“Entonces, si el pan es uno solo, también nosotros, aún siendo
muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan”
(1 Corintios 10: 17)
Lecturas:
1. Deuteronomio 8: 2-16
2. Salmo 147: 12-20
3. 1 Corintios 10: 16-17
4. Juan 6: 51-58
Todo
lo que se origina en Dios es vitalidad, salud, alimento, siempre con
desmedida abundancia. Por eso el testimonio original de la fe de Israel
es la certeza en un Dios creador, dador de vida y comprometido con la
misma, porque: “El te afligió, haciéndote pasar hambre y después te
alimentó con el maná – que tu no conocías ni conocían tus padres – para
enseñarte que el hombre no vive sólo de pan, sino de todo lo que sale de
la boca de Dios” (Deuteronomio 8: 3).
Dios es sobreabundancia y
alimento, don de sí a la humanidad, es lo que expresa con marcada
elocuencia esta memoria del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, explícita
referencia al sacramento eucarístico y a su esencial capacidad nutricia.
Como siempre, hacemos el esfuerzo de captar el sentido a través
de un lenguaje propio de nuestra cotidianidad , con el fin de enfatizar
su fuerza significativa, su sacramentalidad, su eficacia salvadora y
liberadora.
El alimento es indispensable para el buen vivir. La
madre naturaleza tiene esto tejido en su ser y en su quehacer,
dinamismo que nos permite la buena vitalidad y la salud. El cuerpo
materno produce la leche para alimentar al bebé en los primeros tiempos
de su vida, el cuerpo humano lleva consigo el germen de la misma,
apasionante constatación esta del misterio vital y alimenticio en los
orígenes mismos del ser!
El paso dramático de los israelitas por
el desierto durante 40 años, según lo refiere el libro del Exodo,
despojados de seguridades, expuestos a la ruptura y a la crisis,
vivenciando toda clase de carencias, es un prototipo de la
experiencia humana. Salir de la comodidad, romper con las
esclavitudes confortables, lanzarse a la aventura de un mundo promisorio
pero de entrada incierto, correr el riesgo de la libertad, asumir las
contradicciones, pero soñar siempre con esa tierra prometida “que mana
leche y miel, territorio de la nueva humanidad.
Quién puede decir
que no ha vivido soledades, vacíos, desencantos, carencias,
desesperanzas? Quien no ha sido expuesto al dramatismo del desierto
existencial? Quien no ha experimentado el hambre y la sed? Quien no ha
protestado ante Dios por esto? Estas radicales inquietudes hacen parte
inevitable de la tarea de encontrar sentido a todo lo que se es y se
hace. Tal es el paradigma contenido en la travesía del pueblo hebreo por
el desierto.
“Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha
hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para
ponerte a prueba y conocer tus intenciones, y ver si eres capaz o no de
guardar sus preceptos” (Deuteronomio 8: 2), es un texto de memoria que
propone al creyente israelita su propia biografía de prueba y crisis,
para permanente recuerdo liberador, en el que no ha de olvidarse lo
pactado con Yavé Dios, compromiso llamado alianza, en el que se vive la
reciprocidad de este Dios fiel, incondicional, aguardando la respuesta
del creyente que modela su condición humana en esta perspectiva
teologal, vale decir, digno y honesto, genuino ciudadano de la tierra
prometida.
Quien nos alimentó cuando eramos niños dependientes?
Quien nos mantuvo vivos, quien nos protegió, quien se preocupó por
nosotros, de donde vino nuestra nutrición física, espiritual, emocional?
En quienes descubrimos este sacramento fundante de nuestro ser? Papá y
mamá, cuidadores, protectores, alimentadores, amantes, son ellos la
hermosa expresión de este amor original y originante.
En
contraste con esta seductora gratuidad, resulta tan escandaloso e
indignante constatar que varios miles de millones de seres humanos viven
desnutridos, negados en su esperanza, excluídos del pan y afecto
cotidianos, de la mesa bien servida, mientras muchos – desconocedores
del sentido de lo gratuito - están sumergidos en una abundancia
irresponsable y ajena a todo sentimiento de solidaridad. Tal penuria y
escándalo contiene una exigencia ética y eucarística de primer orden!
Si
experimentamos la gracia y el beneficio de ser nutridos, estamos
llamados también a dar con gratuidad lo que así hemos recibido: “Cuando
el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de
torrentes, de fuentes y aguas profundas que manan en el monte y la
llanura; tierra de trigo y cebada, de viñas , higueras y granadas,
tierra de olivares y
de miel; tierra en que no comerás medido el pan, en que no carecerás
de nada…. Entonces, cuando comas hasta hartarte, bendice al Señor tu
Dios, por la tierra buena que te ha dado” (Deuteronomio 8: 7-10).
Con
esta invitación tan concreta, en la que las bendiciones se materializan
en los dones del alimento y del bienestar, se propone a los creyentes
israelitas, también a nosotros, hacernos conscientes del talante
gratuito de todo lo que viene de Dios, cuya contraparte es la
construcción de un mundo marcado felizmente por esa misma gratuidad, en
el que todos los humanos puedan servirse de la mesa de la vida en
igualdad de condiciones.
Recibido por vía gratuita, el buen Dios
espera de nosotros el compromiso igual de una fidelidad de la misma
naturaleza que se traduce en una humanidad solidaria, generosa,
servidora de esa riqueza como gran homenaje a la dignidad humana y al
querer igualitario de Dios.
Se deja claro así que la relación
eucarística con el Padre no descansa sobre un formalismo ritual ni sobre
una liturgia individualista, sino sobre una existencia agradecida y
resuelta a impregnar de comunión y participación todas las relaciones
humanas.
En el Señor Jesús se hace contundente y nítido lo
contenido en su sangre derramada, en su cuerpo ofrecido, para darnos en
totalidad la vida de Dios, haciéndolo sacramento permanente, memoria de
la radical donación de sí mismo para salvación y liberación de toda la
humanidad, con el fin de que sus seguidores también nos impliquemos en
lo mismo: “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me
come vivirá por mí” (Juan 6: 56-57).
El asunto de Jesús presente
sacramentalmente en el pan y en el vino consagrados no es magia ni
esoterismo sino realidad que totaliza la vida del creyente, es el mismo
Señor dándonos todo de El para nutrirnos de su ser y de su Buena
Noticia, para llevarnos a tener su misma vida y para hacerla efectiva
compartiéndola con todos los hermanos.
Por eso Pablo, preocupado
por la tentación de idolatría que acechaba a la comunidad cristiana de
Corinto, les advierte acerca de este peligro, porque lo que se ofrece no
son formas rituales sino el mismo Jesús que se contiene en el don
alimenticio: “La copa de bendición que bendecimos, no es acaso comunión
con la sangre de Cristo? ; y el pan que partimos, no es comunión con el
cuerpo de Cristo? Entonces, si el pan es uno solo, también nosotros, aún
siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del
mismo pan” (1 Corintios 10: 16-17).
El pan y vino que se comparten tienen la vocación de construir comunión.
En el trajín de la gran ciudad: transmilenio, medios de comunicación que nos saturan, preocupaciones personales, la dura realidad que a menuda nos abruma, cabe esta pregunta: ¿hundo la cabeza en la arena como el avestruz para evadir? ¿qué hago?
domingo, 18 de junio de 2017
domingo, 11 de junio de 2017
COMUNITAS MATUTINA 11 DE JUNIO SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD
“Porque tanto amò Dios al mundo que entregò a su Hijo unigènito, para
que todo el que crea en èl no perezca sino que tenga vida eterna”
(Juan 3: 16)
Lecturas
1. Exodo 34: 4-9
2. Salmo Daniel 3: 52-56
3. 2 Corintios 13: 11-13
4. Juan 3: 16-18
En esta solemnidad del Dios que es al mismo tiempo uno y trino cabe una consideración inicial para reflexionar y orar sobre esta realidad de las tres personas divinas – Padre , Hijo y Espíritu Santo – : hagamos el esfuerzo de despojarnos de concepciones complicadas que tengamos en este sentido, fruto de nuestra formación religiosa tradicional, no porque ellas sean erradas sino porque el acceso a la realidad de Dios se hace en las más absoluta simplicidad, con apertura al misterio feliz de nuestra plenitud, así como lo han vivido – y lo siguen viviendo – tantos creyentes buenos y generosos cuya gran certeza es la del amor de Dios en sus vidas con el consiguiente compromiso de compartirlo con todos los hermanos.
