domingo, 28 de mayo de 2017

COMUNITAS MATUTINA 28 DE MAYO SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR

Todo lo ha sometido bajo sus pies, lo ha nombrado cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo y se llena del que llena de todo a todos”
(Efesios 1: 22-23)
Lecturas:
  1. Hechos 1: 1-11
  2. Salmo 46
  3. Efesios 1: 17-23
  4. Mateo 28: 16-20
Haciendo el habitual esfuerzo de interpretación de los textos bíblicos y dando el salto cualitativo para descubrir su sentido teológico y antropológico, vamos a fijarnos en lo que significa la realidad de la Ascensión de Jesús, evento que es mucho más que un prodigio que altera las leyes ordinarias de la naturaleza.
Ya nos hemos referido varias veces al asunto del lenguaje que utilizan los relatos bíblicos, bien distinto de nuestra mentalidad contemporánea, pero siempre apuntando a dar testimonio de la fe en Dios y de la forma como esta resulta plenamente conectada con las expectativas de sentido de nosotros, los seres humanos.
Lo de hoy es encontrarnos maravillados con el señorío de Jesús que implica también a la humanidad, haciéndola participar de tal condición. En la primera lectura – de Hechos de los Apóstoles – encontramos trazados los rasgos específicos de la esperanza cristiana. En los textos de los recientes domingos de Pascua hemos escuchado a Jesús refiriendo todo su ser al Padre, aval de la totalidad de su misión y también prometiendo el Espíritu como garantía de que El permanecerá animando la vida de quienes siguen su camino, configurando la Iglesia y constituyéndose como razón y sentido de todos aquellos que opten libremente por asumir su proyecto de vida.
Ahora el testimonio de la comunidad primitiva que da origen a este relato lo presenta en términos de consumación y plenitud: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes, y serán testigos míos en Jerusalén, Judea y Samaría, y hasta el confín del mundo. Dicho esto, en su presencia se elevó, y una nube se lo quitó de la vista. Seguían con los ojos fijos en el cielo mientras él se marchaba, cuando dos personajes vestidos de blanco se les presentaron y les dijeron: hombres de Galilea, qué hacen ahí mirando al cielo? Este Jesús, que les ha sido arrebatado, vendrá como lo han visto marchar al cielo” (Hechos 1: 8-11)
El texto de la carta a los Efesios conecta el señorío del Mesías Jesús con la comprensión que deben tener los miembros de la comunidad eclesial acerca de la esperanza a la que quedan abiertos gracias a la acción pascual del Señor, toda la vida de los seres humanos es re-significada en esta plenitud de Jesús.
Esta certeza da sólida consistencia al compromiso cristiano con la dignidad humana, con la reivindicación de sus derechos, con la opción preferencial por los más pobres, con el cuidado de la vida en todas sus manifestaciones; el ser humano, así visto, es rostro de Dios, gracias al señorío de Jesús.
Pablo acredita esta convicción ante los Efesios con estas palabras: “Y la grandeza extraordinaria de su poder a favor de nosotros los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa; poder que ejercitó en Cristo resucitándolo de la muerte y sentándolo a su diestra por encima de toda autoridad y potestad y poder y soberanía, y de cualquier título que se pronuncie en este mundo o en el venidero” (Efesios 1: 19-21).
Cuando decimos que Jesús es el Señor estamos reconociendo que en El Dios Padre ha acontecido definitivamente revelándonos al mismo tiempo lo más pleno y definitivo de su divinidad y lo más pleno y definitivo de nuestra humanidad, entendiéndose esta inserta en aquella, lo que nos recuerda la afirmación clave del Génesis: “ Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó” (Génesis 1: 27).
Junto con los elementos de reconocimiento de este señorío también aparece la dimensión de universalidad del proyecto que Dios Padre nos ofrece en Jesús, hecho que subraya ahora sí de modo decisivo el trabajo constante que él hizo con sus discípulos y con otros abriéndoles la mente y el corazón a una realidad de vida que no podía limitarse al ámbito de la ley y de las tradiciones religiosas de los judíos, contexto bien conocido a través de las controversias sostenidas por El con los sacerdotes y maestros de la ley, y también con la dureza de mente de sus seguidores.
El gran interés de Dios que aquí se evidencia está dirigido a todos los seres humanos, su cercanía y compasión, su misericordia, su voluntad, sólo tienen en la mira la total realización y felicidad de la humanidad. Y esto lo significa con eficacia en la persona del Señor Jesucristo, cuya condición simultánea de Dios y de ser humano es la concreción del querer del Padre para todos los que con libertad acojan su iniciativa de sentido y de salvación.
De esta universalidad se desprende la condición misionera de la Iglesia, el envío a comunicar la Buena Noticia, a restaurar al ser humano caído por el pecado y por la injusticia, sometido por las indignidades que otros deciden para oprimir y maltratar a muchos.
Las siguientes palabras de Jesús no se quedan solamente en un trabajo de proselitismo religioso y de aumentar numéricamente el conjunto de los seguidores, ellas son un envío claro a llenar de sentido teologal la historia de la humanidad: “ Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Por tanto, vayan a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enséñenles a cumplir cuanto les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mateo 28: 18-20).

domingo, 21 de mayo de 2017

COMUNITAS MATUTINA 21 DE MAYO DOMINGO VI DE PASCUA

No los dejaré huérfanos: volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán”
(Juan 14: 18-19)

