
El texto contiene una reflexión sobre la presencia injustificada del mal en el mundo, ante lo cual necesitamos “justificar” también a quienes podrían resultar implicados en su existencia. A Dios, en primer lugar. Contra El solemos rebelarnos cuando vienen los fracasos, la muerte de los seres queridos, las bancarrotas económicas, las enfermedades, las injusticias que sufren a diario millones de prójimos.
En los tiempos de la segunda guerra mundial (1939 – 1945), y en los años que la siguieron, floreció en Europa el existencialismo ateo, dramático, saturado de absurdo, como resultado del desencanto que significó para ese continente - que se ha preciado desde hace siglos de culto y civilizado – la tragedia de una conflagración que destruyó más de cincuenta millones de vidas, con sus fatídicos campos de concentración como Auschwitz, Dachau, Lubianka, con la barbarie del nazismo y del terror staliniano.
Qué quedaba? El ser y la nada, la peste, la náusea, como rezan los títulos de algunos libros de Jean Paul Sartre (1905-1980), tal vez el mayor profeta de tan gran desilusión.
Cómo respondemos desde la fe cristiana a esta cuestión radical? Nos vamos por las ramas con una religiosidad evasiva, que aliena a las personas y las refugia en el paraíso artificial de rezos, inciensos, piedades desconectadas de la responsabilidad de transformar las condiciones del dolor? O recibimos de Dios mismo, de Jesús, el desafío de hacer frente con entereza espiritual, como la suya en la injusta tragedia de su cruz?
Jesús entra a hacer parte de la vida de las personas en su cotidianidad, en sus gozos y esperanzas, en sus vacíos y en sus inquietudes. El domingo anterior lo vimos sanando a un endemoniado, y exorcizando la ideología del mal, desafiando las fuerzas posesivas que destruyen la integridad del ser humano. Hoy, lo acompañamos con Simón y Andrés a la casa de Pedro: “Cuando salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre y se lo dijeron de inmediato. El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos” (Marcos 1: 29-31). Y después sigue entregado a muchos otros, curando y devolviendo el encanto de vivir.
La suegra de Pedro recupera su salud y su capacidad de servicio. Cuántas veces nos hemos visto sometidos a crisis profundas, a desarraigos totales, a situaciones en las que nos parecía haber perdido toda ilusión! Y cuántas veces vinieron también experiencias gratuitas de rescate, de solidaridad y cercanía liberadora, de volver a vislumbrar la esperanza en medio del sufrimiento! Manos amigas, solidaridades entrañables, Dios que escribe derecho con letras torcidas, miles de prójimos como nuevos Job que regresan a un amanecer purificados y fraguados por el dolor, ahora más sólidos, madurados definitivamente para el sentido y las mejores razones para vivir con significado.
No podemos ignorar nunca las grandes tragedias de la humanidad, somos insistentes en ese aspecto. Los millones de personas afectados por la pobreza y el desarraigo de su hábitat, las víctimas del mal encarnado en seres humanos que deciden arrasar y asesinar, la arrogancia de gobernantes cuyas determinaciones matan y desalojan, la perversidad del modelo económico neoliberal bien conocido por su potencia causante de miseria, las mil “razones” irrazonables que segregan, fracturan, agreden, disuelven la felicidad del prójimo. Seguir el camino de Jesús es ir con El a las calles de la vida y trabajar con su mismo estilo para erradicar el mal, aunque esto suene a faena quijotesca e imposible.
Anunciar hoy el Reino de Dios y su justicia no es cuestión de palabras piadosas, de formalidades rituales, de juicios moralistas, de imposición de obligaciones tediosas, de Jesús nos viene el imperativo de luchar contra el mal, de ser evangélicamente constructivos y redentores, de sanar y rehabilitar a los hermanos disminuídos por el mal, de ponernos incondicionalmente a su servicio, de ejercer la más radical projimidad, de acompañar y dignificar la vida, de reencantar la creación.
Marcos, en el evangelio de hoy, indica que: “Por la mañana, antes de que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto, allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron le dijeron: todos te andan buscando” (Marcos 1: 35-37). Su trabajo sanador no surge de una condición milagrera sin más, como la de tantos taumaturgos baratos que circulan por el mundo prometiendo el oro y el moro, lo suyo es la tarea de Dios, por eso intima permanentemente con el Padre, a El va con el dolor de su gente, y de El sale para devolver a muchos el encanto de vivir: “Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido. Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios” (Marcos 1: 38-39).