Los primeros esfuerzos de formulación sobre el Dios trinitario se hicieron en los cauces de la muy compleja filosofía griega (sustancia, naturaleza, persona), terminología en exceso compleja para la humanidad de hoy.
Por esta razón se impone volver al talante escueto del lenguaje evangélico apto para ser entendido y vivido por todos, utilizando la parábola, la alegoría, el ejemplo que ilustra, la comparación, como hacía Jesús: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a gente sencilla” (Mateo 11: 25).
Dios en sí mismo, también hacia nosotros, hacia la creación, hacia toda la realidad, es una relación, una comunión de amor, todo el ser de Dios es una comunidad, que nos invita constantemente a participar de esa condición:
- Un Dios que es Padre, origen de la vida y dador de la misma, principio de todo, cuyo único interés es nuestra plenitud y felicidad, desbordante de amor por todas sus creaturas, experto en configurar seres humanos solidarios, serviciales, amorosos.
- Un Dios que se hace uno de nosotros, el Hijo, y que asume nuestra condición humana, que se implica en todo lo nuestro, aún en sus aspectos más dolorosos y dramáticos, que se inclina misericordioso antes los débiles y humillados, que no estigmatiza a nadie con condenas y excomuniones, que se solidariza con todas las causas humanas de dignidad y de justicia, que nos revela simultáneamente al Padre Dios y al prójimo-hermano.
- Un Dios que se comunica haciéndonos participar de su vitalidad, el Espíritu Santo, el que nos concede el don de la fe, el de la esperanza, el del amor, la capacidad de discernir su presencia en nuestra historia disponiéndonos para decisiones inspiradas en El, con el fin de construir relaciones justas y fraternas con todos los seres humanos.
Constatar esto nos habla de un Dios que no está encerrado en sí mismo, que se relaciona dándose totalmente a todos y a la vez permaneciendo El mismo. El pueblo judío no tenía en su cultura el estilo conceptual y filosófico de los griegos, ellos eran vitalistas, vivenciales, concretos, su sabiduría provenía de la experiencia sencilla de cada día.
Por eso su lenguaje sobre Dios es a partir de la experiencia de cercanía suya en el amor, en la felicidad de la vida familiar, en la fecundidad de la tierra, en la exuberancia de la naturaleza, en la bendición de los hijos, en la conciencia de ser profundamente humanos .
En el texto del Exodo – primera lectura de hoy – Dios se autodefine con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad” (Exodo 34: 6 – 7).
A partir de ese modo existencial Jesús nos enseñó que para experimentar a Dios, el ser humano debe aprender a mirar su interior (Espíritu), mirar amorosamente a los demás (Hijo), mirar confiadamente lo trascendente (Padre).
La Trinidad de Dios tiene una implicación directa en la vida del ser humano haciéndonos portadores de vida, servidores de todos los humanos, cuidadores de la creación, constructores de comunidad, hijos y hermanos, y creyentes confiados y humildes en una plenitud que nos proviene de ese principio y fundamento al que llamamos Dios.
Esto a propósito de recordar que la opción preferencial de Dios es el ser humano. Lo que también nos lleva a desmontar ese tinglado de falsas imágenes de El que sólo han servido para dominar, alienar, angustiar, a millones de seres humanos, y también para justificar mil y mil arbitrariedades de poderes egoístas, ese Dios pretendidamente legitimador de sistemas e ideologías, de situaciones de injusticia, de desgracias para la humanidad, Dios absurdo totalmente reñido con el verdadero y amoroso que se nos ha revelado plenamente en la persona de Jesús, este sí, un Dios descalzo dispuesto a caminar con nosotros para llevarnos hacia El con todos nuestros hermanos.
Este Dios que es sabiduría para captar lo esencial de la vida y constituirse en su soporte, Dios dador del ser, especialista en vida y comprometido a mantener a sus creaturas en esa perspectiva, no escatimando esfuerzos para que seamos siempre vivos, creativos, honestos, el Dios que da todo de sí – su Hijo – para que la humanidad encuentre su plenitud: “Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3: 16).
Admirar la realidad creada, la perfección de la vida, su asombrosa variedad, la armonía que la articula, su belleza innata que no requiere de artificios ni aditamentos, su capacidad de seguir transmitiendo vida, es todo ello un sacramento de ese amor desbordante, ante el que cabe la más profunda actitud de reconocimiento y adoración, como también de cuidado y de honda responsabilidad .
La dignidad humana y la de todas las formas de vida encuentran en la Trinidad su argumento determinante. Todo lo salido del amor de Dios es bello, armonioso, merecedor de respeto, de protección, de conservación en su realidad original.
El grande y definitivo beneficio de que todo nuestro ser y quehacer no se trunque en la muerte y en el vacío viene decidido por la iniciativa salvadora y liberadora de este Dios trinitario, siempre empeñado en que todos los suyos no se pierdan.
Dios es amor incondicional y lo es para todos, sin excepción. No nos ama porque seamos buenos sino porque El es bueno. No nos ama cuando hacemos lo que El quiere sino siempre, de modo ilimitado. Ni siquiera rechaza a los que libremente se apartan de El en sus proyectos de vida.
Esto ratifica lo ya dicho: que la “agenda” de Dios es el ser humano, la vida, la felicidad, la armonía de todo lo que salido de su iniciativa amorosa y salvadora, esfuerzo permanente y creciente para que todo ese dinamismo se
haga pleno y definitivo, y la muerte y el pecado no sean – de ninguna manera – los portadores de la última palabra .
Un Dios condicionado a lo que los seres humanos hagamos o dejemos de hacer, no es el Dios de Jesús. Esta idea de que Dios nos quiere solamente cuando somos buenos, repetida durante tres mil años, ha sido de las más útiles – penosamente útiles!! – a la hora de conseguir el sometimiento de los humanos a intereses de grupos de poder, incluyendo los religiosos, cuando estos no viven una espiritualidad saludable y liberadora.
Esta idea, radicalmente contraria al evangelio, ha provocado más sufrimiento y miedo que todas las guerras juntas, mientras que, en felicísima oposición, el Dios verdadero es fuente de sentido, garantía de dignidad, aval de la vida, certeza de la verdad que salva, principio y fundamento de la nueva humanidad que el Padre nos comunica en la persona de Jesús y que habita en nosotros gracias a la acción del Espíritu: “Por lo demás, hermanos, vivan con alegría. Busquen la perfección y anímense. Tengan un mismo sentir y vivan en paz, y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes” (2 Corintios 13:11).
(Juan 3: 16)
Lecturas
1. Exodo 34: 4-9
2. Salmo Daniel 3: 52-56
3. 2 Corintios 13: 11-13
4. Juan 3: 16-18
En esta solemnidad del Dios que es al mismo tiempo uno y trino cabe una consideración inicial para reflexionar y orar sobre esta realidad de las tres personas divinas – Padre , Hijo y Espíritu Santo – : hagamos el esfuerzo de despojarnos de concepciones complicadas que tengamos en este sentido, fruto de nuestra formación religiosa tradicional, no porque ellas sean erradas sino porque el acceso a la realidad de Dios se hace en las más absoluta simplicidad, con apertura al misterio feliz de nuestra plenitud, así como lo han vivido – y lo siguen viviendo – tantos creyentes buenos y generosos cuya gran certeza es la del amor de Dios en sus vidas con el consiguiente compromiso de compartirlo con todos los hermanos.
Los primeros esfuerzos de formulación sobre el Dios trinitario se hicieron en los cauces de la muy compleja filosofía griega (sustancia, naturaleza, persona), terminología en exceso compleja para la humanidad de hoy.
Por esta razón se impone volver al talante escueto del lenguaje evangélico apto para ser entendido y vivido por todos, utilizando la parábola, la alegoría, el ejemplo que ilustra, la comparación, como hacía Jesús: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a gente sencilla” (Mateo 11: 25).
Dios en sí mismo, también hacia nosotros, hacia la creación, hacia toda la realidad, es una relación, una comunión de amor, todo el ser de Dios es una comunidad, que nos invita constantemente a participar de esa condición:
- Un Dios que es Padre, origen de la vida y dador de la misma, principio de todo, cuyo único interés es nuestra plenitud y felicidad, desbordante de amor por todas sus creaturas, experto en configurar seres humanos solidarios, serviciales, amorosos.