Lecturas:
  1. Hechos 8: 5-17
  2. Salmo 65: 1-7, 16 y 20
  3. 1 Pedro 3: 15-18
  4. Juan 14: 15-21
Las comunidades de cristianos de la primera generación son bien conscientes de la presencia del Dios de Jesús y del Espíritu animándolos y dando razón de ser a todo lo que empezaban a hacer en medio de las condiciones contradictorias a las que nos hemos referido en comentarios anteriores.
Todo el capítulo 14 de Juan, que venimos proclamando desde hace varios domingos pascuales, es un esfuerzo de dar a entender que esa presencia no es algo que se queda en los primeros creyentes, como distante de los que siguieron y también de nosotros, los cristianos del siglo XXI.
El lenguaje de Jesús es reiterativo en este texto, y se refiere a sus seguidores de todos los tiempos de la historia, siempre con la intención de infundir ánimo y certeza de El mismo como el Viviente, el que nos hace vivir con la misma vida suya que es la de Dios. Con palabras como las que siguen nos infunde su aliento de vida definitiva: “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán” (Juan 14: 18-19)
La Iglesia es la comunidad de los discípulos de Jesús, todo en ella tiene valor si está referido a El como la Buena Noticia de Dios que va constantemente “en salida” – para usar esa conocida expresión del Papa Francisco – hacia el ser humano en cualquier contexto y situación en que se encuentre, sin distinguir condición social o económica, moral o religiosa, Dios a través de Jesús es todo vida , plenitud, misericordia, para la humanidad, sin límites de ninguna clase.
Aquí nos encontramos , para entender mejor la anterior afirmación, con esa multitud de realidades que afectan negativamente nuestra existencia, infinidad de precariedades, de vacíos, de desencantos, de sufrimientos, de injusticias. Es el misterio de la contingencia radical, de las inevitables limitaciones que “llevamos puestas” como parte sustancial de nuestra condición. Eso les acontecía a los primeros discípulos y nos acontece también a nosotros, a todos los humanos.
Con tal constatación vamos a la pregunta de fondo, que surge como la cuestión por excelencia de la humanidad: tiene sentido la vida? Somos mucho más que este conjunto de realidades que frenan el ímpetu de nuestra búsqueda de felicidad? O, por el contrario, estamos abocados irremediablemente al fracaso? Quien nos da una razón para la esperanza?
De qué manera Jesús es respuesta para este inquietud fundamental? Al respecto se impone decir que el cristianismo no pretende ser una realidad de “marketing” religioso, haciendo proselitismo desaforado para ganar clientela, aumentar estadísticas y competir con otras ofertas de fe.
El cristianismo es una manera de vivir al estilo de Jesús, comunitariamente, eclesialmente, siguiendo la inspiración de su Evangelio, reconociendo al Padre Dios en El, totalmente saturado de su ser, asumiendo como lógica de vida las mismas decisiones suyas en términos del servicio amoroso a todos los humanos, con la preferencia bien conocida y reconocida de aquellos a quienes la sociedad excluye, condena y maltrata.
Dice Jesús claramente: “El que tiene mis mandamientos y los lleva a la práctica, ese es el que me ama; y el que me ama será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él” (Juan 14: 21). Quien no está dispuesto a amar al prójimo, a reconocerlo, a servirlo, a promoverlo, a respetarlo, a dignificarlo, no tiene capacidad de amor a Dios y a Jesús. La projimidad es el referente por excelencia del dinamismo teologal en nuestra vida.
Las exigencias de ese amor no son impuestas por una determinación normativa, surgen ellas de la interioridad de quienes se empeñan en optar por este camino, y son asumidas con la feliz libertad del amor. Esto es lo que da plenitud y razón de vida, nada más lo puede suplir. Entramos así en el núcleo de la coherencia entre la fe y la vida, la mutua implicación que encontramos reflejada en el sabio refrán “obras son amores y no buenas razones”.
Jesús no está dando a sus discípulos un consuelo “anestésico” e individualista, si se nos permite la expresión, como diciendo a ustedes que son tan buenos yo los recompensaré siendo su protector, sin exigirles nada. Justamente aquí reside el compromiso primero que se pide a quienes se entusiasman con la causa cristiana: se trata de configurarse con El, de ser y vivir con El y como El, de afrontar con entereza todo lo que se derive de esta decisión, en esta perspectiva se abre con claridad que el contenido central de tal exigencia es la referencia al prójimo humillado, abatido, vilipendiado. Esto es normativo en el seguimiento de Jesús!
Un bello ejemplo de esto lo encontramos en la primera lectura – de Hechos de los Apóstoles – en la que relata el ministerio del diácono Felipe: “Los que se habían dispersado fueron por todas partes anunciando la Buena Nueva de la palabra. Felipe bajó a una ciudad de Samaría y se puso a predicarles a Cristo. La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque ellos oían y veían los signos que realizaba…..Hubo una gran alegría en aquella ciudad” (Hechos 8: 4-7).
Su servicio apostólico se distinguió por la inclusión y la apertura. Recordamos que para los judíos tradicionales la región de Samaría y sus habitantes , los samaritanos, eran considerados malditos y despreciables por haber erigido un culto distinto del templo de Jerusalén. Esta “excomunión” no cuenta para Felipe, él sabe que ahora en el camino de Jesús dejan de existir las condenas y las exclusiones. Edificante y severa referencia para los homofóbicos de estos tiempos nuestros en los que hay creyentes con más visos de fariseísmo que de Evangelio!
Felipe realiza signos que hacen creíble el reino de Dios y su justicia: “Y es que de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados” (Hechos 8: 7). La existencia cristiana debe estar respaldada por estas señales comunicadores de vida y de dignidad.
Para señalar un bello ejemplo, poco conocido entre nosotros, les proponemos enterarse de las bellas realizaciones de credibilidad evangélica que promueve la Hermana Rosemary Nyirumbe, una religiosa ugandesa que se ha dedicado a promover niñas y mujeres de su país, protegiéndolas del abuso sexual y de la humillación que esto conlleva, en medio del conflicto armado que afecta a varias regiones de su país. En internet pueden ustedes localizar varias referencias de esta noble tarea, un testimonio – entre muchos – que nos hablan con nitidez de la coherencia de los buenos seguidores del Señor Jesús.
Les proponemos pensar en tres regiones de nuestro país, especialmente azotadas por la pobreza, la violencia y la marginalidad: Tumaco, Buenaventura, el Departamento del Chocó. Confluyen allí todas las malignidades de seres humanos cuya penosa meta es impedir la vida y la felicidad de sus semejantes. Entre políticos desalmados, gobernantes incompetentes, y grupos violentos se conjugan los más perversos factores que dificultan notablemente la calidad de vida, la convivencia pacífica, el desarrollo sostenible de estas comunidades, el derecho a la dignidad.
Cómo ser para ellos esperanza y aliento vital? Cómo hacer presente allí la Buena Noticia de Jesús? Como aportar a la reivindicación de estas buenas gentes, entre las que muchos sobresalen por el temple que les lleva a no dejarse dominar por tanta adversidad?
Tenemos conocimiento de que allí la Iglesia es la que lleva la voz cantante, acompañando y protegiendo a las comunidades, desarrollando proyectos de organización comunitaria y de emprendimiento social, levantando la voz para denunciar los atropellos, y haciéndose todo con ellos como Jesús: “En cualquier caso, aunque sufrieran a causa de la justicia, dichosos ustedes. No les tengan ningún miedo ni se turben. Al contrario, den culto al Señor, Cristo, en su interior, siempre dispuestos a dar respuesta a quien les pida razón de su esperanza” (1 Pedro 3: 14-15).
El Espíritu del Señor Resucitado se hace historia en los sujetos y en las comunidades que toman en serio su Buena Noticia, que se indignan ante las injusticias y humillaciones que sufren tantos prójimos, que hacen de esa indignación un estímulo para la solidaridad y para la pasión por la justicia, como señal de credibilidad de que el Reino ya está en medio de nosotros.
Cuando algunos creyentes se dedican a esgrimir posturas de intransigencia, pretendiendo ser dueños de la verdad , condenando sin piedad modos de vida que a ellos les parecen inmorales y poniendo a Dios como pretexto para tales exclusiones, es imperativo que nos dejemos seducir por el Espíritu , que nos hace sus instrumentos para presentar el rostro original del Padre, y para significar la genuina conducta evangélica de compasión, de cercanía misericordiosa, de tal manera que suceda lo mismo que pasó con el ministerio del diácono Felipe: “Hubo una gran alegría en aquella ciudad” (Hechos 8: 8).