Jesús, inserto en lo más hondo de los sufrimientos humanos, encarnado en la pasión por la vida que bulle en toda tragedia, se acerca compasivamente a todos, no se fatiga en su ministerio de curación, va hasta la cruz por esta causa que moviliza todo su ser, y se constituye en referencia fundante para todos los que quieran tomarle en serio, que no es otra cosa que tomar en serio a Dios, a la vida, a la humanidad que clama por ser liberada del dominio del mal.
No es la muerte la que tiene la última palabra sobre la vida humana, ni sus fatídicos mensajeros, es Dios el que decide lo definitivo para nosotros, y lo suyo es vitalidad sin límites, dignidad, esperanza, trascendencia, sentido total de la existencia. Queremos hacer parte de esta misión?

domingo, 28 de enero de 2018

COMUNITAS MATUTINA 28 DE ENERO DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO

Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”
(Marcos 1: 22)
Lecturas:
  1. Deuteronomio 18: 15-20
  2. Salmo 94
  3. 1 Corintios 7: 32-35
  4. Marcos 1: 21-28
En el lenguaje y contenidos de la fe cristiana es común hablar de profecía, de profético, de profetismo. Qué queremos decir con eso? Porque ordinariamente se le asocia con la libertad para hablar y vivir en nombre de Dios, a menudo contraviniendo la mentalidad de las instituciones religiosas muy afianzadas en lo jurídico, en lo moral y en lo ritual.
La mejor respuesta a esta cuestión proviene del mismo Jesús. Su mayor conflicto se dió con los dirigentes de la religión judía, son frecuentes las referencias evangélicas en este sentido, en las que queda claro su radical cuestionamiento a la manipulación de la conciencia con imágenes negativas de Dios, como el justiciero, el castigador, el condenador, el vengativo, con todo lo que esto implica de dominación y de injusticia, de obstáculo a la libertad de los creyentes.
También en el Antiguo Testamento surge el movimiento profético como la tendencia para mantener vigente la auténtica relación de Dios con los israelitas, y de ellos con él, poniendo freno a los excesos y olvidos de muchos de sus reyes y sacerdotes, a sus injusticias y exclusiones, a su culto religioso pleno de solemne formalidad pero carente de ética y de compasión. El profeta tiene una autoridad que no es institucional, es profundamente carismática, surge de la experiencia transformadora en la que Dios mismo es quien convoca y legitima! Sobre esto nos ayuda a reflexionar la Palabra que la Iglesia nos propone este domingo.
La primera lectura es del libro de Deuteronomio, palabra de origen griego que significa “segunda versión de la ley de Moisés, versión renovada y liberadora (Deuteros: segundo y Nomos:ley). El proceso de confección de este texto dura unos seiscientos años, está constituído por la tradición oral de las tribus hebreas que regulaba la aplicación de justicia al interior de la comunidad, también surgen posturas contrarias a la monarquía, justamente por las incoherencias de esta, por eso proponían legislaciones renovadoras y alternativas a las injusticias del “régimen”. Después del destierro en Babilonia grupos de sabios le dieron el formato definitivo que hoy conocemos en el cuerpo bíblico. Su insistencia fundamental es la de vivir unas relaciones interhumanas justas y promotoras de la dignidad de las personas, tiene directa relación con el profetismo de Israel como garantía de unas auténticas relaciones de justicia, superando con creces el legalismo y el ritualismo de una religión prostituída.
La ley, en Deuteronomio, no es una colección de decretos desconectados, cada precepto se orienta a defender la vida y la dignidad de cada miembro de la comunidad, que nadie viva en situación de miseria y desconocimiento de su valor, deja así de ser una obligación onerosa, desagradable, violenta y pasa ser un don que Dios otorga a todo el pueblo. Este regalo se fundamenta en el derecho de cada familia a poseer lo mínimo necesario: “Por lo demás, no habrá ningún pobre a tu lado, porque el Señor te bendecirá abundantemente en la tierra que El te da como herencia” (Deuteronomio 15: 4).
