domingo, 10 de septiembre de 2017

“Constructores de la paz, promotores de la vida”

Discurso del Papa al llegar a Bogotá.


El evangelista recuerda que el llamado de los primeros discípulos fue a orillas del lago de Genesaret, allí donde la gente se aglutinaba para escuchar una voz capaz de orientarles e iluminarles; y también es el lugar donde los pescadores cierran sus fatigosas jornadas, en las que buscan el sustento para llevar una vida sin penurias, digna y feliz. Es la única vez en todo el Evangelio de Lucas en que Jesús predica junto al llamado mar de Galilea. En el mar abierto se confunden la esperada fecundidad del trabajo con la frustración por la inutilidad de los esfuerzos vanos. Según una antigua lectura cristiana, el mar también representa la inmensidad donde conviven todos los pueblos. Finalmente, por su agitación y oscuridad, evoca todo aquello que amenaza la existencia humana y que tiene el poder de destruirla.

Nosotros usamos expresiones similares para definir multitudes; una marea humana, un mar de gente. Ese día, Jesús tiene detrás de sí, el mar y frente a Él, una multitud que lo ha seguido porque sabe de su conmoción ante el dolor humano … y de sus palabras justas, profundas, certeras. Todos ellos vienen a escucharlo, la Palabra de Jesús tiene algo especial que no deja indiferente a nadie; su Palabra tiene poder para convertir corazones, cambiar planes y proyectos. Es una Palabra probada en la acción, no es una conclusión de escritorio, de acuerdos fríos y alejados del dolor de la gente, por eso es una Palabra que sirve tanto para la seguridad de la orilla como para la fragilidad del mar.

Esta querida ciudad, Bogotá, y este hermoso país, Colombia, tienen mucho de estos escenarios humanos presentados por el Evangelio. Aquí se encuentran multitudes anhelantes de una palabra de vida, que ilumine con su luz todos los esfuerzos y muestre el sentido y la belleza de la existencia humana. Estas multitudes de hombres y mujeres, niños y ancianos habitan una tierra de inimaginable fecundidad, que podría dar frutos para todos. Pero también aquí, como en otras partes, hay densas tinieblas que amenazan y destruyen la vida: las tinieblas de la injusticia y de la inequidad social; las tinieblas corruptoras de los intereses personales o grupales, que consumen de manera egoísta y desaforada lo que está destinado para el bienestar de todos; las tinieblas del irrespeto por la vida humana que siega a diario la existencia de tantos inocentes, cuya sangre clama al cielo; las tinieblas de la sed de venganza y del odio que mancha con sangre humana las manos de quienes se toman la justicia por su cuenta; las tinieblas de quienes se vuelven insensibles ante el dolor de tantas víctimas. A todas esas tinieblas Jesús las disipa y destruye con su mandato en la barca de Pedro: “Navega mar adentro” (Lc 5,4).

Nosotros podemos enredarnos en discusiones interminables, sumar intentos fallidos y hacer un elenco de esfuerzos que han terminado en nada; igual que Pedro, sabemos qué significa la experiencia de trabajar sin ningún resultado. Esta Nación también sabe de ello, cuando por un período de 6 años, allá al comienzo, tuvo 16 presidentes y pagó caro sus divisiones (“la patria boba”); también la Iglesia en Colombia sabe de trabajos pastorales vanos e infructuosos, pero como Pedro, también somos capaces de confiar en el Maestro, cuya palabra suscita fecundidad incluso allí donde la inhospitalidad de las tinieblas humanas hace infructuosos tantos esfuerzos y fatigas. Pedro es el hombre que acoge decidido la invitación de Jesús, que lo deja todo y lo sigue, para transformarse en nuevo pescador, cuya misión consiste en llevar a sus hermanos al Reino de Dios, donde la vida se hace plena y feliz.

Pero el mandato de echar las redes no está dirigido sólo a Simón Pedro; a él le ha tocado navegar mar adentro, como aquellos en vuestra patria que han visto primero lo que más urge, aquellos que han tomado iniciativas de paz, de vida. Echar las redes entraña responsabilidad. En Bogotá y en Colombia peregrina una inmensa comunidad, que está llamada a convertirse en una red vigorosa que congregue a todos en la unidad, trabajando en la defensa y en el cuidado de la vida humana, particularmente cuando es más frágil y vulnerable: en el seno materno, en la infancia, en la vejez, en las condiciones de discapacidad y en las situaciones de marginación social. También multitudes que viven en Bogotá y en Colombia pueden llegar a ser verdaderas comunidades vivas, justas y fraternas si escuchan y acogen la Palabra de Dios. En estas multitudes evangelizadas surgirán muchos hombres y mujeres convertidos en discípulos que, con un corazón verdaderamente libre, sigan a Jesús; hombres y mujeres capaces de amar la vida en todas sus etapas, de respetarlas, de promoverla.

Hace falta llamarnos unos a otros, hacernos señas, como los pescadores, volver a considerarnos hermanos, compañeros de camino, socios de esta empresa común que es la patria. Bogotá y Colombia son, al mismo tiempo, orilla, lago, mar abierto, ciudad por donde Jesús ha transitado y transita, para ofrecer su presencia y su palabra fecunda, para sacar de las tinieblas y llevarnos a la luz y la vida. Llamar a otros, a todos, para que nadie quede al arbitrio de las tempestades; subir a la barca a todas las familias, santuario de vida; hacer lugar al bien común por encima de los intereses mezquinos o particulares, cargar a los más frágiles promoviendo sus derechos.

Pedro experimenta su pequeñez, lo  inmenso de la Palabra y el accionar de Jesús; Pedro sabe de sus fragilidades, de sus idas y venidas, como lo sabemos nosotros, como lo sabe la historia de violencia y división de vuestro pueblo que no siempre nos ha encontrado compartiendo barca, tempestad, infortunios. Pero al igual que a Simón, Jesús nos invita a ir mar adentro, nos impulsa al riesgo compartido, a dejar nuestros egoísmos y a seguirlo. A perder miedos que no vienen de Dios, que nos inmovilizan y retardan la urgencia de ser constructores de la paz, promotores de la vida.


domingo, 3 de septiembre de 2017

COMUNITAS MATUTINA 3 DE SEPTIEMBRE DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”
(Mateo 16: 25)
Lecturas:
  1. Jeremìas 20: 7-9
  2. Salmo 62
  3. Romanos 12: 1-2
  4. Mateo 16: 21-27