domingo, 14 de mayo de 2017

COMUNITAS MATUTINA 14 DE MAYO DOMINGO V DE PASCUA

Le dijo Tomàs, Señor, no sabemos a dònde vas; còmo podemos saber el camino? Respondiò Jesùs: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mì”
(Juan 14: 5-6)
Lecturas:
  1. Hechos 6: 1-7
  2. Salmo 32: 1-5 y 18-19
  3. 1 Pedro 2: 4-9
  4. Juan 14: 1-12
Nos ayuda mucho, por aquello del contexto y pretexto de los textos bíblicos, saber que las lecturas que la Iglesia propone en estos domingos de Pascua surgen del dinamismo de la Iglesia naciente, del movimiento de las comunidades primitivas, y también de los temores e inseguridades que experimentaban ante el ambiente social y religioso que les era francamente hostil.
El poder político romano los veìa como potenciales subversivos y agitadores en el mundo de los pobres, la lógica griega de la razón los tenía por insensatos al depositar toda su confianza en un crucificado, que en esa óptica era un fracasado, y la rigidez de los judíos no aceptaba que se mantuviera vigente el ideal de aquel a quienes ellos habían llevado a la muerte, por juzgarlo contrario a sus convicciones religiosas.
El evangelista Juan pone en boca de Jesùs la vivencia pascual de esas comunidades, que entre desconcierto y esperanza van surgiendo: “No se angustien ustedes. Crean en Dios: crean también en mì. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, no les habrìa dicho que voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volverè y los tomarè conmigo, para que donde estè yo, estèn también ustedes” (Juan 14: 1-3).
Las palabras de Jesùs en este evangelio se orientan a alentar la esperanza de sus seguidores, cuando toman en serio todas las implicaciones de seguir su camino, dentro del que necesariamente surgen el conflicto, la crisis, la incomprensión, como consecuencia de vivir proféticamente y de confrontar la mentira, la injusticia, el egoísmo, la violencia que unos ejercen sobre otros, como ha sucedido a tantos en estos siglos de historia cristiana.
Po su parte, la primera carta de Pedro recuerda las numerosas persecuciones vividas por la Iglesia Apostólica y, consciente de esto, les llama la atención sobre la inmensa dignidad que se les ha conferido al identificarse tan señaladamente con el Señor Jesús y con su cruz: “Pero ustedes son una familia escogida, un sacerdocio al servicio del rey, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios. Y esto es así para que anuncien las obras maravillosas de Dios, que los llamó a salir de la oscuridad para entrar en su luz admirable” (1 Pedro 2: 9).
Cabe aquí insistir de nuevo en algo que es definitivo en el camino cristiano. La glorificación, como en el caso de Jesús, no se obtiene según el vano honor del mundo, con privilegios, reconocimientos, aplausos, encumbramientos. El ha llegado a la gloria a través de la cruz, su corona es fruto de la donación cruenta de su vida, de su empequeñecimiento en el amor, lo que Pablo llama kenosis-anonadamiento, desproveerse de toda arrogancia y libre renuncia a las prebendas propias del poder.
Es esto hablar de cosas lejanas en el tiempo y distantes de nuestra cotidianidad? Parece que no, por eso preguntémonos qué sucede cuando nos vienen los momentos difíciles, los vacíos existenciales, las carencias, los abandonos, las muchas maneras en que la precariedad se evidencia en nosotros.
Tiene la fe en Jesús una palabra de sentido para aportar en tales circunstancias? Guardadas las debidas proporciones de tiempo y lugar se trata de situaciones semejantes a las padecidas por aquellos cristianos primeros de la historia.
Ya sabemos que para muchos esto sólo se puede vivir desde el escepticismo radical, ausencia total de esperanza, con la conciencia trágica de que todo concluye en un absurdo. Otros lo viven evadiendo la responsabilidad de afrontar la faceta dramática de la existencia, construyendo paraísos artificiales en el consumo, en las felicidades efímeras, en las comodidades materiales. Finalmente, muchísimos, incapaces de la entereza requerida para enfrentar el aspecto doloroso de la existencia, hacen de lo religioso un refugio que los anestesia momentáneamente.
Cómo se encara esto en clave del seguimiento de Jesús? A esto tratan de responder las vivencias de los primeros cristianos cuando sus dramas son desvelados pascualmente, y cuando al temor suceden la certeza del Viviente inspirando sus decisiones y sus conductas, con la feliz consecuencia de la valentía apostólica que convida a muchos a hacer parte de su proyecto: “El mensaje de Dios iba extendiéndose, y el número de los creyentes aumentaba mucho en Jerusalén. Incluso muchos sacerdotes judíos aceptaban la fe” (Hechos 6: 7)
Para estos cristianos primitivos la relación con Jesús es eminentemente esperanzadora, garantía de confianza, El mismo lo afirma cuando responde al desconcierto de Tomás: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Solamente por mí se puede llegar al Padre. Si ustedes me conocen a mí, también conocerán a mi Padre; y ya lo conocen desde ahora, pues lo han estado viendo” (Juan 14: 6-7).
Las palabras del evangelio de este domingo provienen de la última cena de Jesús con sus discípulos, cuando la realidad les es bien sombría: anuncia la negación de Pedro, la traición de Judas, el conflicto que está a punto de llegar a la máxima contradicción con los dirigentes judíos, el anuncio de su partida, el ambiente caldeado sin que se vislumbre esperanza.
Podemos imaginar un cuadro más desolador? A esto responde el Señor con su declaración de ser camino, verdad, y vida, palabras que desde luego no son originales suyas sino de la comunidad que origina este relato, habiendo probado en su experiencia concreta el significado de estar en crisis y de descubrir la gozosa superación de sus angustias.
  • Jesús es CAMINO que empieza y concluye en Dios, así como El es el modelo del ser humano pleno y realizado, que ha recorrido el sendero de la cruz y de la ignominia, siguiendo aquello de “que nadie tiene mayor que el que es capaz de dar la vida por sus amigos” (Juan 15:13), para ser asumido por la plenitud del Padre.
  • Jesús es VERDAD por ser fiel a su conciencia, porque ha llegado a ser lo que tenía que ser, porque hace presente a Dios que es su verdadero ser. Si nosotros, seres humanos, descubrimos que Dios está identificado con nosotros, ya lo somos todo, como Jesús.
  • Jesús es VIDA porque en El ha sido comunicada la vida misma de Dios: “Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí….” (Juan 14: 11).
  • Hacerse Hijo, como Jesús, es hacer presente al Padre-Madre que le participa de su vitalidad. Esto nos conduce a la respuesta que se origina en Dios como salida a todos los posibles dramas que se nos presentan en la vida. Consiste en que si nosotros – discípulos – nos identificamos con Jesús, participamos de la misma vida de Dios que está en El.
  • A esta conclusión se llega por un proceso similar al de aquellos cristianos primitivos, corriendo el riesgo de la fe, viviendo con intensidad la aventura de creer, desarmando el cristianismo de inercia sociocultural que hoy tenemos para pasar al genuino, al de libre opción, el que se asume con la claridad simultánea de lo dramático y de lo pascual que se contienen en toda historia humana.
Tal vivencia nos conecta con apasionantes historias de hombres y mujeres creyentes que han vivido situaciones límite, aparentemente sin salída, de las que han surgido conscientes de la vida de Dios actuando en ellos , con su humanidad resignificada por el Espíritu. El conocimiento vivencial de Jesús – conocimiento interno como lo llama Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales – hace posible que el Padre se manifieste en el discípulo, y que este – como Jesús – sea reflejo de su gloria.
Entre tantas historias de desencanto y esperanza, de tragedia y de resurrección, les queremos proponer hoy la de un cristiano notable del siglo xx. Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) alemán, miembro de la Iglesia Evangélica Luterana de su país, pastor de la misma y teólogo, vivió su breve existencia en medio de la tragedia que para el mundo y para Alemania fue la tiranía de Adolfo Hitler, con su patético régimen de campos de concentración, de encarnizada persecución a los judíos, de crueldades y crímenes sin cuento.
Este hombre, como consecuencia de la seriedad con la que tomó su fe cristiana, participó activamente de la resistencia contra el nazismo, y por esto fue llevado a un campo de concentración y ejecutado el 9 de abril de 1945, unos días antes del final de la II guerra mundial. Su fe y su esperanza son vividas en medio de tan grande contradicción.
Su amigo Eberhard Bethge coleccionó sus cartas y escritos en el cautiverio en un bello texto que se llama “Resistencia y sumisión”, en el que transparenta la solidez de sus convicciones cristianas, que también inspiraron su condición de ciudadano alemán, empeñado en una sociedad libre y respetuosa de la vida y de la dignidad humana.
En la carta que escribe a su madre, Ruth von Wedemeyer, el 10 de abril de 1944, dice: “El tiempo entre pascua y ascensión siempre me ha resultado especialmente importante. Nuestra mirada se dirige ya a lo último, pero todavía tenemos nuestras tareas, nuestras alegrías y nuestros dolores en esta tierra, y la fuerza de la vida nos es otorgada por la pascua…..Yo también quiero marchar por ese camino con María, completamente preparado para lo último, para la eternidad, y con todo totalmente presente para las tareas, para las bellezas y para las necesidades de esta tierra”.
Palabras así no surgen fortuitamente, ellas son resultantes de la firmeza del que sabe en quien ha depositado su confianza, probado en la cruz de la humillación a la que fue sometido por sus captores, pero convicto y confeso de Pascua y de esperanza. Que así , como en este emblemático caso, sea para todos nosotros.