Los profetas de la tendencia deuteronomista fueron definitivos para comunicar esta novedosa mentalidad y para poner coto a los injustos modelos que manipulaban a Dios a favor suyo, desconociendo las necesidades de la mayoría del pueblo. La convivencia en el país que Dios ha obsequiado al pueblo exige una renovación radical de todos, lo que se traduce en que en esta organización social el derecho divino debe prevalecer sobre las instituciones. En esta normativa la intención de Dios coincide con la expectativa humana de dignidad.
En la misma línea se inscribe la promesa sobre el profeta que va a venir: “El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos, y es a él a quien escucharán” (Deuteronomio 18: 15). Los profetas prometidos se van a dedicar a mantener vivo el espíritu original de la ley, de modo que esta no se quede en formalidad obligatorio sino en posibilidad liberadora, expresando las necesidades vitales de cada integrante de la comunidad.
Cuántas veces en la realidad de países y sociedades nos encontramos con leyes injustas, opresoras, contrarias a la dignidad humana. Dictaduras, decisiones que empobrecen, que coartan la libertad, que frustran las aspiraciones legítimas de las personas, modelos verticales que impiden el genuino desarrollo social. Qué tal una confrontación rigurosa de las leyes que configuran el modelo económico en la mayoría de países del mundo? Este modelo que, como dice con radicalidad profética el Papa Francisco, produce seres humanos “descartados y descartables”. Acaso el ser humano se puede descartar? Hay que tener apellidos y dinero para no ser excluído de la mesa de la vida? Hay personas que sí tienen derecho y otras que no, la mayoría? Esto que sucedía en el Israel de Deuteronomio penosamente sigue sucediendo en nuestros tiempos. Voz de alarma la que dan los nuevos profetas para denunciar tamaña inconsistencia!
El Deuteronomio da inicio a una tendencia que Jesús llevará adelante. Para El lo fundamental es que la ley esté al servicio del ser humano, que le reconozca sus derechos, que se exprese en acciones de justicia y de reivindicación, que entre a lo más profundo del corazón para que sea una ley interiorizada, una ley que promueve el sentido digno de lo más sustancial de cada persona. En eso que llamamos “el reino de Dios y su justicia” está patente el espíritu deuteronomista y , siglos después, el espíritu de Jesús.
Nuestra manera de ser y vivir en sociedad, de ser y vivir en Iglesia, está imbuída de esta intencionalidad liberadora? Aquí radica el auténtico profetismo bíblico y cristiano.
Recordamos cómo los fariseos y maestros de la ley, en tiempos de Jesús, eran expertos en legislación, en citar permanentemente argumentos de autoridad con las minuciosas prescripciones del ordenamiento jurídico-religioso del judaísmo de ese tiempo, el ser humano esclavizado por la ley y, naturalmente, infeliz por esta razón.
En contra de ellos, Jesús, libre en nombre del Padre Dios y de la dignidad de sus hijos, ejerce con autoridad un ministerio que tiene su raíz en la verdad y en el reconocimiento que se debe a la impronta digna que el creador deposita en cada persona: “Entraron en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas” (Marcos 1: 21-22).
Jesús va a la sinagoga, participa en el mundo religioso de su pueblo pero no se deja encerrar por su estilo y su rigidez legalista. Se involucra con la gente, come con publicanos y pecadores, crítica severamente los prejuicios y tradiciones que distorsionan el sentido original de la ley, y todo esto lo realiza con “autoridad”, esencia de su profecía, la que anuncia un mundo nuevo que viene de Dios mismo, cuya voluntad no es la de una religión acartonada, saturada de preceptos y de rituales carentes de vida, sino la de un reino en el que la fraternidad, la solidaridad, el servicio, la justicia, sean determinantes de su proyecto de bienaventuranza, de plenitud para todos los seres humanos.
Jesús estaba interesado en la situación particular de cada ser humano, en sus sufrimientos, en lo que le impedía ser libre, feliz , espontáneo. Tal interés no obedecía a una estrategia política, sino a una genuina valoración de cada persona con la que se encontraba, como lo apreciamos en la escena que trae el evangelio de hoy: “Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quien eres: el Santo de Dios. Pero Jesús lo increpó diciendo: Cállate y sal de este hombre. El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un gran alarido, salió de ese hombre” (Marcos 1: 23-26).