- Un Dios que se hace uno de nosotros, el Hijo, y que asume nuestra condición humana, que se implica en todo lo nuestro, aún en sus aspectos más dolorosos y dramáticos, que se inclina misericordioso antes los débiles y humillados, que no estigmatiza a nadie con condenas y excomuniones, que se solidariza con todas las causas humanas de dignidad y de justicia, que nos revela simultáneamente al Padre Dios y al prójimo-hermano.
- Un Dios que se comunica haciéndonos participar de su vitalidad, el Espíritu Santo, el que nos concede el don de la fe, el de la esperanza, el del amor, la capacidad de discernir su presencia en nuestra historia disponiéndonos para decisiones inspiradas en El, con el fin de construir relaciones justas y fraternas con todos los seres humanos.
Constatar esto nos habla de un Dios que no está encerrado en sí mismo, que se relaciona dándose totalmente a todos y a la vez permaneciendo El mismo. El pueblo judío no tenía en su cultura el estilo conceptual y filosófico de los griegos, ellos eran vitalistas, vivenciales, concretos, su sabiduría provenía de la experiencia sencilla de cada día.
Por eso su lenguaje sobre Dios es a partir de la experiencia de cercanía suya en el amor, en la felicidad de la vida familiar, en la fecundidad de la tierra, en la exuberancia de la naturaleza, en la bendición de los hijos, en la conciencia de ser profundamente humanos .
En el texto del Exodo – primera lectura de hoy – Dios se autodefine con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad” (Exodo 34: 6 – 7).
A partir de ese modo existencial Jesús nos enseñó que para experimentar a Dios, el ser humano debe aprender a mirar su interior (Espíritu), mirar amorosamente a los demás (Hijo), mirar confiadamente lo trascendente (Padre).
La Trinidad de Dios tiene una implicación directa en la vida del ser humano haciéndonos portadores de vida, servidores de todos los humanos, cuidadores de la creación, constructores de comunidad, hijos y hermanos, y creyentes confiados y humildes en una plenitud que nos proviene de ese principio y fundamento al que llamamos Dios.
Esto a propósito de recordar que la opción preferencial de Dios es el ser humano. Lo que también nos lleva a desmontar ese tinglado de falsas imágenes de El que sólo han servido para dominar, alienar, angustiar, a millones de seres humanos, y también para justificar mil y mil arbitrariedades de poderes egoístas, ese Dios pretendidamente legitimador de sistemas e ideologías, de situaciones de injusticia, de desgracias para la humanidad, Dios absurdo totalmente reñido con el verdadero y amoroso que se nos ha revelado plenamente en la persona de Jesús, este sí, un Dios descalzo dispuesto a caminar con nosotros para llevarnos hacia El con todos nuestros hermanos.
Este Dios que es sabiduría para captar lo esencial de la vida y constituirse en su soporte, Dios dador del ser, especialista en vida y comprometido a mantener a sus creaturas en esa perspectiva, no escatimando esfuerzos para que seamos siempre vivos, creativos, honestos, el Dios que da todo de sí – su Hijo – para que la humanidad encuentre su plenitud: “Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3: 16).
Admirar la realidad creada, la perfección de la vida, su asombrosa variedad, la armonía que la articula, su belleza innata que no requiere de artificios ni aditamentos, su capacidad de seguir transmitiendo vida, es todo ello un sacramento de ese amor desbordante, ante el que cabe la más profunda actitud de reconocimiento y adoración, como también de cuidado y de honda responsabilidad .
La dignidad humana y la de todas las formas de vida encuentran en la Trinidad su argumento determinante. Todo lo salido del amor de Dios es bello, armonioso, merecedor de respeto, de protección, de conservación en su realidad original.
El grande y definitivo beneficio de que todo nuestro ser y quehacer no se trunque en la muerte y en el vacío viene decidido por la iniciativa salvadora y liberadora de este Dios trinitario, siempre empeñado en que todos los suyos no se pierdan.
Dios es amor incondicional y lo es para todos, sin excepción. No nos ama porque seamos buenos sino porque El es bueno. No nos ama cuando hacemos lo que El quiere sino siempre, de modo ilimitado. Ni siquiera rechaza a los que libremente se apartan de El en sus proyectos de vida.
Esto ratifica lo ya dicho: que la “agenda” de Dios es el ser humano, la vida, la felicidad, la armonía de todo lo que salido de su iniciativa amorosa y salvadora, esfuerzo permanente y creciente para que todo ese dinamismo se
haga pleno y definitivo, y la muerte y el pecado no sean – de ninguna manera – los portadores de la última palabra .
Un Dios condicionado a lo que los seres humanos hagamos o dejemos de hacer, no es el Dios de Jesús. Esta idea de que Dios nos quiere solamente cuando somos buenos, repetida durante tres mil años, ha sido de las más útiles – penosamente útiles!! – a la hora de conseguir el sometimiento de los humanos a intereses de grupos de poder, incluyendo los religiosos, cuando estos no viven una espiritualidad saludable y liberadora.
Esta idea, radicalmente contraria al evangelio, ha provocado más sufrimiento y miedo que todas las guerras juntas, mientras que, en felicísima oposición, el Dios verdadero es fuente de sentido, garantía de dignidad, aval de la vida, certeza de la verdad que salva, principio y fundamento de la nueva humanidad que el Padre nos comunica en la persona de Jesús y que habita en nosotros gracias a la acción del Espíritu: “Por lo demás, hermanos, vivan con alegría. Busquen la perfección y anímense. Tengan un mismo sentir y vivan en paz, y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes” (2 Corintios 13:11).
domingo, 4 de junio de 2017
COMUNITAS MATUTINA 4 DE JUNIO SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES
“Porque
hemos sido todos bautizados en un solo Espíritu, para no formar màs
que un cuerpo entre todos: judíos y griegos, esclavos y libres. Y
todos hemos bebido de un solo Espíritu”
(1
Corintios 12: 13)
Lecturas:
- Hechos 2: 1-11
- Salmo 103: 1-4; 29-30;31-34
- 1 Corintios 12: 3-7 y 12-13
- Juan 20: 19-23
El
gran símbolo de la confusión e incomprensión humanas es el mito
bíblico de la Torre de Babel, en el que se evidencian los múltiples
sectarismos y fracturas que el egoísmo de unos cuantos crea para
dominar a muchos y para impedirles la felicidad y el desarrollo armónico de su ser.
Puesta
esta imagen en el contexto teológico del libro del Génesis es una
potente indicación para hablar de las consecuencias del pecado, como
estas que vivimos hoy con lamentables hechos como la guerra en Siria,
Iraq, Afganistàn, la muy difícil situación que se vive en
Venezuela, la pobreza extrema de Haitì y de muchos de los países
africanos, la precariedad de nuestro proceso de paz, todo esto con el
trasfondo decisorio de la soberbia de gobernantes y demás poderes
políticos y económicos que dividen y siembran odio y violencia.
Estas
circunstancias deben tocar lo màs profundo de nuestra sensibilidad
espiritual y humanista. Si pretendemos seguir con responsabilidad el
camino de Jesùs no nos es posible sustraernos a las grandes
preguntas èticas que se suscitan desde estos dramas. El Espìritu de
Dios està presente para animarnos en sentido contrario, inspirando
un proyecto de vida que no sea el del poder y la dominación sino el
de la solidaridad y el servicio.
Esto
es determinante para asumir y vivir el significado de esta solemnidad
de Pentecostès, que hoy celebramos, con la que concluye el tiempo de
Pascua. El movimiento de Jesùs nace abierto a todo el mundo y a
todos los seres humanos, reconociendo el riquísimo pluralismo de
visiones y culturas, de modos de ser y de tradiciones, de creencias y
modos de organizar la vida y la sociedad, porque de Dios no procede
una uniformidad paralizante sino una diversidad que muestra la
inagotable riqueza que El deposita en el ser humano.
En
esta perspectiva no se trata de confrontación sino de diálogo, no
se plantea el dominio de unos pocos que se sienten concesionarios
exclusivos de la verdad sino de un mundo horizontal, todos iguales en
dignidad y diversos en identidades y culturas, con la humilde
docilidad que encuentra las señales del Espìritu en la multiforme
riqueza de la humanidad.
