domingo, 10 de septiembre de 2017

COLOMBIA – Bogotá – 07.09.2017 – 10.50 Bendición a los fiele s desde el balcón del Palacio Cardenalicio Saludo del Santo Padre

Discurso del Papa a los jóvenes. 


 Queridos hermanos y hermanas:  Los saludo con gran alegría y les agradezco la calurosa bienvenida. «Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!”. Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes» (Lc 10,5-6).  Hoy entro a esta casa que es Colombia diciéndoles, ¡La paz con ustedes! Así era la expresión de saludo de todo judío y también de Jesús. Porque quise venir hasta aquí como peregrino de paz y de esperanza, y deseo vivir estos momentos de encuentro con alegría, dando gracias a Dios por todo el bien que ha hecho en esta Nación, en cada una de sus vidas.   Vengo también para aprender; sí, aprender de ustedes, de su fe, de su fortaleza ante la adversidad. Han vivido momentos difíciles y oscuros, pero el Señor está cerca de ustedes, en el corazón de cada hijo e hija de este País. Él no es selectivo, no excluye a nadie sino que abraza a todos; y todos somos importantes y necesarios para Él. Durante estos días quisiera compartir con ustedes la verdad más importante: que Dios los ama con amor de Padre y los anima a seguir buscando y deseando la paz, aquella paz que es auténtica y duradera.   Veo aquí a muchos jóvenes que han venido de todos los rincones del País: cachacos, costeños, paisas, vallunos, llaneros. Para mí siempre es motivo de gozo encontrarme con los jóvenes. En este día les digo: mantengan viva la alegría, es signo del corazón joven, del corazón que ha encontrado al Señor. Nadie se la podrá quitar (cf. Jn 16,22). No se la dejen robar, cuiden esa alegría que todo lo unifica en el saberse amados por el Señor. El fuego del amor de Jesucristo hace desbordante ese gozo, y es suficiente para incendiar el mundo entero. ¡Cómo no van a poder cambiar esta sociedad y lo que se propongan! ¡No le teman al futuro! ¡Atrévanse a soñar a lo grande! A ese sueño grande los quiero invitar hoy.   Ustedes, los jóvenes, tienen una sensibilidad especial para reconocer el sufrimiento de otros; los voluntariados del mundo entero se nutren de miles de ustedes que son capaces de resignar tiempos propios, comodidades, proyectos centrados en ustedes mismos, para dejarse conmover por las necesidades de los más frágiles y dedicarse a ellos. Pero también puede suceder que hayan nacido en ambientes donde la muerte, el dolor, la división han calado tan hondo que los hayan dejado medio mareados, como anestesiados: Dejen que el sufrimiento de sus hermanos colombianos los abofetee y los movilice. Ayúdennos a nosotros, los mayores, a no acostumbrarnos al dolor y al abandono.  También ustedes, chicos y chicas, que viven en ambientes complejos, con realidades distintas y situaciones familiares de lo más diversas, se han habituado a ver que no todo es blanco ni todo es negro; que la vida cotidiana se resuelve en una amplia gama de tonalidades grises y esto los puede exponer al riesgo de caer en una atmósfera de relativismo, dejando de lado esa potencialidad que tienen los jóvenes, la de entender el dolor de los que han sufrido. Ustedes tienen la capacidad no sólo de juzgar, señalar desaciertos, sino también esa otra capacidad hermosa y constructiva: la de comprender. Comprender que incluso detrás de un error —porque el error es error y no hay que maquillarlo— hay un sinfín de razones, de atenuantes. ¡Cuánto los necesita Colombia para ponerse en los zapatos de aquellos que muchas generaciones anteriores no han podido o no han sabido hacerlo, o no atinaron con el modo adecuado para lograr comprender!  A ustedes, jóvenes, les es tan fácil encontrarse. Les basta un rico café, un refajo, o lo que sea, como excusa para suscitar el encuentro. Los jóvenes coinciden en la música, en el arte... ¡si hasta una final entre el Atlético Nacional y el América de Cali es ocasión para estar juntos! Ustedes pueden enseñarnos que la cultura del encuentro no es pensar, vivir, ni reaccionar todos del mismo modo; es saber que más allá de nuestras diferencias somos todos parte de algo grande que nos une y nos trasciende, somos parte de este maravilloso País.  También vuestra juventud los hace capaces de algo muy difícil en la vida: perdonar. Perdonar a quienes nos han herido; es notable ver cómo no se dejan enredar por historias viejas, cómo miran con extrañeza cuando los adultos repetimos acontecimientos de división simplemente por estar atados a rencores. Ustedes nos ayudan en este intento de dejar atrás lo que nos ofendió, de mirar adelante sin el lastre del odio, porque nos hacen ver todo el mundo que hay por delante, toda la Colombia que quiere crecer y seguir desarrollándose; esa Colombia que nos necesita a todos y que los mayores le debemos a ustedes.  Y precisamente por esto enfrentan el enorme desafío de ayudarnos a sanar nuestro corazón; a contagiarnos la esperanza joven que siempre está dispuesta a darle a los otros una segunda oportunidad. Los ambientes de desazón e incredulidad enferman el alma, ambientes que no encuentran salida a los problemas y boicotean a los que lo intentan, dañan la esperanza que necesita toda comunidad para avanzar. Que sus ilusiones y proyectos oxigenen Colombia y la llenen de utopías saludables.  Sólo así se animarán a descubrir el País que se esconde detrás de las montañas; el que trasciende titulares de diarios y no aparece en la preocupación cotidiana por estar tan lejos. Ese País que no se ve y que es parte de este cuerpo social que nos necesita: descubrir la Colombia profunda. Los corazones jóvenes se estimulan ante los desafíos grandes: ¡Cuánta belleza natural para ser contemplada sin necesidad de explotarla! ¡Cuántos jóvenes como ustedes precisan de su mano tendida, de su hombro para vislumbrar un futuro mejor!  Hoy he querido estar estos momentos con ustedes; estoy seguro de que ustedes tienen el potencial necesario para construir la nación que siempre hemos soñado. Los jóvenes son la esperanza de Colombia y de la Iglesia; en su caminar y en sus pasos adivinamos los del Mensajero de la Paz, de Aquél que nos trae noticias buenas.  Queridos hermanos y hermanas de este amado País. Me dirijo ahora a todos, niños, jóvenes, adultos y ancianos, como quien quiere ser portador de esperanza: que las dificultades no los opriman, que la violencia no los derrumbe, que el mal no los venza. Creemos que Jesús, con su amor y misericordia que permanecen para siempre, ha vencido el mal, el pecado y la muerte. Sólo basta salir a su encuentro. Los invito al compromiso, no al cumplimiento, en la renovación de la sociedad, para que sea justa, estable, fecunda. Desde este lugar, los animo a afianzarse en el Señor, es el único que nos sostiene y alienta para poder contribuir a la reconciliación y a la paz.   Los abrazo a todos y a cada uno, a los enfermos, a los pobres, a los marginados, a los necesitados, a los ancianos, a los que están en sus casas… a todos; todos están en mi corazón. Y ruego a Dios que los bendiga. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.

