domingo, 18 de junio de 2017

COMUNITAS MATUTINA 18 DE JUNIO SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y DE LA SANGRE DE CRISTO

“Entonces, si el pan es uno solo, también nosotros, aún siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan”
(1 Corintios 10: 17)
Lecturas:
1. Deuteronomio 8: 2-16
2. Salmo 147: 12-20
3. 1 Corintios 10: 16-17
4. Juan 6: 51-58

Todo lo que se origina en Dios es vitalidad, salud, alimento, siempre con desmedida abundancia. Por eso el testimonio original de la fe de Israel es la certeza en un Dios creador, dador de vida y comprometido con la misma, porque: “El te afligió, haciéndote pasar hambre y después te alimentó con el maná – que tu no conocías ni conocían tus padres – para enseñarte que el hombre no vive sólo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (Deuteronomio 8: 3).
Dios es sobreabundancia y alimento, don de sí a la humanidad, es lo que expresa con marcada elocuencia esta memoria del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, explícita referencia al sacramento eucarístico y a su esencial capacidad nutricia.
Como siempre, hacemos el esfuerzo de captar el sentido a través de un lenguaje propio de nuestra cotidianidad , con el fin de enfatizar su fuerza significativa, su sacramentalidad, su eficacia salvadora y liberadora.
El alimento es indispensable para el buen vivir. La madre naturaleza tiene esto tejido en su ser y en su quehacer, dinamismo que nos permite la buena vitalidad y la salud. El cuerpo materno produce la leche para alimentar al bebé en los primeros tiempos de su vida, el cuerpo humano lleva consigo el germen de la misma, apasionante constatación esta del misterio vital y alimenticio en los orígenes mismos del ser!
El paso dramático de los israelitas por el desierto durante 40 años, según lo refiere el libro del Exodo, despojados de seguridades, expuestos a la ruptura y a la crisis, vivenciando toda clase de carencias, es un prototipo de la
experiencia humana. Salir de la comodidad, romper con las esclavitudes confortables, lanzarse a la aventura de un mundo promisorio pero de entrada incierto, correr el riesgo de la libertad, asumir las contradicciones, pero soñar siempre con esa tierra prometida “que mana leche y miel, territorio de la nueva humanidad.
Quién puede decir que no ha vivido soledades, vacíos, desencantos, carencias, desesperanzas? Quien no ha sido expuesto al dramatismo del desierto existencial? Quien no ha experimentado el hambre y la sed? Quien no ha protestado ante Dios por esto? Estas radicales inquietudes hacen parte inevitable de la tarea de encontrar sentido a todo lo que se es y se hace. Tal es el paradigma contenido en la travesía del pueblo hebreo por el desierto.
“Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones, y ver si eres capaz o no de guardar sus preceptos” (Deuteronomio 8: 2), es un texto de memoria que propone al creyente israelita su propia biografía de prueba y crisis, para permanente recuerdo liberador, en el que no ha de olvidarse lo pactado con Yavé Dios, compromiso llamado alianza, en el que se vive la reciprocidad de este Dios fiel, incondicional, aguardando la respuesta del creyente que modela su condición humana en esta perspectiva teologal, vale decir, digno y honesto, genuino ciudadano de la tierra prometida.
Quien nos alimentó cuando eramos niños dependientes? Quien nos mantuvo vivos, quien nos protegió, quien se preocupó por nosotros, de donde vino nuestra nutrición física, espiritual, emocional? En quienes descubrimos este sacramento fundante de nuestro ser? Papá y mamá, cuidadores, protectores, alimentadores, amantes, son ellos la hermosa expresión de este amor original y originante.
En contraste con esta seductora gratuidad, resulta tan escandaloso e indignante constatar que varios miles de millones de seres humanos viven desnutridos, negados en su esperanza, excluídos del pan y afecto cotidianos, de la mesa bien servida, mientras muchos – desconocedores del sentido de lo gratuito - están sumergidos en una abundancia irresponsable y ajena a todo sentimiento de solidaridad. Tal penuria y escándalo contiene una exigencia ética y eucarística de primer orden!
Si experimentamos la gracia y el beneficio de ser nutridos, estamos llamados también a dar con gratuidad lo que así hemos recibido: “Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y aguas profundas que manan en el monte y la llanura; tierra de trigo y cebada, de viñas , higueras y granadas, tierra de olivares y
de miel; tierra en que no comerás medido el pan, en que no carecerás
de nada…. Entonces, cuando comas hasta hartarte, bendice al Señor tu Dios, por la tierra buena que te ha dado” (Deuteronomio 8: 7-10).
Con esta invitación tan concreta, en la que las bendiciones se materializan en los dones del alimento y del bienestar, se propone a los creyentes israelitas, también a nosotros, hacernos conscientes del talante gratuito de todo lo que viene de Dios, cuya contraparte es la construcción de un mundo marcado felizmente por esa misma gratuidad, en el que todos los humanos puedan servirse de la mesa de la vida en igualdad de condiciones.
Recibido por vía gratuita, el buen Dios espera de nosotros el compromiso igual de una fidelidad de la misma naturaleza que se traduce en una humanidad solidaria, generosa, servidora de esa riqueza como gran homenaje a la dignidad humana y al querer igualitario de Dios.
Se deja claro así que la relación eucarística con el Padre no descansa sobre un formalismo ritual ni sobre una liturgia individualista, sino sobre una existencia agradecida y resuelta a impregnar de comunión y participación todas las relaciones humanas.
En el Señor Jesús se hace contundente y nítido lo contenido en su sangre derramada, en su cuerpo ofrecido, para darnos en totalidad la vida de Dios, haciéndolo sacramento permanente, memoria de la radical donación de sí mismo para salvación y liberación de toda la humanidad, con el fin de que sus seguidores también nos impliquemos en lo mismo: “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí” (Juan 6: 56-57).
El asunto de Jesús presente sacramentalmente en el pan y en el vino consagrados no es magia ni esoterismo sino realidad que totaliza la vida del creyente, es el mismo Señor dándonos todo de El para nutrirnos de su ser y de su Buena Noticia, para llevarnos a tener su misma vida y para hacerla efectiva compartiéndola con todos los hermanos.
Por eso Pablo, preocupado por la tentación de idolatría que acechaba a la comunidad cristiana de Corinto, les advierte acerca de este peligro, porque lo que se ofrece no son formas rituales sino el mismo Jesús que se contiene en el don alimenticio: “La copa de bendición que bendecimos, no es acaso comunión con la sangre de Cristo? ; y el pan que partimos, no es comunión con el cuerpo de Cristo? Entonces, si el pan es uno solo, también nosotros, aún siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan” (1 Corintios 10: 16-17).
El pan y vino que se comparten tienen la vocación de construir comunión.

domingo, 11 de junio de 2017

COMUNITAS MATUTINA 11 DE JUNIO SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

“Porque tanto amò Dios al mundo que entregò a su Hijo unigènito, para que todo el que crea en èl no perezca sino que tenga vida eterna”
(Juan 3: 16)