Con
Pentecostès comienza un tiempo nuevo en el que la afirmación de la
fraternidad se da gracias a la aceptación respetuosa y comprometida
de estas diferencias.
El
elocuente simbolismo de la diversidad de lenguas nos pone felizmente
ante esta realidad:
“Aquì estamos partos, medos y elamitas; hay habitantes de
Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia,
Egipto y la parte de Libia fronteriza con Cirene; también están los
romanos residentes aquí, tanto judíos como prosélitos , cretenses
y árabes. Còmo es posible que les oigamos proclamar en nuestras
propias lenguas las maravillas de Dios?” (Hechos
2: 9-11).
El
Espìritu del Señor es polifónico y mueve a la comunión en el
pluralismo y la diferencia, con El se supera el penoso hecho
significado en la Torre de Babel, el tiempo cristiano se determina
por la universalidad del proyecto que el Padre Dios nos ofrece en
Jesùs, y se constituye en modelo para la conducta de quienes nos
empeñamos en seguir auténticamente su propuesta de vida, en la que
el lenguaje común de la fraternidad no sofoca las peculiaridades de
cada entorno humano y cultural.
Eso
equivale a no marcar a nadie con etiquetas excluyentes, ni a generar
condenas y rechazos, tampoco a manipular a Dios poniéndolo como
legitimador de ideologías religiosas que entran en colisión con el
Evangelio que es, este último, misericordia, compasión, acogida,
cercanìa, encuentro, comunión.
Por
esto, estamos llamados a reinventar esta bienaventurada convergencia
de mentes y de corazones, a trabajar con ahinco para no seguir
levantando barreras socioeconómicas, ideológicas, religiosas,
promoviendo una comunidad de seres humanos libres, capaces de
decisiones responsables, apasionados por la felicidad de todos,
testigos de la verdad que libera y aptos para escrutar las huellas de
Dios en las insospechadas posibilidades que surgen del ser humano,
cuando ellas están inspiradas por el deseo de concertarnos en cuanto
ciudadanos del mundo y creyentes de esta seductora oferta que es la
Buena Noticia de Jesùs.
Pablo
aporta una idea genial al hablar de la diversidad de dones-carismas a
partir de la unidad en el Espìritu, y lo hace con el símil del
cuerpo humano y de sus diversos órganos: “El
cuerpo humano, aunque tiene muchos miembros, es uno; es decir, todos
los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, forman un solo
cuerpo. Pues asì también es Cristo. Porque hemos sido todos
bautizados en un solo Espìritu, para no formar màs que un cuerpo
entre todos: judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos
bebido de un solo Espìritu”
(1 Corintios 12:12-13).
En
este mundo, en el que nos dividimos por tantas razones pecaminosas e
injustas, con criterios despectivos, los cristianos – bajo la
acción del Espíritu – estamos llamados a un reconocimiento
permanente y creciente de la dignidad humana, de su sustancial valor,
a apreciar con respeto las diferencias, a cultivar causas comunes de
justicia y de fraternidad, a proteger con máxima delicadeza todas
las formas de vida, a construír dialogalmente una sabiduría
vinculante que haga posibles los encuentros amistosos, y la siempre
urgente tarea de la reconciliación.
No
nos podemos quedar en celebrar una fiesta en honor del Espìritu
Santo ni de recordar algo que sucedió en un pasado distante. Estamos
tratando de descubrir y vivir una realidad que està tan presente hoy
como en los tiempos del cristianismo primitivo.
Pentecostès
es la forma màs completa de la experiencia pascual. Aquellos
cristianos de la primera hora tenìan muy claro que su nueva
percepción de la vida a partir del Resucitado era obra del Espìritu.
Vivieron la presencia de Jesùs de una manera màs real y
transformadora que su presencia física.
Ser
cristiano consiste en alcanzar una vivencia personal y comunitaria de
la realidad Padre – Hijo – Espìritu que nos empuja a la plenitud
del ser , a una humanidad constituìda teologalmente y, por lo mismo,
definitivamente humana y definitivamente divina.
Cuando
en el evangelio se nos presenta a Jesùs en total intimidad con el
Padre, dándole el tratamiento de máxima confianza con la expresión
“Abba”, se nos està proponiendo que también nosotros vayamos a
esa misma comunión, gracias al trabajo del Espìritu en nosotros:
“Abbà,
Padre, todo es posible para tì; aparta de mì esta copa, pero no sea
lo que yo quiero, sino lo que quieres tù”
(Marcos 14: 36);”
Y, dado que ustedes son hijos, Dios envió a nuestros corazones el
Espìritu de su Hijo, que clama: Abbà, Padre!. De modo que ya no
eres esclavo sino hijo; y, si eres hijos, también heredero por
voluntad de Dios”
(Gàlatas 4: 6-7).
Esto
es lo que Jesùs vivió con plena intensidad, y es lo que nos invita
a vivir en las mismas condiciones en que El lo hizo. Así surge la
nueva humanidad que arraigada en la trascendencia hacia el Padre y
hacia el prójimo, sin requisitos preestablecidos, un encuentro con
el Otro y con los otros, determinado por la gratuidad de Dios, donde
no hay transacciones interesadas sino comuniones que persiguen la
vida digna y justa para todos los humanos.
Es
el Espíritu el que inaugura este nuevo tiempo, en el que la Iglesia
es el gozoso resultado de la Pascua, tiempo ecuménico, el diálogo y
encuentro fraterno de los opuestos que se encuentran en el Espíritu
del Resucitado, experimentando una globalización salvífica y
liberadora, como no se había visto hasta entonces en el desarrollo
de la historia.
Ya
dijimos antes que el Espíritu no produce personas uniformes,
manipuladas por un colectivismo que anula la originalidad de cada
ser, en Dios se origina una fuerza vital que favorece lo típico de
cada persona, de cada comunidad, de cada contexto, para servir
creativamente al bien común de toda la humanidad y de la Iglesia:
“Hay
diversidad de carismas pero un mismo Espíritu; diversidad de
ministerios, pero un mismo Señor; diversidad de actuaciones, pero un
mismo Dios que actúa todo en todos” (1
Corintios 12: 4-6).
También
el Espíritu capacita a cada bautizado en particular y a la Iglesia
toda para comunicar la Buena Noticia de este Dios que acoge a todos,
con exquisita cercanía y misericordia, encarnándose en todo lo
humano para situarlo en la perspectiva de la salvación y de la
liberación.
La
Iglesia es, gracias a este don, una comunidad enviada en misión por
el mismo Jesús: “La
paz con ustedes. Como el Padre me envió también yo los envío.
Dicho esto, sopló y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes
perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengan les quedan retenidos” (Juan
20: 21-23).
Pentecostés
es la oportunidad privilegiada para salir al rescate de lo esencial
humano y de lo esencial cristiano: dialogar, convivir armónicamente
en la diferencia, servir y construír una cultura de solidaridad,
acoger, reconciliar, sanar heridas, restaurar los vínculos que el
egoísmo pierde, dar las mejores razones para la esperanza, proteger
la creación y garantizar que esta sea compartida por todos en
igualdad de condiciones, aspirar a la consumación plena en la vida
inagotable del Padre que nos llama a todos hacia El.
domingo, 28 de mayo de 2017
COMUNITAS MATUTINA 28 DE MAYO SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR
“Todo
lo ha sometido bajo sus pies, lo ha nombrado cabeza suprema de la
Iglesia, que es su cuerpo y se llena del que llena de todo a todos”
(Efesios
1: 22-23)
Lecturas:
- Hechos 1: 1-11
- Salmo 46
- Efesios 1: 17-23
- Mateo 28: 16-20
Haciendo
el habitual esfuerzo de interpretación de los textos bíblicos y
dando el salto cualitativo para descubrir su sentido teológico y
antropológico, vamos a fijarnos en lo que significa la realidad de
la Ascensión de Jesús, evento que es mucho más que un prodigio que
altera las leyes ordinarias de la naturaleza.
Ya
nos hemos referido varias veces al asunto del lenguaje que utilizan
los relatos bíblicos, bien distinto de nuestra mentalidad
contemporánea, pero siempre apuntando a dar testimonio de la fe en
Dios y de la forma como esta resulta plenamente conectada con las
expectativas de sentido de nosotros, los seres humanos.