COLOMBIA – Bogotá – 07.09.2017 – 09.00 Plaza de Armas de la Casa de Nariño Encuentro con las Autoridades Discurso del Santo Padre

Señor Presidente, Miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático, Distinguidas Autoridades, Representantes de la sociedad civil, Señoras y señores.

 Saludo cordialmente al Señor Presidente de Colombia, Doctor Juan Manuel Santos, y le agradezco su amable invitación a visitar esta Nación en un momento particularmente importante de su historia; saludo a los miembros del Gobierno de la República y del Cuerpo Diplomático. Y, en ustedes, representantes de la sociedad civil, quiero saludar afectuosamente a todo el pueblo colombiano, en estos primeros instantes de mi Viaje Apostólico.   Vengo a Colombia siguiendo la huella de mis predecesores, el beato Pablo VI y san Juan Pablo II y, como a ellos, me mueve el deseo de compartir con mis hermanos colombianos el don de la fe, que tan fuertemente arraigó en estas tierras, y la esperanza que palpita en el corazón de todos. Sólo así, con fe y esperanza, se pueden superar las numerosas dificultades del camino y construir un País que sea Patria y casa para todos los colombianos.   Colombia es una Nación bendecida de muchísimas maneras; la naturaleza pródiga no sólo permite la admiración por su belleza, sino que también invita a un cuidadoso respeto por su biodiversidad. Colombia es el segundo País del mundo en biodiversidad y, al recorrerlo, se puede gustar y ver qué bueno ha sido el Señor (cf. Sal 33,9) al regalarles tan inmensa variedad de flora y fauna en sus selvas lluviosas, en sus páramos, en el Chocó, los farallones de Cali o las sierras como las de la Macarena y tantos otros lugares. Igual de exuberante es su cultura; y lo más importante, Colombia es rica por la calidad humana de sus gentes, hombres y mujeres de espíritu acogedor y bondadoso; personas con tesón y valentía para sobreponerse a los obstáculos.  Este encuentro me ofrece la oportunidad para expresar el aprecio por los esfuerzos que se hacen, a lo largo de las últimas décadas, para poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación. En el último año ciertamente se ha avanzado de modo particular; los pasos dados hacen crecer la esperanza, en la convicción de que la búsqueda de la paz es un trabajo siempre abierto, una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. Trabajo que nos pide no decaer en el esfuerzo por construir la unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común. Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo. Cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 67).  El lema de este País dice: «Libertad y Orden». En estas dos palabras se encierra toda una enseñanza. Los ciudadanos deben ser valorados en su libertad y protegidos por un orden estable. No es la ley del más fuerte, sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos, quien rige la convivencia pacífica. Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa armonía y ayudar a superar los conflictos que han desgarrado esta Nación por décadas; leyes que no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad sino del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia. Sólo así se sana de una enfermedad que vuelve frágil e indigna a la sociedad y la deja siempre a las puertas de nuevas crisis. No olvidemos que la inequidad es la raíz de los males sociales (cf. ibíd., 202).  En esta perspectiva, los animo a poner la mirada en todos aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no cuentan para la mayoría y son postergados y arrinconados. Todos somos necesarios para crear y formar la sociedad. Esta no se hace sólo con algunos de «pura sangre», sino con todos. Y aquí radica la grandeza y belleza de un País, en que todos tienen cabida y todos son importantes. En la diversidad está la riqueza. Pienso en aquel primer viaje de san Pedro Claver desde Cartagena hasta Bogotá surcando el Magdalena: su asombro es el nuestro. Ayer y hoy, posamos la mirada en las diversas etnias y los habitantes de las zonas más lejanas, los campesinos. La detenemos en los más débiles, en los que son explotados y maltratados, aquellos que no tienen voz porque se les ha privado de ella o no se les ha dado, o no se les reconoce. También detenemos la mirada en la mujer, su aporte, su talento, su ser «madre» en las múltiples tareas. Colombia necesita la participación de todos para abrirse al futuro con esperanza.  La Iglesia, en fidelidad a su misión, está comprometida con la paz, la justicia y el bien de todos. Es consciente de que los principios evangélicos constituyen una dimensión significativa del tejido social colombiano, y por eso pueden aportar mucho al crecimiento del País; en especial, el respeto sagrado a la vida humana, sobre todo la más débil e indefensa, es una piedra angular en la construcción de una sociedad libre de violencia. Además, no podemos dejar de destacar la importancia social de la familia, soñada por Dios como el fruto del amor de los esposos, «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros» (ibíd., 66). Y, por favor, les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes. En ellos se aprenden verdaderas lecciones de vida, de humanidad, de dignidad. Porque ellos, que entre cadenas gimen, sí que comprenden las palabras del que murió en la cruz —como dice la letra de vuestro himno nacional—.  Señoras y señores, tienen delante de sí una hermosa y noble misión, que es al mismo tiempo una difícil tarea. Resuena en el corazón de cada colombiano el aliento del gran compatriota Gabriel García Márquez: «Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera». Es posible entonces, continúa el escritor, «una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra» (Discurso de aceptación del premio Nobel, 1982).  Es mucho el tiempo pasado en el odio y la venganza... La soledad de estar siempre enfrentados ya se cuenta por décadas y huele a cien años; no queremos que cualquier tipo de violencia restrinja o anule ni una vida más. Y quise venir hasta aquí para decirles que no están solos, que somos muchos los que queremos acompañarlos en este paso; este viaje quiere ser un aliciente para ustedes, un aporte que en algo allane el camino hacia la reconciliación y la paz.  Están presentes en mis oraciones. Rezo por ustedes, por el presente y por el futuro de Colombia.

“Constructores de la paz, promotores de la vida”

Discurso del Papa al llegar a Bogotá.


El evangelista recuerda que el llamado de los primeros discípulos fue a orillas del lago de Genesaret, allí donde la gente se aglutinaba para escuchar una voz capaz de orientarles e iluminarles; y también es el lugar donde los pescadores cierran sus fatigosas jornadas, en las que buscan el sustento para llevar una vida sin penurias, digna y feliz. Es la única vez en todo el Evangelio de Lucas en que Jesús predica junto al llamado mar de Galilea. En el mar abierto se confunden la esperada fecundidad del trabajo con la frustración por la inutilidad de los esfuerzos vanos. Según una antigua lectura cristiana, el mar también representa la inmensidad donde conviven todos los pueblos. Finalmente, por su agitación y oscuridad, evoca todo aquello que amenaza la existencia humana y que tiene el poder de destruirla.