Lecturas
1. Exodo 34: 4-9
2. Salmo Daniel 3: 52-56
3. 2 Corintios 13: 11-13
4. Juan 3: 16-18

En esta solemnidad del Dios que es al mismo tiempo uno y trino cabe una consideración inicial para reflexionar y orar sobre esta realidad de las tres personas divinas – Padre , Hijo y Espíritu Santo – : hagamos el esfuerzo de despojarnos de concepciones complicadas que tengamos en este sentido, fruto de nuestra formación religiosa tradicional, no porque ellas sean erradas sino porque el acceso a la realidad de Dios se hace en las más absoluta simplicidad, con apertura al misterio feliz de nuestra plenitud, así como lo han vivido – y lo siguen viviendo – tantos creyentes buenos y generosos cuya gran certeza es la del amor de Dios en sus vidas con el consiguiente compromiso de compartirlo con todos los hermanos.
Los primeros esfuerzos de formulación sobre el Dios trinitario se hicieron en los cauces de la muy compleja filosofía griega (sustancia, naturaleza, persona), terminología en exceso compleja para la humanidad de hoy.
Por esta razón se impone volver al talante escueto del lenguaje evangélico apto para ser entendido y vivido por todos, utilizando la parábola, la alegoría, el ejemplo que ilustra, la comparación, como hacía Jesús: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a gente sencilla” (Mateo 11: 25).
Dios en sí mismo, también hacia nosotros, hacia la creación, hacia toda la realidad, es una relación, una comunión de amor, todo el ser de Dios es una comunidad, que nos invita constantemente a participar de esa condición:
- Un Dios que es Padre, origen de la vida y dador de la misma, principio de todo, cuyo único interés es nuestra plenitud y felicidad, desbordante de amor por todas sus creaturas, experto en configurar seres humanos solidarios, serviciales, amorosos.
- Un Dios que se hace uno de nosotros, el Hijo, y que asume nuestra condición humana, que se implica en todo lo nuestro, aún en sus aspectos más dolorosos y dramáticos, que se inclina misericordioso antes los débiles y humillados, que no estigmatiza a nadie con condenas y excomuniones, que se solidariza con todas las causas humanas de dignidad y de justicia, que nos revela simultáneamente al Padre Dios y al prójimo-hermano.
- Un Dios que se comunica haciéndonos participar de su vitalidad, el Espíritu Santo, el que nos concede el don de la fe, el de la esperanza, el del amor, la capacidad de discernir su presencia en nuestra historia disponiéndonos para decisiones inspiradas en El, con el fin de construir relaciones justas y fraternas con todos los seres humanos.
Constatar esto nos habla de un Dios que no está encerrado en sí mismo, que se relaciona dándose totalmente a todos y a la vez permaneciendo El mismo. El pueblo judío no tenía en su cultura el estilo conceptual y filosófico de los griegos, ellos eran vitalistas, vivenciales, concretos, su sabiduría provenía de la experiencia sencilla de cada día.
Por eso su lenguaje sobre Dios es a partir de la experiencia de cercanía suya en el amor, en la felicidad de la vida familiar, en la fecundidad de la tierra, en la exuberancia de la naturaleza, en la bendición de los hijos, en la conciencia de ser profundamente humanos .
En el texto del Exodo – primera lectura de hoy – Dios se autodefine con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad” (Exodo 34: 6 – 7).
A partir de ese modo existencial Jesús nos enseñó que para experimentar a Dios, el ser humano debe aprender a mirar su interior (Espíritu), mirar amorosamente a los demás (Hijo), mirar confiadamente lo trascendente (Padre).
La Trinidad de Dios tiene una implicación directa en la vida del ser humano haciéndonos portadores de vida, servidores de todos los humanos, cuidadores de la creación, constructores de comunidad, hijos y hermanos, y creyentes confiados y humildes en una plenitud que nos proviene de ese principio y fundamento al que llamamos Dios.
Esto a propósito de recordar que la opción preferencial de Dios es el ser humano. Lo que también nos lleva a desmontar ese tinglado de falsas imágenes de El que sólo han servido para dominar, alienar, angustiar, a millones de seres humanos, y también para justificar mil y mil arbitrariedades de poderes egoístas, ese Dios pretendidamente legitimador de sistemas e ideologías, de situaciones de injusticia, de desgracias para la humanidad, Dios absurdo totalmente reñido con el verdadero y amoroso que se nos ha revelado plenamente en la persona de Jesús, este sí, un Dios descalzo dispuesto a caminar con nosotros para llevarnos hacia El con todos nuestros hermanos.
Este Dios que es sabiduría para captar lo esencial de la vida y constituirse en su soporte, Dios dador del ser, especialista en vida y comprometido a mantener a sus creaturas en esa perspectiva, no escatimando esfuerzos para que seamos siempre vivos, creativos, honestos, el Dios que da todo de sí – su Hijo – para que la humanidad encuentre su plenitud: “Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3: 16).
Admirar la realidad creada, la perfección de la vida, su asombrosa variedad, la armonía que la articula, su belleza innata que no requiere de artificios ni aditamentos, su capacidad de seguir transmitiendo vida, es todo ello un sacramento de ese amor desbordante, ante el que cabe la más profunda actitud de reconocimiento y adoración, como también de cuidado y de honda responsabilidad .
La dignidad humana y la de todas las formas de vida encuentran en la Trinidad su argumento determinante. Todo lo salido del amor de Dios es bello, armonioso, merecedor de respeto, de protección, de conservación en su realidad original.
El grande y definitivo beneficio de que todo nuestro ser y quehacer no se trunque en la muerte y en el vacío viene decidido por la iniciativa salvadora y liberadora de este Dios trinitario, siempre empeñado en que todos los suyos no se pierdan.
Dios es amor incondicional y lo es para todos, sin excepción. No nos ama porque seamos buenos sino porque El es bueno. No nos ama cuando hacemos lo que El quiere sino siempre, de modo ilimitado. Ni siquiera rechaza a los que libremente se apartan de El en sus proyectos de vida.
Esto ratifica lo ya dicho: que la “agenda” de Dios es el ser humano, la vida, la felicidad, la armonía de todo lo que salido de su iniciativa amorosa y salvadora, esfuerzo permanente y creciente para que todo ese dinamismo se
haga pleno y definitivo, y la muerte y el pecado no sean – de ninguna manera – los portadores de la última palabra .
Un Dios condicionado a lo que los seres humanos hagamos o dejemos de hacer, no es el Dios de Jesús. Esta idea de que Dios nos quiere solamente cuando somos buenos, repetida durante tres mil años, ha sido de las más útiles – penosamente útiles!! – a la hora de conseguir el sometimiento de los humanos a intereses de grupos de poder, incluyendo los religiosos, cuando estos no viven una espiritualidad saludable y liberadora.
Esta idea, radicalmente contraria al evangelio, ha provocado más sufrimiento y miedo que todas las guerras juntas, mientras que, en felicísima oposición, el Dios verdadero es fuente de sentido, garantía de dignidad, aval de la vida, certeza de la verdad que salva, principio y fundamento de la nueva humanidad que el Padre nos comunica en la persona de Jesús y que habita en nosotros gracias a la acción del Espíritu: “Por lo demás, hermanos, vivan con alegría. Busquen la perfección y anímense. Tengan un mismo sentir y vivan en paz, y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes” (2 Corintios 13:11).