Lo
de hoy es encontrarnos maravillados con el señorío de Jesús que
implica también a la humanidad, haciéndola participar de tal
condición. En la primera lectura – de Hechos de los Apóstoles –
encontramos trazados los rasgos específicos de la esperanza
cristiana. En los textos de los recientes domingos de Pascua hemos
escuchado a Jesús refiriendo todo su ser al Padre, aval de la
totalidad de su misión y también prometiendo el Espíritu como
garantía de que El permanecerá animando la vida de quienes siguen
su camino, configurando la Iglesia y constituyéndose como razón y
sentido de todos aquellos que opten libremente por asumir su proyecto
de vida.
Ahora
el testimonio de la comunidad primitiva que da origen a este relato
lo presenta en términos de consumación y plenitud: “Recibirán
la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes, y serán
testigos míos en Jerusalén, Judea y Samaría, y hasta el confín
del mundo. Dicho esto, en su presencia se elevó, y una nube se lo
quitó de la vista. Seguían con los ojos fijos en el cielo mientras
él se marchaba, cuando dos personajes vestidos de blanco se les
presentaron y les dijeron: hombres de Galilea, qué hacen ahí
mirando al cielo? Este Jesús, que les ha sido arrebatado, vendrá
como lo han visto marchar al cielo” (Hechos
1: 8-11)
El
texto de la carta a los Efesios conecta el señorío del Mesías
Jesús con la comprensión que deben tener los miembros de la
comunidad eclesial acerca de la esperanza a la que quedan abiertos
gracias a la acción pascual del Señor, toda la vida de los seres
humanos es re-significada en esta plenitud de Jesús.
Esta
certeza da sólida consistencia al compromiso cristiano con la
dignidad humana, con la reivindicación de sus derechos, con la
opción preferencial por los más pobres, con el cuidado de la vida
en todas sus manifestaciones; el ser humano, así visto, es rostro de
Dios, gracias al señorío de Jesús.
Pablo
acredita esta convicción ante los Efesios con estas palabras: “Y
la grandeza extraordinaria de su poder a favor de nosotros los
creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa; poder que
ejercitó en Cristo resucitándolo de la muerte y sentándolo a su
diestra por encima de toda autoridad y potestad y poder y soberanía,
y de cualquier título que se pronuncie en este mundo o en el
venidero” (Efesios
1: 19-21).
Cuando
decimos que Jesús es el Señor estamos reconociendo que en El Dios
Padre ha acontecido definitivamente revelándonos al mismo tiempo lo
más pleno y definitivo de su divinidad y lo más pleno y definitivo
de nuestra humanidad, entendiéndose esta inserta en aquella, lo que
nos recuerda la afirmación clave del Génesis: “
Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó, varón
y hembra los creó”
(Génesis 1: 27).
Junto
con los elementos de reconocimiento de este señorío también
aparece la dimensión de universalidad del proyecto que Dios Padre
nos ofrece en Jesús, hecho que subraya ahora sí de modo decisivo el
trabajo constante que él hizo con sus discípulos y con otros
abriéndoles la mente y el corazón a una realidad de vida que no
podía limitarse al ámbito de la ley y de las tradiciones religiosas
de los judíos, contexto bien conocido a través de las controversias
sostenidas por El con los sacerdotes y maestros de la ley, y también
con la dureza de mente de sus seguidores.
El
gran interés de Dios que aquí se evidencia está dirigido a todos
los seres humanos, su cercanía y compasión, su misericordia, su
voluntad, sólo tienen en la mira la total realización y felicidad
de la humanidad. Y esto lo significa con eficacia en la persona del
Señor Jesucristo, cuya condición simultánea de Dios y de ser
humano es la concreción del querer del Padre para todos los que con
libertad acojan su iniciativa de sentido y de salvación.
De
esta universalidad se desprende la condición misionera de la
Iglesia, el envío a comunicar la Buena Noticia, a restaurar al ser
humano caído por el pecado y por la injusticia, sometido por las
indignidades que otros deciden para oprimir y maltratar a muchos.
Las
siguientes palabras de Jesús no se quedan solamente en un trabajo de
proselitismo religioso y de aumentar numéricamente el conjunto de
los seguidores, ellas son un envío claro a llenar de sentido
teologal la historia de la humanidad: “
Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Por tanto, vayan
a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos
consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enséñenles
a cumplir cuanto les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre,
hasta el fin del mundo” (Mateo
28: 18-20).
domingo, 21 de mayo de 2017
COMUNITAS MATUTINA 21 DE MAYO DOMINGO VI DE PASCUA
“No
los dejaré huérfanos: volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo
ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también
ustedes vivirán”
(Juan
14: 18-19)
Lecturas:
- Hechos 8: 5-17
- Salmo 65: 1-7, 16 y 20
- 1 Pedro 3: 15-18
- Juan 14: 15-21
Las
comunidades de cristianos de la primera generación son bien
conscientes de la presencia del Dios de Jesús y del Espíritu
animándolos y dando razón de ser a todo lo que empezaban a hacer
en medio de las condiciones contradictorias a las que nos hemos
referido en comentarios anteriores.
Todo
el capítulo 14 de Juan, que venimos proclamando desde hace varios
domingos pascuales, es un esfuerzo de dar a entender que esa
presencia no es algo que se queda en los primeros creyentes, como
distante de los que siguieron y también de nosotros, los cristianos
del siglo XXI.
El
lenguaje de Jesús es reiterativo en este texto, y se refiere a sus
seguidores de todos los tiempos de la historia, siempre con la
intención de infundir ánimo y certeza de El mismo como el Viviente,
el que nos hace vivir con la misma vida suya que es la de Dios. Con
palabras como las que siguen nos infunde su aliento de vida
definitiva: “No
los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo
ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también
ustedes vivirán”
(Juan 14: 18-19)
La
Iglesia es la comunidad de los discípulos de Jesús, todo en ella
tiene valor si está referido a El como la Buena Noticia de Dios que
va constantemente “en salida” – para usar esa conocida
expresión del Papa Francisco – hacia el ser humano en cualquier
contexto y situación en que se encuentre, sin distinguir condición
social o económica, moral o religiosa, Dios a través de Jesús es
todo vida , plenitud, misericordia, para la humanidad, sin límites
de ninguna clase.
Aquí
nos encontramos , para entender mejor la anterior afirmación, con
esa multitud de realidades que afectan negativamente nuestra
existencia, infinidad de precariedades, de vacíos, de desencantos,
de sufrimientos, de injusticias. Es el misterio de la contingencia
radical, de las inevitables limitaciones que “llevamos puestas”
como parte sustancial de nuestra condición. Eso les acontecía a los
primeros discípulos y nos acontece también a nosotros, a todos los
humanos.
Con
tal constatación vamos a la pregunta de fondo, que surge como la
cuestión por excelencia de la humanidad: tiene sentido la vida?
Somos mucho más que este conjunto de realidades que frenan el ímpetu
de nuestra búsqueda de felicidad? O, por el contrario, estamos
abocados irremediablemente al fracaso? Quien nos da una razón para
la esperanza?
De
qué manera Jesús es respuesta para este inquietud fundamental? Al
respecto se impone decir que el cristianismo no pretende ser una
realidad de “marketing” religioso, haciendo proselitismo
desaforado para ganar clientela, aumentar estadísticas y competir
con otras ofertas de fe.
El
cristianismo es una manera de vivir al estilo de Jesús,
comunitariamente, eclesialmente, siguiendo la inspiración de su
Evangelio, reconociendo al Padre Dios en El, totalmente saturado de
su ser, asumiendo como lógica de vida las mismas decisiones suyas en
términos del servicio amoroso a todos los humanos, con la
preferencia bien conocida y reconocida de aquellos a quienes la
sociedad excluye, condena y maltrata.
Dice
Jesús claramente: “El
que tiene mis mandamientos y los lleva a la práctica, ese es el que
me ama; y el que me ama será amado de mi Padre; y yo le amaré y me
manifestaré a él”
(Juan 14: 21). Quien no está dispuesto a amar al prójimo, a
reconocerlo, a servirlo, a promoverlo, a respetarlo, a dignificarlo,
no tiene capacidad de amor a Dios y a Jesús. La projimidad es el
referente por excelencia del dinamismo teologal en nuestra vida.