La Palabra de este domingo se concentra en las consecuencias dolorosas que conllevan el ministerio profético y el seguimiento de Jesùs. La primera lectura, de Jeremìas, y el evangelio, de Mateo, llaman la atención sobre el conflicto que tienen que afrontar tanto el profeta como Jesùs.
El ministerio profético de Jeremìas es especialmente doloroso, su servicio se enmarca en la experiencia del exilio vivida por el pueblo de Israel, desposeídos de su territorio, de su autonomía, de su templo, se ven abocados a replantear su fe en el Dios de la alianza, y a purificar su experiencia religiosa de la formalidad cultual y de la precaria autenticidad de sus vidas.
Jeremìas vivió esta dramática historia predicando y amenazando en vano a los reyes incapaces que se sucedìan en el trono de David; fue acusado de derrotismo, perseguido y encarcelado. A esto se une su temperamento extremadamente sensible y frágil, que tuvo que hacer frente a multitud de desgracias para èl mismo y para su pueblo.
Se viò desgarrado por una misión a la que no podía sustraerse: “Me has seducido, Yahvè, y me dejè seducir; me has agarrado y me has podido. He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban. Cada vez que abro la boca es para clamar: Atropello!, para gritar: Me roban! La palabra de Yahvè ha sido para mì oprobio y befa cotidiana” (Jeremìas 20: 7-8).
La mayoría de los profetas bíblicos sufrieron experiencias similares, rechazados por sus propios hermanos y por las autoridades correspondientes. Muchos de ellos padecieron el destierro y la muerte ignominiosa, pero pudo màs la fidelidad a Yahvè y a su pueblo, a la misión encomendada, que su seguridad y bienestar. La Palabra de Dios penetra hasta lo màs profundo del profeta y lo abrasa hasta el punto de quitar su tranquilidad y de mantenerlo siempre en estado de alerta.
De aquí podemos trasladarnos a los relatos de cristianos heroicos, que no cedieron a la perversidad de injustos y poderosos, que no transaron sus convicciones, que se mantuvieron firmes en sus denuncias de tal o cual estado de cosas inadmisibles para los valores evangélicos y para el humanismo autèntico, que defendieron la dignidad de sus pròjimos, hasta el extremo de ofrecer su vida martirialmente: “Nadie tiene mayor amor que aquel que es capaz de dar la vida por las personas que ama” (Juan 15: 13).
Pasan por nuestra mente y corazón los mártires del cristianismo primitivo, los que dieron sus vidas en el horror de los campos de concentración stalinianos y nazis en la II guerra mundial, los que murieron víctimas de las atrocidades de las dictaduras militares latinoamericanas en el siglo XX, los misioneros y catequistas que se resistían a abjurar de su fe en el Japòn de los siglos XVII y XVIII, los líderes sociales de Colombia asesinados por su defensa comprometida de la paz y de la dignidad humana.
El padre Alfred Delp (1907-1945), jesuita alemán, es uno de estos testigos proféticos del reino de Dios y su justicia. Por su actividad de denuncia de la barbarie nazi es llevado a un campo de concentración en las afueras de Berlìn, el 28 de julio de 1944. Al enterarse de la sentencia de muerte escribe a sus compañeros: “Ahora tengo que emprender otro camino. Se ha solicitado para mì la pena de muerte, y la atmòsfera està tan cargada de odio y hostilidad que he de contar hoy con que será dictada y ejecutada. Doy gracias a la Compañìa de Jesùs por toda su bondad, compañerismo y ayuda, también y especialmente en estas duras semanas. Pido perdón por muchas cosas falsas e injustas, y suplico un poco de ayuda y cuidado de mis padres, ancianos y enfermos. La verdadera razón de la condena es que soy y he seguido siendo jesuita” (DELP,Alfred. Escritos desde la prisión. Editorial Sal Terrae, 2012; página 222).
El texto de Mateo aborda esta cuestión esencial de la existencia cristiana presentando el discipulado como seguimiento de Jesùs hasta la cruz. Jesùs pone de manifiesto a sus discípulos que el camino de la resurrección està vinculado estrechamente a la experiencia dolorosa de la cruz. El núcleo principal es el primer anuncio de la pasión. Los discípulos, simbolizados en la persona de Pedro, no son capaces de comprender esta dura de realidad y se resisten a admitirla: “Pedro se lo llevò aparta y se puso a reprenderlo diciendo: Ni se te ocurra, Señor! De ningún modo te sucederà eso!” (Mateo 16: 22).
Para ellos su expectativa se concentra en un mesianismo glorioso y triunfante, ideas muy propias del judaísmo de ese momento. Son criterios mundanos, parecidos a los que se manifiestan con pesadumbre cuando alguien decide emprender un modo de vida en el que la abnegación y el sacrificio son el pan de cada dìa. Jesùs rechaza enfáticamente esa mentalidad con palabras muy severas: “Pero èl, volviéndose , dijo a Pedro: Quìtate de mi vista, Satanàs! Sòlo me sirves de escàndalo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mateo 16: 23).
No hay verdadero discipulado si no se asume el mismo camino del Maestro. El anuncio genuino del Evangelio trae consigo persecución y sufrimiento. Tomar la cruz significa participar en la muerte y en la resurrección de Jesùs, la pèrdida de la vida por su causa habilita al discípulo para alcanzarla en plenitud junto a Dios: “Si alguno quiere venir en pos de mì, niéguese a sì mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderà; pero quien pierda su vida por mì, la encontrarà. Pues, de què le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mateo 16: 25-26).
Hay que advertir ènfaticamente que el camino de seguimiento de Jesùs no contiene una exaltación del sufrimiento por sì mismo, ni es una propuesta masoquista que promueve el autocastigo o que se abstiene neuróticamente del gozo de vivir. Se hace una invitación al amor sin medida, al reconocimiento constante de la dignidad del ser humano, a la denuncia de todo lo que atente contra este valor esencial, a poner en tela de juicio el mundo del poder, de la vanidad, del consumismo, de la ambición de riquezas, a rechazar el olvido de la solidaridad y de la justicia, todo esto como consecuencia de seguir con fidelidad el itinerario de Jesùs, condensado en el espíritu de las bienaventuranzas.
En el bautismo se nos ha configurado con Jesùs, en su muerte y en su pascua, dice la tradición cristiana que por este sacramento adquirimos la condición de sacerdotes-miembros del pueblo que significa con eficacia la mediación de salvación – la Iglesia - ; profetas-anunciadores de la Buena Noticia de la vida abundante de Dios para toda la humanidad y dispuestos a denunciar todo lo que va en contravía de este proyecto; reyes-servidores que asumimos la realeza de Cristo, no siguiendo el modo mundano enfáticamente rechazado por èl, sino sirviendo generosamente al prójimo. Y en todo esto dispuestos a identificarnos con las exigencias de su cruz.
No podemos prescindir del profetismo en el seguimiento de Jesùs. Muchos cristianos se han jugado la vida por la defensa de los valores contenidos en el Evangelio, han enfrentado contradicciones, han renunciado a la vida cómoda e instalada para anunciar que hay una manera cualitativamente distinta de vida que no fundamenta su sentido ni en el dinero ni en el poder absoluto ni en la dominación injusta de los hermanos, sino en el sacrificio, en el ejercicio de la solidaridad, en la mesa compartida, en la tantas veces mencionada radical projimidad, estas últimas garantía del màs autèntico y liberador sentido de la vida.
Dice nuestro admirado y querido Monseñor Romero, Beato Romero de Amèrica, en anotación de su diario, el 2 de abril de 1978, Domingo de Pascua de ese año: “Prediquè el Evangelio, hice alusión a la tumba vacìa de Jesucristo resucitado y a la tumba cerrada del Padre Alfonso Navarro que el año pasado, precisamente en esta fiesta, había mostrado todo su entusiasmo de párroco en una parroquia que es testimonio de la resurrección de Cristo. Su tumba cerrada, después de haberlo asesinado, esa tumba cerrada podía significar como un fracaso de la redención y de la resurrección de Cristo y, sin embargo, era el signo de una esperanza. Nuestros muertos han de resucitar y las tumbas de nuestros muertos que hoy están selladas con el triunfo de la muerte, un dìa serán también como la de Cristo: tumbas vacìas. La tumba vacìa de Cristo es una evocación del triunfo definitivo, de la redención consumada” (ROMERO,Oscar Arnulfo. Diario, editado por Fundaciòn Monseñor Romero, página 8).
El texto de la segunda lectura de hoy – carta a los Romanos – es un aval para todo lo expresado hasta aquí, Pablo invita a que nuestro culto sea ofrenda de todo lo que somos a Dios y al prójimo, la existencia recta y amorosa como significación plena de esta nueva manera de vivir: “Los exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que se ofrezcan a ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo, y agradable a Dios” (Romanos 12: 1).