domingo, 7 de mayo de 2017

COMUNITAS MATUTINA 7 DE MAYO DOMINGO IV DE PASCUA

Pues ustedes andaban antes como ovejas extraviadas, pero ahora han vuelto a Cristo, que los cuida como un pastor y vela por ustedes”
(1 Pedro 2: 25)
Lecturas:
  1. Hechos 2: 36-41
  2. Salmo 22: 1-6
  3. 1 Pedro 2: 20-25
  4. Juan 10: 1-10
Sucede que en los modos habituales en los que está organizado el mundo predomina el modelo jerárquico, autoridades y súbditos sometidos a ellas, ordenamiento de poderes que se manejan verticalmente, asì funcionan la mayoría de las organizaciones políticas, empresariales, religiosas, sociales.
A esto se añade que hay una gran preferencia por el poder, entendido como dominio sobre otros, gran deseo de muchos en la sociedad es ascender escalones hasta llegar al máximo nivel, cifrando en esto la felicidad. Con notable frecuencia este tipo de lógica deriva en autoritarismo y dictaduras, tiranizando con violencia a quienes están sometidos. La historia de la humanidad sobreabunda en dominaciones de unos pocos sobre muchos.
La obsesión por el poder llega a ser idolatrìa, verdadera enajenación que ha traìdo a la humanidad desgracia, muerte, esclavitud. Circulan nombres tristemente cèlebres como Hitler, Stalin, Pinochet, la familia Somoza de Nicaragua, Trujillo de la Repùblica Dominicana, Francois Duvalier de Haitì, Videla de Argentina, Neròn en la antigüedad romana, y tantos otros a los que asociamos con las mayores humillaciones para millones de seres humanos.
Y entonces – en abierta provocación profética - aparece Jesùs rompiendo estos esquemas, enseñando que el verdadero sentido de la existencia reside en el servicio amoroso y solidario, en la donación de la vida hasta la consecuencia mayor del martirio, en la abnegación sin reservas para llevar vida en abundancia a quienes la han perdido por causa de esa idolatrìa del poder, y lo hace – como lo propone el evangelio de hoy – bajo la figura del pastor que se compromete ilimitadamente con la vida y con la dignidad de sus ovejas: “Esto les aseguro: Yo soy la puerta por donde pasan las ovejas. Todos los que vinieron antes de mì, fueron unos ladrones y unos bandidos; pero las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta: el que por mì entre, se salvarà. Serà como una oveja que entra y sale y encuentra pastos” (Juan 10: 7-9).
Con estas imágenes , Jesùs alude a quienes buscan a la gente para utilizarla en interés propio, usándola como trampolín para su ascenso, exprimièndola sin compasión, fuertes referencias las que hace a tales mercenarios. Por feliz oposición, todo en èl, su misión, sus palabras, sus gestos, sus actuaciones son para comunicar un modo bienaventurado de humanidad en el que reside la divinidad: “…pero yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).
Todo el que se interese en este camino está llamado a asumir el mismo estilo de servicio, de compromiso personalizado con quienes se han puesto bajo su responsabilidad, de dar todo lo mejor para las ovejas que se le confían, sin buscar en ello ningún reconocimiento distinto de la satisfacción de reivindicarlas en su dignidad, de contribuír señaladamente a la mejor humanidad de todos los que integran el rebaño.
De eso hemos escuchado con frecuencia en estos años del ministerio del Papa Francisco, con sus conocidas expresiones sobre la Iglesia que debe estar siempre en salida, dejando atrás la autorreferencialidad, instando a los pastores a “oler a oveja”, renunciando a mentalidades y estilos de vida que reflejen riqueza y poderío, “primereando” en la disposición de servicio, como cuando dice: “La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. Primerear: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor; y, por eso, ella sabe adelantarse, toma la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluídos” (Papa Francisco. Exhortación Apostólica “La alegría del Evangelio”, No. 24) .
Este domingo – debido al contenido del evangelio que se proclama – se conoce tradicionalmente como del Buen Pastor, con esto se quiere expresar el afecto y gratitud de las comunidades hacia sus pastores , los obispos y los sacerdotes, sin olvidar que este estilo de pastoreo es justamente para que todos, sin excepción, animados y estimulados por quienes los presiden en la caridad, adopten este talante.
En la Iglesia existe un elemento que es esencial para comprenderla como comunidad de los discípulos de Jesús, es su condición ministerial, recordando que esta palabra proviene del latín minister, que significa literalmente servidor, y es asociada con “menesteres”, los oficios más humildes para bien de todos.
El Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Iglesia – “Lumen Gentium” – la ha definido como Pueblo de Dios y Sacramento Universal de Salvaciòn, destacando el aspecto ministerial de quienes son ordenados para servicio de la misma – obispos, sacerdotes, diáconos – e indicando que una consecuencia clara del bautismo es la de ser y vivir todos en condición ministerial, sin excepción.
Una afirmación asì marca el contraste que se convierte en exigencia de vida para los ministros ordenados y para las comunidades a ellos confiadas, este principio es el que inspira las siguientes palabras de Jesùs: “Como ustedes saben, entre los paganos los jefes gobiernan con tiranìa a sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no debe ser asì. Al contrario, el que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás; y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser su esclavo. Porque, del mismo modo, el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Mateo 20:25-28).
Las comunidades cristianas deben ser asì y deben ayudar y exigir a sus pastores que sean asì, deponiendo todo culto a la personalidad, optando por modos de vida sobrios, distinguiéndose en su atención cuidadosa a los màs humildes y desconocidos, haciendo de todas sus manifestaciones una rèplica de ese modo original del Señor que es el que verdaderamente persuade.
Atràs han de quedar vanidades y prepotencias, vestimentas principescas, títulos de poder, y dar paso sin reservas a un ministerio que se inspire en estas palabras de Pedro, de la segunda lectura de este domingo: “ Cristo no cometió ningún pecado ni engañò jamàs a nadie. Cuando lo insultaban, no contestaba con insultos; cuando lo hacían sufrir, no amenazaba sino que se encomendaba a Dios, que juzga con rectitud. Cristo mismo llevò nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, para que nosotros muramos al pecado y vivamos una vida de rectitud. Cristo fue herido para que ustedes fueran sanados” (1 Pedro 2: 22-24).
Esto tiene plena consistencia pascual porque la resurrección de Jesùs es la adquisición de una novedad de vida que procede de Dios, es lo que experimentan los primeros discípulos, superando sus temores, cobardìas, precariedades, dejándose tomar por el Espìritu para servir a sus contemporáneos con la comunicación de la Buena Noticia, que levanta a los seres humanos caìdos por el egoísmo y por la injusticia, dominados por los poderes tiránicos.E l ser humano nuevo que aquí se origina tiene su raíz en el mismo Señor Resucitado.
La comunidad de Juan, de la que procede el relato evangélico que se denomina con tal nombre, està hablando testimonialmente de la Vida que ha recibido de Jesùs el Viviente: “Pero yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Juan 10: 10), no es una proclamación retòrica sino la afirmación existencial de Jesùs sucediendo en ellos e invitándolos a convertirse en el punto de partida de la Iglesia, para que esta en cada generación de su historia sea lo mismo, haga lo mismo, proclame lo mismo, y en todo sea consecuente con ese acontecimiento que marca la garantía de sentido para todos los que acepten esa oferta de plenitud.
En este espíritu las palabras de Jesùs confrontan a los malos pastores por su lejanìa de la comunidad, por entender su función como poder, y también…. penosamente! – por los conocidos e inaceptables abusos con niños y jóvenes, pecado que tanto avergüenza a la Iglesia y mancha dolorosamente la dignidad del ministerio.
Un autèntico pastor es el que se dedica en totalidad al ejercicio de la misericordia, a la inclusión, a tener en cuenta a cada uno de los suyos sin distinguir por condición social o ideológica, sin fobias ni antievangélicos criterios de discriminación, cada oveja le interesa por sì misma, por el valor y dignidad que cada una posee. Mientras los dirigentes del templo llevan las ovejas a la muerte, Jesùs las lleva hacia la vida!.
La verdadera humanidad de Jesùs que se expresa con toda verdad en su pastoreo, en dar a todos la vida del Padre, es el camino que nos permite acceder a su divinidad. El restituye a las ovejas en su verdadero ser y en favorecer que cada una alcance su plenitud.
Por poner un bello ejemplo, entre muchos que se pueden destacar, de coherencia con lo que la Iglesia nos plantea en este cuarto domingo de Pascua, les proponemos reconocer la vida de Francisco Javier Nguyen Van Thuan (1928-2002), obispo y cardenal vietnamita, prisionero durante largos años en un campo de concentración de su país, pastor que, una vez recuperada su libertad, se entregò en estos términos pascuales al ministerio de sus comunidades, de modo infatigable y en plena identificación con el Señor Jesùs. La Iglesia adelanta ahora su proceso de beatificación.