Las
exigencias de ese amor no son impuestas por una determinación
normativa, surgen ellas de la interioridad de quienes se empeñan en
optar por este camino, y son asumidas con la feliz libertad del amor.
Esto es lo que da plenitud y razón de vida, nada más lo puede
suplir. Entramos así en el núcleo de la coherencia entre la fe y la
vida, la mutua implicación que encontramos reflejada en el sabio
refrán “obras son amores y no buenas razones”.
Jesús
no está dando a sus discípulos un consuelo “anestésico” e
individualista, si se nos permite la expresión, como diciendo a
ustedes que son tan buenos yo los recompensaré siendo su protector,
sin exigirles nada. Justamente aquí reside el compromiso primero que
se pide a quienes se entusiasman con la causa cristiana: se trata de
configurarse con El, de ser y vivir con El y como El, de afrontar con
entereza todo lo que se derive de esta decisión, en esta perspectiva
se abre con claridad que el contenido central de tal exigencia es la
referencia al prójimo humillado, abatido, vilipendiado. Esto es
normativo en el seguimiento de Jesús!
Un
bello ejemplo de esto lo encontramos en la primera lectura – de
Hechos de los Apóstoles – en la que relata el ministerio del
diácono Felipe: “Los
que se habían dispersado fueron por todas partes anunciando la Buena
Nueva de la palabra. Felipe bajó a una ciudad de Samaría y se puso
a predicarles a Cristo. La gente escuchaba con atención y con un
mismo espíritu lo que decía Felipe, porque ellos oían y veían los
signos que realizaba…..Hubo una gran alegría en aquella ciudad”
(Hechos
8: 4-7).
Su
servicio apostólico se distinguió por la inclusión y la apertura.
Recordamos que para los judíos tradicionales la región de Samaría
y sus habitantes , los samaritanos, eran considerados malditos y
despreciables por haber erigido un culto distinto del templo de
Jerusalén. Esta “excomunión” no cuenta para Felipe, él sabe
que ahora en el camino de Jesús dejan de existir las condenas y las
exclusiones. Edificante y severa referencia para los homofóbicos de
estos tiempos nuestros en los que hay creyentes con más visos de
fariseísmo que de Evangelio!
Felipe
realiza signos que hacen creíble el reino de Dios y su justicia: “Y
es que de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando
grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados”
(Hechos
8: 7). La existencia cristiana debe estar respaldada por estas
señales comunicadores de vida y de dignidad.
Para
señalar un bello ejemplo, poco conocido entre nosotros, les
proponemos enterarse de las bellas realizaciones de credibilidad
evangélica que promueve la Hermana Rosemary Nyirumbe, una religiosa
ugandesa que se ha dedicado a promover niñas y mujeres de su país,
protegiéndolas del abuso sexual y de la humillación que esto
conlleva, en medio del conflicto armado que afecta a varias regiones
de su país. En internet pueden ustedes localizar varias referencias
de esta noble tarea, un testimonio – entre muchos – que nos
hablan con nitidez de la coherencia de los buenos seguidores del
Señor Jesús.
Les
proponemos pensar en tres regiones de nuestro país, especialmente
azotadas por la pobreza, la violencia y la marginalidad: Tumaco,
Buenaventura, el Departamento del Chocó. Confluyen allí todas las
malignidades de seres humanos cuya penosa meta es impedir la vida y
la felicidad de sus semejantes. Entre políticos desalmados,
gobernantes incompetentes, y grupos violentos se conjugan los más
perversos factores que dificultan notablemente la calidad de vida, la
convivencia pacífica, el desarrollo sostenible de estas comunidades,
el derecho a la dignidad.
Cómo
ser para ellos esperanza y aliento vital? Cómo hacer presente allí
la Buena Noticia de Jesús? Como aportar a la reivindicación de
estas buenas gentes, entre las que muchos sobresalen por el temple
que les lleva a no dejarse dominar por tanta adversidad?
Tenemos
conocimiento de que allí la Iglesia es la que lleva la voz cantante,
acompañando y protegiendo a las comunidades, desarrollando proyectos
de organización comunitaria y de emprendimiento social, levantando
la voz para denunciar los atropellos, y haciéndose todo con ellos
como Jesús:
“En cualquier caso, aunque sufrieran a causa de la justicia,
dichosos ustedes. No les tengan ningún miedo ni se turben. Al
contrario, den culto al Señor, Cristo, en su interior, siempre
dispuestos a dar respuesta a quien les pida razón de su esperanza”
(1
Pedro 3: 14-15).
El
Espíritu del Señor Resucitado se hace historia en los sujetos y en
las comunidades que toman en serio su Buena Noticia, que se indignan
ante las injusticias y humillaciones que sufren tantos prójimos, que
hacen de esa indignación un estímulo para la solidaridad y para la
pasión por la justicia, como señal de credibilidad de que el Reino
ya está en medio de nosotros.
Cuando
algunos creyentes se dedican a esgrimir posturas de intransigencia,
pretendiendo ser dueños de la verdad , condenando sin piedad modos
de vida que a ellos les parecen inmorales y poniendo a Dios como
pretexto para tales exclusiones, es imperativo que nos dejemos
seducir por el Espíritu , que nos hace sus instrumentos para
presentar el rostro original del Padre, y para significar la genuina
conducta evangélica de compasión, de cercanía misericordiosa, de
tal manera que suceda lo mismo que pasó con el ministerio del
diácono Felipe: “Hubo
una gran alegría en aquella ciudad”
(Hechos 8: 8).
domingo, 14 de mayo de 2017
COMUNITAS MATUTINA 14 DE MAYO DOMINGO V DE PASCUA
“Le
dijo Tomàs, Señor, no sabemos a dònde vas; còmo podemos saber el
camino? Respondiò Jesùs: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre sino por mì”
(Juan
14: 5-6)
Lecturas:
- Hechos 6: 1-7
- Salmo 32: 1-5 y 18-19
- 1 Pedro 2: 4-9
- Juan 14: 1-12
Nos
ayuda mucho, por aquello del contexto y pretexto de los textos
bíblicos, saber que las lecturas que la Iglesia propone en estos
domingos de Pascua surgen del dinamismo de la Iglesia naciente, del
movimiento de las comunidades primitivas, y también de los temores e
inseguridades que experimentaban ante el ambiente social y religioso
que les era francamente hostil.
El
poder político romano los veìa como potenciales subversivos y
agitadores en el mundo de los pobres, la lógica griega de la razón
los tenía por insensatos al depositar toda su confianza en un
crucificado, que en esa óptica era un fracasado, y la rigidez de
los judíos no aceptaba que se mantuviera vigente el ideal de aquel
a quienes ellos habían llevado a la muerte, por juzgarlo contrario a
sus convicciones religiosas.
El
evangelista Juan pone en boca de Jesùs la vivencia pascual de esas
comunidades, que entre desconcierto y esperanza van surgiendo:
“No se angustien ustedes. Crean en Dios: crean también en mì. En
la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, no les habrìa dicho
que voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya
preparado un lugar, volverè y los tomarè conmigo, para que donde
estè yo, estèn también ustedes”
(Juan 14: 1-3).
Las
palabras de Jesùs en este evangelio se orientan a alentar la
esperanza de sus seguidores, cuando toman en serio todas las
implicaciones de seguir su camino, dentro del que necesariamente
surgen el conflicto, la crisis, la incomprensión, como consecuencia
de vivir proféticamente y de confrontar la mentira, la injusticia,
el egoísmo, la violencia que unos ejercen sobre otros, como ha
sucedido a tantos en estos siglos de historia cristiana.
Po
su parte, la primera carta de Pedro recuerda las numerosas
persecuciones vividas por la Iglesia Apostólica y, consciente de
esto, les llama la atención sobre la inmensa dignidad que se les ha
conferido al identificarse tan señaladamente con el Señor Jesús y
con su cruz: “Pero
ustedes son una familia escogida, un sacerdocio al servicio del rey,
una nación santa, un pueblo adquirido por Dios. Y esto es así para
que anuncien las obras maravillosas de Dios, que los llamó a salir
de la oscuridad para entrar en su luz admirable”
(1 Pedro 2: 9).