domingo, 4 de junio de 2017

COMUNITAS MATUTINA 4 DE JUNIO SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES

Porque hemos sido todos bautizados en un solo Espíritu, para no formar màs que un cuerpo entre todos: judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”
(1 Corintios 12: 13)
Lecturas:
  1. Hechos 2: 1-11
  2. Salmo 103: 1-4; 29-30;31-34
  3. 1 Corintios 12: 3-7 y 12-13
  4. Juan 20: 19-23
El gran símbolo de la confusión e incomprensión humanas es el mito bíblico de la Torre de Babel, en el que se evidencian los múltiples sectarismos y fracturas que el egoísmo de unos cuantos crea para dominar a muchos y para impedirles la felicidad y el desarrollo armónico de su ser.
Puesta esta imagen en el contexto teológico del libro del Génesis es una potente indicación para hablar de las consecuencias del pecado, como estas que vivimos hoy con lamentables hechos como la guerra en Siria, Iraq, Afganistàn, la muy difícil situación que se vive en Venezuela, la pobreza extrema de Haitì y de muchos de los países africanos, la precariedad de nuestro proceso de paz, todo esto con el trasfondo decisorio de la soberbia de gobernantes y demás poderes políticos y económicos que dividen y siembran odio y violencia.
Estas circunstancias deben tocar lo màs profundo de nuestra sensibilidad espiritual y humanista. Si pretendemos seguir con responsabilidad el camino de Jesùs no nos es posible sustraernos a las grandes preguntas èticas que se suscitan desde estos dramas. El Espìritu de Dios està presente para animarnos en sentido contrario, inspirando un proyecto de vida que no sea el del poder y la dominación sino el de la solidaridad y el servicio.
Esto es determinante para asumir y vivir el significado de esta solemnidad de Pentecostès, que hoy celebramos, con la que concluye el tiempo de Pascua. El movimiento de Jesùs nace abierto a todo el mundo y a todos los seres humanos, reconociendo el riquísimo pluralismo de visiones y culturas, de modos de ser y de tradiciones, de creencias y modos de organizar la vida y la sociedad, porque de Dios no procede una uniformidad paralizante sino una diversidad que muestra la inagotable riqueza que El deposita en el ser humano.
En esta perspectiva no se trata de confrontación sino de diálogo, no se plantea el dominio de unos pocos que se sienten concesionarios exclusivos de la verdad sino de un mundo horizontal, todos iguales en dignidad y diversos en identidades y culturas, con la humilde docilidad que encuentra las señales del Espìritu en la multiforme riqueza de la humanidad.
Con Pentecostès comienza un tiempo nuevo en el que la afirmación de la fraternidad se da gracias a la aceptación respetuosa y comprometida de estas diferencias.
El elocuente simbolismo de la diversidad de lenguas nos pone felizmente ante esta realidad: “Aquì estamos partos, medos y elamitas; hay habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto y la parte de Libia fronteriza con Cirene; también están los romanos residentes aquí, tanto judíos como prosélitos , cretenses y árabes. Còmo es posible que les oigamos proclamar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios?” (Hechos 2: 9-11).
El Espìritu del Señor es polifónico y mueve a la comunión en el pluralismo y la diferencia, con El se supera el penoso hecho significado en la Torre de Babel, el tiempo cristiano se determina por la universalidad del proyecto que el Padre Dios nos ofrece en Jesùs, y se constituye en modelo para la conducta de quienes nos empeñamos en seguir auténticamente su propuesta de vida, en la que el lenguaje común de la fraternidad no sofoca las peculiaridades de cada entorno humano y cultural.
Eso equivale a no marcar a nadie con etiquetas excluyentes, ni a generar condenas y rechazos, tampoco a manipular a Dios poniéndolo como legitimador de ideologías religiosas que entran en colisión con el Evangelio que es, este último, misericordia, compasión, acogida, cercanìa, encuentro, comunión.
Por esto, estamos llamados a reinventar esta bienaventurada convergencia de mentes y de corazones, a trabajar con ahinco para no seguir levantando barreras socioeconómicas, ideológicas, religiosas, promoviendo una comunidad de seres humanos libres, capaces de decisiones responsables, apasionados por la felicidad de todos, testigos de la verdad que libera y aptos para escrutar las huellas de Dios en las insospechadas posibilidades que surgen del ser humano, cuando ellas están inspiradas por el deseo de concertarnos en cuanto ciudadanos del mundo y creyentes de esta seductora oferta que es la Buena Noticia de Jesùs.
Pablo aporta una idea genial al hablar de la diversidad de dones-carismas a partir de la unidad en el Espìritu, y lo hace con el símil del cuerpo humano y de sus diversos órganos: “El cuerpo humano, aunque tiene muchos miembros, es uno; es decir, todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, forman un solo cuerpo. Pues asì también es Cristo. Porque hemos sido todos bautizados en un solo Espìritu, para no formar màs que un cuerpo entre todos: judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espìritu” (1 Corintios 12:12-13).
En este mundo, en el que nos dividimos por tantas razones pecaminosas e injustas, con criterios despectivos, los cristianos – bajo la acción del Espíritu – estamos llamados a un reconocimiento permanente y creciente de la dignidad humana, de su sustancial valor, a apreciar con respeto las diferencias, a cultivar causas comunes de justicia y de fraternidad, a proteger con máxima delicadeza todas las formas de vida, a construír dialogalmente una sabiduría vinculante que haga posibles los encuentros amistosos, y la siempre urgente tarea de la reconciliación.
No nos podemos quedar en celebrar una fiesta en honor del Espìritu Santo ni de recordar algo que sucedió en un pasado distante. Estamos tratando de descubrir y vivir una realidad que està tan presente hoy como en los tiempos del cristianismo primitivo.
Pentecostès es la forma màs completa de la experiencia pascual. Aquellos cristianos de la primera hora tenìan muy claro que su nueva percepción de la vida a partir del Resucitado era obra del Espìritu. Vivieron la presencia de Jesùs de una manera màs real y transformadora que su presencia física.
Ser cristiano consiste en alcanzar una vivencia personal y comunitaria de la realidad Padre – Hijo – Espìritu que nos empuja a la plenitud del ser , a una humanidad constituìda teologalmente y, por lo mismo, definitivamente humana y definitivamente divina.
Cuando en el evangelio se nos presenta a Jesùs en total intimidad con el Padre, dándole el tratamiento de máxima confianza con la expresión “Abba”, se nos està proponiendo que también nosotros vayamos a esa misma comunión, gracias al trabajo del Espìritu en nosotros: “Abbà, Padre, todo es posible para tì; aparta de mì esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tù” (Marcos 14: 36);” Y, dado que ustedes son hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espìritu de su Hijo, que clama: Abbà, Padre!. De modo que ya no eres esclavo sino hijo; y, si eres hijos, también heredero por voluntad de Dios” (Gàlatas 4: 6-7).
Esto es lo que Jesùs vivió con plena intensidad, y es lo que nos invita a vivir en las mismas condiciones en que El lo hizo. Así surge la nueva humanidad que arraigada en la trascendencia hacia el Padre y hacia el prójimo, sin requisitos preestablecidos, un encuentro con el Otro y con los otros, determinado por la gratuidad de Dios, donde no hay transacciones interesadas sino comuniones que persiguen la vida digna y justa para todos los humanos.
Es el Espíritu el que inaugura este nuevo tiempo, en el que la Iglesia es el gozoso resultado de la Pascua, tiempo ecuménico, el diálogo y encuentro fraterno de los opuestos que se encuentran en el Espíritu del Resucitado, experimentando una globalización salvífica y liberadora, como no se había visto hasta entonces en el desarrollo de la historia.
Ya dijimos antes que el Espíritu no produce personas uniformes, manipuladas por un colectivismo que anula la originalidad de cada ser, en Dios se origina una fuerza vital que favorece lo típico de cada persona, de cada comunidad, de cada contexto, para servir creativamente al bien común de toda la humanidad y de la Iglesia: “Hay diversidad de carismas pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que actúa todo en todos” (1 Corintios 12: 4-6).
También el Espíritu capacita a cada bautizado en particular y a la Iglesia toda para comunicar la Buena Noticia de este Dios que acoge a todos, con exquisita cercanía y misericordia, encarnándose en todo lo humano para situarlo en la perspectiva de la salvación y de la liberación.
La Iglesia es, gracias a este don, una comunidad enviada en misión por el mismo Jesús: “La paz con ustedes. Como el Padre me envió también yo los envío. Dicho esto, sopló y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos” (Juan 20: 21-23).
Pentecostés es la oportunidad privilegiada para salir al rescate de lo esencial humano y de lo esencial cristiano: dialogar, convivir armónicamente en la diferencia, servir y construír una cultura de solidaridad, acoger, reconciliar, sanar heridas, restaurar los vínculos que el egoísmo pierde, dar las mejores razones para la esperanza, proteger la creación y garantizar que esta sea compartida por todos en igualdad de condiciones, aspirar a la consumación plena en la vida inagotable del Padre que nos llama a todos hacia El.