Los milagros que se refieren en los cuatro relatos evangélicos, lo mismo que la liberación de posesiones diabólicas, son señales del nuevo orden de vitalidad y de libertad que el Padre ofrece a la humanidad en Jesús, trascendiendo la puntualidad anecdótica vamos a su significado. El es el profeta de la nueva humanidad, porta la libertad que procede de Dios, su lucha profética contra los demonios fue una lucha contra las ideologías instaladas en las sinagogas, que buscaban un mesías glorioso, triunfante, humanamente exitoso, reformador de leyes y de ritos.
Jesús nunca se identificó con estos propósitos. Por esta razón, conmina a los espíritus inmundos – o ideologías opresoras – a guardar silencio y a no tratar de seducirlo con falsas aclamaciones y reconocimientos. El pueblo sencillo sí era capaz de reconocer la propuesta de Jesús, que los liberaba de la pesada carga moral, económica, y religiosa que suponía cumplir hasta el más mínimo detalle con los seis mil y más preceptos que en ese entonces regían para regular todos los aspectos de la vida personal y social.
Jesús sorprende : “Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: Qué es esto? Enseña de una manera nueva, llena de autoridad, da órdenes a los espíritus impuros y estos le obedecen. Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea” (Marcos 1: 27-28).
Preguntémonos: Seguimos la propuesta de Jesús de que cada ser humano tenga un valor inalienable? Creemos que nuestra tarea, como anunciadores de la Buena Noticia, es ayudar a todos a liberarse de las trabas que no les permiten madurar en libertad? Para nosotros esta Buena Noticia es normativa o la dejamos pasar con la ligereza de unas prácticas religiosas ocasionales y ligeras? Es Dios la garantía de una autoridad de la Iglesia – autoridad profética y liberadora – para instaurar su reino y su justicia?

domingo, 21 de enero de 2018

COMUNITAS MATUTINA 21 DE ENERO DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO

Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: el tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”
(Marcos 1: 14-15)
Lecturas:
  1. Jonás 3: 1-10
  2. Salmo 24
  3. 1 Corintios 7: 29-31
  4. Marcos 1: 14-20
Cuando estamos involucrados en estas tareas de entender mejor y apropiar existencialmente el cristianismo, el proyecto de Dios con la humanidad, y el camino que El nos propone en Jesús, cabe recordar el asunto clave del lenguaje y de las formulaciones de la fe, para que no nos confundamos. Esta fe se ha ido inculturando al paso de los siglos en las categorías de interpretación propias de cada época de la historia, con la intención de tornarse significativa, relevante para cada época, pero no podemos pretender que una determinada comprensión de la fe permanezca inmodificable cuando en tal o cual contexto sociocultural ese tipo de lenguaje ya no resulta apto para expresar los elementos esenciales de la fe.
De esto hemos hecho conciencia con el potente proceso de cambio iniciado con el Concilio Vaticano II (1962-1965), sucedido en el ministerio de los Papas Juan XXIII (1958-1963) y Pablo VI (1963-1978). El propósito de este concilio fue el de poner la iglesia al día, en sintonía con las sensibilidades de la humanidad contemporánea, para eso el Papa Juan acuñó la expresión italiana aggiornamento, que significa puesta al día, actualización, retorno a las fuentes del Evangelio.
Una iglesia que había permanecido distante y prevenida con los adelantos de la modernidad, con el pensamiento crítico ilustrado, con la búsqueda de autonomía y de liberación, se planteó en esta gran asamblea universal el diálogo con las realidades del mundo actual, a las que llamó con la conocida expresión de signos de los tiempos, designando así aquellas manifestaciones más expresivas de los tiempos actuales, como el clamor de dignidad y de libertad de los pobres del mundo, la inculturación del evangelio, el encuentro con la razón crítica, el diálogo con la ciencia y con la tecnología, la promoción de los derechos humanos, la presencia comprometida en el mundo de los pobres, el valor de la historia y de la experiencia existencial.
Sobre estas consideraciones iniciales es muy saludable que, al encontrarnos con los textos bíblicos, tengamos en cuenta que surgieron en contextos y realidades muy diferentes de los nuestros, por eso a ellos acudimos confiados en las mediaciones interpretativas que analizan los lenguajes originales en los que fueron escritos (hebreo antiguo, arameo, griego del común de los primeros siglos de historia cristiana), también en el conocimiento de la cultura de esos siglos, de sus sensibilidades.