domingo, 27 de agosto de 2017

COMUNITAS MATUTINA 27 DE AGOSTO DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO

Quien dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”
(Mateo 16: 13)
Lecturas:
  1. Isaías 22: 19-23
  2. Salmo 137: 1-8
  3. Romanos 11: 33-36
  4. Mateo 16: 13-20
En su bello y profundo libro “Imágenes deformadas de Jesús”, el teólogo francés Bernard Sesboüé se dedica a estudiar con rigor las respuestas a la pregunta que el mismo Jesús formula a Pedro y a los discípulos: “Quien dice la gente que es el Hijo del hombre?” (Mateo 16:13), ratificada con esta más directa: “Y ustedes, quien dicen que soy?” (Mateo 16: 15). Es la cuestión central que nos formula el evangelio de este domingo.
No es una disquisición teológica para eruditos sino realidad de fondo que interpela a cada creyente con el fin de hacer control de calidad a la propia fe:
  • Si estamos llevados simplemente por una inercia religiosa de tipo sociocultural, en la que la adscripción al cristianismo es uno más de los elementos de identidad social, acostumbrados a ser cristianos sin mayores incidencias en la generación de una manera de vivir cualificada por el Evangelio.
  • Si nuestro cristianismo se inclina por definiciones incompletas de Jesús, mucho más divino que humano, o viceversa; un Jesús milagrero, con rasgos de extraterrestre, desentendido de la humanidad, especialmente de sus aspectos más dramáticos y dolorosos.
  • O también el ejercicio de una fe condicionada por el sentimiento trágico de la vida, en la que se exalta en demasía el sufrimiento del Señor, con la abundante expresión de la religiosidad popular que no atina a detectar el fundamento pascual de la condición cristiana.
  • O un Jesús melifluo y sentimental, ingenuo, sin la perspectiva crítica que se requiere para captar las complejidades de la humanidad y de la historia, con la consiguiente evidencia de prácticas religiosas aisladas de la realidad.
  • O un Jesús que se reduce a ser caudillo y revolucionario social, identificándolo con unas determinadas tendencias políticas, convirtiéndolo en el gestor de unas reivindicaciones de justicia, realidades que de entrada son legítimas pero que no agotan todo lo que la auténtica tradición cristiana afirma y vive sobre la totalidad del misterio del Señor Jesucristo.
Altamente recomendado para quienes se esmeran por cultivar una fe inteligente y seria, este libro de Sesboüé hace un recorrido por el universo de interpretaciones deformadas o insuficientes, con la sana intención de purificar la práctica cristiana explicitando los elementos esenciales de la fe en Jesucristo, tal como fue vivido y proclamado por las comunidades que dieron origen a los escritos del Nuevo Testamento.
Sean estas reflexiones un llamado sensato para volver al diálogo que propone el evangelio de este domingo, que así nos sintamos interpelados por el mismo Jesús que hace preguntas serias a nuestra fe, a la manera como asumimos su seguimiento y la configuración de nuestra humanidad con la de El.
Pongamos en todo nuestro ser las palabras de Pedro, que habla por él mismo y por los demás discípulos, y digamos con convicción la respuesta a la cuestión planteada por el Señor: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mateo 16: 16), escueta y densa profesión de fe que condensa la fe de las primeras comunidades cristianas, que luego vendrá a ser heroico testimonio en la vida de esas cristiandades originales, acreditadas a menudo con el martirio y la persecución.
Cómo respondemos nosotros, desde este siglo XXI, a tal interrogante? Nos aventuramos a vivir la fe en el Señor Jesús con todas las implicaciones de su divinidad y de su humanidad? Se refleja eso en nuestro ser cotidiano, en la totalidad de dimensiones que constituyen nuestra condición humana, en la construcción de una historia que refleje coherentemente la dignidad humana, con todas sus evidencias de justicia, solidaridad, construcción del bien común, respeto por la diversidad, inclusión, fraternidad y apertura definitiva a la trascendencia de Dios?
Porque la realidad divina y humana de Jesús, comprensión completa de la fe cristiana, es para que cada ser humano que opta por esta alternativa sea plenamente humano y plenamente divino, dejando que su historia individual y comunitaria sea asumida en gracia por el Señor Jesucristo.
Creer en Jesús, seguir a Jesús, no es un asunto de momentos rituales , abarca la totalidad de la existencia con la pretensión de que todo lo que constituye a un ser humano esté permeado por El hasta configurar una nueva manera de ser, saludable, realista, una narrativa del acontecer liberador de Dios que se dice plenamente en el relato original y originante del Señor Jesucristo, decidiendo con libertad tomar el camino de la nueva humanidad que el Padre nos ofrece en Jesùs: “Pero esto no tiene nada que ver con lo que han aprendido de Cristo si es que han oído hablar de él y en él han sido enseñados conforme a la verdad de Jesús: en cuanto a su vida anterior, despójense del hombre viejo, que se corrompe dejándose seducir por deseos rastreros, renueven su mente espiritual y revístanse del Hombre Nuevo, creado según Dios, que se manifiesta en una vida justa y en la verdad santa” (Efesios 4: 20-24).
A este proceso San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, le llama “conocimiento interno”, lo expresa el santo en la tercera petición preparatoria de la segunda etapa de los ejercicios: “Demandar lo que quiero; será aquí demandar conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” (Ejercicios Espirituales # 104), lleva a que todo lo que somos como humanos se deje configurar por la persona de Jesús, en el mayor nivel posible de apasionamiento y de amor.
Hay algo más. Por eso nos vamos a fijar con detalle en la segunda parte del texto de Mateo: “Jesús le dijo: dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo! Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra constituiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la vencerá” (Mateo 16: 17-18).
Jesús se propone construír una comunidad de hombres nuevos, en la que se viva plenamente la Buena Noticia que él anuncia, sacramento eficaz de su presencia en la historia, para ello requiere que esta sea cimentada sobre una piedra fundamental, el sillar o roca en la que se asienta el edificio, entendiendo como tal a la comunidad de los primeros discípulos, que tiene su punto de partida en Pedro , él y ellos testigos originales de la vida y ministerio del Señor, ahora redimensionados por la experiencia pascual que los ha hecho pasar del temor y la confusión al coraje apostólico y a la capacidad de dar la vida por esta causa.
Pedro es una figura vinculante en el cristianismo primitivo, en él se condensa el ser humano creyente, con sus grandes virtudes e innegables limitaciones, como lo refieren los mismos relatos evangélicos en diversos pasajes.
Este mismo Pedro, en un determinado momento temeroso y cobarde, como nos sucede también a nosotros, es después cabeza de los discípulos y el más entusiasta testigo de Jesucristo: “Bendito sea Dios, padre de Nuestro Señor Jesucristo que, según su gran misericordia y por la resurrección de Jesucristo de la muerte, nos ha hecho renacer para una esperanza viva, a una herencia que no puede destruirse, ni mancharse, ni marchitarse, reservada para ustedes en el cielo” (1 Pedro 1:3-4).
Qué sentimientos y preguntas provoca en nosotros Pedro, primero invadido de temores y de imaginarios mundanos, y luego el más corajudo de los apóstoles? Pedro, pastor de la primera comunidad de cristianos de Roma, es la roca en la que se afianza la solidez evangélica de la Iglesia. El es ahora el gran afirmador del Señor Jesús, llegando a ratificarlo con la ofrenda martirial de su vida, y dando testimonio de la esperanza definitiva con la que Dios garantiza que todo lo humano adquiere plenitud gracias a la mediación liberadora del Señor Jesucristo.
Profunda evocación esta que tiene mayor relieve ahora cuando se aproxima la visita apostólica de Francisco, Obispo de Roma, sucesor de Pedro, cuyo ministerio ejerce: “A ti te daré las llaves del reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mateo 16: 19).
El servicio de Pedro no puede ser un poder del mundo, ejercido con talante autoritario y vertical, sino servicio, que es lo que significa la palabra ministerio, y este consiste en el anuncio de la Buena Noticia del Padre Dios presentada por el Señor Jesús para que toda la humanidad tenga las mejores y más decisivas razones para la esperanza, afianzando su dignidad de personas, promoviendo la construcción de sociedades equitativas, denunciando las permanentes idolatrías que amenazan la libertad, acreditando que la humanidad adquiere su pleno significado cuando se inserta en la divinidad mediante la acción salvadora de Jesús, viviendo densamente la sacramentalidad de la Iglesia como presencia histórica y eficaz de la misión salvadora que El nos ha traìdo.