domingo, 28 de mayo de 2017

COMUNITAS MATUTINA 28 DE MAYO SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR

Todo lo ha sometido bajo sus pies, lo ha nombrado cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo y se llena del que llena de todo a todos”
(Efesios 1: 22-23)
Lecturas:
  1. Hechos 1: 1-11
  2. Salmo 46
  3. Efesios 1: 17-23
  4. Mateo 28: 16-20
Haciendo el habitual esfuerzo de interpretación de los textos bíblicos y dando el salto cualitativo para descubrir su sentido teológico y antropológico, vamos a fijarnos en lo que significa la realidad de la Ascensión de Jesús, evento que es mucho más que un prodigio que altera las leyes ordinarias de la naturaleza.
Ya nos hemos referido varias veces al asunto del lenguaje que utilizan los relatos bíblicos, bien distinto de nuestra mentalidad contemporánea, pero siempre apuntando a dar testimonio de la fe en Dios y de la forma como esta resulta plenamente conectada con las expectativas de sentido de nosotros, los seres humanos.
Lo de hoy es encontrarnos maravillados con el señorío de Jesús que implica también a la humanidad, haciéndola participar de tal condición. En la primera lectura – de Hechos de los Apóstoles – encontramos trazados los rasgos específicos de la esperanza cristiana. En los textos de los recientes domingos de Pascua hemos escuchado a Jesús refiriendo todo su ser al Padre, aval de la totalidad de su misión y también prometiendo el Espíritu como garantía de que El permanecerá animando la vida de quienes siguen su camino, configurando la Iglesia y constituyéndose como razón y sentido de todos aquellos que opten libremente por asumir su proyecto de vida.
Ahora el testimonio de la comunidad primitiva que da origen a este relato lo presenta en términos de consumación y plenitud: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes, y serán testigos míos en Jerusalén, Judea y Samaría, y hasta el confín del mundo. Dicho esto, en su presencia se elevó, y una nube se lo quitó de la vista. Seguían con los ojos fijos en el cielo mientras él se marchaba, cuando dos personajes vestidos de blanco se les presentaron y les dijeron: hombres de Galilea, qué hacen ahí mirando al cielo? Este Jesús, que les ha sido arrebatado, vendrá como lo han visto marchar al cielo” (Hechos 1: 8-11)
El texto de la carta a los Efesios conecta el señorío del Mesías Jesús con la comprensión que deben tener los miembros de la comunidad eclesial acerca de la esperanza a la que quedan abiertos gracias a la acción pascual del Señor, toda la vida de los seres humanos es re-significada en esta plenitud de Jesús.
Esta certeza da sólida consistencia al compromiso cristiano con la dignidad humana, con la reivindicación de sus derechos, con la opción preferencial por los más pobres, con el cuidado de la vida en todas sus manifestaciones; el ser humano, así visto, es rostro de Dios, gracias al señorío de Jesús.
Pablo acredita esta convicción ante los Efesios con estas palabras: “Y la grandeza extraordinaria de su poder a favor de nosotros los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa; poder que ejercitó en Cristo resucitándolo de la muerte y sentándolo a su diestra por encima de toda autoridad y potestad y poder y soberanía, y de cualquier título que se pronuncie en este mundo o en el venidero” (Efesios 1: 19-21).
Cuando decimos que Jesús es el Señor estamos reconociendo que en El Dios Padre ha acontecido definitivamente revelándonos al mismo tiempo lo más pleno y definitivo de su divinidad y lo más pleno y definitivo de nuestra humanidad, entendiéndose esta inserta en aquella, lo que nos recuerda la afirmación clave del Génesis: “ Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó” (Génesis 1: 27).
Junto con los elementos de reconocimiento de este señorío también aparece la dimensión de universalidad del proyecto que Dios Padre nos ofrece en Jesús, hecho que subraya ahora sí de modo decisivo el trabajo constante que él hizo con sus discípulos y con otros abriéndoles la mente y el corazón a una realidad de vida que no podía limitarse al ámbito de la ley y de las tradiciones religiosas de los judíos, contexto bien conocido a través de las controversias sostenidas por El con los sacerdotes y maestros de la ley, y también con la dureza de mente de sus seguidores.
El gran interés de Dios que aquí se evidencia está dirigido a todos los seres humanos, su cercanía y compasión, su misericordia, su voluntad, sólo tienen en la mira la total realización y felicidad de la humanidad. Y esto lo significa con eficacia en la persona del Señor Jesucristo, cuya condición simultánea de Dios y de ser humano es la concreción del querer del Padre para todos los que con libertad acojan su iniciativa de sentido y de salvación.
De esta universalidad se desprende la condición misionera de la Iglesia, el envío a comunicar la Buena Noticia, a restaurar al ser humano caído por el pecado y por la injusticia, sometido por las indignidades que otros deciden para oprimir y maltratar a muchos.
Las siguientes palabras de Jesús no se quedan solamente en un trabajo de proselitismo religioso y de aumentar numéricamente el conjunto de los seguidores, ellas son un envío claro a llenar de sentido teologal la historia de la humanidad: “ Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Por tanto, vayan a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enséñenles a cumplir cuanto les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mateo 28: 18-20).