Técnicamente se llama exégesis a esta tarea de estudiar los escritos para develar su contexto y su pre-texto o intención. Las nuevas traducciones de la Biblia como la de Jerusalén, Latinoamericana, Dios Habla Hoy, La Biblia libro del Pueblo de Dios, y otras, son resultado de este esfuerzo riguroso para hacer asequible el texto a las diversas comunidades y denominaciones cristianas. Desde COMUNITAS MATUTINA les recomendamos tener siempre a la mano una de estas , con sus comentarios introductorios y sus notas de pie de página, para mejor comprensión de la Palabra que se lee, se interioriza y se lleva a la vida.
Hechas estas salvedades, que consideramos esenciales, dediquémonos a la Palabra de este domingo. Hoy hacen pareja la primera (Jonás) con la tercera lectura (Marcos), es la predicación del profeta invitando a los ciudadanos de Nínive a la conversión, y también la de Jesús en los comienzos de su ministerio: “Después de que Juan fue arrestado , Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: el tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Marcos 1: 14-15).
La lectura sobre Jonás presenta un contenido positivo: el profeta atiende el mandato de Dios que le envía a predicar, así lo hace, y su predicación tiene éxito porque el pueblo entra en proceso de conversión: “Los ninivitas creyeron a Dios, decretaron un ayuno y se vistieron con ropa de penitencia, desde el más grande hasta el más pequeño” (Jonás 3: 5). Nínive es el símbolo de la ciudad injusta y excluyente, enceguecida por su riqueza y su éxito, olvidada de Dios y del prójimo, como tantas urbes de nuestros tiempos en los que – en escandalosa convivencia – coexisten las mayores indignidades, pobrezas, maltratos, violencias, con la opulencia y el derroche; podríamos dar el nombre de las nuevas Nínives a New York, a las Vegas, a Dubai, a París, a nuestros centros comerciales, santuarios de la sociedad de consumo, en los que la reivindicación de los pobres y de su dignidad no tienen cabida.
En este domingo el planteamiento central es el de la conversión para que la humanidad entre en la perspectiva de Dios. Esta conversión no es un asunto de moralismo individual, es la disposición para entrar en ese novedoso universo teologal en el que estamos invitados a ser profundamente humanos, demasiado humanos, para poder ser divinos. Es el mismo Jesús la mediación que nos lleva por este camino.
Ordinariamente, en una cierta interpretación cristiana, se nos inculca un proceso de cambio más individual, que no está mal pero es apenas una parte de la globalidad de la conversión. Por supuesto que ser buenas personas, fieles a los compromisos adquiridos, honestos, es cosa valiosa y definitiva, pero debemos dar el paso cualitativo – a eso nos convoca Jesús – para ingresar socialmente en eso que se llama el Reino de Dios y su justicia, bien conocido y divulgado, es la pasión por la vida y por la justicia, la radical projimidad, la afirmación constante de la dignidad humana, el servicio y la solidaridad, la negación de toda idolatría, la postura crítica ante el dinero y el poder, la limpieza de la conciencia, la comunión y la participación de todos en la construcción de una historia que sea anticipo del reino definitivo, la referencia radical al Padre como principio y fundamento de nuestro ser.
En el libro de Jonás se acude a la figura del pez que se tragó al profeta, después de la resistencia que él oponía a Dios para no asumir la invitación a predicar la conversión a los ninivitas, porque los consideraba injustos, totalmente ajenos a su Dios, excluyentes, egoístas. Yahvé insiste haciéndole ver que El también puede ejercer la misericordia con estos extranjeros, una primera evidencia de la universalidad de la revelación bíblica.
Dios no es privilegio de unos pocos, de una élite religiosa de justos y virtuosos, El es patrimonio de toda la humanidad, para esto hay que salir de los estrechos “clubes de perfectos y observantes” para encontrarnos con la totalidad de los humanos, haciéndonos ecuménicos, abiertos a todos sin excepción. Este es un punto nodal de la conversión cristiana. Somos creyentes de grupito cerrado? Poseídos por nuestro complejo de beatos? Negados a la pluralidad de caminos de fe? Presumidos con nuestra “buena conciencia”?
