lunes, 30 de julio de 2012

Encuentros con la Palabra, por Hermann Rodríguez Osorio, S.J., Domingo XVII del tiempo ordinario – Ciclo B (Juan 6, 1-15) 29 de julio de 2012


“(...) mucha gente lo seguía porque habían visto las señales milagrosas”

“Si apuestas al amor, // ¡cuántas traiciones! // ¡cuántas tristezas! // ¡cuántos desengaños! // te quedan cuando el amor se aleja, // como en las noche negras // sin luna y sin estrellas. // Amigo, cuánto tienes, cuánto vales, // principio de la actual filosofía. // Amigo, no arriesgues la partida, // tomemos este trago, // brindemos por la vida. // Brindemos por la vida // pues todo es oropel”.
Esta es la estrofa final de una canción muy conocida en Colombia, compuesta por el maestro Jorge Villamil. Seguramente, inspirada en experiencias de decepción y desengaño muy profundas que todos hemos tenido en la vida: Amistades que parecían sólidas y sinceras, desaparecen con el asomo de un fracaso en el camino. Amores que se juraban fidelidad hasta el final, se esfuman con el viento y las tempestades. Alianzas y pactos, aparentemente sagrados, que se quiebran ante los problemas de una de las dos partes. Relaciones que nunca resultan, por mucho que inviertes en ellas...
Estas experiencias de desengaños y desilusiones, que se repiten en nuestras relaciones cotidianas, aparecen muchas veces también en nuestras relaciones con Dios. Parecería que buscamos al Señor porque tenemos un interés particular que nos mueve, y cuando no nos responde como esperábamos, nos decepcionamos de sus promesas y de sus palabras. “Interés cuánto valés”, dice el refrán popular. En este sentido, podemos caer muy fácilmente en una espiritualidad narcisista, a través de la cual nos buscamos a nosotros mismos, persiguiendo sólo el propio beneficio y la satisfacción de sentirnos bien. En lugar de ser una espiritualidad que nos exija salir de nuestro propio amor, querer e interés, buscamos relaciones cómodas con Dios, relaciones de conveniencia.
Dada la brevedad del Evangelio según san Marcos, cuya lectura continua veníamos haciendo, la liturgia de la Palabra de este domingo, y de los cuatro siguientes, girará en torno a la multiplicación de los panes y al discurso eucarístico que sigue en el Evangelio de san Juan, o Cuarto Evangelio, como se le suele conocer.
Aunque la fuerza del texto está en la generosidad de Jesús al multiplicar el pan y los peces para una muchedumbre hambrienta, me ha llamado la atención lo que dice el evangelista a propósito de la razón por la que seguían al Señor: “Mucha gente lo seguía, porque habían visto las señales milagrosas que hacía sanando a los enfermos”. Esto ayuda a entender la actitud de Jesús al final de este pasaje, cuando dice: “Pero como Jesús se dio cuenta de que querían llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró otra vez a lo alto del cerro, para estar solo”... Más vale estar solo que mal acompañado, diríamos hoy... Jesús debió sentir que su apuesta por el amor y la generosidad no había sido bien recibida. ¿Qué buscaban los que querían llevárselo a la fuerza para hacerlo rey? A lo mejor pensó para sí mismo: “¡cuántas traiciones! ¡cuántas tristezas! ¡cuántos desengaños!” Jesús debió sentir que la gente le decía: “Amigo, cuánto tienes, cuánto vales”, con una filosofía que no parece que fuera sólo de hoy, sino de todos los tiempos... y me pregunto si no es así mi propio seguimiento.
Hermann Rodríguez Osorio es sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
Si quieres recibir semanalmente estos “Encuentros con la Palabra”, puedes escribir a  herosj@hotmail.com pidiendo que te incluyan en este grupo

El Mensaje del Domingo, por Gabriel Jaime Pérez, S.J., XVII Domingo del Tiempo Ordinario -B-, Julio 29 de 2012