Nosotros usamos expresiones similares para definir multitudes; una marea humana, un mar de gente. Ese día, Jesús tiene detrás de sí, el mar y frente a Él, una multitud que lo ha seguido porque sabe de su conmoción ante el dolor humano … y de sus palabras justas, profundas, certeras. Todos ellos vienen a escucharlo, la Palabra de Jesús tiene algo especial que no deja indiferente a nadie; su Palabra tiene poder para convertir corazones, cambiar planes y proyectos. Es una Palabra probada en la acción, no es una conclusión de escritorio, de acuerdos fríos y alejados del dolor de la gente, por eso es una Palabra que sirve tanto para la seguridad de la orilla como para la fragilidad del mar.

Esta querida ciudad, Bogotá, y este hermoso país, Colombia, tienen mucho de estos escenarios humanos presentados por el Evangelio. Aquí se encuentran multitudes anhelantes de una palabra de vida, que ilumine con su luz todos los esfuerzos y muestre el sentido y la belleza de la existencia humana. Estas multitudes de hombres y mujeres, niños y ancianos habitan una tierra de inimaginable fecundidad, que podría dar frutos para todos. Pero también aquí, como en otras partes, hay densas tinieblas que amenazan y destruyen la vida: las tinieblas de la injusticia y de la inequidad social; las tinieblas corruptoras de los intereses personales o grupales, que consumen de manera egoísta y desaforada lo que está destinado para el bienestar de todos; las tinieblas del irrespeto por la vida humana que siega a diario la existencia de tantos inocentes, cuya sangre clama al cielo; las tinieblas de la sed de venganza y del odio que mancha con sangre humana las manos de quienes se toman la justicia por su cuenta; las tinieblas de quienes se vuelven insensibles ante el dolor de tantas víctimas. A todas esas tinieblas Jesús las disipa y destruye con su mandato en la barca de Pedro: “Navega mar adentro” (Lc 5,4).

Nosotros podemos enredarnos en discusiones interminables, sumar intentos fallidos y hacer un elenco de esfuerzos que han terminado en nada; igual que Pedro, sabemos qué significa la experiencia de trabajar sin ningún resultado. Esta Nación también sabe de ello, cuando por un período de 6 años, allá al comienzo, tuvo 16 presidentes y pagó caro sus divisiones (“la patria boba”); también la Iglesia en Colombia sabe de trabajos pastorales vanos e infructuosos, pero como Pedro, también somos capaces de confiar en el Maestro, cuya palabra suscita fecundidad incluso allí donde la inhospitalidad de las tinieblas humanas hace infructuosos tantos esfuerzos y fatigas. Pedro es el hombre que acoge decidido la invitación de Jesús, que lo deja todo y lo sigue, para transformarse en nuevo pescador, cuya misión consiste en llevar a sus hermanos al Reino de Dios, donde la vida se hace plena y feliz.

Pero el mandato de echar las redes no está dirigido sólo a Simón Pedro; a él le ha tocado navegar mar adentro, como aquellos en vuestra patria que han visto primero lo que más urge, aquellos que han tomado iniciativas de paz, de vida. Echar las redes entraña responsabilidad. En Bogotá y en Colombia peregrina una inmensa comunidad, que está llamada a convertirse en una red vigorosa que congregue a todos en la unidad, trabajando en la defensa y en el cuidado de la vida humana, particularmente cuando es más frágil y vulnerable: en el seno materno, en la infancia, en la vejez, en las condiciones de discapacidad y en las situaciones de marginación social. También multitudes que viven en Bogotá y en Colombia pueden llegar a ser verdaderas comunidades vivas, justas y fraternas si escuchan y acogen la Palabra de Dios. En estas multitudes evangelizadas surgirán muchos hombres y mujeres convertidos en discípulos que, con un corazón verdaderamente libre, sigan a Jesús; hombres y mujeres capaces de amar la vida en todas sus etapas, de respetarlas, de promoverla.

Hace falta llamarnos unos a otros, hacernos señas, como los pescadores, volver a considerarnos hermanos, compañeros de camino, socios de esta empresa común que es la patria. Bogotá y Colombia son, al mismo tiempo, orilla, lago, mar abierto, ciudad por donde Jesús ha transitado y transita, para ofrecer su presencia y su palabra fecunda, para sacar de las tinieblas y llevarnos a la luz y la vida. Llamar a otros, a todos, para que nadie quede al arbitrio de las tempestades; subir a la barca a todas las familias, santuario de vida; hacer lugar al bien común por encima de los intereses mezquinos o particulares, cargar a los más frágiles promoviendo sus derechos.

Pedro experimenta su pequeñez, lo  inmenso de la Palabra y el accionar de Jesús; Pedro sabe de sus fragilidades, de sus idas y venidas, como lo sabemos nosotros, como lo sabe la historia de violencia y división de vuestro pueblo que no siempre nos ha encontrado compartiendo barca, tempestad, infortunios. Pero al igual que a Simón, Jesús nos invita a ir mar adentro, nos impulsa al riesgo compartido, a dejar nuestros egoísmos y a seguirlo. A perder miedos que no vienen de Dios, que nos inmovilizan y retardan la urgencia de ser constructores de la paz, promotores de la vida.


domingo, 3 de septiembre de 2017

COMUNITAS MATUTINA 3 DE SEPTIEMBRE DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”
(Mateo 16: 25)
Lecturas:
  1. Jeremìas 20: 7-9
  2. Salmo 62
  3. Romanos 12: 1-2
  4. Mateo 16: 21-27