Cabe
aquí insistir de nuevo en algo que es definitivo en el camino
cristiano. La glorificación, como en el caso de Jesús, no se
obtiene según el vano honor del mundo, con privilegios,
reconocimientos, aplausos, encumbramientos. El ha llegado a la gloria
a través de la cruz, su corona es fruto de la donación cruenta de
su vida, de su empequeñecimiento en el amor, lo que Pablo llama
kenosis-anonadamiento, desproveerse de toda arrogancia y libre
renuncia a las prebendas propias del poder.
Es
esto hablar de cosas lejanas en el tiempo y distantes de nuestra
cotidianidad? Parece que no, por eso preguntémonos qué sucede
cuando nos vienen los momentos difíciles, los vacíos existenciales,
las carencias, los abandonos, las muchas maneras en que la
precariedad se evidencia en nosotros.
Tiene
la fe en Jesús una palabra de sentido para aportar en tales
circunstancias? Guardadas las debidas proporciones de tiempo y lugar
se trata de situaciones semejantes a las padecidas por aquellos
cristianos primeros de la historia.
Ya
sabemos que para muchos esto sólo se puede vivir desde el
escepticismo radical, ausencia total de esperanza, con la conciencia
trágica de que todo concluye en un absurdo. Otros lo viven evadiendo
la responsabilidad de afrontar la faceta dramática de la existencia,
construyendo paraísos artificiales en el consumo, en las felicidades
efímeras, en las comodidades materiales. Finalmente, muchísimos,
incapaces de la entereza requerida para enfrentar el aspecto doloroso
de la existencia, hacen de lo religioso un refugio que los anestesia
momentáneamente.
Cómo
se encara esto en clave del seguimiento de Jesús? A esto tratan de
responder las vivencias de los primeros cristianos cuando sus dramas
son desvelados pascualmente, y cuando al temor suceden la certeza del
Viviente inspirando sus decisiones y sus conductas, con la feliz
consecuencia de la valentía apostólica que convida a muchos a
hacer parte de su proyecto: “El
mensaje de Dios iba extendiéndose, y el número de los creyentes
aumentaba mucho en Jerusalén. Incluso muchos sacerdotes judíos
aceptaban la fe” (Hechos
6: 7)
Para
estos cristianos primitivos la relación con Jesús es eminentemente
esperanzadora, garantía de confianza, El mismo lo afirma cuando
responde al desconcierto de Tomás: “Yo
soy el camino, la verdad y la vida. Solamente por mí se puede llegar
al Padre. Si ustedes me conocen a mí, también conocerán a mi
Padre; y ya lo conocen desde ahora, pues lo han estado viendo”
(Juan 14: 6-7).
Las
palabras del evangelio de este domingo provienen de la última cena
de Jesús con sus discípulos, cuando la realidad les es bien
sombría: anuncia la negación de Pedro, la traición de Judas, el
conflicto que está a punto de llegar a la máxima contradicción con
los dirigentes judíos, el anuncio de su partida, el ambiente
caldeado sin que se vislumbre esperanza.
Podemos
imaginar un cuadro más desolador? A esto responde el Señor con su
declaración de ser camino, verdad, y vida, palabras que desde luego
no son originales suyas sino de la comunidad que origina este
relato, habiendo probado en su experiencia concreta el significado de
estar en crisis y de descubrir la gozosa superación de sus
angustias.
- Jesús es CAMINO que empieza y concluye en Dios, así como El es el modelo del ser humano pleno y realizado, que ha recorrido el sendero de la cruz y de la ignominia, siguiendo aquello de “que nadie tiene mayor que el que es capaz de dar la vida por sus amigos” (Juan 15:13), para ser asumido por la plenitud del Padre.
- Jesús es VERDAD por ser fiel a su conciencia, porque ha llegado a ser lo que tenía que ser, porque hace presente a Dios que es su verdadero ser. Si nosotros, seres humanos, descubrimos que Dios está identificado con nosotros, ya lo somos todo, como Jesús.
- Jesús es VIDA porque en El ha sido comunicada la vida misma de Dios: “Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí….” (Juan 14: 11).
- Hacerse Hijo, como Jesús, es hacer presente al Padre-Madre que le participa de su vitalidad. Esto nos conduce a la respuesta que se origina en Dios como salida a todos los posibles dramas que se nos presentan en la vida. Consiste en que si nosotros – discípulos – nos identificamos con Jesús, participamos de la misma vida de Dios que está en El.
- A esta conclusión se llega por un proceso similar al de aquellos cristianos primitivos, corriendo el riesgo de la fe, viviendo con intensidad la aventura de creer, desarmando el cristianismo de inercia sociocultural que hoy tenemos para pasar al genuino, al de libre opción, el que se asume con la claridad simultánea de lo dramático y de lo pascual que se contienen en toda historia humana.
Tal
vivencia nos conecta con apasionantes historias de hombres y mujeres
creyentes que han vivido situaciones límite, aparentemente sin
salída, de las que han surgido conscientes de la vida de Dios
actuando en ellos , con su humanidad resignificada por el Espíritu.
El conocimiento vivencial de Jesús – conocimiento interno como lo
llama Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales – hace
posible que el Padre se manifieste en el discípulo, y que este –
como Jesús – sea reflejo de su gloria.
Entre
tantas historias de desencanto y esperanza, de tragedia y de
resurrección, les queremos proponer hoy la de un cristiano notable
del siglo xx. Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) alemán, miembro de la
Iglesia Evangélica Luterana de su país, pastor de la misma y
teólogo, vivió su breve existencia en medio de la tragedia que para
el mundo y para Alemania fue la tiranía de Adolfo Hitler, con su
patético régimen de campos de concentración, de encarnizada
persecución a los judíos, de crueldades y crímenes sin cuento.
Este
hombre, como consecuencia de la seriedad con la que tomó su fe
cristiana, participó activamente de la resistencia contra el
nazismo, y por esto fue llevado a un campo de concentración y
ejecutado el 9 de abril de 1945, unos días antes del final de la II
guerra mundial. Su fe y su esperanza son vividas en medio de tan
grande contradicción.
Su
amigo Eberhard Bethge coleccionó sus cartas y escritos en el
cautiverio en un bello texto que se llama “Resistencia y sumisión”,
en el que transparenta la solidez de sus convicciones cristianas, que
también inspiraron su condición de ciudadano alemán, empeñado en
una sociedad libre y respetuosa de la vida y de la dignidad humana.
En
la carta que escribe a su madre, Ruth von Wedemeyer, el 10 de abril
de 1944, dice: “El
tiempo entre pascua y ascensión siempre me ha resultado
especialmente importante. Nuestra mirada se dirige ya a lo último,
pero todavía tenemos nuestras tareas, nuestras alegrías y nuestros
dolores en esta tierra, y la fuerza de la vida nos es otorgada por la
pascua…..Yo también quiero marchar por ese camino con María,
completamente preparado para lo último, para la eternidad, y con
todo totalmente presente para las tareas, para las bellezas y para
las necesidades de esta tierra”.
Palabras
así no surgen fortuitamente, ellas son resultantes de la firmeza del
que sabe en quien ha depositado su confianza, probado en la cruz de
la humillación a la que fue sometido por sus captores, pero convicto
y confeso de Pascua y de esperanza. Que así , como en este
emblemático caso, sea para todos nosotros.
domingo, 7 de mayo de 2017
COMUNITAS MATUTINA 7 DE MAYO DOMINGO IV DE PASCUA
“Pues
ustedes andaban antes como ovejas extraviadas, pero ahora han vuelto
a Cristo, que los cuida como un pastor y vela por ustedes”
(1
Pedro 2: 25)
Lecturas:
- Hechos 2: 36-41
- Salmo 22: 1-6
- 1 Pedro 2: 20-25
- Juan 10: 1-10
Sucede
que en los modos habituales en los que está organizado el mundo
predomina el modelo jerárquico, autoridades y súbditos sometidos a
ellas, ordenamiento de poderes que se manejan verticalmente, asì
funcionan la mayoría de las organizaciones políticas,
empresariales, religiosas, sociales.
A
esto se añade que hay una gran preferencia por el poder, entendido
como dominio sobre otros, gran deseo de muchos en la sociedad es
ascender escalones hasta llegar al máximo nivel, cifrando en esto la
felicidad. Con notable frecuencia este tipo de lógica deriva en
autoritarismo y dictaduras, tiranizando con violencia a quienes están
sometidos. La historia de la humanidad sobreabunda en dominaciones de
unos pocos sobre muchos.