domingo, 20 de agosto de 2017

COMUNITAS MATUTINA 20 DE AGOSTO DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO

Entonces Jesús le contestó: Mujer, qué fe tan grande tienes. Que se cumplan tus deseos”
(Mateo 15: 28)
Lecturas:
  1. Isaías 56: 1-7
  2. Salmo 66
  3. Romanos 11: 13-15 y 29-32
  4. Mateo 15: 21-28
Las lecturas de este domingo nos ponen ante una exigencia radical del cristianismo original, el propio de Jesús, el vivido por las comunidades primitivas, es la conciencia y la experiencia de que la intención salvadora de Dios no se reduce a tal o cual pueblo elegido, a tal o cual congregación de creyentes, lo propio de esta novedosa condición se evidencia en un Dios que es para todos los seres humanos, sin excepción, un Dios apasionante que se explicita en la pluralidad y en la diversidad, maravilloso antecedente de lo que hoy conocemos como ecumenismo y como diálogo interreligioso.
Así, veamos lo que nos plantean la primera lectura, del profeta Isaías y el texto de Mateo.
Al regresar del exilio que vivieron los israelitas en Babilonia, fuerte cautividad que duró un poco más de cincuenta años, los discípulos del profeta Isaías, empeñados en una renovación espiritual profunda, proponen a este nuevo Israel que deje atrás su exclusivismo religioso-nacionalista para que se abra a los valores de la universalidad , animando a promover la gran causa de la justicia que acoge sin distingos a todos los seres humanos.
Es sabido que el pueblo de Israel se sentía el concesionario absoluto de Dios, en sus creencias no estaba el reconocimiento de la validez de los caminos religiosos distintos del propio. Los textos de hoy nos sugieren el camino de la apertura y de la vivencia armónica de la pluralidad.
La iniciativa no pretende desconocer la rica diversidad religiosa de los pueblos vecinos ni tampoco unificarla en una sola religión, sino mover a este Israel postexílico a aceptar con respeto y espíritu de diálogo la multiplicidad de creencias. Estos discípulos de Isaías son conscientes de los peligros que subyacen en el nacionalismo exacerbado y en la tendencia religiosa fundamentalista que lo acompaña, con las conductas bien conocidas de desprecio de los demás, de afianzamiento extremista de las que se consideran únicas verdades, y de la falsa superioridad que se niega al diálogo y al reconocimiento respetuoso de lo diverso.
Las palabras de la primera lectura de este domingo pertenecen al llamado Tercer Isaías, texto que se caracteriza por su visión universal de la salvación y de superación de las estrechas fronteras religiosas de Israel para dar paso a una actitud abierta a todas las posibilidades de fe entonces conocidas, mentalidad que se respira en palabras como estas: “A los extranjeros que se hayan dado al Señor, para servirlo, para amar al Señor y ser sus servidores, que guarden el sábado sin profanarlo y perseveren en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración; aceptaré sobre mi altar sus ofrendas, porque mi casa es casa de oración, y a mi casa la llamarán todos los pueblos casa de oración” (Isaías 56: 6-7).
Cada pueblo sólo puede ser superior a sí mismo en cada momento de la historia, un saludable sentido ético y ecuménico no puede admitir superioridades violentas y aniquilantes, como las muy penosas que hemos visto en estos días en los acontecimientos de Charlottesville, en Estados Unidos, con su penoso mensaje de supremacía racista de parte de los blancos fanáticos, desafortunadamente llamándose cristianos! La genuina superioridad consiste en transformar esas decadentes tendencias en una conciencia de sus propias potencialidades de apertura universalista y de esfuerzo de comunión.
El nuevo templo de Jerusalén, como símbolo de la esperanza del pueblo liberado, debía convertirse en una institución que animara los procesos de integración universal, abierta a todos los creyentes en el Dios de la justicia y del amor, cuya genuina religión tiene su raíz en el respeto por los más débiles y excluídos.
Desafortunadamente el entusiasmo renovador de los profetas que promulgaban este mensaje no tuvo eco suficiente y se quedó en el aire como un ideal lejano. Y el templo siguió siendo el fortín de los poderosos y explotadores del pueblo humilde, el lugar donde almacenaban sus riquezas mal habidas.
Por eso, siglos más tarde, tiene lugar esa escena paradigmática en la que Jesús arroja con violencia a los mercaderes que hacían su agosto en el lugar sagrado y los fustiga con palabras de gran severidad: “Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas, y no dejaba a nadie transportar objetos por el templo. Y les dijo: está escrito, mi casa será casa de oración y ustedes la han convertido en guarida de bandidos” (Marcos 11: 15-17).
Este enfrentamiento tiene la intención de devolver al templo su significación de baluarte de la justicia y de acogida gratuita a todos los que se acercaban al lugar.
En ese proceso de ruptura con la decadencia del templo y con la élite que lo manipulaba se enmarca el episodio de la mujer cananea, que nos propone el evangelio de este domingo. Jesús se había retirado hacia una región extranjera, Tiro y Sidón, no muy lejana de Galilea. Las fuertes presiones del poder central judío imponían grandes limitaciones a la actividad misionera de Jesús. Su obra a favor de los pobres, enfermos y marginados, encontraba gran resistencia, justamente porque abría el horizonte religioso y ponía en crisis el exclusivismo religioso judío.
El encuentro con la mujer cananea, doblemente marginal por su condición de mujer y de extranjera, transforma todos los paradigmas con los que Jesús interpretaba su misión. Es una escena dura que nos sorprende bastante porque al comienzo Jesús se muestra displicente ante la insistente mujer que clamaba por la curación de su hija: “Desde allí se marchó a la región de Tiro Y Sidón. Una mujer cananea de la zona salió gritando: Ten compasión de mí, Señor, hijo de David!, mi hija es maltratada por un demonio. El no respondió una palabra. Se acercaron los discípulos y le suplicaron: despídela, que viene gritando detrás de nosotros. El contestó: He sido enviado solamente a las ovejas descarriadas de la casa de Israel” (Mateo 15: 21-24).
Los discípulos, movidos más por la impaciencia que por la compasión, median ante Jesús para poner fin a los ruegos de la mujer. El evangelista, entonces, pone en boca de Jesús una respuesta típica de un predicador judío: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel” (Mateo 15: 24). Por fortuna, la mujer haciendo a un lado prejuicios raciales y religiosos, corta el camino a Jesús y lo obliga a dialogar, ella – si vale la pena la expresión – “catequiza” a Jesús, la sorpresa suya es grande cuando constata en ella una fe que contrastaba con la incredulidad y escepticismo de sus paisanos judíos.
Con este incidente, Jesús comprende que no puede excluír a los auténticos creyentes, los que saltan con convicción los límites de tal o cual religión para acceder al Dios de la solidaridad y de la justicia: “Entonces Jesús le contestó: Mujer, qué fe tan grande tienes. Que se cumplan tus deseos. Y la hija quedó curada en aquel momento” (Mateo 15: 28).
También hoy se dan marcadas exclusiones y actitudes de proscripción y desconocimiento de la pluralidad de creencias, se castiga y se condena a muchos porque son “distintos” en sus convicciones, en su cultura, en su sensibilidad espiritual, en su sexualidad, en su condición socioeconómica, en su raza, incluyendo actitudes de estas en muchos ambientes que se dicen cristianos y guardianes de la moral y de la religión, como las muy conocidas y deplorables del programa de televisión “Un café con Galat”, de abierta tendencia fundamentalista y farisaica.
La misión del reino de Dios y su justicia trasciende fronteras y reconoce como objetivo suyo el acoger con misericordia y solidaridad a todo ser humano que busca ser reconocido en su dignidad y acogido para reintegrarlo en la dignidad que le han quitado tantas condenaciones.
El Dios que se nos revela en Jesucristo es Padre-Madre, inabarcablemente plural en sus manifestaciones, en sus intenciones, en los caminos que nos traza para que nuestra vida sea plena y bienaventurada. Las religiones, tomadas en serio, no pueden constituirse en obstáculos al plan de Dios, sino en mediaciones de profunda densidad espiritual y humanista, de tal envergadura que promuevan entre todos los seres humanos la disposición para el diálogo, para la construcción conjunta de alternativas de convivencia pacífica, de bien común, de fraternidad.