Pasó Jesús a la otra orilla del lago de Galilea. Y mucha gente lo seguía, porque habían presenciado las maravillas que hacía en favor de los enfermos. Pero Jesús se retiró a la parte montañosa y se sentó allá con sus discípulos. Estaba cerca la fiesta judía de la Pascua. Alzando la vista y viendo el gentío que había venido, le dijo a Felipe: “¿Con qué vamos a comprar pan para que esta gente coma?” Esto lo dijo para ver qué respondía, pues bien sabía Jesús lo que iba a hacer. Felipe le contestó: “Aunque gastáramos doscientos jornales, no alcanzaría para darle un mendrugo de pan a cada uno”. Uno de los discípulos de Jesús, Andrés, el hermano de Simón, le dijo: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. ¿Pero qué es esto para tanta gente?”.
Jesús les dijo: “Hagan que la gente se siente en el suelo”. En ese sitio había mucha hierba. La gente se sentó en el suelo. Solamente los hombres eran como cinco mil. Jesús tomó los panes, dio gracias a Dios y les repartió pan y pescado cuanto quisieron. Y cuando quedaron satisfechos, dijo a sus discípulos: “recojan las sobras; que no se desperdicie nada”. Ellos las recogieron y llenaron doce canastos con las sobras que quedaron de los cinco panes de cebada. Y los que fueron testigos del milagro decían: “¡Este sí es el profeta que debía venir al mundo!” Pero Jesús, dándose cuenta de que iban a llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró otra vez Él solo a la montaña. (Juan 6, 1-15).
Todos los Evangelios narran el milagro de la multiplicación de los panes y los peces: dos veces los de Mateo, Marcos y Lucas, y una vez el de Juan. Apliquemos este relato a nuestra vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas de hoy [2 Reyes 4, 42-44; Salmo 145 (144); Efesios 4, 1-6.]
1.-“¿Con qué vamos a comprar pan para que esta gente coma?”
Esta pregunta de Jesús hecha al apóstol Felipe, para ver qué respondía, podemos considerarla hoy como hecha a cada uno de nosotros. Actualmente en el mundo padecen hambre cerca de 925 millones de personas. Si los habitantes del planeta somos hoy casi 7.000 millones, esto quiere decir que aproximadamente 13 de cada 100 seres humanos se encuentran en esta grave situación. La desnutrición y las enfermedades relacionadas con el hambre son la causa del 60 por ciento de las muertes. Unas 24.000 personas mueren cada día por causa del hambre, siendo el 75% de ellas niños y niñas menores de 5 años. Y aunque se han venido haciendo esfuerzos por reducir la magnitud de este problema, aún falta mucho para remediar la tragedia del hambre en el mundo.
Ante esta situación, el mensaje del Evangelio es un llamado a compartir. Mientras pocos que tienen mucho sigan despilfarrando en forma egoísta lo que tienen, mientras el mal uso que se hace de los recursos naturales siga haciendo que éstos sean cada vez más escasos -como el agua, por ejemplo-, mientras no tomemos todos conciencia de que cada cual es responsable para bien o para mal de la suerte de la humanidad según esté dispuesto o no a compartir constructivamente la mesa de la creación con los demás, la pregunta de Jesús seguirá siendo un llamado a la reflexión de todos para ver qué y cómo respondemos.

2.-Tomó los panes, dio gracias a Dios y les repartió pan y pescado cuanto quisieron
El milagro de la multiplicación de los panes y peces expresa el cumplimiento de las promesas anunciadas por Dios a través de sus profetas: la abundancia de un alimento renovador que Él mismo haría posible para todos los que acogieran su mensaje y lo invocaran sinceramente. Tal es el sentido de la primera lectura y el salmo de este domingo.
En este mismo sentido, la multiplicación de los panes y peces es una prefiguración del sacramento de la Eucaristía, signo visible de la presencia de Jesús que nos alimenta con el pan de su propia vida entregada y resucitada. Él iba a ser representado desde los comienzos de la historia de su Iglesia, no sólo con la imagen del pan, sino también con la del pez, “ictus” en griego, cuyas letras son las iniciales del nombre y de varios títulos de Jesús: Iesous, Christos, Theos, Uios, Soter (Jesús, Cristo, Dios, Hijo, Salvador).
La enseñanza de este milagro es que donde existe voluntad de compartir, aunque haya poco alcanza para todos y hasta sobra; en cambio, donde no existe esa voluntad, aunque haya mucho, unos pocos lo acaparan todo y las mayorías padecen hambre. El sacramento de la Eucaristía, llevado a la práctica, expresa la voluntad de compartir entre todos la creación, significada en las ofrendas de pan y vino, para que así se realice entre nosotros la presencia de Dios, que es Amor, que se nos revela en Jesucristo y nos alimenta con su propia vida.