En el texto de la primera carta de Pablo a los Corintios encontramos que todas las realidades humanas adquieren un nuevo sentido en Jesús, El ha instaurado el reinado de Dios con su ministerio de salvación, de liberación, de redención, su vida es la gran narrativa de esta plenitud del ser humano en el Padre Dios. Lo absolutamente definitivo es el ejercicio de la voluntad salvífica de Dios que Jesús puso en marcha, lo hace con palabras perentorias que debemos leer no con angustia sino con la mayor esperanza, esta es su intencionalidad: “Lo que quiero decir, hermanos, es esto: queda poco tiempo” (1 Corintios 7: 29), y: “Porque la apariencia de este mundo es pasajera” (1 Corintios 7: 31). Dios hace nuevas todas las cosas realizando la utopía de su Reino entre los pobres y los afligidos, enfermos y condenados, marginados morales y sociales, excluídos y ofendidos, todos estos son rescatados y acogidos con misericordia, y los ricos convocados a una nueva manera de vida en la que el dinero y la riqueza no sean los determinantes de sus proyectos existenciales.
El texto de Marcos es un reconocimiento del comienzo del ministerio público de Jesús. La voz de Jesús recorre primero los caminos de Galilea, llega a quien quiera oírlo, no desconoce a nadie, sin exigir nada a cambio. Palabra desnuda y vibrante como la de los antiguos profetas de Israel, invita a algunos a un seguimiento especial para implicarse por completo en esta novedad de Dios, ante esto sólo cabe convertirse, asumir un nuevo modo de ser y de actuar, inspirados en esos valores que El nos plantea en las bienaventuranzas.
Jesús habla del rey anhelado por los profetas y por los justos de Israel, no de un Mesías triunfante y poderoso, sino de un orden nuevo que ha de garantizar a los excluídos la justicia y el derecho, anulando la ferocidad de los opresores, invitándolos a deponer su brutalidad y a convertirse a esta aventura profundamente teologal y humanista. Se trata de abrirse a un reinado que anula las fronteras entre los pueblos, que suprime la arrogancia religioso-moral, que hace confluír a su monte santo a todas las naciones, para instaurar los tiempos de la paz y de la fraternidad. La jugada maestra de esta invitación consiste en convertirse en esperanza de los humillados y ofendidos de todos los tiempos de la historia, con una clara intención de universalismo y de inclusión.
Comenzando este año 2018 advertimos en estos textos una clara invitación al cambio de vida, a la superación de los mezquinos intereses individuales, las ambiciones desmedidas, el arribismo, la ostentación, la vanagloria, el consumismo enloquecido, para dar paso a la lógica de las mesas compartidas, de la solidaridad infatigable, de la cercanía compasiva a los que sufren, de la negativa a transar con los poderes que humillan, de la conciencia que no se vende a ninguna patraña.
Las palabras del salmo 24 nos ayudan a esclarecer esta ruta de conversión: “Quién podrá subir a la Montaña del Señor y permanecer en su recinto sagrado? El que tiene las manos limpias y puro el corazón, el que no rinde culto a los ídolos ni jura falsamente, él recibirá la bendición del Señor, la recompensa de Dios su salvador” (Salmo 24: 3-5).

domingo, 14 de enero de 2018

COMUNITAS MATUTINA 14 DE ENERO DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús”
(Juan 1: 37)

Lecturas:
  1. 1 Samuel 3: 3-19
  2. Salmo 39
  3. 1 Corintios 1: 6: 13-20
  4. Juan 1: 35-42
Celebrado y vivido intensamente el tiempo de Navidad, entramos ahora en lo que se conoce en el ordenamiento litúrgico de la Iglesia como el tiempo ordinario, el tiempo de la cotidianidad, donde acontece la vida de la mayoría de los seres humanos. El año litúrgico no es asunto que sucede al azar, es pensado pedagógicamente para que cada comunidad cristiana pueda hacer un seguimiento sistemático – a partir de las lecturas bíblicas que se señalan para cada domingo – del proyecto que el Padre Dios realiza para nosotros en la persona de Jesús. Se trata de que El acontezca en nosotros, como sabe hacerlo, es decir, de manera salvadora y liberadora.
En esto de la existencia cotidiana estamos llamados a la filigrana, o a “hilar delgado”, como solemos decir en lenguaje coloquial. Vale decir que lo nuestro no consiste en que el sistema, las ideologías, otras personas, nos vivan la vida, sino que nosotros mismos, en ejercicio de madurez y autonomía tomemos las riendas de nuestro destino, apostándolo todo por ideales, causas nobles, proyectos de vida en los que empeñemos lo mejor de nuestro ser.