domingo, 13 de agosto de 2017

COMUNITAS MATUTINA 13 DE AGOSTO DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARI0

Tengan valor, soy yo, no tengan miedo”
(Mateo 14: 27)

Lecturas:
  1. 1 Reyes 19: 9-13
  2. Salmo 84
  3. Romanos 9: 1-5
  4. Mateo 14: 22-33

El profeta Elías, protagonista del relato de la primera lectura, emprende el camino de retorno hacia el monte Horeb, simbolizando así la vuelta a los orígenes de Israel: la fidelidad al único y verdadero Dios, pactada en la alianza, y al modo de vida honesto como reciprocidad de los creyentes hacia Yavé, quien se ha desbordado con predilecciones hacia este pueblo, demostrando que su único interés es la plenitud del ser humano, del que los israelitas son imagen.
Esta dignidad de Israel se ha visto manchada con la perversidad del rey Acab y de su esposa Jezabel, quien desata su ira contra Elías persiguiéndolo para darle muerte, como venganza por la entereza con la que él ha denunciado los cultos idolátricos y la correspondiente desarticulación del modo de vida fundamentado en la rectitud y en la justicia.
El ideal de Elías es rescatar la originalidad de la fe en el Dios único que favorece un ser humano también único y digno, sin su libertad deshecha por los cultos idolátricos.
El monoteísmo de Israel no es la exclusividad de un Dios celoso y tiránico que rechaza que le hagan competencia o que castiga implacablemente a aquellos dioses alternativos que se filtran en su camino. El Dios único de los israelitas contiene la posibilidad de que el ser humano sea también único y libre de esclavitudes y de sometimientos serviles. Se trata de un monoteísmo liberador.
Teniendo en cuenta este escenario nos preguntamos: cómo se dan en nosotros las contradicciones entre el bien y el mal? Cuáles son esas realidades a las que exponemos nuestra autonomía? El ser humano siempre ha tenido la tentación – consciente o inconsciente – del miedo a la libertad, y por eso crea ídolos, como modelos políticos o económicos, ideologías, religiones dominadas por el fanatismo y la intransigencia, estilos de vida egoístas, personas a quienes hipotecamos nuestra dignidad, u otras realidades que enajenan nuestra soberanía y nuestra dignidad.
Estamos seducidos por la lógica de la sociedad de consumo, deseosos de dinero y de bienestar material, sin referencia a la solidaridad con los prójimos afectados por la violencia y por la injusticia y al Dios que nos invita a reivindicarlos en su dignidad?
Veamos en los ídolos que confronta Elías a los Baales de nuestro tiempo, todo aquello que va en contra de la realización plena del ser humano, la existencia vacía de ideales, la economía sin humanismo, la tiranía de los poderes de diversa índole que sofocan las aspiraciones humanas de libertad.
El talante de este profeta se plasma en aquellos seres humanos apasionados por el reino de Dios y su justicia, siempre empeñados en el proyecto original de Dios que es la vigencia permanente de la dignidad humana. Así, vamos con Elías al silencio del encuentro contemplativo con el misterio de Dios, fundamento de una vida libre y bienaventurada.
No es en las manifestaciones del poder donde se encuentra Dios, sus manifestaciones decisivas se dan en la “brisa tenue”, en los amores discretos, en las vidas dedicadas humildemente al servicio y a la solidaridad.
Así lo señala bellamente el texto de 1 Reyes 19: “En aquel momento pasó el Señor, y un viento fuerte y poderoso desgajó la montaña y partió las rocas ante el Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto, pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. Y tras el terremoto hubo un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego se oyó un sonido suave y delicado. Al escucharlo, Elías se cubrió la cara con su capa y salió y se quedó a la entrada de la cueva. En esto llegó a él una voz que decía: qué haces ahí Elías?” (1 Reyes 19: 11-13)
Con este acontecimiento Elías se da cuenta que la denuncia de las injusticias no puede ir acompañada de violencia (ver 1 Reyes 18: 20-40), percibe que este desafortunado recurso sólo contribuye a crear más desolación y muerte, y por eso cambia su perspectiva invitando a un grupo de discípulos suyos a seguir con su misión enfocada ahora en la paz y en la justicia.
La mentalidad que refleja el anterior relato es indicativa de la lógica de un Dios que no acude a las evidencias propias de la espectacularidad vanidosa y arrogante. El Dios que asi se revela se abaja para manifestarse en la pobreza, en la silenciosa conducta de los humildes, en el bajo perfil, como lo apreciamos en los relatos de vida de Francisco de Asís, de Teresa de Calcuta, de Monseñor Romero, y de tantos otros que han sido y son “sal de la tierra y luz del mundo” desde biografías ocultas, plenas de amor y de solidaridad, sin llamar la atención de los poderes del mundo.
El relato del evangelio de Mateo – la tempestad calmada – obedece a situaciones de confusión y angustia que vivían las primeras comunidades cristianas, asediadas por persecuciones y graves contradicciones e incomprensiones, bien conocidas por la historia. Recordemos también el hondo sentimiento de derrota que embargó a los discípulos después de la muerte de Jesús, todo lo bueno que El anunció y realizó se veía aparentemente fracasado.
Esta situación se parece a muchas que vivimos los seres humanos, las sociedades, la Iglesia misma, las fuerzas adversas parecen llevar siempre la delantera.
Pensemos en algunas de estas:
  • La gravísima mancha moral causada por los escándalos de abuso sexual protagonizados por sacerdotes, casos detectados en los años recientes, la conducta de algunos obispos que no tuvieron la suficiente severidad y vigor para castigar a los responsables de estos crímenes, que son simultáneamente pecados de extrema gravedad y delitos de lesa humanidad.
  • La sociedad de consumo y la cultura “light” que crea mentalidades facilistas poco aptas para la entrega generosa y la abnegación, con la incidencia que esto tiene para que muchos no tengan las condiciones que hacen propicio el mensaje de Jesús y su proyecto de donación de la vida y de compromiso con las causas de justicia y de dignidad.
  • El estilo integrista y fundamentalista de no pocos grupos de cristianos fijados en posturas autoritarias, dogmáticas, intransigentes, enemigas de la libertad humana y de los esfuerzos de actualización y renovación traídos al mundo cristiano por el Concilio Vaticano II y por las nuevas tendencias de interpretación teológica y de aplicación pastoral.
  • Las muy conocidas violencias estructurales de los modelos económicos excluyentes, generadores de grandes pobrezas, las determinaciones injustas de gobernantes, la crisis ambiental, el descuido de la vida en todas sus formas, la degradación de la dignidad humana, el vacío existencial.
  • Y junto con esto todo lo que nos sucede en el plano personal cuando la fragilidad toma formas muy fuertes y amenazantes.
Qué hacer? Donde están la esperanza y el sentido de la vida? Dios calla ante los males de la humanidad? Nos queda sólo el sentimiento trágico de la vida?
La fe en el Señor Jesucristo no es una cuestión de providencialismo ingenuo, en ella sí está la respuesta, lo tenemos claro, pero esta cuenta con la responsabilidad histórica del ser humano, con su libertad empeñada en la superación de estas contradicciones, con la conciencia de que la magnitud de los problemas ya señalados no permiten actitudes evasivas, que debemos vivir influídos felizmente por ese espíritu que se refleja en aquello de “A Dios rogando y con el mazo dando”, gracia de Dios y libertad humana combinadas para no sucumbir ante los dramas y las tragedias.
Las palabras de Jesús ante el miedo y la confusión que se apoderan de los discípulos: “Tengan valor , soy yo, no tengan miedo” (Mateo 14:27), son el reconocimiento de los primeros cristianos de una garantía decisiva que trasciende las limitaciones de la humanidad, es el mismo Señor animando constantemente a mantener el ánimo en alto para asumir lo contradictorio, lo antievangélico, lo deshumanizante, y transformarlo en gracia y en justicia.
La confianza serena en el Señor nos confiere el temple necesario para no hundirnos en las inseguridades y en el desencanto que nos pueden causar los pecados de algunos en la Iglesia y en la sociedad. En nombre de la fe debemos aceptar con entereza las turbulencias causadas por tales escándalos, auténticos pecados contra Dios y contra la humanidad, y emprender un trabajo transformador, poniendo el dedo en la llaga con coraje de cristianos raizales y dejándonos tomar por el que hace decir a Pablo “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

domingo, 30 de julio de 2017

COMUNITAS MATUTINA 30 DE JULIO DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO

El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo. Cuando un hombre lo encuentra, vuelve a esconderlo y, de tanta alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel”
(Mateo 13: 44)
Lecturas:
  1. 1 Reyes 3: 5-12
  2. Salmo 118
  3. Romanos 8: 28-30
  4. Mateo 13: 44-46
Cuál es aquella realidad que determina y estructura todo nuestro proyecto de vida? Qué es aquello que nos mueve en grado máximo y hace que todo lo que somos y hacemos se oriente a ese ideal? Cuál es la realidad que estructura todo lo nuestro en términos de pasión y felicidad?
A responder estos interrogantes se orientan las sencillísimas parábolas del tesoro y de la perla, que nos propone el evangelio de este domingo. Recordemos nuevamente el contexto que vivía la comunidad de Mateo, todos convertidos del judaísmo a la nueva fe en Jesús, viviendo entre contradicciones e incomprensiones se preguntaban si valía la pena seguir este camino, si el asunto de Jesús tenía la suficiente fuerza para totalizar sus vidas y para llenarlas de sentido.
El esfuerzo de este relato evangélico es demostrar que sí se dan las mejores y más contundentes razones para la esperanza apostándolo todo por este seguimiento y por la configuración radical de la existencia en la clave del Evangelio, a sabiendas de que no se trata de un camino de éxitos en el sentido en el que el mundo entiende esto, ni tampoco de ascensos en la escala del poder ni de adquisición de dinero y comodidades.
Con Jesús, el Padre Dios nos ofrece ese proyecto llamado Reino, el nuevo orden de cosas en el que la felicidad no está dada por las posesiones materiales ni por la carrera del poder sino por una bienaventuranza que parte de dejarse encontrar por Dios – gratuitamente, bien lo sabemos – y que asume ver la vida desde una óptica de solidaridad, de servicio, de fraternidad, de lucha por la justicia, de mesa compartida, como lo hemos afirmado a menudo en estas reflexiones dominicales.
Ese es el tesoro, esa es la perla , que sugiere este relato evangélico.
Dice el teólogo español José Antonio Pagola a propósito de esto: “ El reino de Dios es la clave para captar el sentido que Jesús da a su vida y para entender el proyecto que quiere ver realizado en Galilea, en el pueblo de Israel y, en definitiva, en todos los pueblos. Jesús no enseña en Galilea una doctrina religiosa para que sus oyentes la aprendan bien. Anuncia un acontecimiento para que aquellas gentes lo acojan con gozo y con fe. Nadie ve en él a un maestro dedicado a explicar las tradiciones religiosas de Israel. Se encuentran con un profeta apasionado por una vida más digna para todos, que busca con todas sus fuerzas que Dios sea acogido y que su reinado de justicia y misericordia se vaya extendiendo con alegría. Su objetivo no es perfeccionar la religión judía sino contribuír a que se implante cuanto antes el tan añorado reino de Dios y, con él, la vida, la justicia, y la paz” (PAGOLA, José Antonio. Jesús: aproximación histórica. Editorial PPC. Madrid, 2007; página 88)
Estas palabras son alusión directa y muy explícita a esa realidad que Jesús nos presenta como el valor último y decisivo para llenar de sentido cualquier vida humana que desee optar por esta alternativa, asumiendo que hay que hacer rupturas con aquellas cosas que nos impiden vivir con libertad tal propuesta: afectos desordenados, ambiciones egoístas, deseo de brillar socialmente, búsqueda de privilegios, cambiando todo esto por una vida en la que el genuino culto a Dios se da en la construcción de la projimidad y en la realización efectiva de la dignidad y de la justicia para todos.
Hoy la situación es bien diferente de la que vivía aquella perpleja comunidad de Mateo que se planteaba la pregunta radical de sentido en la persona de Jesús.
Vivimos un mundo complejo, en el que coexisten los grandes avances de ciencia y tecnología, el prodigio de la cultura digital y de las comunicaciones, los logros de las ciencias humanas y sociales afirmando todo lo que tiene que ver con la libertad, con grandes injusticias, violencias y escandalosos desconocimientos de la dignidad de las personas.
Junto a ellos viene el resurgimiento de tendencias fundamentalistas, religiosas y políticas, que afirman con soberbia sus verdades desconociendo las búsquedas legítimas de los demás, que desconocen con agresividad a quienes invocan la compasión, la misericordia, la superación del fanatismo religioso y la promoción de un mundo pluralista y respetuoso de la diferencia.
Cómo ser aquí seguidores de Jesús? Cómo ser como el hombre de la parábola que se encuentra gozoso con el tesoro y hace todo lo mejor para quedarse con él? Cómo aportar a la humanidad el espíritu original del Evangelio dejando de lado esa religiosidad cositera, neurótica y promotora de miedos y de sentimientos de culpa? Cómo anunciar que Dios está siempre enamorado de la humanidad y que su deseo es la felicidad del ser humano? Cómo rescatar a Jesús para que el ser humano de hoy vuelva por los fueros de su dignidad?