3. Dándose cuenta de que iban a llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró…
Jesús había iniciado su predicación proclamando la cercanía del reino de Dios. Sus milagros mostraban la verdad de esta proclamación: como dice el Evangelio,mucha gente lo seguía, porque habían presenciado las maravillas que hacía. Ahora, después de la multiplicación de los panes y peces, quieren hacerlo rey. pero Jesús se opone a la tentación de ambicionar poderes terrenales. Él no sólo es el profeta que debía venir al mundo; es el Mesías, el ungido por Dios como descendiente del rey David para reinar no sólo sobre Israel sino sobre toda la humanidad, tal como lo anunciaron los profetas del Antiguo Testamento. Sí, soy Rey, le diría a Poncio Pilato pocos momentos antes de que la multitud agolpada junto al despacho del gobernador romano, azuzada por sus máximos jefes religiosos, gritara exigiendo su crucifixión. Pero, como Él mismo le explicó a Pilato, también les dice a quienes pretenden confundirlo con un  líder político: Mi reino no es de este mundo (Juan 18, 36-37).
La preocupación efectiva de Jesús por contribuir a la solución de los problemas humanos, no sólo los espirituales sino también los materiales, es un llamado a todos nosotros para que nos identifiquemos con Él y procuremos contribuir, cada cual según sus posibilidades, a resolver la situación de hambre y de miseria de tantas personas que la padecen. Y asimismo, a que reconozcamos el verdadero sentido de su misión y por lo mismo el de la misión de la Iglesia que Él fundó no para ambicionar los poderes terrenales, sino comportarse en todo con humildad y mansedumbre, como dice el apóstol Pablo en la segunda lectura de hoy: una Iglesia puesta al servicio de todos los seres humanos, especialmente de los más oprimidos, marginados y necesitados; una Iglesia no dominadora sino servidora, a imagen y semejanza del mismo Jesús que, inmediatamente antes de instituir la Eucaristía, comenzó la última cena con un gesto humilde de servicio y no con actitudes arrogantes de poder (Juan 13, 1-15).

Pistas para la Homilía, por Jorge Humberto Peláez S.J., TIEMPO ORDINARIO – DOMINGO XVII B (29-julio-2012)


1. Lecturas:
a. II Libro de los Reyes 4, 42-44
b. Carta de san Pablo a los Efesios 4, 1-6
c. Juan 6, 1-15

2. El tema central de las lecturas de este domingo –la multiplicación de los panes - se relaciona con la economía, la cual, en términos coloquiales, tiene que ver con las necesidades de la comunidad y los recursos para atenderlas. La inmensa mayoría de los seres humanos tenemos restricciones de tipo económico. Solo un puñado de multimillonarios pueden gastar sin pensar si les van a alcanzar los recursos. Esto lo viven diariamente las familias que deben manejar cuidadosamente sus ingresos, controlar los gastos, priorizar las inversiones. El sentido común nos recomienda que los gastos no pueden sobrepasar los ingresos, y que el crédito debe manejarse con cautela porque es un monstruo que nos puede devorar.

3. Esta experiencia de las restricciones también se vive en los diversos niveles de la administración pública: municipios, departamentos y gobierno nacional. En nuestros países, los recursos no alcanzan para atender las necesidades de salud, educación, vivienda, justicia, seguridad.

4. Pues bien, en la liturgia de este domingo encontramos dos situaciones en las que los recursos existentes no alcanzan para satisfacer las necesidades inmediatas:
a. En la primera lectura, tomada del II Libro de los Reyes, se nos presenta la escena de cien hombres que necesitan ser alimentados, pero solo hay veinte panes. El empleado del profeta Eliseo pregunta con asombro: “¿Cómo voy a repartir estos panes entre cien hombres?”. Le parecía absurda la orden de su jefe Eliseo, pues las matemáticas no le daban.
b. En el evangelio, vemos a Jesús rodeado de muchísima gente; en esta escena es todavía más grave la desproporción entre la necesidad que había que atender y los recursos disponibles: cinco panes de cebada y dos pescados para dar de comer a más de cinco mil personas. Los apóstoles que acompañaban a Jesús se muestran muy preocupados.
5. Estos dos textos bíblicos nos hacen caer en la cuenta de la profunda diferencia que existe entre los principios económicos que deben ser tenidos en cuenta en los proyectos humanos y la forma como obra Dios. Los proyectos humanos son limitados; los recursos son escasos; hay que moverse con prudencia para que las necesidades básicas puedan ser satisfechas.