domingo, 21 de mayo de 2017

COMUNITAS MATUTINA 21 DE MAYO DOMINGO VI DE PASCUA

No los dejaré huérfanos: volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán”
(Juan 14: 18-19)

Lecturas:
  1. Hechos 8: 5-17
  2. Salmo 65: 1-7, 16 y 20
  3. 1 Pedro 3: 15-18
  4. Juan 14: 15-21
Las comunidades de cristianos de la primera generación son bien conscientes de la presencia del Dios de Jesús y del Espíritu animándolos y dando razón de ser a todo lo que empezaban a hacer en medio de las condiciones contradictorias a las que nos hemos referido en comentarios anteriores.
Todo el capítulo 14 de Juan, que venimos proclamando desde hace varios domingos pascuales, es un esfuerzo de dar a entender que esa presencia no es algo que se queda en los primeros creyentes, como distante de los que siguieron y también de nosotros, los cristianos del siglo XXI.
El lenguaje de Jesús es reiterativo en este texto, y se refiere a sus seguidores de todos los tiempos de la historia, siempre con la intención de infundir ánimo y certeza de El mismo como el Viviente, el que nos hace vivir con la misma vida suya que es la de Dios. Con palabras como las que siguen nos infunde su aliento de vida definitiva: “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán” (Juan 14: 18-19)
La Iglesia es la comunidad de los discípulos de Jesús, todo en ella tiene valor si está referido a El como la Buena Noticia de Dios que va constantemente “en salida” – para usar esa conocida expresión del Papa Francisco – hacia el ser humano en cualquier contexto y situación en que se encuentre, sin distinguir condición social o económica, moral o religiosa, Dios a través de Jesús es todo vida , plenitud, misericordia, para la humanidad, sin límites de ninguna clase.
Aquí nos encontramos , para entender mejor la anterior afirmación, con esa multitud de realidades que afectan negativamente nuestra existencia, infinidad de precariedades, de vacíos, de desencantos, de sufrimientos, de injusticias. Es el misterio de la contingencia radical, de las inevitables limitaciones que “llevamos puestas” como parte sustancial de nuestra condición. Eso les acontecía a los primeros discípulos y nos acontece también a nosotros, a todos los humanos.
Con tal constatación vamos a la pregunta de fondo, que surge como la cuestión por excelencia de la humanidad: tiene sentido la vida? Somos mucho más que este conjunto de realidades que frenan el ímpetu de nuestra búsqueda de felicidad? O, por el contrario, estamos abocados irremediablemente al fracaso? Quien nos da una razón para la esperanza?
De qué manera Jesús es respuesta para este inquietud fundamental? Al respecto se impone decir que el cristianismo no pretende ser una realidad de “marketing” religioso, haciendo proselitismo desaforado para ganar clientela, aumentar estadísticas y competir con otras ofertas de fe.
El cristianismo es una manera de vivir al estilo de Jesús, comunitariamente, eclesialmente, siguiendo la inspiración de su Evangelio, reconociendo al Padre Dios en El, totalmente saturado de su ser, asumiendo como lógica de vida las mismas decisiones suyas en términos del servicio amoroso a todos los humanos, con la preferencia bien conocida y reconocida de aquellos a quienes la sociedad excluye, condena y maltrata.
Dice Jesús claramente: “El que tiene mis mandamientos y los lleva a la práctica, ese es el que me ama; y el que me ama será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él” (Juan 14: 21). Quien no está dispuesto a amar al prójimo, a reconocerlo, a servirlo, a promoverlo, a respetarlo, a dignificarlo, no tiene capacidad de amor a Dios y a Jesús. La projimidad es el referente por excelencia del dinamismo teologal en nuestra vida.
Las exigencias de ese amor no son impuestas por una determinación normativa, surgen ellas de la interioridad de quienes se empeñan en optar por este camino, y son asumidas con la feliz libertad del amor. Esto es lo que da plenitud y razón de vida, nada más lo puede suplir. Entramos así en el núcleo de la coherencia entre la fe y la vida, la mutua implicación que encontramos reflejada en el sabio refrán “obras son amores y no buenas razones”.
Jesús no está dando a sus discípulos un consuelo “anestésico” e individualista, si se nos permite la expresión, como diciendo a ustedes que son tan buenos yo los recompensaré siendo su protector, sin exigirles nada. Justamente aquí reside el compromiso primero que se pide a quienes se entusiasman con la causa cristiana: se trata de configurarse con El, de ser y vivir con El y como El, de afrontar con entereza todo lo que se derive de esta decisión, en esta perspectiva se abre con claridad que el contenido central de tal exigencia es la referencia al prójimo humillado, abatido, vilipendiado. Esto es normativo en el seguimiento de Jesús!
Un bello ejemplo de esto lo encontramos en la primera lectura – de Hechos de los Apóstoles – en la que relata el ministerio del diácono Felipe: “Los que se habían dispersado fueron por todas partes anunciando la Buena Nueva de la palabra. Felipe bajó a una ciudad de Samaría y se puso a predicarles a Cristo. La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque ellos oían y veían los signos que realizaba…..Hubo una gran alegría en aquella ciudad” (Hechos 8: 4-7).
Su servicio apostólico se distinguió por la inclusión y la apertura. Recordamos que para los judíos tradicionales la región de Samaría y sus habitantes , los samaritanos, eran considerados malditos y despreciables por haber erigido un culto distinto del templo de Jerusalén. Esta “excomunión” no cuenta para Felipe, él sabe que ahora en el camino de Jesús dejan de existir las condenas y las exclusiones. Edificante y severa referencia para los homofóbicos de estos tiempos nuestros en los que hay creyentes con más visos de fariseísmo que de Evangelio!
Felipe realiza signos que hacen creíble el reino de Dios y su justicia: “Y es que de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados” (Hechos 8: 7). La existencia cristiana debe estar respaldada por estas señales comunicadores de vida y de dignidad.
Para señalar un bello ejemplo, poco conocido entre nosotros, les proponemos enterarse de las bellas realizaciones de credibilidad evangélica que promueve la Hermana Rosemary Nyirumbe, una religiosa ugandesa que se ha dedicado a promover niñas y mujeres de su país, protegiéndolas del abuso sexual y de la humillación que esto conlleva, en medio del conflicto armado que afecta a varias regiones de su país. En internet pueden ustedes localizar varias referencias de esta noble tarea, un testimonio – entre muchos – que nos hablan con nitidez de la coherencia de los buenos seguidores del Señor Jesús.
Les proponemos pensar en tres regiones de nuestro país, especialmente azotadas por la pobreza, la violencia y la marginalidad: Tumaco, Buenaventura, el Departamento del Chocó. Confluyen allí todas las malignidades de seres humanos cuya penosa meta es impedir la vida y la felicidad de sus semejantes. Entre políticos desalmados, gobernantes incompetentes, y grupos violentos se conjugan los más perversos factores que dificultan notablemente la calidad de vida, la convivencia pacífica, el desarrollo sostenible de estas comunidades, el derecho a la dignidad.
Cómo ser para ellos esperanza y aliento vital? Cómo hacer presente allí la Buena Noticia de Jesús? Como aportar a la reivindicación de estas buenas gentes, entre las que muchos sobresalen por el temple que les lleva a no dejarse dominar por tanta adversidad?
Tenemos conocimiento de que allí la Iglesia es la que lleva la voz cantante, acompañando y protegiendo a las comunidades, desarrollando proyectos de organización comunitaria y de emprendimiento social, levantando la voz para denunciar los atropellos, y haciéndose todo con ellos como Jesús: “En cualquier caso, aunque sufrieran a causa de la justicia, dichosos ustedes. No les tengan ningún miedo ni se turben. Al contrario, den culto al Señor, Cristo, en su interior, siempre dispuestos a dar respuesta a quien les pida razón de su esperanza” (1 Pedro 3: 14-15).
El Espíritu del Señor Resucitado se hace historia en los sujetos y en las comunidades que toman en serio su Buena Noticia, que se indignan ante las injusticias y humillaciones que sufren tantos prójimos, que hacen de esa indignación un estímulo para la solidaridad y para la pasión por la justicia, como señal de credibilidad de que el Reino ya está en medio de nosotros.
Cuando algunos creyentes se dedican a esgrimir posturas de intransigencia, pretendiendo ser dueños de la verdad , condenando sin piedad modos de vida que a ellos les parecen inmorales y poniendo a Dios como pretexto para tales exclusiones, es imperativo que nos dejemos seducir por el Espíritu , que nos hace sus instrumentos para presentar el rostro original del Padre, y para significar la genuina conducta evangélica de compasión, de cercanía misericordiosa, de tal manera que suceda lo mismo que pasó con el ministerio del diácono Felipe: “Hubo una gran alegría en aquella ciudad” (Hechos 8: 8).