La Palabra de este domingo se concentra en las consecuencias dolorosas que conllevan el ministerio profético y el seguimiento de Jesùs. La primera lectura, de Jeremìas, y el evangelio, de Mateo, llaman la atención sobre el conflicto que tienen que afrontar tanto el profeta como Jesùs.
El ministerio profético de Jeremìas es especialmente doloroso, su servicio se enmarca en la experiencia del exilio vivida por el pueblo de Israel, desposeídos de su territorio, de su autonomía, de su templo, se ven abocados a replantear su fe en el Dios de la alianza, y a purificar su experiencia religiosa de la formalidad cultual y de la precaria autenticidad de sus vidas.
Jeremìas vivió esta dramática historia predicando y amenazando en vano a los reyes incapaces que se sucedìan en el trono de David; fue acusado de derrotismo, perseguido y encarcelado. A esto se une su temperamento extremadamente sensible y frágil, que tuvo que hacer frente a multitud de desgracias para èl mismo y para su pueblo.
Se viò desgarrado por una misión a la que no podía sustraerse: “Me has seducido, Yahvè, y me dejè seducir; me has agarrado y me has podido. He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban. Cada vez que abro la boca es para clamar: Atropello!, para gritar: Me roban! La palabra de Yahvè ha sido para mì oprobio y befa cotidiana” (Jeremìas 20: 7-8).
La mayoría de los profetas bíblicos sufrieron experiencias similares, rechazados por sus propios hermanos y por las autoridades correspondientes. Muchos de ellos padecieron el destierro y la muerte ignominiosa, pero pudo màs la fidelidad a Yahvè y a su pueblo, a la misión encomendada, que su seguridad y bienestar. La Palabra de Dios penetra hasta lo màs profundo del profeta y lo abrasa hasta el punto de quitar su tranquilidad y de mantenerlo siempre en estado de alerta.
De aquí podemos trasladarnos a los relatos de cristianos heroicos, que no cedieron a la perversidad de injustos y poderosos, que no transaron sus convicciones, que se mantuvieron firmes en sus denuncias de tal o cual estado de cosas inadmisibles para los valores evangélicos y para el humanismo autèntico, que defendieron la dignidad de sus pròjimos, hasta el extremo de ofrecer su vida martirialmente: “Nadie tiene mayor amor que aquel que es capaz de dar la vida por las personas que ama” (Juan 15: 13).
Pasan por nuestra mente y corazón los mártires del cristianismo primitivo, los que dieron sus vidas en el horror de los campos de concentración stalinianos y nazis en la II guerra mundial, los que murieron víctimas de las atrocidades de las dictaduras militares latinoamericanas en el siglo XX, los misioneros y catequistas que se resistían a abjurar de su fe en el Japòn de los siglos XVII y XVIII, los líderes sociales de Colombia asesinados por su defensa comprometida de la paz y de la dignidad humana.
El padre Alfred Delp (1907-1945), jesuita alemán, es uno de estos testigos proféticos del reino de Dios y su justicia. Por su actividad de denuncia de la barbarie nazi es llevado a un campo de concentración en las afueras de Berlìn, el 28 de julio de 1944. Al enterarse de la sentencia de muerte escribe a sus compañeros: “Ahora tengo que emprender otro camino. Se ha solicitado para mì la pena de muerte, y la atmòsfera està tan cargada de odio y hostilidad que he de contar hoy con que será dictada y ejecutada. Doy gracias a la Compañìa de Jesùs por toda su bondad, compañerismo y ayuda, también y especialmente en estas duras semanas. Pido perdón por muchas cosas falsas e injustas, y suplico un poco de ayuda y cuidado de mis padres, ancianos y enfermos. La verdadera razón de la condena es que soy y he seguido siendo jesuita” (DELP,Alfred. Escritos desde la prisión. Editorial Sal Terrae, 2012; página 222).
El texto de Mateo aborda esta cuestión esencial de la existencia cristiana presentando el discipulado como seguimiento de Jesùs hasta la cruz. Jesùs pone de manifiesto a sus discípulos que el camino de la resurrección està vinculado estrechamente a la experiencia dolorosa de la cruz. El núcleo principal es el primer anuncio de la pasión. Los discípulos, simbolizados en la persona de Pedro, no son capaces de comprender esta dura de realidad y se resisten a admitirla: “Pedro se lo llevò aparta y se puso a reprenderlo diciendo: Ni se te ocurra, Señor! De ningún modo te sucederà eso!” (Mateo 16: 22).