6. Por otra parte, la revelación nos muestra que el plan de Dios desborda las restricciones humanas; ya no hablamos de límites sino que estamos frente a la infinitud del ser. El amor de Dios, su generosidad y su misericordia son infinitos. Por eso solo Él puede saciar nuestra búsqueda de verdad, amor y felicidad. Este el mensaje que nos comunican los dos textos bíblicos que inspiran nuestra meditación dominical:
a. En el II Libro de los Reyes, el profeta Eliseo le dice a su empleado: “Dáselos a la gente para que coman, porque esto dice el Señor: comerán todos y sobrará. El criado repartió los panes a la gente: todos comieron y todavía sobró, como había dicho el Señor”.
b. El evangelista Juan nos narra que después de alimentar a más de cinco mil personas, sobraron doce canastos de pan.

7. Estas dos escenas de multiplicación de los panes, en las que vemos que la acción de Dios supera infinitamente las restricciones y límites de los proyectos humanos, deberían marcar el tono de nuestra oración, que debe ser un diálogo confiado con Aquel que nos ha creado a su imagen y semejanza y que, a través de la muerte y resurrección de su Hijo, nos ha constituido en sus herederos; Dios quiere que seamos felices, nos invita a compartir su Vida, conoce nuestras fragilidades y tiene paciencia con nosotros. La generosidad de Dios no conoce límites.

8. Estas dos escenas de la multiplicación de los panes son figura y anticipación de la Eucaristía, que es el encuentro por excelencia con la Palabra de Dios anunciada por la Iglesia y donde el Señor se nos da como alimento.

9. Estos textos de las dos multiplicaciones de los panes también nos transmiten un profundo mensaje de contenido social: la solidaridad con las personas necesitadas, en lugar de empobrecernos, nos enriquece. Todos hemos experimentado la alegría de dar nuestro tiempo a los demás, ayudarles con nuestros conocimientos y experiencia. Las personas generosas son más felices que las personas que permanecen acuarteladas en su pequeño mundo. Cuando estamos cerca del dolor de los hermanos, relativizamos nuestros problemas y apreciamos los dones de Dios; por el contrario, las personas que se cierran en su egoísmo, magnifican sus males y siempre están insatisfechas con lo que son y lo que tienen.

lunes, 23 de julio de 2012

Encuentros con la Palabra, por Hermann Rodríguez Osorio, S.J., Domingo XVI del tiempo ordinario – Ciclo B (Marcos 6, 30-34) 22 de julio de 2012