La
obsesión por el poder llega a ser idolatrìa, verdadera enajenación
que ha traìdo a la humanidad desgracia, muerte, esclavitud. Circulan
nombres tristemente cèlebres como Hitler, Stalin, Pinochet, la
familia Somoza de Nicaragua, Trujillo de la Repùblica Dominicana,
Francois Duvalier de Haitì, Videla de Argentina, Neròn en la
antigüedad romana, y tantos otros a los que asociamos con las
mayores humillaciones para millones de seres humanos.
Y
entonces – en abierta provocación profética - aparece Jesùs
rompiendo estos esquemas, enseñando que el verdadero sentido de la
existencia reside en el servicio amoroso y solidario, en la donación
de la vida hasta la consecuencia mayor del martirio, en la abnegación
sin reservas para llevar vida en abundancia a quienes la han perdido
por causa de esa idolatrìa del poder, y lo hace – como lo propone
el evangelio de hoy – bajo la figura del pastor que se compromete
ilimitadamente con la vida y con la dignidad de sus ovejas: “Esto
les aseguro: Yo soy la puerta por donde pasan las ovejas. Todos los
que vinieron antes de mì, fueron unos ladrones y unos bandidos; pero
las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta: el que por mì
entre, se salvarà. Serà como una oveja que entra y sale y encuentra
pastos” (Juan
10: 7-9).
Con
estas imágenes , Jesùs alude a quienes buscan a la gente para
utilizarla en interés propio, usándola como trampolín para su
ascenso, exprimièndola sin compasión, fuertes referencias las
que hace a tales mercenarios. Por feliz oposición, todo en èl, su
misión, sus palabras, sus gestos, sus actuaciones son para comunicar
un modo bienaventurado de humanidad en el que reside la divinidad:
“…pero
yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia”
(Juan 10:10).
Todo
el que se interese en este camino está llamado a asumir el mismo
estilo de servicio, de compromiso personalizado con quienes se han
puesto bajo su responsabilidad, de dar todo lo mejor para las ovejas
que se le confían, sin buscar en ello ningún reconocimiento
distinto de la satisfacción de reivindicarlas en su dignidad, de
contribuír señaladamente a la mejor humanidad de todos los que
integran el rebaño.
De
eso hemos escuchado con frecuencia en estos años del ministerio del
Papa Francisco, con sus conocidas expresiones sobre la Iglesia que
debe estar siempre en salida, dejando atrás la autorreferencialidad,
instando a los pastores a “oler a oveja”, renunciando a
mentalidades y estilos de vida que reflejen riqueza y poderío,
“primereando” en la disposición de servicio, como cuando dice:
“La
Iglesia en salida es la comunidad de discípulos que primerean, que
se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. Primerear:
sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora
experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en
el amor; y, por eso, ella sabe adelantarse, toma la iniciativa sin
miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces
de los caminos para invitar a los excluídos”
(Papa Francisco. Exhortación Apostólica “La alegría del
Evangelio”, No. 24) .
Este
domingo – debido al contenido del evangelio que se proclama – se
conoce tradicionalmente como del Buen Pastor, con esto se quiere
expresar el afecto y gratitud de las comunidades hacia sus pastores ,
los obispos y los sacerdotes, sin olvidar que este estilo de
pastoreo es justamente para que todos, sin excepción, animados y
estimulados por quienes los presiden en la caridad, adopten este
talante.
En
la Iglesia existe un elemento que es esencial para comprenderla como
comunidad de los discípulos de Jesús, es su condición ministerial,
recordando que esta palabra proviene del latín minister, que
significa literalmente servidor, y es asociada con “menesteres”,
los oficios más humildes para bien de todos.
El
Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Iglesia – “Lumen
Gentium” – la ha definido como Pueblo de Dios y Sacramento
Universal de Salvaciòn, destacando el aspecto ministerial de quienes
son ordenados para servicio de la misma – obispos, sacerdotes,
diáconos – e indicando que una consecuencia clara del bautismo es
la de ser y vivir todos en condición ministerial, sin excepción.
Una
afirmación asì marca el contraste que se convierte en exigencia
de vida para los ministros ordenados y para las comunidades a ellos
confiadas, este principio es el que inspira las siguientes palabras
de Jesùs: “Como
ustedes saben, entre los paganos los jefes gobiernan con tiranìa a
sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos.
Pero entre ustedes no debe ser asì. Al contrario, el que entre
ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás; y el que
entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser su esclavo. Porque,
del mismo modo, el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino
para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Mateo
20:25-28).
Las
comunidades cristianas deben ser asì y deben ayudar y exigir a sus
pastores que sean asì, deponiendo todo culto a la personalidad,
optando por modos de vida sobrios, distinguiéndose en su atención
cuidadosa a los màs humildes y desconocidos, haciendo de todas sus
manifestaciones una rèplica de ese modo original del Señor que es
el que verdaderamente persuade.
Atràs
han de quedar vanidades y prepotencias, vestimentas principescas,
títulos de poder, y dar paso sin reservas a un ministerio que se
inspire en estas palabras de Pedro, de la segunda lectura de este
domingo:
“ Cristo no cometió ningún pecado ni engañò jamàs a nadie.
Cuando lo insultaban, no contestaba con insultos; cuando lo hacían
sufrir, no amenazaba sino que se encomendaba a Dios, que juzga con
rectitud. Cristo mismo llevò nuestros pecados en su cuerpo sobre la
cruz, para que nosotros muramos al pecado y vivamos una vida de
rectitud. Cristo fue herido para que ustedes fueran sanados”
(1 Pedro 2: 22-24).
Esto
tiene plena consistencia pascual porque la resurrección de Jesùs es
la adquisición de una novedad de vida que procede de Dios, es lo que
experimentan los primeros discípulos, superando sus temores,
cobardìas, precariedades, dejándose tomar por el Espìritu para
servir a sus contemporáneos con la comunicación de la Buena
Noticia, que levanta a los seres humanos caìdos por el egoísmo y
por la injusticia, dominados por los poderes tiránicos.E l ser
humano nuevo que aquí se origina tiene su raíz en el mismo Señor
Resucitado.
La
comunidad de Juan, de la que procede el relato evangélico que se
denomina con tal nombre, està hablando testimonialmente de la Vida
que ha recibido de Jesùs el Viviente:
“Pero yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en
abundancia”
(Juan 10: 10), no es una proclamación retòrica sino la afirmación
existencial de Jesùs sucediendo en ellos e invitándolos a
convertirse en el punto de partida de la Iglesia, para que esta en
cada generación de su historia sea lo mismo, haga lo mismo, proclame
lo mismo, y en todo sea consecuente con ese acontecimiento que marca
la garantía de sentido para todos los que acepten esa oferta de
plenitud.
En
este espíritu las palabras de Jesùs confrontan a los malos pastores
por su lejanìa de la comunidad, por entender su función como poder,
y también…. penosamente! – por los conocidos e inaceptables
abusos con niños y jóvenes, pecado que tanto avergüenza a la
Iglesia y mancha dolorosamente la dignidad del ministerio.
Un
autèntico pastor es el que se dedica en totalidad al ejercicio de la
misericordia, a la inclusión, a tener en cuenta a cada uno de los
suyos sin distinguir por condición social o ideológica, sin fobias
ni antievangélicos criterios de discriminación, cada oveja le
interesa por sì misma, por el valor y dignidad que cada una posee.
Mientras los dirigentes del templo llevan las ovejas a la muerte,
Jesùs las lleva hacia la vida!.
La
verdadera humanidad de Jesùs que se expresa con toda verdad en su
pastoreo, en dar a todos la vida del Padre, es el camino que nos
permite acceder a su divinidad. El restituye a las ovejas en su
verdadero ser y en favorecer que cada una alcance su plenitud.
Por
poner un bello ejemplo, entre muchos que se pueden destacar, de
coherencia con lo que la Iglesia nos plantea en este cuarto domingo
de Pascua, les proponemos reconocer la vida de Francisco Javier
Nguyen Van Thuan (1928-2002), obispo y cardenal vietnamita,
prisionero durante largos años en un campo de concentración de su
país, pastor que, una vez recuperada su libertad, se entregò en
estos términos pascuales al ministerio de sus comunidades, de modo
infatigable y en plena identificación con el Señor Jesùs. La
Iglesia adelanta ahora su proceso de beatificación.
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