Para ellos su expectativa se concentra en un mesianismo glorioso y triunfante, ideas muy propias del judaísmo de ese momento. Son criterios mundanos, parecidos a los que se manifiestan con pesadumbre cuando alguien decide emprender un modo de vida en el que la abnegación y el sacrificio son el pan de cada dìa. Jesùs rechaza enfáticamente esa mentalidad con palabras muy severas: “Pero èl, volviéndose , dijo a Pedro: Quìtate de mi vista, Satanàs! Sòlo me sirves de escàndalo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mateo 16: 23).
No hay verdadero discipulado si no se asume el mismo camino del Maestro. El anuncio genuino del Evangelio trae consigo persecución y sufrimiento. Tomar la cruz significa participar en la muerte y en la resurrección de Jesùs, la pèrdida de la vida por su causa habilita al discípulo para alcanzarla en plenitud junto a Dios: “Si alguno quiere venir en pos de mì, niéguese a sì mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderà; pero quien pierda su vida por mì, la encontrarà. Pues, de què le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mateo 16: 25-26).
Hay que advertir ènfaticamente que el camino de seguimiento de Jesùs no contiene una exaltación del sufrimiento por sì mismo, ni es una propuesta masoquista que promueve el autocastigo o que se abstiene neuróticamente del gozo de vivir. Se hace una invitación al amor sin medida, al reconocimiento constante de la dignidad del ser humano, a la denuncia de todo lo que atente contra este valor esencial, a poner en tela de juicio el mundo del poder, de la vanidad, del consumismo, de la ambición de riquezas, a rechazar el olvido de la solidaridad y de la justicia, todo esto como consecuencia de seguir con fidelidad el itinerario de Jesùs, condensado en el espíritu de las bienaventuranzas.
En el bautismo se nos ha configurado con Jesùs, en su muerte y en su pascua, dice la tradición cristiana que por este sacramento adquirimos la condición de sacerdotes-miembros del pueblo que significa con eficacia la mediación de salvación – la Iglesia - ; profetas-anunciadores de la Buena Noticia de la vida abundante de Dios para toda la humanidad y dispuestos a denunciar todo lo que va en contravía de este proyecto; reyes-servidores que asumimos la realeza de Cristo, no siguiendo el modo mundano enfáticamente rechazado por èl, sino sirviendo generosamente al prójimo. Y en todo esto dispuestos a identificarnos con las exigencias de su cruz.
No podemos prescindir del profetismo en el seguimiento de Jesùs. Muchos cristianos se han jugado la vida por la defensa de los valores contenidos en el Evangelio, han enfrentado contradicciones, han renunciado a la vida cómoda e instalada para anunciar que hay una manera cualitativamente distinta de vida que no fundamenta su sentido ni en el dinero ni en el poder absoluto ni en la dominación injusta de los hermanos, sino en el sacrificio, en el ejercicio de la solidaridad, en la mesa compartida, en la tantas veces mencionada radical projimidad, estas últimas garantía del màs autèntico y liberador sentido de la vida.
Dice nuestro admirado y querido Monseñor Romero, Beato Romero de Amèrica, en anotación de su diario, el 2 de abril de 1978, Domingo de Pascua de ese año: “Prediquè el Evangelio, hice alusión a la tumba vacìa de Jesucristo resucitado y a la tumba cerrada del Padre Alfonso Navarro que el año pasado, precisamente en esta fiesta, había mostrado todo su entusiasmo de párroco en una parroquia que es testimonio de la resurrección de Cristo. Su tumba cerrada, después de haberlo asesinado, esa tumba cerrada podía significar como un fracaso de la redención y de la resurrección de Cristo y, sin embargo, era el signo de una esperanza. Nuestros muertos han de resucitar y las tumbas de nuestros muertos que hoy están selladas con el triunfo de la muerte, un dìa serán también como la de Cristo: tumbas vacìas. La tumba vacìa de Cristo es una evocación del triunfo definitivo, de la redención consumada” (ROMERO,Oscar Arnulfo. Diario, editado por Fundaciòn Monseñor Romero, página 8).
El texto de la segunda lectura de hoy – carta a los Romanos – es un aval para todo lo expresado hasta aquí, Pablo invita a que nuestro culto sea ofrenda de todo lo que somos a Dios y al prójimo, la existencia recta y amorosa como significación plena de esta nueva manera de vivir: “Los exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que se ofrezcan a ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo, y agradable a Dios” (Romanos 12: 1).