domingo, 14 de mayo de 2017

COMUNITAS MATUTINA 14 DE MAYO DOMINGO V DE PASCUA

Le dijo Tomàs, Señor, no sabemos a dònde vas; còmo podemos saber el camino? Respondiò Jesùs: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mì”
(Juan 14: 5-6)
Lecturas:
  1. Hechos 6: 1-7
  2. Salmo 32: 1-5 y 18-19
  3. 1 Pedro 2: 4-9
  4. Juan 14: 1-12
Nos ayuda mucho, por aquello del contexto y pretexto de los textos bíblicos, saber que las lecturas que la Iglesia propone en estos domingos de Pascua surgen del dinamismo de la Iglesia naciente, del movimiento de las comunidades primitivas, y también de los temores e inseguridades que experimentaban ante el ambiente social y religioso que les era francamente hostil.
El poder político romano los veìa como potenciales subversivos y agitadores en el mundo de los pobres, la lógica griega de la razón los tenía por insensatos al depositar toda su confianza en un crucificado, que en esa óptica era un fracasado, y la rigidez de los judíos no aceptaba que se mantuviera vigente el ideal de aquel a quienes ellos habían llevado a la muerte, por juzgarlo contrario a sus convicciones religiosas.
El evangelista Juan pone en boca de Jesùs la vivencia pascual de esas comunidades, que entre desconcierto y esperanza van surgiendo: “No se angustien ustedes. Crean en Dios: crean también en mì. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, no les habrìa dicho que voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volverè y los tomarè conmigo, para que donde estè yo, estèn también ustedes” (Juan 14: 1-3).
Las palabras de Jesùs en este evangelio se orientan a alentar la esperanza de sus seguidores, cuando toman en serio todas las implicaciones de seguir su camino, dentro del que necesariamente surgen el conflicto, la crisis, la incomprensión, como consecuencia de vivir proféticamente y de confrontar la mentira, la injusticia, el egoísmo, la violencia que unos ejercen sobre otros, como ha sucedido a tantos en estos siglos de historia cristiana.
Po su parte, la primera carta de Pedro recuerda las numerosas persecuciones vividas por la Iglesia Apostólica y, consciente de esto, les llama la atención sobre la inmensa dignidad que se les ha conferido al identificarse tan señaladamente con el Señor Jesús y con su cruz: “Pero ustedes son una familia escogida, un sacerdocio al servicio del rey, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios. Y esto es así para que anuncien las obras maravillosas de Dios, que los llamó a salir de la oscuridad para entrar en su luz admirable” (1 Pedro 2: 9).
Cabe aquí insistir de nuevo en algo que es definitivo en el camino cristiano. La glorificación, como en el caso de Jesús, no se obtiene según el vano honor del mundo, con privilegios, reconocimientos, aplausos, encumbramientos. El ha llegado a la gloria a través de la cruz, su corona es fruto de la donación cruenta de su vida, de su empequeñecimiento en el amor, lo que Pablo llama kenosis-anonadamiento, desproveerse de toda arrogancia y libre renuncia a las prebendas propias del poder.
Es esto hablar de cosas lejanas en el tiempo y distantes de nuestra cotidianidad? Parece que no, por eso preguntémonos qué sucede cuando nos vienen los momentos difíciles, los vacíos existenciales, las carencias, los abandonos, las muchas maneras en que la precariedad se evidencia en nosotros.
Tiene la fe en Jesús una palabra de sentido para aportar en tales circunstancias? Guardadas las debidas proporciones de tiempo y lugar se trata de situaciones semejantes a las padecidas por aquellos cristianos primeros de la historia.
Ya sabemos que para muchos esto sólo se puede vivir desde el escepticismo radical, ausencia total de esperanza, con la conciencia trágica de que todo concluye en un absurdo. Otros lo viven evadiendo la responsabilidad de afrontar la faceta dramática de la existencia, construyendo paraísos artificiales en el consumo, en las felicidades efímeras, en las comodidades materiales. Finalmente, muchísimos, incapaces de la entereza requerida para enfrentar el aspecto doloroso de la existencia, hacen de lo religioso un refugio que los anestesia momentáneamente.
Cómo se encara esto en clave del seguimiento de Jesús? A esto tratan de responder las vivencias de los primeros cristianos cuando sus dramas son desvelados pascualmente, y cuando al temor suceden la certeza del Viviente inspirando sus decisiones y sus conductas, con la feliz consecuencia de la valentía apostólica que convida a muchos a hacer parte de su proyecto: “El mensaje de Dios iba extendiéndose, y el número de los creyentes aumentaba mucho en Jerusalén. Incluso muchos sacerdotes judíos aceptaban la fe” (Hechos 6: 7)
Para estos cristianos primitivos la relación con Jesús es eminentemente esperanzadora, garantía de confianza, El mismo lo afirma cuando responde al desconcierto de Tomás: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Solamente por mí se puede llegar al Padre. Si ustedes me conocen a mí, también conocerán a mi Padre; y ya lo conocen desde ahora, pues lo han estado viendo” (Juan 14: 6-7).