Queremos designar esto con el nombre de llamamiento o vocación, llamada a vivir una vida con sentido, aprovechada al máximo, en la que los valores de amor, servicio, espiritualidad, solidaridad, sean determinantes de todas nuestras decisiones y conductas. A esto de la vocación apuntan las lecturas de este domingo.
La primera es bien elocuente. Nos habla de un joven llamado Samuel, que había sido ofrecido a Dios por su madre, con dedicación especial. La escena del texto es sugerente: “El Señor llamó a Samuel y él respondió: aquí estoy. Samuel fue corriendo a donde estaba Elí (su maestro) y le dijo: aquí estoy porque me has llamado. Pero Elí le dijo: Yo no te llamé, vuelve a acostarte. Y él se fue a acostar” (1 Samuel 3: 4-5).
Samuel aún no conoce a Yahvé, pero sabe de la constancia en la obediencia, porque le ha sido inculcada, y tiene claro que debe acudir al llamado, aun cuando en las primeras ocasiones su prontitud pareció haber sido en vano. El maestro Elí comprendió que el llamado venía de Dios-Yahvé, y por eso indujo al discípulo a escuchar, a distinguir las señales de la presencia que le invitaba a una vida de más profundidad y compromiso.
Es posible que nuestras vidas estén llenas de ruido, de urgencias, de activismo, de afanes desmedidos, palabras que van y vienen sin ton ni son, redes sociales, celulares, preocupaciones, mensajes que hacen que perdamos la capacidad del silencio contemplativo, de la fecunda soledad, así podemos dejar escapar la oportunidad de Dios que habla a nuestra interioridad y nos propone dar el salto cualitativo de una vida masificada a un relato existencial saturado de significación trascendente.
Este texto de Samuel se aplica con frecuencia al asunto esencial de eso que llamamos vocación. Toda persona, en su camino de maduración, llega a percibir la seducción de unos valores que le llaman, con voz imprecisa al principio, que poco a poco se van perfilando y le invitan a salir de sí, a consagrar la vida a una gran causa. Vale la pena recordar que esto de lo vocacional no es tema especializado de sacerdotes y religiosos, todo ser humano que se tome en serio la vida tiene su llamamiento a la dignidad, a ser feliz, a ser persona significativa para su prójimo, a escribir su biografía con decoro y honestidad.Todos “tenemos vocación”!
Esas voces difusas en la noche, difícilmente reconocibles, provienen de la fuente honda que será capaz más tarde de absorber y centrar toda nuestra vida. No hay mayor don que encontrar esa vocación, como la experimentó Samuel: “Entonces vino el Señor, se detuvo, y llamó como las otras veces: Samuel! Samuel! El respondió: habla porque tu servidor escucha” (1 Samuel 3: 10). Esto equivale a encontrarse a sí mismo, a descubrir lo que moviliza la vida, lo que nos enamora y apasiona, es la razón fundamental de la existencia.
Es triste y desafortunado constatar el drama de tantas personas que no adivinan esta jugada maestra. Los españoles utilizan la expresión “pasotismo” para referirse a aquellos que viven sólo para el presente, sin integrar su pasado ni proyectarse al futuro, inmediatizados por lo pasajero, por sensaciones placenteras que no configuran un ser humano auténtico. Muchos domesticados por la seudocultura “light”, manipulados por las conveniencias sociales, cargan ladrillos a las mentalidades vacías de valores y de trascendencia. En estas personas lo vocacional no es un referente, penosa realidad!
Comenzando 2018, cómo se configuran en nuestras biografías estos ideales, esta conciencia de ser llamados, Dios es allí un adorno, un recurso en la desesperación, o es el principio y fundamento de nuestro amor y de nuestra libertad?Nos sentimos resueltos a salir del montón, a superar la mediocridad y el inmediatismo, a mirar al horizonte de Dios y del prójimo?Nos mueve pasar por la vida sembrando dignidad, justicia, inclusión social, el evangelio de Jesús nos resulta persuasivo y apasionante?