domingo, 27 de agosto de 2017

COMUNITAS MATUTINA 27 DE AGOSTO DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO

Quien dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”
(Mateo 16: 13)
Lecturas:
  1. Isaías 22: 19-23
  2. Salmo 137: 1-8
  3. Romanos 11: 33-36
  4. Mateo 16: 13-20
En su bello y profundo libro “Imágenes deformadas de Jesús”, el teólogo francés Bernard Sesboüé se dedica a estudiar con rigor las respuestas a la pregunta que el mismo Jesús formula a Pedro y a los discípulos: “Quien dice la gente que es el Hijo del hombre?” (Mateo 16:13), ratificada con esta más directa: “Y ustedes, quien dicen que soy?” (Mateo 16: 15). Es la cuestión central que nos formula el evangelio de este domingo.
No es una disquisición teológica para eruditos sino realidad de fondo que interpela a cada creyente con el fin de hacer control de calidad a la propia fe:
  • Si estamos llevados simplemente por una inercia religiosa de tipo sociocultural, en la que la adscripción al cristianismo es uno más de los elementos de identidad social, acostumbrados a ser cristianos sin mayores incidencias en la generación de una manera de vivir cualificada por el Evangelio.
  • Si nuestro cristianismo se inclina por definiciones incompletas de Jesús, mucho más divino que humano, o viceversa; un Jesús milagrero, con rasgos de extraterrestre, desentendido de la humanidad, especialmente de sus aspectos más dramáticos y dolorosos.
  • O también el ejercicio de una fe condicionada por el sentimiento trágico de la vida, en la que se exalta en demasía el sufrimiento del Señor, con la abundante expresión de la religiosidad popular que no atina a detectar el fundamento pascual de la condición cristiana.
  • O un Jesús melifluo y sentimental, ingenuo, sin la perspectiva crítica que se requiere para captar las complejidades de la humanidad y de la historia, con la consiguiente evidencia de prácticas religiosas aisladas de la realidad.
  • O un Jesús que se reduce a ser caudillo y revolucionario social, identificándolo con unas determinadas tendencias políticas, convirtiéndolo en el gestor de unas reivindicaciones de justicia, realidades que de entrada son legítimas pero que no agotan todo lo que la auténtica tradición cristiana afirma y vive sobre la totalidad del misterio del Señor Jesucristo.
Altamente recomendado para quienes se esmeran por cultivar una fe inteligente y seria, este libro de Sesboüé hace un recorrido por el universo de interpretaciones deformadas o insuficientes, con la sana intención de purificar la práctica cristiana explicitando los elementos esenciales de la fe en Jesucristo, tal como fue vivido y proclamado por las comunidades que dieron origen a los escritos del Nuevo Testamento.
Sean estas reflexiones un llamado sensato para volver al diálogo que propone el evangelio de este domingo, que así nos sintamos interpelados por el mismo Jesús que hace preguntas serias a nuestra fe, a la manera como asumimos su seguimiento y la configuración de nuestra humanidad con la de El.
Pongamos en todo nuestro ser las palabras de Pedro, que habla por él mismo y por los demás discípulos, y digamos con convicción la respuesta a la cuestión planteada por el Señor: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mateo 16: 16), escueta y densa profesión de fe que condensa la fe de las primeras comunidades cristianas, que luego vendrá a ser heroico testimonio en la vida de esas cristiandades originales, acreditadas a menudo con el martirio y la persecución.
Cómo respondemos nosotros, desde este siglo XXI, a tal interrogante? Nos aventuramos a vivir la fe en el Señor Jesús con todas las implicaciones de su divinidad y de su humanidad? Se refleja eso en nuestro ser cotidiano, en la totalidad de dimensiones que constituyen nuestra condición humana, en la construcción de una historia que refleje coherentemente la dignidad humana, con todas sus evidencias de justicia, solidaridad, construcción del bien común, respeto por la diversidad, inclusión, fraternidad y apertura definitiva a la trascendencia de Dios?
Porque la realidad divina y humana de Jesús, comprensión completa de la fe cristiana, es para que cada ser humano que opta por esta alternativa sea plenamente humano y plenamente divino, dejando que su historia individual y comunitaria sea asumida en gracia por el Señor Jesucristo.
Creer en Jesús, seguir a Jesús, no es un asunto de momentos rituales , abarca la totalidad de la existencia con la pretensión de que todo lo que constituye a un ser humano esté permeado por El hasta configurar una nueva manera de ser, saludable, realista, una narrativa del acontecer liberador de Dios que se dice plenamente en el relato original y originante del Señor Jesucristo, decidiendo con libertad tomar el camino de la nueva humanidad que el Padre nos ofrece en Jesùs: “Pero esto no tiene nada que ver con lo que han aprendido de Cristo si es que han oído hablar de él y en él han sido enseñados conforme a la verdad de Jesús: en cuanto a su vida anterior, despójense del hombre viejo, que se corrompe dejándose seducir por deseos rastreros, renueven su mente espiritual y revístanse del Hombre Nuevo, creado según Dios, que se manifiesta en una vida justa y en la verdad santa” (Efesios 4: 20-24).
A este proceso San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, le llama “conocimiento interno”, lo expresa el santo en la tercera petición preparatoria de la segunda etapa de los ejercicios: “Demandar lo que quiero; será aquí demandar conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” (Ejercicios Espirituales # 104), lleva a que todo lo que somos como humanos se deje configurar por la persona de Jesús, en el mayor nivel posible de apasionamiento y de amor.
Hay algo más. Por eso nos vamos a fijar con detalle en la segunda parte del texto de Mateo: “Jesús le dijo: dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo! Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra constituiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la vencerá” (Mateo 16: 17-18).
Jesús se propone construír una comunidad de hombres nuevos, en la que se viva plenamente la Buena Noticia que él anuncia, sacramento eficaz de su presencia en la historia, para ello requiere que esta sea cimentada sobre una piedra fundamental, el sillar o roca en la que se asienta el edificio, entendiendo como tal a la comunidad de los primeros discípulos, que tiene su punto de partida en Pedro , él y ellos testigos originales de la vida y ministerio del Señor, ahora redimensionados por la experiencia pascual que los ha hecho pasar del temor y la confusión al coraje apostólico y a la capacidad de dar la vida por esta causa.
Pedro es una figura vinculante en el cristianismo primitivo, en él se condensa el ser humano creyente, con sus grandes virtudes e innegables limitaciones, como lo refieren los mismos relatos evangélicos en diversos pasajes.
Este mismo Pedro, en un determinado momento temeroso y cobarde, como nos sucede también a nosotros, es después cabeza de los discípulos y el más entusiasta testigo de Jesucristo: “Bendito sea Dios, padre de Nuestro Señor Jesucristo que, según su gran misericordia y por la resurrección de Jesucristo de la muerte, nos ha hecho renacer para una esperanza viva, a una herencia que no puede destruirse, ni mancharse, ni marchitarse, reservada para ustedes en el cielo” (1 Pedro 1:3-4).
Qué sentimientos y preguntas provoca en nosotros Pedro, primero invadido de temores y de imaginarios mundanos, y luego el más corajudo de los apóstoles? Pedro, pastor de la primera comunidad de cristianos de Roma, es la roca en la que se afianza la solidez evangélica de la Iglesia. El es ahora el gran afirmador del Señor Jesús, llegando a ratificarlo con la ofrenda martirial de su vida, y dando testimonio de la esperanza definitiva con la que Dios garantiza que todo lo humano adquiere plenitud gracias a la mediación liberadora del Señor Jesucristo.
Profunda evocación esta que tiene mayor relieve ahora cuando se aproxima la visita apostólica de Francisco, Obispo de Roma, sucesor de Pedro, cuyo ministerio ejerce: “A ti te daré las llaves del reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mateo 16: 19).
El servicio de Pedro no puede ser un poder del mundo, ejercido con talante autoritario y vertical, sino servicio, que es lo que significa la palabra ministerio, y este consiste en el anuncio de la Buena Noticia del Padre Dios presentada por el Señor Jesús para que toda la humanidad tenga las mejores y más decisivas razones para la esperanza, afianzando su dignidad de personas, promoviendo la construcción de sociedades equitativas, denunciando las permanentes idolatrías que amenazan la libertad, acreditando que la humanidad adquiere su pleno significado cuando se inserta en la divinidad mediante la acción salvadora de Jesús, viviendo densamente la sacramentalidad de la Iglesia como presencia histórica y eficaz de la misión salvadora que El nos ha traìdo.