domingo, 30 de abril de 2017

COMUNITAS MATUTINA 30 DE ABRIL DOMINGO III DE PASCUA

Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero èl desapareció de su vista”
(Lucas 24: 31)

Lecturas:
  1. Hechos 2: 14 y 22-33
  2. Salmo 15
  3. 1 Pedro 1: 17-21
  4. Lucas 24: 13-35

Vamos a pensar hoy en el significado de los testigos originales de la fe, a quienes debemos la transmisión de aquello que empezó hace màs de veinte siglos , que se ha propagado dando sentido y razón de vida a muchísimos seres humanos, la conciencia pascual que se suscitò en aquellos hombres y mujeres que inicialmente se intimidaron ante el poderío religioso de los dirigentes del templo de Jerusalèn y el político de las autoridades romanas.
Viven ellos un proceso de maduración creyente que hoy conocemos como experiencia pascual , pasan del desencanto al entusiasmo, dan el salto de sus temores y pesimismos a una existencia ciento por ciento resignificada en la persona de Jesùs Resucitado, el Viviente, dejan atrás sus falsos imaginarios religiosos y se encuentran felices con una realidad – comprendida y asumida desde la fe – que hace de ellos seres humanos totalmente nuevos, con la novedad de Dios manifestada en Jesucristo.
Así las cosas, en el texto de Hechos nos encontramos con Pedro pronunciando su primera predicación postpascual, que dirige tanto a los judíos presentes como a todos los habitantes de Jerusalèn: ”Ustedes lo mataron clavándole en la cruz por mano de unos impíos. Pero Dios lo resucitò librándolo de los dolores de la muerte, porque la muerte no podía tenerlo dominado” (Hechos 2: 23-24).
En todo el sermón se destacan tres elementos claves de esta “testimonialidad pascual” asumida por Pedro y los primeros discípulos: el Jesùs histórico acreditado por el Padre con milagros y señales de vida; su muerte injusta a manos de los jefes religiosos de Jerusalèn, y su resurrección obrada por Dios como iniciativa de salvación y plenitud para toda la humanidad. Tal constatación es esencial en el dinamismo de la Pascua y es el núcleo de la fuerza testimonial de la Iglesia que se transmite a lo largo de los siglos, por una experiencia de fe, tan densa y definitiva que moldea en su totalidad la vida de quienes se comprometen con ella.
El significado original de la palabra testigo lo podemos encontrar en su etimología que procede de la lengua griega: es mártir, que se refiere a aquella persona capaz de dar su vida por la realidad de la cual es testigo , avala con todo su ser aquello con lo que està totalmente comprometido porque en ello encuentra su plenitud de significado y de trascendencia. No en vano las grandes narrativas de los primeros siglos de historia cristiana son de mártires, que la Iglesia considera como la máxima identificación de un creyente con la persona de Jesùs.
El pasado 22 de abril el Papa Francisco visitò la iglesia romana de San Bartolomè que està dedicada a los mártires cristianos de los siglos XX y XXI, en donde brillan con nombre propio testigos insignes de nuestra fe como Monseñor Romero – Beato Oscar Romero -, San Maximiliano Kolbe, los innumerables hombres y mujeres que murieron por la fe en los campos de concentración del nazismo y del stalinismo, los que en Amèrica Latina acreditaron con su sacrificio el significado evangélico de la dignidad humana, y asì tantos que se inscriben en esa historia que para el cristianismo es gloriosa.
Refirièndose a estos testigos dijo Francisco: “Todos ellos son la sangre viva de la Iglesia. Son los testimonios que llevan adelante la Iglesia; aquellos que atestiguan que Jesùs ha resucitado, que Jesùs està vivo, y lo testifican con la coherencia de vida y con la fuerza del Espìritu Santo que han recibido como don”.
Pedro termina su discurso con un sello de autenticidad: “Pues bien, Dios ha resucitado a ese mismo Jesús, y de ello todos nosotros somos testigos” (Hechos 2:32). Los acontecimientos siguientes, como la formación de las primitivas comunidades de creyentes, el ánimo apostólico con el que divulgaron la Buena Noticia, el espíritu fraterno y solidario, el coraje con el que hicieron frente a las persecuciones e incomprensiones, hablan con elocuencia del talante pascual que para ellos provenía claramente del Señor Resucitado.
Cuando en la Iglesia nos anquilosamos y damos más importancia a lo normativo e institucional, oscureciendo lo carismático y profético, o cuando nos olvidamos que toda nuestra vida tiene que estar constituída como un lenguaje de esperanza, es porque abandonamos la experiencia profunda de encuentro con el Señor y nos dejamos dominar por la gris monotonía y por la falta de creatividad. Valgan estas alusiones al testimonio original de Pedro y de sus compañeros para estimularnos a asumir el ser seguidores de Jesús como testigos contemporáneos de su Pascua.
De modo particular, Pedro llama a mantener la fidelidad a Dios aún en las situaciones contradictorias de la vida, porque El nos libera de todo lo injusto e inhumano, y nos recuerda que el costo de esta liberación no es producto de los “precios” que compran el poder, sino del amor desmedido que se ha ofrecido como don para que la vida de todos los humanos tenga sentido, y sea libre y salvada del odio, de las esclavitudes, de la cultura de la muerte, de los designios egoístas de unos pocos: “Y ustedes saben muy bien que el costo de este rescate no se pagó con cosas corruptibles, como el oro o la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, que fue ofrecido en sacrificio como un cordero sin defecto ni mancha” (1 Pedro 1: 18-19).
Este tipo de lógica va en contravía de los poderes del mundo que someten al ser humano a interminables ignominias, así como las brutales dictaduras que en el siglo XX afrentaron la dignidad de millones de personas, el sistema económico obcecado en su búsqueda de la ganancia y del interés material desconociendo la necesidad de tantos que claman justicia, la sociedad de consumo con su construcción de paraísos artificiales, felicidades baratas que no dan plenitud.
El recurso constante a los testigos de la fe ha de ser acicate para movilizarnos desde la más densa vivencia pascual para dar paso a la cultura de la vida que tiene en el Resucitado su referente decisivo!!
Los discípulos de Emaús, cuya desilusión tipifica todos los desencantos humanos, y también los imaginarios distorsionados sobre Dios, sobre Jesús, sobre la relación creyente, constituyen mucho más que una relación cronológica de algo puntual sucedido después de la muerte del Señor, y van más bien a cuestionar esa expectativa que tenían los judíos y, con ellos, los discípulos, sobre un Mesías triunfante y espectacular: “Qué faltos de comprensión son ustedes y qué lentos para creer todo lo que dijeron los profetas. Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?” (Lucas 24:25-26), les dice Jesús, a quien aún no han reconocido como el Viviente, sometiendo a juicio esa visión mesiánica tan ajena a la abnegación y a la donación amorosa de la vida.
Serán las Escrituras las primeras gotas que Jesús echa en los ojos del corazón de estos dos caminantes confundidos, para que puedan ver y entender que no es con el triunfalismo mesiánico, sino con el sufrimiento del siervo de Yahvé, como se conquista el Reino de Dios; un sufrimiento que no es masoquismo sino un asumir conscientemente las consecuencias de amar sin medida a la humanidad, actitud de difícil comprensión en una sociedad condicionada por la sed de dominio de unos sobre otros, tendencia que mata a quien se interpone en el camino de sus ambiciones, como Jesús.
Por la vida, hasta dar la misma vida, es lo que El comunica a estos dos compañeros. Este relato es una pieza de extraordinaria belleza teológica, no es la narración ingenua de un hecho sucedido así puntualmente, sino una composición elaborada simbólicamente para dar el mensaje de la Vida de Dios en Jesús, a partir del dramatismo de la cruz, el elocuente lenguaje de Dios que afirma que es dando la vida hasta lo último, amando incondicionalmente, despojándose de todo interés personal, asumiendo la vida de todo prójimo como la gran causa que constituye los proyectos existenciales de mayor autenticidad.
Un relato así nos lleva al verdadero sentido de las apariciones del Resucitado que es participar de esa experiencia pascual que tuvieron los primeros cristianos, eso es lo que le tiene que pasar a quienes siguen a Jesús: “Y se dijeron uno al otro: no es verdad que el corazón nos ardía en el pecho cuando nos venía hablando por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lucas 24: 32)
Este denso simbolismo pascual no trae consigo el manual de explicaciones, su mensaje es “abierto”, susceptible de múltiples interpretaciones, conservando – claro está – su esencial clave de Pascua, que es el común denominador de estas narrativas en las que Jesús de diversas maneras se presenta a los discípulos.
Como ellos, también nosotros padecemos de limitaciones a la hora de captar lo más genuino de la fe, nos dejamos llevar por la conocida y empobrecedora rutina religiosa, por reducir la condición creyente a cumplimientos sin fuerza transformadora, por no vislumbrar el influjo totalizante y liberador del relato de Jesús, de su vida, de su pasión, de su muerte, en el que Dios nos llama a descubrir la profundidad de nuestro ser y a superar los límites que nos imponen los “establecimientos” de todo tipo, los políticos, los sociales, los económicos, los religiosos, realidades que se impone dejar atrás para ingresar con Jesús en la vida ilimitada de Dios.
Cómo resucitar en este mundo del capitalismo salvaje, de los gobiernos torpes y de las economías deshumanizantes, de los mercados excluyentes, de los nuevos fundamentalismos políticos y religiosos, del consumismo enfermizo y esclavizante, de la dignidad humana siempre conculcada? Como hacer de nuestras vidas un genuino testimonio pascual, como el de Pedro y sus compañeros, cómo conectarnos con ese torrente de vitalidad en el que es el mismísimo Dios su origen y fundamento? Responder a estas cuestiones es la gran tarea del buen vivir!