Las palabras del evangelio de este domingo provienen de la última cena de Jesús con sus discípulos, cuando la realidad les es bien sombría: anuncia la negación de Pedro, la traición de Judas, el conflicto que está a punto de llegar a la máxima contradicción con los dirigentes judíos, el anuncio de su partida, el ambiente caldeado sin que se vislumbre esperanza.
Podemos imaginar un cuadro más desolador? A esto responde el Señor con su declaración de ser camino, verdad, y vida, palabras que desde luego no son originales suyas sino de la comunidad que origina este relato, habiendo probado en su experiencia concreta el significado de estar en crisis y de descubrir la gozosa superación de sus angustias.
  • Jesús es CAMINO que empieza y concluye en Dios, así como El es el modelo del ser humano pleno y realizado, que ha recorrido el sendero de la cruz y de la ignominia, siguiendo aquello de “que nadie tiene mayor que el que es capaz de dar la vida por sus amigos” (Juan 15:13), para ser asumido por la plenitud del Padre.
  • Jesús es VERDAD por ser fiel a su conciencia, porque ha llegado a ser lo que tenía que ser, porque hace presente a Dios que es su verdadero ser. Si nosotros, seres humanos, descubrimos que Dios está identificado con nosotros, ya lo somos todo, como Jesús.
  • Jesús es VIDA porque en El ha sido comunicada la vida misma de Dios: “Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí….” (Juan 14: 11).
  • Hacerse Hijo, como Jesús, es hacer presente al Padre-Madre que le participa de su vitalidad. Esto nos conduce a la respuesta que se origina en Dios como salida a todos los posibles dramas que se nos presentan en la vida. Consiste en que si nosotros – discípulos – nos identificamos con Jesús, participamos de la misma vida de Dios que está en El.
  • A esta conclusión se llega por un proceso similar al de aquellos cristianos primitivos, corriendo el riesgo de la fe, viviendo con intensidad la aventura de creer, desarmando el cristianismo de inercia sociocultural que hoy tenemos para pasar al genuino, al de libre opción, el que se asume con la claridad simultánea de lo dramático y de lo pascual que se contienen en toda historia humana.
Tal vivencia nos conecta con apasionantes historias de hombres y mujeres creyentes que han vivido situaciones límite, aparentemente sin salída, de las que han surgido conscientes de la vida de Dios actuando en ellos , con su humanidad resignificada por el Espíritu. El conocimiento vivencial de Jesús – conocimiento interno como lo llama Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales – hace posible que el Padre se manifieste en el discípulo, y que este – como Jesús – sea reflejo de su gloria.
Entre tantas historias de desencanto y esperanza, de tragedia y de resurrección, les queremos proponer hoy la de un cristiano notable del siglo xx. Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) alemán, miembro de la Iglesia Evangélica Luterana de su país, pastor de la misma y teólogo, vivió su breve existencia en medio de la tragedia que para el mundo y para Alemania fue la tiranía de Adolfo Hitler, con su patético régimen de campos de concentración, de encarnizada persecución a los judíos, de crueldades y crímenes sin cuento.
Este hombre, como consecuencia de la seriedad con la que tomó su fe cristiana, participó activamente de la resistencia contra el nazismo, y por esto fue llevado a un campo de concentración y ejecutado el 9 de abril de 1945, unos días antes del final de la II guerra mundial. Su fe y su esperanza son vividas en medio de tan grande contradicción.
Su amigo Eberhard Bethge coleccionó sus cartas y escritos en el cautiverio en un bello texto que se llama “Resistencia y sumisión”, en el que transparenta la solidez de sus convicciones cristianas, que también inspiraron su condición de ciudadano alemán, empeñado en una sociedad libre y respetuosa de la vida y de la dignidad humana.
En la carta que escribe a su madre, Ruth von Wedemeyer, el 10 de abril de 1944, dice: “El tiempo entre pascua y ascensión siempre me ha resultado especialmente importante. Nuestra mirada se dirige ya a lo último, pero todavía tenemos nuestras tareas, nuestras alegrías y nuestros dolores en esta tierra, y la fuerza de la vida nos es otorgada por la pascua…..Yo también quiero marchar por ese camino con María, completamente preparado para lo último, para la eternidad, y con todo totalmente presente para las tareas, para las bellezas y para las necesidades de esta tierra”.
Palabras así no surgen fortuitamente, ellas son resultantes de la firmeza del que sabe en quien ha depositado su confianza, probado en la cruz de la humillación a la que fue sometido por sus captores, pero convicto y confeso de Pascua y de esperanza. Que así , como en este emblemático caso, sea para todos nosotros.