domingo, 20 de agosto de 2017

COMUNITAS MATUTINA 20 DE AGOSTO DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO

Entonces Jesús le contestó: Mujer, qué fe tan grande tienes. Que se cumplan tus deseos”
(Mateo 15: 28)
Lecturas:
  1. Isaías 56: 1-7
  2. Salmo 66
  3. Romanos 11: 13-15 y 29-32
  4. Mateo 15: 21-28
Las lecturas de este domingo nos ponen ante una exigencia radical del cristianismo original, el propio de Jesús, el vivido por las comunidades primitivas, es la conciencia y la experiencia de que la intención salvadora de Dios no se reduce a tal o cual pueblo elegido, a tal o cual congregación de creyentes, lo propio de esta novedosa condición se evidencia en un Dios que es para todos los seres humanos, sin excepción, un Dios apasionante que se explicita en la pluralidad y en la diversidad, maravilloso antecedente de lo que hoy conocemos como ecumenismo y como diálogo interreligioso.
Así, veamos lo que nos plantean la primera lectura, del profeta Isaías y el texto de Mateo.
Al regresar del exilio que vivieron los israelitas en Babilonia, fuerte cautividad que duró un poco más de cincuenta años, los discípulos del profeta Isaías, empeñados en una renovación espiritual profunda, proponen a este nuevo Israel que deje atrás su exclusivismo religioso-nacionalista para que se abra a los valores de la universalidad , animando a promover la gran causa de la justicia que acoge sin distingos a todos los seres humanos.
Es sabido que el pueblo de Israel se sentía el concesionario absoluto de Dios, en sus creencias no estaba el reconocimiento de la validez de los caminos religiosos distintos del propio. Los textos de hoy nos sugieren el camino de la apertura y de la vivencia armónica de la pluralidad.
La iniciativa no pretende desconocer la rica diversidad religiosa de los pueblos vecinos ni tampoco unificarla en una sola religión, sino mover a este Israel postexílico a aceptar con respeto y espíritu de diálogo la multiplicidad de creencias. Estos discípulos de Isaías son conscientes de los peligros que subyacen en el nacionalismo exacerbado y en la tendencia religiosa fundamentalista que lo acompaña, con las conductas bien conocidas de desprecio de los demás, de afianzamiento extremista de las que se consideran únicas verdades, y de la falsa superioridad que se niega al diálogo y al reconocimiento respetuoso de lo diverso.
Las palabras de la primera lectura de este domingo pertenecen al llamado Tercer Isaías, texto que se caracteriza por su visión universal de la salvación y de superación de las estrechas fronteras religiosas de Israel para dar paso a una actitud abierta a todas las posibilidades de fe entonces conocidas, mentalidad que se respira en palabras como estas: “A los extranjeros que se hayan dado al Señor, para servirlo, para amar al Señor y ser sus servidores, que guarden el sábado sin profanarlo y perseveren en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración; aceptaré sobre mi altar sus ofrendas, porque mi casa es casa de oración, y a mi casa la llamarán todos los pueblos casa de oración” (Isaías 56: 6-7).
Cada pueblo sólo puede ser superior a sí mismo en cada momento de la historia, un saludable sentido ético y ecuménico no puede admitir superioridades violentas y aniquilantes, como las muy penosas que hemos visto en estos días en los acontecimientos de Charlottesville, en Estados Unidos, con su penoso mensaje de supremacía racista de parte de los blancos fanáticos, desafortunadamente llamándose cristianos! La genuina superioridad consiste en transformar esas decadentes tendencias en una conciencia de sus propias potencialidades de apertura universalista y de esfuerzo de comunión.
El nuevo templo de Jerusalén, como símbolo de la esperanza del pueblo liberado, debía convertirse en una institución que animara los procesos de integración universal, abierta a todos los creyentes en el Dios de la justicia y del amor, cuya genuina religión tiene su raíz en el respeto por los más débiles y excluídos.
Desafortunadamente el entusiasmo renovador de los profetas que promulgaban este mensaje no tuvo eco suficiente y se quedó en el aire como un ideal lejano. Y el templo siguió siendo el fortín de los poderosos y explotadores del pueblo humilde, el lugar donde almacenaban sus riquezas mal habidas.
Por eso, siglos más tarde, tiene lugar esa escena paradigmática en la que Jesús arroja con violencia a los mercaderes que hacían su agosto en el lugar sagrado y los fustiga con palabras de gran severidad: “Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas, y no dejaba a nadie transportar objetos por el templo. Y les dijo: está escrito, mi casa será casa de oración y ustedes la han convertido en guarida de bandidos” (Marcos 11: 15-17).
Este enfrentamiento tiene la intención de devolver al templo su significación de baluarte de la justicia y de acogida gratuita a todos los que se acercaban al lugar.
En ese proceso de ruptura con la decadencia del templo y con la élite que lo manipulaba se enmarca el episodio de la mujer cananea, que nos propone el evangelio de este domingo. Jesús se había retirado hacia una región extranjera, Tiro y Sidón, no muy lejana de Galilea. Las fuertes presiones del poder central judío imponían grandes limitaciones a la actividad misionera de Jesús. Su obra a favor de los pobres, enfermos y marginados, encontraba gran resistencia, justamente porque abría el horizonte religioso y ponía en crisis el exclusivismo religioso judío.
El encuentro con la mujer cananea, doblemente marginal por su condición de mujer y de extranjera, transforma todos los paradigmas con los que Jesús interpretaba su misión. Es una escena dura que nos sorprende bastante porque al comienzo Jesús se muestra displicente ante la insistente mujer que clamaba por la curación de su hija: “Desde allí se marchó a la región de Tiro Y Sidón. Una mujer cananea de la zona salió gritando: Ten compasión de mí, Señor, hijo de David!, mi hija es maltratada por un demonio. El no respondió una palabra. Se acercaron los discípulos y le suplicaron: despídela, que viene gritando detrás de nosotros. El contestó: He sido enviado solamente a las ovejas descarriadas de la casa de Israel” (Mateo 15: 21-24).
Los discípulos, movidos más por la impaciencia que por la compasión, median ante Jesús para poner fin a los ruegos de la mujer. El evangelista, entonces, pone en boca de Jesús una respuesta típica de un predicador judío: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel” (Mateo 15: 24). Por fortuna, la mujer haciendo a un lado prejuicios raciales y religiosos, corta el camino a Jesús y lo obliga a dialogar, ella – si vale la pena la expresión – “catequiza” a Jesús, la sorpresa suya es grande cuando constata en ella una fe que contrastaba con la incredulidad y escepticismo de sus paisanos judíos.
Con este incidente, Jesús comprende que no puede excluír a los auténticos creyentes, los que saltan con convicción los límites de tal o cual religión para acceder al Dios de la solidaridad y de la justicia: “Entonces Jesús le contestó: Mujer, qué fe tan grande tienes. Que se cumplan tus deseos. Y la hija quedó curada en aquel momento” (Mateo 15: 28).
También hoy se dan marcadas exclusiones y actitudes de proscripción y desconocimiento de la pluralidad de creencias, se castiga y se condena a muchos porque son “distintos” en sus convicciones, en su cultura, en su sensibilidad espiritual, en su sexualidad, en su condición socioeconómica, en su raza, incluyendo actitudes de estas en muchos ambientes que se dicen cristianos y guardianes de la moral y de la religión, como las muy conocidas y deplorables del programa de televisión “Un café con Galat”, de abierta tendencia fundamentalista y farisaica.
La misión del reino de Dios y su justicia trasciende fronteras y reconoce como objetivo suyo el acoger con misericordia y solidaridad a todo ser humano que busca ser reconocido en su dignidad y acogido para reintegrarlo en la dignidad que le han quitado tantas condenaciones.
El Dios que se nos revela en Jesucristo es Padre-Madre, inabarcablemente plural en sus manifestaciones, en sus intenciones, en los caminos que nos traza para que nuestra vida sea plena y bienaventurada. Las religiones, tomadas en serio, no pueden constituirse en obstáculos al plan de Dios, sino en mediaciones de profunda densidad espiritual y humanista, de tal envergadura que promuevan entre todos los seres humanos la disposición para el diálogo, para la construcción conjunta de alternativas de convivencia pacífica, de bien común, de fraternidad.

domingo, 13 de agosto de 2017

COMUNITAS MATUTINA 13 DE AGOSTO DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARI0

Tengan valor, soy yo, no tengan miedo”
(Mateo 14: 27)

Lecturas:
  1. 1 Reyes 19: 9-13
  2. Salmo 84
  3. Romanos 9: 1-5
  4. Mateo 14: 22-33