El seguimiento de Jesùs y la consiguiente acogida de su proyecto son la mejor posibilidad de construir una humanidad con sentido trascendente y comprometida con una visión que propicia una manera de vivir que va màs allà de lo establecido convencionalmente, una vida que no se contenta con seguir el proceso social habitual de estudiar, de trabajar, de obtener seguridad económica, de “triunfar”, de ser personas importantes.
El reino de Dios y su justicia desborda esos lìmites y se constituye en un universo desbordado de solidaridad, de compasión, de justicia, de posibilidades para todos en igualdad de condiciones, no se agota en tal o cual modelo político-econòmico, lo suyo propio es una inspiración que reanima teologal y humanamente todas las realizaciones para dotarlas de sentido definitivo.
Este proyecto está estructurado en torno a la referencia radical y simultànea al Padre de Jesùs y al prójimo, una relación de amor total y apasionado, el descubrimiento de que la voluntad de Dios es que el ser humano llegue a la felicidad, que todas sus potencialidades se realicen, que no sea sometido a ninguna esclavitud, que su existencia estè siempre animada por eso que llamamos la Buena Noticia, el Evangelio, que su dignidad sea siempre reconocida y promovida, que se den unas condiciones tales que hagan viable siempre la inclusión y la mesa compartida , que todos asuman que Dios es principio y fundamento de la humanidad y que esta certeza nos lleva a tener la esperanza segura de que nuestra vida no es un absurdo.
Es penoso constatar la instrumentalización de la religión para someter indignamente al ser humano, ver còmo se distorsionan los orígenes de esta fe liberadora y se la transforma en una ideología que persuade de obligaciones, onerosas, de un cùmulo de creencias desconectadas de la vida, de pràcticas alienantes, de condenaciones morales, de presentación de un Dios vengativo y justiciero, sòlo dispuesto al castigo.
El tesoro que Jesùs nos invita a adquirir no tiene nada que ver con esas sombrìas perspectivas. Lo suyo se llama bienaventuranza, proyecto de felicidad, que no minimiza las responsabilidades morales ni exime a nadie de asumirlas y de vivirlas, pero sì se empeña a garantizar que en Dios , el que se nos ha manifestado decisivamente en Jesùs, se da una convergencia con la tarea humana de buscar sentido a la vida.
Digamos que Dios es como estar enamorado, para poner un ejemplo de inmensa felicidad que nos ayuda a comprender ese misterio maravilloso y seductor.
Cuando los humanos nos sentimos asì, nos experimentamos mejores, sanos, libres, surgen en nosotros todas las virtualidades a las que podemos acceder, entendemos y aceptamos a los demás, nos comprometemos juiciosamente en el seguimiento de los màs nobles ideales, el deseo de solidaridad surge espontáneamente, nos tornamos transparentes, la pasión por la justicia se hace esencial en nuestras decisiones y conductas.
El acontecer de Dios en el ser humano se da través de la configuración con Jesùs, la gracia nos lleva a identificarnos con El, a que nuestra humanidad sea asumida y transformada, como dice Pablo: “Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman, de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues Dios predestinò a reproducir la imagen de su Hijo a los que conoció de antemano, para que asì fuera su Hijo el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8: 28-29).
Esta es la nueva humanidad, cimiento de esa feliz realidad que nos lleva al descubrimiento gozoso de la novedad en la que nuestra existencia resuelve sus incertidumbres y es acreditada por Dios como esperanza segura de una historia en la que empezamos a anticipar la plenitud de la eternidad construyendo un mundo en el que no sean el poder y la injusta dominación los estructurantes de las relaciones sociales sino el servicio, el sentido de solidaridad, la restauración de la dignidad que muchos han perdido por causa de la injusticia.
Cuando el Papa Francisco se pronuncia a favor de una economía con rostro humano, cuando rechaza con vigor ese sistema social que crea personas descartadas, que sòlo favorece a ricos y poderosos, està afirmando uno de los pilares del tesoro de Jesùs, patrimonio de todos, iniciando èl mismo esa salida para bajar a la Iglesia de los pedestales, llevándola, con Jesùs y como Jesùs, a salir a las calles de la vida, a encontrarse con todos los seres humanos y a ser noticia de vida, de libertad, de rescate de la felicidad.
Esta es la oferta, vamos a ser capaces de despojarnos de seguridades para obtener tan seductor y apasionante tesoro?

domingo, 23 de julio de 2017

COMUNITAS MATUTINA 23 DE JULIO DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO

Les propuso esta otra parábola: el reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo”
(Mateo 13: 24).