“(...) iba y venía tanta gente, que ellos ni siquiera tenían tiempo para comer”
Hace un tiempo, Miguel Silva escribió en El Espectador un artículo que me gustó mucho: “El ajetreo y el trabajo”. Decía el autor que los colombianos tenemos una forma muy extraña de trabajar; y contaba que una italiana que trabaja en el Banco Mundial le decía alguna vez: “Yo siempre veo a los colombianos trabajar hasta que cae la noche. Son los últimos que salen de aquí. Pero lo más divertido es que, en verano, también salen únicamente cuando cae la noche, y como en verano eso sucede a las nueve, salen tardísimo. Como si fueran unos animales extraños que por razones de supervivencia no fueran capaces de encontrarse en casa con luz diurna”.
Más adelante, dice Miguel Silva: “Alguna vez a un colombiano –creo que fue a Juan Luis Londoño– lo obligaron a salir temprano de la oficina en el mismo Banco Mundial. Lo llamó un vicepresidente y le expresó preocupación por sus larguísimas jornadas. –Eso sólo puede ser consecuencia de una de dos cosas, dijo el funcionario: –o le ponemos una carga laboral excesiva o usted es muy ineficiente. Y lo mandaron para su casa temprano”. La conclusión a la que llega el artículo es que “Si el tiempo en la oficina fuera medida del éxito, Colombia sería una superpotencia, porque aquí nadie sale temprano y todo el mundo suda y se demora y se queja. Todos tomamos vacaciones con un gran sentido de culpa. El lío no es que no tengamos tiempo para la familia. Eso sin duda es muy grave. Pero tanto o más dramático es que del ajetreo apenas queda el ruido que genera. Es el trabajo el que produce resultados. Y los resultados son los que cuentan”.
Toda esta historia me ha hecho pensar muy en serio en nuestros ritmos de trabajo o de ajetreo y en lo poco que dedicamos a la ‘recreación’... que literalmente significa tiempo para compartir fraternalmente, para dialogar amigablemente, para reconstruirnos como personas. El P. Augusto Hortal, que fue mi superior en España durante varios años, solía decir: “El que no descansa, cansa”. Y no permitía que los jóvenes jesuitas con los que vivíamos se dedicaran los domingos a estudiar o a adelantar trabajos para la Universidad.
Jesús y sus discípulos tenían un ritmo de trabajo impresionante. El texto evangélico que nos propone hoy la liturgia dice que “iba y venía tanta gente, que ellos ni siquiera tenían tiempo para comer”. De modo que Jesús les dice: “Vengan, vamos nosotros solos a un lugar tranquilo. (...) Así que Jesús y sus apóstoles se fueron en una barca a un lugar apartado”. Claro que la dicha no les duró mucho, pues “muchos los vieron ir, y los reconocieron; entonces de todos los pueblos corrieron allá, y llegaron antes que ellos. Al bajar Jesús de la barca, vio la multitud, y sintió compasión de ellos, porque estaban como ovejas que no tienen pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas”.
Aunque estas vacaciones apostólicas no fueron un éxito, que digamos, me parece que este texto nos invita a reflexionar sobre nuestros ritmos laborales y el tiempo que, efectivamente, dedicamos a descansar en compañía de nuestros seres queridos; un ritmo de trabajo exagerado, un trajín o un ajetreo desaforados, lo único que dejan es cansancio y no eficiencia en nuestra misión. Tenemos que tratar de buscar un ritmo de trabajo que nos permita encontrarnos, por lo menos de vez en cuando, en casa con luz diurna.
Hermann Rodríguez Osorio es sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
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El Mensaje del Domingo, por Gabriel Jaime Pérez, S.J., XVI Domingo del Tiempo Ordinario -B-, Julio 22 de 2012





Cuando los apóstoles regresaron de su misión y se reunieron con Jesús, le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Entonces les dijo: “Vengan ahora ustedes a un lugar solitario y despoblado y descansen un poco”. Porque eran tantos los que iban y venían que no les quedaba tiempo ni para comer. Se fueron, pues, en la barca a un lugar despoblado y solitario. Pero muchos los vieron irse y se dieron cuenta, y a pie fueron corriendo desde todos los pueblos y llegaron allá antes que ellos. Al desembarcar Jesús y ver toda esa multitud, sintió compasión por ellos porque andaban como ovejas sin pastor; entonces empezó a darles muchas enseñanzas (Marcos 6, 30-34).

1. “Vengan ahora ustedes a un lugar solitario y despoblado y descansen un poco”
El domingo pasado recordábamos cómo Jesús llamó a sus primeros doce discípulos y los hizo sus apóstoles, es decir sus enviados para proclamar la Buena Noticia. Ahora los apóstoles regresan de su recorrido y, al contarle lo que han hecho y enseñado, Él los invita a descansar un poco.
Necesitamos sentirnos activos y útiles, no sólo para nuestro sustento diario, sino también para nuestra propia realización personal. Pero también toda persona que trabaja necesita descansar. Por eso el ideal es poder combinar el trabajo con el descanso. Quienes trabajan en situaciones de responsabilidad en las que otros dependen de ellos, no pocas veces tienen que atender a las continuas solicitudes que les llegan en tiempos previstos para el reposo. También muchas personas se ven obligadas a multiplicar sus esfuerzos, privándose del descanso para poder conseguir el sustento propio y de sus familias. Y no faltan los adictos al trabajo que desconocen la necesidad de descansar, negándose cualquier posibilidad de re-creación.
Pero el descanso es necesario, y para que sea verdaderamente re-creativo, es decir renovador, supone y exige la búsqueda de espacios y tiempos tanto de silencio interior para rehacernos espiritualmente, como de encuentro y relación con las personas en ambientes constructivos de distensión y diálogo. ¿Existen estos espacios y tiempos en mi vida? ¿Qué factores me pueden estar impidiendo una satisfacción equilibrada de la necesidad de un descanso renovador? ¿Qué debo y puedo hacer al respecto?