En este orden de cosas podemos captar mejor el sentido de las palabras que Pablo dedica a los cristianos de Corinto, en la segunda lectura de hoy, con palabras que nos pueden sonar fuertes hoy, pero que son comprensibles en el contexto de aquella ciudad de Corinto, puerto, lugar de comercio, cruce de personas de diversa índole, bullir de ideas y también de superficialidades: ”O no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, y a qué precio!.Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos!” (1 Corintios 6: 19-20).
Esto de ser el cuerpo templo del Espíritu tiene que ver con aquello de que lo humano es la sacramentalidad de lo humano, a lo que aludíamos en las reflexiones de la pasada Navidad. El ser humano, relato de Dios, sabiendo que El se dice a sí mismo en las historias heroicas, en las narraciones del amor sin medida, en la lucha infatigable por la justicia y por la dignidad, en el cuidado de la vida, en la conciencia que no se vende, en la existencia auténtica. Estos son elementos esenciales de la vocación que el Padre nos propone en Jesús.
De acuerdo con esto, se impone el fino discernimiento para detectar lo que nos acerca a Dios, lo que nos aleja de El. Porque la relación con El no se queda en el ámbito de lo espiritual, sino que abarca la totalidad de la vida: el trabajo, las relaciones humanas, la política, la cultura ciudadana, el conocimiento científico, la familia, la sexualidad.En todo momento y circunstancia debemos preguntarnos si actuamos en armonía con el plan de Dios y en fidelidad a su deseo de amor y de justicia para todos, sin excepción.
El evangelio de hoy, de Juan, es un relato vocacional, se refiere a los primeros discípulos que Jesús elige. Dos discípulos de Juan el Bautista escuchan a su maestro expresarse sobre Jesús como “el cordero de Dios”, y sin vacilaciones, con la misma ingenuidad del joven Samuel, siguen a Jesús, se disponen a ser sus discípulos, lo que conllevará un cambio sustancial para sus vidas: “Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio la vuelta, y viendo que lo seguían, les preguntó: qué quieren? Ellos le respondieron: Rabbí – que significa maestro – dónde vives? Vengan y lo verán, les dijo. Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él ese día” (Juan 1: 37-39).
Estos buscadores de sentido se sienten movidos por Jesús, por su vida, por su estilo, por su Buena Noticia y por eso desean hacer parte de su grupo. Jesús, en gesto muy diciente, no guarda las distancias, sino que los invita a su cercanía, a conocer su morada, a quedarse con él, a integrarse a su causa del reino de Dios y su justicia.
Cuando aquí aludimos a los grandes testigos de la fe, como Luther King, Monseñor Romero, Teresa la de Jesús o la de Calcuta, los mártires de la UCA, y tantos otros, es porque vemos en ellos evidencia de ese llamamiento totalizante y de su respuesta generosa, que en varios casos ha llegado hasta el derramamiento de la sangre, identificándose martirialmente con el Señor Jesús y con la humanidad doliente, con su clamor de dignidad.
Muchos modelos de identidad se nos proponen hoy: el ganancioso, el cosechador de éxitos y de títulos, el rico y poderoso, el coleccionista de parejas con las que no se compromete, el de la felicidad superficial, el de la vida cómoda y carente de abnegación, el que se codea con los que son como él, vanos colectivos de máscaras y de penosas interioridades! Por contraste, la llamada de Jesús resuena proféticamente, con vigor, invitándonos a un modo de vida plasmado en las bienaventuranzas.
Seguir a Jesús, caminar con él, no puede hacerse sino por haber tenido una experiencia explícita de encuentro con él. Estamos abiertos a esa invitación gratuita, desinteresada?Nos dejamos mirar por Jesús, como Pedro?: “Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: hemos encontrado al Mesías, que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan, tú te llamarás Cefas, que traducido significa Pedro” (Juan 1: 41-42).
Muchas personas no pueden plantearse la pregunta por su vocación, no pueden elegir su vida, sino que han de aceptar lo que esta les presenta, y no pocas deben esforzarse por sobrevivir a duras penas. El llamado de Dios es ahí, el llamado de la vida, el misterio de la lucha por existir con sentido, del modo más humano posible. Y nosotros, los que hemos recibido el don de responder a una invitación, estamos para acompañar con genuina solidaridad humana y cristiana esta faena de dar sentido a todo lo que las buenas gentes hacen para responder a la llamada misteriosa del Padre de toda la humanidad.

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