domingo, 7 de mayo de 2017

COMUNITAS MATUTINA 7 DE MAYO DOMINGO IV DE PASCUA

Pues ustedes andaban antes como ovejas extraviadas, pero ahora han vuelto a Cristo, que los cuida como un pastor y vela por ustedes”
(1 Pedro 2: 25)
Lecturas:
  1. Hechos 2: 36-41
  2. Salmo 22: 1-6
  3. 1 Pedro 2: 20-25
  4. Juan 10: 1-10
Sucede que en los modos habituales en los que está organizado el mundo predomina el modelo jerárquico, autoridades y súbditos sometidos a ellas, ordenamiento de poderes que se manejan verticalmente, asì funcionan la mayoría de las organizaciones políticas, empresariales, religiosas, sociales.
A esto se añade que hay una gran preferencia por el poder, entendido como dominio sobre otros, gran deseo de muchos en la sociedad es ascender escalones hasta llegar al máximo nivel, cifrando en esto la felicidad. Con notable frecuencia este tipo de lógica deriva en autoritarismo y dictaduras, tiranizando con violencia a quienes están sometidos. La historia de la humanidad sobreabunda en dominaciones de unos pocos sobre muchos.
La obsesión por el poder llega a ser idolatrìa, verdadera enajenación que ha traìdo a la humanidad desgracia, muerte, esclavitud. Circulan nombres tristemente cèlebres como Hitler, Stalin, Pinochet, la familia Somoza de Nicaragua, Trujillo de la Repùblica Dominicana, Francois Duvalier de Haitì, Videla de Argentina, Neròn en la antigüedad romana, y tantos otros a los que asociamos con las mayores humillaciones para millones de seres humanos.
Y entonces – en abierta provocación profética - aparece Jesùs rompiendo estos esquemas, enseñando que el verdadero sentido de la existencia reside en el servicio amoroso y solidario, en la donación de la vida hasta la consecuencia mayor del martirio, en la abnegación sin reservas para llevar vida en abundancia a quienes la han perdido por causa de esa idolatrìa del poder, y lo hace – como lo propone el evangelio de hoy – bajo la figura del pastor que se compromete ilimitadamente con la vida y con la dignidad de sus ovejas: “Esto les aseguro: Yo soy la puerta por donde pasan las ovejas. Todos los que vinieron antes de mì, fueron unos ladrones y unos bandidos; pero las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta: el que por mì entre, se salvarà. Serà como una oveja que entra y sale y encuentra pastos” (Juan 10: 7-9).
Con estas imágenes , Jesùs alude a quienes buscan a la gente para utilizarla en interés propio, usándola como trampolín para su ascenso, exprimièndola sin compasión, fuertes referencias las que hace a tales mercenarios. Por feliz oposición, todo en èl, su misión, sus palabras, sus gestos, sus actuaciones son para comunicar un modo bienaventurado de humanidad en el que reside la divinidad: “…pero yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).
Todo el que se interese en este camino está llamado a asumir el mismo estilo de servicio, de compromiso personalizado con quienes se han puesto bajo su responsabilidad, de dar todo lo mejor para las ovejas que se le confían, sin buscar en ello ningún reconocimiento distinto de la satisfacción de reivindicarlas en su dignidad, de contribuír señaladamente a la mejor humanidad de todos los que integran el rebaño.
De eso hemos escuchado con frecuencia en estos años del ministerio del Papa Francisco, con sus conocidas expresiones sobre la Iglesia que debe estar siempre en salida, dejando atrás la autorreferencialidad, instando a los pastores a “oler a oveja”, renunciando a mentalidades y estilos de vida que reflejen riqueza y poderío, “primereando” en la disposición de servicio, como cuando dice: “La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. Primerear: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor; y, por eso, ella sabe adelantarse, toma la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluídos” (Papa Francisco. Exhortación Apostólica “La alegría del Evangelio”, No. 24) .
Este domingo – debido al contenido del evangelio que se proclama – se conoce tradicionalmente como del Buen Pastor, con esto se quiere expresar el afecto y gratitud de las comunidades hacia sus pastores , los obispos y los sacerdotes, sin olvidar que este estilo de pastoreo es justamente para que todos, sin excepción, animados y estimulados por quienes los presiden en la caridad, adopten este talante.
En la Iglesia existe un elemento que es esencial para comprenderla como comunidad de los discípulos de Jesús, es su condición ministerial, recordando que esta palabra proviene del latín minister, que significa literalmente servidor, y es asociada con “menesteres”, los oficios más humildes para bien de todos.
El Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Iglesia – “Lumen Gentium” – la ha definido como Pueblo de Dios y Sacramento Universal de Salvaciòn, destacando el aspecto ministerial de quienes son ordenados para servicio de la misma – obispos, sacerdotes, diáconos – e indicando que una consecuencia clara del bautismo es la de ser y vivir todos en condición ministerial, sin excepción.
Una afirmación asì marca el contraste que se convierte en exigencia de vida para los ministros ordenados y para las comunidades a ellos confiadas, este principio es el que inspira las siguientes palabras de Jesùs: “Como ustedes saben, entre los paganos los jefes gobiernan con tiranìa a sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no debe ser asì. Al contrario, el que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás; y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser su esclavo. Porque, del mismo modo, el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Mateo 20:25-28).
Las comunidades cristianas deben ser asì y deben ayudar y exigir a sus pastores que sean asì, deponiendo todo culto a la personalidad, optando por modos de vida sobrios, distinguiéndose en su atención cuidadosa a los màs humildes y desconocidos, haciendo de todas sus manifestaciones una rèplica de ese modo original del Señor que es el que verdaderamente persuade.
Atràs han de quedar vanidades y prepotencias, vestimentas principescas, títulos de poder, y dar paso sin reservas a un ministerio que se inspire en estas palabras de Pedro, de la segunda lectura de este domingo: “ Cristo no cometió ningún pecado ni engañò jamàs a nadie. Cuando lo insultaban, no contestaba con insultos; cuando lo hacían sufrir, no amenazaba sino que se encomendaba a Dios, que juzga con rectitud. Cristo mismo llevò nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, para que nosotros muramos al pecado y vivamos una vida de rectitud. Cristo fue herido para que ustedes fueran sanados” (1 Pedro 2: 22-24).
Esto tiene plena consistencia pascual porque la resurrección de Jesùs es la adquisición de una novedad de vida que procede de Dios, es lo que experimentan los primeros discípulos, superando sus temores, cobardìas, precariedades, dejándose tomar por el Espìritu para servir a sus contemporáneos con la comunicación de la Buena Noticia, que levanta a los seres humanos caìdos por el egoísmo y por la injusticia, dominados por los poderes tiránicos.E l ser humano nuevo que aquí se origina tiene su raíz en el mismo Señor Resucitado.
La comunidad de Juan, de la que procede el relato evangélico que se denomina con tal nombre, està hablando testimonialmente de la Vida que ha recibido de Jesùs el Viviente: “Pero yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Juan 10: 10), no es una proclamación retòrica sino la afirmación existencial de Jesùs sucediendo en ellos e invitándolos a convertirse en el punto de partida de la Iglesia, para que esta en cada generación de su historia sea lo mismo, haga lo mismo, proclame lo mismo, y en todo sea consecuente con ese acontecimiento que marca la garantía de sentido para todos los que acepten esa oferta de plenitud.
En este espíritu las palabras de Jesùs confrontan a los malos pastores por su lejanìa de la comunidad, por entender su función como poder, y también…. penosamente! – por los conocidos e inaceptables abusos con niños y jóvenes, pecado que tanto avergüenza a la Iglesia y mancha dolorosamente la dignidad del ministerio.
Un autèntico pastor es el que se dedica en totalidad al ejercicio de la misericordia, a la inclusión, a tener en cuenta a cada uno de los suyos sin distinguir por condición social o ideológica, sin fobias ni antievangélicos criterios de discriminación, cada oveja le interesa por sì misma, por el valor y dignidad que cada una posee. Mientras los dirigentes del templo llevan las ovejas a la muerte, Jesùs las lleva hacia la vida!.
La verdadera humanidad de Jesùs que se expresa con toda verdad en su pastoreo, en dar a todos la vida del Padre, es el camino que nos permite acceder a su divinidad. El restituye a las ovejas en su verdadero ser y en favorecer que cada una alcance su plenitud.
Por poner un bello ejemplo, entre muchos que se pueden destacar, de coherencia con lo que la Iglesia nos plantea en este cuarto domingo de Pascua, les proponemos reconocer la vida de Francisco Javier Nguyen Van Thuan (1928-2002), obispo y cardenal vietnamita, prisionero durante largos años en un campo de concentración de su país, pastor que, una vez recuperada su libertad, se entregò en estos términos pascuales al ministerio de sus comunidades, de modo infatigable y en plena identificación con el Señor Jesùs. La Iglesia adelanta ahora su proceso de beatificación.

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