2. Al desembarcar Jesús y ver toda esa multitud, sintió compasión por ellos
El segundo tema del Evangelio de hoy es la compasión de Jesús por la gente. Com-pasión significa sentir o padecer-con el que sufre o experimenta una situación difícil. En la lengua griega en la cual fueron redactados originalmente los Evangelios, el término empleado para expresar que Jesús se conmovió o sintió compasión equivale a “se le revolvieron las tripas”, una imagen viva de lo que significa el amor de Dios hecho hombre para compartir con nosotros las situaciones dolorosas y acompañarnos ayudándonos a superarlas.
Ahora bien, el Evangelio no sólo nos invita a reconocer el amor compasivo de Dios ofrecido personalmente por Jesucristo, sino también a sentir y actuar como Él lo hizo, especialmente en relación con las personas más necesitadas. Una de las causas más profundas de la situación de injusticia social y de todas las demás formas de violencia en que se encuentra nuestro país es la falta de com-pasión, la indiferencia que lleva a muchos a desentenderse de los problemas de los demás, encerrándose en el egoísmo.
Surgen así otras preguntas para la revisión personal. ¿Cómo me afectan los problemas de los demás? ¿Siento compasión por los que sufren? ¿Me importan los demás, o me desentiendo de ellos y sólo pienso en mis propios intereses?


3. Andaban como ovejas sin pastor; entonces empezó a darles muchas enseñanzas…
El tercer tema del Evangelio de este domingo es la imagen del pastor como modelo de la misión encomendada por Jesús a sus apóstoles. Esta misma misión es la que los obispos, sucesores de ellos con el sucesor de Pedro a la cabeza -el Papa-, y también todos los que ejercemos distintos ministerios o servicios en la Iglesia de Cristo, estamos llamados a cumplir. Por eso a esta misión se le da el calificativo de “pastoral”.
La situación descrita por el Evangelio al referirse a la multitud que andaba como ovejas sin pastor, no es sólo de aquel tiempo, cuando ni las autoridades romanas ni los jefes religiosos judíos se preocupaban por el auténtico bienestar de la gente del pueblo. Es de todas las épocas y se había dado, por ejemplo, en tiempos del profeta Jeremías, quien predicó en Jerusalén unos 650 años antes de Cristo. Ay de los pastores que dejan que se pierdan y dispersen las ovejas de mi rebaño…, dice en la primera lectura de este domingo el profeta, refiriéndose a los reyes descendientes de David que habían promovido no sólo la idolatría, sino también la corrupción y la injusticia social en el pueblo de Dios (Jeremías 23, 1-6).
Nosotros podemos aplicar esta denuncia profética también al nuevo Pueblo de Dios, iniciado por Jesucristo como una comunidad que supera la antigua división entre judíos y gentiles o paganos, en virtud de la reconciliación que Él mismo hizo posible gracias a su sacrificio redentor, y a la que se refiere el apóstol san Pablo en la segunda lectura de hoy (Efesios 2, 13-18). Jesús, que es nuestro Buen Pastor al que puede aplicarse en todo su sentido el Salmo 23 -el de la Misa de este domingo-, quiso contar con colaboradores que continuaran después de su vida terrena la misión pastoral que recibió de su Padre celestial.
Sin embargo, hoy también podemos decir con el evangelista que mucha gente anda “como ovejas sin pastor”, no sólo porque escasean los sacerdotes, sino también por la falta de fidelidad y entrega de los que no cumplen debidamente con su misión pastoral. Y asimismo, por la falta de líderes que den ejemplo de vida y que sepan orientar a las personas hacia la verdadera felicidad.
Pidamos, pues, a la luz del Evangelio de este domingo, por todos los agentes de la pastoral en la Iglesia, para que las personas y comunidades que les han sido encomendadas y de manera preferencial las más pobres y necesitadas, se sientan material y espiritualmente orientadas y confortadas por ellos, con una actitud de compasión y de misericordia semejante a la de nuestro Buen Pastor, Jesucristo nuestro Señor.-