domingo, 23 de abril de 2017

COMUNITAS MATUTINA 23 DE ABRIL II DOMINGO DE PASCUA

Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia y mediante la Resurrecciòn de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para ustedes”
(1 Pedro 1: 3)
Lecturas:
  1. Hechos 2: 42-47
  2. Salmo 117: 2-4;13-15 y 22-24
  3. 1 Pedro 1: 3-9
  4. Juan 20: 19-31
La consideración introductoria que proponemos para este domingo es la de hacer un esfuerzo imaginativo para ponernos en el contexto de los primeros discípulos de Jesùs, los que en su vida histórica le siguen y empiezan a ser formados por èl, con los tropiezos y contradicciones bien conocidos según refieren los relatos evangélicos, cuando imaginaban ellos que lo que estaba por venir era una triunfante revolución social y religiosa con las evidencias temporales de liderazgo y poderío, a lo que aspiraban, como dice Mateo en el capìtulo 20 a propósito de la petición que le hiciera la madre de los hijos de Zebedeo.
Y he aquí que lo que resulta es una implacable persecución a Jesùs por parte de los dirigentes religiosos, la acusación de blasfemo y hereje, el juicio y la condena a muerte, la victoria de las fuerzas del mal y, finalmente, lo que desde la perspectiva humana es un fracaso rotundo: muerto en cruz como un delincuente.
Ante esto, còmo reaccionan sus seguidores?:”Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (Mateo 26:56), “Todos lo abandonaron y huyeron” (Marcos 14:50), crisis y desencanto total, sentimiento de derrota como lo expresan los dos caminantes de Emaùs a su misterioso acompañante: “El les dijo: què ha ocurrido? Ellos le contestaron: lo de Jesùs el Nazareno, un profeta poderoso en obras y palabras a los ojos de Dios y de todo el pueblo: còmo nuestros sumos sacerdotes y magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que iba a ser èl quien liberarìa a Israel; pero, con todas esas cosas, llevamos ya tres días desde que eso pasò” (Lucas 24: 19-21).
Entonces, còmo se da en estos abatidos discípulos la evolución hacia la experiencia pascual? Còmo resultan transformados por el Resucitado? Còmo viven ellos la conciencia de que El està vivo y les anima para siempre? A responder este interrogante concurren las lecturas de este y de los siguientes domingos del tiempo pascual, sabiendo de antemano que para poder captar su sentido debemos dar el salto del texto literal a la dimensión de la fe, tal como la vivieron estos cristianos originales.
Para comprenderlo mejor vayamos a nuestras vivencias de fracaso y recuperación, a la forma como salimos de situaciones de abatimiento , cuando después de abandonos y frustraciones volvemos a vivir con sentido y felicidad. De todo eso podemos afirmar que son verdaderas resurrecciones.
Este preámbulo lo podemos manifestar afirmando que la resurrección de Jesùs no es un simple acontecer individual en el que el Padre favorece al Hijo sacándolo de la oscuridad de la muerte. Lo que aquí sucede – y esto es esencial en la fe cristiana – es la re-creaciòn del ser humano y, por tanto, la llegada de eso que en el Nuevo Testamento se llama nueva creación y/o nueva humanidad: “El es el principio, el Primogènito de entre los muertos, para que sea El el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en èl toda la plenitud y reconciliar por El y para El todas las cosas” (Colosenses 1: 18-20).
El evangelio de hoy y la primera lectura (Hechos de los Apòstoles) nos proponen ese horizonte hacia el que la Pascua nos orienta: una nueva manera de ser humanos en Jesucristo, una condición ideal de comunión y de participación, una garantía inagotable de sentido, la superación – no mágica, por supuesto – de todo lo que limita al ser humano, empezando por las precariedades que agobiaban a esos discípulos, tal como sucede también con nosotros.
El que haya imperfecciones en la evolución hacia esta novedosa cualidad pascual no quiere decir que sea imposible de lograr, justamente la conciencia de esos discípulos transformados reconoce que Jesùs lo apostò todo a ese proyecto y el Padre lo legitimò con la resurrección, asunto fundamental al que estamos llamados todos los humanos, teniendo siempre en cuenta la disposición de nuestra libertad que acoge tal don.
Vivir pascualmente es vivir 100% en y para el proyecto de Jesùs, es decidir desarrollar todas nuestras posibilidades humanas de amor, de libertad, de solidaridad, de esperanza, de fraternidad, de dignidad, configurándonos con El. Por tal razón – decisiva por cierto – esto es mucho màs que el apéndice religioso de la vida, paupérrima percepción a la que se ha llegado por la deficiencia evidente de muchos lenguajes y formas de lo religioso cristiano, cuando estas se olvidan del fundamento pascual y se limitan a doctrinas, normativas y pràcticas rituales descontextualizadas.
Dice el texto de Juan que “los discípulos tenían cerradas las puertas del lugar donde se encontraban, pues tenían miedo a los judíos” (Juan 20. 19), y presenta el caso de Tomás el incrédulo: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20: 25), actitudes claramente prepascuales, evidencias de inseguridades, desconfianzas y temor de que les pudiese suceder lo mismo que a Jesús, o incapacidad para la aventura de la fe en el caso de Tomás.
La referencia última alude a actitudes humanas como la de una religiosidad cómoda que no corre el riesgo de vivir las consecuencias de la fe en clave profética, limitada a observancias cultuales que no transforman la vida, instalados en la aparente buena conciencia de los que no hacen nada malo pero tampoco nada bueno, y se escandalizan ante las propuestas de asumir la originalidad del evangelio, como los actuales detractores de Francisco ante su osadía extraordinaria de pedir a la Iglesia coherencia con el proyecto de Jesús.
Como relato típico de Juan este texto de hoy abunda en fuerza simbólica, cada palabra y cada gesto contienen los elementos de la nueva realidad de vida a la que convoca el Resucitado:
  • El saludo de Jesús, tres veces desea la paz a los discípulos presentes, invitación a permanecer en El a pesar de las contradicciones que puedan sobrevenir como consecuencia del seguimiento.
  • Las manos, el costado, las pruebas y la fe: el mismo Crucificado es ahora el Resucitado, hay una consistencia perfecta entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe, asumiendo el dolor de la cruz trasciende a la vitalidad de Dios en la Pascua, indicando así mismo que este es el futuro del ser humano, si desea tomar en serio este camino.
  • Los discípulos se alegraron de ver al Señor” (Juan 20:20), es una constatación de la transformación que se ha operado en ellos, suceso que no acontece de un momento a otro, por una mera comprobación física sino por un proceso gradual de maduración en la fe.
  • Como el Padre me envió, también yo los envío” (Juan 20:21), es la misión, nuevo imperativo de comunicar a toda la humanidad que hay una Buena Noticia que llena de sentido y esperanza la vida de todos, que la muerte, el pecado, la injusticia no tienen la palabra decisoria sobre los humanos, que Dios en Jesús se ha pronunciado decisivamente a favor de la nueva humanidad que se encarna en El.
  • Con Jesús vienen el poder del Espíritu y de la reconciliación, señales de la nueva vida, superación de la fuerza destructora del pecado, que va en contra de la realización del ser humano, y adquisición – gracias a El – de la posibilidad de vivir la humanidad siempre en clave teologal.
  • La nueva comunidad de discípulos, tal como es referida en Hechos, es señal inequívoca del acontecer pascual: “Acudían diariamente al templo con perseverancia y con un mismo espíritu: partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y gozando de la simpatía de todo el pueblo” (Hechos 2: 46-47). Sólo en una genuina experiencia comunitaria se puede descubrir a Jesús vivo.
Esta última parte es especialmente esencial para comprender el proceso de la fe pascual, los que huyeron aterrados ante la muerte de Jesús y ante el poderío judío y romano, son ahora los testigos de la experiencia pascual, y lo hacen comunitariamente, eclesialmente, unos en Jerusalén y otros en Galilea, donde empiezan a surgir los relatos evangélicos, y más tarde las comunidades de Pablo, en el Asia Menor y en Roma. Podemos entonces afirmar que la sustancia de la Iglesia es eminentemente pascual, es el Resucitado el que la anima con su definitiva vitalidad.
Las apariciones, tal como son referidas por los escritos evangélicos, están totalmente asociadas a la fe. Jesús sólo se manifiesta a los que tenían vínculos con él, a los que se habían interesado en su proyecto de vida y en su seguimiento. En ningún lugar del Nuevo Testamento se habla del hecho de la resurrección en sí mismo sino del testimonio de las comunidades que lo testimonian a El como El Viviente, esta certeza atraviesa todo el Nuevo Testamento.
En la Iglesia universal y en cada comunidad cristiana particular todo tiene sentido cuando ellas – si se nos permite la expresión – “se dejan vivir por Jesús”, cuando lo pascual totaliza su ser y su quehacer, cuando esto no es una historieta trasnochada sino un acontecimiento real, con toda su capacidad de dejar atrás el absurdo y de hacer creíble y factible un futuro en el que el sentido pleno es el Dios que en Jesús se nos revela.
Solamente cuando decidimos configurar nuestra humanidad con Jesús, y llevar una existencia consecuente con esto, podemos experimentarle, sentir su vida haciéndonos nuevos, mejores seres humanos, y esto es lo que nos permite afirmar que no se trata del recuerdo de un pasado lejano sino de una plenificante y real experiencia , como la que palpita en estas palabras: “Ustedes aman a Jesucristo, aun sin haberle visto; creen en él, aunque de momento no le vean. Y lo hacen rebosantes de alegría indescriptible y gloriosa, alcanzando así la meta de la fe, que es la salvación” (1 Pedro 1:8-9).

domingo, 16 de abril de 2017

COMUNITAS MATUTINA 16 DE ABRIL DOMINGO DE PASCUA

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vió lo que había pasado, y creyó”
(Juan 20: 8)