Lecturas:
  1. Sabiduría 12: 13-19
  2. Salmo 85: 5-16
  3. Romanos 8: 26-27
  4. Mateo 13: 24-30
Cómo hacernos conscientes de la presencia del mal en nosotros? Cómo asumir que Dios es quien puede liberarnos de las tendencias desordenadas del egoísmo, la injusticia, el afán de lucro material, el deseo de dominar a los demás, la arrogancia, el apetito de poder? Cómo ser realistas , advirtiendo críticamente que en nosotros coexisten la cizaña y la buena hierba?
Y cómo desarrollar, a partir de esta constatación, una visión siempre optimista de la condición humana, en la clave de un Dios que al mismo tiempo ejerce su misericordia con ilimitada generosidad pero que también confronta con severidad y nos propone altas exigencias desde la clave de las bienaventuranzas?
Confiemos en que la Palabra que se nos propone este domingo nos ayude a hacer claridad sobre estos interrogantes, cuyas respuestas atinadas contribuirán a cualificar nuestra humanidad, con sus correspondientes evidencias de una manera de vivir inspirada por el mejor humanismo trascendente, espiritual, ético, solidario.
La primera lectura alude a la historia de pecado de los israelitas, a la idolatría y absolutizaciones en las que incurrieron, dando la espalda a Dios a sí mismos, a sus prójimos, desconociendo lo pactado con Yavé. Es, por supuesto, retrato de lo que acontece en muchos ámbitos del mundo contemporáneo.
Qué hace Dios ante la realidad del pecado? Hacer la vista gorda? Entrar en una ira desaforada y vengarse de este pueblo desleal? O – mejor – dar todo de sí mismo en el ejercicio de la misericordia, propiciando una conciencia crítica de la deshumanización que trae consigo el pecado, y creando las condiciones más saludables para una vida libre en el amor y la justicia?
Tengamos presente que este ejercicio lo podemos hacer con más sentido si inscribimos en él la historia de la humanidad y la nuestra propia, siempre afirmando que esta revisión de lo pecaminoso en nosotros no parte de un pesimismo radical sobre nuestras posibilidades ni de un moralismo de corte fundamentalista, como desafortunadamente se ha filtrado en muchos ámbitos del cristianismo.
Propio de la fe cristiana es la esperanza que tiene su aval en el mismo Dios que tiende permanentemente hacia nosotros su mano plena de vitalidad y de constantes señales para que replanteemos nuestros proyectos de vida, cuando estos dejan de lado el amor.
Aquella marca original de valor y de optimismo, testimoniada en el Génesis, es esencial en las convicciones de nuestra fe: “Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y mujer los creó” (Génesis 1: 26-27), desde ella estamos animados por una visión saludable, constructiva, esperanzadora, del ser humano y de su historia, conciencia que no impide la autocrítica juiciosa cuando verificamos los efectos de una libertad que no se ajusta a la abundancia de esa gratuidad amorosa del Padre.
Vemos en el devenir de la humanidad grandes realizaciones, desarrollos de humanismo y espiritualidad, de vida éticamente valiosa, de creaciones culturales extraordinarias, de búsqueda apasionante del conocimiento para desvelar los más hondos misterios de la realidad y de la naturaleza, de aplicaciones que contribuyen a mejorar la calidad de vida de los humanos y a proteger los recursos naturales, del sentido de justicia que favorece el reconocimiento de la dignidad humana. Estos y muchos más son testimonios que validan el radical optimismo teologal con el que hemos sido creados!
Pero también, cuántos hechos que van en contravía de esta bondad que Dios imprime en sus creaturas! Guerra, violencia, muerte, destrucción irresponsable del hábitat, segregación racial, poblaciones enteras forzadas a migrar de sus tierras de origen, ofensas interminables a la dignidad humana, discriminaciones de todo tipo, homofobia, intolerancia, economía sin corazón, ejercicio arbitrario del poder, espacios dramáticos en los que se niega la creaturalidad y se desbarata el proyecto teologal de armonía y plenitud.
Cómo procede Dios ante esto?: “Eres justo, gobiernas el universo con justicia y juzgas indigno de tu poder condenar a quien no merece castigo. Porque tu poder es el principio de la justicia y el ser dueño de todos te hace perdonarlos a todos” (Sabiduría 12: 15-18), el Dios nuestro no es el terrorista vengativo que algunos grupos religiosos presentan sino el siempre empeñado en hacer posible que el ser humano encuentre los senderos de una existencia digna, en el esperanzador clima de la misericordia.
Dios es dador de vida, creador comprometido con su creatura, con su pedagogía de garantizar que permanezcamos en el dinamismo de lo más sano y constructivo, articulando la denuncia del desorden contenido en el pecado con el anuncio de la misericordia que es noticia de esperanza para toda la humanidad que asuma con libertad vivir en esta gratuidad.
La cizaña que se junta a la buena hierba es la injusticia que el egoísmo exacerbado de algunos seres humanos siembra para impedir la vida y la dignidad, la economía que no se inspira en la lógica de la mesa compartida sino en la ambición de posesión y de dominio esclavizante, la brutalidad de guerras como las de Siria, Iraq, Afganistán, Sudán, Camerún, las pobrezas apabullantes que someten a tantos hombres y mujeres a condiciones humillantes, el ensañamiento moralista contra las comunidades LGBTI, la trata de mujeres y de niños, las torpes veleidades de no pocos gobernantes.
Y la buena hierba? Es la capacidad restauradora que procede de Dios para reordenar la interioridad humana y, sobre esta base, reestructurar la historia en clave de projimidad, de inclusión, de respeto a la diversidad étnica, religiosa, cultural, ideológica, de acogida de la nueva humanidad que el Padre Dios nos trae con Jesús.
El reino de Dios es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras la gente dormía, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. Cuando el tallo brotó y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña” (Mateo 13: 25-26), sencilla imagen en la que Jesús demuestra que en el centro mismo del ser humano coexisten la gratuidad de los dones de Dios con el uso egoísta que hacemos de la libertad.
De qué manera la personalidad misericordiosa del Padre se hace vida en nosotros para germinar como semilla que da frutos de nueva humanidad, como la de Jesús? Cómo ser nosotros relatos de ese amor salvador y liberador? 
El trigo y la cizaña que crecen juntos nos invita a un serio realismo teologal, humano, para advertir la convivencia de esas dos tendencias, y para emprender el camino de una espiritualidad seria, abierta a Dios, al prójimo, a la historia, en la que tengamos la osadía de dejarnos llevar por ese amor fundante y liberador que se nos revela en el Señor Jesús, sabiendo que : “El Espíritu viene también en ayuda de nuestra flaqueza. Como nosotros no sabemos pedir como conviene, el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indescriptibles” (Romanos 8: 26).
Dios no funge como el implacable vengador que erradica sin más la cizaña maltratando las posibilidades del trigo, aprehendamos en nosotros esa dimensión de misericordia, siempre empeñada en que nada de lo bueno se frustre, no nos asustemos con esta convivencia del trigo y la cizaña, más bien permitamos que el Padre trabaje en nosotros, y ofrezcamos nuestra libertad como terreno abonado que deja florecer la semilla , de la que nace todo lo bueno que el ser humano puede hacer para construir un mundo configurado con el proyecto original de Dios.

 

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