martes, 17 de julio de 2012

Volver a la fuente


Los medios de comunicación de todo el mundo han publicado noticias sobre los que han dado en llamarse “escándalos vaticanos”. En principio, pueden distinguirse dos temas diferentes pero que comprometen en gran medida la credibilidad de una de las instituciones más influyentes en la concepción moral de Occidente.
Por un lado, la filtración de informaciones reservadas dirigidas al Papa. Por otro, las denuncias de graves irregularidades en el ámbito del IOR (Instituto para las Obras de Religión), el banco del Vaticano.
En el primer caso, el escándalo es de orden interno, es decir de la falta de reserva con respecto a información habitual pero que debería quedar en el círculo más íntimo de los estrechos colaboradores de Benedicto XVI. Esta fuga de documentos pone de manifiesto enfrentamientos, más o menos solapados, entre fuerzas contrarias dentro del más alto nivel de la curia romana. Las filtraciones parecen apuntar a dejar mal parado al cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, el número dos de la Santa Sede. Bertone es un salesiano sin experiencia diplomática pero de confianza del Papa. A él se opondrían algunos personajes de la vieja guardia de la curia de los tiempos de Juan Pablo II.
En el segundo caso hay de por medio complicaciones de tipo económico-financiero susceptibles de constituir delitos. La sospecha de presencias vinculadas con la omnipresente mafia italiana, sumado a la intervención de oscuros poderes, complica aún más el panorama.
Lo cierto es que la Iglesia, como toda institución, debe ser rigurosa en el control de sus métodos y de sus funcionarios. Sobre todo porque en este caso el error de algunos daña la confianza en toda una institución que debería precisamente apoyar su prédica en los valores y en la transparencia. Sobre el mal dentro de la Iglesia se había expresado con inusual dureza el cardenal Joseph Ratzinger poco antes de ser elegido pontífice. Habló de la “suciedad” interna en el gobierno central. Y, paradójicamente o acaso no, es la misma figura de Benedicto XVI, a quien todos dicen querer proteger, la que queda afectada con los escándalos.
Pero más allá de los hechos que habrá que investigar, aclarar; además de, eventualmente, castigar a los culpables, habrá que preguntarse si la curia romana no se ha ido convirtiendo en cierta medida en un órgano sobredimensionado, burocrático, atento a preservar su propio poder en desmedro de la colegialidad episcopal tan propia del Concilio Vaticano II y de las intenciones de Pablo VI. Sería impensable el gobierno de la Iglesia universal sin una curia que, por otra parte, lleva adelante múltiples tareas meritorias, pero lo que aquí quiere subrayarse es la imperiosa necesidad de una reforma que permita una mayor vinculación entre el Papa y los obispos de todo el mundo. La curia debería ser mucho más un órgano al servicio de esa comunión universal entre los auténticos responsables del gobierno eclesial, y mucho menos un organismo de control y de mando.
Por otra parte, acaso el viejo estatuto de gobierno monárquico de la Iglesia debería ser revisado. Este es fruto de la asimilación que la Iglesia ha hecho de formas de gobierno. Una necesidad impuesta por las circunstancias históricas a medida que la Iglesia se fue consolidando como institución organizada y como Estado. Ciertamente, la Iglesia no es una democracia desde el punto de vista carismático-espiritual, pero su conducción en cuanto Estado necesita adoptar formas de gobierno menos verticalistas, que eviten que recaigan sobre una sola persona demasiadas responsabilidades. El gobierno de la Iglesia no es una cuestión estática (Jesús al respecto no habló) y puede ser revisada en el tiempo siendo fieles en el momento presente a las enseñanzas evangélicas. En este sentido, sería auspicioso contar con la experiencia y la profesionalidad de muchos laicos y laicas precisamente en los órganos de gobierno.
En la doctrina y en la praxis cristiana se subraya siempre la constante necesidad de convertirse y de volver a las fuentes. Convertirse quiere decir ser exigente con uno mismo, tener capacidad de discernimiento y pedir perdón por las culpas cometidas para retomar la buena senda. Volver a las fuentes, no es sólo volver a los Evangelios (esfuerzo fundamental nunca acabado) y a las enseñanzas de los Padres y doctores de la Iglesia, sino —en este caso específico— ahondar y proseguir el gran Concilio del que se cumplen ahora los cincuenta años de su inicio, convocado por la iluminada figura de Juan XXIII. Además, en el mismo concilio los documentos que hoy marcan el horizonte de la Iglesia fueron votados y adoptados por mayoría, ofreciendo así un testimonio del consenso que puede darse en la Iglesia.
¿Qué podemos y debemos hacer los cristianos de a pie? Seguir tratando de vivir con sinceridad y pureza de corazón las palabras de la Escritura, seguir apostando al amor recíproco y a la unidad de la Iglesia, buscando antes que nada el Reino y su justicia. Porque solamente de la vida de las comunidades irá surgiendo la renovación más profunda que le exigirá a toda la Iglesia un mayor testimonio y un ejemplo de humildad y de servicio, tal como nos pide el mismo Jesús en repetidas oportunidades. En el evangelio de Mateo (capítulo 20, versículos 26, 27 y 28) afirma: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sufrir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así.
Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”.
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Editorial Ciudad Nueva. Publicada en Ciudad Nueva, http://www.ciudadnueva.org.ar/


domingo, 15 de julio de 2012

Biblia y Ecología, por Alejandro Londoño, S.J., Ciclo B, XV domingo de tiempo ordinario - 15 de julio del 2012.