Lecturas:
  1. Hechos 10: 34-43
  2. Salmo 117:1-2;16-17 y 22-23
  3. Colosenses 3: 1-4
  4. Juan 20:1-9
El relato del evangelio correspondiente a este domingo es bastante escueto, sus protagonistas no son ni el Padre Dios, ni Jesús, tampoco habla explícitamente del hecho pascual. Sus actores son tres, al evangelista le interesa poner de relieve las reacciones de cada uno de estos personajes:
  • María Magdalena se alarma al ver que no hay cadáver en el sepulcro, sale corriendo a avisar de la desaparición.
  • Pedro parece un inspector, entra también al sepulcro, advierte que las vendas están en el suelo y el sudario, enrollado, en lugar aparte. Pero no pasa por su mente sacar alguna conclusión “pascual”.
  • El discípulo, a quien el evangelista llama el amado por Jesús, corre más que Simón Pedro, llega primero que él, ve lo mismo que Pedro, “y vió lo que había pasado, y creyó” (Juan 20: 8).
De un modo tan simple, el relato de Juan nos pone a pensar en actitudes muy humanas, aunque de signo contrario, se puede pensar que es un fraude (María), o quedar perplejo (Pedro), o arriesgarse a dar el salto misterioso y apasionante de la fe (el discípulo amado). Las comunidades primitivas tienen el atrevimiento de vivir en la tercera postura, así lo testimonian las lecturas que vamos a leer durante esta temporada de Pascua.
Cómo vivimos nosotros hoy nuestra fe? Es un asunto de inercia sociocultural? Creemos que somos cristianos por un simple hecho sociológico, sin implicar la Pascua de Jesús en nuestro ser y en nuestro quehacer? Crédulos tal vez ante las improvisaciones y superficialidades de tantos predicadores sin fundamento? Nos dejamos dominar por el utilitarismo de la vida diaria, solo damos crédito a lo que es palpable y verificable mediante indicadores y medidas? Con cuàl de los tres personajes nos identificamos?
Esos primeros discípulos de Jesús, los que luego viven la experiencia transformadora de la Pascua, eran humanos, demasiado humanos, en diversos momentos de las narraciones evangélicas se constatan sus fragilidades, sus dificultades para captar la irreversible originalidad del Maestro, condicionados como estaban por el establecimiento religioso judío que imaginaba un Mesias poderoso, triunfante, espectacular, sin sacrificio ni abnegación, realidades estas que les parecían inadmisibles.
Somos nosotros así? Cuál es nuestra postura ante el trágico drama de Jesús? Tenemos mentalidad para dimensionar los alcances de su condena a muerte y de su extrema humillación y, conectando con esto, establecemos el vínculo entre el Crucificado y el Resucitado? No olvidemos que la experiencia pascual es , ante todo, un asunto de fe, la clave del cristianismo, con capacidad decisiva para transformar la vida de quienes se dejan tomar por su significado, como sucedió en el caso de Pedro y de sus testarudos compañeros.
Pues ustedes murieron, y Dios les tiene reservado el vivir con Cristo. Cristo mismo es la vida de ustedes. Cuando él aparezca, ustedes también aparecerán con él llenos de gloria” (Colosenses 3: 3-4), esta convicción que afirma la segunda lectura surge de una vivencia profundamente real, transformadora, y al mismo tiempo capaz de re-significar por completo, y felizmente, esa realidad.
Vienen así a cuento la inmensa legión de nuestras limitaciones y precariedades, nuestros dolores y penurias, nuestras muertes lentas, todo lo que nos desilusiona y hace sufrir, junto con ellas viene igualmente ese universo de las costumbres religiosas, de las creencias recibidas sin mayor entusiasmo, de la flojera de la fe, de ese ser cristianos que no seduce ni enamora, de esa deficiente idea de que el cristianismo se queda en un conjunto de prácticas rituales y de verdades sin implicación en nuestra vida.
Aquí es donde tiene que acontecer el impacto pascual, como se deduce de esas vigorosas palabras de Pedro, antes tan contradictorio y en un momento dado cobarde como nadie: “Esto pudo hacerlo porque Dios estaba con él, y nosotros somos testigos de todo lo que hizo Jesús en la región de Judea y en Jerusalén. Después lo mataron, colgándolo en una cruz. Pero Dios lo resucitó al tercer día, e hizo que se nos apareciera a nosotros. No se apareció a todo el pueblo, sino a nosotros, a quienes Dios había escogido de antemano como testigos” (Hechos 10:39-41).
El Pedro que dice este discurso, convicto y confeso de felicidad pascual, es el mismo temeroso y lleno de fragilidades referidas por las narraciones evangélicas, ahora resuelto testigo de la radical novedad con la que Dios Padre ha legitimado toda la misión y el ser de Jesús. Esto está en la base del cristianismo primitivo, y es lo que debe seguir vigente en las comunidades actuales que profesan a Jesucristo como Señor y Salvador.