El profeta Elías, protagonista del relato de la primera lectura, emprende el camino de retorno hacia el monte Horeb, simbolizando así la vuelta a los orígenes de Israel: la fidelidad al único y verdadero Dios, pactada en la alianza, y al modo de vida honesto como reciprocidad de los creyentes hacia Yavé, quien se ha desbordado con predilecciones hacia este pueblo, demostrando que su único interés es la plenitud del ser humano, del que los israelitas son imagen.
Esta dignidad de Israel se ha visto manchada con la perversidad del rey Acab y de su esposa Jezabel, quien desata su ira contra Elías persiguiéndolo para darle muerte, como venganza por la entereza con la que él ha denunciado los cultos idolátricos y la correspondiente desarticulación del modo de vida fundamentado en la rectitud y en la justicia.
El ideal de Elías es rescatar la originalidad de la fe en el Dios único que favorece un ser humano también único y digno, sin su libertad deshecha por los cultos idolátricos.
El monoteísmo de Israel no es la exclusividad de un Dios celoso y tiránico que rechaza que le hagan competencia o que castiga implacablemente a aquellos dioses alternativos que se filtran en su camino. El Dios único de los israelitas contiene la posibilidad de que el ser humano sea también único y libre de esclavitudes y de sometimientos serviles. Se trata de un monoteísmo liberador.
Teniendo en cuenta este escenario nos preguntamos: cómo se dan en nosotros las contradicciones entre el bien y el mal? Cuáles son esas realidades a las que exponemos nuestra autonomía? El ser humano siempre ha tenido la tentación – consciente o inconsciente – del miedo a la libertad, y por eso crea ídolos, como modelos políticos o económicos, ideologías, religiones dominadas por el fanatismo y la intransigencia, estilos de vida egoístas, personas a quienes hipotecamos nuestra dignidad, u otras realidades que enajenan nuestra soberanía y nuestra dignidad.
Estamos seducidos por la lógica de la sociedad de consumo, deseosos de dinero y de bienestar material, sin referencia a la solidaridad con los prójimos afectados por la violencia y por la injusticia y al Dios que nos invita a reivindicarlos en su dignidad?
Veamos en los ídolos que confronta Elías a los Baales de nuestro tiempo, todo aquello que va en contra de la realización plena del ser humano, la existencia vacía de ideales, la economía sin humanismo, la tiranía de los poderes de diversa índole que sofocan las aspiraciones humanas de libertad.
El talante de este profeta se plasma en aquellos seres humanos apasionados por el reino de Dios y su justicia, siempre empeñados en el proyecto original de Dios que es la vigencia permanente de la dignidad humana. Así, vamos con Elías al silencio del encuentro contemplativo con el misterio de Dios, fundamento de una vida libre y bienaventurada.
No es en las manifestaciones del poder donde se encuentra Dios, sus manifestaciones decisivas se dan en la “brisa tenue”, en los amores discretos, en las vidas dedicadas humildemente al servicio y a la solidaridad.
Así lo señala bellamente el texto de 1 Reyes 19: “En aquel momento pasó el Señor, y un viento fuerte y poderoso desgajó la montaña y partió las rocas ante el Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto, pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. Y tras el terremoto hubo un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego se oyó un sonido suave y delicado. Al escucharlo, Elías se cubrió la cara con su capa y salió y se quedó a la entrada de la cueva. En esto llegó a él una voz que decía: qué haces ahí Elías?” (1 Reyes 19: 11-13)
Con este acontecimiento Elías se da cuenta que la denuncia de las injusticias no puede ir acompañada de violencia (ver 1 Reyes 18: 20-40), percibe que este desafortunado recurso sólo contribuye a crear más desolación y muerte, y por eso cambia su perspectiva invitando a un grupo de discípulos suyos a seguir con su misión enfocada ahora en la paz y en la justicia.
La mentalidad que refleja el anterior relato es indicativa de la lógica de un Dios que no acude a las evidencias propias de la espectacularidad vanidosa y arrogante. El Dios que asi se revela se abaja para manifestarse en la pobreza, en la silenciosa conducta de los humildes, en el bajo perfil, como lo apreciamos en los relatos de vida de Francisco de Asís, de Teresa de Calcuta, de Monseñor Romero, y de tantos otros que han sido y son “sal de la tierra y luz del mundo” desde biografías ocultas, plenas de amor y de solidaridad, sin llamar la atención de los poderes del mundo.
El relato del evangelio de Mateo – la tempestad calmada – obedece a situaciones de confusión y angustia que vivían las primeras comunidades cristianas, asediadas por persecuciones y graves contradicciones e incomprensiones, bien conocidas por la historia. Recordemos también el hondo sentimiento de derrota que embargó a los discípulos después de la muerte de Jesús, todo lo bueno que El anunció y realizó se veía aparentemente fracasado.
Esta situación se parece a muchas que vivimos los seres humanos, las sociedades, la Iglesia misma, las fuerzas adversas parecen llevar siempre la delantera.
Pensemos en algunas de estas:
  • La gravísima mancha moral causada por los escándalos de abuso sexual protagonizados por sacerdotes, casos detectados en los años recientes, la conducta de algunos obispos que no tuvieron la suficiente severidad y vigor para castigar a los responsables de estos crímenes, que son simultáneamente pecados de extrema gravedad y delitos de lesa humanidad.
  • La sociedad de consumo y la cultura “light” que crea mentalidades facilistas poco aptas para la entrega generosa y la abnegación, con la incidencia que esto tiene para que muchos no tengan las condiciones que hacen propicio el mensaje de Jesús y su proyecto de donación de la vida y de compromiso con las causas de justicia y de dignidad.
  • El estilo integrista y fundamentalista de no pocos grupos de cristianos fijados en posturas autoritarias, dogmáticas, intransigentes, enemigas de la libertad humana y de los esfuerzos de actualización y renovación traídos al mundo cristiano por el Concilio Vaticano II y por las nuevas tendencias de interpretación teológica y de aplicación pastoral.
  • Las muy conocidas violencias estructurales de los modelos económicos excluyentes, generadores de grandes pobrezas, las determinaciones injustas de gobernantes, la crisis ambiental, el descuido de la vida en todas sus formas, la degradación de la dignidad humana, el vacío existencial.
  • Y junto con esto todo lo que nos sucede en el plano personal cuando la fragilidad toma formas muy fuertes y amenazantes.
Qué hacer? Donde están la esperanza y el sentido de la vida? Dios calla ante los males de la humanidad? Nos queda sólo el sentimiento trágico de la vida?
La fe en el Señor Jesucristo no es una cuestión de providencialismo ingenuo, en ella sí está la respuesta, lo tenemos claro, pero esta cuenta con la responsabilidad histórica del ser humano, con su libertad empeñada en la superación de estas contradicciones, con la conciencia de que la magnitud de los problemas ya señalados no permiten actitudes evasivas, que debemos vivir influídos felizmente por ese espíritu que se refleja en aquello de “A Dios rogando y con el mazo dando”, gracia de Dios y libertad humana combinadas para no sucumbir ante los dramas y las tragedias.
Las palabras de Jesús ante el miedo y la confusión que se apoderan de los discípulos: “Tengan valor , soy yo, no tengan miedo” (Mateo 14:27), son el reconocimiento de los primeros cristianos de una garantía decisiva que trasciende las limitaciones de la humanidad, es el mismo Señor animando constantemente a mantener el ánimo en alto para asumir lo contradictorio, lo antievangélico, lo deshumanizante, y transformarlo en gracia y en justicia.
La confianza serena en el Señor nos confiere el temple necesario para no hundirnos en las inseguridades y en el desencanto que nos pueden causar los pecados de algunos en la Iglesia y en la sociedad. En nombre de la fe debemos aceptar con entereza las turbulencias causadas por tales escándalos, auténticos pecados contra Dios y contra la humanidad, y emprender un trabajo transformador, poniendo el dedo en la llaga con coraje de cristianos raizales y dejándonos tomar por el que hace decir a Pablo “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

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