En Colombia, hace menos de un mes, sucedió el caso más grave de corrupción del Congreso en toda su existencia. Una comisión de conciliación orquestó todas las trampas posibles para dejar en libertad a personas juzgadas por los más graves delitos, entre ellas numerosos congresistas. Por eso las palabras de Jeremías vienen muy al caso, aunque también tienen sus tintes verdes muy ecológicos.
La predicación de Jeremías se podría resumir con cuatro verbos: arrancar y derribar; edificar y construir. Dos de ellos, arrancar y derribar sintetizan sus denuncias del pecado, de la infidelidad y desobediencia tanto del pueblo como de sus autoridades, que soportaron la amenaza del “enemigo del norte” y finalmente el destierro.
Los otros dos, edificar y plantar, la importancia otorgada a la conversión y a la salvación. Su intención era edificar y plantar en sus discípulos una Alianza muy superior a la que Yahvé estableció con sus antepasados, cuando los sacó de Egipto. Esta será más profunda: “Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón: yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jer 31, 33).
Jeremías además de emplear estas imágenes tomadas de la agricultura, plasma también sus amenazas y promesas en otra parábola, la de los pastores y ovejas, refiriéndose a los gobernantes tanto religiosos como civiles de su pueblo: “Ay de los pastores que dejen que se pierdan y dispersen las ovejas!.. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas… las volveré a traer a sus pastos para que sean fecundas y se multipliquen” (Primer lectura, Jer 23).
Impresiona, cómo también Ezequiel, emplea esta misma parábola en su diatriba contra los malos pastores, que se apacientan a sí mismos, que matan a las ovejas gordas y no se preocupan del rebaño. Son pastores que “No han robustecido a las flacas, ni curado a las enfermas, ni han vendado a las heridas, ni han reunido a las descarriadas, ni buscado a las perdidas, sino que las han tratado con crueldad y violencia” (Ez 34,4)
Y sigue narrando cómo actuará Dios con las de su rebaño: las llamará, las cuidará y apacentará, las reunirá sacándolas de parajes tenebrosos (alusión a Babilonia, que en nuestro caso sería al congreso). Las alimentará con buenos pastos y en altas montañas donde no corran peligros (Ez 34,12-16). Estas frases también aparecen hoy en el Salmo Responsorial.
Viene luego un regaño que más de un ecólogo cristiano ha empleado para solicitar la responsabilidad de los propietarios de grandes o medianas tierras: “¿No les basta con alimentarse de buenos pastos, que pisotean el resto del pastizal? ¿No les basta beber el agua clara, que enturbian el resto con las pezuñas? ¿Han de pastar mis ovejas lo que ustedes han pisoteado y beber lo que han enturbiado con sus pezuñas? (v.18 y 19).
Jesús, cuando los apóstoles regresaron de su misión se reúne con ellos y dialoga sobre lo que habían hecho y enseñado. Es una invitación a nosotros para ser expresivos y comentar en los grupos y en familia, aspectos personales y también sobre lo que hemos sentido frente a los hechos de una  política corrompida. Por ejemplo: ¿Qué mensaje da el profeta al pueblo de entonces? ¿Qué mensaje a nosotros hoy?
Pero el diálogo también debería extenderse a nuestras actitudes frente al cuidado de la naturaleza. Por ejemplo, ¿Qué mensaje religioso da el profeta al pueblo de entonces? ¿Qué mensaje a nosotros hoy?  ¿Qué tipo de actitudes debemos fomentar en nuestra sociedad para agradecer y conservar la naturaleza que el Señor nos ha regalado?
Después Jesús invita a sus discípulos a descansar y pasar en barca hasta un lugar despoblado. Pero al desembarcar y ver la multitud que lo sigue, siente compasión, “porque andaban como ovejas sin pastor y entonces comenzó a darles muchas enseñanzas” (Mc 6, 34). ¿De qué enseñanzas sociales estamos más necesitados nosotros hoy?

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