Jesús había alcanzado la VIDA antes de morir, era el agua viva, como se hace constar en el hermoso diálogo con la mujer samaritana, proclamado hace varios domingos. Jesús nació del Espíritu, vive por el Padre, todo su ser está dotado de vitalidad teologal, de la que es el portador primero, esa es la verdadera vida que siempre celebramos los cristianos, no la simple reanimación de un cadáver, por eso èl no está preocupado de lo que pueda suceder con su vida biológica. Lo que a él verdaderamente le interesa es la VIDA que alcanzó durante su vida.
Una tal certeza nos permite mirar todo lo que somos y hacemos con óptica distinta. Vamos por la vida creciendo, realizando bonitos proyectos de amor, de libertad, de felicidad, construímos vínculos profundos con otras personas, nos empeñamos en transformar la realidad para hacerla más humana, luchamos con pasión por la justicia y por nobles causas de dignidad, dejamos huella, pero también padecemos contradicciones, crisis y soledades, fracasos y desencantos, enfermedades y desposesiones y, finalmente, la muerte. Esta es la condición humana.
Ante la inevitabilidad del drama final surge la pregunta por el sentido de la vida, si ha valido la pena tanto esfuerzo para concluír en esto que a muchos se les antoja como el absurdo sin respuesta. Surgen rápidamente las muchas actitudes humanas : el sentimiento trágico, la angustia sin retorno, los paraísos artificiales, las vidas auténticas y profundamente éticas y comprometidas, también la resignación, el deseo de trascender y de permanecer.
Jesús se crucifica y con él todos los dramas humanos, los sinsentidos, las tragedias, las interminables limitaciones, las muertes de siempre, adquiriendo en èl una nueva dimensión, la de Dios, la de esa vitalidad que es la permanencia en el amor, èl se convierte asì en el gran legitimador de todos los trabajos humanos de autenticidad, de felicidad, de significación amorosa de la existencia, de solidaridad, de justicia.
Jesùs sigue vivo, pero de otra manera, su presencia resucitada no es la de un cuerpo muerto que sorprende a todos, su vitalidad trasciende las contingencias de la historia y del ser humano, y nos asume en ese orden definitivo, como el que manifestó a la samaritana y a Nicodemo: “El que beba del agua que yo le darè nunca volverá a tener sed, porque el agua que yo le darè se convertirá en èl en manantial que brotarà dándole vida eterna” (Juan 5:14), y: “Te aseguro que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).
La esperanza de que nuestro ser e identidad personal no se aniquile con la muerte se llama salvación-liberaciòn, sabiendo que en buen contexto cristiano esas realidades no empiezan a partir del momento de la muerte. En todo ser humano que decide ser radicalmente prójimo de sus prójimos, en todo el que apuesta por el amor servicial y por la fraternidad, en todo el que se desgasta para dar sentido a la vida de los demás, Dios empieza a suceder participándole su vida inagotable, y esto gracias a la mediación pascual de Jesùs.
El nos indica con su vida que esa es la meta de todo ser humano, desposeerse de todo interés personal, afirmar enfáticamente que los caminos de sentido no son los del poder y de la riqueza, de los privilegios y de la barata felicidad del mercado, que la referencia radical a Dios encuentra su concreción plena en la ofrenda de todo lo que se es, justamente a partir de la conciencia del don, de la gratuidad pura del Padre que se da todo para que nuestra historia se inscriba en El a través de Jesùs.
Marìa Magdalena, Pedro, el otro discípulo, son como nosotros, o – mejor - somos nosotros, con nuestras vacilaciones, con nuestras perplejidades, pero también con nuestra pasión por vivir la aventura decisiva en la que todo lo nuestro estarà lleno de significado y marcado por la esperanza de ese Dios situado totalmente de parte de la humanidad.
El sepulcro vacío es un fuerte simbolismo, propio de Juan, para afirmar que Jesùs no està sometido a las limitaciones del ser humano, que la suya es una vida existente en Dios, y que es su deseo que todos nosotros tengamos abierta esa posibilidad, certeza que hace decir al poeta y mìstico Ernesto Cardenal (Granada, Nicaragua, 1925):
Un despertar.
Como cuando uno sueña que se està cayendo en un hoyo y se despierta
Al momento de caer.
Condenados a volver a la pre-vida?
(Chardin pregunta) O a la sub-vida?
No, Mejìa, no, Gutièrrez.
Lo que hubo con el cuerpo de Jesùs.
Ese evento en la historia:
Un sepulcro vacío.
El Hades ha sido vencido.
La muerte ya no tiene sentido.
La vida tiene sentido.
El hierro de tu sangre volverá al corazón de la tierra.
Pero detrás de eso espera la sorpresa.
No un mundo como el del sueño, sino tan real
Que realidad anterior y sueño parecerán igual.
(De Càntico Còsmico, 1989).
La pregunta de Pablo, de indiscutible sentido pascual, también es la nuestra desafiando con contundente argumento el poder siniestro de las tinieblas: “Dònde està, oh muerte tu victoria? Dònde està, oh muerte, tu aguijòn?” (1 Corintios 15: 55).

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